Daniil Medvedev

El Iván Drago de la raqueta

La UEFA sacó la final de la Champions de Moscú. La Federación de Vóley sacó el Mundial masculino de Moscú. Al piloto Nikita Mazepin lo echaron de la Fórmula 1. Quizás, lo más sorprendente ocurrió en la FIFA. Sacó a Rusia del Mundial de Qatar. La misma institución que desde 1998 sostiene como afiliados a Palestina y a Israel -a éste último, lo hace participar de las Eliminatorias en Europa para evitar cruces bélicos con Medio Oriente-. O que habilita la participación de Arabia Saudita, que bombardea Yemen hace años -además, la UEFA habilitó la compra del Newcastle de parte del Fondo Soberano de Arabia Saudita-.

Ciudad de México, 12 de marzo (MaremotoM).- Corrió hacia el tesoro de los inocentes. Hacía dos días había visto las noticias. Las miradas raras. En cada paso, aclaraba que no estaba de acuerdo con la operación militar. Estaba en un hotel en Acapulco por jugar. Los dos acontecimientos más importantes de su vida no ocurrían ahí. Rusia había comenzado a avanzar sobre Ucrania. En Dubai, Novak Djokovic había perdido contra el checo Jiri Vesely. Los raros cálculos del tenis evidenciaban que el ruso Daniil Medvedev se erigía como el número uno en el ranking. Cómo festejar en el infierno. Pensó en quién quiso ser y escribió en su Instagram: “Esta historia es sobre mis sueños de infancia. Quiero pedir la paz. Los niños nacen con una confianza interior en el mundo: en las personas, en el amor, en la justicia y en la seguridad. Estemos juntos y mostrémosles que es verdad”. Ser mejor que Roger Federer, Rafael Nadal y Nole implica ser crack y canciller.

No siempre es una opción desanudarse una sombra. Hubo una noche en que Nueva York gastó sus palmas en un ruso. Medvedev venció a Djokovic en la final del US Open de 2021. De los últimos 65 Grand Slam, 56 habían quedado en manos del serbio, del suizo y del español. El resultado era contundente: 6–4, 6–4 y 6–4. Tan estridente que Putin se pronunciaba: “Así juegan los grandes campeones. En el partido decisivo, no diste ninguna oportunidad a tu célebre rival”. En el documental Punto de Break, a Mardy Fish, heredero de Pete Sampras y Andre Agassi, le consultaron por qué se terminó el reinado de Estados Unidos en el tenis: “Hay tres razones: la primera se llama Roger Federer, la segunda, Rafael Nadal y la tercera, Novak Djokovic”. El 2 de febrero de 2004, el suizo le quitó el trono a Andy Roddick. Solo Andy Murray en 2016 pudo alterar el trinomio. Con rusos o con yanquis, a las potencias los emboba andar mostrando sus bronces deportivos.

Nada resiste más que las piernas de Nadal. El 8 de septiembre de 2019 no las podía levantar. Su entrenador, Carlos Moya, campeón de Roland Garros en 1998, número 1 del mundo en 1999, lo halló casi desmoronado en el vestuario. Se tuvo que agachar para desatarle las zapatillas y cambiarle los pantalones. Durante cuatro horas y 51 minutos, en cinco sets, había tenido delante a Medvedev. Que aparecía en la ceremonia de premiación como si recién hubiera llegado a Nueva York. Aquel US Open sería el cuarto que cosecharía el español. Es tradición en el tenis prestarle el micrófono al subcampeón: “Muchos dicen que parezco un robot. No me importa. Lo único que quiero es ganar”. Veinticuatro años después de la proyección de Rocky IV, el Iván Drago de la raqueta se volvía real.

No fue tan fácil de digerir la guerra y que el mejor del mundo fuera de Rusia. Medvedev se expresó rápidamente como para que no hubiera confusión: “Jugamos en tantos países diferentes. Yo quiero la paz en todo el mundo”. Hasta Seva Kewlysh, presidente de la Federación Ucraniana de Tenis, tuvo una declaración tranquila: “Pienso que no debieran poder jugar los Grand Slam. Dejemos que participen de los ATP tour. Pero sin los grandes torneos no puedes ser el número 1”. La decisión de la ATP -Asociación de Tenistas Profesionales- fue publicar su ranking, pero sin el símbolo de Rusia. Como si fuera un sin tierra. “Espero que esta medida sea temporal y poder volver a jugar con mi bandera”, reflexionó el tenista. Más o menos picantes, las instituciones deportivas abandonaron el velo de neutralidad que vendieron las últimas cinco décadas. La UEFA sacó la final de la Champions de Moscú. La Federación de Vóley sacó el Mundial masculino de Moscú. Al piloto Nikita Mazepin lo echaron de la Fórmula 1. Quizás, lo más sorprendente ocurrió en la FIFA. Sacó a Rusia del Mundial de Qatar. La misma institución que desde 1998 sostiene como afiliados a Palestina y a Israel -a éste último, lo hace participar de las Eliminatorias en Europa para evitar cruces bélicos con Medio Oriente-. O que habilita la participación de Arabia Saudita, que bombardea Yemen hace años -además, la UEFA habilitó la compra del Newcastle de parte del Fondo Soberano de Arabia Saudita-. Más lógica suena la suspensión de Vladimir Putin como presidente honorario de la Federación de Judo.

Lo de la bandera se transformó en una costumbre para los rusos. En los últimos Juegos Olímpicos debieron participar con autorizaciones especiales y el escudo de la Federación. Es que en 2019 la Agencia Mundial Antidopaje excluyó a Rusia de las citas olímpicas por cuatro años. Ni siquiera ponen su himno. Para más data de esta historia, el documental Ícaro de Netflix es impresionante.

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Claro que no es un año sencillo para este deporte y su relación con la política internacional. El Grand Slam de Australia se inició con la detención de Djokovic por no estar vacunado y la prohibición para disputar el certamen. Una condición que favoreció a Medvedev: Nole reapareció en Dubai fuera de ritmo y, pese a ser candidato, cayó estrepitosamente. La posibilidad de castigar a un deportista, otra vez, hubiera marcado un año negro para el tenis. En el fútbol, en el atletismo y en el vóley, equipos y deportistas de Rusia fueron descalificados hasta nuevo aviso.

Sus mapadres nunca pretendieron que se dedicara a la raqueta. De hecho, es un caso rarísimo: comenzó con este deporte recién a los nueve años. Nadal, a los ocho, ya había conquistado un campeonato oficial Sub 12. Los Medvedev querían que su hijo estudiara. Lo mandaron al Liceo de Física y de Matemática, una institución elitista de Moscú. Lo anotaron en clases de pintura y de ajedrez. Nadaba. Había un dato que marcaba su cuerpo. Tanto que lo hizo zafar del servicio militar obligatorio. Lo parieron cuando su madre estaba en la mitad del séptimo mes de embarazo y esa es una condición de excepción.

El tenis lo sacó de su casa. Poseer un talento innato lo trasladó a que lo convocaran para formarse en Francia. De hecho, su residencia actual es en Mónaco -vive ahí realmente, no es sólo un beneficio impositivo-. No perdió la intención de seguir estudiando. Cursó dos años de la carrera de Economía y Comercio en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú. “De no haber sido por los años que pasé estudiando, podría haber crecido más rápido como tenista, pero nunca lo sabremos”, explica. Con 26 años, es uno de los más jovatos en arribar al primer puesto.

La referencia a la película que culmina con Sylvester Stallone recomendándole, desde un ring, a un jerarca de la URSS la unidad entre los bipolares no es tan ocasional. Medvedev no es una máquina, pero desde 2014 labura con el preparador francés Gilles Cervara, especialista en biomecánica. Año tras año, sube fotos a sus redes sociales todo cableado y empujando metales como el actor sueco Dolph Lundgren en la cuarta de la saga. Su tamaño inmenso también se emparenta: con 198 centímetros de largo es el número 1 más alto de la historia. La aplicación de la tecnología sobre su cuerpo es tan intensa que todos los años lo miden con un software para saber cómo podrían ser más eficientes sus golpes.

La fama de hosco la acompaña con contiendas desde la cancha. En el último Australia Open, le tocó enfrentar al local Nick Kyrgios. Como suele ocurrir cuando hay favoritismos, en cada saque errado lo chiflaban. Tras ganar el cruce, no se guardó nada: “Aquellos que me chiflaban probablemente tienen un coeficiente intelectual bajo”. En otra competencia, se peleó contra el griego Stefano Tsitsipas y lo bardeó en la red: “Será mejor que te calles o que me mires a los ojos y hablemos”. También tuvo una disputa con el Peque Schwartzman. El ruso festejó dos puntos en que el argentino había errado. “Lo mandé a cagar. Quedó en la cancha. Pero a mí me cuesta separar lo de adentro con lo de afuera. Igual hoy nos saludamos y tenemos una relación normal”, aclaró el argentino.

Medvedev es el tercer ruso en tocar el cielo del ranking. El primero fue Yevgeny Káfelnikov, ganador de Roland Garros 96 y Australia 99. Se mantuvo en el puesto durante seis semanas. El segundo, Marat Safin. Duró nueve semanas siendo líder. Lo curioso es que su reemplazante en la cima es un caso inédito para nuestro país: tras ganar la primera ronda del ATP de Buenos Aires, el brasileño Gustavo Kuerten conquistó ese lugar. El único en la historia en obtener ese logro aquí. El lunes Djokovic lo superará. El tenis organiza su sistema de puntos por acumulación y por sostener el nivel del año anterior. El ruso se coronó en Marsella el año pasado y esta vez no participó.

Su revancha quizás le llegará desde hoy en el Masters de Indians Wells. Con el filo de ser descalificado por la guerra, le jugará a favor que al serbio no lo dejarán participar por no estar vacunado. La organización, automáticamente, lo había incluido en el cuadro principal. Pero la legislación de Estados Unidos no lo autoriza a estar. Medvedev será un líder sin país. Número 1, pero no ruso. Del sueño soñado de niño quedará el espanto del miedo a la violencia que padecen los infantes. De pandemias a invasiones este mundo anda peloteando. El Principito de Antoine Saint Exupéry se publicó en 1943. La reflexión sigue intacta: “Decididamente, las personas mayores son muy extrañas”.

Fuente: Cenital / Original aquí.

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