Juan Manuel Gil

El origen de la novela está, por un lado, en un intenso deseo

En cuanto vuelva a poner los pies sobre la tierra, hablamos con calma. Gracias”, ha escrito el escritor Juan Manuel Gil, reciente ganador del Premio Biblioteca Breve, de Seix Barral, por su libro Trigo limpio.

Ciudad de México, 8 de febrero (MaremotoM).- “Que hoy es uno de los días más felices de mi vida es algo que no os tengo que jurar. Gracias por tanta alegría. Me encantaría decíroslo uno a uno, pero nos darían las tantas. En cuanto vuelva a poner los pies sobre la tierra, hablamos con calma. Gracias”, ha escrito el escritor Juan Manuel Gil, reciente ganador del Premio Biblioteca Breve, de Seix Barral, por su libro Trigo limpio.

Esta es una entrevista que ha pasado la editorial y aquí la ponemos.

–¿De dónde nace la novela? ¿Recibiste, como el narrador, un correo electrónico de un viejo amigo invitándote a escribir sobre vuestra adolescencia?

–El origen de la novela está, por un lado, en un intenso deseo y, por otro, en una escena recurrente. El deseo era el de escribir un libro sobre la fascinación que siempre ha despertado la literatura en mí; siempre me ha seducido el poder de la palabra colocada en el orden y en el momento adecuados. Creo que desde niño fui consciente de que la fabulación era una especie de máquina que hacía posible la emoción en cualquier momento y en cualquier lugar. Para mí era lo mismo que hablar de magia. En cuanto a la escena recurrente que no era capaz de sacar de mi cabeza, constituye precisamente el inicio de la novela: yo corriendo desesperadamente detrás de un balón por el medio de una pista de aterrizaje. Cuando hice colisionar aquel deseo con esta escena, comencé a escribir la historia.

Juan Manuel Gil
El deseo era el de escribir un libro sobre la fascinación que siempre ha despertado la literatura en mí. Foto: Cortesía Facebook

–Las similitudes entre Juan Manuel Gil y el narrador son abundantes, pero esta no es una novela de autoficción. ¿A qué necesidades responde este juego entre realidad y ficción?

–Toda historia, bien construida, independientemente de que sea pura ficción o pura realidad, acaba siendo una única cosa para el lector: un lugar en el que hospedarse durante y después de la lectura. Y ese juego entre realidad y ficción hace de la historia un lugar más confortable, una experiencia más divertida y un pode- roso motor para la curiosidad, que es, como dice Alice Munro, la felicidad constante. Y es un juego que está en el genoma de nuestra literatura: “Esto que quiero compartir contigo es verdad, me ocurrió a mí; si te quedas conmigo, te lo cuento”.

–El narrador se ve a sí mismo como un contador de historias de barrio, capaz de congregar a chavales con la magia de las palabras. ¿Tiene algo que ver con cómo te ves como escritor?

–Sin duda. Siendo apenas un niño me di cuenta de la admiración que despertaban en mi barrio aquellas personas que sabían contar historias. No había muchas, pero las que sabían cómo hacerlo concentraban un poder impresionante. Al menos, a ojos y oídos de un chaval. Conocían el arte del silencio. También poseían la destreza de volver atrás, acelerar, detenerse en cualquier detalle y concluir en el momento justo. Conseguían que a los oyentes se les desbocara el corazón. Siempre he albergado el deseo de ser como esas personas. De ser leído o escuchado. Quizá, como dice el narrador de esta historia: de ser amado y protegido.

Premio Seix Barral 2021
Trigo limpio, editado por Seix Barral. Foto: Cortesía

–”La nostalgia, esa peligrosa jalea real que lo suele pringar todo”, dice el narrador en las primeras páginas. ¿Cómo de difícil ha sido no caer en las postales propias de los veranos de la infancia?

–Es que no recuerdo mi infancia o mi pubertad con un exceso de nostalgia. Si pudiera volver a ella, no lo haría. Y lo digo sin dramatismo. Creo que en aquella época de mi vida había diversión, descubrimiento y fascinación, pero también violencia, crueldad y un rigor que, a veces, era implacable. Eso me ha hecho más fácil ponerme a salvo de la nostalgia mientras escribía esta historia.

–Con el humor, sin embargo, pareces especialmente cómodo. ¿Te sientes parte de una tradición literaria española que ha hecho de él un antídoto contra la solemnidad?

–Decir que me siento parte de esa tradición ya me resulta solemne. Con eso lo digo todo. Desde que tomé las primeras anotaciones de lo que iba a ser esta historia, tuve claro que el humor sería un ingrediente irrenunciable. Fundamentalmente por dos razones. La primera: la literatura española no se puede entender sin el humor y esta novela iba a dar cobijo a algunos libros de esa tradición literaria. Era mi particular homenaje a aquellas historias que comenzaron a afinarme la mirada como lector al entrar en el instituto. La segunda: sentí que solo podía asumir el juego de identificar autor y narrador si lo acometía desde cierta perspectiva paródica. No me llevo bien con la solemnidad, mucho me- nos cuando recae sobre uno mismo. Me cuesta emocionarme con ella. El humor, en cambio, se ofrece como refugio, impulso, dolor, euforia, intensidad, catarsis, esperpento, posibilidad, coraza y desnudez. Y podría seguir enumerando sustantivos. Es probable que el humor sea la madre de todas las ciencias. Y eso ya es una paradoja, porque suena muy solemne.

–También es una novela deliberadamente antiépica: las aventuras del narrador no culminan en una muerte atroz, en un descubrimiento que lo ponga todo patas arriba, en un primer amor. Todo es bastante ordinario en la vida de estos chavales. ¿Responde esto a algún tipo de militancia?

–Supongo que a la militancia de los nacidos a finales de los setenta, curtidos en barrios de lo que suele llamarse la periferia, con madres que te reclamaban a gritos para que volvieras a merendar, que articulaban sus propios callejeros uniendo descampados, coches abandonados y casas en ruinas, que sabían cuál era la calle que trazaba la frontera ante la que había que detenerse y aun así la atravesaban. Lo extraordinario estaba en la manera de mirar de esos niños. Y hay pocas cosas más literarias que el punto de vista, ¿verdad?

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Juan Manuel Gil
Lo que quería expresar era cómo esos desmanes políticos y económicos son capaces de generar cambios muy potentes. Foto: Cortesía Facebook

–Otra advertencia que el lector encuentra en las primeras páginas: aunque la novela describe las consecuencias de las políticas inmobiliarias de los años noventa, esta tampoco es una novela social ni de denuncia.

–No me interesaba profundizar en esa denuncia, aunque resultaba ciertamente tentador. Lo que quería expresar era cómo esos desmanes políticos y económicos son capaces de generar cambios muy potentes y, en ocasiones, insospechados. Yo sostengo desde las primeras páginas de la novela, por ejemplo, que la ampliación del aeropuerto de Almería condicionó de un modo irreversible la vida en este barrio. Por supuesto, negativamente. Nadie quiere tener las turbinas de los aviones y el olor a queroseno ambientándole las siestas de verano. Pero también se convirtió entre los adolescentes en aquel lugar capaz de generar las historias y aventuras más fascinantes que cualquiera pudiera imaginar.

–¿Dirías que es una novela de periferia, tanto por la importancia del barrio del Alquián como por estar ambientada en una ciudad de provincias?

–El barrio posee más elementos en común con un pueblo que con un barrio en la periferia de una ciudad. Y tiene su explicación: está ubicado a nueve kilómetros de la ciudad de la que depende administrativamente y sufre el olvido, la dejadez y, a veces, el desprecio de muchos de los equipos de gobierno que han pasado por el ayuntamiento. Creo que en el barrio se instaló hace tiempo una especie de desencanto y eso lo ha llevado a la desconexión con respecto a la ciudad de la que se supone que forma parte. En ese espacio es donde se mueven los personajes de esta historia. Estos chicos parecen haber escrito sus propias normas. Algo así como las leyes de los descampados.

–Háblanos de Huáscar, un personaje misterioso y escurridizo, que entra y sale de la historia, con un pasado digno de una telenovela y un auténtico enamorado de los libros, capaz de memorizarlos para hacerlos suyos.

–Su papel en la historia es fundamental. E incluso me atrevería a decir que estelar. Atraviesa buena parte de la novela como un hilo de cobre que le da cohesión. Y lo hace gracias al poder de la palabra hablada, a la fascinación por los libros y a la obsesión por armar adecuadamente cualquier relato. Considera que saber narrar te puede sacar de cualquier apuro. Y creo que no anda muy equivocado. Huáscar es uno de los enigmas de esta novela. Lo sigue siendo para mí, incluso después de haberla escrito. No me canso de escuchar todo aquello que este personaje quiere compartir con nosotros.

–Frente al resto del tono «verídico» de la novela, hay algunos momentos en que pareces desatarte en episodios más «novelescos», como el increíble episodio de Simón convertido en gurú motivacional.

–Lo curioso es que los periódicos están llenos de episodios «novelescos» que, obviamente, son también «verídicos». De hecho, ese episodio de Simón al que aludes, y que resulta ser determinante en la novela, está inspirado libremente en unos acontecimientos que tuvieron lugar en Estados Unidos y que han llenado páginas de periódicos. Se hizo incluso un documental. Todos sabemos que cuando un disparate termina en desastre puede resultar muy novelesco, pero eso no le quita ni una pizca de tragedia. La combinación de esos dos polos, disparate y tragedia, me resulta muy estimulante a la hora de escribir. Proyecta la historia hacia delante.

–Otra función inesperada del libro es su uso como manual para escribir una novela. ¿Recomendarías usarla así para todo aquel que quiera escribir una?

–Yo mismo he impartido clases de escritura creativa. No sé qué resultado les habrá dado a los asistentes, pero yo me lo pasaba genial. Obviamente, como no podía ser de otro modo, hay paro- dia en ese intento de que la novela se ofrezca como un manual sobre cómo escribir novelas. De hecho, en esa línea argumental creo que es donde más humor hay. O, al menos, con la que más me reí mientras la escribía. Pero eso no quita que las orientaciones formales que se dan en el libro posean un fundamento teórico importante: la palabra predicada por quienes saben de estas cosas. Estamos rodeados de ellos.

–”Todos tenemos ocho libros dentro”, se puede leer en la novela. Háblanos de los tuyos.

–Seguramente tengamos más de ocho libros. En mi caso, hay bastantes que se me quedaron dentro y que vuelan de manera más o menos evidente sobre la mesa donde acostumbro a escribir. Me atrevo a decir ocho, aunque son muchos más: Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo; Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas; La mancha humana, de Philip Roth; Ruido de fondo, de Don DeLillo; El Lazarillo de Tormes; Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca; Brooklyn Follies, de Paul Auster y todos y cada uno de los relatos de Raymond Carver.

–La última pregunta es casi necesaria, ¿existió Simón? ¿Y Huáscar? Confiesa: ¿de pequeño paraste el tráfico aéreo del aeropuerto?

Te juro que en mi memoria está todo eso. Simón, Huáscar y el aeropuerto. Y mucho más. Lo que no tengo claro es si nos podremos fiar de ella. Supongo que el lector sacará sus propias conclusiones en este sentido.

Juan Manuel Gil: ESCRITOR / Autoficción. Ha escrito para eldiario.es y La Voz de Almería. Mi padre y yo. Un western, Las islas vertebradas y Un hombre bajo el agua.

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