Guillermo Samperio

El maestro, un cuento de Alejandro Barrón en homenaje a Guillermo Samperio

San Sebastian, España, 4 de enero (MaremotoM).- Me dijo: “si te das cuenta que estoy hablando de lo mismo una y otra vez, no me lo digas, sólo cambia de tema. Es bastante desagradable que me acoten esas cosas”.

Me dijo: “es hora de mi medicamento, mi psiquiatra es muy estricta.”

Después de tomarse el medicamento me invitó a su estudio, se forjó un porro y se lo fumó como si fuera un vulgar cigarrillo.

Me mostró sus tatuajes: “este es John Lennon, este es el Che Guevara y éste es mi padre, me lo hice cuando cumplí los sesenta…”

Me mostró los dibujos que había hecho: un gato con un enorme coño humano, una liebre con un enorme coño humano, un pez (bonito celacanto) y un cuerpo femenino con el ano desmesuradamente salido. Le dije que me agradaba el celacanto.

Me habló sobre peleas callejeras.

Me mostró sus tatuajes: “este es John Lennon, este es el Che Guevara y éste es mi padre”. Le pregunté qué opinaba de mi cuento: “es mucha paja, debes quitarle algunos párrafos que están de más”. Comprendí que mi texto era basura, no volvimos a tocar el tema.

Se forjó otro porro. Me dijo que su psiquiatra era muy estricta, pero que no había problema con la mota.

“¿Te gustan los coños?”, preguntó. Le dije modestamente que sí. “A mí, además de los coños, me gustan los destripamientos y ejecuciones”. Le dije que en mi próxima visita le llevaría una selección de mis videos gore favoritos.

Fumamos en silencio. Las paredes estaban atiborradas de fotos de artistas de cine y cantantes de los noventas. En medio de la estancia sobresalía un cristo barroco.

“Si te percatas que estoy hablando de lo mismo una y otra vez, no me lo digas, sólo cambia de tema. Es desagradable que me lo hagan notar”. Le dije que iría al baño.

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El teléfono sonó. Era su asistente. Para recordarle que tenía dos presentaciones en Bellas Artes próximamente.

Le dije que me agradaba el dibujo del celacanto.

Guillermo Samperio
El teléfono sonó nuevamente. Era una mujer, desde Francia. Fui a la cocina a tomar un poco de agua. Le juró amor eterno y colgó. Foto: Cortesía

El teléfono sonó nuevamente. Era una mujer, desde Francia. Fui a la cocina a tomar un poco de agua. Le juró amor eterno y colgó.

En uno de sus libreros tenía una exquisita edición de las novelas cortas de Chéjov.

El teléfono sonó una vez más: había una fiesta a las nueve en San Ángel.

Se forjó otro porro y se lo fumó en menos de cinco minutos.

“Éste es mi padre”, dijo mientras me mostraba el tatuaje de su brazo izquierdo. “Me lo hice cuando cumplí los sesenta”.

Salimos y nos dirigimos al metro.

¿Dónde está la familia?

Entramos al metro.

¿Dónde están los fans?

Pasamos los torniquetes.

¿Dónde están las mujeres deseosas de follar con un escritor?

Entramos a un vagón.

¿Dónde están los amigos?

Salimos del metro.

“Oye, olvidé traer dinero para el taxi, préstame una lana”.

¿Dónde está la gloria?

Sólo tengo este billete de doscientos, dije.

“Va, dámelo y lo ponemos a cuenta por el dibujo del celacanto que tanto te gustó”.

Recordé el cuadro que mi hermano me pintaba para el futuro: “tú, en un departamento en Nueva York (¿por qué en Nueva York y no en Londres?), respirando gracias a un tanque de oxígeno, nadando entre libros, siendo roído por las ratas.”

Así es el arte: dejarse comer por las ratas mientras evitamos que el sol nos pegue en la cara.

Instruí al taxista de cómo llegar al destino y se fueron.

Allá iba uno de los mejores cuentistas del país: el amante fiel de la Señorita Verde.

Si me apuro tal vez alcance abierta la vinatería, pensé.

Me largué de ahí.

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