José Woldenberg

“En el gobierno no se aprecia mucho de lo construido en los últimos 30 años en México”: José Woldenberg

“Fenómenos de muy diferente tipo han estado alimentando un discurso antipolítico”, dice uno de nuestros más lúcidos analistas en su libro En defensa de la democracia (Cal y Arena).

Ciudad de México, 22 de agosto (MaremotoM).- ¿A la democracia hay que defenderla? “Siempre”, dice el profesor universitario y ensayista José Woldenberg. Acaba de sacar el libro En defensa de la democracia (Cal y Arena), en una búsqueda por colaborar con su sentido de ser ciudadano.

Dice por ejemplo que la ciudadanía civil está siempre débil en México, pero que en los últimos tiempos se ha fortalecido. ¿Qué es por ejemplo el aborto legal en la Ciudad de México sino es por la lucha de la sociedad civil?

José Woldenberg
Se presentará el 4 de septiembre. Foto: Cortesía

Critica al actual gobierno diciendo que no valora todo lo logrado a nivel democrático en los últimos 30 años.

Este libro reúne textos escritos entre 2014 y 2019 y José estudia y pondera con la inteligencia de un testigo paciente la contradictoria realidad nacional, defiende los logros de la joven e imperfecta democracia mexicana y los cambios definitivos de la vida política del país.

Dice que Andrés Manuel López Obrador es el Presidente mexicano. Y desea para él una visión democrática, contemporarizadora, en el sentido además de que a México “no hay nadie que lo pueda gobernar solo”.

José Woldenberg
Como toda edificación humana, un día nos podemos amanecer con que ya no la tenemos. Foto: Cortesía

–¿Hay que defender a la democracia en este momento en México?

–Pues yo creo que sí, hay que defenderla siempre. Porque con toda edificación humana, un día nos podemos amanecer con que ya no la tenemos.

–En ese sentido hay un gran cambio de gobierno a gobierno, aunque estamos bastante perdidos en todo, a seis meses de las nuevas autoridades

–El problema para mí es que veo síntomas o algo más que síntomas que en el gobierno no se aprecia mucho de lo construido en los últimos 30 años en México y que es precisamente un incipiente sistema democrático. México, lo saben o deberían saberlo, que edificó un sistema pluripartidista, de elecciones con competencia, acabamos teniendo un mundo de la representación donde coexiste la pluralidad, la Presidencia de la República fue acotada por otros poderes constitucionales. El Congreso se volvió receptáculo de la diversidad que existe en México, se ampliaron las libertades, emergieron muchas organizaciones de la sociedad con sus propias agendas, se crearon órganos autónomos del Estado para cumplir con diversas funciones y creo que todo ello no es bien evaluado por el actual Gobierno. Me temo también que no está bien evaluado por franjas de la sociedad.

–Ahora bien, en estos 20 años en México, cómo ha avanzado la impunidad y la justicia débil e inhábil ante ella

–Tienes toda la razón, no es solamente que tengamos un déficit en materia de justicia, sino que además y paradójicamente el proceso democratizador hizo más visible la corrupción. La impunidad siguió ahí. No sé si ahora hay más corrupción que en el pasado remoto, lo que sí sé es que más visible y que la sociedad por fortuna es más intolerante. Junto a ello hemos tenido un espiral de violencia creciente, una inseguridad expansiva, una economía que no crece con suficiencia y una sociedad que como dice la CEPAL tiene un déficit de cohesión social por sus desigualdades mayúsculo. Todos esos son fenómenos que por supuesto impactan en el aprecio o el desprecio que la gente tiene por esta incipiente democracia. Como digo en el libro, la democracia debe ser robustecida.

José Woldenberg
Como digo en el libro, la democracia debe ser robustecida. Foto: Foro 21

–¿No es la inseguridad de la ciudad algo manejado para desestabilizar al Gobierno?

–No soy muy dado a las especulaciones. No lo sé, la verdad. Lo que sí sé es que el incremento en la inseguridad y la violencia irrita, no sólo irrita sino que genera un malestar legítimo. Lo único que se me ocurre es volver a repetir el ABC de estos asuntos. Es necesario perseguir a los culpables y juzgarlos de acuerdo a la ley. No se ha inventado otro expediente para ponerle un hasta aquí al crimen organizado.

–¿Cuáles serían esos retos de sistema político que pone en su libro y para quién?

–Los retos mayores están fuera del sistema político. Si no somos capaces de poner un alto a la corrupción, si no somos capaces de poner un alto a la violencia expansiva, si el país no logra crecer y ofrecer un país productivo a los millones de jóvenes que se incorporan al mercado de trabajo y si no hay políticas específicas para solucionar eso que la CEPAL llama cohesión social y que no es otra cosa que sentirse con sentido de pertenencia a una comunidad, porque cuando uno forma parte uno puede aspirar a mejorar sus condiciones de vida culturales y sociológicas. Si no se logra eso, por supuesto que muchas de las instituciones políticas comienzan a erosionarse en el aprecio público.

–Le dedica un capítulo a Donald Trump, diciendo que conectó con 60 millones de personas…

–Sí, trato de abrir el campo de visión porque hay un fenómeno expansivo en todo el mundo. Fenómenos de muy diferente tipo han estado alimentando un discurso antipolítico. ¿En qué consiste el discurso antipolítico: en dividir la vida en dos? De uno están los políticos con todos los males y en otro están los trabajadores, como la fuente de la virtud. Quien despliegue ese discurso siempre habla en nombre del pueblo, de sus ciudadanos y esto ha pegado porque las sociedades tampoco son el jardín de la virtud. Esos discursos xenófobos, racistas, chauvinistas, están pegando en todo el mundo, donde hay un descontento (hay quienes dicen que vivimos la “época de la ira”), que por desgracia se está canalizando de la peor manera posible. Hungría, Italia, Trump, Johnson en la Gran Bretaña, Bolsonaro en Brasil, creo que tenemos que distinguir que hay un malestar legítimo, pero quien está usufructuándolo no son desde mi punto de vista las fuerzas políticas más sanas.

José Woldenberg
El problema para mí es que veo síntomas o algo más que síntomas que en el gobierno no se aprecia mucho de lo construido en los últimos 30 años en México. Foto: Cortesía

–Hay como una gran influencia de la posverdad, que convence a los no convencidos

–El problema es que da la impresión de que si uno le dice a la gente lo que las personas, en muchos casos eso que quieren oír no es más que una gran cantidad de prejuicios. Es decir, el discurso de Trump conectó con 60 millones de votantes. ¿Qué les dijo? Que los problemas eran por los otros. Por los migrantes, que eran una pandilla de facinerosos y que había que ponerles un hasta aquí. Ya estamos viendo las derivaciones de un discurso de esa naturaleza. Los atentados antimericanos que se han dado en los Estados Unidos tienen que ver con ese ambiente racista que se construye desde el discurso político y eso es lo que da miedo. No es un fenómeno circunscripto, es un fenómeno que parece expansivo y por lo menos a mí me da un enorme temor.

–Ni hablar en Europa de que se reconstruya el nazismo

–Han tomado nuevos vuelos, nuevos aires, grupos fascista o protofascistas

–Los ciudadanos mexicanos faltan, ¿verdad?

–Tenemos una sociedad civil débil. Sin embargo, en los últimos años ha crecido y se ha embarnecido. Ojalá creciera. Hoy, en términos proporcionales, muy pocos mexicanos participan de esas organizaciones. Pero la verdad es que muchas de esas organizaciones sí han demostrado una gran pertinencia. Hoy no tendríamos organizaciones de derechos humanos sin todas las personas que se movilizaron desde la Guerra Sucia por los desaparecidos, por las torturas, por los juicios sin ningún basamento jurídico. Hoy hay conciencia de lo que es el medio ambiente gracias a muchas organizaciones ecologistas. Hoy están las causas feministas, porque muchas mujeres se organizaron desde los ’70. Hay una ley de acceso a la información. Hoy el aborto está despenalizado en la Ciudad de México, por el impulso de ese tipo de organizaciones. Tenemos una sociedad civil débil y polarizada, pero aquellas organizaciones que han cuajado han hecho su contribución y es una contribución muy importante.

José Woldenberg
Consignas de su nuevo libro. Foto: Cortesía

–Andrés Manuel López Obrador no puede gobernar a este país solo

–Ni él ni nadie. Cualquiera que se pasee por las calles de este país, de la complejidad, de lo masivo, de lo desigual, de que en él existen ideologías, diferentes puntos de vista, sensibilidades varias y por supuesto que ese mosaico no puede estar representado por una sola voz. Eso me parece una utopía conservadora e inviable.

–Y autoritaria

–Pues sí, porque cuando hay una sola voz se convierte en autoritarismo. Esta sociedad ya no cabe bajo el manto de una sola ideología, de un solo partido en la voz de una persona.

–¿No podría haber como una suerte de consejo, del que usted podría formar parte?

–Yo soy profesor universitario y escribo en la prensa, al igual que muchos de mis colegas, de organizaciones civiles y demás, hacemos planteamientos en lo que se llama circuito de la opinión pública. Yo creo que hasta ahí llego.

–¿Quién es para usted Andrés Manuel López Obrador?

–El presidente de México. Un presidente legítimo y legal. Ojalá valorara lo poco o mucho construido en México en la democracia, en los últimos años.

Fragmento del libro En defensa de la democracia, de José Woldenberg, con autorizacón de Cal y Arena.

En defensa de la democracia

Las siguientes son notas que apuntan hacia una zona de preocupaciones sobre la salud, fortaleza, debilidades y eventuales futuros de nuestra incipiente democracia. Aparecieron como breves artículos en el diario El Universal y me parecen pertinentes para cerrar el recorrido emprendido en estas páginas.

Empecemos por una noción que al parecer es un resorte fundamental en la concepción del Presidente.

Una idea preocupante

¿Vamos hacia un sistema político que girará en torno a un sólo hombre, el Presidente de la República? ¿Una especie de sol que ordenará, subordinándolos, a los demás actores en el escenario? No es sólo la pretensión de que en las elecciones para renovar la Cámara de Diputados los ejes se reconstruyan para plantear de manera rotunda “con o contra el Presidente” (es decir, unos comicios federales diseñados para que en el centro del litigio esté el Poder Legislativo colocarán en el foco del debate público la adhesión o no al Presidente), sino una serie de elementos que develan la ambición de disminuir o anular el rol y la influencia de otros poderes y órganos constitucionales y agrupaciones de la sociedad civil.

Enumero sin ningún concierto: “súper delegados” en los estados para, por lo menos, hacer sombra a los gobernadores; reducción de recursos a los órganos públicos autónomos que, según la Constitución, deben estar fuera de la órbita del Ejecutivo; descalificación de las agrupaciones de la sociedad civil a las que se presenta como encarnaciones oligárquicas; acoso retórico a los medios no alineados con el gobierno; disminución del financiamiento público a los partidos; desprecio por el funcionariado profesional de las instituciones estatales genéricamente descalificado por corrupto; colonización de instituciones centrales del arreglo republicano con “fieles” no necesariamente capacitados para la función (el último nombramiento en la Corte). No es un listado exhaustivo, pero (creo) sí expresivo.

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Hay por lo menos una idea fuerza que ofrece sentido al abanico de acciones y dichos antes enunciados. Y recordemos, como si hiciera falta, que las ideas nunca resultan anodinas, menos cuando encarnan en posiciones de poder. Las ideas dan pie a discursos y conductas, ofrecen sentido al pasado, a los acontecimientos en curso e incluso pretenden diseñar el futuro. No son triviales y acaban por modular el tipo de poder al que se aspira. Tienen fuerza propia y acaban cincelando a las personas.

Todo parece indicar que el Presidente cree sinceramente que a través de él se expresa el pueblo. Y por supuesto quienes se le oponen, critican o difieren no pueden más que encarnar al anti- pueblo. La idea es sencilla, útil y contundente, ordena los campos y ofrece una épica, inyecta sentido a sus actos y logra cohesionar a sus seguidores que se ven a sí mismos no como agentes de una o unas políticas, sino como militantes de una causa trascendente. El “pequeño” problema es que la idea es una construcción falaz que ha llevado en el pasado y en el presente a la edificación de regímenes autoritarios (de izquierda y derecha). Porque si el pueblo es uno y está unificado, si ya encontró a “sus auténticos representantes” y puede expresarse con una sola voz, ¿para qué es necesaria toda la parafernalia democrática que parte de una premisa que se encuentra en las antípodas de la anterior? Es decir, que en la sociedad existen intereses, ideologías, aspiraciones y sensibilidades distintas y que ellas reclaman fórmulas para su expresión, recreación, convivencia y por supuesto competencia. Ese pluralismo es lo que justifica y genera a los regímenes democráticos y cuando se le niega, bajo el argumento de que el pueblo es una entidad monolítica y que además ya encontró a su pastor, toda la normatividad e institucionalidad que pone en pie la democracia resulta prescindible.

Así, la división de poderes, las facultades acotadas de las distintas autoridades, los tortuosos procedimientos, los contrapesos constitucionales y hasta las libertades y los derechos individuales, pueden aparecer como un obstáculo para el despliegue de la “voluntad popular” que encarna en un solo hombre. De suceder eso –y la esperanza es que la complejidad y diversidad del país sean suficientes para fortalecer los diques a esa pulsión–, la aspiración de unos poderes estatales acotados por el derecho podría deslizarse hacia un poder que ve en el derecho una molestia, un corsé, un antagonista.

A lo anterior hay que agregar el desprecio o la omisión sistemática de lo que en materia democrática se construyó en las últimas décadas y que permitió su propio arribo a la presidencia. Veamos.

La historia borrada

Que existan diferentes lecturas del pasado es natural. Que la jerarquización de los acontecimientos, las divisiones por períodos, la relevancia de las etapas, sean disparejas e incluso enfrentadas, resulta más frecuente de lo que le gustaría a quienes buscan acuñar versiones únicas y definitivas. Pero que de la historia se borre una etapa que en aspectos fundamentales resultó venturosa, preocupa.

La idea de un pasado forjado por tres grandes gestas –la Independencia, la Reforma y la Revolución– está más que extendida y fue alimentada y consolidada por la escuela. Y por supuesto no es una versión artificial. Sin ellas México sería otro. Su simplificación, sin embargo, que cristalizó en aquellas estampitas que comprábamos para hacer la tarea, resultaba elemental, esquemática, maniquea. Era una historia de buenos y malos, típica de afanes pedagógicos. Es esa versión canonizada y simple –no la historia compleja, contradictoria y hasta ambigua– la que parece alimentar el discurso y la visión del nuevo gobierno. De ahí la autoproclamada Cuarta Transformación presuntamente equiparable a las tres anteriores. Una especie de megalomanía por anticipado: antes de ser y hacer, la coronación publicitaria.

No obstante, temo más a la supresión de etapas importantes y productivas que no son valoradas por el discurso anterior. Una en especial –reciente y que incluso permitió que la actual coalición gobernante lo sea– es no sólo ninguneada sino suprimida. Me refiero a la transición democrática que vivió el país entre 1977 y 1997 y a los primeros años de una democracia naciente que forjaron novedades que deberíamos valorar y proteger.

El tránsito del monopartidismo fáctico al pluralismo; de elecciones sin competencia y organizadas de manera facciosa a comicios disputados, construidos de manera imparcial y en condiciones equitativas; de un mundo de la representación habitado por una sola fuerza política a otro colonizado por una diversidad de expresiones; de una presidencia (casi) omnipotente a otra acotada por distintos poderes constitucionales; de un Congreso subordinado al Ejecutivo a otro vivo y marcado por una dinámica pluralista; de una Corte inerte en cuestiones políticas hasta volverse un auténtico tribunal constitucional. Más la ampliación y ejercicio de las libertades, más la emergencia de una sociedad civil con agendas y reivindicaciones propias, más la creación de instituciones autónomas con tareas específicas y un impacto positivo en la dinámica del poder, más la naturalización del pluralismo como una realidad asentada y rotunda, configuran una germinal democracia que permitía y permite la coexistencia-competencia de la diversidad política. No obstante, todo ello es sustraído del relato oficial. Da la impresión que no sólo no se aprecia ese cambio, sino que se le desprecia y que se añora el despliegue de un poder presidencial sin contrapesos.

Cierto, las novedades democratizadoras fueron opacadas porque simultáneamente la corrupción y la impunidad colorearon el espacio público, porque una ola de violencia creciente devastó familias, pueblos, zonas enteras del país, porque la economía no fue capaz de ofrecer un horizonte laboral y/o educativo a millones de jóvenes, porque las ancestrales desigualdades no fueron siquiera atemperadas. De tal suerte que el proceso democratizador significó poco o nada para muchos y generó incluso una nostalgia por un poder unificado y sin contrapesos.

México requiere atender la “cuestión social” porque sin ello seguiremos siendo un archipiélago de clases, grupos y pandillas con escasa “cohesión social”, un universo de desencuentros mayúsculos. Pero México es también un país complejo, contradictorio, moderno, que porta visiones, intereses, ideologías y sensibilidades disímiles y que reclama un formato democrático para procesar sus diferencias. En esa segunda dimensión mucho se avanzó en el pasado reciente. Y ojalá la nueva mecánica de la política no acabe por tirar al niño con el agua sucia.

Porque si algo se ha fortalecido en los últimos años son las variopintas organizaciones de la sociedad civil que expresan de manera contrapuesta las pulsiones que emergen de un país igualmente discordante.

La vilipendiada sociedad civil

La sociedad civil se convirtió por unos días en la manzana de la discordia. La colocó en ese lugar el Presidente. Me temo que la incomprensión es mucha. Por ello, olvidemos por un momento la palabreja. El asunto es elemental pero esencial.

Imaginemos un país contradictorio, plagado de desigualdades y dificultades. Con rezagos en distintos campos, escasamente integrado, con enormes diferencias regionales, cruzado por aspiraciones desiguales, con profundos problemas de corrupción y una estela de violencia desgarradora, cuya economía es incapaz de ofrecer un horizonte productivo a millones de jóvenes y con recursos escasos para afrontar sus retos. Imaginemos un país pequeño, con capas medias amplias, con un basamento de educación, salud y vivienda sólido, sin extremas desigualdades regionales, en el que los delitos son esporádicos y quienes los cometen son regularmente sancionados, en el cual la corrupción está casi desterrada y además cuenta con recursos institucionales y financieros vastos. Los dos han sido impactados por eso que a falta de mejor nombre llamamos modernidad: crecimiento de las urbes en detrimento del campo, incremento en las tasas de alfabetización y educación, desarrollo del sector terciario, diferenciación social, conexiones con el mundo y sígale usted.

Pues bien, en una y otra, a pesar de sus oceánicas diferencias, resultará natural que se creen grupos con preocupaciones y agendas particulares. Empresarios que buscan defender y ampliar sus intereses, trabajadores que intentan proteger y aumentar sus conquistas laborales, asociaciones que pretenden combatir la corrupción, institutos que llaman la atención sobre la devastación de los recursos naturales, colectivos preocupados por las violaciones a los derechos humanos, mujeres que desean despenalizar el aborto y otras que las contradicen, abogados que plantean reformas normativas, redes que hacen el seguimiento y critican a los poderes públicos, etcétera.

Esa sociedad que se organiza, que expresa preocupaciones, elabora análisis y propone soluciones es a lo que llamamos sociedad civil. Se trata de un universo discordante, con intereses diversos, con muy diferentes grados de organización, que produce asociaciones poderosas y marginales, con recursos enormes o famélicas, especializadas o no, con gente honorable y pillos. No es sinónimo de bondad ni de perversión. Es un terreno de confrontación. Hay de todo: agrupaciones de izquierda y derecha, sofisticadas y elementales, con amplia visibilidad pública o casi invisibles, con poder de convencimiento y/o chantaje y también desnutridas. Pero en conjunto expresan las voces, necesidades y exigencias de una sociedad plural en la que palpitan intereses, ideologías y sensibilidades distintas. Están ahí porque reflejan –de una u otra manera– al coro desafinado connatural a las sociedades “modernizadas”.

Eso hace más difícil la gestión de gobierno. Las agrupaciones vigilan, denuncian, proponen, critican. Pero al mismo tiempo le inyectan densidad y sentido al debate público, fomentan la participación, son un dique contra ocurrencias de todo tipo; un “poder” necesario y funcional. En nuestro caso esa sociedad civil es débil (un porcentaje muy bajo de la población participa en esas organizaciones), pero el tema que emergió con fuerza es el de la actitud de los actores políticos ante ella. Los que aspiran (aspiramos) a una democracia consolidada, ven en la sociedad civil una constelación de agrupaciones que elevan el nivel del debate y la exigencia a los poderes públicos y privados, enriquecen la agenda nacional y robustecen, en su interacción, a las instituciones de la República. No obstante, y ello es lo que preocupa, las pulsiones autoritarias, aquellas que desean encuadrar a la sociedad bajo un solo manto, en una sola ideología, conducirla con una batuta única, ven en ella a un enemigo, precisamente porque esa orquesta discordante no cabe, ni quiere hacerlo, bajo el imperio de una sola voz que presume representar al pueblo sin fisuras.

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