Michel Houllebecq

El vicio de Michel Houellebecq

Aunque al final de cuentas, Houellebecq es pese a todo (y acaso pese a sí mismo) un romántico incurable. Acaso él mismo nos escupa si se lo decimos, pero en el fondo, la obra de Houellebecq puede ser un grito de angustia para reivindicar el amor, una alerta roja para el hombre convertido en robot,  náufrago en un océano de caos e incertidumbre.

Ciudad de México, 29 de julio (MaremotoM).- Hay canijos vicios en mi vida que no conocen rehabilitación posible. Michel Houellebecq es uno de ellos.  Acabo de pepenar su nueva novela, Aniquilación, que recién comienzo a leer. No viene precedida de una buena crítica, por cierto. Dicen que es un ladrillo descafeinado, que le falta la rabia y el jarcor houellebecquianos, pero quién soy yo para cerrarle la puerta a este añejo vicio

A Houellebecq le han dicho misógino, misántropo, racista, islamófobo e iconoclasta. No es amable ni complaciente  ni habitan en sus historias paladines de los buenos sentimientos. Y sin embargo hay tanta humanidad en sus textos. Houellebecq da la impresión de diseccionar al hombre moderno como una rana de laboratorio y mirarlo con la frialdad de un químico que analiza el comportamiento de bacterias en un microscopio.

A mediados del Siglo XX, las buenas conciencias se horrorizaban ante la indiferencia maquinal de Mersault, el célebre Extranjero, de Albert Camus,  cuya ausencia de remordimientos generó más pesadillas que los horrores de la guerra. En la misma autopista a los infiernos corre el Eróstrato de Sartre con su carta demencial, los aforismos de Cioran como mantra del absurdo o la sagrada blasfemia de Bataille, huésped en las profundidades del subconsciente. El hijo bastardo de esa tradición que ha hecho suyo el trono del nihilismo se llama Michel Houellebecq, sin duda el escritor francés que más almas puras consigue ofender hoy en día, el único y el último terremoto literario viviente en el Siglo XXI.

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Michel Houellebecq
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

Imagina en la cocina dos frascos de Kafka, cuatro gramos de Cioran, una cucharada y media de Celine, tres gotas de Sartre y Camus, un saborizante artificial marca Huxley u Orwell y una salsa de Fernando Vallejo. Métalo todo en la licuadora, después en el horno a fuego lento y el resultado será Houellebecq. Aquí el absurdo más absoluto es amo y señor, capaz de arrancar al desamparo ontológico cualquier ropaje de romanticismo trágico para mostrar con desparpajo su ridícula desnudez.

El mensaje es simple: tras embriagarte de tu libertad y tu tolerancia te queda como botín una cruda monumental y una absoluta incapacidad de hacer frente al futuro. Al igual que los personajes de La Montaña Mágica de Thomas Mann o el Harry Haller de Hesse, los houellebecquianos son los nuevos ángeles caídos del gran paraíso racional, los hormonales fatalistas nacidos o abortados por el delirio narcisista de una sociedad que buscó su cielo en el individualismo.

Aunque al final de cuentas, Houellebecq es pese a todo (y acaso pese a sí mismo) un romántico incurable. Acaso él mismo nos escupa si se lo decimos, pero en el fondo, la obra de Houellebecq puede ser un grito de angustia para reivindicar el amor, una alerta roja para el hombre convertido en robot,  náufrago en un océano de caos e incertidumbre.

Ya les platicaré de Aniquilación.

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