El reality show de WikiLeaks

Julian Assange no es estadounidense, pero ¿se somete a una extradición?

Tijuana, 16 de abril (MaremotoM).-Ser un Julian Assange o al menos algo parecido, es el deseo, confeso o secreto, de todos los que nos hemos dedicado al reportaje de investigación. Digamos lo que digamos, todos los reporteros tenemos desarrollado, en mayor o menor medida, un egocéntrico e incurable complejo de superhéroe. Ser un guerrero cubierto por una armadura de brutal honestidad capaz de enfrentarse solo a la gran bestia del poder y poseer  una sagacidad sabuesa capaz de oler la podredumbre donde los demás huelen perfume, es, reconozcámoslo, nuestro sueño húmedo. La verdad es que sin una mínima dosis de sangre quijotesca en las venas, resulta muy complicado atreverse a ser un Sísifo de redacciones. El placer de desnudar a un sistema corrupto, de evidenciar públicamente la mentira de un funcionario público y verlo hacer malabares con su equipo de incomunicación social para tratar de salvar su imagen, es un placer casi orgásmico y debe ser algo parecido a lo que siente un delantero al anotar un gol. Imaginar a un político al que se le indigestaba el desayuno mientras leía mis notas y reportajes por la mañana, era el combustible que me mantenía vivo e impulsaba mi trabajo periodístico.

Durante años Watergate fue el punto de referencia y el modelo a seguir por todos los aspirantes a reporteros de investigación. Bob Woodward y Carl Bernstein habían demostrado al mundo entero que un buen reportero podía derrumbar al más monstruoso poder del planeta. Si un par de jovenzuelos con cara de hippies habían podido tirar al mismísimo presidente de los Estados Unidos, el mensaje para nosotros era claro: no hay límites ni barreras para el periodismo de investigación. ¿Se puede aspirar a algo más? Cualquier gobernador, alcalde, procurador o jefe de la policía desnudado por una investigación periodística sería, en cualquier caso, un objetivo de cuarta división frente Richard Nixon. Trabajé siempre bajo la certeza de que no hay poder capaz de resistir un golpe periodístico bien asestado con pluma honesta y  pruebas contundentes.

No sé si los estudiantes de comunicación del Siglo XXI tengan como punto de referencia a Woodward y Bernstein o si al menos sepan de su existencia, pero tengo la certeza de que varios miles tienen como ídolo a Julian Assange. El australiano es el modelo perfecto del Superman periodístico, el gran terrorista de la información cuya arma de destrucción masiva es la verdad desnuda. De pronto, un joven cuyo único móvil es revelar secretos, pone de rodillas al Pentágono y a la Casa Blanca y el planeta entero se vuelve loco con sus revelaciones. En un abrir y cerrar de ojos, Assange suplanta a Osama Bin Laden como el hombre más peligroso y más buscado por los Estados Unidos. La indestructible espada del guerrero de la verdad enfrenta a los grandes dragones que gobiernan el mundo. En apariencia, Assange es el modelo literario perfecto para el héroe de nuestro tiempo, el non plus ultra de todo reportero con aspiraciones. El pequeño detalle, es que Assange no es periodista o al menos no en el sentido formal del término. Sí, el australiano se valió del poder y la credibilidad de algunos de los medios más sólidos y honestos del planeta, como son El País, de España, Der Spiegel, de Alemania, The Guardian, del Reino Unido y Le Monde, en Francia, para difundir sus revelaciones, pero en cualquier caso los periódicos fueron solamente un vehículo, un puente, un auténtico “medio” de difusión y no el detective que inició la pesquisa. Cierto, El País, The Guardian y compañía  multiplicaron y en cierta forma legitimaron el trabajo de WikiLeaks, pero no fueron ellos los generadores. El cuarto poder volvió a ser simplemente un medio, un facilitador, un trasmisor o difusor. Las grandes empresas de la información se subieron al tren de un activista y tocaron al son que él les marcaba. ¿Habrían podido las investigaciones de Assange tener semejante difusión sin el apoyo de los medios? ¿Habría podido un simple blog causar semejante terremoto informativo? Poco probable, al menos por ahora, pero acaso las reglas del juego cambien en el futuro inmediato. La firma de los medios es su respaldo intelectual, y su historial de credibilidad  fue necesario para validar las filtraciones y hacer llegar a Assange más allá de un público de bloggers y guerrilleros cibernéticos. El australiano necesita de los medios para poderse legitimar y validar, pero en cualquier caso podría haber actuado solo.  ¿Reportero ciudadano? Assange desnudó la hipocresía de la milicia y la diplomacia estadounidense, pero sobre todo acabó de revolver y trastocar las frágiles leyes del periodismo en tiempos mutantes. Si en la Guerra de Irak los blogs le comieron el mandado a los grandes medios, a la hora del recuento e inventario de los daños,  el Robin Hood cibernético les robó el protagonismo a los reporteros. Los doctos estudiosos que se mataron en las aulas para obtener sus maestrías en periodismo, que debieron sortear duros filtros para ser contratados por un medio de prestigio y que dicen respetar un código de ética, bailan ahora al ritmo que les tocan los bloggers y los guerrilleros de la red. El héroe reporteril del futuro no es el listillo de la redacción como Woodward o Bernstein, sino el “one man army” que opera desde ningún lugar. Por cierto, quien quiera jugar hoy a ser el Zorro o Robin Hood,  debe ante todo ser un gran hacker.

El periodismo de investigación no es ni puede volver a ser el mismo. Las reglas del juego son otras y la tecnología todo lo transforma. Aunque recurrió a algunos medios impresos y no a canales de televisión para difundir sus filtraciones, la hazaña de WikiLeaks tiene sus cimientos en el poder de la red y en la tecnología. En tiempos de Watergate, las filtraciones de Wikileaks hubieran implicado secuestrar varios kilos de papel, lo que en cualquier caso hubiera parecido un poco sospechoso para cualquiera. A Assange en cambio sólo le hizo falta un usb o un cd-rom para que su informante, el soldado Bradley Manning, pudiera robarse los documentos del Pentágono. Si bien es un triunfo de Gutenberg el que hayan sido medios impresos y no canales de televisión sus aliados en esta cruzada, lo cierto es que en los tiempos en que estos cinco periódicos limitaban su información a los papeles que tiraban cada madrugada,  el escándalo WikiLeaks hubiera tardado bastante más en transformarse en fenómeno mundial y posiblemente se hubiera limitado a los países donde circulan los cinco diarios que eligió. Hoy, gracias a las ediciones en línea de esos periódicos,  varios millones de personas hemos podido sumergirnos en las filtraciones. Assange es un caudillo de la red. Su poder y meteórica trascendencia no son explicables ni concebibles sin una computadora. Así sucede con algunos personajes de la historia. Vaya ¿quién hubiera sido el Barón Rojo de haber nacido antes de la invención de los aviones? Habría que preguntarnos si un Assange hubiera sido posible en tiempos de Nixon.

Pero vayamos ahora a otra clase de odiosas comparaciones entre el mundo de Assange y el de Woodward y Bernstein. Si bien nos queda claro que las armas con las que cuenta el hacker de WikiLeaks no tienen nada que ver con las herramientas de trabajo y difusión que tuvieron los reporteros del Washington Post en 1973, la realidad es que el asunto no se limita a la tecnología disponible. De hecho, la más odiosa de las comparaciones no tiene que ver con el medio informativo sino con el receptor de dicha información. El mundo que leyó el Washington Post en 1973 no se paree mucho que digamos al que recibió en 2010 las filtraciones de WikiLeaks. Watergate fue un terremoto político. WikiLeaks es un reality show.

La capacidad de sorpresa del mundo al que se dirige WikiLeaks está, reconozcámoslo, algo amodorrada. El público al que llegaron en un solo día las revelaciones de WikiLeaks es diez veces mayor al que leyó el reportaje del Post hace 37 años. El problema es que estos millones de personas que leyeron las historias de muertes y torturas de civiles en Irak y Afganistán en sus blackberrys o en sus ipads, son personas que están expuestas a un permanente bombardeo informativo en donde nada, ni siquiera los secretos revelados por Assange, parece ser demasiado novedoso. Watergatre revelaba un caso de espionaje político apadrinado por la Casa Blanca. Un asunto espinoso e incómodo, ciertamente, pero donde no había sangre ni vidas humanas de por medio. Aún así,  el escandalito costó el puesto al mismísimo presidente de los Estados Unidos. WikiLeaks revela, entre otras muchas “linduras”, asesinatos de civiles y tormentos en las reclusiones de Irak y Afganistán y sin embargo, a la fecha las únicas personas encarceladas y procesadas por estas revelaciones son Bradley Manning, el soldado acusado de alta traición por filtrar documentos clasificados y el propio Assange, si bien su encarcelamiento no tiene nada que ver con un asunto de libertad de expresión, sino con una ridícula y poco creíble cuenta pendiente por acoso sexual en Suecia. Ni un solo militar ha sido llamado a rendir cuentas ni se ha abierto un tribunal para juzgar crímenes de guerra y nadie exige que se haga justicia. Durante el gran escándalo de la era Reagan, el célebre Irán-Contras, fue un semanario de Líbano, Al Shiraa, quien dio la noticia en 1986, misma  que tardó varias semanas en ser tema internacional, aunque por lo menos motivó que Oliver North fuera llamado a juicio lo cual no ha ocurrido ni va a ocurrir con WikiLeaks.

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En 2010 la información revelada puede transformarse en un tema mundial en cuestión de minutos. El problema es que también parece cuestión de minutos para que dicha información se vuelva intrascendente o pase de moda. El gran público de WikiLeaks está demasiado acostumbrado al escándalo mediático y necesita de él para entretenerse. La cultura del paparatzi, de la mentira descubierta, del ciudadano sorprendido in fraganti en medio de hechos bochornosos, satura los medios informativos hasta la indigestión. La cuestión es que para el gran público no parece haber diferencias significativas entre la infidelidad matrimonial de un político, la noche de juerga de un futbolista o una masacre de civiles en Medio Oriente. Lo que disfruta inmensamente es el escándalo en sí, pero sin demasiada capacidad de sorpresa o indignación por sus consecuencias o implicaciones. Coger con una prostituta de lujo costó el cargo al gobernador del Estado de Nueva York, aunque nadie pareció cuestionar demasiado de qué manera afectaba ese escándalo de cama a la vida de los neoyorkinos. En México los video- escándalos de políticos con maletines rebosantes de billetes se volvieron moneda corriente en los noticieros y la impunidad, en matrimonio con el amodorramiento de la opinión pública, fue en todos los casos el resultado. Un gran teatro de horrores y obscenidades es representado todos los días frente a nosotros,  pero la regla no escrita es que nunca hay consecuencias.

Jean Braudillard lo cuestiona en La transparencia del mal: “¿Y si la información no remitiera a un acontecimiento, sino a la promoción de la propia información como acontecimiento? ¿Y si la comunicación no remitiera a un mensaje, sino a la promoción de la propia comunicación como mito?” Al final de cuentas nadie parece sentirse demasiado molesto por haber sido engañado en forma tan burda por el régimen de Bush en torno a la Guerra de Irak y nadie pierde el sueño por civiles afganos asesinados. Millones de seres humanos miran a un helicóptero Apache eliminar en segundos veinte vidas de inocentes y el único que pierde el trabajo es un soldado poco confiable. De una u otra forma, en lo relativo a Afganistán e Irak, varios millones de personas sospechábamos o intuíamos que no se trataba de una heroica guerra de liberación.No le falta razón a Carlos Fuentes cuando afirma que las revelaciones de WikiLeaks no sorprenden a nadie, pues eran cosas que ya sabíamos y que únicamente nos vinieron a confirmar.

Por lo que a la revelación de cables diplomáticos respecta, el asunto no provocó más que unos cuantos rostros sonrojados, pero no muchas sorpresas. Después de todo, la diplomacia es en esencia una dulce hipocresía y un diplomático debe ser, ante todo, un hipócrita con categoría capaz de mentir con elegancia en varios idiomas. Se da por hecho que hoy y siempre la política exterior ha manejado un doble discurso y que las palabras pronunciadas en público o ante micrófonos obedecen a reglas de cortesía y no a una brutal honestidad. Vaya, sabemos o intuimos que cuando el embajador de Estados Unidos elogia en público la estrategia anti-narco del Presidente de México, lo hace como un acto protocolario, aunque en las conversaciones privadas con el gobierno de su país manifieste su preocupación por la inoperancia de las tropas y los nulos resultados. Revelar lo que se intuye provoca en todo caso un momento tenso e incómodo, pero no una declaración de guerra.

Julian Assange es un personaje que viene a cuento con este ensayo y al que se le ha dedicado un capítulo aparte,  por la sencilla razón de que su drama representa la primera gran historia de la nueva era del periodismo. De la misma forma que el conflicto de Crimea de 1856 inauguró la figura del corresponsal de guerra y los atentados de Londres y Madrid fueron la primera prueba de fuego para las ediciones en línea de los periódicos, Assange es el primer héroe del periodismo post-Gutenberg, aunque paradójicamente se haya valido de medios impresos para difundir sus filtraciones, lo que demuestra que al papel tal vez le falten algunas décadas para extinguirse. La metamorfosis papel-fibra óptica no es tanto un asunto de superficies y empaques como de tiempos y roles y el rol de Assange no se parece nada al de Woodward y Bradley. En terminología militar, aquellos eran soldados formales de un ejército regular llamado Washington Post, sujetos a códigos y lineamientos. Assange es, aparentemente,  un guerrillero sin patria. Si se trata de apostar, todo hace indicar que los nuevos héroes del periodismo de investigación serán bloggers, hackers y practicantes de la guerra de guerrillas en el ciberespacio, mientras los formales reporteros de los grandes medios se limitarán a cubrirlos corriendo en la retaguardia.

El problema es que si bien estas guerras de guerrillas logran ser dolores de cabeza muy agudos para el poder, deben resignarse a dirigirse a un público afectado por una modorra frivolidad para el cual un matadero humano o un acto de corrupción documentado no deja de ser un reality show. Todo exceso acaba por generar hastío e indiferencia. La Red está afectada por una severa sobredosis del teatro de los horrores del mundo moderno y cuando un asunto se vuelve parte de nuestra vida cotidiana, irremediablemente acaba por trivializarse. A Assange le bastaron minutos para provocar un incendio mundial, pero esa misma fugacidad padecerán los efectos de sus cables. El público exige novedades inmediatas, digeribles y cambiantes, disparos noticiosos que lo hagan decir “ahhh” antes de cambiar de canal dos segundos después. Cierto, millones de seres humanos leyeron los encabezados de la prensa en torno al tema WikiLeaks pero ¿cuánta gente se tomó el trabajo de leer a profundidad los documentos filtrados? Creo que si decimos el 5% la apuesta se está elevando demasiado.

Si Assange quiere trascender, lo mejor que puede pasarle es transformarse en mártir. Encarcelado por su ridículo escándalo sexual sueco, Assange gana más adeptos que estando libre. Si por alguna razón el australiano fuera asesinado, se transformaría en héroe de los tiempos modernos. Si, como pretende la mojigatería republicana marca Sara Pallin, Assange es encarcelado en Estados Unidos y sometido a pena capital, entonces habrían creado un mito del Siglo XXI. El mensaje que la represión de Assange daría al mundo, es que dentro de su cofre de secretos informativos hay verdaderas bombas cuya revelación quiere ser impedida a toda costa y que el corrupto imperio hará hasta lo imposible por silenciar a su delator. El problema es que si se trata de apostar, todo hace indicar que el sistema acabará por absorber a Assange y WikiLeaks se convertirá en un accesorio más de esa rentable contracultura, tan rebelde y “chick”, como una camiseta del Che Guevara en marca de diseñador.  Acaso veremos a miles de jóvenes en el mundo con imágenes  de “Free Assange” y no veo lejano el día en que el australiano, con su libro-bomba bajo el brazo y su película hollywoodense en cartelera, emprenda una gira mundial de conferencias con boletos VIP a precios exorbitantes, souvenirs y firma de autógrafos. Después de todo, el nombramiento que le dio la revista Rolling Stone como Rockstar del Año puede acabar por ser algo más que una ironía. En el gran reality show de la edad contemporánea, donde los actores llevan tatuada la marca de espectáculo, la fugacidad y la intrascendencia, todo absurdo puede ser posible. En el fondo, la imagen de los esbirros encapuchados de un tirano, secuestrando una imprenta a la media noche y la figura de un contestatario columnista, encarcelado o asesinado por la dictadura, acaban por parecer un homenaje al periodismo. El tirano en cuestión concede a ese papel con tinta la personalidad de un arma y le teme. El tirano padece noches de insomnio porque considera que ese papel tiene la capacidad de cambiar el mundo. Al quemarlo le está rindiendo un homenaje. El papel con tinta del Siglo XXI, multiplicado por millones y hasta el infinito en la pantalla, se esparce por el mundo en cuestión de minutos, pero el tirano no parece perder el sueño. Sabe bien que el público escandalizado olvidará pronto y pedirá a gritos el siguiente espectáculo, que puede ser el video de una sesión de tortura a cargo de sicarios del narco o la fotografía infraganti de un actor homosexual con su amante. Al final, en el gran reality show del Apocalipsis, hasta los cuatro jinetes acaban transformados en comediantes.

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