Jorge Luis Borges

El terror del lector (Colaboración y resistencia con la obra de Borges)

Con precisión, para Borges, la erudición es una búsqueda de imágenes e ideas. No un sistema. Es la generación de monografías ficticias y textos apócrifos. La idea que Borges tenía de la literatura como realidad primordial se entreteje como su principal recurso. La cualidad sinuosa de que lo imaginación es real porque la literatura vive a través del lector. Un libro no es nada lectores. Sin ellos el ensalmo no se cumple. Se desvanece.

Para Víctor Hugo, que involuntario y certero, atinó con el título de esta idea.

Ciudad de México, 7 de julio (MaremotoM).- ¡Maten a Borges! Witold Gombrowicz (Grito que al parecer Gombrowicz emitió antes de abordar el barco que lo llevaría de regreso a Europa).

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Suministrar una interpretación extra en la obra de Borges es un aporte escaso para el acervo que ésta contiene. Superfluo si la audacia o la impertinencia (ambos adjetivos no son una modesta hipérbole) trata de colocarla un lector genérico: aventurado… Redunda una explicación cuando algo no lo necesita. Pero el empecinamiento retoma las riendas del pudor y conmina al descaro. A desbordar la llanura de la página en blanco con el galope de las palabras. A dejar la tinta como rastro. Mucho se escribió y habló sobre la obra y figura de Jorge Luis Borges. Presentar algo nuevo al amplio volumen de anagogías no es la intención de esta lectura. Los motivos son ajenos al interés colaboracionista con el magma que constituye el análisis de lo borgeano. Se trata de buscar, explicar y promover a Borges bajo una premisa clara, amena. Colocar su escritura en contacto con el lector (no porque carezca de ellos). Lo disparatado e inverosímil que esta idea implica se justifica de mil incrédulas maneras. En primer lugar, la mención del nombre Borges, cancela la curiosidad de un número amplio de posibles lectores por el nombre en sí. Por lo que al parecer, significa.

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La catatonia es un síndrome complejo. Propio de la psicosis esquizofrénica. Supone negatividad, mutismo, sugestión,  catalepsia, estereotipias. La voz griega con la que se enlaza supone tensión. Esta reacción sucede cuando alguien miente al aseverar la lectura de autor desconocido. Propia de falsos lectores. Una impostura que realizan desde funcionarios de Estado hasta extraviadas figuras culturales. En realidad puede ser cualquiera. El descubrimiento de la farsa provoca la sintomatología antes descrita. La conmoción, el descubrimiento de la verdad, arrancan la compostura del embaucador. Con Borges pasa así. Existen decenas de ejemplos y registros públicos. El nombre del autor, la obra, su biografía, son parte del control cultural que denominamos bagaje. Cualquiera está capacitado para revolverse con sus opiniones y extravíos. El espasmo que sacude  al impostor en cuestión es evidente. Aunque la ignorancia también es un escudo protector. La tensión, la negación de lo dicho, el mutismo y la confusión que genera,  la sugestión de otras voces. El ridículo. La ironía o el desprecio son la defensa bélica. Interrumpir sensaciones, la ecolalia, las onomatopeyas,  el descubrimiento de la ignorancia propia, la repetición involuntaria e intempestiva de gestos, palabras o acciones, es el consenso dominador ¿Quién se atreve a reconocer que nunca leyó a Borges?

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Este cardumen de  falsos lectores está colmado de versiones grotescas que imaginan una idea del argentino y su obra. No hay curiosidad. Pululan los dislates. Pensar en esto resulta más interesante que indignarse por nada. Leer la obra (poesía, cuentos, ensayos, traducciones, prólogos, artículos) provoca una relectura obligada de cada texto. Para acotar, concretamente, leer “El aleph” requiere leer “El aleph”. El panorama de páginas escritas sobre uno de los libros más difundidos de Borges intimida. Es una tarea agobiante si se aborda desde el imperativo. Aun así, hay quien narra desde la lectura. Resiste. Ahora,  para los falsos lectores, practicar esta experiencia resulta abrumador. Imposible ¿Por qué? Bueno, parece que la respuesta es una emoción cotidiana: Terror.

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Fue una conversación desmesurada. Pero en ella comprendimos que el terror, expresión atávica, detiene la inquietud por hurgar entre las páginas de una literatura que no necesita adjetivos para constituir el hábito en quien la frecuenta. Ocurrió así: en múltiples facultades de humanidades, Borges es una mención obligada; es parte de todos los cursos de literatura. Los profesores suelen apreciarlo como la expresión por antonomasia de la naturaleza literaria. Aunque Borges es más parecido a un extraterrestre generoso que salió de una galaxia inalcanzable. Se lee como algo que puede ser otra cosa ¿Qué? No hay una respuesta firme, valedera. Es aprendizaje obligatorio. Imponderable. Su estudio es cosa seria. El nombre propaga un mito descontrolado. Los profesores alistan a sus alumnos para continuar con esta teogonía. Los alumnos se lamentan. Cualquier estudiante se siente perturbado. Se lamenta: «No leo a Borges por miedo». Borges es el terror del lector. Esa voz concurre en una generalización excesiva. Catatónicos y aterrados, fingen leer a Borges; son los falsos lectores. Conservan el prejuicio inoculado (angustiosa paradoja) por una academia devastada en una agnóstica lectura incapaz de superar la inopia que produjo. Este ensayo no pretende corregir o tranquilizar el pánico; es demasiado. Se atreve a señalar, con el dedo meñique, la obra y no los monstruos.

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Colaboracionismo. Roberto Bolaño (lector extremo de Borges) escribió un cuento llamado “Henri Simon Leprince” donde un escritor francés, en la Francia ocupada por Pétain, para sorpresa de todos, rechaza la oferta de colaborar con los nazis. Se enrola discretamente en la Resistencia y salva a aquellos que lo despreciaban antes de la guerra (y que volverán a despreciarlo después) para terminar sus días convencido de que los buenos escritores necesitan a la gente como él: como lectores, como referencia; incluso para salvarles providencialmente la vida. Milan Kundera, en El arte de la novela, revela lo siguiente:

«Las situaciones históricas siempre nuevas revelan las constantes posibilidades del hombre y nos permiten denominarlas. Así, el término colaboración adquirió contra el nazismo un sentido nuevo: estar voluntariamente al servicio de un poder inmundo. ¡Noción fundamental! ¿Cómo pudo la humanidad estar sin ella hasta 1944? Una vez encontrada la palabra, uno se da cuenta más y más de que la actividad del hombre tiene el carácter de una colaboración. A todos aquellos que exaltan el estrépito de los medios de comunicación, la sonrisa imbécil de la publicidad, el olvido de la naturaleza, la indiscreción elevada al rango de virtud, hay que llamarlos: colaboracionistas de la modernidad».

Estas referencias tienen el apremio de cruzarse en una estrategia de lectura: el personaje de Bolaño es un héroe menor, alguien oscuro, vapuleado por sus contemporáneos. Aun así logra dar consecución, desde la invisibilidad y en su condición de paria, al fracaso en que la Resistencia oficial remite: salvarse a sí misma. La nobleza del personaje abunda. Incluso con el descrédito total no se resiente. Empeña su condición de lector para mantener vivos a los escritores de su tiempo. La definición de Kundera glosa mayor detenimiento y declara con quién se puede colaborar. A saber: un astroso sistema político (el nazismo), consecuencia directa de un sistema de valores y creencias (la modernidad).

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Borges declara en una entrevista ante Richard Burgin sus intentos anulatorios: «Intento pasar lo más desapercibido e invisible que puedo. Y tal vez, la única manera de pasar desapercibido es vestirse con un poco de cuidado ¿no? Lo que quiero decir es que cuando era joven pensaba que siendo descuidado la gente no se daría cuenta de mi presencia, pero era al revés. Siempre se daban cuenta de que mi pelo no estaba bien cortado o de que no me afeitaba». Borges se consideraba un invento de aquella curiosidad que lo insertó como el escritor emblemático de un país y una lengua. En cierta ocasión el escritor italiano Antonio Tabucchi comentó que la existencia de Borges era el resultado de un invento realizado por un grupo de escritores argentinos comandados por Adolfo Bioy Casares. Estos amigos pagaron a un viejo actor italiano para representar un personaje fuera de control. La creación adquirió vida propia y el juego se consumó en un Borges tangible. Borges dejó de ser Borges para aparecer otro Borges. Algo similar a la historia que ocurre en el cuento “Tlön, Uqbar Orbis Tertius”, un objeto de otro mundo, la invención en un libro, aparece  y se convertirte en realidad. Borges se convirtió en un clásico de sí mismo ¿Pero qué es un clásico? ¿Cómo un libro, un personaje, un escritor, pasa a ser un monumento de significados y sentidos inagotables? ¿Cómo se convierte en el ejemplo que ordena la literatura y la cultura de un país y su sistema de ideas? La respuesta se despliega y reproduce en el lugar común: la obra no es el motivo. Un escritor puede ser los libros que leyó, no los que escribe. El concepto de clásico aparece en un ensayo titulado “Sobre los clásicos”. Ahí Borges recomienda precaución con este consenso. Dice: «Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término». Entonces, la propiedad de lo clásico no está en el texto, existe fuera de este en la forma en que cada cultura lee y se apropia de lo que lee. El problema del valor literario es el de su historicidad. Este valor no es propio o intrínseco. Se asigna qué es lo valioso.

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¿De qué manera leer a Borges en el siglo XXI? Pregunta con respuesta caliginosa. Las maneras o formas de leer, al igual que los clásicos, se asignan; no son los aprendices, sino los promotores, quienes convienen cómo hacerlo. Así, existe un amplio almacén de lecturas dispuestas al uso, reciclaje y sin caducidad próxima. Sin embargo, aun con los estantes llenos, predomina el gusto o la tendencia por uniformar épocas. Cada una tiene su particular manera de leer: formalismo, fenomenología, hermenéutica, estructuralismo, semiótica,  psicoanálisis, marxismo, feminismo y un alongado etcétera. La factoría está en los departamentos de literatura. Las instituciones de educación superior y sus dependientes. Son los teóricos literarios, los críticos y los profesores quienes, más que impartir una doctrina, se encargan de preservar un discurso, ampliarlo, explicarlo. La innovación queda relegada. No importa si es radical, moderada o conservadora. Se invalida. Lo necesario y urgente es empatar una forma que refrende y articule lo legítimo. Las maneras oficiales de leer a Borges asustan. La obligación es interpretarlo. Para muchos esos libros no se piensan, se acatan.

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«Cualquier signo de intencionalidad delata una inautenticidad secreta» escribe Alan Pauls en un ensayo donde relata la fobia de Borges hacia los artificios literarios. Pauls inquiere a las escuelas de interpretación borgeana. Desarma las deliberaciones coactivas, dispuestas a mantener una imagen sombría que cierra el paso de la lectura deliberada. La confusión es grande: en una época que prefiere señalar la audacia de un autor que a los once años tradujo El príncipe feliz (el texto se publicó el 25 de junio de 1910 en el diario El país de Buenos Aires) y que con el tiempo sería celebrado como el escritor más grande del siglo XX, la atención del lector queda descentrada. No se lee la obra. Leer a Borges es aplaudir su erudición sobrehumana. Desactivar la obra y considerarla como una máquina repleta de significados implícitos. Inalcanzables para un lector asustado. Resignado. Imposibilitado. Entonces ¿cómo entonces leer a Borges sin entrar en pánico? Fácil: a Borges hay que leerlo con sus ojos ciegos.

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Las herencias que se rechazan son inusuales. Sin embargo existen en un rubro despreciable: las enfermedades genéticas. Borges, aparte de una vasta biblioteca, obtuvo la ceguera paterna como usufructo de una paradoja perfecta. Leyó hasta quedarse ciego. Aunque esta es una expresión desmesurada. Es decir, a pesar de su ceguera, era capaz de leer. Esta actividad significaba mucho para él; una definición de lo que era: «El individuo se evade de sus circunstancias personales y se encuentra en otro mundo, pero puede ser que aquel otro mundo le interese más, al mismo tiempo, porque está más cerca de su verdadero ser que sus circunstancias». Esta manera de plantear la lectura se utiliza para hablar del hábito con la lógica de la adicción. Hay una obligación imperiosa de procurarse la dosis continua sin reparar en las consecuencias: leer perturba. Esta necesidad por leer no busca significados extremos o reveladores. Al contrario, degrada el acto en el ridículo. Por eso Borges conmina a tomar sus relatos con su sentido del humor. No hay simbolismos ocultos. “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”, es un ejemplo de ello. Se debe leer por su comicidad, no por un ocultismo inexistente.

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Dentro de toda esta fascinación la pregunta todavía es ¿cómo leerlo? En una película titulada Borges para millones, aparece el siguiente extracto de una entrevista con él:

«Pues bien, yo he sido profesor de literatura inglesa durante veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y siempre les aconsejé a mis estudiantes: “Si un libro los aburre, déjenlo; no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lo lean porque es antiguo; si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo, aunque ese libro sea el Paraíso perdido, que para mí no es tedioso, o El Quijote, que para mí tampoco es tedioso, pero si un libro es tedioso para ustedes no lo lean, ese libro no ha sido escrito para ustedes, la lectura debe ser una de las formas de la felicidad.” De modo que yo les aconsejaría a los lectores que eligieran mucho, que no se dejaran asustar por la reputación de los autores, que leyeran buscando una felicidad personal, un goce personal, que es el único modo de leer, si no, caemos en la tristeza de las bibliografías, de la cita, de Fulano, luego un paréntesis, luego dos fechas separadas por un guión, y luego, por ejemplo, una lista de críticos que han escrito sobre ese autor. Y todo eso es una desdicha. Yo nunca les di bibliografía a mis alumnos, les dije: “No, no lean nada de lo que se ha escrito sobre fulano de tal. Shakespeare no leyó una línea escrita sobre él y escribió la obra de Shakespeare. Ustedes no se preocupen de lo que se ha escrito sobre Shakespeare. Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare no les interesa, muy bien; si Shakespeare les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes, pero algún día Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto, no hay que apresurar las cosas.” Es decir, yo aconsejaría ante todo la lectura hedónica, la lectura del placer, no la triste lectura universitaria hecha de referencias, de citas, de fichas. Yo he tomado examen durante veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras y tengo un orgullo, uno de los pocos de mi vida: no hice jamás una pregunta; yo les decía siempre a mis estudiantes: “Hablemos, por ejemplo, del Doctor Samuel Johnson, hablemos de la poesía anglosajona, hablemos de Shakespeare, hablemos de Oscar Wilde, hablemos de Shaw, y hablen, ustedes digan lo que piensen. Ustedes digan lo que piensen, prometo no interrumpirlos, prometo no preguntarles una sola fecha, porque yo mismo no la sé —y se descubría mi ignorancia—, de modo que ustedes hablen, si es que el tema les interesa.” Y dieron excelentes exámenes. En cambio hay profesores muy torpes que hacen preguntas porque no saben tomar exámenes».

Jorge Luis Borges
¿Leíste todo el libro? Foto: Cortesía

Con precisión, para Borges, la erudición es una búsqueda de imágenes e ideas. No un sistema. Es la generación de monografías ficticias y textos apócrifos. La idea que Borges tenía de la literatura como realidad primordial se entreteje como su principal recurso. La cualidad sinuosa de que lo imaginación es real porque la literatura vive a través del lector. Un libro no es nada lectores. Sin ellos el ensalmo no se cumple. Se desvanece.

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Se puede creer que los escritores, antes que nada, son lectores. También hay lectores que escriben. Borges fue uno de ellos. Aunque él se consideraba un anacronismo. Borges se retiró de la afectación vanguardista y añoró el siglo XIX, la gloria de sus antepasados. Era dueño de una mitología familiar que sucede desde Juan de Garay y de Irala —colonizador durante el Virreinato de la plata— hasta Francisco Laprida, fundador de la Asamblea Constituyente de Independencia. También aparecen Isidoro Suárez, su bisabuelo materno que dirigió en 1824 la batalla de Junín, la penúltima de la guerra de Independencia en América del Sur. Borges usó este pasado a su antojo. Vecino discreto de un arrabal sudamericano, realiza su pertenencia en una patria que, él bien lo sabía, tenía que ser inventada. Sin proponérselo, escribió para agredir a sus falsos lectores. Por algo, la acción de algunos personajes se define en un instante: “El sur”, “Emma Zunz”, “La otra muerte”, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, “El fin”. La lectura es una sensación de eternidad. Así, Borges infiere la realidad. Escribe. Postula que la realidad consiste en imaginar «una realidad más compleja que la declarada al lector y referir sus derivaciones». Ya que alterar, modificar, tergiversar, es válido en el entramado de la ficción. Borges era explícito. No lo ocultaba. Anhelaba que sus libros no llevaran su nombre.

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En una entrevista publicada en el suplemento cultural del diario La jornada María Kodama,  contó la siguiente anécdota:

« Borges era fanático de los Beatles, de los Rolling Stones, de Pink Floyd. Amaba la música que le daba fuerza, le gustaban los espirituales negros, muchas veces fuimos a Nueva Orleans a escuchar jazz, también le gustaban los blues y la milonga le gustaba muchísimo. Le gustaban los viejos tangos, que eran totalmente distintos a lo que él decía que había hecho Gardel con el tango, hacerlo llorón, sentimental, arruinarlo».

Esta declaración refuerza la corriente colaboracionista que se esmera en oscurecer a Borges: expone a la dueña del copyright. Son los fragmentos que la cultura del entretenimiento necesita. Es más fácil vender un fanático del pop que todas las ineficaces conjeturas sobre su obra. Para un lector cotidiano saber que Borges era roquero y no semiótico es agradable. Otra variante es la biografía en forma de diario que Adolfo Bioy Casares escribió. En ella registra algo que parece ser el diario de una voz ¿Borges? Es un libro inmenso. Se muestra imposible de leer. Cientos de páginas que registran toda la sabiduría borgiana. Finalmente son testimonios que se rechazan y abundan en lo mismo:

«Nunca quise alejar a Borges de nadie, fue el comportamiento de sus amigos lo que alejó a Borges de ellos. Bioy, en ese diario que van a publicar muestra también cómo lo envidiaba, cómo lo utilizaba. Quizás sea cierto que le tuvo mucho afecto, pero también es cierto que era muy egoísta. Un día Borges me dijo: “Adolfito sólo viene o me invita a comer cuando quiere leer o que yo corrija cosas de él. Pero nunca me invita al campo.” Yo le insistí: “Pero, Borges, a usted no le gusta el campo.” Y él me contestó: “Eso no importa. Él debe proponérmelo y yo, en todo caso, decir que no.” Borges era tímido pero, como todas las personas introvertidas, muy observador de la personalidad y del alma del otro. ¿Por qué no iba yo a querer a sus amigos? Yo soy oriental y no soy celosa. Los celos son amor propio, no amor al otro».

Siempre hay que convencer al lector de que existe una intriga. De lo contrario: «Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa».

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