“El secreto del mundo es la ternura”: Mauricio Carrera

Mauricio Carrera (México, 1959) ha sido merecedor de una enorme cantidad de distinciones en el campo de la novela, el cuento y el ensayo. Ahora nos reunimos con él para platicar sobre su reciente novela, La vida endeble, que mereció el Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo 2017.

Ciudad de México, 18 de marzo (MaremotoM).- El arte de las letras permite, aparentemente, todo: desde la minificción más breve de la que se tiene constancia, la del escritor Armando Alanís, en Sirenas urbanas, página 88: la hoja en blanco; hasta grandes extensiones en sagas como las de Charlie Parker, de John Connolly, con 17 libros hasta el momento. Hay escritores que siguen religiosamente la escuela fundada por Edgar Allan Poe, Antón Chéjov, Jorge Luis Borges o Raymond Carver, por mencionar a algunos y hay otros más osados que en sus cuentos, ensayos o novelas, usan la realidad para crear mundos ficcionales y trastocan, deliberadamente, esa realidad de la cual abrevaron como Paul Auster o Enrique Vila-Matas.

En “Continuidad de los parques”, Julio Cortázar elabora un periplo que lleva al lector a contemplar en un fin de semana el retiro de un hombre del mundanal ruido —en palabras de Fray Luis de León— y dedica su tiempo a continuar con una lectura abandonada por diversos deberes. Lo que acontece es que ese hombre, sentado en un sillón de terciopelo verde, está leyendo que hay un hombre sentado en un  sillón de terciopelo verde que será asesinado. Mecánicamente nos sentimos parte de eso y cuando hemos llegado al final, instintivamente miramos a nuestro alrededor para cerciorarnos de que estamos en nuestra realidad y no en la que nos ha querido situar el autor. La literatura será ese lugar enigmático donde todo podrá ocurrir para imaginar y crear. Lo importante es cómo se hace y qué impacto tiene en el lector.

Actualmente, uno de nuestros escritores más lúcidos y más premiados, trabaja con un juego literario al que llama Literatura referencial, que consiste en llevar al cuento o a la novela situaciones reales aderezadas con ficción, para crear nuevos puntos de comunicación con el lector. Lo mismo aparece un personaje de A sangre fría platicando con Juan Rulfo, que un Malcolm Lowry como seudónimo de algún otro que creó Bajo el volcán. Mauricio Carrera (México, 1959) ha sido merecedor de una enorme cantidad de distinciones en el campo de la novela, el cuento y el ensayo; es admirador de la generación beat, de Malcolm Lowry, Ernest Hemingway, Carlos Fuentes y Alfonso Reyes, sólo por mencionar algunos. Ahora nos reunimos con él para platicar sobre su más reciente novela, La vida endeble, publicada por Ediciones del Lirio y la UAN, que mereció el premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo 2017, por cumplir “de manera pulcra aspectos como la fuerza de sus personajes, manejo de la metaficción literaria y por la construcción humana de Alfonso Reyes, Martha Gellhorn, Ernest Hemingway, entre otros personajes de la Guerra Civil Española”, como lo señaló la misma Universidad de Nayarit.      

—Eres un escritor muy premiado…

—Soy el escritor más premiado de mi generación. En ocasiones la suerte de los escritores se expresa en ser publicados por editoriales muy importantes. Otras por ser cobijados por grupos o mafias literarias. Otros por ser los consentidos de las instituciones culturales. A mí me ha tocado ganar premios. He sido muy afortunado, más ahora, cuando un concurso a nivel nacional recibe entre cien y trescientos trabajos a dictaminación.

Uno de los autores mexicanos que más premios ha ganado. Foto: Roberto Feregrino

— ¿Crees que el éxito se mide con premios o publicando en las grandes editoriales, que no siempre ocurre junto?

—En muchas ocasiones, el éxito de los escritores depende de otros factores. Hay magníficos escritores poco conocidos y malos escritores muy conocidos. El éxito parece depender más bien de la mercadotecnia editorial y de cuál sea la moda literaria en boga. Por supuesto, en las grandes editoriales hay algunos muy buenos escritores, pero para ser conocidos y publicados cuentan hechos por completo extraliterarios, como la influencia mediática o coyuntural.

— ¿Cómo comenzaste a escribir y ganar premios?

—Comencé a los 16 años. Fue una especie de epifanía, una revelación. Me dirigía a la Prepa 1, en el Centro, ese edificio de color rojo, como lo llamaba Antonio Caso. Lo hacía a bordo de un camión de la línea Juárez-Loreto. De repente me percaté de algo: de mi propia mortalidad. Empecé a buscar una forma de expresión que me permitiera, ya que algún día iba a morir, dejar huella de mi efímero paso por el mundo. Intenté con la música, la pintura, la literatura. A los 16 años gané mi primer concurso, uno de cuento que convocaba el periódico El Nacional. Ese cuento se titulaba “La espera”.

— ¿Quiénes fueron tus maestros?

—Un escritor hoy olvidado: Arturo Sotomayor, un estupendo cronista, gran conocedor de la historia de la ciudad de México. Fue mi maestro en la prepa. Me recomendó para colaborar en Los universitarios, que dirigía Margarita García Flores. Así publiqué mis primeros cuentos, también a los 16 años. Luego obtuve la beca del Centro Mexicano de Escritores. Por ahí pasaron grandes figuras de la literatura mexicana: José Emilio Pacheco, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Elena Garro, Monsiváis, etcétera. Mis tutores fueron Alí Chumacero y Carlos Montemayor, otros dos grandes maestros. De ellos aprendí a escribir con disciplina y seriedad.

— ¿Qué significa la escritura para ti?

—Dejar huella de mi paso por el mundo. Dejar constancia de este ser humano que amó, bebió, comió, viajo, gozó, sufrió, lloró. Mis personajes y mis historias son un yo mismo transformado en literatura. Me refiero a una cosmovisión, no a una estricta biografía.

 -¿Qué tipo de escritor eres?

— Hay dos tipos básicos de escritores: los que se encierran en su torre de marfil y los que van al encuentro del gozo y sufrimiento de la vida. Yo pertenezco a este segundo grupo. Admiro a Joseph Conrad, Ernest Hemingway, Jack London, que se lanzan al mundo, a la aventura; viajan, se arriesgan, participan en guerras, en tormentas, para nutrir su literatura. Yo mismo he sido marinero, mensajero en París, me he lanzado en paracaídas, he buceado en buques hundidos, he jugado futbol americano toda mi vida, he vivido por largas temporadas fuera de México. Muchas de mis historias se han nutrido de esas experiencias.

— ¿Cómo te das tiempo para leer, escribir y vivir? 

-Encontrar un equilibrio en esos tres aspectos es esencial. Vivir, primero, y tener disciplina para leer y escribir, después. Y para corregir. Escribo a cualquier hora, aunque procuro hacerlo por las mañanas. Escribo recostado en la comodidad de mi cama o en la sobriedad oficial de un escritorio.


Yo pertenezco a este segundo grupo. Admiro a Joseph Conrad, Ernest Hemingway, Jack London, que se lanzan al mundo, a la aventura; viajan, se arriesgan, participan en guerras, en tormentas, para nutrir su literatura.

— Tienes un libro de ensayos sobre el neopolicial mexicano. De hecho, así se titula, El neopolicial mexicano. ¿Qué lo caracteriza?

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—Una total desconfianza hacia las instituciones policiacas o militares. Tenemos la percepción de ser permeadas por la corrupción y el contubernio con la delincuencia organizada, por lo que los crímenes deben ser investigados y resueltos por personajes profesionales o improvisados surgidos de la sociedad que se organiza. Ahora, mi percepción de este género literario es que en México, con excepción de unos cuantos casos, se practica de una manera superficial. No tenemos escritores a la altura de un Raymond Chandler, un Henning Mankell, un Leonardo Padura, un John Connolly o un John Banville. Vaya, ni siquiera un Vázquez Montalbán. Como se trata de una moda literaria, mucho de lo que se escribe en México es ligero, intrascendente, comercial. Se apresuran a tener un libro publicado, porque así lo requiere el mercado editorial.

— ¿Qué escritores te parece que se acercan a la obra sin apresuramientos? 

— Paco Ignacio Taibo II y Elmer Mendoza nos mostraron el camino. Hay varias de sus obras que podríamos rescatar. Entre los más recientes podría mencionar a algunos. Son escritores muy capaces, que podrían ofrecer novelas más sólidas y ambiciosas. Pienso en Haghenbeck, Hilario Peña, Carlos René Padilla, BEF, José Salvador Ruiz, Iván Farías, entre algunos otros. Eduardo Antonio Parra y Cristina Rivera Garza han sido los mejores en términos de esta solidez y ambición. Carlos Martín Briceño, Daniel Salinas Basave, Imanol Caneyada, Jaime Muñoz Vargas y Ricardo Vigueras, son otros escritores a los que hay que seguir.

—¿Practicas lo que tú mismo has denominado “literatura referencial”? ¿En qué consiste?

—En mezclar personas reales con inventadas, en utilizar anécdotas o personajes de novelas o cuentos para ficcionalizarlos en novelas o cuentos de mi invención. Sus antecedentes tal vez se encuentran en el llamado Nuevo Periodismo, que aborda hechos acontecidos en la realidad, con las herramientas propias de la ficción. Así empecé a jugar con esas fronteras. La primera vez que utilizo lo que llamo “literatura referencial” fue en Las hermanas Marx, que tiene como personajes a Karl Marx y a sus hijas, en una historia acompañada de hechos reales e inventados. En la literatura referencial llega un momento en que se pierde la verdad de la mentira, es decir, dónde está lo real y lo inventado. En “Infidelidad” escribo de los amores reales de Carlos Fuentes con Jean Seberg, pero ambientados en una historia con visos de realidad y ficción: la filmación de la película La leyenda de la ciudad sin nombre. En “Aurora boreal”, un muy real José Revueltas tiene amores otoñales en una historia inventada. En La derrota de los días, mi novela más ambiciosa, ocurre lo mismo. En su búsqueda que hace por conocer el paradero de su madre, mi personaje Joaquín Ríos se encuentra con Dick y Perry, los asesinos en A sangre fría, con algunos beatniks y con Hemingway. Participa, además, como personaje de Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer y Los motivos de Caín, de José Revueltas. Me gusta este juego entre ficción y realidad, que ahora aparece también en mi nueva novela, La vida endeble, publicada por Ediciones del Lirio y la Universidad Autónoma de Nayarit.

—¿De qué trata La vida endeble?

La vida endeble es una historia de amor frustrado entre Arturo Díaz Vigil, uno de los personajes secundarios de Bajo el volcán y Martha Gellhorn, una mujer extraordinaria, mejor conocida por haber sido esposa de Hemingway. Ella participó como periodista en la Guerra Civil Española, en la Segunda Guerra Mundial y en la intervención de Estados Unidos a Panamá en diciembre de 1989. Escribió varias novelas y fue una gran viajera. Vivió un tiempo en Cuernavaca, lugar donde se ubica La vida endeble. Ahí, a propósito de la literatura referencial, convoco a Alfonso Reyes y Malcolm Lowry como personajes de mi novela.

-Un Alfonso Reyes en una faceta poco conocida…

-Sí, Alfonso Reyes aparece como el gran hombre de letras que fue, pero también como un hombre de carne y hueso. Un Alfonso Reyes a quien le encantaban las mujeres. Por ejemplo, tuvo amores en la vida real con una famosa cantante parisina, Kikí de Montparnasse.

— ¿Qué valores humanos aparecen en tu novela La vida endeble?

—El amor, el desamor, la ternura. En la novela se lee: “El secreto del mundo es la ternura”. También la lealtad. A una causa, a una creencia, a la vida. También la heroicidad de quien libra sus batallas en una guerra o en la vida cotidiana.

—Mencionaste a Malcolm Lowry. En La vida endeble lo usas de protagonista. Además, te sirves de Bajo el volcán para la confección de tu novela. ¿Qué te atrapa de Bajo el volcán?

—La capacidad de un extranjero para aprender de manera literaria lo que es México. Eso, por un lado. Por el otro, sus reflexiones en torno a la Guerra Civil española, sus amores frustrados, su visión alcohólica. Geoffrey Firmin, su protagonista, es un alter ego de Lowry. Ninguno de los dos encuentran respuestas para la vida y beben. Marguerite Duras aseguraba que los alcohólicos existen porque se enfrentan al silencio de Dios. Lowry se enfrentaba precisamente a ese silencio, al silencio de la nada, de lo absurdo de la existencia y solo podía paliarlo a través del alcohol. Bajo el volcán es una obra maestra. Me gustaría escribir una novela así de ambiciosa. También, como El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell.

Su reciente novela. Foto: Especial

—Tu obra hace pensar en una serie de sagas, ¿lo piensas así?

—No de manera conciente. Tengo una novela inédita, La vida sin más, ganadora del Premio Bellas Artes José Rubén Romero, que he llegado a vislumbrar como el inicio de una trilogía, pero lo cierto es que no sé si tenga la voluntad de hacerlo. Lo que sí percibo es un escenario que se repite en muchos de mis cuentos y novelas: la Guerra Civil española. Una parte de La vida endeble se sitúa en ese contexto. Me parece la última guerra justa. Todas las guerras son por oro, tierras, petróleo, fanatismo, ambición. La Guerra Civil Española es una lucha de ideas. Una utopía, si se quiere, que convocó a jóvenes idealistas de otros países a ir a España y defender la República: las Brigadas Internacionales.

—Tu literatura referencial me hace pensar en Enrique Vila-Matas y la mentira en la literatura.

-He sido un lector tardío de Vila-Matas. Un escritor excepcional y original. Vila-Matas ha comprendido muy bien lo que es la literatura: un juego entre invención y realidad. Hay en Borges uno de sus maestros. También en mí, por supuesto. Recuerdo un cuento de Vila-Matas donde hay un epígrafe atribuido a Kafka, que dice algo así como: “Ayer Alemania declaró la guerra a Rusia, me fui a nadar”. Es la tragedia con la comedia, no tomarse las cosas tan en serio. Por eso habla del carácter circense de la literatura. En otro cuento nos habla del pacto que debe haber entre escritor y el texto: saber que, aunque se esté leyendo una ficción, creérselo como una verdad. Eso también es cierto para la literatura referencial. La diferencia con Vila-Matas es que él juega con el relato y el ensayo y yo con el relato y la historia cultural, es decir, con las referencias culturales, históricas, cinematográficas, musicales, literarias, que me han marcado.

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