César Silva

El país está siendo violentado por su misma estructura: César Silva

En esta nueva, Sombras nada más (Harper Collins), el autor traspasa el género de la novela policial y hace un thriller bastante peculiar. Un estar en la cabeza del periodista Luis Kuriaki, quien sufre el acoso de sus pesadillas nocturnas, derivadas del asesinato de su hermosa novia Verónica Mancera.

Ciudad de México, 28 de septiembre (MaremotoM).- Las novelas de César Silva (Ciudad Juárez (1974) siempre tienen como un costado de refugio, donde uno se mete no para esconderse, sino para entrar en la historia y hacer como que las protagoniza.

En esta nueva, Sombras nada más (Harper Collins), el autor traspasa el género de la novela policial y hace un thriller bastante peculiar. Un estar en la cabeza del periodista Luis Kuriaki, quien sufre el acoso de sus pesadillas nocturnas, derivadas del asesinato de su hermosa novia Verónica Mancera.

Por supuesto, la novela es sobre Ciudad Juárez, un personaje dentro de ella y un luminoso retrato narrativo sobre la decadencia y la esperanza, en toda la extensión de la palabra es lo que acontece por uno de los escritores más interesantes de México.

“El coronavirus ha sido difícil, porque no hemos podido salir y si lo hacemos lo hacemos con ansiedad. Veo a gente reunida y me da mucha ansiedad. Siempre buscas lugares abiertos y pienso yo si mis personajes van a usar cubrebocas”, dice con respecto a la pandemia.

César Silva lee lo que le interesa. A Eduardo Antonio Parra, a Paco Haghenbeck, a Iván Farías, no está particularmente preocupado por lo que llamaríamos “literatura mexicana”, que cree que “hay por dónde. La literatura que hace Parra, por ejemplo, es de calidad extranjera, aunque no considero que lo extranjero sea mejor que la nuestra”, afirma.

“Yo soy más poeta y no me califico entre los narrativos mexicanos. Cuando yo veo la narrativa, de pronto veía mucho experimento en la misma prosa. Había que meterse más sesudamente en eso y era lo que pasaba. Lo que me interesó siempre eran la poesía y las historias mexicanas”, agrega.

Sombras nada más habla de la violencia mexicana, en historias que son necesarias contar. Ciudad Juárez es contada por alguien que nació y creció allí.

Sombras nada más tiene una historia. Yo soy lector de la novela de terror. A la par que leía poesía, como Rosario Castellanos y Elizabeth Bishop, solo para nombrarte a dos, al mismo tiempo leía novelas de terror, de alguna manera para divertirme. En algún momento descubrí a Sherlock Holmes, como un gran personaje, me di cuenta de por qué la clásica era tan divertida. Me hice aficionado a los detectives y cuando llegó a mí la oportunidad de escribir una novela, fue de terror, fue de un vampiro”, explica.

“Las novelas coinciden con la violencia porque es el tiempo que me tocó vivir. Yo oía de soldados en Ciudad Juárez que secuestraban. Y ellos aparecieron en mi novela Juárez Whiskey. Oía de policías que golpeaban y lo mencionaba en mis escritos. Ahora, de alguna manera lo retomo”, agrega.

Silva, que él mismo ha sido protagonista de la violencia reinante, hace como un recorrido geográfico por la violencia. México es todo el territorio de la violencia.

César Silva
Yo hablo de Ciudad Juárez porque es la ciudad de dónde vengo y la quiero mucho. Foto: Cortesía

“Yo hablo de Ciudad Juárez porque es la ciudad de dónde vengo y la quiero mucho. Sí es muy importante recalcar que la violencia está en todo el país, la sed del dinero, del poder, son como un virus para ciertos grupos. Entonces destruyen y las personas de a pie pueden ser tocadas por la violencia”, expresa.

“El país está siendo violentado por su misma estructura y por los 70 empieza a inmiscuirse por las redes del narcotráfico. Yo le aplaudí a Felipe Calderón cuando dijo que iba a acabar con el narco y mandó a los soldados. Mi gran decepción fue horrible, porque ellos son los que me tienen que cuidar”, afirma.

“El que cree en la literatura fantástica, ve un fantasma. Luis Kuriaki, como periodista reacio que es y que algo le palpita por ahí, tiene que ir a ver lo que está sucediendo. Creo que la novela es en ese sentido es más fantasmagórica que real. Nunca he soñado con fantasmas, pero lo que quería era darle a Ciudad Juárez una especie de homenaje a Stephen King y a su ciudad Derry y a estos personajes atormentados, que viven en la ciudad fantasmagórica y en la realidad. Lo aceptan y avanzan así”, concluye.

Fragmento de Sombras nada más, de César Silva, con autorización de Harper Collins.

Capítulo 1

El mundo es una locura y yo imaginando películas incendiarias.

A un año de que Rebeca Alcalá desapareciera de mi vida, de vez en cuando me descubro soñando con ella. Alrededor de las cuatro de la mañana un ruido en la calle me despierta, me asomo por la ventana y distingo una silueta siniestra bajo el arbotante de la esquina. Está muy oscuro para saber quién es, pero sé que es ella, con su cabello largo y rizado y su aroma a chocolate, vestida con su gabardina negra. Entonces abro los ojos e interrogo al reloj. Las cuatro en punto. Apenas si he dormido un par de horas desde que llegué del periódico. Siento la recámara vasta y la cama demasiado alta. Miro hacia el baño en tinieblas y sé que Rebeca está ahí cubierta con las manos de la penumbra, y pienso cómo fue posible que me dejara solo en esta ciudad que se desbarata a pedazos, y apenas le voy a pedir que se acueste a mi lado cuando despierto y de nuevo miro el reloj y son las cuatro con diez minutos. He dormido poco porque no hace mucho que llegué del periódico. Estoy a punto de llamar a Rossana, pero no me atrevo y me quedo viendo la hora en la pantalla del celular hasta que se pone oscura y los ruidos lejanos de los camiones en la distancia o el ladrido de algún perro me saca del trance para decirme que es necesario cerrar los ojos un momento y dormir.

Hace poco, en el Puente Internacional Córdova-Américas detuvieron a un par de jóvenes con la cajuela llena de mariguana. Se dio la noticia inmediatamente después de su captura, y la nota no trascendió más. Entonces, mientras me comía un sándwich de jamón de pavo y una cerveza Guinness, algo me hizo clic en la cabeza. Dos jóvenes de mi edad, no más de veintiséis años a lo mucho, aparentemente de clase alta y en un buen auto, trataron de pasar el Puente Internacional con tanta droga como si no fueran a ser revisados. Aún más: venían de la Ciudad de México. Así que durante unos días recorrieron medio país cargados sin ser detenidos, como si no fuera suficiente con todo lo que sucede en este país. Le estuve dando vueltas al asunto un buen rato, poniendo la imagen de Rebeca al fondo de mis pensamientos. Llamé al jefe de información del periódico y le pregunté sobre los muchachos.

—Unos hípsters idiotas —me dijo.

—¿Y qué más?

—Nada más sé eso. ¿Tienes alguna idea de lo que está pasando con ellos? —dijo, y como respuesta colgué.

El asunto me entretuvo un par de semanas. Fui a la cárcel del condado de El Paso, cruzando el río, para tratar de entrevistar a los muchachos, pero no me fue posible hacerlo en ese momento por razones burocráticas. Y mientras eso sucedía pensé en mis propios años atrapado en los tóxicos paraísos artificiales, días aciagos en que perdí amigos, ya fuera por sobredosis o torturados hasta la muerte por trabajar para el bando contrario de pushadores acomodando droga.

Esos años los recordaba bien: más de cien muertos diarios ciertos días, menos de cinco diarios desde unos años atrás. El centro de la ciudad ya luce distinto, pero aun así en el aire se respira un tufo de guerra y muerte, como ese aire enrarecido y cargado de electricidad antes de la lluvia, pero sin la belleza de la arena mojada, y con un hedor fantasmal ante el que uno tiene que cerrar los ojos y apagarse de cierta manera para percibirlo muy adentro.

Y mientras pensaba en todo esto llamé a mis compañeros de la Ciudad de México y les pedí que me explicaran el asunto con detenimiento. Mi amigo Andrés Quintana no sabía un carajo, pero me remitió con Carlos Sifuentes, el cual a su vez me envió con Andrea Rodríguez, y fue así como poco a poco até cabos. El asunto era sencillo: a dos jóvenes adinerados, dueños de bares clandestinos para fumar mariguana en la Condesa y la Roma se les hizo fácil llevar la idea al otro lado. Jóvenes emprendedores y sin mucho cerebro.

Regresé a El Paso para entrevistarlos y solo uno dijo querer hablar conmigo. Era muy delgado y barbón. El pelo lo llevaba a rape. Se veía casi indemne; aparentemente le evitaron la bienvenida de parte de los reclusos o los celadores; muy diferente de la posible golpiza de iniciación que habría recibido en México. No me dijo nada importante. Solo miraba al suelo y repetía que no era justo. Quizá yo hubiera dicho lo mismo porque no saldría de ahí en por lo menos seis años. Ya cuando nos despedíamos dijo algo que me hizo pensar.

—Que Dios te ayude —me dijo.

Me quedé a medio pelo de levantarme de la silla.

—¿Dios? —le pregunté.

Él respondió con una mirada llena de certeza.

Apreté los labios y recordé los muertos que había visto en los últimos dos meses; entre ellos una niña de dos años violada por su padrastro. Pensé en Rebeca y en mis amigos muertos, en el Topo hace años, y en Samuel Benítez, de quien solo se recuperó la cabeza el invierno pasado y cuyo fantasma me hablaba por las noches.

No dije nada, solo miré sus ojos y suspiré. Me levanté y salí, pero antes me detuve en la puerta y me volví para encararlo. Él ahí, con su vestimenta naranja, como si estuviera en medio de una película de detectives, y yo del otro lado, como el yonqui que soy y que siempre camina en la cuerda floja, listo para caer de nuevo sobre la blancura de la nieve que está tan solo a un par de centímetros de él.

El agente Julio Pastrana está a mi lado moliendo a golpes a los malhechores y yo solo miro con detenimiento y aprieto las manos, igual que un copiloto ansioso y con miedo que mueve el pie por instinto para frenar cuando cree que es necesario. Aunque huía de él sabía que tarde o temprano me lo volvería a topar, volveríamos a platicar del terrible aire de primavera, de la lluvia tempestuosa de verano, de las hojas que caen en cascada en el otoño, y de las sombras frías que cubren los patios y las gradas de los campos secos de futbol. Sombras, nada más, que caen sobre las calles viejas, las escuelas frías y la gente con sus prisas que trata de ahogar el sueño con desabridos vasos de café en su ir y venir a sus oficinas.

El mismo agente Pastrana que me había dado noticias escuetas, pero noticias al fin, de Rebeca Alcalá. Mejor dicho, me había indicado el buen camino. Y cuando supe su historia real y sus orígenes fue cuando los sueños en donde ella aparecía dejaron de ser tan frecuentes.

Y mientras la ciudad se limpia con el frío quemante del invierno, la vida sigue, y yo apenas sueño con Rebeca Alcalá, apenas duermo, y sé que ya no soy tan joven y que ahí afuera la gente cree en Dios y reza por un futuro mejor, pero ninguno de los dos se me ha manifestado.

Me es imposible pensar en una muerte esbelta que viste corsé; para mí que lleva peto de mezclilla y botas de soldado y no fuma porque no tiene tiempo y quisiera un pase y se truena los nudillos por el ansia, pero nunca se cansa de ver a los ojos de los que ya están en el umbral de su reino.

Capítulo 2

El agente Julio Pastrana se encontraba atento al mundo en el asiento de su auto sobre la calle André Breton en la colonia El Futuro. Como el frío le calaba, llevaba puestos sus lentes oscuros. Su boca era una línea. Apenas si se notaba su resuello, como si fuera un autómata esperando entrar en acción.

Eran las nueve de la noche; pronto la temperatura descendería a menos cinco grados. El frío era la única debilidad que tenía Pastrana. Lo aletargaba, como si le faltara aceite en las articulaciones. Pero todavía a esa hora se encontraba bien. Tomó el termo rojo del asiento del pasajero y lo sopesó. Habría para una o dos tazas más de café. Aprovechó el movimiento para mirarse los nudillos de la mano derecha inflados. Abrió y cerró el puño un par de veces. Un color violáceo se iba extendiendo al dedo anular.

“Chingao”, dijo. Chasqueó la lengua como si estuviera programado para tal cosa, como un actor de reparto en escena. Luego regresó la mirada a la casa con el número tres en color negro a unos doscientos metros de distancia. Una casa de un solo piso, blanca con rejas negras.

Cruzando la calle, frente a él había un parque que tenía una cancha de basquetbol. En la entrada un par de jóvenes fumaban. De vez en cuando miraban a los lados, como esperando algo; luego de un rato un muchacho menor que ellos se fue acercando. Desde donde el agente se encontraba era imposible que lo vieran. Detuvieron al incauto. Uno de ellos, el de cabello a rape, lo empujó contra la reja.

“Chingao”, dijo Pastrana, pero no se movió.

El de cabello corto levantó la rodilla y la estrelló contra la entrepierna del joven, derrumbándolo.

Pastrana midió la distancia. Calculó el tiempo que tardaría en llegar hasta ellos y el tiempo en llegar del resto de la pandilla si la situación se salía de control. Abrió la guantera y tomó el arma, pero de inmediato la soltó. Cerró la guantera, suspiró y abrió la puerta del auto. No había calculado el golpe del frío; su cuerpo lo resintió: engranes amarrados, bandas tensas.

“Chingao”, dijo de nuevo mientras avanzaba. Por un momento supuso que no iba a llegar a tiempo a la pequeña trifulca.

Cruzó la calle y subió a la banqueta. Durante un segundo miró hacia atrás, hacia lo cálido de su auto, pero ya escuchaba demasiado cerca los golpes que le encajaban al muchacho. Se apresuró, dobló en la esquina y se colocó frente ellos.

—Ey —masculló, con una voz más ronca de lo normal, quizá por haber estado sin decir palabra un par de horas.

—A la chingada —dijo el de cabello a rape mientras esculcaba al joven en el suelo. Su compañero, con un pañuelo azul en la mano, se interpuso.

—Ya oíste, chaparrito.

Pastrana se acercó a él y lo tomó del cuello con la mano derecha. Pañuelo Azul no tendría ni veinte años. Al sentir el apretón levantó las manos mostrándole las palmas al agente.

—No sabes quién soy —dijo el de cabello a rape y se levantó, olvidándose del muchacho en el suelo.

—Pero ustedes no saben quién soy yo —gruñó Pastrana y apretó la tráquea del muchacho. Este hizo un ruido extraño y de inmediato su entrepierna se comenzó a poner oscura y húmeda.

—Suéltelo —dijo el de cabello a rape con voz más tranquila.

Adentro del parque el aire soplaba y se enredaba en los cables de los columpios; el aire era un lince en busca de algo vivo y cálido que comer.

—¿Quién es? —preguntó el de cabello a rape. Pañuelo Azul hizo otro ruido gutural indescriptible.

Algo susurró Pastrana y apretó un poco más. Una garra de acero. Su dedo medio casi tocaba el pulgar a través de la piel, rodeando la tráquea.

—Lo voy a soltar —agregó Pastrana—. Hoy no vengo por ustedes, tengo mis propios asuntos.

Cuando comenzó a aflojar, Pastrana sintió que el muchacho se tensaba.

—Cuidado —le advirtió, y dejó la mano un segundo más ahí. Pañuelo Azul asintió; tenía los ojos rojos y le corrían lágrimas.

—Ven —ordenó Pastrana al de cabello a rape, y con el mentón señaló la entrada del parque.

El cielo estaba despejado y las estrellas se veían más frías de lo normal.

—Lo vamos a buscar —dijo el de cabello corto, pero Pañuelo Azul negó con la cabeza.

Pastrana destensó los músculos, un pistón liberando fuerza hidráulica. Por fin, Pañuelo Azul cayó de rodillas y jaló todo el aire posible ruidosamente antes de levantarse y salir corriendo, tambaleándose, seguido por el de cabello corto.

Pastrana se acercó al muchacho golpeado y se acuclilló.

—Estás bien. —La voz de Pastrana no tenía inflexión alguna.

—¿Me pregunta? —dijo el muchacho.

Pastrana asintió con la cabeza.

—Creo que me rompieron una costilla.

—No —respondió Pastrana.

El muchacho bufó.

—Interrumpieron mi trabajo —dijo Pastrana, y desvió la mirada hacia la casa con el número tres—. Si les debes dinero, págales —agregó.

—Nada de eso —respondió el muchacho.

Pastrana se levantó y le tendió la mano. Cuando el muchacho la tomó supo lo que había sentido Pañuelo Azul. Luego se retiró deprisa.

“Chingao”, dijo Pastrana. Atravesó la calle, se subió al auto y tomó aire. Su respiración era dura y pesada. “Chingao”, volvió a decir, y se masajeó los ojos.

Julio Pastrana era de Veracruz, pero hacía más de una década que vivía en Ciudad Juárez. Había pedido su cambio a mediados de los noventa porque su prima Margarita un día había desaparecido y él pretendía encontrarla.

Desde entonces no paraba en su búsqueda, al igual que la pesadilla recurrente de su prima nadando en una alberca inmensa donde el agua parecía pesada y oscura.

Un año atrás Rebeca Alcalá le había dado un incentivo para dejar de soñar, al menos por un tiempo, con su prima desaparecida. De alguna manera ella resultó la vengadora de las mujeres maltratadas de la ciudad que él nunca podría ser, al menos no todavía. Apenas descubierto el secreto huyó al otro lado y con ella se llevó sus sueños tranquilos. Al poco tiempo la pesadilla recurrente de su prima volvió.

Pastrana comenzó a recorrer los lugares en los que ella había estado el último día, donde amigos y compañeros de trabajo la vieron. Cada vez que regresaba de la estación, antes de dormir volvía al cuarto especial en el segundo piso donde todas las pistas habidas y por haber colgaban de un pizarrón blanco, como si formaran un árbol genealógico de una familia de incertidumbres.

El agente las recorría cada noche y cada noche llegaba a la conclusión de que pronto algo nuevo surgiría para dar con ella. Había algo enterrado en todo aquello. Por supuesto que había visitado a los presuntos responsables de otras desapariciones de mujeres ya presos, pero nadie podía dar información fidedigna para encontrarla. A un preso, miembro de la banda Los Aztecas, le había roto el peroné, y a otro más, un chofer de transporte de maquiladora, uno entre tantos, le había roto un par de costillas al enterarse de que la información no era correcta y parecía haberse burlado de él enviándolo a una refaccionara cerca de la estación de policía Babícora, solo para encontrar que había cerrado años atrás.

Odiaba Ciudad Juárez. El calor era insoportable, pero no tanto como el frío de invierno que le escocía los ojos y le agrietaba las manos, y el paisaje era desolador, sin una planta que contemplar; solo había arena, polvo y mallas ciclónicas cubiertas por bolsas de plástico que el aire se encargaba de hacer volar por las calles hasta que quedaban atrapadas en los rombos.

A veces, después de hacer pesas antes de dormir en una de las recámaras que había acondicionado, cerraba los ojos y a su mente llegaba un verde intenso y fluorescente: el verde de los árboles de Xalapa, del pasto, de las araucarias enormes y antiguas, del musgo fresco de las mañanas escondido en los recovecos de las casas y en las calles inclinadas del centro.

Tenía años sin ir a Veracruz, así que sabía que la imagen que se formaba en su cabeza distaba mucho de la realidad, pero no le importaba.

Ahora estaba muy cerca del número tres de la calle André Breton, donde un grupo de mujeres que habían perdido a alguna hija o que habían sido violadas se reunía cada fin de semana para hablar de sus problemas. Era el último lugar donde había visto a Rebeca Alcalá antes de que esta lo dejara incapacitado en medio de la calle con una pistola eléctrica. Eso no le agradaba recordarlo, por supuesto, pero eran otras cosas las que le preocupaban.

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El agente apretó la mano sobre el volante y miró el reloj.

Quizá Rebeca Alcalá regresara pronto. Lo veía casi imposible, pero esa mínima esperanza lo tranquilizaba, lo que, para decirlo con sutileza, era como si a un auto de carreras lo pusieran por un momento en neutral.

A las nueve y media el parque seguía vacío y los troncos pelones de los árboles de moras en las orillas daban una impresión tétrica. Navidad había pasado, pero varias casas de los alrededores aún conservaban las luces de colores en la fachada. Una de estas era la casa con el número tres, y estarían encendidas hasta julio. El paisaje era una boca chimuela.

La puerta principal de la casa se abrió. Las mujeres comenzaron a salir. Pastrana reconocía a cada una de ellas: a Alejandra Salazar, la dueña; a Patricia Solís, a Mónica López, y al resto de mujeres de las que con ayuda del agente Álvaro Luna Cian había conseguido sus direcciones, así como un esbozo del día a día de sus vidas.

Mientras las mujeres se dirigían a sus autos o a sus casas, al final de la calle el agente vio a un grupo de seis jóvenes que se acercaban. La luz de los arbotantes que estaban a sus espaldas proyectaban sus sombras alargadas.

El agente se aclaró la garganta. En los ochenta, la colonia El Futuro no era un barrio bravo, al menos no como lo fue durante un tiempo, donde se conseguía lo que uno quisiera. Luego se limpió un poco, pero la situación era dura y los jóvenes lo sabían mejor que nadie.

Pastrana encendió el auto y se alejó de aquel lugar.

“Volveré”, refunfuñó, y salió de ahí a muy baja velocidad para pasar desapercibido.

Capítulo 3

Luis Kuriaki entró en la oficina del jefe de información y se sentó. La oficina era pequeña y en el escritorio había dos fotografías enmarcadas. En una de ellas aparecía un estadio de futbol americano, y en la otra el jefe de información sostenía una pelota de futbol con el logotipo de los Broncos de Dallas.

—Te buscan, Kuriaki —dijo el jefe de información, y le tendió un sobre amarillo.

Kuriaki lo tomó, lo abrió y después de un rato de mirar el contenido se retrepó en el asiento.

—¿Qué significa?

—Lo que crees que significa —contestó el jefe de información.

—Diez mil al mes.

—Quizá sea porque eres amigo de Julio Pastrana.

Luis Kuriaki miró al jefe de información un momento y luego el sobre.

—Diez mil pesos, ¿para qué?

El jefe de información se encogió de hombros. Del primer cajón del escritorio sacó una bolsa de plástico transparente con un par de burritos de chicharrón en salsa verde. Tomó uno y le dio un bocado. La oficina de inmediato se inundó del aroma del guiso. Luis Kuriaki desvió la mirada hacia la puerta.

—Entonces dime.

—No sé qué decir.

—Lo vas a tomar, ¿verdad?

Luis chasqueó la lengua. —¿De quién viene? Esto es muy años noventa.

—¿Sabes que eres el periodista más joven que ha recibido una propuesta así? Ahora intimidan o matan.

Kuriaki no entendió lo que le dijo el jefe de información.

—No sé si esto sea mucho o poco —respondió el joven.

—No lo tomes a mal —dijo el jefe de información mientras destapaba una Fanta.

—Es por el reportaje de las asesinadas, ¿verdad?

Cada cierto tiempo, Luis Kuriaki ampliaba su investigación sobre las asesinadas de Ciudad Juárez y cada vez daba más detalles de lo sucedido.

—Muertas, Luis, muertas.

—Por favor . . .

El jefe de información levantó las manos con un gesto de haberse rendido ante algo. —Decídelo pronto, estas cosas van y vienen de una manera que ni lo esperas.

Luis tomó el sobre, lo dobló en cuatro, se levantó de su asiento y lo metió en uno de los bolsillos del pantalón.

—Te apoyamos en lo que resuelvas —dijo el jefe de información mientras el reportero se encaminaba hacia la puerta.

”Te diré algo: el sobre venía a tu nombre y yo te lo entregué. Ese es mi trabajo. Todos seguimos órdenes. Además, no serás el primero que acepta algo así o el primero que lo rechaza”.

Luis se mordió el labio inferior, salió de la oficina y se dirigió a la sala de redacción.

—¿Cómo estás? —le preguntó Rossana Rodríguez al ver a Kuriaki en el umbral de la sala.

—¿De qué color son ahora?— preguntó Luis, y ella se levantó, miró a los lados para cerciorarse de que no había nadie más, y jaló hacia abajo una de las orillas del pantalón, mostrando la cadera y un poco del pubis, liso.

—Ahora no traigo nada —contestó.

La sala estaba oscura.

—¿En dónde andan los demás?

—Fueron al Sanborns por unas cervezas.

—Y tú te quedaste.

—Te quería ver.

Luis miró una rosa que tenía Rossana a un lado de la computadora. —¿Y eso? —preguntó.

—Hace dos día apareció en el parabrisas de mi auto.

—¿Y sabes quién la puso ahí?

—No.

—Lo hizo un admirador feo.

—Quizá —dijo Rossana y tocó uno de los pétalos de la flor.

Luis alargó la mano, le rozó el seno izquierdo y ella se apartó un poco.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Parece como si te doliera.

—Un poco.

Luis miró el reloj. Las once de la noche en punto.

—¿Sabes lo del sobre?

—Todos lo sabemos, incluso Morena, que se fue muy contento a festejar.

—¿Por qué yo?

—Porque pueden. Después de lo que te pasó es lo menos.

—Pinche Rossana.

—Es la verdad.

—No creo que eso tenga que ver, ya pasó más de un año.

—¿Y lo vas a tomar?

—No sé.

—Lo deseas.

Luis se acercó a ella y le tocó la entrepierna por encima del pantalón. —¿Te puedo ver más tarde?

—Estaré en la casa a las tres de la mañana, quizá un poco antes. El puto Andrés y su manera de corregir, ya sabes. ¿Te piensas ir ya?

—Quiero comer algo antes de llegar a tu casa.

—¿Por qué te vas?

—Porque puedo.

—Pinche Luis.

—Pinche Rossana.

Capítulo 4

Eran las once de la noche cuando el mago Mario Bazán abrió la puerta de su casa y salió al frío. Antes de subirse al auto se llenó los pulmones de aire y lo fue sacando lentamente; el vaho parecía humo de cigarro. Las ventanas de la acera de enfrente estaban a oscuras. Abrió la puerta del auto y arrojó al asiento del copiloto el pequeño maletín que usaba para sus actuaciones. Entró y encendió el motor sin despegar los ojos de las ventanas oscuras que estaban frente a él. Una sola, la de su vecina, le interesaba.

—Te quiero ver ya —dijo, y su celular sonó.

Antes de contestar miró el número.

—Voy en camino. Sí. Todo está listo. Pensé que iban a ser los de siempre. Ningún problema, solo que pensé eso. ¿Cuánta gente más habrá? Cinco más. No hay problema. En diez minutos estaré ahí.

Bazán colgó y miró su maletín. Había programado seis efectos de magia y el cierre junto con un par de trucos en corto con los invitados antes de regresar a casa. Calculó el tiempo. No serían más allá de las tres de la mañana cuando estuviera de regreso.

Tomó la Panamericana hacia el norte, y frente al centro comercial Galerías Tec un agente de policía le pidió que se siguiera derecho.

Bazán bajó la velocidad y se acercó al policía.

—¿Qué fue lo que pasó?

—La calle está cerrada.

Bazán miró más allá del policía y sobre el pavimento distinguió una manta que cubría a alguien.

Ya no voy a llegar a tiempo, pensó mientras continuaba de frente.

Luego la luz de la gasolina se encendió.

“Chingao”, dijo, y apretó el volante. “No pasa nada”, agregó, y sobre la avenida de la Raza giró hacia el este, hacia la gasolinera.

“Al menos no me desviaré, murmuró y sonrió. La casa adonde iba se localizaba en Residencial Campestre. Era una casa tan amplia que una vez, mientras la recorría, por un segundo perdió el rumbo al sótano, como llamaba Quiñónez al lujoso piso bajo tierra acondicionado para fiestas, a las que cada cierto tiempo lo contrataban para presentar un pequeño espectáculo. No había que ser un genio o un mago para saber a qué se dedicaban los invitados, pero la paga era buena y prácticamente no se exponía a ningún peligro. ¿Y cómo había llegado a ellos? Uno de sus amigos, un dentista, lo había contratado para realizar los actos en su casa, y uno de los asistentes lo contrató a su vez, y así sucesivamente, hasta que un narco lo invitó.

Llegó a la mansión con diez minutos de retraso.

Ricardo Quiñónez, el anfitrión, estaba esperándolo en la puerta.

—Me hubieras hablado.

—Pensé que no era necesario.

—Es que llamó el Jefe y viene en camino

—¿El Jefe?

—El Jefe.

Bazán desvió la mirada hacia su maletín.

—¿Pero aún no llega?

—Está por llegar.

—Entonces no hay problema.

—Si necesitas prepararte, sí.

—No lo necesito.

—Es que es el Jefe.

Bazán sonrió y entró. Cruzaron el recibidor. Pasaron por un par de habitaciones cerradas y llegaron a la cocina; la atravesaron hasta alcanzar una puerta que daba hacia el sótano. En los días en que no había mago, que era la mayor parte del mes, ahí abajo jugaban al 21 y póquer. Bazán lo sabía porque una vez lo habían invitado a ser uno de los repartidores de cartas. Cuando llegó al que sería su espacio, se detuvo.

—¿Por qué ahí?

—Pensamos que te iba a ir mejor ahí.

—¿Pegado a la pared?

¿Y si algo sale mal?

Bazán se mordió el labio.

—No va a pasar nada malo.

—Pero es que viene el Jefe.

—Primero te tienes que relajar.

—Oquei.

—Así está mejor. Yo moveré mi mesa adonde siempre.

—Pero es que . . .

—Dime.

—Aquí la gente no puede estar detrás de ti.

—Pues que esté.

—Estoy muy nervioso.

—Sí, pero yo soy el mago, tranquilo.

Ricardo Quiñónez juntó las manos y se tronó los dedos. Para ser un tipo rudo al que hasta su esposa temía se estaba mostrando un tanto nervioso.

A los veinte minutos el Jefe apareció en la puerta. Era un hombre calvo y chaparro, y una cicatriz que empezaba en la comisura de la boca le recorría media mejilla. Lo acompañaba Ricardo Quiñónez. Tomaron sus asientos, y apenas lo hicieron un tropel de gente entró en la sala. Eran más de los que habían acordado.

Bazán se levantó, y al dar las buenas noches su mirada se cruzó con la del Jefe. Y entonces sintió que aquello no iba a salir bien.

—Disculpe la tardanza, mago, la policía hizo bien en cerrar una calle —dijo un hombre alto, con un fino bigote.

Todos se rieron por la aclaración, menos el Jefe, que no le quitaba los ojos de encima.

El mago Bazán se aclaró la garganta y esperó a que todos guardaran silencio.

—Yo no vengo a burlarme de nadie —dijo como siempre antes de empezar su espectáculo—. Yo solo vengo a hacerlos pasar un rato agradable.

El Jefe susurró algo.

—¿Perdón?

—Dice Ricardo que eres bueno para eso.

—Trataré de hacerlos pasar un rato agradable.

—Eso dice Ricardo —agregó el Jefe y tronó los dedos. El de bigote le entregó un vaso roquero con whisky al tope.

Bazán tragó saliva, pero nadie lo notó porque su sonrisa era muy amplia. La mano derecha comenzó a temblarle y esa fue la señal para tomar aire y convencerse de que nada malo sucedería. Que haría sus actos como siempre y se iría a casa, y si tenía suerte, quizá hasta viera a su vecina y le invitara un trago. El último de la noche.

Los efectos comenzaron.

El primero no requirió de la participación de nadie del público. Y estuvo aceptable. El naipe, un as de espadas, comenzó a flotar entre sus dedos y a pasar de un lado a otro de la mesa. Todos aplaudieron, menos el Jefe.

Luego empezó el acto para el que solicitó la ayuda de uno de los invitados. Le pidió que pasara y que escribiera su nombre en cualquiera de los naipes, y así lo hizo. Y después de hablar con el público un segundo y de hacer algunos pases mágicos, el naipe apareció dentro de una naranja que previamente había colocado en su mesita. Los invitados volvieron a aplaudir, excepto el Jefe. Ricardo Quiñónez estaba contento pero no podía disimular su nerviosismo.

Hubo un par de efectos más con cartas. Justo en el último, el Jefe se inclinó hacia el oído del hombre del bigote. A este se le borró la sonrisa, se levantó y salió del lugar.

Mientras el mago explicaba el nuevo acto que consistía en un par de monedas de medio dólar y lo mágicas que habían resultado, no pudo evitar pensar adónde habría ido el tipo del bigote. Con un movimiento las monedas desaparecieron de sus manos y al chasquido de sus dedos cayeron del aire en una taza de café recién servida por Ricardo Quiñónez.

Los acompañantes del Jefe empezaron a relajarse, hicieron algún comentario sobre lo bueno que había resultado el mago, otros lanzaron aplausos esporádicos, y al fondo alguien exclamó: “Grandioso”. Bazán sonrió por un momento, pero al ver el rostro rígido del Jefe miró al suelo, terminó el acto y se disculpó para ir al baño.

Mientras orinaba se miró en el espejo. Se había quedado calvo a los veintiocho años y algunos lo llamaban “Pelón”, pero nunca le había molestado. Terminó de orinar, se subió la bragueta, se enjuagó las manos, se acomodó el sombrero, y del saco, ese saco que siempre usaba, extrajo un recipiente muy pequeño con vaselina. Era hora de hacer volar un anillo y un naipe. Se puso la vaselina en las puntas de los dedos y comenzó a moverlos como si se trataran de dos tarántulas gigantescas.

Al salir vio el rostro de Ricardo Quiñónez. Estaba pálido.

—Tenemos que hablar —murmuró.

—Dime.

—Es el Jefe.

—¿Qué tiene el Jefe?

—Mientras estabas en el baño comenté el truco . . .

—Efecto.

—El efecto de rellenar la botella de cerveza.

—¿Y?

—Pues quiere verlo.

El mago tragó saliva.

—No pasa nada, deja que vea el de levitación . . .

—Es que quiere ver ese —dijo Quiñónez, y se pasó la mano por la frente.

—Déjame intentarlo —respondió y se acercó al Jefe: una estatua de bronce con las comisuras caídas.

El mago lo miró de reojo pero no le dirigió la palabra. Así podría controlar todo lo que pasaría a continuación. Manejaría, como siempre lo había hecho, terreno y espectadores. Pidió un anillo de uno de los hombres y todos se acercaron, algunos con los celulares encendidos en modo de cámara para grabar el acto completo. Bazán dijo que era la primera vez que había visto aquel anillo y sacó un imán y lo pasó por él. Entonces puso el anillo en la palma de su mano izquierda, agitó el dedo índice derecho sobre este y el anillo empezó a elevarse. El mago pasó la mano por encima y por debajo del anillo para demostrar que no había ni hilos ni cables invisibles. Se escucharon risas nerviosas y uno que otro grito de los que rodeaban al mago.

—No mames —exclamó alguien.

—Chingao —dijo otro, y justo cuando tomaba el anillo en las manos y la gente aplaudía, el Jefe dijo:

—Falta un truco más.

Todos callaron de golpe.

El mago Bazán apretó los puños.

—Dice Ricardo que puedes llenar con magia una lata vacía de cerveza.

El mago asintió con la cabeza.

—Quiero ver que lo hagas.

—Por supuesto, solo necesito . . .

—Ricardo, pásale a tu mago esta lata.

Era una lata de Corona doblada por la mitad.

—Pero . . .

César Silva
Sombras nada más, editada por Harper Collins. Foto: Cortesía

El Jefe extendió la mano hasta que la lata tocó el pecho de Bazán y este la tomó de forma automática. Luego el Jefe chasqueó los dedos y alguien detrás de él le pasó un revólver.

Bazán miró a Quiñónez y Quiñónez miró al suelo.

—Pero estos son solo trucos de magia.

—Alguien dijo que eras grandioso.

Quiñónez trató de intervenir, pero al ver los ojos del Jefe se hizo a un lado. El hombre amartilló el revólver.

—¿Cómo empieza el truco?

Bazán se pasó una mano por la boca.

—Haz el truco —repitió el Jefe.

Bazán se mordió el labio inferior; no podía hablar. A pesar de la gente que los rodeaba, parecía como si en aquel sitio no hubiera nadie más que ellos.

—Desde los setenta he visto magos ir y venir y ahora estamos tú y yo aquí. Tu confianza es tu debilidad.

—Es solo un truco.

—Quiero que levantes la lata y quiero ver cómo se va llenando.

—Usted sabe la verdad.

—Quizá después de esto también tú la sepas.

A Bazán le pareció que el sótano se encogía. Las manos le temblaban.

El Jefe acercó el arma hasta el rostro de Bazán.

El mago, sin dejar de mirar el cañón de la pistola, levantó con su mano derecha la lata retorcida y la comenzó a balancear como si se tratara de un columpio. Primero hacia enfrente, luego hacia atrás. Se sentía ridículo.

El Jefe por primera vez esbozó un remedo de sonrisa.

Bazán siguió meciendo la lata, y al ver que ahí terminaría su vida cerró los ojos y contuvo la respiración. Entonces ocurrió algo: la lata tronó un poquito, un tronido apenas perceptible, pero sus manos advirtieron ese movimiento. Un murmullo como ola fue levantándose entre los espectadores, y justo cuando Bazán abría los ojos, se escucharon las pisadas ahogadas y presurosas de alguien que se acercaba: era el hombre del bigote delgado.

—Vamos —gritó el tipo, y todos se escabulleron fuera del sótano, excepto el Jefe y los dos hombres que estaban detrás de él.

Las miradas del Jefe y Bazán se cruzaron. El silencio se hizo incómodo hasta que uno de los guardias puso su mano con delicadeza en el hombro del primero. Como si fuera la señal, este desamartilló el arma, se dio la vuelta y los tres salieron de ahí.

Bazán corrió al baño y vomitó.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando llegó a casa; seguía temblando. Dos veces detuvo el auto durante el trayecto para tomar aire.

Entró y de inmediato encendió la calefacción. Fue al comedor y destapó una botella de whisky y le dio un trago muy largo. Tomó aire y bebió de nuevo.

“Chingao”, dijo, y repasó lo que había ocurrido. En las palabras del Jefe. “La confianza es mi debilidad”, repitió en voz alta. “No lo entiendo”. Pero sí que lo entendía. Luego se le vino a la mente el tronido de la lata entre sus manos. El peso del líquido que iba brotando.

“Chingao”, repitió. Empezaba a sentir el efecto del alcohol. Ya hablaría con Ricardo Quiñónez. O quizá nunca más hablaría con él, se haría el perdido. Se enfiló a su cuarto en el segundo piso, y cuando llegó a la puerta, antes de encender la luz vio por la ventana la recámara iluminada de su vecina. Estaba desnuda y la acompañaba el periodista, que seguía vestido.

“Pinche Rossana” murmuró el mago Bazán y se acercó un poco a la ventana para que ella supiera que estaba acompañándola aunque fuera de lejos. Le encantaba que la viera pasearse por la recámara desnuda. La excitaba, como le había dicho ella misma.

Entonces recordó de nuevo las palabras del Jefe: confianza y debilidad. Al menos había dejado de temblar. Ya hablaría con Rossana. Plantó un beso en una de sus manos y lo pegó en la ventana. El tronido apenas audible de la lata entre sus dedos frente al Jefe lo agobiaba. Se echó en la cama y cerró los ojos, pero no pudo dormir.

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