Juan Manuel Gil

El silencio no es un puñado de vacío: Juan Manuel Gil, autor de Trigo limpio, Premio Seix Barral

¿Existió Simón? ¿Y Huáscar? ¿Le dio una vez tal puntapié a un balón que paralizó el tráfico aéreo del aeropuerto y se convirtió en héroe por un día? Habrá que preguntarle a él.

Ciudad de México, 8 de febrero (MaremotoM).- Con respecto al Premio Seix Barral, algunas apreciaciones de la propia editorial han venido de Elena Ramírez, la directora: Cuando se anunció el fallo de Noche y océano, la fabulosa novela de Raquel Taranilla, el 10 de febrero de 2020, la pandemia apenas había llegado a nuestros hogares salvo por noticias fugaces y alarmantes de un confinamiento masivo en la ciudad china de Wuhan.

Desde entonces, hemos vivido circunstancias del todo extraordinarias que han cambiado radicalmente nuestra forma de vida y, en concreto, la manera de trabajar de muchos participantes del sector del libro. Autores, editores y heroicos libreros se han reinventado, demostrando que la cultura es segura, y alentados por la constatación de que la lectura se ha convertido en refugio ante el miedo y la incertidumbre.

Son casi mil escritores los que concurren al Premio Biblioteca Breve 2021, en su mayoría sin seudónimo, lo que permite apreciar la alarmante desigualdad de participación entre hombres y mujeres. En la nota positiva, la participación electrónica sigue expandiendo la concurrencia a nivel internacional. Respecto a las novelas presentadas, el coronavirus ya está presente en los manuscritos recibidos, sea como telón de fondo de historias variadas, como protagonista indeseado o como excusa para que los escritores relaten su experiencia durante el confinamiento.

En este sentido, los géneros que exploran el “yo”, las novelas biográficas, autobiográficas, la autoficción y los diarios novelados han tenido un aumento considerable respecto al año pasado, hasta suponer casi una quinta parte del total de los manuscritos presentados.

El resto de géneros sigue gozando de buena salud, con la presencia estable de la novela negra y el thriller y de la novela histórica. Y como curiosidad, también el cambio climático ha comenzado a colarse en las novelas presentadas, más allá de servir como coartada para las distopías o ucronías que es uno de los géneros favoritos dentro de la ficción para explorar cuestiones políticas y sociales que nos preocupan a todos.

En un año en que los libros nos han acompañado, ayudándonos a vivir aquello que la pandemia nos negaba, tiene sentido que el jurado del 63 Premio Biblioteca Breve reconozca en la novela premiada, Trigo limpio, la capacidad de Juan Manuel Gil de devolvernos la sonrisa, de borrar las fronteras entre realidad y ficción, de contagiarnos la fascinación por la lectura del autor y sus personajes.

JURADO DEL PREMIO

El premio ha sido juzgado por Pere Gimferrer, Olga Merino, Raquel Taranilla, Elena Ramírez, Enrique Vila-Matas y ha elegido Trigo limpio, de Juan Manuel Gil.

He aquí algunos aspectos de la escritura que trata: toda historia necesita sus rodeos. No hay que confundir la extensión del relato con su buen ritmo. Ni la deseable unidad de la novela con la necesaria variedad de sus partes, que ayudan a que el lector no caiga dormido de aburrimiento. “Pero las distintas historias (variedad) que apuntalan la historia principal (unidad) necesitan una red de conexiones que evite que las piezas se dispersen como chatarra en el espacio”, reflexiona el narrador.

¿La primera persona es mejor o peor que el narrador omnisciente? ¿Qué define a un personaje secundario y cuál es su función? ¿Cuándo hay que dejar un tema y pasar a otro? A todo esto encuentra respuesta el narrador: “Si te pones insufriblemente pesado con un tema o si, en dirección inversa, te dispersas tocando esto, aquello y lo de más allá, la novela hace aguas por todos lados y lo natural es que las editoriales la rechacen, la frustración se manifieste en acidez estomacal, te acabes autoeditando y tu familia compre el libro y te dé un afectuoso abrazo. Más o menos es así”.

Y luego están los silencios de la novela. “Escuchando a uno de mis profesores de la facultad que también se dedicaba a escribir novelas de cierto éxito, entendí que el silencio suele ser una forma de contribuir al relato de cualquier historia. El silencio no es un puñado de vacío. Es una galería, un pasadizo que conecta con la experiencia, la imaginación, el miedo, la sugestión… Así que cualquier escritor se estaría equivocando gravemente si renunciara a él por temor a no ser entendido. No hay que contarlo todo.”

Premio Seix Barral 2021
Trigo limpio, editado por Seix Barral. Foto: Cortesía

UN JUEGO LITERARIO SOBRE LOS LÍMITES DE LA FICCIÓN

El narrador sin nombre de esta novela camina con naturalidad por los puentes que unen la realidad y su historia. No hay fronteras para él y todo le está permitido porque lo que busca es dominar esta historia, seducir al lector y ser escuchado. Y para ello está dispuesto a borrar cualquier límite entre su vida y su ficción. Lo mismo puede decirse de Juan Manuel Gil. Como un pescador que lanza anzuelos a su lector, a lo largo de las páginas de la novela, Gil va soltando algunos fragmentos de realidad, consciente de que una vez haga picar al lector y lo tenga en el bote, este accederá a creerse cualquier ficción, por muy descabellada que sea. Ambos saben que no se puede contar toda la verdad si no se cuenta también toda su ficción. Y que, llegados a cierto punto del relato, la única obligación que tiene un escritor es con la historia. La pregunta de qué es verdad y qué no deja de importar.

No en vano, Juan Manuel Gil se parece peligrosamente al narrador de su novela, cuyos lectores no paran de preguntarse cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en las páginas que tienen entre las manos. Juan Manuel Gil y el personaje son ambos escritores, padres de una novela titula- da Un hombre bajo el agua; ambos también se ganan la vida como profesores de literatura (“Llevo más de media vida escribiendo, leyendo libros de toda naturaleza, corrigiendo exámenes y anotando trabajos”, confiesa el narrador en un momento dado) y crecieron en Almería, donde, suponemos, Juan Manuel Gil habrá vivido algún episodio similar a los que cuenta el narrador de esta historia. ¿Existió Simón? ¿Y Huáscar? ¿Le dio una vez tal puntapié a un balón que paralizó el tráfico aéreo del aeropuerto y se convirtió en héroe por un día? Habrá que preguntarle a él.

Fragmento de Trigo limpio, de Juan Manuel Gil, con autorización de Seix Barral

LA MÁQUINA DE RAYOS EQUIS

Este comienzo no es el principio, pero puede que sea una buena manera de empezar. En la primera mitad de los años noventa, el aeropuerto de Almería vivió una de sus transformaciones más importantes. Como suele ocurrir con estos asuntos, el ministerio decidió ampliar la pista de despegue y aterrizaje sin tener en cuenta a los vecinos de los barrios aledaños. Eso se tradujo en protestas y manifestaciones que, aunque no llevaron a ningún lado, trajeron de cabeza a los políticos locales y regionales de aquellos años. Como mi barrio era el más afectado por aquella descomunal obra pública, los vecinos salieron a la calle a llevarse por delante a quien fuera necesario. Yo mismo, siendo un niño de apenas nueve o diez años, me recuerdo sentado en mitad de la carretera nacional 340, o intentando acceder a la terminal de salidas —que era la misma que la de llegadas— con el rostro cubierto por la camiseta, o apedreando los camiones que movían perezosamente la tierra de un lado a otro o llamando hijos de puta a los periodistas de Televisión Española, sin siquiera saber por qué. La típica historia de David contra Goliat. El clásico partido de primera ronda de Copa del Rey entre el Real Madrid y el equipo en el que juega tu cuñado los martes al salir del trabajo. Fueron años de compromiso, lucha y protesta vecinal que, como todos imaginarán, se resolvieron con una pista de tres mil doscientos metros que nos estacaron en el mismísimo culo.

Esta historia no va sobre aquellos días de proclamas y violencia. Aunque eso no quita, claro, que en este relato el aeropuerto funcione como la máquina de rayos equis de un viejo hospital soviético: ocurre que es útil para la comunidad, no hay modo de negarlo, pero a quienes pasan mucho tiempo cerca de ella, se les acaban deshojando las pestañas y las uñas, porque resulta imposible que esa radiación no te cambie el curso de los días. Podría aprovechar para hablar del ensordecedor ruido de los aviones, del insoportable olor a queroseno ya quemado, de la irreparable fractura del paisaje y de la catástrofe económica que supuso aquella ampliación, pero lo que en realidad pretendo decir es que el aeropuerto cambió nuestro modo de mirar la vida, por razones que aún hoy no sé explicar con la claridad que merece el asunto.

Aunque narrativamente sea pronto para apuntarlo —puede que también algo pretencioso—, creo que mi forma de contar cualquier historia siempre ha estado marcada por la niñez y la adolescencia que viví allí, a la sombra alargada del aeropuerto, en la calle Jarrera, número tres, a escasos ciento cincuenta metros del punto en el que viraban los aviones para iniciar el despegue. No tardé en aprender que si quería ser escuchado en el barrio —y ser escuchado significaba ser respetado, protegido y amado— tenía que imponer mi relato sobre el de los demás. Y para eso lo que debía hacer era mirar cualquier suceso desde un ángulo que huyera de lo predecible. Ser un mago del reencuadre, vamos. Esa era una exigencia que a la gente del barrio, tarde o temprano, le terminaba por golpear en la cara. «¡El punto de vista, chaval, el maldito punto de vista!», habríamos gritado los zagales en más de una ocasión, de haber descubierto que eso tenía un nombre tan sencillo. Pero como todo el mundo sabe, con la mirada —aunque in- dispensable— nunca es suficiente si lo que se desea es que las historias se cobijen para siempre en la memoria. Necesitas ese cromo que nadie tiene. Necesitas el único sello con esa diminuta anomalía en la ilustración o en la disposición de las grafías. Necesitas el melocotón más sabroso del verano. Y nosotros, por suerte o por desgracia, lo teníamos a nuestro alcance porque unos desconocidos nos lo habían impuesto desde algún despacho de vete tú a saber dónde. En cualquier relato, a esa singularidad se le denomina «espacio nuclear», es decir, ese lugar magnético donde, de forma espontánea e inexorable, la acción se origina, transcurre y desemboca, en un bucle, si no infinito, casi infinito. Y nosotros, que creíamos que el mundo había sido nombrado por vez primera en el barrio, a ese espacio lo llamábamos de otro modo, siendo, no obstante, una misma cosa: «El aeropuerto». Así. A secas. Intuyendo, pero sin saber. Con eso nos bastaba para no dejar de hablar, para seguir contando lo que tuviéramos que contar, convencidos de que atraparíamos la atención de cualquiera hasta el mismísimo final.

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UNO

Una de las muchas consecuencias que tuvo la ampliación del aeropuerto fue la construcción de un colegio nuevo. La pista circular de despegue y aterrizaje, una vez terminada, quedaba a no más de cincuenta metros del patio donde los alumnos nos dejábamos los últimos dientes de leche. Las alas de los aviones pasaban tan cerca, que los niños estirábamos los brazos a través de la valla, convencidos de que podríamos acariciarles el plumaje. No obstante, no era higiénico para nosotros —ni estético para ellos— que nos siguiéramos comiendo allí el bocadillo de media mañana, al rebufo del queroseno y la goma quemada. Así que en las vacaciones de la Navidad del año 1992, hicimos el tránsito al nuevo centro. Yo, que lo mismo me apuntaba a destrozar bailes folclóricos que me daba por aprender el método Caballero de mecanografía, fui uno de los muchos que ayudaron a desembalar y colocar mesas, sillas, pizarras, armarios y estanterías en el nuevo colegio. Recuerdo de qué manera el director y su mujer nos dirigían cual enjambre de tontos: desplegaos con rapidez, empujad con fuerza, sujetad con brío. Vivimos aquellos días de mudanza con un júbilo más propio de un rebaño de catequesis que de un grupo de escuela pública. Así nos va ahora.

El cambio de instalaciones no supuso la demolición del antiguo colegio. Al menos no al principio. Durante unos cuantos años, allí quedó ese enorme edificio de tres plantas, rodeado de un patio que albergaba una pista de futbol sala, otra de baloncesto, un invernadero de medio arco, un palomar de mezcla y bovedillas, un gran aparcamiento, tres o cuatro fuentes secas y un caótico y hermoso bosque de mimosas, pinos y eucaliptos. Podría emplearme en describir aquel patio durante páginas y páginas, porque, siempre que lo evoco, la nostalgia, esa peligrosa jalea real que lo suele pringar todo, me acude al cielo de la boca. Pero en este caso lo relevante no radicaba en cómo era, sino más bien en qué ocurría allí. A pesar de que el viejo colegio había sido precintado por la Administración pertinente, la gente seguía entrando, quizá con más naturalidad que antes, por una puerta que alguien había improvisado a fuerza de patadas y empellones, no muy lejos de la principal. Y según la edad, la hora y las ganas, se practicaban deportes, se paseaba bucólicamente entre los árboles y la maleza, se be- bía alcohol y se fumaban los primeros cigarrillos, se organizaban peleas por cuestiones de honor y, si sabías de qué iba eso del amor en los noventa, podías llegar a perder la virginidad sin demasiados remordimientos.

Es aquí, quizá, en este punto, desde donde debería haber arrancado, desde donde debería haber empezado a relatar esta historia. Me doy cuenta ahora. Ya no es el comienzo, ob- viamente, pero puede que siga siendo el principio de todo lo que vino después. La escena en la que pienso es la que sigue.

Jugábamos un partido de fútbol sala que se enmarcaba en un campeonato despiadado y salvaje en la pista del viejo colegio. A esto lo llamábamos «Jugarse una Casera», porque el trofeo era una refresco de esa marca que nos bebíamos mientras dedicábamos canciones procaces al equipo perdedor. En un momento determinado del partido, próximo a acabar, el balón, porque así lo quiso la diosa Fortuna o porque a mi primo siempre le sobró el talento para el regate intuitivo y la asistencia generosa, cayó botando a mis pies con la lentitud y la elegancia de un globo de helio. Yo, que nunca fui muy dado ni a la filigrana ni al requiebro, lo tuve clarísimo al instante y puse en funcionamiento toda la maquinaria articular: le di tal punterazo al balón que sobrevoló la portería, la valla del colegio y, para mayor dramatismo, la del aeropuerto. Lo escribo tal como lo recuerdo y lo recuerdo tal como lo estoy viendo ahora que cierro los ojos unos segundos. En aquella tarde de mi temprana adolescencia, un levante de mil demonios afeitaba el asfalto de la pista de aterrizaje. Así que el balón, después de botar cinco, seis o siete veces, comenzó a rodar como si no tuviera pensado detenerse hasta golpear la mismísima torre de control, que se alzaba a dos kilómetros de distancia, metro arriba, metro abajo.

Lo que viene a continuación lo recuerdo, en cambio, con la fidelidad de lo que ha sido contado una y mil veces. Que a estas alturas no sé si es mucha o poca, la verdad. En cuanto el balón dejó atrás la valla del aeropuerto, inicié el protocolo de actuación consensuado para estas situaciones de emergencia. Salí disparado, me colé por uno de los agujeros que habíamos hecho en las alambradas y rompí a correr detrás del balón al sentir que un fuego antiquísimo me abrasaba el corazón. Las veces que volví la mirada hacia atrás, quizá en tres o cuatro ocasiones, por prudencia o por miedo, no lo sé, de verdad que no lo sé, pude ver a todos —a mi equipo y al contrario— aferrados a la valla, sacudiéndola como si estuvieran siendo electrocutados, jaleándome, gritando palabras que el levante me traía y se llevaba con la misma velocidad. Y yo corría, claro, y corría y corría. Y, por alguna contundente ley de la física, el balón parecía hacerse más y más pequeño, casi diminuto, apenas la cabeza de un alfiler, hasta que las luces de la pista de aterrizaje, blancas, rojas, azules, verdes, se encendieron todas a la vez, y el balón pareció desintegrarse, o yo, miope avergonzado en aquellos años, lo perdí de vista. Puede ser que en ese momento me planteara dar media vuelta y dejar las cosas como estaban. No lo descarto porque ahora me parece un sentimiento muy humano y muy inteligente, pero nuestro protocolo de actuación se sustentaba en una ley con hechura de buen epitafio: sin balón no se vuelve. De modo que continué corriendo algunos metros más, hasta que mi cerebro trianguló neuronas y concluyó qué significaban aquellas luces multicolores. Un avión estaba a punto de aterrizar. Y ahí sí que el vientre se me apretujó como quien escurre una esponja. Me mordí la lengua y cambié el rumbo de la carrera convencido de que, si alcanzaba la alambrada, sería capaz de saltarla como una gacela en un documental. Y en esas estaba yo, en la gacela, en las luces, en el avión, en el cielo, en los amigos agitándose y gritando, en la valla a apenas unos metros y en el miedo, sobre todo en el mucho miedo, un miedo tan físico como rebanarse un dedo afilando una rama, cuando un co- che patrulla de la Guardia Civil se interpuso en mi camino, y primero me comí el retrovisor y después, sin solución de continuidad, una buena cuña de asfalto. Y ahí sí, tumbado en el suelo, a punto de perder la consciencia, aquellos gritos de mis compañeros, bien entonados, bien musicados y muy bien traídos, me envolvieron como una fresca sábana de algodón: «¡Hi-jos-de-pu-ta, hi-jos-de-pu-ta!»

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