Rosa Beltrán

“El éxito inmediato es la gran promesa de nuestro tiempo”: Rosa Beltrán

“El discurso de la autoayuda y el de las sectas religiosas, parecen detentar la verdad que importa”, denuncia en su libro Verdades Virtuales (DeBolsillo), del cual publicamos el primer capítulo.

Ciudad de México, 22 de agosto (MaremotoM).- A veces uno dice un piropo en el que cree mucho, más allá de esas virtudes de la discreción periodística. Lo cierto es que entrevistar a Rosa Beltrán es sumamente emocionante, sobre todo porque debe ser la mejor escritora actual en México.

Le digo por ejemplo que si tuviera dinero le pagaría sólo para que escriba. Se ríe, esta coordinadora de Literatura en la Universidad Autónoma de México, contenta por ejemplo que Random House Mondadori esté abocada en publicar toda la Biblioteca en su nombre. El último de esos libros fue uno de ensayo para DeBolsillo, que se llama Verdades Virtuales.

Empeñada en analizar la posverdad, Beltrán probablemente sea pionera en México en temas que hoy se están diseminando por todos los teóricos. Incluso habla con términos intraducibles (muchos en inglés), pero que están a la orden del día en el pensamiento global.

Ahora, mientras disfruta sus libros reeditados, trabaja casi todo el día en la UNAM, escribe una novela sobre tres mujeres. Es todo lo que hay sobre su nueva historia.

Rosa Beltrán es novelista, cuentista, ensayista y traductora. Ha escrito las novelas La corte de los ilusos (1995), El paraíso que fuimos (2002), Alta infidelidad (2006), Efectos secundarios (2017) y El cuerpo expuesto (2013). Es autora de los volúmenes de cuentos Optimistas (2006), Amores que matan (1996) y de los libros de ensayos Mantis: sentido y verdad en la cultura literaria posmoderna (2010) y América sin americanismos (1996).

Rosa Beltrán
La nota se hizo por su libro Verdades Virtuales. Foto: Cortesía

–El tema electoral está atado a la posverdad, ¿qué tiene que ver la posverdad con el poder?

–Tiene que ver muchísimo. A partir de los ’60 se socava la confianza y por lo tanto el vínculo que hay entre políticos y sociedad. Eso es general. Ocurre en todos lados y empezamos a darnos cuenta de la mendacidad en la clase política. Sobre todo y más impresionantemente cómo reaccionan esos políticos cuando son expuestos en su mendacidad. El político paradigmático es Donald Trump. No importa que mienta e incluso no importa que sea expuesto en esa mentira, él sabe que lo que se difunde no es una información precisa y que de ninguna manera importa la verdad. Los responsables de decir las cosas importantes es que obedecen a la creencia de una mayoría. Esa mayoría se va a dejar influir tanto por su ánimo, tiene mucho que ver la emocionalidad en esto, como por su propia red de creencias. Entramos a un círculo vicioso, así que estamos totalmente empantanados en la mentira. Algo que hubiera sido impensable antes de los ’60, sobre todo hablando de gobiernos y de gobernantes.

–Está el tema de Bolsonaro, que es también un producto de la posverdad y de las sectas religiosas. ¿Qué valor le das a estas sectas religiosas?

–Mucho. Este libro tiene que ver con esas otras formas de comprensión de la verdad, los talk shows, que me he ocupado de estos discursos también en mis novelas, como Alta infidelidad y El cuerpo expuesto, que me importa mucho esto. El discurso de la autoayuda y el de las sectas religiosas, parecen detentar la verdad que importa. Consiste simplemente en que ciertos sujetos sepan manejar las técnicas de persuasión.

Rosa Beltrán
El discurso de la autoayuda y el de las sectas religiosas, parecen detentar la verdad que importa. Foto: Cortesía

–Hay videos que uno ve y que sin embargo son transmitidos por los medios como un video que uno no ve

–Lo que pasa es que lo que se transmite a partir de los medios, a partir de las nuevas tecnologías, no es de fiar. Sabemos que existen productores de verdad, que tienen que ver con los bots, con las fake news. Sabemos que se pueden fabricar estas supuestas verdades. Nuestra confianza no está puesta en la imagen. Resulta casi imposible saber dónde está la verdad. Ya no suelen estar donde estaban. Ni en la religión, ni en la familia, ni en el conocimiento, porque hay mucha información y esto no implica que uno se acerque más a la verdad. Es previsible que con los desarrollos tecnológicos surja una mayor producción a través de la inteligencia artificial. La realidad virtual, apenas está iniciando el fenómeno de la posverdad.

–Hace poco le hacía una entrevista a Diego Salazar y me decía “a los periodistas ya no nos quieren”

–Yo no sería tan radical. Todavía hay instancias en la que podemos hallar la verdad. La literatura es una de ellas. No responde a una verdad con una agenda detrás, no es la verdad política, cuando hablo de literatura no hablo de esta literatura que busca medrar a través del mercado. Lo mismo sucede con el buen periodismo. Hay géneros que derivan del periodismo y donde hemos puesto nuestros ojos para buscar la verdad. Uno de ellos es la crónica, porque sabemos que más elementos literarios que tenga y esté afincado en un yo, que es el que observa, en una subjetividad, tiene que estar basado en hechos reales. El periodismo tiene una tarea importantísima.

–La semana pasada me llegó un libro de crónicas que me encantó por la verdad que transmitía

–Eso nos pasa todo el tiempo. Me doy cuenta que los jóvenes, sobre todo en estas revistas de avión, que publican crónicas, se acercan, planean con avidez, me doy cuenta de cómo les interesa el periodismo, la crónica, los documentales. Cada vez más hacia allá se van, claro que la poesía tiene un lugar muy importante en esto. No se toman en cuenta las redes sociales, los números de amigos que tenemos, no sé hasta qué punto es un juego y hasta dónde empieza a creer que eso es una verdad. Que tiene una cantidad inmensa de amigos, que no está solo.

–¿De qué hablamos cuando hablamos de globalización?

–Hablamos de un proyecto en el que tuvimos mucha esperanza pero que parece haber fracasado. La pobreza en el mundo, las migraciones, todos se quieren ir, la violencia es un fenómeno actual, cuando pensamos en globalización ya no pensamos en términos esperanzadores como hacíamos a principios de los 80.

–¿Cuándo hablas de sueño, tú crees que alguien te está soñando, verdad?

–(risas) A veces yo misma, inevitablemente. Sabemos que somos soñados por este gran proyecto que se llama globalización, pero que ha cambiado tanto de forma de ser y por esas falsas promesas de los discursos, tanto políticos como seudoreligiosos, los talk show televisivos. El libro abre con un capítulo que en su momento me pareció muy impresionante. El show de Cristina, de la cubana Cristina Saralegui, que le cumplía promesas al público. Un padre que encontraba a su hijo en escena, por ejemplo. Me tocó verlo cuando una mujer le pedía a Cristina un aplauso. Ella le concedió el aplauso en un estadio donde se hacía el programa. Me quedé pasmada. A uno le dan el aplauso por algo y aquí estoy presenciando que todo es auténtico, lo único que falta es la razón por la que le dan ese aplauso. Entonces pensé a ese fenómeno como el aplauso vacío. El tema del éxito inmediato es un sueño que nos han obligado a soñar. Son narrativas del consuelo en un mundo que se desmorona, que es violento, que cambia todo el tiempo. Por eso me las explico y por eso esos discursos seudoreligiosos. Mencionaste a Bolsonaro, pero pasa en varios países de América Latina. Lo que ofrecen aquí es el éxito aquí y ahora. En nuestra historia de la cultura tendíamos a pensar más en lo mediato, a posponer al placer, teníamos una idea de la vida mucho más prolongada a como la vemos ahora. El éxito inmediato es la gran promesa de nuestro tiempo.

–¿Cómo fueron recibidos estos ensayos?

–En la academia y en congresos han tenido mayor incidencia. Son un tipo de trabajo que va evolucionando porque la posverdad apenas inicia. Una narrativa típica viene de 1996, cuando en averiguación por el gran magnicidio que había sufrido Colosio, las autoridades llamaron a una médium. Era La Paca. Una vidente apareció en los medios electrónicos, lo político empezó a entramarse con lo policial y con el discurso gore y con lo fantástico. Hace mucho que lo político tiene que ver con el espectáculo de masas. Fue muy impresionante para mí ver el seguimiento que hicieron los medios a la médium. Todo ese teatro, todo ese montaje, fue más importante que el hecho en sí, que el asesinato. Sabíamos como ciudadanos que no se iba a saber la verdad.

Rosa Beltrán
Penguin Random House ha publicado toda su obra recientemente. Foto: Cortesía

–Aparte de la posverdad, ¿qué otras cosas te preocupan? Si yo tuviera dinero te pagaría solamente para que escribas. Eres la mejor escritora de México y perdóname por el piropo

–Si yo tuviera dinero por supuesto que me dedicaría a escribir todo el tiempo. Me interesa mucho el papel de las mujeres, a lo largo de la historia. He tenido el privilegio de ser testigo de tres grandes cambios en el feminismo, no puedo hablar de que esta lucha no haya tenido frutos si me pienso a partir de mi madre, de mi abuela y hacia atrás. Yo soy la primera de mi generación que fui a la universidad. Esto importa y mucho. Me utilizo como un símbolo de muchas. Por otro lado nuestras hijas y las chicas de ahora, aunque no sea chica, incluyo entre ellas, han dicho basta, esto no puede seguir. Tienen toda la razón para decir eso. Vivimos en un país en donde ser mujer te matan, te violan, “te levantan”, qué verbo más atroz y creo que solo se usa en México.

–¿Cómo ves la cultura en este gobierno?

–Lamento los recortes, pienso, siempre he pensado que es uno de los proyectos de Andrés Manuel López Obrador: la cultura y la educación. Entiendo que hay muchas necesidades en este país, pero yo jamás dejaría de luchar para que no haya recortes en la cultura y la educación, que debería llegar a todos y a todas.

–También te preocupa el tema de la vejez. Una vez dijiste: soy la primera generación que no va a tener una jubilación

–Los sistemas de pensiones y jubilaciones han cambiado. No pertenecer a un grupo que se jubiló hace muchos años, por el sistema del seguro social, te obliga de todas maneras a cambiarte a un sistema de afore, que no es un sistema de pensiones. No te alcanzará para vivir. Es ver cómo se han pauperizado en todos los países, en algunos son excepciones, el sentido de la vida, de la historia, de la dignidad humana. Me preocupa la vejez es por la mirada que tenemos hacia los viejos no ayuda. No nos ayudamos ni nos ayudamos de ellos.

Fragmento del libro Verdades Virtuales, de Rosa Beltrán, con autorización de DeBolsillo.

LA FÁBRICA DE SUEÑOS GLOBALES

Cuando hablamos de globalización, ¿de qué estamos hablando? En la era de la producción masiva de sueños regidos por los intereses del mercado, lo primero que tendríamos que preguntarnos es si el término “globalización” aún refiere a un concepto específico y bien diferenciado o si no se ha convertido ya en una especie de comodín capaz de incluir casi cualquier idea que aluda al mundo contemporáneo. Tendríamos que pensar, por ejemplo, si el abuso de un término como éste no nos estará sirviendo para legitimar conductas e intereses; si no estará sirviendo como referencia de acciones contradictorias; si no es un pretexto para asimilar las diferencias utilizándolas como punto de partida. Si en efecto la globalización aún significara algo, digamos, la exportación de sueños colectivos, una pregunta que me gustaría hacerme es de qué modo la adopción de esos sueños afecta la “lectura” del mundo y la producción de bienes culturales, en particular la representación de imágenes (visuales, verbales) y la literatura. Se me ocurre una primera puerta de acceso. Es el tiempo. A veinte años de la caída del muro de Berlín, junto con las voces que hablan del fin de una era y el nacimiento de otra: la era de los nativos digitales y sus tecnologías, crece el rumor, cada vez más generalizado, de que hay una nueva forma de determinismo que rige los patrones de la producción artística mundial. De modo que preguntarnos qué hace el mercado con los bienes culturales es preguntarnos, primero, qué hace con los sueños. Y entonces ingresar a una segunda puerta de acceso a esta reflexión, el espacio, en particular aquél en que se llevan a cabo dichos sueños. Decir que la publicidad es también el ingreso al tiempo de las opciones inéditas, hablar del individualismo programado, de la ironía y el desencanto posmoderno como prácticas constantes, pensar en la vida como un kit de combinaciones personalizadas es hablar de la producción de sentidos dados desde “afuera”. Claro que cualquier publicista diría que el sueño ya estaba ahí, en nosotros. Que lo único que han hecho los medios masivos es decantarlo y convertirlo en imagen. Visual o verbal, pero en todo caso una imagen que resulta poderosa porque representa lo que ya éramos; lo que queríamos desde antes. Porque nos representa. Somos nosotros. Las mujeres “Totalmente Palacio”, los púberes andróginos y lánguidos de Calvin Klein, las “Todo Terreno”, las “Solamente hazlo” (Just do it) de Nike, los productos light, la violencia del arte como leit motiv, los viajeros permanentes con acceso a las salas de espera VIP, las veinte horas de televisión al día y la cultura culta como residuo. Si esto nos atrae es porque teníamos el germen. Éste es el punto de vista de quienes justifican el consumo indiscriminado de la publicidad.

Mi idea, al ver y oír esto, todos los días, y más aún, mi sensación, es que alguien me está soñando. Que me he convertido en el sueño de alguien. Ese alguien cree que soy de una determinada manera y hace lo imposible por convencerme. Miro a mi alrededor y percibo: soy yo pero también eres tú, somos tú y yo: nosotros. No hay nunca individuos aislados, ése que nos habla nos ve como parte de un sueño colectivo, como receptáculos potenciales de un sueño: su sueño. Y por más que queramos resistirnos parece decirnos: lo siento, éste es mi sueño. Tengo todo el derecho de soñarte. En el mundo de los sueños globales alguien tiene que ser el objeto soñado. Y alguien, del otro lado, quien lo sueña.

Podría parecer —con un poco de voluntad se puede— que a veces somos nosotros los que soñamos. Nos gusta pensarlo. Cuando esto sucede, la idea darwiniana da un salto cuántico: entre adaptarse o morir no escogemos ninguna, nos sentimos diferentes, nos descaracterizamos. Soñamos que nos salimos de las definiciones habituales y no hallamos en esto ninguna contradicción: después de todo, también somos migrantes de nosotros mismos. Es la hermosa idea de Edward W. Said: que podemos ser mexicanos y no serlo; que se deben buscar posturas y términos que superen las fronteras y salir del simple (y muy reduccionista), enfrentamiento lógico. Así pues, nos instalamos en los márgenes, donde quiera que hoy estén: somos originales, somos distintos. Pero entonces nos detenemos: ¿no es la diferencia, también, parte del sueño global? He aquí un principio, un punto de partida. El acto de soñar no es nunca un acto inocente. La fantasía de que soñar es un acto de libertad y diferenciación es parte de la maquinaria clónica hecha según el diseño del mercado de bienes y servicios. Sueño por usted. Le hago a usted el favor de soñar su sueño. Incluido el sueño de la diferencia. ¿O no es esa diferencia el alimento del sueño de la globalización?

La idea que mejor ilustra esta contradicción está en un cuento muy conocido de Shuan Tzu. Un hombre soñó que era una mariposa y cuando despertó no supo si era un hombre que había soñado ser una mariposa o si era una mariposa que soñaba ser un hombre. El cuento me gusta, entre otras razones, porque resume la paradoja central del artista en nuestra época. Cuando soñamos, ¿quién sueña nuestros sueños? ¿Somos nosotros o es alguien más? ¿Serán, en efecto, los medios masivos de comunicación? En otras palabras: ¿hay un lugar para el arte en la vida o está condenado a instalarse y reproducir las normas del mercado? ¿Ese arte que se dice “reificatorio” de los valores globales es realmente un arte subversivo y crítico o una mercancía rentable? ¿Qué tipo de arte será el que mejor refleje nuestro tiempo y nos represente en el futuro? Y en particular: ¿de qué modo afecta esto a la literatura?

En el mundo de los sueños globales no podemos saber bien a bien quién es el que sueña y quién el soñado. El acto de desear no está en un vacío sino en un espacio bien determinado sobre el que se ejerce. Tú, yo, cualquiera de nosotros está en ese espacio. Las historias de todos los días descubren que soñar es un ejercicio que se lleva a cabo como cualquier transacción y para hacerlo depende de una arena. Y esa arena es, en buena medida, el mercado. Quien lo ignore quedará indefectiblemente fuera del espacio público. Pero quien viva para ello venderá su sueño y su posibilidad de ser original.

Si para ser reconocidos los artistas deben integrarse a un modelo, ¿cómo distinguir al arte verdadero de los productos de moda? ¿En qué radica su originalidad? ¿Y de qué modo se representa esto en el campo de la literatura? ¿Somos capaces de representar estos sueños como algo externo?

¿En qué circunstancias? Si la literatura es algo que no sólo ocurre en el ámbito de la ficción: ¿en qué otros espacios podemos ver cómo opera?

El mercado de sueños unifica, incluye, asimila las diferencias. Y además, produce la ilusión de que nadie, por lento que sea, llegará nunca tarde a la repartición de esos sueños. Basta con mirar la televisión, con ir al cine, con caminar por las calles de la ciudad sembradas de espectaculares que nos dicen qué somos y cuál es la forma de nuestros sueños. Soñar es un derecho y un acto libre, pero también un lenguaje aprendido. Una especie de soplo del Espíritu Santo que habla en varias lenguas a través de los medios electrónicos. Es cierto que alguien podría argüir: históricamente, nuestros sueños nunca fueron nuestros. O para decirlo de otro modo: siempre hemos soñado en compañía. Sólo que el mercado ha acercado nuestra actividad onírica a tal punto que hemos construido ámbitos muy semejantes en sociedades radicalmente distintas. La globalización es la forma práctica de expresar esos sueños. Nos convierte en parte de su colección. En la aldea global prevista por McLuhan si la pobreza encierra a los desposeídos a un mínimo de fantasías realizables, los vuelve en cambio el objeto masivo del sueño de alguien más. Volverse un coleccionable, en este sentido, es volverse portador de una serie de actitudes, anhelos y necesidades que son sustraídos de otros posibles “yo” en los que ya nunca nos convertiremos. Quizá aquí podríamos empezar la discusión. En tratar de descubrir si la “antiglobalización” no es una manifestación de esos otros que no estamos pudiendo ser o que incluso ya no podremos ser; de esos “yo” que sentimos que nos han sido sustraídos. No obstante, la lucha por la defensa de ese ideal no impide la construcción de situaciones paradójicas. Y esto me lleva a preguntarnos: ¿cuál es el papel de la resistencia? ¿Limitar el éxito de la homogeneización? ¿O anunciar su fracaso?

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EL MERCADO DE LAS NARRATIVAS

UNO

A los que tienen un deseo insatisfecho, Dios les reservó un programa de televisión. Este programa es El show de Cristina. La conductora, transformada en hada madrina de los hispanos radicados en el país de los sueños (o cuando menos de uno, el sueño americano), hará cualquier cosa por complacer el deseo de sus televidentes. Una mujer de edad indefinible pero con un sobrepeso bastante bien definido, tímida aunque ajada, modosa pero nerviosa, salida de unos cuarenta y tantos infiernos ha pedido por escrito su deseo: quiere una ovación cerrada. Que le aplaudan durante cinco minutos seguidos, sólo eso. La anfitriona ha preparado un estadio en Miami, con reflectores especiales y con quince mil voluntarios que a una señal comenzarán a aplaudir sin detenerse durante cinco minutos. Los reflectores se encienden, María Evelina Cardoso sale enfundada en un vestido de lentejuelas rojas, gorda y brillosa, como una foca bordada, muy maquillada, muy peinada de chongo, y de pronto, irrumpe triunfal, es decir, sale como puede a escena, mira a Cristina, ve la señal, el público empieza a aplaudir y ella agradece, humilde, con las manos cruzadas en el pecho, como ha visto hacer a otros, después levantando un brazo en señal de victoria, finalmente inclinando la frente, presa de un llanto irrefrenable que le arruina el maquillaje, que le impide moverse, que le impide hacer nada, hasta que transcurridos los cinco minutos alguien viene por ella y se la lleva. La conductora reaparece, visiblemente conmovida. Qué hermoso es conceder un sueño. Sonríe satisfecha antes de irse a comerciales, presenciar el sueño de otro es volverse protagonista, es formar parte de él. El show ha cumplido su misión. No los quince minutos de fama que auguró McLuhan; no alcanzan ya, la ley de Malthus rebasó nuestras expectativas. Pero cinco minutos de gloria pueden ser, son, fueron aquí, como cinco vidas bien aprovechadas. Culmina así una emisión más de El show de Cristina: un gran salto para un hombre y un pequeño paso para la humanidad.

Asombrada, apago el aparato. No sé qué hacer, qué ha ocurrido aquí. En apariencia todo lo que he visto es auténtico. O casi. Vamos a ver, pienso. La gente que aplaude en el estadio es auténtica, la emoción de la invitada y la de su anfitriona también, la emoción del público, el aplauso incluso. Sólo que a uno le aplauden por algo. Un aplauso es un símbolo y aquello que el aplauso representa es lo que no está aquí. En cierta forma, se trata de un aplauso vacío.

La emisión de este show me parece muy significativa, un emblema del mundo en que vivimos. Un mundo que privilegia la forma por encima del contenido o, mejor: un mundo donde el contenido ha sido sustraído en favor de la forma. Un tiempo que hace de la superficie de las cosas el contenido. Y que obliga al arte a expresar este hecho de un único modo posible: hablando de la superficie desde la superficie. Cualquier otra elección estética perderá el rumbo o dará cuenta parcial de esta nueva sensibilidad. Lo mismo sucederá con una interpretación que intente ahondar en las posibles causas del aplauso de Evelina. Quien se diga al ver el programa: “le aplauden por compasión, porque es vieja y fea” o “le aplauden por todo lo que debe haber sufrido en su vida” o “porque, bueno, algo meritorio debe haber hecho”, perderá la pista. No hay razón alguna detrás del aplauso y ése es el sentido. Es ahí donde radica la novedad. Ver televisión puede o no ser algo frívolo, ver ese tipo de programas de alto rating sin duda lo es. Pero ahondar en el significado de una escena como ésta, en cambio, no es algo fútil. Todo lo contrario: nos lleva a una reflexión sobre los modos en que los medios electrónicos y la cultura de masas han cambiado nuestra forma de leer y de representar el mundo. Y ésta es mi primera intención: abordar el tema de la globalización como un fenómeno social cuyas causas económicas y políticas me interesan menos que las formas de representación del mundo que origina. Es decir: se han escrito múltiples obras en torno a la globalización desde el punto de vista económico, político y social. De hecho, casi no hay un libro en el área de las ciencias humanas, incluidas la psicología y la filosofía, que no toque el aspecto político o económico de la cuestión. Los estudios culturales han combinado todos estos saberes para dar cuenta de los estragos y las ganancias que trae como resultado el vivir en un mundo global. A mí me intriga, en cambio, una escena como la de este programa de televisión. Por muchas razones. La primera de ellas: su forma de ser narrada y la lectura que nos obliga a hacer, pese a su gran ambigüedad narrativa. La segunda, y más importante: de qué modo es representativa del mundo actual. Pensemos de nuevo en la escena completa: Evelina pidiendo por escrito un aplauso, la anfitriona y el estadio dispuestos, Evelina recibiendo el aplauso, haciendo la mímica de quien lo recibe, el público y los participantes llorando, emocionados, la causa del aplauso, inédita. Llamemos a esto “el relato sin historia”.

Digamos, con Beatriz Sarlo, que las imágenes de la publicidad y la televisión, los videojuegos y ciertas películas de clasificación B son un infinito periódico.1 Que en cada cambio de canal o de programa termina un ciclo y recomienza otro básicamente igual pero con variantes. Y que esas imágenes que se presentan unidas en una trama sin historia pese a ello o por ello nos atrapan. Hipnotizan. Nos mantienen a la espera de algo que sabremos que no vendrá, pero que no nos importa que no llegue. Porque lo familiar de las imágenes de estos medios nos crea la sensación de “estar en casa”, en la casa mental donde habitan tramas parecidas. No hay que esperar a desconocidos: con los parientes visuales y auditivos conocidos nos basta para sentirnos cómodos. Arropados por amigos recién hechos gracias a la programación. Pero digamos también que ciertas conversaciones, que la mayoría de las conversaciones que escuchamos en restaurantes y bares, en los centros comerciales y aeropuertos, en el autobús y el metro, en las reuniones sociales, antes, en el intermedio y a la salida de los espectáculos, dentro de nuestras casas y en la calle son también un infinito periódico. Repeticiones de algo oído o visto, comentarios de algo que otro comentó. Lugares comunes. Y hablar así con el grupo social de nuestra preferencia nos da la sensación de pertenecer. Nos reconforta. Nos hace corroborar que aquella casa mental habitada por imágenes verbales y visuales conocidas sigue teniendo la misma disposición: está amueblada de la misma forma. Muchas de las “conversaciones” que sostenemos con los parientes y amigos, con las relaciones de muchos años y las hechas apenas ayer se apoyan más en la mímica (gestual y verbal) que en los contenidos. Repeticiones de frases y formas; de ideas aprobadas o reprobadas de modo consensual. Experiencias gestuales que esperamos y que otros esperan de nosotros.

En buena medida, el cine y la televisión nos enseñaron a conversar de este modo. El cine nos enfrentó a una manera de hablar de las emociones por medio de gestos, a través de la experiencia directa del lenguaje de los rostros y los ademanes corporales. Las series B de televisión, los anuncios comerciales y los videoclips nos confirman cómo “conversar” a través de la incorporación de esos ademanes y de frases hechas que en la mayoría de los casos son traducciones de un idioma en que se expresa la forma casi universal de soñar. Dormimos en camas separadas compartiendo un sueño común: el sueño americano. Un sueño tan conocido que no necesitamos contextualizar. La experiencia única e irrepetible ha sido escamoteada en favor de este “paquete” verbal o gestual conocido.

El sueño de Evelina Cardoso, la mujer que quiso recibir un aplauso es, más que una historia, la representación de una trama sin historia. Una mímica. Un carnaval de significantes donde al no haber una razón para que Evelina Cardoso reciba un aplauso, el sentido del acto se vacía. Pero hay más. Lo que hay es un vaciamiento en la narración, aunque se prometa una historia. En realidad, igual que con los videoclips o los mensajes publicitarios, tener una historia o no es lo que menos importa: el cumplimiento de la historia deja indiferente al espectador porque no es eso lo que espera. El público asistente no aplaude porque haya una causa, ni espera que ésta se revele en el desenlace. Aplaude para producir un desenlace. Como si se tratara de un efecto pavloviano, el aplauso es la respuesta al estímulo. Y el episodio, además de emocionar a la anfitriona, a los participantes y al espectador, sólo demuestra que se puede tener un sistema narrativo sin tener historia, y sin que lo que ocurra a nivel de la trama tenga sentido. Un aplauso para qué. Si a uno le aplauden por algo y ese algo es lo que falta aquí entonces qué es lo que tenemos frente a nosotros. Un significante sin un referente, sin un contenido. Un puro vacío que puede ser llenado con cualquier contenido que queramos adjudicarle. ¿Por qué le aplauden a esa mujer? La realidad es que no sabemos por qué le aplauden. Y los que aplaudieron tampoco lo saben. Muy probablemente no lo sepa ni ella misma.

En programas como éste, lo que hay es acción sin narración. Lo mismo que en el sueño de quienes como Evelina Cardoso han convertido el sentido de sus vidas en un eslogan. El discurso de la moral del éxito (que se aplica a cualquier ámbito: económico, religioso, político, etcétera) produce una trama no narrativa. “Cómo hacerse rico sin dejar de ganar el salario mínimo”, “Cómo llegar a Dios sin dejar el pecado”, “Cómo envejecer sin dejar de ser jóvenes por siempre”. Este sueño aspira a la reproducción de una sensación que depende de un cierto performance, pero no de una serie de acontecimientos ordenados en progresión, mucho menos incidentes inscritos en una lógica. En el caso del episodio televisivo no se necesita recordar el programa anterior para pasar al siguiente. Más aún: si el espectador se detuviera a recordar, quedaría desfasado del propósito de cada programa: la improvisación del deseo (en el caso de la invitada), la experimentación de la sorpresa (en el del espectador). En el episodio del sueño de Evelina —el sueño de la posmodernidad, el aplauso—, no se necesita reflexionar sobre el sentido o la viabilidad o inviabilidad del deseo, es decir: no se necesita el análisis o la memoria. Lo que sí existe y es necesario en cada uno de estos programas y presumiblemente en cada uno de los episodios de las vidas de personas que, como Evelina, tienen sueños y están dispuestos a vivirlos en un programa de televisión, es un tema. Un tema sin narración. Los temas nos son familiares: el tema del encuentro, el tema del lucimiento, el tema de la recompensa o el fracaso, etcétera. La palabra que está detrás del reflector es siempre la misma: éxito. En un mundo donde casi cualquier manifestación mediática y comercial tiene el formato de la autoayuda, triunfar se constituye en una suerte de mantra. Y triunfar es ser parte de la trama. Aunque también fracasar. ¿Por qué no? ¿Acaso no nos satisfacen más las historias del ascenso de la estrella y su estrepitosa caída? ¿No es la estructura misma lo que estamos esperando en cada transmisión de The E! True Hollywood Story?

En el video promocional de Arnold Schwarzenegger, Pumping Iron, construido como supuesta biografía, encontramos la historia de crecimiento típica de las novelas del siglo XIX (bildungsroman), con una variante. Igual que Pip en Great Expectations, el joven Arnold, un marginado de los barrios bajos de Austria, busca y encuentra la única forma de superación posible levantando pesas. Sólo que en la novela de Dickens el ascenso económico de Pip va acompañado de una desilusión del mundo intrínseca al conocimiento de la esencia humana, mientras que en la historia de Schwarzenegger todo es felicidad, éxito y aplausos. Entre más lucha contra el mundo más lo ama. La narrativa corporal, literalmente escrita en y con el cuerpo y filmada en un video de amplia difusión, trasciende el ámbito de lo representado y un buen día toma por asalto al mundo de lo real: convencidos de que esa trama en ascenso no puede sino seguir ascendiendo, lo lógico es que el personaje termine gobernando los destinos de los ciudadanos del estado más rico de Estados Unidos. El estado donde paradójicamente se construyen los sueños de acetato de aquellas estrellas que en Hollywood ascienden por un lapso más o menos previsible para caer en un agujero sin fondo. En cambio, en el programa de televisión sobre una persona común, Evelina Cardoso, nos faltan los elementos intermedios, la carne de su vida (falsa o real), la historia. Porque, ¿qué elementos hay detrás del sueño de Evelina? Hay personajes, hay un desenlace y un tema. Pero no hay narración. Algo ha sido sustraído en su vida. El significado de las acciones que se presentan en ella.

Los mensajes que transmiten el vaciamiento de la historia (el vaciamiento de la épica) y la sustituyen por la sola peripecia ofrecen una forma de lectura del mundo que antes no existía o, si se prefiere, que tradicionalmente tenía otra forma. Ahora son un espectáculo de incidentes sin relato, propios de una época donde la experiencia del relato (estrechamente ligado a la experiencia de la memoria) tiende a desaparecer. O eso parece.

1 El término es de Beatriz Sarlo y aparece en Escenas de la vida posmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina, Ariel, Buenos Aires, 1994.

DOS

La patera repleta de inmigrantes navega a la deriva. Son muchos los que aún quedan vivos: magrebíes, sobre todo, aunque también hay subsaharianos. Entre ellos hay dos mujeres: una, vestida de hombre para evitar las violaciones de quienes ignoran su identidad y otra, esposa de un magrebí, con un niño en el regazo. El niño ya no se mueve, pero eso no impide que la madre lo apriete y, de vez en cuando, lo meza. Cuando la luz de la linterna del guardia de Salvamento Marítimo de Canarias le da en los ojos, la mujer trata de ocultar al niño. Cruza sobre él sus brazos, mira en otra dirección. Como si no estuviera haciendo otra cosa que esperar. Como si su intención fuera pasar el resto de la vida así, entre los cuerpos de los compañeros de viaje, esperando. Espera, y mientras lo hace, mira al guardia. Otro de los sobrevivientes, el hombre que está detrás de ella, se acurruca sobre un brazo. No es que no se haya dado cuenta del súbito golpe de luz y de que ésta significa el fin del viaje. De reojo, ve el haz de luz reflejado en los rostros de sus compañeros envueltos en frazadas y en el objeto que está agitando en el aire uno de ellos, un cuchillo.

Dos días más tarde, cuando ingrese al penal acusado de colaborar con las mafias de inmigrantes, el patrón de la patera dirá: “¡Esos miserables me amenazaron con una navaja! ¿Qué podía hacer? ¡No me permitieron acercarme a la unidad de rescate!”. Dirá también que sólo hizo ese único viaje, y que nada tenía que ver con el tráfico de personas. Según su declaración, los otros tampoco tenían que ver con historias de migración clandestina, ninguno. Ni Abdel Hasan, ni Faissal Aziz, ni Rachid; los africanos menos. Y la mujer que abraza al niño aquél, ¿con quién viene?, les preguntará el oficial a varios, sin que aun después de la respuesta le quede muy claro. Luego se acercará a ella. ¿Es cierto que su marido murió durante la travesía?, le pregunta, sacudiéndola del brazo. Señora: sí, a usted le estoy hablando. ¿Qué no se da cuenta de que el niño también está muerto? Al principio, ella no pronunciará una palabra. Todavía en el penal se resistirá a soltar a su hijo. Luego, muy bajo, se animará por fin. Sí, los había visto, dirá. Había visto que estaban muertos. Pero ver no es lo mismo que darse cuenta.

Anduvieron jornadas completas por el desierto. Habían sido dejados a sus propios recursos por diez días, al grado de que el marido de la mujer primero pensó que los habían abandonado. Fue el único en pensarlo, y ni siquiera se atrevió a decirlo porque le pareció que los demás no pensaban lo mismo y eso los desanimaría. Era tanta su embriaguez por llegar que cuanto más cerca de su muerte estaban menos, derrotados se sentían. Estaban dispuestos a llegar esa misma noche hacia la madrugada a Barbate, donde tenían cada uno una cita reservada con su destino. El verdadero. No el que el azar había dispuesto, el azar o la mala fortuna, pues, ¿no es una casualidad mayúscula haber nacido en una aldea del Magreb, sin agua y sin empleos, como dijo Faissal Aziz, habiendo tantos lugares buenos para vivir en el mundo? Iban a alcanzar un destino que les permitiera vivir de acuerdo con las circunstancias que les eran propias. Al menos, una circunstancia que pudieran elegir. Y por eso no habría casualidad que pudiera impedirlo.

Ya desde que llegó a Aiuin, Fatiyeh estaba agotada, sobre todo por la energía y los sueños puestos en el viaje desde antes de la salida. Y eran los sueños los que le pesaban y le impedían ver que apenas a cinco días de zarpar su marido estaba ya muerto y sin él no tenía caso el viaje. En su mente se confundía la idea de la sed y del calor, la de los cuerpos yertos y las cosas que comprarían con el primer sueldo, ella y él, como si fueran una misma carne. Una sola voz dando vueltas como un zumbido. Vamos a salir de esto, verás cómo nos va a ir mejor. El nigeriano, en cambio, sólo veía una cosa: el engaño. Lo veía oscuro y acechante. Luego de quince días de achicar el agua en la patera, encogido entre varios cuerpos, bajo el sol y los frecuentes golpes de agua salada, el engaño se vuelve una forma de la fidelidad, tu otro yo; el engaño es lo único que existe. Claro que no venía solo, el engaño, ni estaba hecho solamente de la idea de que sería imposible llegar. Estaba relacionado de modo muy directo con lo que él había tenido que pagar, producto de cinco años de ahorr …

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