En otra piel | La memoria del pequeño Dios

Ciudad de México, 13 de abril (MaremotoM).- 1.El pequeño dios

¿Qué hay detrás de una foto? No, perdón, vuelvo a plantear la pregunta: ¿qué hay detrás de un retrato? O para ser más explícitos: ¿qué hay detrás de los retratos de Rogelio Cuéllar (Ciudad de México, 1950)? ¿Qué hay detrás de las miradas, los gestos, las complicidades, los retraimientos, las sonrisas —o, en algunos casos, las espaldas— de las cerca de cien mil fotografías de escritores, artistas visuales, arquitectos, músicos, que ha tomado a lo largo de su vida?

Basta verlo en acción para saber que lo primero que hay allí es el mismo entusiasmo, la misma curiosidad, el mismo afán de descubrir el mundo, que sintió aquel chico de 17, 18 años:

La primera vez que agarré una cámara fotográfica fue en 1968, cuando yo quería ser fotógrafo de prensa y salí a una de las manifestaciones que había. Llevaba una cámara Pentax prestada y comencé a fotografiar mi entorno y a mis pares: los jóvenes gritando emocionados, y dije: ‘de aquí soy, esto lo quiero registrar’.

Desde ese momento hasta hoy, Rogelio se ha dedicado a construir la memoria visual y cultural de México. Heredero de la tradición de fotógrafos como Héctor García, Nacho López, Rodrigo Moya, entre otros, su mirada es testigo de nuestra realidad en una búsqueda que ha tejido un entramado de una sutileza excepcional entre periodismo y arte. Por ello es que sus obras son siempre impecables y poderosas en términos estéticos y en términos éticos.

La realidad, como él mismo lo ha dicho, no es vertical, ni horizontal, ni cuadrada, como lo son las fotos; así una de sus búsquedas fundamentales ha sido transmitir la multidimensionalidad de lo real. ¡Vaya reto! En un arte que es bidimensional por naturaleza, Rogelio juega en ese espacio liminar entre lo que existe (whatever that means) y lo que su ojo privilegiado quiere transmitirnos. El diálogo es permanente entre lo que está más allá de la cámara y lo que él plasma en las imágenes. Podríamos decir que vemos la realidad a través de sus ojos, de su recorte y su reflejo/construcción. De este modo logramos conocer a sus retratados como sólo él pudo conocerlos. En tal sentido, somos parte de un ejercicio metareflexivo: no sólo miramos esa parte de la realidad que está en la imagen, sino que miramos también el modo en que el fotógrafo mira. El trabajo de Rogelio se parece a los mejores relatos, aquellos en los que el yo parece no estar y es, sin embargo, el pequeño dios que crea y nos ofrece la parcela de mundo que quiere que habitemos.

Pacheco, por Rogelio Cuellar. Foto: El rostro de las letras.

2.Los álbumes de la memoria

Nos preguntábamos al inicio qué hay detrás de los retratos: hay una infinita curiosidad, una infinita creatividad, una infinita generosidad y un oficio labrado a punta de amor, talento y dedicación.

Leyendo y escuchando algunas entrevistas que le han hecho a Rogelio, me sorprendió esta historia: alguien le pregunta por sus álbumes de familia y él responde:

No tenía fotos de familia. Me registraron a los cinco años. ¡Otro poco y no me registran! El señor con el que mi mamá vivía me dio su apellido y se fue, a los dos años lo corrió. Antes se mandaba a hacer foto-escultura, con corbata y colorcitos, con un ovalito. Yo llegué de la escuela y ya estaba un baúl con toda su ropa y la foto arriba, y llegó él por sus cosas, entonces le dije: ‘¿Me dejas la foto?’ y dijo ‘No’. Ni esa tuve. 

Será por eso que se ha dedicado a hacer el álbum de familia de la cultura mexicana. Y como en todos los álbumes, la vida y la muerte conviven. No sólo porque muchos de los retratados ya no están, sino por algo más profundo aún y es que la muerte siempre está implícita en la imagen fotográfica, como decía Roland Barthes. En cierto sentido es siempre memento mori, porque aquello que estuvo ya no está; lo que fue ya no es, en tanto no puede haber jamás repetición idéntica del instante fotografiado.

Cioran, por Rogelio Cuellar. Foto: El rostro de las letras.

La fotografía entonces, aun cuando sea un homenaje a la vida es, al mismo tiempo, un arte de la melancolía. Como le dice el Fausto de Goethe a Mefistófeles: “Detente, instante, eres tan bello”. Y eso mismo parece decir cada una de las fotos de Rogelio.

Pero para captar ese instante de belleza hay horas de amorosa observación, de amoroso diálogo —a veces sin palabras— con aquel o aquella que van a ser retratados. En sus obras no hay poses ni artificios. Su mirada busca la mirada del otro, de la otra, para encontrarlos en su más íntima profundidad. ¿Hay acaso mayor ejercicio de empatía? De ahí, lo subrayo, el carácter ético del trabajo de Rogelio, más allá de la importancia cultural de sus testimonios visuales. Por eso detrás de cada retrato hay decenas y decenas, a veces centenares de fotos. Por eso su forma de trabajo no es la de aquel que llega y se lleva una imagen, sino la de aquel que llega y convive, habla, observa y, sobre todo: escucha. La escucha y la mirada son las claves más importantes de su trabajo. Escuchar tiene que ver con percibir sonidos, claro, pero también emociones, sensaciones, sutilísimas reacciones de quien tiene enfrente.

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De este modo puede pasar horas y horas, o días y días acompañando a Francisco Toledo o a Emil Cioran y esperando que pierdan la desconfianza, o el miedo, o el pudor o vaya a saber qué genera en cada uno sentirse observado por una lente. O acompañar durante años a sus retratados, e incluso dejar constancia de las huellas de los que ya no están, como cuando tras la muerte de Fuentes le pidió a Silvia Lemus permiso para fotografiar el estudio del escritor. Allí, Rogelio lo sabía bien, él seguía estando.

La mayor parte de las veces, los retratos tienen como espacio el lugar en el que el personaje elegido crea su obra: su biblioteca, su estudio, su taller. Esos espacios son parte inseparable de la creación, y resultan por sí mismos casi confesiones.

Se sabe que los escritores, al hablar de sí, construyen su “escena de lectura”. Siempre en sus relatos narran ese momento clave en que se descubrieron (y se mostraron al mundo) como lectores. Suele estar ubicado en la infancia y tener un personaje clave que les devela las maravillas encerradas en los libros. Desde Domingo Faustino Sarmiento, en el siglo XIX, tenemos este tipo de testimonios autobiográficos; él leía bajo la higuera del patio pobre mientras su madre tejía en el telar; Octavio Paz contaba que descubrió la literatura en la biblioteca de su abuelo Irineo; Marguerite Yourcenar y George Steiner fueron educados por padres que iban poniendo a su alcance los libros que consideraba aptos para ellos; Roberto Arlt robaba en las librerías, etcétera. Así crean la imagen que quieren transmitir al mundo. Con igual cuidado construyen la “escena de escritura”, o la escena de creación. Uno de los grandes talentos de Rogelio es humanizar esa construcción, tan sólida, tan pensada. Él logra que el retratado quede el descubierto, y por lo tanto diga de sí mismo algo que aún no conocíamos.

Si es cierto que el blanco y negro evita la distracción y –jugando a que presenta la realidad- pone en evidencia la construcción estética, dándoles a las imágenes una profundidad que el color borra, también es cierto que nos recuerdan con mayor fuerza las fotos que acompañaron nuestra infancia. Un tipo de imagen que la era digital ha hecho prácticamente desaparecer y que Cuéllar recupera para el presente.

Hemos naturalizado la relación que tenemos con la fotografía y especialmente con nuestros propios retratos, pero hay que decir que cada tanto me provocan, por lo menos a mí, esa misma sensación de abismo que le provocaban a Borges: “Qué raro que toda persona tenga pequeños duplicados de sí misma. Son como los repuestos de sí que tenía en la tumba el faraón”.

Por cierto, Borges es uno de los autores que forman parte de esta bitácora de nuestro mundo que es la obra de Rogelio. Cuento esta anécdota que siempre me ha parecido genial y lo muestra al fotógrafo de cuerpo entero (también al fotografiado, claro):

Durante la primera visita de Borges a México, Cuéllar trabajaba como freelance en Revista de Revistas —dirigida entonces por Vicente Leñero; decidido a fotografiarlo, lo esperó en el aeropuerto y desde su llegada, no se separó de él. Durante los días en que el autor de El Aleph estuvo participando en mesas redondas en San Ildefonso entablaron una relación cercana.

El escritor argentino veía ya con dificultad y bautizó a Cuéllar como ‘El Duende’. Alguna vez, el fotógrafo acompañó al escritor al baño. La larga fila de mingitorios y la particular posición donde se encontraba el cuentista porteño construían una imagen perfecta. “Lo hago, o no lo hago”, dudó Cuéllar. Al final, no sin cierto temor, lo hizo. Al escuchar el click de su Pentax, Borges —completamente desenfadado— dijo “ya el duende está haciendo travesuras”.

¿Quién más que Rogelio Cuéllar pudo haber tomado una foto así? Foto que, de más está decirlo, María Kodama odia.

Este año, 2019, cada día tenemos a alguno de nuestros escritores como figura tutelar, como si fueran parte de un santoral laico y cada tanto irreverente, gracias a la publicación de la Agenda Literaria El rostro de las letras, hecha por La Cabra Ediciones. ¡Larga vida a la dupla María Luisa Passarge – Rogelio Cuéllar!

Podríamos parafrasear al propio Borges en uno de los poemas que más me gustan, la “Fundación mítica de Buenos Aires”, y decir entonces para cerrar: “A mí se me hace cuento que nació Rogelio Cuéllar / lo juzgo tan eterno como el agua y el aire.”

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