En la casa de María Álvarez a Ibargüengoitia lo llaman “Ibar”

Abrió la Feria del Libro de Guanajuato la exposición “Jorge Ibargüengoitia, un montoncito de objetos”, donada por el hijo de Joy Loville, Trevor Rowe. Aquí la explicación de una muestra que nos llega al alma.

Guanajuanato, 6 de abril (MaremotoM).- A la estudiante madrileña María Álvarez le encanta decir que Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) tiene un poco de sangre madrileña, sobre todo decirlo en Guanajuato, donde nació y de donde sacaba ese “guanajuatense distritofederalizado” con el que hablaba.

Sabemos que en esa ciudad murió, a los 55 años, acompañado por otros intelectuales de gran renombre, por caso Ángel Rama y más allá de ese tremendo accidente de avión, “se salvaron solo siete”, cuenta María, a ella ir a una clase sobre su literatura la enamoró perdidamente de esas letras que “es cierto, podrían parecerse en su época a Jardiel Poncela, amaba además a Don Quijote y creía que La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín, era una novela descomunal”.

Lo cierto es que esta joven, que habla de un escritor desconocido en España, le ha dedicado todos sus estudios y pronto, con una tesis dedicada al espacio en la obra de Jorge Ibargüengoitia (ella está dispuesta a demostrar que si no hubiera sido mexicano él no hubiera sido escritor, tan condicionante fue para el autor de Relámpagos de agosto y Las muertas, entre otras, este país) la convertirá en Doctora en Letras y Doctora en Jorge Ibargüengoitia.

Para ella es natural, pero para su familia que ni siquiera sabe pronunciar su nombre un poco curioso. “Ya le dije a mi madre que le dijera “Ibar”, que era como Usigli sugería que fuera llamado”, dice.

“Lo importante es cómo lo están leyendo los jóvenes –dice María-, con esa escritura breve, fragmentaria, esa ironía tan propia de nuestro tiempo”, opina.

En Guanajuato, la ciudad de Jorge Ibargüengoitia –un autor que Álvarez considera “único, con algunos que pueden ser parecidos a él, pero no él”, dice-, la flamante doctora escribió una nota sobre la exposición de objetos personales del escritor y que abrió la Feria del Libro de Guanajuato.

Jorge Ibargüengoitia y la exposición. Con María Rosa Domenella y María Álvarez. Foto: Especial

EL ESCRITOR Y SU IDEAL

Hace unos meses fueron donados a la Universidad de Guanajuato por Trevor Rowe -hijo de la pintora Joy Laville- una serie de objetos personales que pertenecieron al escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia. En agradecimiento a Rowe por su contribución, la Universidad de Guanajuato ha organizado una exposición permanente que se inaugura en el marco de la Feria del Libro 2019, para acercar este material inédito al público cuevanense.

La muestra, que lleva por título “Jorge Ibargüengoitia, un montoncito de objetos”, puede visitarse a partir del 5 de abril en la Librería de la Universidad de Guanajuato. Esta exposición permanente se inaugura con las conferencias magistrales de la Dra. Ana Rosa Domenella y el Mtro. Luis Palacios, grandes conocedores de la obra ibargüengoitiana.

Los materiales son significativos por lo mucho que nos hablan del escritor; desvelan aspectos íntimos que dibujan un Ibargüengoitia familiar, relajado y feliz. Quien se acerque a la exposición podrá observar el álbum de fotos familiar de los Antillón, familia materna del escritor, célebre en Guanajuato por su participación en acontecimientos históricos de la región y por el poder económico y social que algún día gozaron. Sorprende el número tan elevado de fotos que se conservan de una época en la que pocas familias podían permitirse una cámara fotográfica: las imágenes hablan por sí mismas y son el reflejo el alto nivel adquisitivo de la familia en época porfiriana. Lo que en ellas se retrata es variopinto y simbólico: muestra a los Antillón, con vestimenta ostentosa, en grandes eventos, bailes, plazas de toros; también en días de cacería, en estampas domingueras en el rancho de San Roque y en la casona solariega del Barrio de la Presa. Se pueden apreciar fotos de la familia en su viaje a Europa, montando en tren y barco. Roma, París y Madrid también aparecen en las fotos, evidenciando que, además de ricos, los Antillón eran una familia culta que tenía mucho mundo.

Entre las fotos turísticas, las de eventos familiares y las postales, encontramos varias imágenes con un gran potencial artístico. Prácticamente todas las fotos tienen como protagonistas a las mujeres de la familia; nos recuerda al “matriarcado” que refiere Ibargüengoitia constantemente: “Yo, hombre, era inferior a las mujeres que me alimentaban, me bañaban, lavaban mi ropa, me daban órdenes, me enseñaban a coger la cuchara, me contaban cuentos sobre el origen del universo y después me enseñaron a leer y a escribir y por fin, una historia de México en la que la Corregidora era más importante que el cura Hidalgo”. Tal y como revela el álbum familiar, las mujeres son las auténticas protagonistas del clan Antillón.

De las múltiples páginas que presenta el álbum, solo en las últimas encontramos algunas fotos del niño Ibargüengoitia: en ellas aparece junto a su madre, Luz Antillón, en el patio de la casa de la Presa –residencia a la que se mudaron tras la muerte de su padre cuando él solo tenía ocho meses-, o montado en un caballito de madera. Son fotos tiernas que nos acercan a un Ibargüengoitia inocente y muy feliz. Sorprenderá lo reconocible que es el escritor, ya que conserva las mismas facciones que le caracterizarían en su vida adulta.

Desafortunadamente, el álbum de los Antillón termina con las fotos infantiles de Jorge Ibargüengoitia; sin embargo, para seguir dibujando los recuerdos vitales del escritor, tenemos otro de los materiales legados a la Universidad de Guanajuato: el cuaderno rojo. Se trata de una libreta de fotografías bastante inusual y, por ello, interesantísima: junto a las imágenes presenta anotaciones, recortes, flechas y marcas. El escritor emplea incluso la técnica del collage, ofreciendo un toque artístico a este cuaderno que es, en realidad, un diario de viaje. El cuaderno reúne las fotos de la estancia en Iowa City que realizaron en 1976 el escritor y su esposa, Joy Laville, gracias a una beca de la Universidad de Iowa (International Writing Program). Sobre este viaje diría Ibargüengoitia en su crónica “¿Sabe usted cómo es Iowa City?”:

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De cualquier manera, debo admitir que los motivos que tuvimos mi mujer y yo para aceptar esta invitación fueron principalmente negativos: vamos –dijimos- a pasar cuatro meses en un lugar que no se parece a nada de lo que conocemos, al que nunca se nos ocurriría ir por nuestra cuenta.

Imaginábamos una llanura –las llanuras de la imaginación son más planas que nada-, con milpas secas y unos nubarrones. Por supuesto que cuando llegamos, el lugar nos pareció maravilloso. El terreno es ondulado. Desde mi ventana, a la derecha, la carretera sube una cuesta y remonta una colina arbolada. Mero enfrente está un parque, que cuando llegamos parece un Hyde Park en chiquito, ahora los árboles están sin hojas y el suelo nevado.  A la izquierda, el río Iowa hace una curva —ahora está congelado y los que se atreven patinan en él—. Este paisaje que empezó paradisíaco y ha ido cambiando todos los días hasta convertirse en un páramo, ha sido el telón de fondo de una de las temporadas más satisfactorias de mi vida. Nadie me quiere creer –si te vas a un pueblo del Middle West y dices que estás encantado, estás loco, dicen mis amigos de México-.

En esta Olympia podemos suponer que escribió Los pasos de López (1981). Foto: Jaime Romero

En efecto, el cuaderno es una evidencia de lo feliz que resultó esa etapa en la vida de la pareja. Las fotos muestran al escritor desenfadado, en reuniones con amigos, paseos en barco, excursiones turísticas y fiestas: nos encontramos ante un Ibargüengoitia divertido, amistoso y relajado, que borra por completo la imagen de escritor “insociable” que él mismo promovía.

La nota que abre el cuaderno sentencia “El escritor y su ideal”, título simbólico pues señala la intimidad que esconden esas páginas. Joy Laville es coprotagonista de este cuaderno: la relación entre ambos se percibe serena y sólida; juntos trabajan, pasean y se divierten. Las fotos vienen acompañadas de títulos, a veces poéticos, a veces burlones, pero siempre literarios y en la línea ibargüengoitiana. Las explicaciones que ofrece de algunas fotos reflejan que, en su vida cotidiana, el escritor era tal y como le define su obra literaria. Capta la esencia del momento reflejando lo anecdótico, que es una seña de identidad ibargüengoitiana. Así, ante una foto tomada a un compañero durante una fiesta, el autor comenta: “Darío poseído por el ritmo”, frase que remite al lector de Ibargüengoitia a la Pampa Hash de La ley de Herodes (1967), esa amante que avergüenza al narrador por bailar alrededor de un bailarín experimentado “como Mata Hari alrededor de Shiva”.

El viaje a Iowa data de 1976 y es de suponer que, por esas fechas, el escritor se encontraba ultimando los detalles de su novela Las muertas, publicada un año después por Joaquín Mortiz. En la exposición encontraremos también la traducción al inglés de Las muertas (The dead girls), llevada a cabo por Asa Zatz. Es interesante observar los problemas de traducción que se presentan ante determinados mexicanismos. La traducción de Zatz nos remite a la crónica “La pitolaca y el pirul”, en la que Ibargüengoitia comparte estos conflictos idiomáticos:

El señor que está traduciendo una de mis novelas me manda pedir que le explique qué cosa es pirul. Primero pensé que es ridículo que alguien no sepa lo que es un pirul, después me fui sobre el Diccionario y allí lo más cercano que encontré fue pirulí y bálsamo del Perú.  Tuve que inventar una definición.

El manuscrito mecanografiado de The dead girls viene acompañado de tres cartas. La primera, fechada el 15 de enero de 1980 y dirigida al académico mexicano David Erlij, es una negativa editorial hacia la obra por parte de Karen Braziller, fundadora de la editorial neoyorkina Persea Books. La segunda carta, de abril de 1983 y con mismo remitente, pertenece a la editora de G.P. Putnam’s Son, Faith Sale; en ella felicita a Erlij y al escritor por las buenas críticas que está cosechando la obra en Estados Unidos y en Inglaterra, y elogia a David Erlij por su búsqueda incansable de editores para la obra. La última es una carta escrita a mano por Joy Laville, fechada en septiembre de 1988, cinco años después del fallecimiento de Ibargüengoitia; los remitentes son Erlij y su esposa, con quienes parece mantener una estrecha relación personal; encontraremos en el tono de la pintora cierto desencanto.

Otro de los objetos personales que se exhibirá en la exposición es una pequeña agenda parisina del año 1983, que contiene anotaciones del autor, tales como una cita con Octavio Paz, vuelos a Londres, México, Nueva York y París. Al tratarse del año de su fallecimiento, siente uno la necesidad de acudir a la fecha negra del calendario y saber si el escritor marcó el vuelo en que lo perdimos; pero no, la página que señala el domingo 27 de noviembre de 1983 está tan vacía como vacíos nos dejó a los lectores su repentina partida. Podemos encontrar en la agenda algunos nombres que asociamos a la vida personal y profesional de Ibargüengoitia: Trevor Rowe, Carmen Balcells, Joaquín Díez Canedo, Rafael Soriano, Asa Zatz, entre otros; resulta significativo que el escritor no anote ni la dirección ni el teléfono de los mismos, solo sus nombres.

Como un objeto de valor incalculable, será expuesta la última máquina de escribir que utilizó el escritor, durante su residencia en París. En esta Olympia podemos suponer que escribió Los pasos de López (1981) y, seguramente, esta máquina fue la afortunada que pudo conocer el contenido de la que fuera su última e inconclusa novela, Isabel cantaba. Le debemos admiración por canalizar los relatos y dar vida a las ideas ibargüengoitianas.

Todo este material que podrá visitarse y con el que podremos interactuar, nos acerca a la vida privada del escritor y nos ayuda a comprender cómo se gesta su producción literaria pues, recordemos, su obra está dotada de un fuerte componente autobiográfico. La posibilidad de observar estos objetos personales nos devuelve por un rato a un escritor excepcional que nos dejó hace 35 años y que nos sigue haciendo mucha falta. 

2 Comments

  1. María Álvarez Díaz

    Muchas gracias por darle espacio a mis palabras, Mónica. Quedó muy agradecida. Sólo puntualizar que “Ibar” era el nombre que Usigli le sugería al escritor, ya que decía que Ibargüengoitia era demasiado largo y no cabía en las marquesinas; pero Ibargüengoitia prefirió quedarse con el apellido complejo, pues así de complejo era también él.
    Un fuerte abrazo