Brad Mehldau

El nuevo disco de Brad Mehldau, Finding Gabriel, sale el 17 de mayo

En Finding Gabriel, Brad compone 10 piezas, en las que toca el piano, sintetizador, percusión y Fender Rhodes y debuta como cantante.

Ciudad de México, 12 de mayo (MaremotoM).- “Finding Gabriel (Nonesuch)vino a mí después de leer la Biblia detenidamente durante los últimos años. La escritura profética de Daniel y Oseas resuenan en particular, así como la literatura de sabiduría de Job y Eclesiastés, y las palabras devocionales de los Salmos. La Biblia se sentía como un corolario y quizás una guía para el día de hoy: una larga pesadilla o una señal que conduzca a una posible gnosis (conocimiento), dependiendo de cómo se lea”, ha dicho el pianista Brad Mehldau a propósito de su nuevo disco, que sale el próximo 17 de mayo.

En este trabajo, Brad compone 10 piezas, en las que toca el piano, sintetizador, percusión y Fender Rhodes y debuta como cantante.

Hay una gran cantidad de músicos invitados, como el trompetista Ambrose Akinmusire, la violinista Sara Caswell, los saxofonistas Joel Frahm y Chris Cheek, el percusionista Mark Guiliana, el saxofonista y flautista Michael Thomas, el vientista Charles Pillow (saxo, clarinete), los cuerdistas Lois Martin (viola) y Noah Hoffeld (chelo) y los cantantes Kurt Elling, Gabriel Kahane y Becca Stevens, entre otros.

“La música surgió inicialmente de un nuevo sintetizador que estaba descubriendo: el OB-6 de Dave Smith y Tom Oberheim. Construí muchas de las pistas que comienzan con sintetizadores junto a Mark Guiliana en la batería, en un proceso similar al de nuestra colaboración anterior, “Taming the Dragon”. Luego se agregaron capas instrumentales y voces humanas, que se convirtieron en un elemento importante, no con texto, sino como pura expresión de armonía y emoción”, dijo.

“Trabajé con cantantes que he admirado y con los que he estado cerca durante los últimos años, como Becca Stevens, Kurt Elling y Gabriel Kahane, además de cantar yo mismo. Finalmente, se agregaron cuerdas y vientos y el proyecto se hizo más orquestal, con músicos estelares como el trompetista Ambrose Akinmusire, el saxofonista tenor Joel Frahm y la violinista Sara Caswell”, expresó.

Este es un adelanto, “The garden”.

Brad Mehldau (Estados Unidos, 1970), con su trío, formado por Larry Grenadier (contrabajo) y Jeff Ballard (batería) realizan Finding Gabriel.

1.The Garden 7:18

2.Born to Trouble 4:01

3.Striving After Wind 4:38

4.O Ephraim 5:21

5.St. Mark Is Howling in the City of Night 6:20

6.The Prophet Is a Fool 6:47

7.Make It All Go Away 4:32

8.Deep Water 5:13

9.Proverb of Ashes 4:17

10.Finding Gabriel 7:06

LAS TORMENTAS INTERIORES DE BRAD MEHLDAU

Todo es piano, pianísimo, en la vida de Brad Mehldau. Como si quisiera desaparecer adentro de las teclas y desde el interior de su fortaleza de madera y cuerdas jugara a pedir socorro, a gritar estruendosamente para salvarse a sí mismo de una vez y para siempre.

Pero de pronto el sonido se amplifica y el pianista nacido en Florida en 1970 y criado en Connecticut en un hogar donde vivió sin complejos su precocidad musical y descubrió, a los 12 años, un universo infinito gracias a John Coltrane, construye el momento presente con la pasión de un artesano del alma, sea lo que quiera decir semejante categorización.

Porque a bordo de su buque de carga, Brad lleva y trae sonidos desde un rincón al que sólo llegan los desesperados en la noche larga del hastío y de la soledad. Digamos, el infierno, digamos el inframundo.

¿Quién que ame la música podría haber permanecido indiferente al álbum Ok Computer, dado a conocer por la banda de Thom Yorke en 1997? No Mehldau, evidentemente, quien se dedicó a reescribir temas proverbiales de aquel disco paradigmático y entregar lo que los críticos más reputados del medio neoyorquino calificaron de “música imposible”.

Brad Melhdau
Finding Gabriel vino a mí después de leer la Biblia detenidamente durante los últimos años. Foto: Página oficial de Brad Mehldau

Sus staccato a pura mano izquierda y las melodías y acordes encendidos floreciendo en su mano derecha, llenaron de más virtud –por si cabía más virtud- las inmensas “Paranoid Android” y “Exit Music (for a film)”, sólo por citar dos temas de Radiohead, banda a la que Brad adora tanto como a Los Beatles, como a Paul Simon, como a John Mayer.

Estudió Jazz en la The New School de Nueva York y más temprano que tarde era un secreto a voces entre los círculos de jazz más exigentes (esos territorios vedados donde cuesta sorprender a nadie) y fue gracias al guitarrista Pat Metheny, con quien grabó dos discos esenciales, que su nombre trascendió fronteras y despertó los oídos más escépticos.

Alumno dilecto de Jimmy Cobb, quien primero le dio clases y luego lo integró a su banda, Melhdau fue miembro del cuarteto de Joshua Redman, con quien grabó el disco Mood Swing y al que acompañó en gira por Estados Unidos y Europa durante año y medio (estaban allí también los enormes Christian McBride en el bajo y Brian Blade en la batería).

Grabó su primer disco en 1994: When I Fall in Love, firmado con el nombre de Mehldau & Rossy trío; al año siguiente, con tan sólo 25 años, creó su propio trío con Larry Grenadier en el contrabajo y Jorge Rossy en la batería, lanzando el disco Introducing Brad Mehldau.

En 1997 la crítica estalló. Fue el año de The Art of the Trío , Volume One, un trabajo que le proporcionó el título de mejor pianista de jazz contemporáneo y que Brad repitió en otros cuatro álbumes editados entre 1997 y 2001.

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En 1999 grabó Elegiac Cycle, un disco a solo piano y donde dio a conocer sus propias composiciones.

En 2002 dividió las opiniones con Largo, su particular visión de la música de Los Beatles, de Antonio Carlos Jobim y Radiohead, para volver al puro jazz al año siguiente con Live in Tokio, grabado en directo en el Sumida Triphony Hall de la capital japonesa.

En 2010 vio la luz el ambicioso Highway Rider, un disco grabado con una orquesta de cámara compuesta por 23 músicos y producido por el más intelectual de todos los productores de música pop, el mítico Jon Brion.

LO CLÁSICO Y LO JAZZÍSTICO

Todas las tormentas de Brad Mehldau son interiores. Nunca se pronuncian con la estridencia de un director de orquesta y antes más bien tejen su urdimbre sonora en esa línea fina por donde transitan magos y poetas.

Es clásicamente sofisticado, como buen conocedor y amante de la música de Bach y de Schubert y resulta condenadamente abismal, definitivo al borde del teclado, como aquellos que antes que él demostraron que la vida y la muerte bailan pegados en el corazón de un piano. Citemos al perfecto Bill Evans, hablemos del agónico Keith Jarrett, dos artistas que Brad admira profundamente, aunque no tanto como ama a John Coltrane, desde que a los 12 años se comprara su primer disco.

Era Blue train, la mezcla exacta entre el virtuosismo y el sentimiento, un equilibrio del que ha hecho gala Mehldau en innumerables oportunidades.

Líricamente virtuoso, técnicamente poético: de ese modo Brad ha encantado a propios y extraños, de esa manera se ha hecho grande para los críticos y para el público.

En sus conciertos despliega una emotividad aterradora y justifica todas las teorías que estudiaron la relación entre el estado de trance y el arte. No sabemos adónde va cuando toca como si tuviera cuatro manos, pero queremos ir allí con él, cueste lo que cueste.

Lo llaman el nuevo Bill Evans, dicen de él que es un romántico moderno y es imposible no caer en la tentación de poner la vista fija en su tormentoso pasado de yonki, un más que coqueteo con la heroína, de la que logró zafar en parte porque dejó Nueva York y se mudó a Los Ángeles, la ciudad que muchos llaman “el cementerio del jazz”, para primero rehabilitarse en una clínica de Santa Mónica y luego entregarse en cuerpo y alma, otra vez, a la música.

Brad Melhdau
Finding Gabriel. Portada. Foto: Cortesía

Las coincidencias con Bill Evans, a pesar de que participó en un disco en homenaje al pianista fallecido en 1980, son material prosaico para los medios periodísticos: el pianista blanco que consume heroína y toca el piano de jazz como si hubiera nacido negro.

Mehldau no quiere que el pasado lo atrape. Su tiempo es hoy. Su música es el mañana y en numerosas ocasiones ha manifestado que la droga sólo le ha causado daño, limitando su creatividad y exhibiéndolo ante la vergüenza pública.

Dice el saxofonista Charles Lloyd, que tuvo a Brad en su banda, que a su alrededor hay una especie de “dulzura tranquila, propia de los artistas brillantes, de esos que tienen éxtasis en su interior”.

Conviven en Mehldau muchas personalidades: el intérprete apasionado, el compositor de la meditación, el ejecutante clásico y sutil. Un artista que conserva el espíritu de la improvisación del jazz y que al mismo tiempo está afiliado desde el primer día a la iglesia de Brahms, su compositor de cabecera.

Vivió en un bungalow en Hollywod, donde apenas había espacio para un Baldwin vertical y un piano de cola Steinway.

A menudo suele defender su estancia en Los Ángeles, una ciudad –dice- de la que sólo se conoce la superficie y donde ha podido tocar desde con el citado Charles Lloyd hasta el célebre contrabajista Charlie Haden, pasando por el baterista Billy Higgins y el líder de los Stone Temple Pilots, Scott Weiland.

Ahora reside en Nueva York con su esposa, la cantante holandesa Fleurine y la hija de ambos. Tiene una biblioteca ecléctica. No hay televisión en su casa. Usa lentes de contacto en reemplazo de las gafas que lo acompañaron durante toda su niñez y juventud. Desde siempre conserva el malhumor y un aire taciturno.

Lector voraz de libros de filosofía, “porque producen el mismo cosquilleo que la música”, está convencido de que “para un músico de jazz, no hay nada más importante que ser uno mismo, crear su sonido individual”.

De todas sus pesadillas la peor es verse como un músico que ocupa un puesto de trabajo en alguna orquesta.

“La pasión es tan importante que a veces se pasa por alto. Lo que me excita cuando voy a escuchar a alguien es esa sensación de misterio, cuando realmente no sé qué demonios vas a hacer a continuación. Y eso puede suceder tanto en la música de jazz como en la clásica”, dice el artista obsesionado por inyectar sentimientos y comunicaciones reales con su música.

“Todo esto sirve para explicar por qué el arte es tan importante para mí, porque es la salvación”, no duda en admitir el Brad Mehldau salvado por la música.

2 Comments

  1. Excelente artículo, gracias

  2. Alejandro Turner

    Hermosa nota. Gracias.