“El que cree que gana siempre no existe”: Marcelo Gallardo

(Pienso que hacemos periodismo como una forma de mover nuestras inquietudes más genuinas. La parte de  trabajar podría definirse en el incansable ejercicio de tratar de conseguir al entrevistado. Lo otro es solamente ejercer la niñez desde preguntar todo lo que se nos ocurra. Entrevista a Marcelo Gallardo para Conmebol Libertadores)

Asunción, Paraguay, 23 de abril (MaremotoM).- Apenas durmió tres horas. Se le nota en las líneas rojas que bordean los iris de sus ojos. Se subió al avión que sale de madrugada desde Buenos Aires a Asunción para estar en la Cumbre de entrenadores de la CONMEBOL. Es el único que viajó con su cuerpo técnico, intentando que el cambio de país no alterara el ritmo de trabajo. Desde las 9 hasta las 17, su andar fue constante: escucha dudas de los más jóvenes, da sus pareceres, les pregunta a los más grandes, se saca fotos. Cuando parece que terminó el intercambio con sus compañeros de profesión, propone ir a tomar café a otra mesa. Dos técnicos se levantan al baño y dicen que es el mejor del continente. Aunque quienes lo rodean lo estimulen a asumir un papel oficinista y protocolar, Marcelo Gallardo comienza las oraciones, frena, piensa de nuevo lo que va a decir. Atiende, sin soberbias.

Está por caer el sol, es la hora del atardecer. El técnico de River acepta la charla a cambio de que sean solamente tres preguntas. Se levanta cuando ya es de noche y después de media hora. Lo último que cuenta es que El Principito, de Antoine de Saint-Exupery, es su libro favorito. Apenas durmió tres horas, la elegancia del traje no se le marchitó ni un poco y dice que todavía le falta ver unos videos y organizar el entrenamiento del día siguiente en Buenos Aires: Gallardo parece incansable aunque tiene bien claras las razones de su búsqueda.

–¿Qué te sigue gustando de ser entrenador?

–Me atrapa como el primer día. Me genera ilusiones de poder seguir aprendiendo. Ir resolviendo situaciones. Ir encontrando respuestas. Si vo le sumas esa calidad de vocación que uno encuentra en esta profesión, termina siendo un callejón sin salida porque, digo siempre, entrenador se es las 24 horas del día. Uno no deja de pensar, no deja de evaluar situaciones, no deja de analizar cuestiones que tienen que ver con la relación del fútbol con las decisiones. Eso a mí me sigue atrapando. Me gusta que así sea. Es una lucha permanente, constante, con el saber cuándo tienes que desconectar. Hasta dónde es el punto donde dejamos o perdemos de vista cosas que son importantes de la vida misma. Tiene todos esos matices. Cuando uno se enfoca en algo termina perteneciendo a un selecto grupo de personas con la posibilidad de hacer lo que les gusta. Y disfrutarla de tal manera.

–¿Qué tan relacionada está la felicidad con ganar?

–Lo que pasa es que si medimos cuál es la satisfacción son momentos muy pequeños y fugaces. El ganar te da felicidad, pero empieza otro partido que es la preparación del siguiente. Está dentro de las posibilidades que lo puedas perder. ¿Y cómo medimos el momento en que rápidamente termina la victoria y empieza lo otro?

–¿Cómo te llevas con esa fugacidad?

–Soy un tipo que se va adaptando a los momentos y no me quedo pensando en eso. No soy conformista. No me gusta medir el éxito y la felicidad del éxito como algo que se establece y no se va. Es justo que uno se vaya desarrollando y tenga nuevos desafíos como para volverse a sentir normal. Es eso. La búsqueda de la satisfacción en el trabajo que uno hace está en esos pequeños momentos. Se establecen cosas que te hacen sentir bien y te identifican.

–Alejándolos de los resultados deportivos, más allá de haberle ganado a Boca, ¿qué valoras de tu carrera como entrenador?

–Las relaciones humanas. Los fuertes lazos que se generan a través de una convivencia. Hay que entender que el entrenador exige a sus jugadores. En eso de las exigencias hay una línea muy delgada. Tienes que encontrar respuestas desde el otro lado. Que te interpreten. Que se respete la imagen del entrenador como profesional y, también, humanamente. Por eso cuando preguntas qué me queda: quedan los lindos vínculos trazados con jugadores con los que he tenido la posibilidad de trabajar. Vínculos que hoy sigo compartiendo, incluso, con los que ya no están y sin embargo tenemos una comunicación. Hace que el entrenador se sienta bien. Eso tiene mucho valor.

–¿Cómo es la fábrica de estímulos de Gallardo? ¿Cómo se alimenta?

–Es muy fácil. Formo parte de una institución que tiene mucho prestigio y que demanda permanentemente. Es sinónimo de estar alerta todo el tiempo porque es algo que me estimula: el hecho de estar en el lugar en donde estoy. Me estimula para seguir evolucionando como profesional.

–Tu proyecto en River ocurre en un momento de la historia en que los proyectos a largo plazo parecen puestos en discusión o no prevalecen, ¿por qué el tuyo dura?

–Los proyectos suelen respetarse mientras ganas. Así de fácil y de claro. No creo que haya proyectos de dos, tres, cuatro o cinco años que se sostengan si uno no gana. Entonces, me parece que, partiendo de esa base, uno entiende que para establecer proyectos, para seguir vinculado a algunos lazos fuertes, hay que sostenerse con victorias.

–¿Cómo digieres la derrota?

–Es parte de la enseñanza permanente. Cuando pierdes es donde realmente aprendes. Es el momento en que te frustras, en el cual te desilusionas. Es el que masticas bronca. Eso tiene que ver con la derrota. Generalmente, uno analiza muy poco la victoria. Las derrotas te pegan duro. Ahí empieza a crecer. Las derrotas te dan un baño de humildad tremendo. Ahí está el equilibrio. Hasta dónde te tienen que golpear las derrotas y hasta dónde llega la felicidad de la victoria.

–¿Cómo se hace para que la victoria no te golpee?

–La mejor medicina a una buena victoria es una derrota. Ese es el antídoto. Y nosotros tenemos que convivir todo el tiempo con el ganar y con el perder. Porque está dentro de las reglas del juego. Uno no gana siempre. El que cree que gana siempre no existe. Es una irrealidad. Cuando tienes una gran victoria, disfrútala porque puede venir una gran derrota.

–¿Te sigues formando como entrenador?

–Sí, todo el tiempo.

–¿De qué manera?

–Busco estímulos de los cuales ir aprendiendo. Hoy los entrenadores, por suerte, tenemos un gran caudal de información al alcance de la mano. Eso nos sigue capacitando. Después está en uno. A medida que vas creciendo, vas agarrando algunas cosas que pueden ser de utilidad y dejas otras que, por ahí al principio, las tomaba por querer abarcarlo todo. Tampoco puedes llenarte de tanta información porque después tienes que saber canalizarla y transmitírsela a los jugadores. Hay que darle a los jugadores una selección específica de esas cuestiones.

–¿Te consideras un tipo obsesivo?

–Siempre digo que peleo con la obsesión. Con la obsesión de tener que, de alguna manera, disfrutar las pequeñas cosas de la vida y no perder de vista esto. Esta profesión hace que te aísles, que te encierres, que te involucres mucho más tiempo de lo que es necesario.

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–¿Por qué pasa eso con esta profesión?

–Porque uno es pasional. Porque a uno le gusta lo que hace. Yo dije que en esta profesión encontré una vocación. Cuando pasa eso y se mezcla con la pasión es muy difícil salirse de ahí y no embarcarse en todas esas cuestiones.

–¿Como jugador te pasaba lo mismo?

–Yo siempre fui pasional. A mí me gustaba jugar. Respondí pasionalmente a lo que sentía por el fútbol, pero empecé a despertar ciertos pensamientos de entrenador a partir de los 29 o 30 años cuando ya empezaba a preguntarme el porqué y para qué de las cosas. Hoy es diferente. Ya no juego más y ahora pienso por los que juegan. Y cuando jugaba pensaba por mi mismo y por ser mejor de acuerdo a lo que podía ser. Ahora uno piensa por los que juegan y no por uno.

–¿Es posible ser entrenador sin tener pensamiento crítico?

–No, un entrenador se está preguntando el porqué siempre. En mi opinión, es así. Uno siempre está analizando. Siempre está resolviendo cuestiones. Tomando decisiones. A veces acierta; a veces, no. Siempre cuando uno no acierta se hace la típica pregunta del porqué.

–¿Qué es innegociable en ti?

–Una de las cosas que, por lo menos yo aprendí que no puedes negociar, es la verdad por más dura que sea. Siempre tiene que haber una verdad sobre la mesa. Partiendo de esa base hay un montón de cuestiones que tienen que ver con el manejo de grupo y cómo lidiar con un montón de personalidades distintas, pero siempre con la verdad.

Marcelo Gallardo, campeón de la Libertadores. Foto: Comenbol/Libertadores

–¿Qué tan dura es la verdad en la cara de los jugadores?

–Con el tiempo yo creo que vas entendiendo ciertas reacciones. Hay que comprender también al futbolista. Uno que fue futbolista ha puesto mala cara ante alguna decisión que uno no comparte. Me parece que, cuando hay verdad y sinceridad y cuando se argumentan las cosas, ese camino se va allanando para seguir hacia adelante. Cuando vos ya no vas con la verdad, ya empieza a haber situaciones en las cuales no puedes avanzar. A mí no me deja avanzar. Más allá de que guste, o no. Está relacionado con la capacidad que uno tenga para también argumentar las cosas y el entrenador debe tener ciertas capacidades para argumentar cuando el futbolista lo necesita. Hay algunos que no la necesitan, que las entienden. Hay otros que no preguntan y acatan. Existen los que necesitan una explicación y ahí el buen entrenador de fútbol tiene que estar capacitado para poder darla.

–La gama de respuestas a diferentes situaciones, ¿nacieron contigo? ¿las estudiaste?

–Algunas son naturales, otras claramente las he adquirido bajo la posibilidad de ir aprendiendo en el camino, a través de diversas maneras. Uno encuentra respuestas en experiencias de uno como jugador y en experiencias de entrenadores que ha tenido. En información de otras colegas o de otros jugadores. Hay un montón de posibilidades de aprender. El que está abierto y es receptivo va incorporando cosas. Mientras tengas posibilidades o un caudal de información donde te sientas representado siempre está la posibilidad de tener alguna palabra o una frase a mano para, a veces, calmar las aguas. A veces no, porque uno es sanguíneo y tiene que medir algunas cuestiones relacionadas con la frontalidad. También hay que saber medir esa frontalidad con la que te diriges. Esas son todas cosas que uno tiene que percibir para gestionar.

–En eso de la verdad y de argumentar la verdad, suena mucho a Bielsa también.

–En ese caso, su relación es mucho más profesional. A mí me gusta no ser amigo del futbolista, pero saber qué pasa, qué siente, ser más cercano. Yo no recuerdo a Marcelo tener un vínculo más afectivo, aunque no digo que no lo haya tenido. Pero mucho más profesional. Es una forma de gestionar y yo creo que hay otras muy válidas. Como entender que la relación humana, bien medida, también puede ser efectiva.

–¿Hay que querer al jugador?

–Primero hay que respetar al futbolista y a través del respeto se puede llegar a todo. Se puede llegar a querer, a no querer también, pero siempre y cuando haya un respeto.

–¿Qué le miras a un jugador para que venga a jugar a River?

–Sus condiciones futbolísticas, primero, y también sus condiciones humanas, claramente.

–¿Cómo convences a tus jugadores de que presionen?

–Es una búsqueda hacia un estilo. A mí me gusta que los equipos tengan esas variables en el juego. Que sepan interpretar los momentos. En un partido de fútbol hay muchos momentos. Pueden ser favorables o desfavorables. Hay que saber interpretar cuáles son los momentos favorables y cuáles no. Dentro de los momentos favorables, me gusta que tome la iniciativa y, cuando tomas la iniciativa, me parece que es mucho más corto el camino hacia la victoria si presionas. Entonces, partiendo desde esa base, me gusta tener la iniciativa desde esa forma. Pero, también, existe la otra. Que es detectar cuáles son los momentos de los partidos y, cuando detectas eso, tienes ese manejo de situaciones que hace que, si en un partido de fútbol tienes la posibilidad de ser tú, el que pone condiciones, tiene que ser de esta manera. Y que los futbolistas se sientan representados en eso. Que sean ellos los que lleven a cabo esa función. Cuando no pones condiciones, porque a veces los rivales te someten a eso, saber cómo resolver esas situaciones.

–Tus equipos en River han tenido jugadores de buen pie y, a la vez, sacrificados, ¿cómo se hace?

–Es que yo sentía el fútbol de esa manera. Yo era un jugador clásico de cualidades técnicas, con visión del juego, pero sabía que para imponer condiciones tenía que correr. Yo no podía quedarme solo con eso por tener buena capacidad técnica y tener buena lectura del juego. Si no corría, era imposible que jugara. Hoy el fútbol es eso: saber jugar, saber interpretar, ser bueno físicamente. Ahí está la base de un buen equipo. Tener esas cualidades. Por lo menos esa es mi opinión.

–Dijiste, cuando hablaste sobre la obsesión, que no querías perder de vista los pequeñas cosas de la vida, ¿cuáles son?

–Son los pequeños grandes momentos de la vida. Saber disfrutar que hay otras cosas fuera del fútbol que son muy importantes. Un ejemplo claro es la familia. El tiempo cuando estás sumergido en esta profesión pasa demasiado rápido y a veces no nos damos cuenta. Y nuestros hijos van creciendo y no te das cuenta y, cuando quieres darte cuenta, ya es tarde. Esos pequeños momentos son esos pequeños grandes momentos que disfrutas con los tuyos, con tu familia, con tus amigos. Esos pequeños lujos que son importantes.

–¿Es cierto que El Principito es tu libro preferido?

–Sí. Lo leí de muy chico. Me quedó marcado. Porque había cosas que eran muy profundas. Me parecían sencillas pero a la vez profundas y me quedaron marcadas. También es uno de los primeros libros que leí. Hay muchas lindas de la vida ahí.

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