El peluquero con corte a lo Buki pasaba el peine lentamente y metía tijera

Vuelvo mejor a recordar el piropo del chavo peluquero, creo que me sienta bien mi corte.

Ciudad de México, 1 de septiembre (MaremotoM).- ¡Qué bueno que te dejaste el pelo un poco más largo, se te ve bien! me dice el chavo peluquero. Es un comentario que puede ser autocomplaciente con su trabajo -pienso-, pero lo repite mientras me muestra con un espejo retrovisor el corte. Yo lo tomo como se reciben eso comentarios, con disimulado entusiasmo. Y sobre todo con algo de alivio de que haya terminado el corte.

Toda la ida a la peluquería fue algo estresante y aunque habíamos pocas personas con poco más de un metro y medio de separación, no dejaba de ser tenso para mi, los demás apenas se inmutaban. El peluquero contiguo rasuraba a un señor sesentón que no paraba de hablar sin tapabocas, después supe por qué.

Tuve que esperar tres turnos, que me parecieron largos, así que mataba el tiempo de espera con La prensa, el periódico que siempre compran en esa peluquería vieja de barrio, adornaba con pósters de Casa Barba y espejos gigantes que le dan esa ilusión óptica de ser un espacio amplio. Los precios no han cambiado desde principios de enero, se logran ver en una pizarra negra con letras blancas de plástico adheridas al terciopelo. Y a lado de éste se encuentra una cartulina fosforescente con lo opuesto a la letra de molde donde se lee: delineado de ceja, $ 10. Los peluqueros han abierto su oferta al mercado reggaetonero, pienso izando una ceja.

Hojeaba ese tabloide de fotos a color, mujeres en pechos descubiertos y todo tipo de pornografía del crimen, trataba de disimular mi impaciencia de los que me precedieron. Uno de ellos era un abuelo enjuto, cuyo escaso pelo era cortado con tijeras a un ritmo de una parsimonia digna de paso de tortuga; el peluquero con corte a lo Buki pasaba el peine lentamente y metía tijera, sabiéndose terapeuta del abuelo. Los peluqueros asumen a veces el papel inverso de los taxistas parlanchines, escuchan, conversan frases hechas, sueltan algún albur. El abuelo hablaba sin filtro de tapabocas y el peluquero Buki adolecía de careta, y ambos platicaban y reían en una flagrante cercanía. Yo trataba de alejarme de ellos y ojeaba con una lectura poco detenida: el incendio de una iglesia en el centro, un feminicidio, narco homicidios, cartones anti AMLO, tetas voluminosas a color, crucigramas, muchos anuncios.

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Todo eso aparecía en las páginas antes de pasar a esa silla tan sui generis de las peluquerías, mezcla de trono y filia leather. En el otro extremo se encontraba un chavo fortachón con camiseta sin mangas, algunos picos de pelo sobresalía de su contorno de la cabeza delicadamente afeitada. ¿De veras? ¿Venir a la peluquería para retocarte tres líneas con la máquina o la tijera? ¿en tiempo de pandemia? me digo para mis adentros, mientras intento ocultar perfectamente mi neurosis con los ojos clavados en La Prensa. Me distraigo en la puerta de la peluquería, y se me baja la impaciencia, al final todos vamos por la consabida manita de gato.

Por fin llegó mi turno y el peluquero me dice que me tengo que quitar el cubrebocas para poder rasurar los contornos cercanos a la oreja; opto por ofrécele la alternativa de descubrirme el resorte sin quitarme la mascarilla. Acepta y cuando termina me pasa el secador, le pido inmediatamente que pare, que no es necesario secar el pelo apenas humedecido por un atomizador de plástico. No pudo dejar de pensar que con la secadora se acercan las potenciales partículas de covid a mis ojos, los cierro, me encomiendo a San Covideo con su plegaria correspondiente: a ver si no ya valió verga.

El chavo peluquero, que usa tapabocas detiene el ruido centrífugo de la pistola de aire y me dice ¡Qué bueno que te dejaste el pelo un poco más largo, se te ve bien! Siempre lo pedías corto y así te ves muy bien. Abro los ojos, le sonrió con la mirada, pago y salgo lo más rápido que puedo.

Llego a casa, veo unas imágenes después del 2o. informe de gobierno de AMLO, descubro por ahí sin tapabocas a Arturo Herrera, sí, el secretario de Hacienda que tuvo que contradecirse frente a su patrón sobre el uso de tapabocas.

¿Qué hace Olga Sánchez Cordero sin tapabocas por los pasillos de Palacio Nacional hablando cercanamente con empresarios y políticos? ¿Qué clase de pedagogías intentan transmitir en pleno contexto de pandemia? ¿Cómo pedirles a las personas que usen cubrebocas en la peluquería, en la calle, si en las altas esferas del gobierno no lo hacen?

Vuelvo mejor a recordar el piropo del chavo peluquero, creo que me sienta bien mi corte.

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