Anaí López, En el viaje

En el viaje: “es una historia de un grupo de amigos muy cercano, contada a partir de sus fiestas”: Anaí López

En el viaje es su novela reciente, contando la historia de un grupo de amigos que parte de la Ciudad de México hacia Real de Catorce.

Ciudad de Mexico, 28 de julio (MaremotoM).- Anaí López es guionista y como tal tiene una gran trayectoria en este oficio. Comenzó en la barra infantil de Once TV, con las premiadas Bizbirije y El diván de Valentina. Fue jefa de escritores en la también laureada XY. Para Argos TV encabezó la escritura de Bienvenida Realidad, Infames, Dos Lunas y ahora de Ana, la comedia de Amazon Prime a estrenarse próximamente.

Escribió en Diablo Guardián y en muchas otras series, documentales y largometrajes, como Los Fabulosos Siete y Sin Hijos, para Corazón Films.

Ahora bien, ¿puede una guionista ser novelista? Una circunstancia la llevó a escribir literatura: el afán de libertad, ese no esperar todos los elementos de producción, los actores, el rodaje, el saber si a un director le va a gustar totalmente tu historia o el tener que hacer una historia conforme al director. Así que ella escribió Quiéreme (Cinco minutos, Quiéreme si te atreves y Quiéreme bien, que conforman la trilogía publicada por Penguin Random House) y que llegó a vender 50 mil ejemplares.

En el viaje es su novela reciente, contando la historia de un grupo de amigos que parte de la Ciudad de México hacia Real de Catorce.

Los siete tienen vocación por la fiesta y por diversas sustancias, personas y cosas, entre ellas el amor que comparten y que es su ancla en la vida. Ahora van camino al desierto. Un evento inesperado los fisuró y los impulsó a honrar la promesa de hacer juntos un viaje al interior, donde podrían reencontrarse o perderse para siempre.

–¿Escribir tanto para una historia de amigos?

–Sí, implicó muchísimo trabajo. Ya sentarme a escribirlo fueron dos años, pero pensarla, hacer notas, me llevó bastante tiempo. No la quería terminar. Cuesta mucho trabajo terminarla, me entró mucha ansiedad, lloré mucho, estableces muchos vínculos con los personajes y la historia.

–Háblame de los personajes y de la historia

–La historia van de siete amigos que van a Real de Catorce. El tiempo presente de la historia. A partir de ahí se cuentan los 10 años previos de amistad de estos cuates que se conocen cuando estaban terminando la Prepa. Algunos de ellos se conocieron en misiones, haciendo el servicio social. Sólo uno de ellos continuó interesándose por las cosas sociales, pero todos los demás se volvieron bastante reventados. Es una historia de un grupo de amigos muy cercano, contada a partir de sus fiestas.

Anaí López, En el viaje
Orgullosa de su cuarta novela, una escritora que tiene muchos lectores. Foto: MaremotoM

–Lo que haces es que también cuentas lo que pasa en México

–Sí, es cierto. Real de Catorce por otra parte es fuera de serie. El desierto es absolutamente loco. No tenía pensado ir en principio, cuando empecé a escribir. Pero luego tuve necesidad de ir. Son como tres fiestas que marcan un poco el hilo de la historia y quería que la tercera fuera distinta, como un encuentro, un poco más espiritual, se me ocurrió Real de Catorce, porque estaba el peyote y me fui. Creo que por eso salió tan larga.

–¿Qué cuentas de México?

–Los siete personajes son de la Ciudad de México, nacidos aquí, tengo tres libros premios que cuentan la historia de una adolescente también chilanga. Ahora los personajes son veinteañeros, es lo más apegado a la realidad que me ha tocado a vivir en los últimos años. La historia comienza en el 2004, en plena Guerra del Narco, más en forma en el 2008 y eso está como entretela. La legalización, la prohibición, de todo eso se habla. No se trata de eso, se trata de los siete chavos, obviamente se ponderan esos temas.

–Está escrita en un lenguaje absolutamente cotidiano

–Yo soy guionista de oficio. Creo que es una herramienta que tengo y que funciona mucho a la hora de escribir diálogos. Desarrollo escenas, también, porque el oficio me obliga a pensar visualmente. Quisiera pensar que los diálogos mantienen el interés en la novela, se lee rápido y está divertida.

–¿Qué significa verla impresa?

–Es mi cuarta novela. Nunca una emoción como el primero, más que verla impresa, es muy aterrador cuando eso sale, sobre todo el proceso es padrísimo. Distinto al del guión, porque siempre trabajas en equipo, estás en una mesa de escritores, esto es solitario. Mucho más libre. Yo empecé a escribir novelas por eso, estaba un poco harta que me dijeran que no se podía, que no había dinero, que no se podía grabar en tal lugar. La literatura es vastísima por eso, puedes decir lo que quieras. Es como una libertad incomparable. Este es un libro y así está bien.

–¿Cuál es el personaje más cercano a ti?

–Yo tenía ganas de escribir personajes masculinos fuertes, en los libros previos hay personajes masculinos pero muy secundarios. El más entrañable para mí es un viajero, que se dedica a andar de rol por el mundo, trabajando en lo que sea y es el personaje que representa un amor prohibido hacia otra de las chicas. Es una maestra normalista, porque en sus juventudes idealizó la pobreza en México, decidió ser maestra para ayudar a alfabetizar este país, pero al final terminó dando clases en una privada. Es un poco ver cómo estos personajes parten de ciertos ideales, de ciertos puntos de partida, y se va trastocando mucho la cosa, conforme uno va creciendo. En la adolescencia eres libre de cagarla, pero a los 20 ya no tienes tanta libertad. Todos mis personajes son adictos a algo. Hablar de adicciones es algo delicado, hablo de adicciones a la ligera, pues todos son dependientes de la comida, de las redes sociales, del tabaco, de los unos a los otros. Tampoco era mi intención al hablar de las adicciones entrar a este mundo oscuro.

–Juntas a los amigos en dos vehículos

–Son ellos, es su crecimiento, sus familias, sus chambas, pero sobre todo su vínculo, de ellos contra ellos y a favor de ellos. Hay un evento muy fuerte que casi los fisura. Vamos a ver si se recomponen o si se destruyen. Nuestras vidas están labradas con el punzón de nuestros afectos, es así cómo vamos mapeando la vida.

–¿Es una novela juvenil?

–La anterior, la trilogía, era para jóvenes, pero no me gusta pensar en términos mercadológicos. Fui publicista un tiempo y salí curada de espanto de esa movida. Quién sabe en qué manos caiga.

Anaí López, En el viaje
El destino de siete amigos en Real de Catorce. Foto: MaremotoM

Fragmento de En el viaje, de Anaí López, con autorización de Grijalbo.

VIERNES

1

Javiera Durán mira llover desde el asiento trasero del Peugeot. Son las siete de la mañana y el tráfico en el Periférico hacia la salida a Querétaro va casi detenido. Javiera y sus amigos salieron hace media hora de casa de Lorenzo en la colonia Nochebuena. La idea era salir desde las cinco precisamente para brincarse el tráfico matutino, pero se les fue haciendo tarde por una cosa y por otra. Ahora están secuestrados en este Peugeot raspado y sucio y en una Liberty que viene tres coches atrás, rodeados de automovilistas resignados a los que todavía les queda al menos una hora en el tráfico antes de llegar a sus trabajos, y que meten el acelerador, el freno y después el scroll en el celular, a ver qué hay de nuevo cinco segundos después de haberlo ojeado por última vez. Javiera también suelta el celular en el asiento después de checar por enésima vez Twitter, Facebook, Instagram, Snapchat y el último like de la última selfie que se hizo contra la ventana llovida y la ciudad gris en el fondo, con filtro Clarendon que siempre resalta muy bien sus ojos color aguamarina y los tonos de su larga melena blonda, natural y sin extensiones. Puso muchos hashtags, pero ninguno dice lo que de verdad estaba pensando cuando publicó la foto. Se supone que aquí había ríos. Río San Joaquín, Río Consulado, Río Magdalena, hace memoria. Río Churubusco, Río Piedad. ¿En qué momento desaparecieron? ¿Por qué? ¿En qué momento se volvió tan monstruosa, tan seca y tan gris esta ciudad? Javiera se estremece pensando en toda la porquería, uñas y pelos que deben circular por sus entrañas, toda la caca que generan millones de seres humanos todos los días. ¿Habrá manera de saber cuánto es en kilogramos? ¿Lo sabrá Google? A Javiera le da morbo escatológico y piensa en buscarlo, pero le queda treinta y dos por ciento de batería y no quiere gastársela porque no sabe en cuánto tiempo podrá cargar el celular. Cierra los ojos y trata de dormirse pero no puede. Mira de reojo los ejemplares de Podar el alma. Jardinería y meditación que Lorenzo tiene arrumbados en el asiento trasero junto con un montón de papeles, chamarras, paraguas, envolturas de chocolates y botellas vacías de Coca Cola de medio litro, pero claudica en cuanto se da cuenta de que para quitarle el plástico a un ejemplar necesitaría una llave o una pluma o los dientes, y además, a mí la jardinería y la meditación me valen tres kilos de madres, piensa. ¿Por qué seguimos viviendo aquí? Entre puros edificios pinches y árboles atrapados entre cables de luz. Si hay tantos lugares increíbles en el mundo, ¿por qué nos aferramos a vivir atorados entre un muro de contención, un vendedor de linternitas y un río de coches?

—¿Tienes un cigarrito, güera? —pregunta Mauro desde el asiento del copiloto.

—Ya cómprate los tuyos, ¿no?

Mauro no responde y Javi le pasa un Marlboro de su cajetilla pensando que lleva diez años regalándole cigarros a un tipo que tiene dinero suficiente para comprarse una tabacalera.

—Quedamos que en el coche no se fuma, güey —le gruñe Lorenzo desde el volante.

—Eso es discriminación, Lencho —dice Mauro con el cigarro entre los dientes, buscándose el encendedor en los bolsillos del pantalón. Javiera trae uno en su mochila, pero no lo saca a propósito para que Mauro sufra un poco buscando; es su pequeña venganza por su gorronería. Mauro se voltea hacia Javiera otra vez:

—¿Fueguito?

—Cabrones, llevo cinco meses y una semana sin fumar, no se mamen —insiste Lencho.

—Tú eres fuerte, compadre —dice Mauro—. Pasaste de fumarte veinte cigarros al día…

—Treinta —precisa Lencho.

—Y como cincuenta en la peda, ¿no? —dice Mauro.

—¡Más! —dice Javi.

—Más —repite Mauro—, lo lograste, estás del otro lado del arcoíris, man. Eres una mente superior. Puedes soportar que la gente te fume alrededor. Es más. Debes soportar que la gente te fume alrededor. Porque vamos a estar ahí siempre, ¿sabes? Siempre va a haber algún fumador molesto que vas a tener que soportar, no puedes huir de ellos. Así que digamos que ésta es tu prueba de fuego. Por cierto… ¿fuego? —esta vez Mauro extiende la mano hacia Javi sin voltear. Ella sigue reteniendo el encendedor.

—Aquí el único fumador molesto eres tú. Éste es mi coche. Y si a esas vamos, ponte a prueba tú y aprende a fumar cuando nos paremos en la gas, cabrón.

Javi sonríe. Tres segundos después, Mauro empieza a aplaudir.

—Bravo, Lench. Me siento muy orgulloso de ti. Ya no fumas tabaco, pero sigues siendo un adicto al azúcar refinada. Cuando bajes los treinta kilos que te sobran, entonces me vienes a…

—Mauro, párale —interviene Javi, sin éxito.

—¡Azúcar refinada! —resopla Lorenzo—. Lo dice el cabrón que se mete hasta el agua de los floreros.

—Incluyendo azúcar —añade Javiera.

—Se metía. Ahora soy un adicto en recuperación.

—¿Así les dicen ahora a los yonquis rompehuevos?

—A ver, a ver, a ver, estamos haciendo un viaje juntos después de dos años. Hagan el favor de comportarse, chingada madre —suplica Javiera.

—Tres, tres años llevamos sin hacer un viaje —corrige Mauro—. ¿Sabes qué es lo que más me molesta de ti, Lorenzo? Tus flatulencias, cabrón.

—Se callan o me bajo —dice Javi.

—¿Cuánto tiempo llevas sin coger, eh? —continúa Mauro.

—¿Cuánto llevas tú?

—Ya estuvo.

Javiera abre la puerta del coche y se sale al Periférico llovido.

—Esta loca…

Mauro sale tras ella.

—¡Oye! ¡Javiera!

Javi se detiene.

—Préstame fuego, ¿no?

—¡Ay, no mames!

Javi se aleja a zancadas y le avienta el encendedor. Mauro se agacha a recogerlo y se prende el cigarro. Luego corre y la abraza por la espalda para detenerla.

—¿A dónde vas, chata?

—Me voy al coche de Denisse —responde, agitando los pies a centímetros del pavimento.

Irene, Karla y Denisse ven la escena desde la Liberty sin entender nada.

—¿Qué carajos…? —dice Karla.

—No puede ser, acabamos de salir y ya empezaron con sus tonterías —Denisse niega con la cabeza.

—¿Voy? Creo que voy a ir —Irene pone la mano en la manija de la puerta. En realidad quiere salir para fumarse un cigarro. Denisse tampoco deja fumar en su camioneta. Irene ve cómo Mauro carga a Javiera con el cigarro prendido en la boca y se la cuelga por encima del hombro—. Voy. De todos modos esto está parado —dice Irene.

—Espérate —insiste Karla—. Está lloviendo. No les des bola a estos idiotas.

Pero Irene no hace caso, se baja de la camioneta y alcanza a Javiera y a Mauro.

—¿Qué pedo, qué pasa?

—¡Bájame! —manotea Javiera.

Los automovilistas los miran con interés, agradeciendo el espectáculo. No todos los días se ve a una rubia portentosa colgada de cabeza agitando las piernas a la orilla del Periférico. Mauro la baja.

—Pídele perdón a Lencho —ordena Javiera.

—No mames, ya sabes que así nos llevamos, güey. Es como si no nos conocieras —Mauro chupa el cigarro con impaciencia.

—¿Perdón de qué? —Irene se prende su propio cigarro protegiendo la flama de las incipientes gotas que siguen cayendo. En ese momento llega Karla.

—De lo que dijo este idiota —explica Javiera.

—¿Qué dijo? —quiere saber Karla.

Mauro no responde.

—No mames, Mauro, ¿tienes treinta años o tres? ¿Qué le dijiste a Lorenzo? —insiste Karla.

Pero Mauro sigue callado, viendo los coches.

—Le dijo gordo y pedorro —suelta por fin Javi.

Irene se congela. De pronto se pone una mano en la boca, como para no escupir la carcajada. Karla no se reprime y se empieza a partir de risa. Javiera se contagia. Las tres se ríen como histéricas y Mauro le da otra chupada larga a su cigarro antes de volver caminando al Peugeot.

—Locas. Todas locas.

Lencho los ve por el retrovisor sin entender, mientras le da un trago a una botella de Coca Cola. Daría algo por prenderse un cigarro él, pero uno de mota, que tiene lista para armar un toque apenas se le presente la oportunidad.

Irene y Karla se vuelven a subir a la camioneta de Denisse, y Javi y Mauro regresan al Peugeot.

—Que dice Denisse que te vayas más despacito, que no le pises tanto —bromea Javi al llegar al coche.

—Ja —Lencho sonríe sin ganas, mirando el tráfico detenido.

Mauro se sube al coche con el cigarro prendido sólo por molestar a Lencho, pero lo lanza por la ventana en cuanto cierra la puerta. Antes de abordar, Javi toma su celular del asiento, agarra a Mauro de la cara con una mano y con la otra prepara la selfie.

—Volteen, tetos.

Lencho hace cuernos metaleros con la mano. Mauro, con los cachetes estrujados, le pinta dedo al aparato. Javiera se sube al coche y publica la foto con la leyenda #RiosDeAmigos. Le dan noventa y dos likes.

2

—Si todo sale bien, en seis horas y quince minutos vamos a estar en Real de Catorce —Denisse revisa el Waze en su iPhone de última generación. Los cambia cada año, igual que sus coches, para que no se devalúen ni se deprecien.

Una mesera joven y mal encarada con delantal a cuadros se acerca, lista para tomar la orden.

—Le encargo unos huevos rancheros y dos taquitos de maciza, por favor —Lencho le entrega una carta rota y mordisqueada con fotografías de los platillos.

—Yo te pido unas enchiladas verdes y una gordita de chicharrón, gracias —indica Denisse en tono ejecutivo, y se vuelve hacia su teléfono mientras le unta mermelada a un bolillo.

Irene y Javiera voltean a verse discretamente. Denisse lo percibe y está a punto de explicar que en su dieta actual, los fines de semana es libre de comer lo que se le antoje, pero decide ahorrarse explicaciones no pedidas.

—No te mates de hambre —le dijo Irene años atrás, en unos tacos después de una fiesta donde Denisse mordía rábanos de guarnición en un grito depauperado, porque estaba haciendo una dieta espartana—. Es nada más comer bien, güey. De todo, pero poquito.

—Para ti es fácil decirlo, Irene, pesas cincuenta desde que tienes veinte.

—Claro que no, Denisse.

—Yo le pido un panucho —dice Javi.

—Para mí nada más una lechuga, porque me voy a comer el panucho de ella —dice Mauro.

—Ya quisieras, cabrón —revira Javi, bajito.

Todos se ríen.

—Yo unos huevos revueltos con jamón, por favor —dice Karla—. ¿Y me regala tortillas?

—Es que a Karla le encanta la tortilla —dice Mauro, bajito pero audible. Hay risas. Karla le pega con la carta antes de devolvérsela a la mesera.

—Y yo un consomé, ¿le encargo limones y aguacate, por favor? —Irene le entrega la carta a la mujer. Se da cuenta de que Denisse rodó los ojos y explica—: Me la estoy llevando leve con la comida, esta semana no he comido nada de carne.

—Haces bien —dice Karla—, para entrarle a este asunto, lo mejor es comer ligero.

Mauro se termina el panucho de Javi y una tostada de tinga. Su apetito no le pasa desapercibido a Karla. Javiera se come las lechugas que acompañaban al panucho y unas cucharadas del consomé de Irene. Karla piensa que es un avance respecto a hace unos años, en los que Javiera sobrevivía a base de conejitos de chocolate y vino blanco. Denisse le insistió sin éxito que fuera a una clínica de desórdenes alimenticios gracias a la cual ella dejó de subir y bajar de peso estrepitosamente, y ahora se mantiene en un sobrepeso voluptuoso que no consigue bajar por más energía que gasta pensando en lo que se come, se comió, habría de comerse, debería no haberse comido y quizá comerá. Javiera también lo piensa, pero no se lo come.

—¿Cómo le hace la cabrona? No entiendo —se preguntaba Denisse en otra ocasión, años antes, compartiendo con Lencho unas papas fritas de gajo espolvoreadas con queso cheddar en un local de cervezas artesanales.

—No te tortures. Por lo menos tú sí disfrutas la comida.

—Pero demasiado… —se rio ella.

—Está bien, sólo se vive una vez. ¿No? —concluyó Lorenzo.

—¿Pero ya desde ahorita hay que cuidarse tanto de qué comer? No nos vamos a meter el peyote hoy mismo, ¿o sí? —dice Javiera en el restaurante de la carretera.

—“Meter el peyote.” No mames, Javi. Ni que fuera una tacha —la regaña Mauro.

—Perdón. Se me olvida que estamos en un viaje espiritual, hermanos —Javiera se mece y forma una letra “V” con cada mano.

Todos se ríen, pero es cierto que si accedieron a hacer este viaje todos juntos después de tres años, fue precisamente con esa idea.

—¿Tú de qué te preocupas, Mauro? Si ni vas a comer peyote —dice Karla.

—Ya veremos.

—¿No que estás en recuperación y en abstinencia total? —insiste Irene.

—Ya veremos —repite Mauro, críptico, y le roba otro cigarro a Javiera.

Irene y Javi se miran con preocupación.

—¿Y cómo le vamos a hacer, dónde vamos a conseguir los cactos, o qué? —Javiera apaga su cigarro en un cenicero de barro medio roto y de paso remata la última colilla de Mauro, que se quedó prendida.

—¿Pues cómo que dónde? En el desierto —responde Mauro—. Claro que si quieres te puedes quedar en Real de Catorce y tomártelos en malteada con chispas de chocolate y mezcal junto con los turistas pendejos que nomás van al reven.

—Bueno, pero tampoco te enojes —lo molesta Denisse.

—No me enojo, güey.

—Se supone que Claudio contactó a un don que vive en el desierto y nos va a ayudar a encontrarlos —dice Irene, sin poder disimular su entusiasmo—. Vamos a acampar en su rancho.

—Tú estás como si fuéramos a Disneylandia, ¿verdad, pinche Irene? —nota Karla.

—He estado leyendo. Esa planta suena increíble.

—Pero con su respetito, ¿no? —Denisse cruza los brazos.

—Se supone que este don sabe y te acompaña en la experiencia —dice Irene.

—¿Es huichol? —inquiere Denisse—. ¿Será un chamán, o qué?

—Los verdaderos marakanes no andan de guías de turistas —gruñe Mauro—. Para ellos esa planta es sagrada. El culto del peyote es más viejo que las religiones más viejas del mundo.

—Sí. Adam nos platicó mucho de eso —admite Irene.

Hay un amago de silencio incómodo que Javiera rompe de inmediato:

—Pues a mí me vale que el señor este sea huichol o “macramé” o vil mortal mientras sepa qué darme si me pongo malita.

—¿Qué te va a dar, Javi? Te dará un zape, si bien te va.

Todos se ríen.

—¿Tú de qué te preocupas, güera? Te has metido ácidos y hongos, ¿no? Tienes bastante experiencia con psicodélicos —dice Irene.

—Güey, después del pinche susto cuando comí marihuana sin querer, ya me la pienso dos veces pa’ meterme algo diferente.

Lencho, que está sentado junto a ella, la empuja con el hombro.

—Ay, sí, tú, “sin querer” —se sacude las manos tras zamparse una mantecada en dos bocados—. Yo la verdad ya estoy más que listo para comer algo natural, pa’ variarle a lo químico y lo destilado.

—¿Y el fitupish, Gordi? —esta vez Javiera lo empuja con el hombro a él.

—La mota no es un químico, chula.

—Si te contara la cantidad de químicos que le echan a la chingadera panteonera que te fumas… —apuntala Mauro.

—El día que la legalicen y la pueda plantar en mi balcón… —Lencho alza las manos sin terminar la frase.

—Ay, ahora resulta que necesitas permiso para plantar —Karla chasquea la lengua—. Admítanlo, la mayoría de los pachecos son unos huevones. Prefieren comprarle a un dealer que…

—¿Que irme al bote? —interrumpe Lencho—. Yo, la neta, sí —da un trago a su botella de Coca Cola y continúa, viendo a Mauro—: Además, ¿tú con qué jeta me hablas de los químicos que me fumo, cabrón? Cada papel enrollado de ésos que te fumas tú es veneno puro.

—Ah, claro, que dejaste de fumar, ¿verdad, Lench? —pregunta Karla.

—Tabaco, sí. Hace cinco meses.

—Y una semana —agrega Mauro, con sorna.

—Felicidades, güey, qué chido —Karla le aprieta el brazo a Lorenzo.

—Gracias.

—Y ahora se convirtió en ese exfumador de hueva que espanta el humo y no deja fumar en el coche —dice Mauro.

—Como aquí la señorita —Irene abraza a Denisse, quien sólo encoge los hombros.

—La diferencia es que Denisse sigue vendiendo el veneno, aunque ya no se lo meta, ¿verdad? —dice Mauro.

Denisse agarra otro bolillo.

—¿Ya vas a empezar? ¿Tan temprano?

—¿Qué marca llevas tú? ¿Delicados? —pregunta Karla.

—Faros y Chesterfield. Y antes de que empiecen a chingar, sepan que Philip Morris es una de las empresas más responsables con el medio ambiente y la comunidad —expone Denisse.

—¿Con qué comunidad? ¿La de los cancerosos del mundo? —se ríe Lencho.

—La comunidad de los muertos —dice Mauro.

La carcajada es general. Denisse le avienta a Mauro una servilleta sucia hecha bola:

—¿Con qué cara criticas si sigues fumando como fumas, eh?

—Porque soy perramente adicto a la nicotina. Eso significa que estás haciendo muy bien tu trabajo, Denisse. Te deberían dar un bono.

Denisse le pinta huevos con la mano.

—¿Hace cuánto lo dejaste tú, Den? —pregunta Javiera, tratando de distender un poco la cosa.

—En febrero van a ser dos años.

—¡Dos años ya! —Javiera se pone los brazos sobre la cabeza, mostrando su abdomen perfecto para deleite de sus amigos y envidia de sus amigas—. No mames con el pinche tiempooooo cómo se está pasandooooo.

—Ya sé —suspira Irene, tallándose la cara—. ¿Y Claudio ya llegó a Real? —pregunta con el corazón acelerado, intentando sonar casual. Sabe que Denisse la está viendo, y evita devolverle la mirada por temor a delatarse.

—Él voló de Quebec a Chihuahua —explica Lencho.

—Parece que se montó un viaje para unos canadienses por el norte, de ahí jalaba a Real, no sé si en coche o en qué —completa Mauro.

—Así o más exótico el güey —se ríe Karla.

A Irene le molesta que Claudio no le haya dicho nada y que los demás estén tan enterados de sus ires y venires. No es que Irene y él hayan hablado mucho a últimas fechas, pero todavía hace nueve días Claudio le escribió un WhatsApp diciendo “nos vemos en el desierto”.

—Pinche Claudio, ¿hace cuánto no lo vemos? ¿Un año? —Lorenzo hace memoria.

—Vino a México cuando lo de mi mamá —le recuerda Irene—. Y a ver mil pendientes con sus papás —añade con rapidez.

—Ah, claro, es cierto.

Y se hace otro silencio espeso, de esos que urge romper como sea, pero nadie parece decidirse por una frase que logre el efecto hasta que Javiera vuelve a salvar la causa preguntando:

—¿Pero entonces qué hace el peyote, exactamente? ¿Hay visuales? ¿Te disocias? ¿Es como el ácido o diferente?

—No mames, ¿ni siquiera lo googleaste? —la regaña Irene.

—No tuve tiempo, reina. Yo sí trabajo —dice Javiera.

Irene baja la mirada con culpa. De unos meses a la fecha ha estado viviendo de su herencia.

—No mamen, están todos de un picky, güeyes… —Karla le da una mordida a una concha medio dura, pensando que mejor se hubieran quedado en la ciudad y se hubieran juntado para tomar unas chelas y unos mezcales y ya. ¿Por qué aferrarse a hacer este viaje? ¿No estarán forzando las cosas? Tuvieron una época memorable, los años de la universidad fueron increíbles, pero hagan lo que hagan, aquellos reventones legendarios no van a volver.

—Según los libros de Castaneda, el “mescalito” puede responderte cualquier pregunta —comenta Lorenzo.

—¡No, pues hay que preguntarle los números del Melate! —Karla aplaude una vez.

—Jajajajaja.

—Dicen que te hace vomitar, ¿es cierto? —pregunta Javi, con reparo.

—Tú ni te agobies, con tu ayuno de faquir la libras sin guacarear —se ríe Mauro.

Javi se levanta haciendo ruido con la silla, toda sentida. Irene va tras ella.

—Te pasas, cabrón. Te híper mega pasas —lo regaña Denisse.

—¡Güey, no la estaba jodiendo! ¡Es neto que ayunar es lo mejor para que el peyote no te regañe!

—La cuenta, por favor —dice Lencho, y busca su cartera.

Irene se termina el cigarro y se come una menta. Pagan rápido. Tienen práctica de años. Mauro va al baño con su mochila amarilla colgada al hombro. Carajo, ¿no puedes hacer nada bien?, se reprocha. Siempre la cagas, Roblesgil. Siempre. El baño no tiene asiento ni agua corriente, sino un gran tambo de agua con una palangana para jalarle. Hace mucho que Mauro no enfiesta con sus amigos. Sus mayores divertimentos de los últimos meses han sido ir al cine y tomarse una cerveza de repente. Cuando fue al desierto por primera y única vez con Claudio, su amigo desde la infancia, tenían diecisiete años. A Mauro no le fue bien. Se consideraba versado en sustancias psicoactivas, pero la mescalina lo tomó por sorpresa.

—¡A ver a qué horas, chato! —le grita Lencho, tocando el claxon desde el Peugeot.

Mauro se enjuaga las manos con la palangana y se las seca con los jeans. Caminando hacia el coche se prende el sexto cigarro de la mañana y se dice que no debería haber venido a este viaje. María se lo advirtió. Aunque María sabe que no puede prohibirle nada porque prohibirle algo a alguien, en especial a un adicto, no sirve de un carajo. Los ojos de María. Tristes. Un día Mauro se lo dijo:

—Tienes los ojos tristes.

—¿Cómo que tristes?

—Los tienes así… como del perrito al que le duele la muela —y Mauro inclinó la cabeza haciendo un mohín.

María puso la mano sobre su taza de café y contestó, sonriendo:

—¿Y a ti qué más te duele?

3

Irene es la hija única de Raúl Hernández y Anna Hofmann, una austriaca que llegó a México hace treinta y dos años a conocer las pirámides de Teotihuacán, y se quedó porque estaba harta de su pueblito en Austria y de su padre alcohólico “funcional”, aunque ella asegura que fue por amor. Disciplinada y trabajadora a un grado obsesivo, sacó adelante a Irene trabajando como secretaria en la embajada de Austria en México, ya que Raúl era un aspirante a músico que jamás dio el golpe. Anna le guardaba un resentimiento monumental por eso y porque un día descubrió que la engañaba con otra mujer. Cuando lo enfrentó, Raúl se fue con la otra y tan pronto pudo, se casó con ella. Se llamaba Gloria. Anna jamás pudo comprar una gelatina, una mantequilla, escuchar una canción ni estar en contacto con nada ni nadie con ese nombre. Incluso despidió a una empleada muy confiable y eficiente cuando se enteró de que su segundo nombre era Gloria. Con sus padres divorciados desde que tenía doce años, Irene creció dividida. Anna nunca reanudó su vida sentimental y se dedicó a machacarle a Irene en alemán y en español que Raúl las había abandonado y traicionado a las dos. Por mucho tiempo, Irene creyó esta versión y defendió a su mamá, pero en su adultez temprana comenzó a preguntarse si la infidelidad de su padre no tuvo que ver con los eternos reclamos de Anna, con su constante humillarlo y hacerlo sentir menos. Además, lo cierto es que Raúl siempre le cayó mucho mejor. Pese a que su madre nunca profesó la religión, Irene terminó haciendo el bachillerato en una escuela católica porque era más barata que otras escuelas privadas. La escuela ofrecía un servicio social haciendo misiones en Oaxaca, y fue ahí que Irene encontró una válvula de escape y donde su vida dio un salto cuántico. En misiones Irene se sentía en su elemento, se potenció en ella una tendencia salvadora y heroica que siempre tuvo latente.

—Una Navidad cuando era chiquita le pedí a Santa Claus que me trajera un venado con la pata rota para poder cuidarlo —le había dicho a Denisse la noche en que se hicieron amigas. Ambas cursaban el último año de prepa.

—Me estás choreando.

—Te lo juro.

—Estás muy chistosa, pinche Irene. ¿Quieres más?

Irene vio la anforita rellena de vodka con duda.

—Bueno, pa’l frío.

Irene bebió. Era noche cerrada y helaba. Era la primera misión de ambas. Estaban durmiendo en un salón de escuela, junto con otras cuatro chavas y otros cinco chavos; habían tapado las ventanas huecas con cartones, en parte para detener el frío y en parte porque durante el día los niños de la comunidad no dejaban de asomarse para ver qué estaban haciendo los “misioneros”. Entre el frío y los ronquidos de Lorenzo, a quien también acababan de conocer, ni Irene ni Denisse podían dormir, así que optaron por salirse con sus cobijas y ponerse a fumar y a platicar recargadas en la pared de lámina. Reavivaron un pequeño fuego. Había una luna siniestra, que asomaba intermitente entre nubes que no dejaban ver las estrellas. Con la barriga caliente y la lengua floja por el vodka, Irene le preguntó a Denisse por qué había entrado a misiones.

—¿La neta, la neta?

—Porfa.

—Entré por León.

—¿Por León, e-el…?

—El misionero, sí.

—¿Pero él no anda con…?

—Mariana, sí.

Se quedaron calladas un segundo y luego se rieron.

—Los dos llegaron a mi escuela a invitarnos a esta cosa y vi a León y dije: “Yo a éste me lo meriendo”.

—Chopeado en café con leche —dijo Irene.

—Exacto.

—Con mantequilla y pasadito por el horno.

—Obviamente.

Se rieron otra vez. Irene estaba encantada. Le gustaba sentirse grande, hablar de hombres, tomar a escondidas. También le gustó la facilidad con la que se reía con Denisse. Las dos tenían una risa fuerte, desparpajada. Irene empezó a tener novios pronto. Tuvo el primer novio “serio” a los catorce. Pero con las mujeres siempre tuvo amistades raras y fugaces, y con ninguna recordaba haberse reído tanto. A lo mejor era por el vodka.

—¿Y tú qué? —preguntó Denisse.

—¿Yo qué de qué? ¿Me pasas otro?

Denisse le pasó un Alita y a Irene le costó trabajo encenderlo. Denisse se lo quitó, lo encendió en contra del viento y se lo pasó. Soltando el humo, aclaró:

—¿Tú tienes galán, o…?

—Pues… más o menos. Ando saliendo con alguien pero pues… no sé.

—¿Ya lo hicieron?

—¿Eh? Ah… este… no.

Irene era virgen. A veces eso era motivo de orgullo y a veces de vergüenza. En ese momento se estaba sintiendo como una imbécil por serlo.

—Hace poquito estuvimos a punto.

—¿A punto…?

—Pero mi mamá nos cachó.

—Noooo.

Denisse se arremangó la cobija y empujó un poco las ramas con la punta de su bota. El fuego se avivó.

—¿Cómo estuvo, o qué?

Irene se había cerciorado de que Anna, su madre, no estuviera en la casa. El coche no estaba, pero Irene igual recorrió cada habitación para asegurarse. Decidió no ir a su cuarto y quedarse en la sala para escucharla entrar. Cuando ella y el galán estaban sin pantalones, y ella sin brasier, de repente Irene volteó y ahí estaba su madre. Como una aparición, salida de quién sabe dónde y parada ahí desde quién sabe cuándo. Con un cigarro prendido en la mano, como siempre. El galán de Irene volteó dos veces, como en las caricaturas: a la primera no entendió y a la segunda se paró del sillón de un brinco.

—Buenas noches, señora.

—Mi mamá ni siquiera lo volteó a ver —le dijo Irene a Denisse.

—Irene, geh sofort in dein Zimmer, der Jugendlich muss jetzt gehen. Wir müssen reden.

—Irene, sube a tu cuarto inmediatamente. Este joven se va, y tú y yo vamos a hablar. Pero todo esto en alemán. Es que mamá es austriaca —explicó Irene.

—Qué miedo —dijo Denisse—. Me imagino ahí a la Führer…

—Ándale —se rio Irene—. Mi mamá está loca. Dice que todo lo hace por mí, pero lo único que hace es alejarme —soltó el humo de su cigarro. Luego se quitó un trocito de tabaco de la lengua.

—Tu mamá por lo menos te sobreprotege. Mi mamá me odia —dijo Denisse.

—¿Cómo crees que te va a odiar?

—¿Piensas que no existen mamás que odian a sus hijos? Sí existen. Tengo un hermano gay y una hermanita sádica, yo soy la única hija normal que tiene mi mamá, pero como soy gorda, no me soporta.

—De qué hablas, Denisse, no estás gorda.

Irene pensó que además Denisse tenía unas facciones muy lindas. A la luz de la fogata y de la luna extraña de esa noche se veía radiante, con su pelo largo y abundante, y su piel de muñeca de porcelana. Pero prefirió no decírselo. Temió sonar condescendiente o de plano medio lesbiana.

—Mi mamá me cerraba la despensa con llave desde que tenía nueve años —explicó Denisse.

—Nooooo.

—Te lo juro.

—¿Y tu jefe?

—Pfffft… mi papá es otro caso. Se casó con su alumna.

—No manches —Irene abrió mucho los ojos.

—Ya estaba divorciado de mi mamá, pero igual fue una nacada.

Le dieron otro sorbo a la anforita. El último. Irene no sabía si prenderse otro cigarro. Lo hubiera hecho sin pensarlo, pero no quería que Denisse creyera que era una atascada. Irene ya llevaba como siete cigarros y Denisse sólo tres. Al mismo tiempo, Denisse pensaba si abrirse otro paquete de barritas de piña. Ya se había comido dos en la conversación, pero tan discretamente que Irene ni se había dado cuenta. Decidió abrir un paquete de cacahuates y le ofreció a Irene.

—Qué rico, me encantan los japoneses con limón.

—A mí también. Son los mejores —afirmó Denisse.

—Totalmente.

—¿Y qué onda con Adam? —preguntó Denisse de repente, en tono de confidencia.

—¿Adam?

—Hey.

—¿El que dio la plática de Cristo ayer

Alto, blanco y barbado, como buen conquistador llevando el apostolado a los indígenas, sólo que sin barba. Pulsera tejida. La ceja partida por un accidente de infancia, una risa fuerte y clara como cascada.

—Toma tu cruz y sígueme. Toma tu cruz, toma tu dolor, y sígueme. Yo soy el hijo del hombre. Soy tu desvelo, tus lágrimas. Todo lo viví en la cruz, en carne viva, y mi derramada fue la ofrenda de mi amor por ti. Yo soy la palabra. Soy agua viva y te saciaré.

—Habla muy padre —dijo Irene.

—Muy. Tenía a medio mundo echando lágrima, ¿viste? Y luego qué tal cuando al final cada chavito pasaba con él y les iba poniendo su cruz de madera y les decía algo…

—Me mató.

—Sí, ¿no? Estuvo padrísima la primera comunión.

Irene era una católica tardía. Se había aprendido el Padrenuestro hasta los dieciséis años y a veces se le olvidaban partes. Pero sentir que podía hacer alguna diferencia en la vida de gente tan jodida como la de la sierra, hablar con las mujeres y que le sonrieran los niños y le pidieran que los cargara, la ponía como una droga. Lo de Denisse era más una fascinación antropológica que comenzó a desarrollarse cuando se dio cuenta de que León nunca le iba a hacer caso. En las tardes tenían que ir a las casas de lámina con piso de tierra donde vivían hasta siete de una familia en un mismo cuarto a llevarles “la palabra”. Irene, obediente y metódica, lo hacía a pies juntillas; se sentaba en el piso de tierra o ante la mesa que pocas casas tenían y se ponía a leerles fragmentos de la Biblia; pero a Denisse le daba flojera hacer eso así que se sentaba en la hamaca que casi todas las casas tenían y simplemente los escuchaba. De ahí surgió su pasión por el comportamiento humano, que ella tradujo equivocadamente como el interés por el comportamiento de consumo cuando tuvo que elegir carrera poco después, y se decidió por Mercadotecnia.

—¿Sabías que Adam tiene una fundación? —continuó Denisse aquella noche, jugando con la anforita vacía.

—No, ¿de qué? —se interesó Irene.

—Se organizó con unos cuates y se van a los restaurantes cuando cierran a recoger la comida que sobró antes de que la tiren, y la reparten en barrios pobres. Van a uno diferente cada noche.

—¿Neta?

En afán de salvar un área verde, Adam era capaz de seducir con su elocuencia y su sonrisa a delegados, señoras adineradas y jefes vecinales por igual. Si había un deslave, una inundación o un terremoto, era el primero en sumarse a los brigadistas o en organizar envíos de víveres. Armaba proyectos sociales al vuelo, convenciendo a sus conocidos de apoyar gratis: cursos de verano para niños en rancherías, conciertos de guitarra para cárceles y asilos. Se la vivía corriendo y desde los veinte años dormía cinco horas al día.

—¿Y por qué me preguntas qué onda con Adam, o qué?

Denisse se le quedó viendo a Irene con malicia.

—Te digo si te lanzas a la camioneta por la botella de vodka —y agitó la anforita—: Necesitamos refil. Y unas papas.

La camioneta estaba como a diez minutos de ahí, caminando en la oscuridad. Si alguien la cachaba con una botella, podía meterse en un problemón.

—Ok —Irene se levantó como resorte y agarró la linterna. Denisse la jaló de regreso.

—¡Es broma, tonta! ¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Así de… linda.

Y lo dijo con un tono socarrón que a Irene le chocó. Y es que todo el tiempo, todo lo que Irene hacía era para que la gente pensara eso: que era “linda”. Y el que se lo escupieran y se lo espejearan así, sin anestesia, no le gustó. Denisse dijo de pronto:

—Hoy Adam te estaba viendo cañón a la hora de la comida.

—¿En serio?

—Neta.

Irene sintió hormigas por todo el cuerpo, un fogonazo de intriga y de posibilidad. Al día siguiente durante el desayuno se sonrieron, en la tarde Adam llegó a la casa de la familia que Irene estaba visitando y no pudieron irse sin comerse unas menudencias de gallina que a Irene le causaron arcadas, pero que no pudo rechazar porque para aquella familia eran un banquete. Adam se dio cuenta y, caminando de regreso a la escuela, la molestó:

—Vi que te gustaron mucho las menudencias…

Descubierta, Irene se puso roja y se tapó la cara para reírse.

—No te gustaron, te encantaron.

Irene comenzó a soltar lágrimas de risa nerviosa.

—Como que hasta te quedaste con ganas de repetir…

Irene despegó las manos y exclamó:

—¡No friegues! Ahora nomás falta que las repita toda la tarde…

Adam soltó una carcajada. La siguió picando con el tema y siguieron riéndose todo el camino de vuelta a la escuela. Al día siguiente se fueron sentados juntos en la camioneta que los llevó de regreso a la ciudad, hablando sin parar. Se enamoraron tiernamente, eufóricamente, inflamados por la vocación de apostolado y el amor al prójimo. Volvieron de misiones a la sierra de Oaxaca al año siguiente y también hicieron un par de viajes aparte, solos, lanzándose a parajes recónditos de la Sierra Tarahumara donde no se bañaban en dos semanas y regresaban a la ciudad con cinco kilos menos, los pies llenos de ampollas, y un bicho intestinal persistente que a Irene tardó cuatro años en quitársele.

Ahora, diez años después, Irene mira por la ventana del Peugeot de Lorenzo. Cincuenta minutos más allá de la ciudad todavía quedan pinceladas de vida urbana: una vulcanizadora, una tiendita, un bloque de casas todas iguales, con su tinaco y su parabólica, igual de deslavadas que la nostalgia que envuelve a Irene. Daría algo, algo importante, por echar el tiempo atrás. Hace años se siente completamente perdida. Le da miedo comer peyote. Teme no tener la fuerza interna para cabalgar algo así. Para surfear la ola, como solía decir Mauro. Pero se repite que casi siempre que se ha atrevido a hacer cosas nuevas, le ha ido bien. Recuerda la primera vez que fumó mota. Mauro y Lencho estaban ahí, igual que hoy. Lencho va manejando, concentrado, llevando el ritmo de una canción de Moderat con las manos sobre el volante. A Lorenzo le gusta escuchar discos. Si se puede, completos. Odia poner música fragmentada, no tiene playlists y le parece una aberración que alguien tenga una sola canción de Queen y tres de Soda Stereo, por decir algo, en sus aparatos. Es muy alto y corpulento, y cuando Irene lo conoció, usaba una cola de caballo hasta la cintura; ahora lleva el pelo corto, prolijo. Se ve mucho mejor. Además bajó un poco de peso, hasta Denisse lo notó. Una tarde lluviosa en las vacaciones antes de entrar a la universidad estaban ella, Lencho y Adam en un Vip’s tomando café y fumando muchos Camels sin que afuera escampara. De repente Irene declaró:

—Quiero probar mota.

Adam nunca fumó, lo suyo siempre fue la cerveza y el ron. Pero a Irene le daba curiosidad. Durante el último año había crecido en ella la sospecha de que su papá había sido consumidor. Conviviendo ahora con fumadores asociaba el olor, la presencia de encendedores en lugares infrecuentes, tarjetas de presentación cortadas para hacer filtros. Una vez Irene encontró un frasquito misterioso entre la ropa de su papá y Raúl le había dicho “es orégano, mijita”. Lencho por esas épocas fumaba en fiestas y de pronto le regalaban, pero no compraba todavía. Ese día se desvivieron por conseguirla.

—Güey, Lench, la primera vez que fumé mota fue ahí en tu chabolo, ¿verdad? O fue en casa de Denisse…

—No, no. Fue en el chabolo.

Así llamaba Lencho al cuarto de azotea de su casa, donde dormía y escribía con cierta independencia y vistas a los tinacos y los cables, pero también a los volcanes cuando el aire estaba limpio.

—¿Y quién la consiguió por fin? —pregunta Irene.

—Yo meroles, ¿quién va a ser? —Mauro se despereza en el asiento de atrás—. Estabas chistosísima ese día. Te reías como una pinche loca del manicure.

—Jajaja, sí es cierto.

—Te volviste una reventada, pinche Irene —Mauro le da un empujoncito.

—Pasaste de tener años mozos a tener años mochos y de ahí te perdimos —dice Lorenzo.

—Todo fue su culpa —ríe ella.

—No te hagas la mustia. Aguantabas más que todos juntos. Chupabas como cosaca.

—Se me hace que son mis genes caucásicos.

—Entraste a misiones a descubrir a Dios y te hiciste aficionada a la sangre de Cristo —dice Mauro.

—Pinche hereje —se ríe Lencho.

Mauro también se ríe. Le gusta hacer reír. Por un momento se siente casi bien, casi contento, y recuerda esa noche ventosa en Malinalco, durante aquel rave legendario, cuando le entregó a Irene una capsulita rosa fosforescente con un corazón en el centro: “Toma, flaca; éste sí es el verdadero cuerpo de Cristo”.

—Dejen de burlarse de mí —dice Irene—. Todos éramos unos ñoñazos. Sobre todo ustedes dos. Tú con tu look rastafari…

—Corrección —dice Lencho—. Por esas épocas tocaba metal.

Lencho había tenido varias facetas. Cuando usaba el pelo hasta la cintura y camisetas de bandas metaleras, para los amigos era MetaLencho o MetaLench. Luego se fue por el reggae y se convirtió en RastaLench, aunque las rastas no le duraron mucho porque le daban comezón y en la playa siempre olía como a trapo mojado. Después se quedó solamente con el atuendo oscuro, sin estoperoles, cuando le entró por lo dark. En la actualidad, como empleado de una casa editorial, era simplemente GodiLench.

—O GorrrdiLench —dijo Javiera años atrás en un concierto de Plastilina Mosh donde Lorenzo se comió tres pizzas de Domino’s él solo, repitiendo que estaban chiquitas.

—GordiLench es un pleonasmo —replicó Mauro, y a todos les dio mucha risa.

Pocos entenderían por qué Irene y Adam, tan piadosos y virtuosos, acabaron emborrachándose y hermanando con un tipo crispado y tosco como Lorenzo; o con Mauro, un niño millonario que creció escuchando que era genio, pero que se declaró en cruzada contra el sistema desde muy temprana edad. El que más claro lo tiene es justamente Lencho, aunque hay discrepancias. Él recuerda que cayó en misiones porque Topo Gigio, su profesor de Historia de la cultura en sexto de prepa, se lo impuso como condición para no reprobarlo. Era un tipo somnífero y Lencho había optado por no entrar a sus clases. Usaba esa hora para ensayar con su banda. Fue una mala idea porque el profesor era el coordinador de la prepa.

—¿Misiones? ¿No se supone que la educación es laica? —se quejó Lencho.

—No lo estoy mandando para que rece, Lorenzo; lo estoy mandando porque necesita un poco de humildad.

—Y una guitarra eléctrica —susurró.

—¿Perdón?

—Lo que necesito es una guitarra eléctrica, profesor.

Topo Gigio amenazó a Lencho con reprobarlo no sólo de la materia, sino del curso completo. Lencho fue a una junta de misiones mentando madres, listo para largarse. Pero entonces vio a Denisse, igual que ella vio al tal León cuando fue a dar la plática a su respectiva prepa. Después de su primera misión, Denisse se empezó a llevar mucho con Irene, y Lencho se le pegó a Adam, que ya era novio de Irene, para estar cerca de Denisse. Lencho fue muchas veces a repartir sobras de restaurantes a Ciudad Neza y a Chalco para solidificar el vínculo con Adam. Con el tiempo ya no fue necesario y nada más se emborrachaban juntos. Al principio Lorenzo le tiró la onda a Denisse, o al menos él lo asegura, aunque Adam siempre le increpó no dar a tiempo “el garrazo” con ella. Tanto lo repitió que el término quedó acuñado entre los hombres del grupo. Pronto Denisse y Lencho se hicieron buenos amigos, y así se quedaron.

Javiera y Karla no estaban en misiones, pero eran amigas de Denisse desde la secundaria y empezaron a llevarse con sus nuevos amigos. Mauro era el mejor amigo de Adam desde la infancia, y también comenzó a frecuentarlos. Él y Javiera pronto empezaron a andar juntos. Durante aquel primer año de conocerse, solían caer todos a casa de Denisse, que estaba en Tepepan y les quedaba lejos a casi todos, pero tenía jardín y ahí se armaban buenas fiestas. A todos les gustaba la música electrónica y Muse era su religión compartida, aunque en otros gustos musicales divergían y tenían discusiones inacabables. En realidad, lo que más los unía era que tenían una extraña capacidad para hablar y hacerse reír los unos a los otros sin demasiado esfuerzo, y una auténtica vocación por la fiesta, ritual al que siempre asistían acicalados. En los albores de su amistad se veían todos los fines de semana. Empezaban los jueves, en plan tranquilo. A veces en casa de Denisse o en el chabolo de Lencho. El viernes buscaban alguna fiesta. Mauro era un mago en el arte de llevar la noche y siempre conseguía material de primerísima calidad. El domingo crudeaban en la casa de alguno. Si era temporada de fut, iban al estadio.

—De esa época me encantaba que había esta onda de reventar todo el fin de semana por toda la ciudad —recuerda Lencho con nostalgia, al volante del Peugeot.

Mauro coincide:

—De repente llegabas a la primera fiesta del viernes con una banda y llegabas a la segunda y había otra banda, pero llegabas a la tercera del sábado y te encontrabas a gente de la primera, y al final la cuarta era como el after de todos.

—Jajajaja, exacto —sonríe Lencho.

—También íbamos al Ideal —recuerda Irene.

—Y al Mata… —suspira Mauro.

—Y al Milán… —Lencho rebasa un camión.

—Nosotros reventando a lo bestia y tu mamá pensando que andabas enseñándoles a rezar a los niñitos pobres —Mauro se inclina hacia Irene.

—Momento. Yo no enseñaba a rezar “a los niñitos pobres”. Yo les enseñaba la palabra a niñas que parían desde los trece años y no sabían lo que eran unos zapatos —dice Irene, con una mezcla de gravedad y autoparodia.

—Un fin de semana al mes. Los otros tres tú y Adam perdían los zapatos en la peda —señala Lencho.

—Y la Führer era la que se ponía a parir —añade Mauro.

—Jajajaja.

—Mierda —Lencho mete segunda para frenar y pone las intermitentes.

—¿Qué pedo? —Mauro se asoma desde el asiento de atrás.

El tráfico está completamente detenido. Esperan unos minutos hasta darse cuenta de que la cosa no se mueve, y poco a poco todos se bajan de los coches. Denisse se aproxima al Peugeot con su smartphone en alto como si fuera el oráculo.

—Hay una huelga de traileros —anuncia.

—No mames… —dice Irene.

Javiera ve su propio teléfono:

—Sip. En Twitter dicen que hay gente aquí parada desde las tres de la mañana.

—No pus ya valió madres —Lencho mira a su alrededor con apremio.

—¿Y si nos regresamos? —sugiere Karla.

—¿Por dónde, chata? ¿Por aire? —Lencho señala el muro de contención a mitad de la carretera.

—¿Con quién dejaste a Alicia? —Denisse le pregunta a Karla.

—Con Mercedes y con mi mamá.

—¿Le dejaste testamento? Yo creo que ya no la vas a volver a ver —dice Mauro.

Denisse le da un manotazo en el brazo, reprimiendo una carcajada con falso escándalo:

—¡Qué te pasa, güey!

—Estamos atrapados, dudes —declara Javiera.

—No, pues se me hace que me voy a armar un toque —anuncia Lorenzo.

—¿De plano? —dice Karla.

—Pus sí. Vamos a estar aquí un buen rato. ¿Qué hacemos, si no?

4

Lencho se pone a limpiar hierba sobre un recibo telefónico, recargado en el costado de su coche.

—Pero aquí está muy balcón, ¿no? Hay gente por todos lados —Karla mira a su alrededor. La carretera es un estacionamiento interminable. Está nublado y hace frío, pero no llueve.

—Les vamos a terminar convidando, esto en dos horas va a ser como la “Autopista del Sur”, vas a ver —presagia Mauro.

—¿Ésa cuál es? —pregunta Javi.

—Un cuento de Cortázar. Si quieres te lo platico, güeris, hay tiempo.

—Carajo, les dije que esto no era buena idea —se lamenta Denisse—. Güey, yo tengo que estar el domingo en la noche de regreso en México pase lo que pase. Tengo una junta súper importante el lunes en la mañana.

Lencho bufa. Denisse es quien siempre ha cohesionado al grupo, pero le aterra comer peyote y puso mil trabas para no ir al desierto. Curiosamente también puso la camioneta y una tienda de campaña profesional donde caben cuatro. Pero todo con mucha ambivalencia.

Irene está dentro del Peugeot, escrutando un objeto entre sus manos. Es un camafeo con el ojo turco. Pertenecía a una tía abuela suya e Irene lo tuvo guardado mucho tiempo hasta que decidió traerlo al desierto como amuleto. Algo de este obstáculo de la huelga de traileros no le cuadra. No puede creer que un plan tan esperado se trunque de esta manera. No sabe si decírselo a sus amigos, pero lo que la hizo decidirse a ir al desierto fue un sueño. Tan vívido que lo sintió casi como una premonición. Karla, que estudió Psicología, alguna vez le explicó:

—Los sueños nunca anuncian lo que va a pasar. Ésas son supersticiones. Los sueños hablan de nuestros deseos reprimidos.

—Entonces puede que sí anuncien lo que va a pasar —respondió Irene.

—¿Cómo?

—Pues si ves un deseo en tu sueño y lo entiendes, igual y lo puedes cumplir.

Karla se acercó para darle un beso en la sien.

—Jajaja, te amo, pinche Irene.

—¿Qué prefieren? ¿Embotellamiento en la carretera para siempre o comezón en la ingle para siempre? —pregunta Javiera, recargada en el coche de Lorenzo a la orilla de la carretera.

—Jajaja, obvio comezón en la ingle —responde Mauro.

—No sabes lo que dices —dice Denisse.

—Jajajaja.

—A ver, volteen —dice Javi, sosteniendo el teléfono para una selfie grupal—. Vente, flaca.

Irene baja del coche para la foto.

—Si alguien pone cara de felicidad ahorita, lo mato —dice Denisse.

—Hashtag: quitarrisas —Javiera toma la foto.

La selfie es un compendio de risas a medias y perplejidad, aderezado con cuernos, dedos y huevos.

A los cuatro minutos Lencho tiene un porro perfectamente forjado. Se alejan unos metros de la carretera y hacen un círculo para fumar.

—Dense leve, que está potente —les avisa.

—Yo paso, gracias —dice Mauro, con las manos detrás de la espalda.

Lencho le tiende el gallo a Denisse, quien también lo rechaza:

—Yo estoy manejando.

—Vamos a estar aquí un rato, ¿eh? Yo creo que da tiempo a que se te baje —opina Lencho.

En realidad lo que más apuro le da a Denisse es el monchis: la mota siempre le desata un hambre de lobo. Pero la situación es inusual y recuerda que además es su fin de semana libre para comer lo que quiera, así que Denisse le da al porro un par de caladas bien dadas. Se pone a toser.

—Uy, ¿te regañó? —dice Lencho.

Denisse asiente mientras sigue tosiendo. Javiera le pega en la espalda y dice:

—Mota que te hace toser…

—Seguro te ha de poner —completa Mauro.

Denisse se aparta de Javiera y le pasa el toque a Karla:

—Nop —Karla alza la mano y resopla—. No puedo creerlo, güeyes. Me conocen hace milenios y nunca se acuerdan de que no fumo.

—Estás fumando ahorita —señala Irene.

—Pero del que mata y no pone —Karla alza su Marlboro encendido.

—Pero tú haces Ironmans y triatlones y la chingada, ¿no, Karli? Como que fumar tabaco no va con ese perfil —dice Denisse.

—Más bien hago ejercicio para compensar un poco tanta madre que le meto a mi cuerpo.

—¿Y si mejor lo dejas? —sugiere Denisse.

—¿Y si mejor me dejas en paz?

—Uuyuyuy… ok, ok —Denisse se gira, alzando las manos.

—¿Qué tanto te pasa con la mois, o qué? —quiere saber Javiera, mientras fuma del churro con una mano y también sostiene un cigarrillo con la otra.

—Me da sueño, me apendejo, no puedo platicar. Luego hasta me da ansiedad —enuncia Karla.

Javiera le pasa el porro a Irene, y aguanta el humo al decir:

—Chale, qué lástima, Karli.

—Para ti. Yo no la extraño. No puedes extrañar algo que no te cae chido.

—Sí puedes, créeme —dice Mauro.

Irene y Javiera sueltan una risita ambigua.

—A mí se me hace irresponsable manejar pacheco, la neta —dice Karla.

Nadie se atreve a mencionar todas las veces que Karla manejó con copas después de infinidad de fiestas caseras. Lencho replica:

—Yo puedo hacer cualquier cosa pacheco. Puedo cortar cebolla, puedo coser botones, puedo manejar. Se llama tolerancia. Pasa con todas las sustancias. Entre más te metes, menos efecto te hace —explica.

—Sé lo que es la tolerancia, rey —gruñe Karla.

—¿Y entonces para qué fumas si ya no te pone, Lench? —pregunta Javiera, que fuma cuando alguien le ofrece y rara vez tiene en su casa—. Yo con dos jalones ya ando bien high —se ríe.

—Yo igual —dicen Irene y Denisse al mismo tiempo, y también se ríen.

—No es que no me ponga, es que no me inhabilita —explica Lencho.

—Pero sí te pone mucho menos, güey… —incide Mauro.

—Pues sí. Pero si lo dejara tipo seis meses, volvería a ser como la primera vez —argumenta Lorenzo.

—Pero nunca te vas a aguantar seis meses para comprobarlo… —dice Denisse.

—Nunca digas nunca —responde Lencho.

—¿Está abierta la camioneta? —le pregunta Karla a Denisse.

—Vamos, yo quiero agua —responde Denisse, mostrando la llave.

—Yo también. Me va a dar la seca tipo ya —Javiera encoge el cuerpo y se frota las manos mientras las sigue hacia la Liberty.

Vuelven a quedarse solos Mauro, Irene y Lencho. Irene siente los primeros efectos relajantes de la mota mientras ve a sus amigas alejarse y el plomizo interminable del cielo y el parque vehicular. El aire huele a llanta quemada, huevo cocido y un vago recuerdo de Drakkar Noir.

—¿Por qué casi todo el mundo tiene coches grises? —se pregunta en voz alta.

—¿Porque se empuercan menos? —especula Lorenzo.

—Se empuercan igual, pero se nota menos —opina Mauro.

Te puede interesar:  Carolina Caycedo, una muestra que abre el sábado en el Museo del Chopo, defiende a peces y a pescadores

—Por eso me cae bien Karla —dice Irene.

—¿Por qué?

—¿Por qué, de qué?

—Si asocias libremente, hazlo en voz alta, por favor —pide Mauro.

Irene se ríe.

—Me cae bien porque tiene un coche rojo.

—Sí, es atrevida esa Karla —dice Lencho.

—Qué güey te viste, gordo, me cae —dice Mauro.

—¿Con qué? —Lorenzo no sabe de qué le está hablando.

—A ver, ya dinos bien qué pasó con ella.

—¿Con quién?

—Con Karla.

—¿Cuál Karla?

—Forever young… —canta Mauro—. Dios mío, ¿así era yo también cuando era pacheco? Díganme que no. ¿Cómo que cuál Karla? Karla de Tuya, güey.

—¿Nuestra Karla?

—Ésa. Ahí tenías una buena oportunidad. Yo al principio la veía muy… ¿cómo decirlo? Dispuesta contigo.

—Sí. Hasta que se embarazó y tuvo una hija —refunfuña Lencho.

—Porque no te apuraste, chato.

—Lo que nadie sabe es que el verdadero papá de Alicia en realidad es Lorenzo —bromea Irene.

—Jajajaja. Exacto. Es un secreto mejor guardado que los aliens que viven en el sótano de la Casa Blanca —dice Mauro.

—Y del Parlamento Ruso —dice Irene.

—Y de las Tepoznieves de Tepoztlán —dice Mauro.

—Jajajaja, teto.

—¿La convertiste al lesbianismo tú también, gordo? —lo molesta Mauro.

Lencho no se ríe, sigue negando con la cabeza.

—Ya, neta, tengo curiosidad. ¿Por qué no se armó con Karla?

—¿Es en serio? Me estás hablando de hace diez años, Mauro.

—Ya sé.

—¿Qué caso tiene hablar de por qué no me acosté con una morra hace diez años?

—Es que estaba guardando su flor para Berenice —dice Irene en tono cursi, y recarga la cabeza en el brazo de Lencho.

—¡Claro! Bere. Cómo olvidar a Bere —dice Mauro—. Fue Bere, digo breve, pero la quisimos —suspira falsamente.

Irene se ríe y Lencho suelta una trompetilla.

—Pinches latosos.

La verdadera razón por la que Lencho no cedió ante los encantos de Karla y no le puso un dedo encima, a pesar de que ella era bastante liberada sexualmente y una noche Lencho sacó la guitarra y estuvo cantando rolas de Pearl Jam y todo el mundo se fue y ellos dos se quedaron y hablaron hasta el amanecer, fue porque sabía que si lo hacía, lo tenía todo perdido con Denisse. Luego el problema fue que se hizo demasiado amigo de Denisse como para cortejarla. Cuando se lo planteó así a sus amigos (los puros “machines”) un mediodía en el estadio muchos años atrás, usando justamente la palabra “cortejar”, Claudio recitó, haciendo un efecto de altavoz con las manos:

—Señores pasajeros, estamos a punto de comenzar nuestro descenso para aterrizar en la Friendzone…

Todos soltaron una carcajada.

—Cómo chingan.

—El garrazo, mi hermano, hay que dar el garrazo. ¡Con todas las morras te pasa lo mismo! —Adam le dio un zape.

—Tengo un nuevo apodo para Lench: Lent —dijo Claudio.

—Duuuuuuh —vociferaron todos, y se rieron después, como niños.

Esa misma noche, en una cantina de la Escandón y después de varios tequilas, Lencho teorizó que fue gracias a su “friendzonismo” y su no dar el “garrazo” que se había conservado la amistad entre todos ellos y que se había preservado la “banda”.

—Imagínense que me tiro a Karla o a Denisse y sale de la chingada. Hubiéramos perdido a la mitad de los activos femeninos de esta congregación.

—Y si aquí Adam no se hubiera cogido a Irene, ninguno estaría aquí —observó Mauro.

Todos se rieron, Adam tan fuerte que trascendió el escándalo de la cantina y llamó la atención de un par de mesas contiguas: podía tener una risa muy estridente, y brindaron ruidosamente. Claudio se fue diez minutos después, de malas, con algún pretexto.

—Hay otras facetas en mi persona además de mi vida sexual, ¿eh? —dice Lencho, recargado en el Peugeot estacionado sobre la carretera hacia Querétaro.

—¡Es cierto! Hay otras facetas. Cuéntanos de tus grupos musicales —Mauro da dos palmadas—. ¿Cómo se llamaba tu grupo de reggae? ¿Los Man lovers?

—One lovers. A ver. Facetas de mi vida actual.

En ese momento, ven que Denisse, Javiera y Karla vienen caminando de vuelta hacia ellos. Ya hay varios automovilistas fuera de sus autos.

—Oigan, ¿dónde habrá un baño? —suplica Javiera.

—Sí, cómo no, ¿lo quieres con sauna o con bidet? —dice Mauro con acento ejecutivo.

Denisse se parte de risa y contagia a los demás. Irene trata de reírse con ganas, pero no puede. Tiene como oxidada esa función.

—Ya, tetos. Neta me meo —Javiera junta las rodillas con las manos metidas en la chamarra. Ella y los demás voltean a ver el descampado junto a la carretera sin decir palabra—. No mamen, esto es como el parque del violín. Alguien acompáñeme, por piedad.

A los diez minutos de caminar juntas en busca de un lugar para hacer pipí lejos de la autopista y en medio de la nada, Denisse y Javiera se detienen.

—Aquí ya está bien, ¿no? —dice Denisse.

Javiera mira a su alrededor:

—Pus va. ¿Traes papel?

—Agarré kleenex.

—Essso.

—Tú júntate conmigo, mamita —Denisse chasquea la lengua.

—Hazme casita.

—No seas marica. No hay nadie.

Las dos se dan media vuelta, se bajan los pantalones y los calzones, y se colocan dándose la espalda para hacer pipí, vigilando así los flancos mutuos. Es un ritual que han aplicado en diversas playas y campamentos donde han estado a lo largo de los años.

—¿Qué pasó con tu cuchufleto ese que tenías para mear parada? —pregunta Javi.

—Lo di de baja.

—¿Pero sí sirven o no sirven esas madres?

—Pues sí, pero es como incómodo, raro. Es como usar ahí… cosas artificiales. Luego lo tienes que estar enjuagando y no sé qué. Si las viejas no podemos mear paradas naturalmente, pues no meemos así, y punto. Que viva la aguilita.

—Güey, tampoco los tampax y las copas menstruales existen naturalmente y sin ellos nos morimos —dice Javi.

Denisse siempre ha dado bandazos con temas de liberación femenina. Cuando estaban en la universidad, por un buen rato no se depiló las axilas, pero sí el bigote y las piernas.

—¿Cuál es el sentido de dejarte los pelos del sope si te vas a rasurar todo lo demás? —le dijo Irene.

—El tema es decidirlo yo. ¿Ok? No los pinches estándares estéticos machistas. YO decido qué me rasuro y qué no. ¿Va?

—Ok, ok.

Irene apeló a la prudencia y la dejó en paz, pero a los dos meses Javiera le soltó a Denisse a rajatabla:

—Ya rasúrate esos pinches pelos, Den. Pareces la mamá de Tarzán. Así no va a haber pito que se te acerque.

Denisse le dijo que fuera a chingar a su madre, pero a la semana ya no tenía pelos en las axilas y se había teñido los de la cabeza de morado.

Javiera saca su celular.

—¿A poco hay señal aquí? —pregunta Denisse.

—No. Pero mira, la última foto ya iba en setenta y dos likes.

Denisse se acerca y lee la leyenda que acompaña la foto de Instagram: “Sin peyote y en un pedote”.

—No sé si sea la mejor idea del mundo que todos tus followers sepan que vamos a ir a comer peyote, Javiera.

—Dirás íbamos.

—Eso. Íbamos.

Javiera guarda su teléfono en el bolsillo trasero de sus jeans:

—Güey, a todo el mundo le vale madres lo que los demás hagan. Yo puedo ver que un güey se va a inyectar heroína, paso la foto y al segundo se me olvida.

—¿Entonces para qué te la pasas subiendo todo lo que haces?

—Pus no sé, es divertido.

—Me gustó más Plegarias atendidas.

—¿Vas a comparar los cuentos de Javier Marías con un novelón como Corazón tan blanco? Estás loco, Mauro.

—Marías es un gran cuentista.

—También David Foster Wallace es un gran cuentista. Ése no es el punto —dice Lencho.

—¿Entonces cuál es el punto?

—¿Desde cuándo lees cuentos tú, cabrón?

Mauro no responde, fuma recargado en el cofre del Peugeot. Lencho lo molesta:

—Yo me quedé en que “son literatura menor” y que “novela de menos de quinientas páginas no es novela” y no sé qué.

Mauro lee cuentos desde que menguó su memoria y su capacidad de concentración, pero no se atrevería a admitirlo. Siguen esperando que la huelga de traileros se disuelva y el tráfico avance, lo cual no pinta para suceder pronto. Lorenzo limpia hierba concentrado. Tiene lo que queda de su Coca Cola en el cofre del coche, junto a él. No puede evitar fijarse en las piernas muy bien torneadas de una mujer muy fea con un conjunto rosado de corte secretarial que baja de un Athos y se pone a fumar, mirándolos de reojo. Lencho pondera ofrecerle un jalón del nuevo porro que está preparando, para darle variedad a la situación.

—No puedo creer que hayas dejado de fumar tabaco, gordo —dice Mauro.

—Ni yo.

Lencho ya llevaba rato con mucho dolor en la espalda baja que atribuía a su postura para trabajar. Nunca fue al médico y sobrevivió a base de Paracetamol y frotamientos alternados de Lonol y un preparado de marihuana durante meses. Llegó al hospital por otras razones, a donar sangre para la mamá de una compañera del trabajo, y después de informarle que no podía donar, le dijeron que tenía el colesterol por las nubes, a punto de tener un infarto o de hacer un coágulo. En cuanto escuchó la palabra “infarto”, salió y se compró unos parches de nicotina. Engordó nueve kilos, pero pesaba tanto que ya le daba igual. Mes y medio antes de hacer este viaje se puso a dieta por primera vez en su vida. Sigue frotándose Lonol todas las noches, pero ya le duele menos la espalda.

—Entre fumar mota y fumar tabaco no hay ninguna diferencia. En las dos hay combustión y se te joden los pulmones —Mauro tiró la ceniza en el pavimento.

—Pues sí, pero la mota no tiene nicotina, cabrón. Con lo cual no tengo que fumarme treinta toques al día, me fumo dos. Y entre semana, ni eso.

—¿Ya no quemas pa’ ir a chambear?

Lencho niega.

—Ésa ni tu mamá te la cree.

—No tengo mamá, cabrón.

—Ah, sí es cierto.

—La marihuana sola no ha matado a nadie. El tabaco mata a seis millones de personas al año. Este pinche mundo está al revés.

—En serio te has vuelto un militante, ¿eh? Quién te viera.

—Pus ya ves.

Mauro repara en que Lencho está tirando las semillas de la marihuana junto con las ramitas y todo lo que pueda romper o hacer que prenda mal el papel para fumar.

—No tires los cocos, güey —lo regaña.

—No mames, ¿a poco tú los guardas? —se burla Lencho.

—Nunca sabes cuándo te vas a quedar sin dealer y los vas a tener que sembrar.

—Si te quedas sin dealer, te buscas otro o te vas a Uruguay o a Canadá o a cualquiera de los estados del gringo donde la marihuana es legal, cabrón —continúa Lencho.

—Como sí tengo para un boleto de avión… —Mauro se rasca el brazo.

—Y pensar que de morro te fuiste en avión privado a Disneylandia, ¿no?

—Con Mickey Mouse a bordo —Mauro asiente una vez.

—Pinche Mauro… —se ríe Lencho—. Cuando todavía no eras un pinche renegado social que no ha terminado ni la prepa.

—Exactamente, Godi —Mauro clava el anzuelo.

—Oye, yo por lo menos hago lo mío —se defiende Lorenzo.

—¿Escribir?

—Hago libros.

—Hacer libros no es lo mismo que escribir.

—Hago libros —repite Lencho.

—De jardinería y de esoterismo —Mauro da la estocada.

Lorenzo se ha pasado las noches de los últimos quince años leyendo y escribiendo. Terminó la carrera de Letras y consiguió trabajo en una editorial chica, donde trabajó durante años. Luego se fue a una editorial grande, donde gana lo mismo y trabaja mucho más, pero al menos la gente ubica su “marca”. Cada vez escribe mejor, y cada vez le aterra más publicar. Últimamente lo que más seguridad parece darle a Lencho es la coca. La usa nada más en la fiesta y lo hace sentir poderoso, inteligente, fascinante. Pero cuando se pasa, se pone muy idiota. Y en lugar de seducir a las mujeres, las decepciona. Lencho lo intuye. Por eso no trajo ni una grapa a este viaje, aunque a cada rato se arrepiente.

—¿Y ya tampoco escribes pacheco? —pregunta Mauro.

—Poco. Lo bueno es que en la oficina no fumo.

—¿Ya ni te llevas el hitter para darte un jalón a la hora de la comida?

Lencho no responde porque en ese momento lame el papel para cerrar el porro. Empieza a hacerle el cucurucho a la punta y desvía la ráfaga de preguntas:

—¿Y tú por qué andas tan roto, güey? ¿Rockefeller Roblesgil te quitó tu domingo?

—No me hables de ese güey, por favor. Estamos de vacaciones.

Lisandro Roblesgil es el papá de Mauro, un abogado laboral que está podrido en millones. La mamá y la hermana de Mauro salen en revistas de celebridades y forman parte de la crema y nata del jet set mexicano. Renata, la hermana de Mauro, llama a Irene, Lencho y a toda su banda de amigos Los Olvidados. Se casó muy joven en una boda fastuosa y de gran cobertura en prensa, pero cuando quiso concebir un hijo, no pudo. Después de ocho años, tres inseminaciones fallidas y dos episodios de depresión se ha vuelto dependiente de diversos fármacos psiquiátricos. Pero eso no sale en las revistas de sociales.

Lencho insiste:

—No te hagas, Mauro. Seguro ahora tu jefe te está “castigando” con diez mil pesos a la semana.

—¿No me estás oyendo? Mis papás no me están dando un solo pinche peso.

—¿Y de dónde sacaste para dar este rol?

—No sé, yo lo veo colgadísimo —dice Irene viendo a Mauro desde la Liberty.

—Yo no lo veo tan mal, Irene.

—¿Neta? Es una momia, Karla. Ve lo pálido y lo flaco que está.

—Tiene más canas arriba de la frente, eso sí.

Mauro es alto y flaco, pecoso, castaño claro y canoso temprano. Las primeras canas le salieron a los veintidós. Usa el pelo siempre muy corto, pero la barba ha pasado por todos los tamaños. Ahora no la lleva.

—No sé, yo lo veo entero. Ya no anda diciendo desvaríos como hace un año —afirma Karla, mientras revisa su teléfono.

—¿En qué anda, eh? ¿Lo mandaron por fin otra vez a rehabilitación? —pregunta Irene.

—No, creo que está viendo a alguien —Karla está concentrada en la pantalla.

—¿Saliendo con alguien?

—Carajo, otra vez se fue la señal —Karla le pega al tablero de la Liberty.

Irene checa su propio teléfono. Lo que ya casi no tiene es batería.

—Yo tampoco tengo señal. Pero todo bien, ¿no?

—No sé. Mercedes me marcó, no sé para qué.

—No te preocupes, seguro no es nada —la tranquiliza Irene.

—Es que es la primera vez que se queda con Alicia.

—Pero ya la conoce perfecto. Y también está tu mamá, ¿no?

—Sí.

—¿Cuántos años tiene ya Alicia?

Karla sonríe.

—Cumple nueve en diciembre.

—Ahí está, no es como si tuviera dos meses.

—Sí, pues no —sonríe Karla.

Irene se sale de la camioneta para fumar. Al abrir la cajetilla se percata de que tiene colillas: la ha estado usando como cenicero para no tirarlas al suelo.

—Chale, perdí mis cigarros —Irene abre la puerta de la Liberty, levantando sudaderas, chamarras y gorras, con ansiedad.

—¿No son éstos? —Karla levanta una cajetilla de Camel que está casi en las narices de Irene.

—Ah, sí —se ríe.

—Andamos pachequitos, ¿verdad?

—Pssss poquito…

—Jeje.

Karla se sale también de la camioneta para acompañarla a fumar. Ven a dos niños que miran la televisión en una camioneta Toyota. Junto a ellos va sentada una empleada doméstica y adelante el papá o el chofer, es difícil saber. Ambos están absortos en sus teléfonos. Irene le ofrece un cigarro que Karla declina y pregunta:

—¿Y Alicia ha visto a su papá?

A Karla le cambia el semblante:

—Justo se apareció hace poco, en el verano.

—Uffff.

—Ya sabes, hace su grandiosa aparición… ¡tatáaaaan! Alicia se pone toda loca de felicidad y luego el imbécil vuelve a desaparecer.

—¿Otra vez?

—Claro, obvio. Esta vez a Ali el gusto le duró como dos meses. Un día le canceló una ida al cine, al otro sábado igual, y después no volvió a hablar. Misma historia de siempre.

—Chale. ¿Y Alicia no le llama?

—Sé que se muere de ganas, pero se aguanta. Tiene su orgullo la chamaca, no creas —dice Karla, sin poder ocultar la satisfacción que le produce.

Irene suelta el humo pesadamente, negando con la cabeza:

—Pinche Paco.

Una vez Irene leyó que cuando empezó el boom del éxtasis en Estados Unidos, en los campus universitarios proliferaban camisetas con la frase “Don’t get married for six weeks after XTC”. Después de lo que le pasó a Karla, Irene pensó que las camisetas deberían decir simplemente “Don’t have sex on XTC”. Y si puedes, no te beses, no te mires, no nada. Casi le duele la cabeza sólo de acordarse de las horas interminables hablando con Karla, viéndola llorar, decidiendo si tenía al bebé o no, luego decidiendo si le avisaba a Paco, que era amigo (y ni siquiera tan amigo) de Mauro; luego, sin decidirse a contarle o no a su familia. Karla creció con su madre y con su abuela, ambas profesionistas esforzadas; era buena estudiante, y si es fuerte anunciar que estás embarazada a los diecinueve años, peor aún con las expectativas que Karla traía a cuestas. Fueron casi cuatro meses en la indecisión y la tortura. Finalmente un día Karla reunió a sus tres amigas en su casa y les anunció:

—La voy a tener.

—¿“La”? —brincó Denisse.

—La. Hoy fui a un ultrasonido. Es una niña y se va a llamar Alicia.

—¿En el país de las quesadillas? —trató de bromear Javiera, pero Denisse le dio un codazo. Todas estaban como engarrotadas, ninguna se levantó a abrazarla.

—¿Cómo te decidiste? —Irene se prendió un cigarro. Javiera se prendió otro en automático. Karla lo hubiera hecho, pero esta vez se aguantó. Denisse llevaba rato metiendo y sacando la mano de una bolsa de Rucas de chocolate.

—Hablé con ellas.

—No mames. ¿Qué te dijeron? ¿Tu abuela no se infartó? —dijo Javi.

—Las dos se cagaron, pero me dijeron que estaba estúpida si pretendía abortar a estas alturas.

—Sí, pues sí —dijo Denisse, bajito.

—¿Sí pues sí qué? —rugió Karla.

—Güey, yo siempre te dije que si te decidías a no tenerlo le tenías que meter velocidad al asunto.

Karla ya no replicó. Y tampoco les dijo que durante todos esos meses de dilema se la pasó recordando obsesivamente la sensación del pelo de Paco, cortado casi a rape; la suavidad de sus brazos y de sus nalgas, su sabor a tabaco y chicle de uva, la música electrónica sonando a lo lejos, el olor a cigarro encerrado en la tienda de campaña, la forma de sus ojos y la manera en que repetían “wow, wow, wow” mientras se acariciaban sin control. Aquella noche en un rave en Malinalco, legendaria para la banda por otros motivos además de la concepción de Alicia, era la segunda vez que Karla y Paco se veían. Karla no era una belleza clásica, era morena y de nariz aguileña, pero por aquellas épocas usaba un corte de pelo asimétrico y llevaba una arracada en la nariz. A Paco le encantó, y en la fiesta en casa de Mauro donde se conocieron se esmeró por robarle un beso toda la noche.

—Eres eléctrica —le repetía.

Logró besarla ya que Karla iba de salida y el beso los dejó con ganas. Su encuentro en el rave estuvo tan intenso como el encuentro previo y las tachas que se comieron prometían, pero ella no se vino y a él le costó trabajo. No usaron condón porque a Karla acababa de terminar de bajarle y se arriesgó a cambio de no mermar el placer. Embarazarse era posible pero no probable. Ganó la posibilidad.

—Lo que le pasó a Karla es lo más chingón, concebir un hijo en Eme es lo más hermoso que podría pasarle a alguien —dijo Mauro.

—¿Qué estás diciendo, imbécil? —Denisse le dio un puñetazo en el brazo. Estaban esperando en el Péndulo de Perisur tomándose un café mientras Lencho se compraba unos pantalones en el Palacio de Hierro, meses después del rave en Malinalco y casi nueve años antes del viaje al desierto.

—El MDMA es un regalo del hombre para el hombre. Derrumba las barreras que nos separan y nos acerca en una confianza pura.

—Qué poético andas hoy.

—Gracias.

Mauro se prendió un cigarro. Todavía se fumaba en espacios interiores por esos años.

—Es una madre que se fabrica en un laboratorio y que te chupa la serotonina, no le cuelgues medallitas que no tiene, Mau.

—No te chupa nada, tu cerebro secreta dopamina y noradrenalina naturalmente y la metilendioximetanfetamina las libera… —se interrumpió y suspiró—: ¿Neta quieres que te explique toda la psicofarmacología?

—No, gracias, para trabalenguas ya tuve con Bizbirije.

—Yo no sé qué tanto ladras del Eme, si bien que le entras en las fiestas, Denisse.

—Pero el punto es que es ilegal.

—Ajá. ¿Y quieres saber por qué?

—Me imagino que me lo vas a decir.

—Pues sí. Porque la policía antinarcóticos en el gabacho hizo que la OMS la prohibiera cuando estalló el New Age en los ochenta…

—¿La qué? —interrumpió Denisse, y se prendió un cigarro.

—El New Age.

—No, la otra cosa.

—La OMS. La Organización Mundial de la Salud. Y la prohibieron porque todo Dios se estaba dando Molly, sobre todo los psicólogos a sus pacientes. Esa madre estaba abriendo emociones como nada. No sabes lo que esos güeyes lucharon contra la prohibición.

—Pero por algo la prohibieron… —insistió Denisse.

Mauro se llevó la mano a la barbilla, falsamente intrigado.

—Mmmm… curiosamente lo hicieron sin que hubiera un solo caso de intoxicación o de sobredosis, como ha sucedido con casi todas las sustancias prohibidas que te hacen pensar.

—¿Sabes qué estoy pensando? Que quiero otra galleta —Denisse buscó al mesero con la mirada.

Mauro continuó:

—Todas las sustancias que afectan el sistema nervioso son drogas. Estos pinches cigarros que nos estamos fumando, para empezar. Tú misma te la pasas diciendo que te encanta el café.

—Porque es una delicia.

—Y porque tiene cafeína, que también le hace cositas a tu cerebro —Mauro agitó los dedos cerca de la cara de Denisse—. Hasta el perfume que te pones y la cremita que te untas le hacen cositas a tu cerebro, güey.

—Pero yo no me las unto para que me conecten con la humanidad y me revelen los misterios de mi alma.

—Mta.

Denisse bebió de su taza de latte, que entonces tomaba con leche entera y no deslactosada.

—De todas formas lo sostengo, güey. Concebir un hijo en Eme es lo más chingón que le podría pasar a alguien —concluyó Mauro.

—Como tú no vas a mantener a esa niña… Joven, ¿me regala otra galletita de avena? —Denisse juntó las manos, viendo al mesero con gesto infantil.

Mauro rompió un sobre con azúcar, vertió los gránulos sobre un plato y comenzó a hacer trazos con la yema del dedo.

—¡Karla está embarazada, Mau! Em-ba-ra-za-da. Va a ser mamá. Óyete tantito lo que estás diciendo.

Mauro dejó el azúcar, tomó su cigarro y dirigió una larga bocanada al techo sin responder.

—A Karla ya se le jodió la vida —siguió Denisse.

—¿Cómo sabes?

Denisse no respondió. Mauro repitió la pregunta.

—¿Cómo sabes?

Denisse se levantó de la mesa. La madera gastada crujió bajo sus flats.

—Voy al baño.

Mauro le gritó desde su lugar:

—¡Oye las cosas horribles que estás diciendo tú!

Karla decidió avisarle a Paco. En parte lo hizo porque pensó que tenía derecho a saber que iba a ser papá, y en parte porque aquellos “wow” le golpeteaban el vientre y las ideas al tiempo que las células se reproducían. La respuesta de Paco después de un largo silencio fue:

—Estoy a punto de entrar a un examen. ¿Te marco al rato?

Y nunca marcó.

—Oye, güera, ¿y cómo vas con la búsqueda de depa? —le pregunta Denisse a Javi.

—Mal. Todo está carísimo.

Javiera y Denisse están sentadas en una piedra a mitad del descampado, después de hacer pipí. Javiera se fuma un cigarro. A Denisse le dio un poco de taquicardia la mota y quiso detenerse un rato antes de volver al coche.

—Pus es que quieres vivir en la Condesa, madre.

—Ni modo que vaya al cerro, güey. Trabajo en Polanco —rebate Javi.

—¿Le hablaste al abogado que te recomendé?

—Sí. Y me salía más caro un mes de abogado que la renta de un año.

—Dicen que es perrísimo, ¿eh? Deberías darle un shot.

—Denisse…

—Ta bien, ta bien.

Javiera había transitado por un matrimonio breve con un mal divorcio que la había dejado en números rojos y de vuelta en casa de sus papás después de dos años de pelea.

—Puta madre, muero de hambre —suspira Denisse.

—¡Pero si acabamos de desayunar!

—Es el monchis, güey.

—El hambre de monchis es mental —dice Javiera.

—Mi estómago no opina lo mismo.

Javi agarra una rama que está tirada por ahí y se pone a dibujar figuras indefinibles en la tierra. De pronto dice:

—Mi amiga Gema me acaba de conectar una chamba.

—¿De modelaje?

—Sip.

—¿En serio? ¿Dónde?

—Es para una firma de ropa interior.

—¡Qué increíble, güera!

—No sé… me da miedo hacer el casting.

—¿Por?

—Sólo vieron mis fotos, nada en persona. No sé… nadie te agarra de modelo después de los veinte, Den. Yo ya tengo diez más que eso.

—No digas pendejadas, Javiera. Eres una pinche belleza. Ve la cara que tienes.

—Se me están cayendo las nalgas.

—No digas estupideces.

Javiera ha llegado a pensar que llama tanto la atención en la calle como podría hacerlo alguien con una joroba grotesca o con un lunar gigante a media cara. Pero para su buena o su mala suerte, es por ser groseramente guapa que Javi tiene que vivir con las miradas atravesándola todo el tiempo, bombardeada por clichés: “Juventud, divino tesoro”, “seguro es tonta”, “seguro es bien puta”. No es que no le guste ser atractiva. Disfruta mirarse en los espejos, ponerse cualquier cosa, desde un vestido ajustado hasta unos pantalones de pordiosero y verse espectacular, y está consciente de su poder. Pero a veces ese poder la asusta. “Como te ves, me vi; como me ves, te verás…” le repite Susana, su mamá, una exguapa que siempre ha competido ferozmente con ella, y que desde que Javi tiene uso de razón, se las arregla para hacerla sentir culpable.

—Tápate un poquito ese escote, mi vida. Hace frío —le dijo una vez cuando estaban saliendo al atrio de una iglesia después de una boda. Javiera tenía catorce años y llevaba puesto un vestido corto muy parecido a uno que le había visto a Sarah Jessica Parker en Sex & The City. Ya medía el 1.75 que mide hoy.

—No hace frío, ma.

—Tápate que tu papá está viendo para acá.

Javiera nunca entendió ni quiso entender qué quiso decir su madre con ese comentario, pero su expresión y su tono la marcaron para siempre. Javiera no sólo se tapó con el chal que su madre le tendía con insistencia, sino que a partir de ese momento buscó la manera de taparse literalmente, de apocarse, de disminuirse. Fue adoptando así el papel de frívola que no da golpe en la vida y de torpe que mete el pie en charcos profundos y se pierde por Tepito yendo al súper. Siendo una niña eternamente se libraba también de tener que hacerse cargo de su hermanito. Fabio es menor que Javiera y tiene retraso mental; a sus veinticinco años habla y actúa como un niño de cuatro, a muy alto volumen. A veces puede ser muy dulce y tierno y hasta cae en gracia, pero casi siempre resulta profundamente irritante. A lo largo de los años lo han inscrito a toda suerte de terapias, clases especiales y talleres de oficios. Pero a Fabio lo único que le gusta es estar en la computadora, viendo videos.

—Además a mí nunca me ha gustado modelar —dice Javi—. A mí lo que me gusta es la moda, güey.

—Ya lo sé. Eres buenísima, tienes un ojo increíble —la motiva Denisse.

—Sí. Por eso trabajo en una pinche tienda de ropa de judías del terror —se lamenta.

—No tendrías que hacer eso, Javi.

—Güey, piqué piedra vistiendo maniquís junto al pasillo de las verduras por años. No hubo manera de crecer. Tú te acuerdas.

—Pues sí, pero tal vez no has buscado en el lugar correcto. ¿Ya hablaste con mi head hunter?

Lencho se fuma el nuevo porro a unos pasos del Peugeot. La mujer fea de las piernas torneadas comparte ahora cigarrillos con otros dos ejecutivos. Lencho se pregunta si no debería fumar más cerca de ellos para que el olor llame su atención y con suerte atraiga nuevas amistades. De todas formas si alguien llamara a la policía para apresarlo por consumir y transportar estupefacientes, nunca llegaría con este atasco en la autopista.

—Denisse le debería pasar unos kilos a Javiera y así ya se emparejan —dice Mauro, viendo a sus amigas acercarse por el costado de la carretera después de ir al baño.

—Cállate. Serás perfecto, cabrón —le ladra Lorenzo.

—Yo digo que las dos están muy bien, pero podrían complementarse… proporcionalmente.

—Proporcionalmente… qué mamadas dices. Mejor deberías de arreglar tus desmadres y volver a intentarlo con Javi, es lo mejor que te ha pasado en la vida, cabrón —dice Lorenzo.

—Tú no tienes idea de qué es lo mejor que me ha pasado en la vida —Mauro chupa su propio cigarro cien por ciento tabaco.

—Se te fue viva.

—No hables de lo que no sabes, Lencho. Neta.

Lorenzo y Mauro ven cómo Javiera y Denisse llegan a la Liberty con Irene y Karla, abren la puerta del copiloto y segundos después se tronchan de risa de algo. Mauro desea con toda su alma que ocurra un milagro y puedan encontrarse con Claudio, su mejor amigo, en Real de Catorce.

—¿Y qué es lo que extrañas más? —le pregunta Lencho de pronto.

—¿Qué extraño de qué?

—De todo lo que dejaste. ¿El trago, la coca, las tachas…?

Mauro mira sus tenis y niega.

—¿Qué?

—No soy un pinche fenómeno de circo, cabrón.

—Perdón.

—Tengan tantito pinche respeto, carajo.

—Ya, ya estuvo, lo siento, güey. Perdón.

Lencho se da la vuelta para dirigirse a la camioneta y ofrecerle una fumada a sus amigas, cuando escucha que Mauro dice:

—El ácido.

—¿Qué? —Lorenzo voltea.

Mauro lanza la colilla al asfalto, la pisa y responde, casi para sí:

—Lo que más extraño es el ajo.

* * *

Horas después, todos están metidos en la Liberty. Se terminaron unas galletas Marías blandas y medio rotas y unos Rancheritos que Denisse se compró en la tienda de la caseta después del desayuno y que Irene y Javiera reprobaron en silencio en ese momento, pero agradecieron muchas veces en voz alta hace un rato. Hay menos de la mitad de una botella de agua de medio litro y una lata de cerveza tibia que todos se pasan como si fuera el santo grial. El mayor pánico es que se están acabando los cigarros, y los demás automovilistas están cuidando los suyos. Ya jugaron todos los juegos de cartas que pudieron jugar dentro del coche, porque para colmo siguió lloviendo intermitentemente y ni siquiera pudieron usar el cofre como mesa. Ahora Mauro tiene un papel pegado en la frente con el nombre de un personaje y tiene que adivinar quién es.

—Ok. ¿Soy hombre o mujer?

—Sólo puedes preguntar cosas que se respondan con “sí” o “no”. A los diez “no”, vales madres —explica Irene.

—Ok. ¿Soy hombre? —pregunta Mauro.

—No —responden todos.

—Soy la madre Teresa de Calcuta.

—Jajajaja, ya cabrón, esto es serio —dice Javi.

—¿No soy la madre Teresa?

—No, güey.

—Ok. ¿Estoy viva o muerta?

Javi responde:

—Muerta.

—¡Sólo podemos contestar sí o no! —la regaña Karla.

—Uta perdóoooon, güey —Javi exagera el tono fresa.

—¿Puedes dejar de escribir en tu teléfono? Me desconcentras —pide Mauro viendo a Irene, que lleva un rato tecleando en su celular.

—Estoy viendo lo de mi mudanza y se me va a acabar la pila —explica Irene sin quitar la vista de la pantalla del teléfono—. Además estoy pacheca y me tardo el triple en redactar. ¿Se dice “el servicio debía ser contratado” o “debería ser contratado”?

—Depende de si ya lo contrataste o si apenas lo vas a contratar —dice Lencho.

—Y el que lo desparangaricutirimicuarice será un gran desparangaricutirimicuarizador —recita Denisse.

—Jajajajajaja.

—¿A poco ya te vas a Mérida? Qué rápido —dice Lorenzo.

—La semana que entra —asiente Irene.

—O sea, en tres días… —observa Mauro.

Irene vuelve a asentir, marcadamente.

—¿Cuándo empieza tu maestría? —pregunta Lencho.

—El otro lunes.

—Qué fuerte. Es el fin de una era —suspira Karla.

Javiera siente un hueco en el estómago. En parte es por hambre y en parte porque no tiene ganas de ahondar en la idea de que su amiga se va de la ciudad, así que sigue molestándola:

—Es que se tarda en escribir porque escribe mayúsculas, minúsculas y abre y cierra los signos de interrogación.

—Oh, pues. Es deformación profesional.

Risas. Irene deja por fin el teléfono:

—Ya, ya. Listo, ya estuvo.

—Ok. Sigue preguntando, Mau —dice Karla.

—A ver. Quedamos en que soy mujer y estoy muerta. ¿Soy actriz?

—No —dice Lorenzo.

—¿Soy cantante?

—No —responde Karla.

—¿Entonces qué chingados soy?

Lencho lo zapea:

—¡Síguele! Pregunta más cosas.

—Quiero un cigarro.

—No se puede. Estamos en escasez. Quedamos que cuando termináramos este Quién soy —lo reprime Irene.

—¿Sabes quién soy? Soy el que va a arañar las vestiduras si no me salgo a fumar ahorita.

—Aguántate, chingá. Sé un hombre —lo reprende Lencho.

—Llevas cuatro “no’s” —precisa Karla.

—Oh, pérense.

—Pregunta cosas coherentes, cabrón —dice Lencho.

—Oigan, ¿y si se nos acaba el agua y la comida, y esto no se mueve nunca, qué vamos a hacer? —interrumpe Denisse, en paranoia.

—Estamos en la carretera a Querétaro, no en el desierto de Mongolia, alesbiánate —dice Karla.

—Jajajaja.

—Sí, no pasa nada —Lencho le aprieta un poquito el cuello. Denisse sonríe.

—En el peor de los casos aplicamos el canibalismo —Mauro hace como que le muerde un brazo a Javiera.

—Sigue preguntando, Mauro, antes de que se te vaya el pedo —dice Karla.

—No se me va el pedo, ¿ok?

—Bueh…

—A ver. ¿Soy africana?

—No —responde Karla.

—¡Sí! —corrige Irene.

—¿Sí? —duda Lorenzo.

—Totalmente africana —asegura Irene.

—Háganle caso a la Miss —recomienda Javiera, viendo a Irene.

—Llevas seis “no’s” —dice Karla.

—¡Ni madres! Sigo en cuatro.

—Cinco —concede Karla.

—¿Salgo en libros?

—Sí —responden todos.

En ese momento a Mauro se le despega el papelito de la frente y se cae. Todos se abalanzan para recuperarlo.

—¡No! ¡Pérate! —exclama Karla.

—¡Aaaaa!

Mauro se tapa los ojos.

—No vi nada.

—¿Seguro? —dice Denisse.

—No soy un tramposo, güey, te lo aseguro —responde Mauro, serio—. Si quisiera ver, ya hubiera visto en el espejo.

—Ok, ok, vale —dice Irene. Luego revisa su teléfono y anuncia—: Oigan, los dones de la mudanza me están pidiendo mi ubicación, pero yo no estoy en mi ubicación sino en otra ubicación… ¿veldá?

—Jajajaja.

—Puedes jalarla de Maps y se la mandas por WhatsApp —sugiere Denisse.

—A ver…

Mientras Irene vuelve a maniobrar con su teléfono, Javiera lame el papel y se lo pega de nuevo en la frente a Mauro. Él se lo refuerza y recapitula:

—A ver. Estoy muerta, soy africana y salgo en libros. Si salgo en libros, eso significa que soy famosa.

—Muy —dice Irene —viendo su pantalla.

—Famosísima —agrega Javiera.

—¿Soy medio puta?

Todos se ríen.

—Sí, más o menos —dice Lencho.

Denisse respinga.

—¿A ver, por qué?

—Ok, no eras bien puta —corrige Lencho—. Digamos que tus maniobras en la alcoba afectaron el destino de…

—¡Le estás dando pistas! Cállate, teto —Javiera le agarra el brazo.

—Ya sé quién soy.

—¿Quién? —dicen todos a la vez.

—Soy Cleopatra, emperatriz de Egipto —anuncia Mauro.

—¡No mames! —Karla se lleva las manos a la cabeza, impresionada.

—¿Sí o no?

—¡¡Sí!! —gritan Denisse y Javiera.

—¿Cómo supiste? —se ríe Lencho.

—¡No mamen! —Irene ve su teléfono con los ojos como platos.

—¿Qué pasa? —Denisse se alarma.

—El Waze dice que aquí adelantito hay una salida. ¡A doscientos metros! —Irene levanta la vista de su teléfono y señala la carretera.

—¿Neta? ¿A ver? —Lorenzo agarra el celular de Irene para ver el mapa—. Es una salida a Tula —precisa, incrédulo.

—¿Y para qué queremos ir a Tula si vamos a Real de Catorce? —dice Javiera.

—¿Prefieres seguir parada aquí hasta mañana? —rezonga Mauro—. Vámonos a donde sea, pero a la verga de aquí.

—De acuerdo —dice Lencho.

—El Waze dice que la carretera a Tula nos saca adelante de este desmadre —señala Karla, viendo su propio celular.

—¡Chingón! —dice Irene.

—¿Pero cómo salimos de aquí? —dice Javi.

Todos descienden de la camioneta. El Peugot y la Liberty están estacionados en el carril de alta velocidad, completamente rodeados de coches y camiones, todos parados. No hay forma de pasar.

—Yo digo que nos la juguemos —dice Lencho, con tal envergadura que nadie le rebate.

Un minuto después, Denisse está al volante de la Liberty y Lencho del Peugeot. Los demás le van pidiendo permiso a los coches y los camiones para que se hagan un poquito hacia delante o hacia atrás, a la derecha o a la izquierda, para que los vayan dejando pasar. Un trailero se agazapa en su asiento cuando Irene le pide que se mueva.

—Por favor, señor, ¿qué le cuesta? —suplica Irene.

El trailero emite un sonido ininteligible, negando con la cabeza.

—Ese trailero amarguetas no se quiere quitar —Irene informa a sus amigos.

—Es la filosofía mexicana de si yo me jodo, que se jodan todos, qué asco —dice Denisse.

—Ha de llevar aquí diez horas. Seguro está cagado —opina Karla.

—¿Y a mí qué que esté cagado? Si ese güey no se mueve, no salimos —protesta Lencho.

—¿Qué hacemos? —pregunta Javiera.

—Me va a oír ese pendejo —dice Lencho, enfilándose hacia el trailer. Irene lo detiene.

—Espérate, Chench, eso no va ayudar.

—Que vaya alguien que no traiga una gafa mortal, por favor —pide Karla.

En ese momento se les acerca un treintañero con barba de candado y camisa a cuadros que va cargando a un niño como de dos años, dormido sobre su hombro.

—Están intentando salir al acotamiento, ¿verdad? —les pregunta.

—Sí, pero ese trailer no se quiere quitar. Si no se mueve, no salimos —le explica Denisse.

—Pendejo… —murmura el padre de familia. A Lencho le cae en gracia que maldiga frente a ellos y hasta piensa en regalarle un poco de su marihuana, para que se dé un chill más tarde, cuando llegue a donde sea que vaya.

—¿Entonces? —Mauro señala el trailer—. ¿Quién más se rifa?

Karla y Mauro acompañan al padre de familia con todo y niño en brazos, pero regresan con malas noticias:

—Está dormido —dice Karla.

—¡Dormido mis huevos, se está haciendo! Ya me colmó este imbécil, me va a oír —declara Denisse, y acto seguido se dirige a la ventanilla del trailer, decidida y misteriosa. En menos de un minuto, el trailer se empieza a mover. Denisse regresa con una sonrisa triunfal.

—¿Qué hiciste? —le pregunta Irene mientras se sube corriendo a la Liberty junto con ella.

—Billete mata choro —ríe Denisse—. ¡Vámonos!

Mientras se sube al Peugeot, Karla exclama:

—¡Real de Catorce, toma dos!

—Jajajaja.

Pronto están en el acotamiento y luego en la desviación hacia Tula. El padre de familia y su hijo van tras ellos en un Clío, seguidos de un par de coches más. En todos se celebra la hazaña. Irene aprieta el amuleto de su tía con una sonrisa. Tal vez su sueño sí resulte ser un presagio, después de todo. Lorenzo no se acordó de regalarle mota al papá.

5

Denisse le echa las luces a un Ford Fiesta que viene despacio en el carril de alta.

—Muévete, brother.

El Fiesta titubea pero se mueve finalmente al carril central y Denisse puede acelerar otra vez por el de alta. Después de un largo rodeo por carreteras aledañas despobladas, salpicadas de matorrales, piedras y zonas industriales, finalmente han retomado el camino hacia San Luis Potosí por la autopista 57, que rebana el país. Karla, Mauro y Lencho van en el Peugeot; Denisse, Irene y Javiera, en la camioneta.

Y porque brillas al caminar mientras amarras tu pelo y piensas en cantar…

La Liberty no es de Denisse, es de su hermano Diego. Denisse maneja una Jeep Patriot del año que la compañía le presta mientras esté en sus filas y que ella podría comprar si quisiera, pero hasta ahora no ha querido. Tampoco quiso llevársela al viaje, dada la naturaleza de la excursión. Dos días antes le dijo a Lencho por teléfono:

—¿Y si nos agarra la policía ahí con el peyote y la compañía sale embarrada?

Lencho la llamó exagerada, pero ella prefirió no correr riesgos. La Liberty es más añosa y no trepa a 120 kilómetros por hora en tres segundos como el “avión” de Denisse.

—No manches, es un milagro —Denisse sigue festejando la hazaña en la autopista—. Nos llegamos a quedar parados cien metros más adelante, y ya no alcanzamos a salir.

—Estuvo cabrón —repite Irene, que también sigue alucinada.

—¡Qué churro que viste esa salida!

—Más bien qué tetos que no vimos el mapa antes.

—Bueno, eso sí —se ríe Denisse.

Irene toma un trago de agua y mira por la ventana la tarde y el paisaje transformado.

—Me gustan los cielos del Bajío.

—¿Por?

—Las nubes son súper bajas. Y como planas de abajo… como si volaran sobre una charola invisible.

—Alguien sigue pacheco —se ríe Denisse.

—No taaaanto.

—Nah.

Irene se ríe y voltea a ver a Javiera, que viene dormida en el asiento de atrás. Perdida, babeando.

—Ésta ya se fundió.

Denisse la ve por el espejo retrovisor.

—Sácale una foto ahorita y súbela a Instagram.

—Jajaja, qué mala —Irene voltea de nuevo—. Se le va a torcer el cuello, pobre.

—¿Entonces Alicia ya va a cumplir nueve años? ¿Neta? —pregunta Denisse.

—Neta. ¿Pues cuántos creías que tenía?

—No sé, como cinco… qué cabrón se ha pasado el tiempo.

—Ya sé —Irene mira sus manos.

—Yo siento que se empezó a pasar en chinga desde que terminamos la universidad. Antes de eso el tiempo iba lentísimo y de repente, ¡fum! en chinga. ¿Por qué será?

—Yo creo que conforme tienes más años, el marco de referencia es más amplio. Cuando tienes seis, dices “es que cuando era chiquita fui al funeral de mi abuelita…” y eso fue hace un año. Se te hace mucho porque has vivido muy poco.

—Claro —dice Denisse.

—En cambio ahora, empiezas a hablar de hace cinco años, y hace diez y hace quince… cada vez son bloques de tiempo más chonchos.

—Ya sé. Qué horror.

—Ni pex, manita. Así es esto.

—¿Neta nueve años cumple Alicia?

Irene asiente.

—O sea, ¿ya le va a bajar, o qué?

Irene se ríe. Juega a quitarle y ponerle el plástico a su cajetilla de cigarros.

—Cuando Karla se embarazó ya nos conocíamos, ¿verdad?

—No chingues, Denisse. Se embarazó en el rave en Malinalco. ¡Ahí estabas! ¿Qué pedo con tu memoria?

—No me regañes. ¿Cuánto tiempo llevábamos de conocernos cuando fue ese rave?

—Un año más o menos, y Alicia nació en diciembre del siguiente.

—Sí es cierto, un escorpioncito. ¿O es sagitario?

—Creo que sí, sagitario. A ver, memoria de teflón. ¿Dónde nos conocimos tú y yo?

—Este… ¿en casa de Lench?

Irene se lleva una mano a la cara:

—No mames. No puedo creerlo.

—Sí me acuerdo, sí me acuerdo, no te sulfures. Fue en la misión esa de la comunidad que estaba junto al río, ¿no? La de los guajolotes.

Irene eleva las manos.

—¡Gracias, Dios mío!

—Nos salimos a fumar porque Lorenzo estaba roncando y estuviste horas contándome de Adam.

—Corrección. A mí en ese momento Adam todavía me valía madres y tú me dijiste que yo le gustaba.

—Ay sí, ahora resulta que yo fui la que te lo echó a andar, ¿no? —se ríe Denisse—. ¿De quién era amigo Paco, el papá de Alicia? ¿Tú te acuerdas?

—De Mauro.

—Ah, claro, Karla y él se conocieron antes en una peda de Mau.

—Exacto.

—Por un momento pensé que la peda había sido de Randy.

—No, a Randy lo conocimos después, cuando Adam empezó a subirse a la ambulancia —aclara Irene.

—¡Ah, claro! ¡Randy era el chofer de la ambulancia! ¡Ya no me acordaba de eso! Qué loco que a Adam le dio por subirse a una ambulancia…

—Los sábados. No le bastaba con las dos carreras y sus mil cosas —Irene le pone el plástico a la cajetilla y recuerda algo que la hace sonreír—: Una vez un ahijadito suyo de la sierra, un chavillo ahí que apadrinó en su primera comunión, se empeñó en que Adam le hiciera su disfraz de pastorela. Se estuvo toda una noche pegando plumas con Resistol en una tela.

—¿De qué era el disfraz?

—De búho. Hazme el favor.

—¿Desde cuándo hay búhos en las pastorelas? —Denisse se extraña.

—El cura que la montó era muy creativo.

—No mames —Denisse se ríe, cambia la velocidad y rebasa a un Ibiza. Hace mucho que adelantaron a Lencho, quedaron de encontrarse en la siguiente caseta. De pronto aventura—: Hacía mucho que no hablábamos de él, ¿no?

Irene encoge los hombros.

—Cada vez me cuesta un poquito menos.

Denisse desprende una mano del volante y le aprieta la mano a Irene un momento:

—Eso está chingón —regresa al volante y suspira—. Alicia ocho años. Uf. Eso significa que ya son diez desde el rave en Malinalco…

—Nueve —precisa Irene.

—Qué locura esa fiesta, ¿no?

—Fue mi primer rave. Y mi primera tacha —dice Irene.

—¿De veras? ¿No fue en Ixtapa?

—No. Ahí ni pude chupar, estaba con antibióticos por lo del bicho ese que me dio en la sierra.

—Sí es cierto, ya me acordé. Esa tacha de Mali te cayó fatal, ¿no? Me acuerdo que estabas bien trabada.

Irene todavía se acuerda de la ansiedad, el no saber dónde estar ni cómo estar y más bien no querer estar en ningún lado, el chocar de dientes y el dolor de las manos por no poder dejar de estirar los dedos como si fueran membranas de pato.

—Irene, tienes que relajarte —le había ordenado Javiera—. Tienes que dejar de controlar. Deja de controlar, güey. Deja pasar al placer. A ver, toma agüita.

Por esas épocas, Javiera era la reina de la fiesta, una psiconauta experta. Las drogas sintéticas le caían de maravilla. En ese momento difícil del viaje, cuando la sustancia está explotando y de repente hay quien no se acomoda con la situación, bastaba que Javiera volteara a verlo con sus ojos azules, casi negros por la dilatación de las pupilas, o se le embarrara en un abrazo dulce y perruno para aliviar cualquier malestar. Siempre sabía qué hacer. Cuándo dar agua y cuándo dar una cuba. Cuándo poner a la gente a bailar y cuándo a respirar. Cuándo netear. Mauro nunca fue así. Pensaba que el viaje de cada quien era el viaje de cada quien y entera responsabilidad de quien lo surcaba. Si alguien se ponía en sus manos para una excursión psíquica podía llevarlo bien, pero no perdía tiempo con novatos ni con gente “mal calibrada” —como él decía—. Con Irene hizo su mejor esfuerzo, pero su instrucción de “surfear la ola” no funcionó y más bien contribuyó a potenciar el mal rato. Aquella vez tocaban Hallucinogen, Skazy, Total Eclipse y otros músicos que nunca habían estado en México. Javiera y Mauro estaban vueltos locos, brincando por el inmenso jardín que por cincuenta horas alojó a tres mil asistentes, sus tiendas de campaña y un centenar de baños SaniRent, insuficientes. Por esos días Javiera y Mauro estaban enamorados. Su relación era explosiva, siempre se peleaban y se mandaban al diablo con la misma intensidad con la que se reconciliaban. Pero esa noche no discutían, sólo volaban a toda velocidad en las alas de Cupido, completamente salidos. Mauro se había delineado los ojos; Javiera llevaba puestas unas alas de libélula que ella misma había fabricado.

—Me dejaron sola, culeros —le dice Irene a Denisse en la Liberty, y arranca el aluminio de su cajetilla para comenzar a cortarlo en pedacitos.

—Yo te estuve buscando, pero te perdí la pista como dos horas —se justifica Denisse—. Güey, se iban a madrear a Adam, ¿no te acuerdas?

Adam había ido por agua y chelas en el peor momento. Dejó a Irene encargada con Javiera justo cuando le empezó a reventar la tacha, y en la fila de las bebidas, que era larguísima, Adam se puso a platicar con una chava que resultó ser novia de un raver.

—Un güey súper agresivo, ¿no? Me contó Adam que estaba pasadísimo, súper acelerado —dice Irene.

Denisse hace memoria.

—Como si se hubiera metido anfetas o speed o algo más fuerte —añade Irene.

—Es que había cada chaca-raver en ese lugar… —dice Denisse.

—Sí, no, una fauna… ¡Y qué atasque de gente! Yo me acuerdo de esos SaniRent y me dan arcadas —Irene arruga la nariz y saca la lengua—. El caso es que en un segundo el raver este de las rastas güeras ya había sacado a Adam de la fila de las chelas, y entre él y otro lo hicieron salirse al estacionamiento.

—¿Ah, sí?

—No sé. Eso me contó Adam después —aclara Irene.

—No sé, yo de lo que me acuerdo es que de repente ya estábamos todos ahí afuera. No sabes qué miedo.

—Y que Adam se los choreó a lo grande, ¿no?

Denisse ignora la pregunta y sigue narrando:

—La vieja por la que empezó todo nada más repetía “cálmate, Max, cálmate…”.

—¿Se llamaba Max?

—O Rex o alguna mamada así… “Nada más estábamos platicando, Max, ya, güey, todo cool, todo cool”, y el tipo se la espantaba como mosquita —describe Denisse.

—¿Pero qué les dijo Adam?

—¿De qué?

—Me contó que se los choreó, creo que con alguna parábola de Jesús o algo así.

Denisse arruga la frente, tratando de recordar.

—Yo no llegué a eso. Yo sólo vi que Lencho y Mauro se metieron y pararon el pedo antes de que empezaran los madrazos.

—Órale —dice Irene—. Pero acabaron brothers, ¿no? Y el rastudo hasta le acabó regalando a Adam un guato de mota.

—¿Ah, sí? Yo no vi eso.

—Pero tú estabas ahí, ¿no?

—¡Además Adam ni fumaba!

—Pues se lo ha de haber dado a Lencho o a Mau —supone Irene.

—¿Pero tú dónde estabas? Cuando se terminó el desmadre todo el mundo te andaba buscando y no te veíamos —pregunta Denisse.

Irene voltea sutilmente para comprobar que Javi siga dormida en el asiento de atrás.

—Estaba con Claudio —confiesa Irene.

—¿Ah, sí?

—Esa noche lo conocimos. ¿Te acuerdas? Venía recién llegado de España.

—Ah, sí. Era la época en que hablaba como gachupín.

Cuando la dejaron sola a mitad del rave y de su malviaje iniciático con MDMA y otras sustancias dudosas que contenía esa pastilla de éxtasis, Irene, quien incluso encontrándose en estados alterados era incapaz de abandonar su sentido práctico, decidió quedarse en el mismo lugar y no perderse buscando a la gente. Traía puestos unos pantalones prestados con estampado de piel de leopardo, un top imitación cuero y un chaleco rojo que sí era de ella y que de pronto le dio un calor insoportable. Al tratar de quitárselo, el cierre se atoró. Desesperada, intentó sacárselo por la cabeza. Fue justo en ese momento que Claudio la vio por primera vez. La imagen le pareció cómica y enternecedora. Nadie los había presentado. Reconoció a Irene porque Adam le había mandado fotos.

—No sabes la chava que conocí —le había dicho por Skype, mordiéndose los nudillos de las manos entrelazadas.

—¿Está buenísima o qué? —Claudio se estaba comiendo un bocadillo de calamar.

—Llora después de coger.

Claudio empezó a reírse.

—No mames, ¿pues qué haces? Aplícate, cabrón.

—Jajajaja. No, idiota. Llora de emoción.

—Hey. Tranquis. A ver, aguanta —Claudio se aproximó a Irene para ayudarla.

Irene tenía el corazón desbocado. Estaba tan puesta al ver a Claudio que pensó que era una especie de truco visual causado por la tacha. Claudio la ayudó a desatorar el cierre y a quitarse el chaleco. Al hacerlo emergió un rostro pálido con las pupilas dilatadas y expresión de pánico, los rizos castaños empapados en sudor.

—Eres Irene, ¿verdad? —ella asintió—. Soy Claudio.

En ese momento todo le hizo más sentido a Irene. A ella también le habían hablado mucho de Claudio. Tanto, que había soñado con él antes de conocerlo. Hubiera querido decir algo, pero no podía ni hablar, tenía la mandíbula tensa y rechinaba los dientes sin control. Claudio la vio tan mal que le dijo:

—¿Quieres salir de aquí?

Irene asintió. Claudio la tomó de la mano y se abrió paso entre la gente alejándose de la música. Estaba sonando un psycho trance muy intenso y Claudio pensó que eso podía estar contribuyendo al malestar de Irene. En el camino hacia la salida, agarró una botella de agua de la hielera de unos desconocidos. Pasaron junto a una chica con la cabeza completamente rapada y tatuada, vestida toda de negro, que bailaba con otra con rastas hasta los pies; bordearon y atravesaron grupos con toda clase de tatuajes, perforaciones, sombreros, gorros rastafaris, gorros vietnamitas y atuendos híbridos entre el punk, el reggae y psicodelia de los sesenta. Una fauna que hervía y bailaba sin parar tomada por la música y por diversas sustancias de alta y mediana potencia. Se detuvieron cerca de un enorme laurel alejado en el vasto jardín. El fresco le sentó bien a Irene, que se dejó caer de rodillas sobre el pasto. Claudio repitió la misma indicación de Javiera:

—Respira.

—No puedo —respondió Irene, clavando las uñas en la tierra.

—Respira como los bebés, infla la pancita. Despacio.

Así lo hizo Irene varias veces. Mientras tanto Claudio miraba a lo lejos, a ver si lograba divisar a Adam o a Mauro.

—Es tu primera pasta, ¿verdad?… Tu primera traca.

Irene respondió:

—No sé qué me pasa. Todo el mundo me dijo que esto era lo máximo, que me iba a sentir feliz y no sé qué.

—No te preocupes por lo que todo el mundo te dijo. Eso vale madres. Respírale. Toma agüita —giró la rosca.

Irene tomó la botella abierta y se la empinó. Claudio la detuvo.

—Pero poquita… traguitos, traguitos. Eso. Si tomas mucha, te puedes sentir mal.

—Claudio te hizo un paro, ¿verdad? —dice Denisse en la Liberty.

—No te imaginas, Den.

—Se siente bien el pastito, ¿verdad? —dijo Claudio.

Irene afirmó con la cabeza, planchando el pasto con sus manos muy abiertas y tensas. Claudio se sentó a su lado y se prendió un cigarro. La cara de Irene se iluminó. Claudio se dio cuenta.

—¿Quieres uno?

—Porfa.

El cigarro le supo delicioso a Irene. Fumando con los dedos muy estirados, por momentos sentía que empezaba a tranquilizarse y disfrutar, pero al segundo siguiente la angustia volvía a oleadas.

—No puedo.

—¿Qué no puedes?

—Todo se ve… todo se oye…

Claudio sabía que lo mejor que podía haber hecho por ella era tocarla, dejarla sentir al menos sus manos, que descubriera el placer del contacto físico que detona la sustancia, pero no era apropiado. De repente tuvo una idea.

—Mira, toma —dijo mientras sacaba un pequeño iPod gris y desenredaba unos audífonos. Ayudó a Irene a ponérselos, y giró el buscador para ver la lista de canciones, pero no supo decidir si a Irene le gustaría más Airbag o Astounded; cambió a la función de playlists, pero no sabía si a Irene le gustaba el punk o el rock en español o la selección llamada España profunda que un amigo vasco le había pasado.

—Respírale. Toma agüita —repitió.

Pero en ese momento Irene se levantó y se echó a caminar sin dirección. Claudio fue tras ella, la alcanzó, le ayudó a ponerse los audífonos, y disparó con la primera canción que soltó el Ipod. A los pocos segundos, Irene cerró los ojos, volvió a arrodillarse y mientras acariciaba el pasto, empezó a cantar con un hilo de voz, muy desentonada:

—I’ve got you under my skin… I’ve got you…

Y ladeaba la cabeza y tensaba la mandíbula. Claudio sonrió. Cuando viajó al sur de México con su familia por primera vez, en un Atlantic con asientos de plástico imitación piel que se calentaban demasiado y hacían que se le formaran charcos de sudor en las corvas, uno de los cassettes que sus papás ponían hasta el cansancio eran los éxitos de Ella Fitzgerald.

—So deep in my heart you’re really a part of me… —siguió Irene.

Claudio le puso una mano en la cabeza con calidez, la quitó de inmediato y se preguntó dónde podría conseguir una cerveza. Acababa de llegar y estaba completamente sobrio y muerto de sed. Irene se recostó en el pasto y comenzó a rodar sobre sí misma. Claudio reaccionó a tiempo para quitarle del camino una piedra puntiaguda, volvió a preguntarse dónde estaba Adam, y luego pensó que nunca en su vida había sentido unas ganas tan desesperadas por abrazar a una mujer.

—¿En serio nunca se lo contaste a nadie? —pregunta Irene, con un montón de pedacitos de aluminio desperdigados sobre su regazo en la camioneta.

Denisse no responde, sólo niega con la cabeza. La pregunta la irrita y la ofende.

—Ándale, tú síguele por ahí, pinche Irene.

—No te lo estoy …

Comments are closed.