Bucareli

El mundo es un pinche muégano

La gata logra morder las alas de la mariposa en un segundo salto y en ellas cae la noche eterna. “Le chat noir” huyó con la mariposa entre los colmillos y desaparece dejando una pequeña estela de muerte que resulta ser de un salvaje erotismo gatuno.

Ciudad de México, 13 de noviembre (MaremotoM).- El domingo me llamó Manuel X para comunicarme que estaba interesado en un libro que publiqué en las páginas de venta de libros de facebook. Se trataba de la primera edición de Apariencia desnuda, de Octavio Paz, publicada por la editorial Era en 1973.

Cuando hablé con él, me dijo que vivía en una de las tres privadas que están el eje Bucareli, en la “Ideal”, la última si caminas de norte a sur, justo en la dirección del tránsito de esa avenida y que colinda con el metro Cuauhtémoc y el Mercado de la colonia Juárez.

Le dije que le podía llevar el libro a su casa porque yo vivo en la calle López, en el metro Salto del Agua, y que me quedaba justo a 15 minutos de su casa, incluso caminando. Convenimos vernos al mediodía. Lo que no le dije es que yo conocía esa privada desde hacía 40 años. Ahí vivía R, un amigo de la infancia que, eventualmente, se convertiría en novio de mi hermana y en el padre de N, mi sobrina. No le dije a Manuel X que conocía muchos de los secretos de ese edificio: sus puertas de madera y sus ventanales, sus hermosos pisos de loza, sus vitrales, su herrería en los balcones y barandales, sus patios internos y, desgraciadamente, también, sus sótanos (todos sabemos que los sótanos de todos los edificios del mundo esconden oscuras historias, ligadas al inframundo).

Bucareli
Lo que no sabía Manuel X, es que yo fui parte de la historia de esa privada hace 40 años y jugué en ese espacio con mi amigo por más de un año. Foto: Cortesía

Lo que no sabía Manuel X, es que yo fui parte de la historia de esa privada hace 40 años y jugué en ese espacio con mi amigo por más de un año: corrí y comí en su casa; rompí un par de vidrios con una pelota de futbol y fui corrido de ese edificio postporfiriano varias veces por ser vándalo infantil. Lo que también ignoraba Manuel X es que, en esas privadas del edificio llamado “Mascota” que el empresario cubano Ernesto Pugibet construyó en sus terrenos desde la época del dictador hasta 1912 para sus trabajadores de la industria tabacalera, yo conocí y fui protagonista de muchas historias setenta años más tarde de su inauguración, cuando la Juárez era una colonia de clase media venida a menos, a los diez años, junto con R, mi amigo de la infancia. Éramos una pesadilla para varias ancianas de la privada (Esa colonia era un barrio de viejos que vivían en sendas casonas a principios de los años 80 del siglo pasado).

En eso pensaba mientras me subí al metro de la línea 1, color rosa. La línea que llega a la zona Rosa y que fue inaugurada el 20 de noviembre de 1970 por el asesino-presidente en turno, Luis Echeverría Álvarez, responsable directo de las matanzas de Tlatelolco en 1968 y la del 10 de junio de 1971 en el Casco de Santo Tomás, para conmemorar el 60 aniversario del estallido de la “revolución” mexicana. Me llamó la atención cómo el tiempo se condensó el domingo pasado y se hizo sincronicidad pura: 1970 el metro se inaugura, 1972 mi nacimiento, 1973 se publica el libro de Octavio Paz que fui a entregar…

Decíamos que el domingo, casi cuarenta años después, yo regreso a ese lugar y una mar de recuerdos me acecha mientras me poso en el gran portón de la privada de nombre “Ideal” para esperar que Manuel X salga por su libro sobre la obra de Marcel Duchamps, escrito por nuestro Premio Nobel. Cuarenta años atrás yo abriría ese gran portón a mi antojo. Conocía todos los trucos para hacerlo. Pero ahora es una reja gigante que dibuja perfectamente el afuera y el adentro. Yo estoy afuera, en la calle. Mientras pasan recuerdos en mi memoria y las sensaciones-deja-vu recorren mi piel, adentro, en el jardín de las ventanas rotas por la infame pelota infantil, una gata negra salta como una pantera, se estira y lanza un zarpazo que araña el aire y, con él toca las alas de a una mariposa que traza un agónico vuelo circular que la lleva a la nada. La gata logra morder las alas de la mariposa en un segundo salto y en ellas cae la noche eterna. “Le chat noir” huyó con la mariposa entre los colmillos y desaparece dejando una pequeña estela de muerte que resulta ser de un salvaje erotismo gatuno.

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Llega Manuel X y me despierta del ensueño de la imagen abriendo el gigantesco portón con un saludo violento, en tono clasista. Me invita a pasar a su casa. Le permito ser arrogante porque él tiene 500 pesos que yo pienso destinar para comprar nueces y almendras. Entro a la privada luego de más de treinta años sin pisar ese lugar. Resulta que Manuel X vive justo en la casa de enfrente de donde vivía R. Paso a su casa y veo que todo ha cambiado, la estructura es la misma pero todo brilla: el piso, las paredes, los barandales.El bello espacio está gentrificado. Sin embargo, me produce malestar y asfixia el lugar y me doy cuenta que el patio interno de la estructura de la casa (que es igual a todas las demás casas de la privada), fue techado para poner una espacie de taller-museo lleno de objetos viejos, colocados de manera armónica, con una delicada curaduría. La entrada del patio interno al sótano fue tapada con una duela. La ventilación es nula y comprendo el porqué de mi asfixia.

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Conversando con Manuel X me entero de que es hijo de la gran fotógrafa G I. Foto: Cortesía

Conversando con Manuel X me entero de que es hijo de la gran fotógrafa G I.

-¿Entonces seguro que tú debes conocer al cineasta N. E.? -Pregunto sabiendo de antemano la respuesta.

-Es como mi tío. -Responde con una frialdad propia de los que tienen el discreto encanto de la burguesía.

-Yo conozco a A. E. – Le digo siguiendo el hilo de la conversación. Soy su amigo desde hace casi treinta años.

-Ahhhh sí. Ellos fueron pareja unos años, pero terminaron hace unos meses. Me la saludas. -contesta sin énfasis.

-Si lo sé. La saludo de tu parte.

Al fin, le conté como si hablara ante un espejo donde su narcisismo burgués y mi narcisismo proletario fueran como un par de gemelos a punto de nacer en plena discordia sobre quien será el primero, que un amigo de la infancia, el padre de mi sobrina, vivía justo en la casa de enfrente. El optó por su apatía y me respondió sin expresión alguna, como si tuviera una mascarilla en el rostro y temiera que se le arruinara si hacía un leve gesto.

Al salir me acompañó al portón de Bucareli. Alcancé a ver que la gata negra se escondió entre los arbustos del primer jardín del patio donde seguramente tenía escondido el cadáver de la mariposa.

Me despedí de Manuel X convencido de que el mundo es un pinche muégano.

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