Vicente Fernández

El estilo franco y directo de Vicente “Chente” Fernández

El charro de Huentitán, símbolo de macho del pueblo, sonaba en las pulquerías a la par de los deliberados gritos femeninos de Juanga.

Ciudad de México, 12 de diciembre (MaremotoM).- A mi papá le cagaba Vicente Fernández, Rufino desdeñaba el ambiente de los borrachos, nunca fue un hombre de tragos, ni de pulquerías, ni cantinas.

Asociaba la voz y música de Chente con los esposos de sus trabajadoras, que siempre llegaban a la tortillería lo suficientemente pedos a recoger a sus señoras, cuya jornada comenzaba a las 7 de la mañana e iba terminando cerca de las 5 de la tarde. Lo que implicaba que salieran de sus hogares desde muy temprano.

A mi madre y las trabajadoras les gustaba escuchar la hora de Vicente Fernández en Radio Sinfonila, “la estación del barrilito”, nunca entendí si aludían a los refrescos, a un barrilito de cerveza o pulque, en los tempranos ochenta del siglo XX las pulquerías eran espacios de clase trabajadora, migrantes indígenas y lo que se conoce clasistamente como el populacho. El charro de Huentitán, símbolo de macho del pueblo, sonaba en las pulquerías a la par de los deliberados gritos femeninos de Juanga.

Mi padre escuchaba son cubano, danzón y otros géneros más internacionales. Cecilia mi madre tenía casetes de Vicente Fernández y yo los escuchaba a ambos, además de la oferta pop de la amplitud modulada de la radio, el FM aún no cobraba la fuerza que hoy conserva, pese al uso creciente de las aplicaciones de “streaming”.

Después llegaron las películas, muy malas, de Vicente Fernández, “interpretando su vida”, la de un albañil pueblerino convertido en charro cantor, uno que con voz de cuasi tenor le canta a un Estadio Azteca repleto: “y soy en verdad una marioneta, que tiene careta de felicidad, que sale a la escena con el alma muerta, pero tiene oficio de saber cantar”.

Es inocultable el estilo franco y directo de Chente, como claro es el ambiente depresivo en el que sumergen sus canciones, la mayor parte de desamor y de sus vanaglorias como macho. Varias veces expresó su homofobia, pero la que le ganó ser maquillado con chapitas y sombras en una foto y exhibido en una marcha LGBT parodiando una de sus canciones: “Estabas tan bonita transexual”.

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Lo que motivo esta afrenta fueron sus declaraciones públicas de rehusarse a recibir el transplante de un órgano proveniente de una persona cuya identidad y sexualidad no era heterosexual. No fuera siendo que con el órgano en su cuerpo se le fuera antojar manosear a un chamaco en lugar de una muchacha que le pidiera una foto.

Se me antoja harto el libro de Olga Wornat sobre él y sus vínculos con el narco, el star system local y la clase política. Wornat es una excelente periodista argentina, cuyo libro sobre Felipe Calderón es una excelente investigación del sexenio del borracho genocida ese que “a la mala” fue presidente de este país.

Bueno, quizá amerite conceder un pequeño homenaje a Chente con su canción “Los mandados”, que narra la muy buena suerte de un mojado, si se le compara con el estado actual de la condición de migrantes; un hombre que logró burlar la seguridad de la frontera de EEUU más de cien veces, a pesar de ser deportado las mismas, conociendo todas “las rutas, ríos y canales, desde Tijuana a Reynosa, de Matamoros a Juárez, de Piedras Negras al Paso (Texas) y de Agua Prieta a Nogales”.  A lo mejor ese hombre terminó siendo pollero y hoy su familia por al menos dos generaciones se dedican a ello.

Esta suerte no la corren hoy día las caravanas migrantes abandonas al necrocapitalismo, los Estados fallidos, y a la política de seguridad de EEUU, la cual ya no le hace “los mandados” a los miles de migrantes en búsqueda de sobrevivir. Pues va el homenaje con esa canción: “la migra a mi agarró trescientas veces digamos, pero jamás me domó, a mi me hizo los mandados, los golpes que a mi me dio se los cobre a sus paisanos”.

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