Celia del Palacio

El mundo mágico y el imperio de los mexica reciben a Hernán Cortés

“No les creas. No los sigas. Tus Dioses no perdonan”, es el dicho con que Celia del Palacio promueve su libro El camino del fuego que, editado por Martínez Roca, vuelve a poner en el centro nuestros antepasados.

Ciudad de México, 18 de diciembre (MaremotoM).-  “No les creas. No los sigas. Tus Dioses no perdonan”, es el dicho con que Celia del Palacio promueve su libro El camino del fuego que, editado por Martínez Roca, vuelve a poner en el centro nuestros antepasados, invitándonos a realizar un extraordinario viaje por un mundo lleno de magia y tradiciones que tuvieron que ser enterradas para salvarse de las fuerzas del destino que quisieron consumirlas.

“El problema con todo lo que ocurrió es que no había unión entre los pueblos prehispánicos y había una profunda molestia por el dominio de los mexicas. No se nos cuenta bien y pensamos que los pueblos que se unieron a Hernán Cortés, fueron traidores. Los pueblos estaban sometidos, humillados, habían perdido hasta la lengua, les habían cambiado a los dioses. Todo esto hay que contarlo bien y lo que eso implica para la vida cotidiana de esas personas. Vivían aterrorizados”, dice Celia del Palacio.

Es 1519 y los rumores sobre la llegada de unos extraños hombres que escupen fuego y montan venados gigantes se esparcen rápidamente entre los diferentes señoríos. Se hacen llamar hijos de otro dios y avanzan buscando oro. Sin embargo, para Xtaaku, princesa y sacerdotisa totonaca, la alianza con los españoles se presenta como la única oportunidad para vencer a los mexicas, sus sanguinarios enemigos. Es así como se embarcará en una desgarradora travesía en compañía del ejército de Cortés para derrocar a la gran Tenochtitlan, aunque en el viaje descubrirá que el precio para acabar con el yugo de su gente es demasiado alto…

Parece un Games of thrones prehispánico, donde se narra una violencia sin moral. Algo que no podemos ver con los ojos de hoy.

“Es una concepción muy diferente de la vida y de la unión con los dioses. Los dioses pedían sangre, sacrificio para seguir protegiendo a ese pueblo, para que las cosechas sean abundantes, había que hacer sacrificio para que el sol saliera todo el día. Lo malo y lo bueno no eran como nosotros lo vemos ahora”, dice Celia.

Celia del Palacio
Tenemos que entender que ese mundo no tiene separación muy clara entre lo mágico y lo presente. Foto: Cortesía

¿Qué cosmogonía tenía El camino del fuego?

“Es lo que trato de explicar en la novela. Esta mujer que era culta, que desde niña ha sido educada en la religión, en la vida, en las plantas, intenta explicarnos cuál es la visión del mundo que tiene su pueblo. Tenemos que entender que ese mundo no tiene separación muy clara entre lo mágico y lo presente, entre los muertos y los vivos, el mundo de los sueños está poblado por dioses, que conviven con los humanos, con la naturaleza. Todo es uno”, explica la autora.

“Ella, Xtaaku, como una sacerdotisa, es intermediaria en este mundo. Cuando llegan los extranjeros esto choca, tienen otras creencias, hay una terrible crisis entre los pueblos, la vida ya no será la misma nunca, los dioses parecen abandonarlos, no los protegen, se rompe este mundo como estaba estructurado”, agrega.

“Yo lo veo como una película, lo escribo como si lo estuviera viendo. Tantos unos como los otros. Los recién llegados no están seguros todo el tiempo, pero deben de haber estado muertos de miedo. Cuando vieron a Tenochtitlan, esa ciudad impresionante, tampoco sus herramientas conceptuales que traían de fuera le sirvieron para entenderla. Ellos jamás se entienden. Hay una incomprensión mutua muy fuerte”, expresa.

La ficción le agrega cosas a la historia, sobre todo para recrear ese mundo mágico en el que vivían los pueblos prehispánicos. “Para ellos es totalmente real, pero para nosotros es ficticio”, dice.

Celia del Palacio
Un Games of Thrones prehispánico. Foto: Cortesía

Fragmento de El camino del fuego, de Celia del Palacio, con autorización de Martínez Roca

1

QUIAHUIXTLAN

1500-1519

Somos la «gente del calor». Somos la «gente de donde sale el sol». Así nos han llamado los mexica.

Nos consideran torpes.

Nos desprecian, como a todos los otros pueblos que han sido sometidos a su yugo implacable.

Nos desprecian, aunque se sirvan de nuestras telas, de nuestros frutos, de nuestro trabajo.

Nos detestan porque han tenido que depender de nosotros.

Nos odian porque envidian la riqueza de nuestras tierras y nuestra cercanía con el mar.

En otros tiempos, cuando la tierra donde habitan quedó agostada y sedienta, ellos estuvieron a punto de morir de hambre y se vieron obligados a suplicarnos por ayuda. Sus niños vinieron a servirnos como esclavos para ganar su sustento hasta que fueron mayores y regresaron a su ciudad cargados de re- sentimiento. Muchas gentes de los poblados mexica llegaron a establecerse en nuestras tierras, huyendo del hambre.

Desde entonces hubo en el Totonacapan aldeas de chalca, texcocanos, xochimilca y tepaneca. Convivimos en paz con ellos por muchos ciclos, muchas lunas, muchas vueltas al sol. En nuestras ciudades hablábamos varias lenguas y adorábamos diferentes dioses. Teníamos costumbres distintas, pero aprendimos a respetarnos.

Después las cosas cambiaron. Motecuhzoma el Viejo y Tlacaélel se aliaron con los gobernantes de Texcoco, Tlatelolco y Tlacopan para formar un ejército invencible. Sometieron a muchos pueblos en el camino al mar: Ahuitzilapan, Chichiquilan, Teoixhuacan, Quimichtlan, Tlatictlan, Oceloapan y Cuetlaxtlan. Pronto, los pueblos tutunakú de la costa nos tuvimos que rendir ante el poderío de la Triple Alianza.

El año de la celebración de la fiesta de Tlacaxipehualiztli o Desollamiento de Hombres, sufrimos la humillación última. Tlacaélel, por medio de su hijo Axayácatl, invitó a los pueblos cercanos a la costa a asistir a la ceremonia. Nuestros señores sabían que aquello no era una invitación de cortesía: se les exigía, de hecho, una vejación pública de ellos y sus pueblos ante Huitzilopochtli.

Los ancianos miembros del consejo y los señores principales se encaminaron hacia Tenochtitlan, llevando como regalos nuestros más preciados tesoros: ricas mantas de algodón, cacao, grandes caracolas, joyas, chalchihuites —nuestras piedras preciosas—, ámbar líquido de nuestros bosques tropicales y plumas de exquisita finura.

Los de Cuetlaxtlan, por el contrario, rechazaron la invitación y dieron muerte a los enviados del tlahtoani. Como castigo, los mexica les impusieron dobles tributos y establecieron ahí su colonia militar permanente para vigilar a los pueblos de la costa. Todo lo ven, todo lo saben, todo lo escuchan. Tienen espías por todas partes.

Nuestros gobernantes regresaron asqueados, aterrorizados por la matanza de los matlatzinca que presenciaron en aquella fiesta. Sabían que esa era también una amenaza velada para evitar rebeliones. Así llegaron a un acuerdo con los mexica. Entregaríamos tributos: mantas hiladas de algodón, trenzadas con pelo de conejo y plumas, para que sus mujeres se ataviaran en las ceremonias importantes; trajes para sus guerreros; pieles de venado y de jaguar; escudos de plumas; petates pintados con añil y cochinilla; mosaicos de turquesas para sus palacios, así como otras muchas cosas: conchas y moluscos de nuestros mares, peces, frutos y semillas.

Tendríamos, asimismo, que entregarles a nuestras hijas para que sirvieran en sus palacios y a nuestros hijos para cultivar las sementeras de las que se habían apropiado en los territorios cercanos a Ahuitzilapan, aunque no era extraño que también los ofrecieran en sacrificio.

Sus guardias, apostados en poblaciones estratégicas, cuidan que los tributos se paguen y que no abriguemos ni sombra de deseo de rebelarnos. Sabemos que nos espían y guardamos odio en el corazón por ese pueblo que a cada vuelta de la luna viene a exigirnos la contribución a través de guerreros altivos, y a nosotros toca complacerlos para que no acaben con la gente y nos dejen vivir en paz. Pero sus espías no pueden vigilar los corazones. No pueden escucharnos en el fondo de las cuevas cuando susurramos nuestros deseos de venganza. No pueden adivinar los planes trazados en el fuego y en el humo del copal que brota de los braseros rituales. No entienden los mensajes secretos que bordamos en nuestros ceñidores y en nuestros huipiles.

Ellos nos llaman «la gente del calor», y su lengua y sus dioses se impusieron por doquier. Los teocalli están dedicados a Huitzilopochtli, el gran Señor del Sol y de la Guerra; a Tezcatlipoca, el del Espejo de Humo; a Xipe Tótec, el Señor Desollado; a Chalchiuhtlicue, la Señora de la Falda de Jade, Dueña de las Aguas, y a Ehécatl, Señor del Viento. Pero en los tem- plos consagrados a las deidades de los mexica adoramos a nuestros dioses antiguos.

Nosotros nos llamamos tutunakú, «la gente de los tres corazones»: un corazón está en las estrellas, donde tenemos puestos los ojos; otro corazón está en la tierra, cuyo vientre hemos de fecundar con devoción, cuyo cuerpo firme nos permite tener los pies bien plantados para no caer, y otro corazón está en el mundo, porque es la obligación de nuestra gente velar por todas las criaturas que andan en él.

Los mexica nos impusieron su lengua, quemaron nuestros libros y borraron de los templos las inscripciones que contaban la historia del Totonacapan. Pero, a pesar de la lengua que nos fue impuesta, conservamos la nuestra y la hablamos siempre en nuestros pueblos.

Dicen las abuelas que en tiempos muy remotos fuimos un solo pueblo, que los dioses de ellos también fueron los nuestros y que la lengua que nos forzaron a hablar también fue la nuestra en un pasado lejano. Después nos separamos y nuestra lengua se volvió otra y nuestros dioses se volvieron otros dioses.

Tula y Teotihuacan son las ciudades antiguas que ellas siempre recuerdan. Las abuelas dicen que los tutunakú ayudamos a construirlas y que esos pueblos nos dieron sus dioses en pago. Lo que cambia es la manera de llamarlos, pero el origen es el mismo. Todos somos hijos de esos dioses, aunque los mexica parecen haberlo olvidado e invariablemente nos hacen menos. Luego nuestros ancestros retornaron al mar y fundaron ciudades en el camino. Macuilxochitlan es el sitio donde descansan los huesos de los abuelos de mis abuelos. Macuilxochitlan, ciu- dad perdida entre las montañas en la frontera del Totonacapan, la región de los manantiales en la arena —Xallapan—, es el lugar sagrado adonde algún día habremos de volver.

Mi madre me contó esas historias a la luz del fogón muchas veces, así como se las contó a ella su madre, y a esta, la madre de su madre, desde el principio del tiempo. Instaladas las dos al abrigo de nuestra casa en las noches de tormenta, mi madre me hacía traer los rollitos de algodón cardado, el malacate y el cajete, y mientras yo daba vueltas a la varita aromática de caoba dentro de la jícara pintada de colores para ir formando el hilo, ella repetía la historia de la creación del mundo.

—Ometecuhtli y Omecíhuatl, la pareja primigenia, tuvieron hijos a quienes encargaron la creación de los dioses y de los hombres.

»Esos hijos —explicaba— eran todos manifestaciones de Tezcatlipoca: Xipe Tótec, Huitzilopochtli, Quetzalcóatl, Tezcatlipoca Negro, el Señor del Cielo Nocturno, a quien noso- tros conocemos como Tlajaná, el Ser del No Ser, que castiga a quien ofende la vida. A ellos se unió Akgtzin, dios del Agua que Fluye, poderoso Señor del Rayo, a quien los mexica llaman Tláloc.

»Quetzalcóatl —seguía contando mi madre con su hermo- sa voz— tomó el cuerpo de un gobernante de Tula y fue sabio y promulgó buenas leyes, pero su hermano malvado, Tezcatli- poca Negro, con engaños logró que se emborrachara y faltara a la castidad. Quetzalcóatl, avergonzado, se exilió rumbo al sur. En el lugar de la Vieja Tierra Roja, llamado Huehuetlapallan, cerca de Coatzacoalco, se embarcó en una balsa de serpientes y se prendió fuego al despuntar el día. Su corazón incendiado, liberado por las llamas, se convirtió en Xtaaku, la primera es- trella que anuncia el amanecer.

»Quetzalcóatl, al llegar al inframundo, pidió los huesos de los guerreros fallecidos a Mictlantecuhtli, Señor de los Muertos. Con ellos a cuestas, salió de regreso a la tierra, con tan mala fortuna que tropezó y los huesos se rompieron. Quetzalcóatl entonces los regó con su sangre y así dio origen a los humanos.

»Los primeros hombres salieron de la isla de Chalchihuitla- pazco, que pertenece a Quetzalcóatl y a la que los caxtilteca llamaron después Sacrificios. A nado o montados sobre enormes tortugas, llegaron a la costa. Ahí construyeron Cempoallan; Quiahuixtlan, nuestra Ciudad de la Lluvia, y la ciudad con- sagrada a Akgtzin. Somos los descendientes de Quetzalcóatl, somos quienes vinimos del mar.

»Kiwikgoló es el gran dador de vida. Son suyos todos los seres que están sobre la tierra y él es el dios del Cerca y del Le- jos, de todo lo que es. Kiwichat fue la primera mujer sobre la tierra, parte también de Kiwikgoló porque nada ni nadie pue- de existir fuera de Él. En el principio de los tiempos, Kiwichat se atrevió a desobedecer a su marido y, con engaños, yació con Tezcatlipoca Negro. Como castigo, se le encerró en el Lhuko Talhman Sipi, la cueva de la montaña sagrada, por espacio de mil años.

»Ahí el dios del Monte le enseñó todo lo que hay que sa- ber sobre plantas y animales. Dentro de la cueva aprendió a curar las enfermedades y a preparar los alimentos y medicinas necesarios para la vida. Como su marido la extrañaba, decidió liberarla, junto con aquellos conocimientos que favorecieron a los habitantes del Totonacapan. Por eso —decía mi madre—, teníamos que estar agradecidos con los dioses que tanto bien nos habían hecho».

A medida que me fui haciendo mayor, pedía a mi madre que me contara cómo había sido mi nacimiento, cómo se ha- bía desarrollado la ceremonia de levantamiento, que era tan importante para mi pueblo y que a mí me tocaría presidir des- pués muchas veces.

—Las abuelas que viven en el cielo y en la tierra, y que via- jan sobre Paaun, la nube sagrada, tienen como misión proteger a los recién nacidos. En el momento del parto, todas ellas acu- den para ayudar y una le pega a la criatura una nalgada para obligarla a nacer. La Abuela Pilam estuvo cuidándote desde que empezaste a crecer en mi vientre y a los cuatro días de na- cida te «levantamos».

—¿Qué es eso? —le pregunté la primera vez que me contó la historia.

—El Tawaa’ es el momento en el que te pusimos nombre, el instante en el que tu alma quedó para siempre unida a tu

cuerpo y separada de las almas de los no nacidos. Antes de eso solo eras una flor, no estabas del todo aquí, había que compo- nerte.

En aquella ceremonia solemne, las abuelas elevaron sus ple- garias a los dioses, nos sahumaron a mi madre y a mí, nos bañaron con agua de hierbas aromáticas y la Abuela Pilam, la Luciérnaga que Alumbra la Noche, me rompió el himen, simbolizando la ruptura del puente que me unía al mundo no terreno. Luego preguntó a Kiwichat cuál era el nombre que habrían de ponerme.

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—Xtaaku. Te pusimos Xtaaku, como ordenó el Gran Padre de Todo lo que Existe —decía mi madre siempre con igual devoción.

Yo, como la Estrella de la Mañana, anunciaría noticias de una nueva era. A ello estaba destinada. Eso dijo Pilam, eso di- jeron las abuelas y eso repitió mi madre desde ese día.

En ese instante, mi padre, el venerable tlacochcalcatl de Quiahuixtlan, el más ilustre de los guerreros y consejero de nuestro señor, me levantó en sus manos y me mostró a los no- bles, a los sacerdotes, a los sirvientes, a los artesanos, a todos aquellos que vinieron a darme la bienvenida al mundo.

—¡Xtaaku! —dicen que dijo—. Mi pequeña flor de vaini- lla, mi tierna mazorca, mi estrella reluciente, has de honrar a tus padres y tus abuelos. ¡Bienvenida seas!

Desde pequeña, como todas las niñas nobles, fui encomen- dada a las ancianas para el servicio de los dioses mientras lle- gaba mi hora de tomar marido. Por ser muy curiosa, mis pa- dres me consagraron a Kiwichat, a quien los mexica conocen como Tlazoltéotl: madre de las curanderas y gran abuela de las parteras y las adivinadoras, madre del amor carnal y la lujuria, quien se come las inmundicias de sus hijos y las transforma en alimento. Otros dicen que es Coatlicue, la de la falda de jade, y muchos más la conocen como Toci. Yo solo sé que Kiwichat es la Gran Madre Tierra, la que da la vida y proporciona todas las alegrías y todos los placeres.

Las abuelas me enseñaron a curar. Me mostraron cómo reco- nocer las hierbas venenosas, para qué usar los hongos adheridos a ciertos árboles y de qué modo utilizar las raíces. Me di- jeron en qué momento del día debía recolectar las hojas y en qué parajes sembrar los retoños. Aprendí a retardar el brote de la semilla de los varones para proporcionar mayor placer a las mujeres, cómo evitar ser preñada y cómo propiciar la mater- nidad. Supe cómo traer a la vida a los niños y cómo matar sin dejar huella suministrando tlepatle, la hierba del fuego, para la que no hay contra.

Aprendí a curar a quienes traen la sombra de un muerto encima; a los que sufren mal de ojo, susto o empacho, y a las criaturas cuando se les cae la mollera o padecen tlacacabis, esa enfermedad que causa la caída de la piel en los recién nacidos si los familiares que lo visitan se pelean. También puedo curar el susto de agua, de tierra o de fuego; pegar huesos quebrados; sa- ber cuando alguien miente o ha robado algo, y ver el porvenir. Mientras otras niñas jugaban con sus muñecas de barro o hacían volar los papalotl multicolores en las tardes de viento, yo tenía que aprender los nombres de las plantas.

«Cuajilote, huchin, matlantzin», repetía mientras dejaba caer los patolli en el tablero del juego que nosotros llamamos lizla.

«Mastanchuluctx, epazote, acuyo, axocopaque», susurraba mientras las abuelas me untaban aceite de hueso de mamey en el cabello para hacerlo brillar, antes de trenzarlo con plumas.

«Cempoalxóchitl, iztafiate, apompo…, cacahuapaxtle, pi- tahaya», enlistaba mientras subía una y otra vez las escaleras del templo, espantando los cientos de mariposas que se posaban sobre mí.

«Xicólotl, yoloxóchitl, zacatechichi, ololiuhqui, nanácatl», pronunciaba con mayor respeto el nombre de las plantas sagradas, mientras juntaba caracoles en la playa al atardecer.

Y todavía ahora, antes de dormir, vienen a mi boca, muy quedito, sin que yo misma lo quiera, esos nombres que son ya parte mía.

No es que haya sido siempre obediente. ¡Nada de eso! Más de una vez me escapé de las lecciones de las abuelas para ir con mis amigos cerro arriba, entre las hierbas y las piedras, y ahí nos mirábamos en el espejo quieto de la poza donde se alma- cena el agua de lluvia. Allá andábamos, con los cabellos al aire, desnudos, a fin de asomarnos a aquel abismo. En el reflejo tembloroso que nos regresaba el agua nos reconocíamos dis- tintos cada vez.

Muchas tardes encontramos chaneques que intentaron per- dernos entre la maleza. Sabíamos que eran los espíritus de los niños sacrificados que custodiaban la selva, así que no les te- míamos; por el contrario, jugábamos con ellos y aprendíamos los cantos que susurraban en idiomas antiquísimos antes de que llegara la noche.

Siempre fui rebelde, incluso después del accidente, aunque no puedo negar que aquel suceso me cambió la vida. Fue una tarde en la época de los vientos del norte. A pesar de que mi madre me había prohibido que nadara en el mar sin la compa- ñía de una persona mayor, logré escabullirme para buscar a mi amiga Jun, que vivía en un caserío cercano a la playa.

Como muchas niñas macehualtin, mi amiga no tenía nom- bre. Era delgadita, con la piel quemada por el sol. No paraba de correr, subirse a los árboles y saltar de un lado a otro; por eso la llamé Jun: colibrí. Me gustaba mucho brincar con ella entre las olas, sentir el cosquilleo de los peces en las piernas mientras nadábamos y luego seguir el ritual que habíamos hecho nuestro: correr por encima de las dunas hasta la peña que protege la playa de vientos y huracanes.

En esa garganta se forman remolinos y, si uno escucha con atención, puede distinguir las voces de las diosas del agua que viven en el fondo y, algunos días, la ronca voz del dios Akgtzin cuando se transforma en pejelagarto de las profundidades. En- tre los peñascos, nuestros pescadores instalan las trampas don- de se guardan los peces vivos hasta el momento de comerlos. Ahí también, en los pliegues de las rocas, es posible encontrar almejas. Más de una vez las arrancamos para darnos un festín después del baño.

Pero esa tarde el mar estaba picado y la marea comenzaba a subir. El viento del norte provocaba que las olas reventaran con furia contra las piedras oscuras, pero, a pesar de todo, tuve el impulso de retar a los elementos.

—A que no te atreves a buscar almejas —le grité por encima del hombro, iniciando la carrera sobre el sendero arenoso junto a la peña.

Jun no tenía miedo; era hija de un pescador que la había acostumbrado a estar cerca del mar y a conocer sus secretos, por eso me sorprendió su respuesta.

—No es día de comer almejas. Las voces de las profundidades dicen que no.

—¡Cobarde! —exclamé sin detenerme.

En un instante vi como me rebasaba, alejándose a fuerza de brincos sobre las piedras resbalosas de la orilla. Yo iba muy atrás todavía cuando vi como una ola salvaje azotaba el cuerpo de mi amiga contra el peñón y se lo llevaba mar adentro. El bramido del océano silenció mis gritos.

Ya me disponía a correr hacia Jun para ayudarla a salir, cuando sentí que una mano de piedra se posó sobre mi hombro. Era el padre de mi amiga que venía a buscarnos, junto con otros habitantes de la costa, al ver que el mar estaba picado y temeroso de que nos hubiéramos metido en problemas. Los hombres se lanzaron a rescatar a Jun de entre las aguas. El poco rato que estuvieron luchando contra las olas me pareció una eternidad. Cuando por fin vi al pescador salir con mi amiga en brazos, respiré aliviada.

Mi amiga querida, mi colibrí, por fortuna no estaba muerta. Su cuerpo flácido tenía un color extraño y de su cabeza brotaba sangre, pero su padre sopló varias veces en su boca y después de un tiempo ella sacó toda el agua que se había metido en su cuerpo entre toses y aspavientos. Era la primera vez que me enfrentaba de cerca a la posibilidad de la muerte de un ser querido.

Cuando volvimos a la ciudad y el pescador explicó a mi fa- milia lo ocurrido, mis padres me miraron con tristeza.

—Desobedeciste —dijo mi padre—. Habrás de pagar por ello.

Ni los piquetes con las agujas del maguey ni los golpes con chichicaxtle en las palmas de las manos dolieron tanto como la decepción en los ojos de mi madre. Pasé un tiempo intermina- ble de encierro en la oscuridad; luego mis padres me llamaron de nuevo a su lado. Sus rostros eran de piedra labrada, su mirada era inescrutable. Después de un momento de silencio, por fin habló mi padre.

—Lo que pasó con tu amiga no es tu culpa; pero, si hubie- ra muerto, el remordimiento te habría perseguido por siem- pre. Habrías escuchado en tu cabeza una y otra vez la pre- gunta: «¿Qué habría pasado si no hubiera desobedecido a mis padres?». Eso es lo que queremos evitarte: ese dolor. Los dioses las han protegido y por suerte no tendrás que vivir con la nube negra del arrepentimiento.

Tenía razón. Mi amiga no murió entonces, pero yo estoy marcada por aquel suceso y desde ese día no soy la misma.

Aunque la rebeldía siguió siendo mi inseparable compañera de aventuras, tuve más cuidado para no ponerme en riesgo o arriesgar a otros. Durante mucho tiempo tuve pesadillas: unas veces el rostro afilado y gris de Jun se me aparecía inmóvil, con los ojos cerrados; otras, mi amiga clavaba en mí su mirada y me llamaba con voz hueca. Pilam tuvo que frotarme con bálsamos y sahumarme con copal para que mi espíritu tuviera paz.

Poco a poco la vida retomó su curso. No volví a buscar a Jun e incluso me olvidé de ella por completo. En cambio, regresé con mayor empeño a mis lecciones. Las abuelas me enseñaron el significado secreto de los ritos y las danzas, y cómo hacer tela de algodón en los ejes del universo que son la urdimbre y la trama. Por su capital importancia, las ancianas dedicaron mucho tiempo a instruirme en ese arte cuando la flor roja de la vida se presentó en mi cuerpo por primera vez. Aún después de tan- tos años recuerdo vivamente la tarde en que Pilam y mi madre me llevaron bajo la pochota más alta en el patio del templo de

Kiwichat, de cuyas ramas se sostenía el telar de la abuela.

—La labor de las hilanderas es sagrada —dijo mi mentora— porque une dos mundos: el del espíritu y el de la materia. Las tejedoras son las creadoras de la tierra, gracias a que la han imaginado y pintado con luz y color en la tela.

Yo ya había oído la historia, pero aquella tarde calurosa sentí que esas palabras tenían una profundidad que no había notado hasta entonces. No me dejé distraer por el zumbido de las chicharras ni por los mosquitos, cuya ferocidad encontré más terrible que otras veces. No me reí siquiera cuando vi a mi amigo Qesqáh caminando sobre un solo pie en el filo de una barda, fingiendo estar a punto de caer y haciéndome muecas. La voz cascada de mi maestra tenía una urgencia especial que me hizo poner toda la atención en sus palabras.

—La tarea empieza con la siembra del algodón; luego si- gue el arte de extraer el hilo en el movimiento continuo del malacate dentro del cajete. A medida que va dando vueltas, se reproduce también la vida. El hilo es el cordón umbilical que conecta todas las cosas; así como el huso no deja de moverse sobre sí mismo, todo cambia en el mundo. Nada debe detenerse nunca.

Desde el principio del tiempo, nuestras antepasadas habían sembrado el algodón a la orilla de la milpa, en sus solares, para hilar sus vestidos. Durante incontables vueltas al sol habían recolectado los copos, los habían almacenado, los habían dese- millado con sus manos, habían apaleado el algodón sobre las pieles de venado para esponjarlo y con él habían fabricado el hilo, ayudadas por el malacate que giraba sin parar dentro de un cajete de barro o de un jícaro. Así se enrollaba el hilo, así daba vueltas el mundo y la vida transcurría sin novedad.

—Como la araña, que es animal sagrado, tú también de- bes consagrarte a imaginar, a crear, a tejer una red que conecte todas las cosas del universo —completó mi madre—. No lo olvides: en el telar se puede ordenar el mundo.

—Nuestra madre Kiwichat, al ver sufrir con el frío a los primeros hombres, se apareció en sueños a nuestras abuelas y les enseñó a hilar. Este trabajo es sagrado, es un don divino que debe transmitirse con respeto y recibirse con devoción. La sobrevivencia de los tutunakú y de todos los pueblos de estas tierras depende de él.

También me indicaron cómo dar color a las telas con el añil, la cochinilla traída de lejos, el cempoalxóchitl —nuestra flor sagrada—, el capulín y el cedro, así como los significados de cada uno de esos colores.

—Las figuras del tejido son nuestra historia —dijo mi ma- dre—. En nuestros fajos y enredos, en nuestros huipiles, está escrito lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos.

En ese momento, la Abuela Pilam me entregó un largo ce- ñidor rojo. En él había un árbol tejido que tendía sus ramas a las nubes en un extremo y hundía firmemente sus raíces en el suelo por el otro. Bajo su sombra hilaban las mujeres.

—Esta prenda te hará recordar, dondequiera que estés, cuál es tu encargo, cuál es nuestra historia, cuál es nuestra misión sagrada.

—Ya no eres una niña. Eres una mujer —dijo mi madre con rostro serio—. Conocerás el placer y el dolor, pero jamás deberás olvidar tu origen.

Muchas lunas, muchos soles más fueron necesarios para que yo supiera todo lo que había que saber. Cuando me consideraba lista, siempre surgía algo nuevo, que no había tomado en cuen- ta. Así, debía volver otra vez al estudio, a los viajes al monte sa- grado para pedir permiso a la Madre Tierra y suplicarle que me permitiera ver, que me permitiera aprender lo que hacía falta. Quería saberlo todo. Quería ser como Kiwichat. Lo que olvidé fue que la Madre de Todo lo que Existe, la abuela de las parte- ras, había adquirido el conocimiento como un castigo. ¿Sería así también para mí?

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