Arturo Morán Arellano

En las prisiones, la realidad supera a la fantasía: Arturo Morán Arellano

Arturo Morán Arellano, que tiene 32 años de profesión, egresado de la facultad de psicología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 1989, ha sacado ahora un libro que se llama El psicólogo de los criminales (Amazon), para contar su experiencia en penales de máxima seguridad como Almoloya de Juárez y el de Puente Grande, en Jalisco.

Ciudad de México, 18 de julio (MaremotoM).- ¿Qué hace un psicólogo en la penitenciaría? Podría ser el título de una canción de rock, pero la verdad es que esta profesión tiene mucho que ver y hace muchas cosas en la cárcel, con los prisioneros y también para organizar la vida detrás de los barrotes.

Arturo Morán Arellano, que tiene 32 años de profesión, egresado de la facultad de psicología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 1989, ha sacado ahora un libro que se llama El psicólogo de los criminales (Amazon), para contar su experiencia en penales de máxima seguridad como Almoloya de Juárez y el de Puente Grande, en Jalisco.

“Empecé de ayudante de psicólogos. Era el que les organizaba las carpetas de sus pacientes dentro de la cárcel y cosas así, porque no tenía ni dos años de egresado, pero poco a poco fui escalando hasta convertirme en el asistente del director del penal y después subdirector en Almoloya de Juárez”, dijo a los medios, comentando una carrera en donde llegó a ser Director de Puente Grande, luego de haber sido jefe de personal del  Cefereso 3 de Matamoros.

“Son prisiones de máxima seguridad. Fueron iniciadas en 1991, en Almoloya de Juárez, que ahora es llamado El Altiplano. Esa fue la primera. Almoloya de Juárez, Estado de México, a 20 minutos de la ciudad de Toluca. Fue una respuesta a las demandas por la criminalidad tan disparada en esa época, que fue incrementándose, se volvieron más sanguinarios, más peligrosos, hubo necesidad de hacer estas prisiones que eran de máxima seguridad”, dice en entrevista.

Arturo Morán Arellano
Un libro para leerlo. Foto: Cortesía

“La función del psicólogo en un a prisión tiene dos grandes intervenciones: la primera es la cuestión de evaluación, para efectos de clasificación de la población penitenciaria. En esa primera intervención el psicólogo evalúa, entrevista y aplica pruebas psicométricas y propone una clasificación. Los centros federales tienen una distribución de su población de acuerdo a un perfil clínico. Hay ocho módulos, ocho pequeñas cárceles, cada una de ellas tiene ciertas características, es decir, los que están ahí tienen que cumplir con ciertos criterios para poder estar ahí. Esos criterios tienen que ver con algo que se conoce como categoría criminológica, basadas en los internos. Se dividen los autores materiales de alto riesgo, los autores intelectuales de alto riesgo, los de mediano riesgo y de acuerdo a eso los PPL (PERSONA PRIVADA DE SU LIBERTAD), que es como se los llama ahora, eufemísticamente como los llama la sociedad. Lo importante es dar un trato para que el delincuente se reinserte en la sociedad y eso es lo importante. No importa si lo llamamos internos, presos o PPL, lo importante es que pueda ser reinsertado funcionalmente”, agrega.

Recuerda así sus primeros días en la cárcel de Almoloya: “Finalmente, el día “D” llegó, fue un 24 de noviembre de 1991 por la noche cuando nos dice nuestro jefe de COC: “Hoy llegan los primeros y habrá que esperar así sea en la madrugada”, a partir de ese momento la tensión se respiraba en el ambiente y el clima siempre gélido de Almoloya la acrecentaba. Los primeros inquilinos de Almoloya arribaron en la madrugada del 25 de noviembre de 1991, fueron doce internos procedentes del Complejo Penitenciario de Jalisco, siendo el 001 un interno de nombre Juan Carlos Acosta, el equipo de psicólogos, estaba conformado por 7 que éramos considerados para la asignación de internos para los efectos de evaluación y tratamiento, mi primer interno asignado fue un narcotraficante colombiano de nombre Carlos Humberto Gómez Zuehlsdorff, un sujeto con un parecido casi idéntico al del actor Richard Gere, quien fue detenido en Jalisco cuando aterrizaba una aeronave con cocaína, procedente de Colombia y de esa misma remesa otro de nombre Fernando Villegard Cañedo, un médico de profesión y multihomicida, el Dr. Lecter Tapatío, un interno de muy difícil manejo, que siempre pretendió llevar el control de la entrevista. Ese mismo día, pero por separado ingresa procedente del CERESO estatal de Almoloya el narcotraficante Oliverio Chávez Araujo, conocido como “el zar de la cocaína” quien recientemente había sido partícipe de un violento motín en el Penal Estatal de Matamoros con saldo de dieciocho muertos en la lucha por el control de ese centro penitenciario; interno también asignado al autor y quien fue el primero en la historia de la máxima seguridad, que intento”, expresa en su libro El psicólogo de los criminales.

Lo cierto es que por las prisiones que este psicólogo trabajó pasaron presos importantes, como el mismísimo Raúl Salinas, de quien dice: “un tipo narcisista, prepotente, déspota y al extremo demandante, siempre exigió un trato preferencial que nunca se le otorgó. Los visitadores de la Comisión Nacional de Derechos Humanos acudían frecuentemente a Almoloya casi exclusivamente por él y se prestaban a sus demandas, abogando para que dejáramos pasar ropa de marca entre otras cosas para el interno, nunca lo consiguió, él siempre pidió una celda extra para ubicar sus expedientes de sus diversas causas”.

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El interno tenía que ir a trabajar, al área de talleres, a sus clases, a su instrucción física y a la terapia psicológica. Eso es una limitante, porque en la psicoterapia que uno realiza con la consulta extramuros, normal, el paciente tiene que tener la voluntad para ir y pagar una consulta. Eso no se puede hacer en una cárcel de máxima seguridad. El custodio lo traslada a un cubículo, donde se le va a dar terapia y la verdad es que el interno lo necesita. Habla, necesita desahogarse, ellos vienen de otras prisiones que son más relajadas, la disciplina es más holgada y de pronto llegan a una de máxima seguridad y es necesario ese tiempo, la asistencia, hacen catarsis y el interno sale más libre. Hay otros que no les interesa, que vienen a la consulta y es un poco tenso. Uno tiene que invertir ese horario y si hay algo estoy aquí para escucharte y si no esperemos que pase la hora hasta que termine el tiempo y pase el otro paciente”, cuenta.

Arturo Morán Arellano
No sabe si hará otro libro, pero este era necesario. Foto: Cortesía

Todas estas experiencias son contadas en este libro fantástico, que rememora sus épocas de joven, pues ahora está retirado de las prisiones y vive, a los 54 años, de hacer consulta privada.

“Fue para mí un aprendizaje brutal. Un aprendizaje grande, porque uno conoce historias de vida, no sólo de los grandes capos del narcotráfico en México, sino de la delincuencia común que representa un alto riesgo para la sociedad. Decía mi primer director, Juan Pablo de Tavira Noriega, fundador de Almoloya de Juárez, que “en estas prisiones, la realidad supera a la fantasía”. Las experiencias sobre todo de vida de cada uno de los sujetos, lo que trae detrás cada persona es una historia complicada. Para llegar a ese lugar tuvieron que pasar muchas cosas. No cualquiera llega a una cárcel de máxima seguridad. Tuvieron que vivir cosas muy desagradables y hecho cosas muy desagradables. Es mucha experiencia, la cuestión clínica, yo soy psicólogo clínico”, afirma.

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