Platón

El regreso de Platón 

Detrás de la imagen está el deseo: fantasma durante el día, sueño durante la noche, oráculo la víspera. Pascal Quignard, La imagen que nos falta.

Ciudad de México, 8 de septiembre (MaremotoM).- Albaceas de la palabra reunidos en aquel día justo, de simetría perfecta, cuando la eclíptica cruza el ecuador. Los poetas que escucharán a Platón han viajado desde todos los tiempos a través de la máquina de Cox, convocados a una hazaña sin retorno.

Elegir el lugar y la fecha fue difícil, como suele ser difícil acordar entre gente de distintas épocas. Algunos invocaron la ceremonia en los rampantes vapores del diecinueve, una tarde de domingo en la île de la Grand Jatte. Otros, con devoción animal, hedonistas de pura sangre, pidieron retroceder a la antigua estación de los grandes saurios. Por no dejar de contarlo, aquellos menos escuchados habrían hospedado la cátedra en la profundidad inextricable de la selva, junto a las imprecisas fuentes del río Orinoco.

Meses de desatinos y discusiones dieron a luz un pequeño sitio sin demasiada vena: la terraza del café Reencuentro sobre Avenida La Plata, en Santos Lugares, provincia de Buenos Aires. Un lugar, a juicio de los decanos: dignamente insípido, palacio de lo profano, con reputación de video game. Muy siglo veintiuno, pero sin la certeza del fin del mundo; muy estoico, pero con su señal de internet y su password: “mariel76”. Se había forjado el contraste deseado, la posibilidad de contemplar el suave vaivén de las palabras de Platón como un frondoso sauce agitado en la inocuidad de la noche.

Si bien se les había dicho a los nueve tenientes que las más frescas cavilaciones de Platón no deambularían el camino de los aforismos, los rumores daban cuenta de una declaración absoluta: ¿las pruebas de la ética del placer? ¿La mortalidad del alma? La tarde estaba al punto, la verdad un sable sin funda, acero de cara al viento.

Platón sacó varios papeles de una maletita dorada, de ella colgaban dos asas negras de cuero y un listón rojo amarrado, para sortear la confusión en algún aeropuerto. Los colores chinos, el muérdago de los druidas, raíces de ginseng en línea, la mandrágora de Flavio Josefo.

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Seis mates trajo Mariela y cuatro infusiones de lavanda. Las puertas batientes de la cocina rechinaban a cada embestida, como lamentos de perro, estrellas de latón sobre pizarra. Cada que ella desaparecía dejaba una estela sinuosa que repetía sus muslos dóricos.

La voz de Platón asomó cual partícula. Desde aquel momento, el aire se tornó pesado. Santos Lugares lo sintió: una presión, un tronar de oídos, un fosfato en terciopelo negro, cien mil pájaros poseídos por el frenesí de dibujar sombras en el cielo.

Frente al café la vía del tren espera, amortajada en un velo de insectos y zumbidos que contaminan el plumbago a los pies de la estación. Algunas abejas cruzan el espacio territorial de las mesas de los poetas, algunas se posan sobre la voz de Platón y la polinizan. De esta suerte de enjambre se desprenden dos mujeres que entran al café luciendo risas nucleares con las que podrían aniquilar la vida en un hongo final. Se sientan al lado del grupo, rechinan las sillas, las tripas, la mesa. Salmón aún se escucha, desde el ríspido cauce, mientras nada contra corriente, mientras se bate en duelo bajo la espuma tibia del hastío.

Los poetas estiran el cuello, son girasoles orientados a la voz de Platón, se elevan desde sus tallos gruesos, con verdes gargantas, las venas saltonas por el esfuerzo. Llevan horas así, se puede decir por sus miradas desalineadas, los rostros espolvoreados de sol, la angustia por lo fugaz de las palabras que se deslizan y tuercen entre cada sonido que brota de Santos Lugares como de un abrevadero malsano. Se les puede ver moviendo los pies, o la cuchara, o sorbiendo la bombilla del mate. De convocarlos esa misma tarde a su propio fusilamiento, en el estado en el que se encontraban, hubieran asistido sin chistar.

A lo lejos se escucha un silbato, último tren de la jornada. Platón se apresura a guardar sus cosas ante las miradas de asombro. Da un último trago a su hierba y sale de la terraza, apresurado. El cielo se vuelca en nubarrones y la lluvia, con un trueno corto y potente, se anuncia cercana.

Fuente: Deletérea / Original aquí.

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