Emiliano Ruiz Parra

En un día sin mexiquenses, la ciudad se para: Emiliano Ruiz Parra

Durante el tiempo que tardes en leer este libro, 25 mil personas habrán migrado hacia algún barrio marginal como Golondrinas, dice la sinopsis de la editorial Debate, en lo que sin duda es uno de los mejores libros publicados este año.

Ciudad de México, 24 de noviembre (MaremotoM).- El periodista Emiliano Ruiz Parra aparece como un verdadero baluarte de la nueva generación, de investigadores y de constructor de la crónica, uno de los géneros, según Sara Sefchovich, que son más leídos en México.

Desde Jorge Ibargüengoitia hasta la China Mendoza, desde Salvador Novo a Carlos Monsiváis, la crónica también tiene grandes ejemplos en este país donde todo puede ser una historia que contar.

Emiliano lo ha hecho con Golondrinas, para pintar un poco lo que pasa aquí y al mismo tiempo determinar cómo será el futuro del mundo:  en 2050, nueve de cada 10 mexicanos vivirán en slums como éste. Es el pasado, el presente y el futuro de un planeta que se empobrece, se precariza y se sobrecalienta.

Durante el tiempo que tardes en leer este libro, 25 mil personas habrán migrado hacia algún barrio marginal como Golondrinas, dice la sinopsis de la editorial Debate, en lo que sin duda es uno de los mejores libros publicados este año.

Emiliano también dirige el portal Corriente Alterna, de la UNAM, proveyendo su gran experiencia y su deseo de hacer conocer las grandes historias mexicanas.

Es autor de tres libros de crónicas (Ovejas negras, Los hijos de la ira y Obra negra). Candidato al Premio Gabo en 2010 y al Premio Internacional de libro de Crónica de la editorial Anagrama en 2019. Premio Bellas Artes de Crónica Joven 2016 y Premio Walter Reuter 2013. Coautor de más de 10 libros y colaborador de medios nacionales e internacionales. Fue diarista en Reforma donde cubrió el sector religioso y la campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador en 2006. Ahora escribió Golondrinas.

“El hecho de hacer este libro fue precisamente para hacer comparaciones con barrios de otras partes del país, de otras partes del mundo. Nairobi, Cochabamba, en donde pasa más o menos lo mismo. Con una gota de agua se puede narrar el mar completo”, afirma Emiliano Ruiz Parra, en entrevista.

“Los partidos políticos, cualquiera sea, siguieron con su mecanismo de sacarle a la gente su dinero, su energía, para negociarles agua, luz y su voto”, afirma.

Encontró madres de niños desaparecidos y encontró lugares donde se tiran cuerpos, donde son basureros de desechos tóxicos. Los cuerpos de mujeres son tratados como desecho.

“El movimiento de rastreadores en el Estado de México está menos articulado, porque las personas que deben de viajar todo el día, generan menos comunidad. Eso no significa que el problema sea menor al de Sinaloa o al de Guerrero. Es todavía más agudo, ir caminando y ven los carteles de buscando a las propias vecinas”, dice.

¿Qué son los desechos en esta verdad neoliberal del presente? “Creo que estamos en una época de capitalismo, hay un sector de la gente que se puede morir tranquila, porque no se la puede explotar. En el Estado de México, las élites todavía pueden sacar mucho. Con un salario de 6 mil pesos o de 4 mil como policía privada o empleada doméstica, a personas que tienen que viajar dos o tres horas para llegar, hay mucha sangre todavía para extraer”, afirma.

“Un día sin mexiquenses, la ciudad se para. A las mujeres, a sus cuerpos, a los adolescentes, se las trata como desecho en la violencia feminicida y también es verdad que seguimos aprovechándonos de esa población”, agrega.

Emiliano Ruiz Parra
Deberíamos de ser deudores de la China Mendoza. Foto: Cortesía Facebook

Con respecto a las predicciones sobre los robots que trabajarán en lugar de las personas, Emiliano dice que le encantaría eso. Verlo desde la izquierda, los robots que trabajen y los hombres a hacer arte, pero la realidad es que todo el provecho se lo quedarán los 100 que dominan el mundo.

Para poder hacer crónica hace falta tener dinero y tiempo. Algo que Ruiz Parra lo hace en sus tiempos libres, consiguiendo trabajos precisamente para patrocinar sus escrituras. “A Golondrinas lo pagué yo. Mi libro se publica en una colección que diga Ensayos. Ni siquiera hay un departamento que se llame Crónicas. Yo creo que la crónica es una herramienta para explicar una realidad compleja, para hacer interesante lo importante. ¿A quién le importa un barrio de señoras pobres que luchan por tener agua? Creo en el poder de la literatura, de usar las palabras bien para poderlo contar. En mi libro ojalá haya una experiencia grata de lectura”, afirma.

“Lo mío era una provocación, crecí en la colonia Roma. Vi la periferia desde afuera, para provocar a los intelectuales que viven ahí y cuenten su historia”, afirma.

“Deberíamos de ser deudores de la China Mendoza. Es muy difícil encontrar sus obras, por eso están olvidados. Desde el siglo XIX la crónica mexicana tiene una gran tradición. A las crónicas de Monsiváis hay que actualizarlas”, concluye.

Emiliano Ruiz Parra
Editó Debate. Foto: Cortesía

Fragmento de Golondrinas, de Emiliano Ruiz Parra, con autorización de Debate

La tierra

La mañana del 5 de octubre de 2016, Sthefanía, la esposa del maestro José Encarnación, me llamó alarmada. “Quieren matar a mi marido”, me dijo. “Una turba está afuera de la casa con machetes y palos. Traen gasolina. Quieren quemar su taxi y luego quemarlo a él.”

Yo estaba a 300 kilómetros, en Guanajuato, disfrutando del teatro y la música en el Festival Internacional Cervantino; cubría el festival como reportero. Aun si hubiera salido de inmediato, habría llegado demasiado tarde. Hice llamadas desesperadas: nadie podía acudir. Busqué a mis contactos en el gobierno: mala suerte, ninguno de ellos tenía mando de policía como para enviar patrullas.

Una pequeña multitud le gritaba: “¡Vendido!, ¡ladrón!, ¡ora sí te llegó la hora, maestrito!” Yo me imaginaba que en unos minutos la furiosa mano justiciera repetiría las escenas conocidas: una golpiza colectiva, la ropa teñida de sangre, la procesión arrastrando al herido hacia el terreno baldío, peroratas de venganza, niños que escupen o patean un costal de huesos, policías que suplican la liberación del moribundo y se van con las manos vacías.

Hacía años había un árbol muy alto en Golondrinas, el barrio en donde el maestro José Encarnación había sido líder y ahora era detestado. Debajo de ese árbol se celebraban las asambleas vecinales. Una vez la comunidad estuvo a punto de colgar a un violador, pero el maestro José Encarnación evitó el linchamiento y lo entregó a la policía. Poco después, el maestro José Encarnación mandó cortar ese árbol para que no les estorbara a los cables de la luz. En Golondrinas, sin ese árbol, no quedaba más remedio que arrastrar al maestro al terreno baldío y terminar el linchamiento con la purificación del fuego: convertir en una antorcha a quien yo llamaba cariñosamente El Profe.

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Golondrinas es un barrio marginal de Ecatepec, en la periferia de la Ciudad de México. En el imaginario mexicano, Ecatepec es el infierno: donde matan a las mujeres, se roban a los niños y los pobres sufren su pobreza. Ecatepec significa la otredad; el espejo al que no queremos asomarnos. Algo hay de verdad en eso: en los años noventa del siglo XX apuntábamos a Ciudad Juárez, en la frontera con Estados Unidos, para referirnos al hoyo negro donde mataban mujeres y no pasaba nada. Una década después ese lugar lo ocupó Ecatepec. En 2018 y 2020 —por mencionar los datos más recientes al momento de escribir estas líneas— Ecatepec estuvo en el primer puesto de percepción de inseguridad: en ningún otro lugar del país la gente se sintió tan en riesgo como en Ecatepec. Según un conteo del portal de noticias Animal Político, entre el 1 de enero de 2015 y el 31 de marzo de 2019 en Ecatepec mataron a mil 258 mujeres, aunque la autoridad sólo consideró 53 de estos crímenes como feminicidios, es decir, asesinadas por el hecho de ser mujeres.

En Ecatepec, entre 2018 y 2020 se denunciaron 52 mil robos con violencia y 2 mil 300 robos a casas (dos al día). El municipio acumuló una década entre los primeros lugares de robo de automóviles. Sólo en 2018 se robaron 28 coches al día (10 mil 300 en el año). Entre 2018 y 2020 sumaron 28 mil denuncias de robo de vehículo.

Uno de cada tres habitantes de Ecatepec tiene que viajar entre una y más de dos horas para llegar a su centro de trabajo. El 40% de sus habitantes vive debajo de la línea de pobreza. Con un millón 600 mil habitantes, concentra el 10% de la población mexiquense en sólo el 0.7% del territorio: una densidad de unas 10 mil 500 personas por kilómetro cuadrado. Según datos municipales, al menos 20% del territorio es irregular: según la norma son tierras de cultivo o reservas ecológicas, o lugares de plano tan peligrosos que son inhabitables. En Ecatepec está, por ejemplo, el caso más extremo que yo he conocido de este tipo de poblamiento, que pone a sus habitantes en riesgo de muerte: La Cuesta, en Santa Clara Coatitla, es una comunidad de unas 120 viviendas asentadas sobre una bomba de tiempo. Debajo de sus hogares corren ductos de gas; por arriba, cables de alta tensión. Por eso es imposible instalar tubería para llevar agua potable o sacar las aguas negras. Es imposible poner cimientos a las viviendas porque se provocaría una explosión.

En La Cuesta, algunos años atrás, un fraccionador de terrenos partió un pedazo de ejido y les vendió lotes de 60 metros cuadrados. En 2018 vecinas de La Cuesta me contaron que decenas de jóvenes padecían una epidemia de activo: eran adictos al inhalante y se pasaban las tardes drogados. Los sueldos como albañiles o cocineras eran de mil 200 pesos a la semana y varias de las mujeres estaban enganchadas en deudas impagables con bancos especializados en la usura a las personas más pobres.

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El slum o barrio marginal, como Golondrinas, es el futuro del mundo. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad ha habido más gente en el campo que en la ciudad. En 2020, mismo año del comienzo de la pandemia de covid-19, se invirtió esa relación: por primera vez vivía más gente en las ciudades y, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la mitad eran pobres.

En 2035 habrá muchas más personas viviendo en barrios marginales —no en ciudades con servicios básicos de calidad— que en el campo. Y para 2050 —cuando mis hijas tengan la edad que yo tengo al escribir este libro— dos terceras partes de la población mundial vivirán en ciudades. En México, ese número será mucho más impactante: 9 de cada 10 personas vivirán en slums como Golondrinas, en Ecatepec. La Ciudad de México se extenderá hacia el perímetro que ahora incluye a Cuernavaca, Puebla, Pachuca y Querétaro, y esa mancha urbana creciente se parecerá más a Golondrinas que a cualquier barrio clasemediero del centro de la Ciudad. El mundo, en especial el Tercer Mundo, correrá una suerte similar. Kinshasa, Laos, Estambul, Sao Paulo… crecerán hasta convertirse en hiperciudades (con más de 20 millones de habitantes) repletas de barrios marginales como Golondrinas.

Por eso es preciso decir: Golondrinas sucedió, está sucediendo y sucederá. Pasado, presente y futuro de un planeta que se empobrece, se precariza y se sobrecalienta. Ecatepec comparte los trazos biográficos con los barrios marginales del Tercer Mundo: la periferia como identidad, un territorio que nace en la orilla de una gran ciudad para alojar a los que ya no cupieron en el centro; ciudad-dormitorio, arrabal, favela, slum, identidades más simbólicas que reales, identidades construidas desde la clase media, que describen y a la vez condenan.

Golondrinas, el pequeño barrio en Ecatepec del que trata este libro, condensa esa historia. En 2013 sólo encontré una nota en internet sobre Golondrinas: hablaba de un puente de tablas podridas sobre un canal de aguas negras. Del puente se había caído un borracho y había muerto ahogado. Siete años después el panorama cambió… y no cambió. Ahora hay muchas noticias en el ciberespacio sobre Golondrinas, pero la mayoría cuenta la misma historia: el hallazgo de los cuerpos de dos mujeres asesinadas. Golondrinas es un barrio pequeño, la península noroccidental de Ecatepec que hace frontera con otros dos municipios —también marginales— del Estado de México: Coacalco y Jaltenco. Golondrinas está compuesto por 273 lotes (pedacitos de tierra) de unos 120 metros cuadrados cada uno. Al poniente hace frontera con Coacalco, al sur y al oriente con la colonia Luis Donaldo Colosio y al norte con su barrio gemelo, Playa Golondrinas.

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Ecatepec es en sí mismo un gran barrio marginal: municipio al norte de la Ciudad de México al que llegaron a urbanizar cientos de miles de personas que no pudieron pagar los precios del suelo en el centro de la megalópolis. La historia del moderno Ecatepec se divide en cuatro periodos: el primer Ecatepec lo forman sus nueve pueblos antiguos, cuya fundación se puede fechar en el siglo XIX. Eran pueblos de vocación campesina: pequeños núcleos urbanos rodeados de tierras de cultivo y lagos. Por ahora sólo mencionaremos uno de ellos, Guadalupe Victoria, porque será determinante para Golondrinas.

En la década de 1930 surge la segunda capa de urbanización: se empieza a formar un corredor industrial en torno a la Vía Morelos, y nacen los barrios obreros alrededor del pueblo de Xalostoc. Cuatro décadas después, en los años setenta del siglo XX, el gobernador Carlos Hank González impulsó el poblamiento de la zona oriente del municipio, colindante con el Distrito Federal y Ciudad Nezahualcóyotl, y se formó así Nueva Aragón y Ciudad Azteca: la Ciudad de México vivía los últimos años del “milagro mexicano” y su crecimiento empezaba a desbordarse. Este crecimiento todavía fue alentado por las élites políticas, que encontraron en Ciudad Nezahualcóyotl y Ecatepec los territorios para expandir la ciudad y, al mismo tiempo, impulsar un gran negocio inmobiliario.

La cuarta capa comprende el norte de Ecatepec y en 1996, hacia el final de esta ola, surgió el barrio de Golondrinas sobre el terreno desecado del lago Xaltocan.

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El 6 de enero de 1996 cayó un aguacero furioso que hizo llorar de frío y terror a dos niñas pequeñas: a Alondra, de nueve años, y a su hermana Yesenia, de cinco. Era su primera noche en Golondrinas. Su madre, Leti Solorio, había hecho cuatro hoyos en la tierra y ahí había clavado sendos polines de madera (columnas hechas con troncos), que circundó con tela de costal para pasar la noche. Lanzó una lona sobre los palos y debajo acomodó un camastro, resguardó ropa y trastes de cocina y se acostó a dormir con sus dos hijas. Aquél era el regalo de los Reyes Magos para Alondra y Yesenia: una tormenta en Ecatepec.

Me gusta imaginar esta escena como la fundación moderna de Golondrinas: tres mujeres solas que levantan la primera casa de tela y palos sobre una porción del mundo que había sido siempre tierra: en la prehistoria, en esa región había grandes pastizales donde andaban los mamuts (se han encontrado sus colmillos); milenios después, se formaron lagunas y espejos de agua a donde las aves migratorias bajaban a descansar y alimentarse. Pueblos indígenas primero y campesinos mexicanos después vivieron del lago Xaltocan: pescaron, cazaron patos y sembraron sus fértiles playas. En el siglo XX la laguna se desecó y se cubrió de milpas y alfalfares. Esa noche del 6 de enero de 1996, con la llegada de Leti, Alondra y Yesenia, ese pedazo de mundo iniciaba una transformación radical: empezaba a convertirse en un trozo de la megalópolis del valle de México. Adiós a la tierra. Comenzaba la era de la ciudad. La soledad de estas tres mujeres es capital: ellas no contaron con ningún apoyo para establecerse en Golondrinas o un crédito para la vivienda, ni llegaron a tierras aptas para habitarse. Colonizaron Ecatepec solas, abandonadas por el Estado mexicano que, como la mayoría de los gobiernos del Tercer Mundo, buscaron su espacio vital al margen de cualquier programa de bienestar. El barrio marginal creció de manera exponencial en la década de los setenta. Para la década de los noventa ya no había casi tierras disponibles en el extrarradio de las ciudades. Golondrinas era el último pedazo de Ecatepec y ahí se establecieron estas tres mujeres pioneras.

La mañana del 7 de enero de 1996, Leti Solorio comprendió que había comprado un pedazo de paraíso. Las garzas descendían a contemplar su rostro en los charcos que había formado la lluvia. Leti, entonces de 26 años, dio las gracias a Dios. Se había cumplido su sueño de tener una casa “aunque fuera en el último rincón de Ecatepé”.

“¡Órale, chamacas, a recoger caracoles!”

Su casa era una barquita de tablas en medio de un mar de milpas. Ésa fue la primera de muchas veces que llenó costales con elotes, quelites y nopales que se robó de las parcelas vecinas. También se llevó hongos silvestres y caracoles que brotaban del suelo con las lluvias.

Con el paso de los meses otras familias llegaron a Golondrinas, cada una por su lado. Cada choza era una ínsula de cartón y tablas en ese mar de maizales y charcos. Asef Bayat, profesor de sociología en la Universidad de Illinois, describió la expansión de los barrios marginales en Teherán como “la silenciosa invasión de los comunes, que busca expandir el espacio vital de los sin voz”.1 Lo mismo se puede decir de este barrio: todo en Golondrinas era “montoso” aquellos meses de 1996. El campo les daba a sus habitantes chapulines, calabazas, nopales y verdolagas. Y para el frío les regalaba pedazos de leña, que los pioneros usaban para calentar el agua, cocinar o entrar en calor. En Golondrinas todo era tan nuevo que bastaba señalarlo con el dedo para ponerle nombre. Así fue como Leti Solorio llamó a su calle Rosales, porque soñaba con llenar de rosas sus veredas. Algunos vecinos siguieron su ejemplo y bautizaron sus calles con nombres de flores: hortensias, amapolas y dalias. Otros vecinos prefirieron los jilgueros, canarios y hasta pingüinos. La naturaleza era generosa, pero tenía también su temperamento. A veces los remolinos eran tan fuertes que había que agarrar las lonas para que no se las llevara el viento. Y de vez en cuando de entre las veredas aparecían víboras que asustaban a las mujeres que cruzaban las milpas.

Los pioneros de Golondrinas recuerdan los primeros meses en el barrio como una edad de oro en donde los hombres eran buenos, el mundo estaba en paz y había siempre un nopal o un elote para calmar el hambre. Golondrinas era una promesa cumplida: un pedazo de tierra “propio” aunque fuera en medio de la nada, un lote sobre un charco, pero en donde nunca más pagarían renta, y un horizonte tan grande y despoblado que los coches se veían muy chiquitos en la lejana avenida López Portillo.

Esas mujeres y esos hombres llegaron hasta Golondrinas con niños pequeños, para quienes un hogar propio no significaba nada. Para ellos, Golondrinas era un castigo inexplicable: “¿Por qué aquí no hay luz, mamá?”, “¿Por qué debemos caminar 20 minutos por una cubeta de agua?”, “¿Por qué, cuando llueve, se hace una laguna adentro de la casa y allá afuera está seco?” Cada día Golondrinas demandaba un enorme esfuerzo: levantarse de noche y caminar entre el monte hasta el microbús más cercano y, sobre todo, atacar la tierra, horadarla para meter polines o emparejar el piso. Y a cada palada, a cada golpe con el pico, la tierra se defendía. Las arañas, los alacranes, los piojos se desquitaban en las pieles delgadas de los niños: les sacaban ronchas enormes, les provocaban fiebres, los hostigaban con la picadura de sus aguijones. Los niños de entonces describen aquel supuesto paraíso como “un pinche lugar bien feo”.

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Golondrinas, como el resto de los barrios marginales del Tercer Mundo, se construyó con la tenacidad y el sacrificio de sus habitantes, en especial sus mujeres y niños. “La escasez de vivienda se refleja en que el 60% del crecimiento de la Ciudad de México es el resultado de la gente, especialmente las mujeres, construyendo heroicamente sus propios techos en la periferia sin servicios”, escribió desde 1999 Priscilla Connolly, académica de la Universidad Autónoma Metropolitana.2

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Este libro cuenta la historia de uno de los cambios más profundos de nuestra época: la transformación de la tierra en un gran barrio marginal. Según Mike Davis, autor de Planeta de ciudades miseria (2005), se trata de un cambio tan importante como la transición al Neolítico o la Revolución Industrial, pero que pasará inadvertido en las grandes discusiones intelectuales.

Durante el tiempo que tardes en leer este libro, 25 mil personas habrán migrado hacia el barrio marginal: en Ecatepec o Ciudad Juárez, pero también en las periferias de Estambul o el África negra. La historia de Golondrinas es, por eso, la historia de una batalla que se libra cada día: la batalla de la ciudad contra el campo, del cemento contra la tierra, del capitalismo contra la propiedad colectiva de la tierra. Pero detrás de todo eso también se advierte un deseo potente y bello: el deseo de poseer un hogar, de tener un lugar en el mundo donde vivir, criar a los niños y caerse muerto.

Ésta es la historia de un puñado de mujeres y de hombres que llegaron a Golondrinas, Ecatepec, para construir una casa propia. Sin saberlo se hermanaban con los pobres del resto del planeta: uno de cada tres habitantes del mundo en 2020, según las Naciones Unidas, habitaba una vivienda informal: como las casas de Golondrinas, construidas al margen del Estado y el mercado, a veces contra éstos y sus leyes.

En el África subsahariana, por ejemplo, en 2015 había 332 millones de habitantes en barrios marginales, y la tendencia es que esta cifra se duplique cada 15 años. En América Latina, 100 millones de personas viven en viviendas no adecuadas. Como dice la artista y ensayista Sandra Calvo, autora de Arquitectura sin arquitectos (2021): “Las personas que autoconstruyen sus hogares han hecho ciudades enteras y están definiendo el futuro de estas periferias… [Esta vivienda es] llamada erróneamente ilegal o informal, cuando en realidad es la norma, lo que sustenta la vida y el refugio para millones de personas”.

Para escribir este libro he acompañado a unas cuantas mujeres y hombres, y desde su experiencia y la mía cuento la crónica de Golondrinas, el relato de una conquista urbana en el último rincón de Ecatepec. En Golondrinas, la memoria y el habla son virtudes femeninas, y también el coraje y la convicción —imprescindibles para la construcción de este barrio— descansan sobre las espaldas y las manos ásperas de las mujeres.

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“Ese día hubo mucho pleito, hubo pedradas, hubo balazos. Dijeron que nomás donde lo vieran lo iban a linchar. La gente decía que el maestro José Encarnación había dado la autorización para esa barda y estaba muy enojada porque se metieron a terrenos que pertenecían a Golondrinas. Según —cuentan— el maestro anduvo con algunos ejidatarios y se autonombró representante de la comunidad para llegar a ese acuerdo.”

La mañana del 5 de octubre de 2016, cuando la turba se abalanzó para lincharlo, el maestro José Encarnación recordó la tarde remota que durmió por primera vez en Golondrinas. Había comprado su pedazo de monte en donde había algunos árboles medianos. Escogió dos ramas fuertes y colgó una hamaca. Llevó consigo a una perrita para que lo cuidara, y se amarró la correa a un pie para que lo despertara si acaso el animal percibía la cercanía amenazadora de los extraños. Pero hizo tanto frío que el maestro apenas pudo dormitar a ratos.

Por fin concilió el sueño, pero lo despertó el gruñido de una fiera. Pegó un brinco del susto, y cuando recobró la calma vio que un burro rebuznaba junto a su cabeza. Amaneció poco después, y las parvadas de pájaros multicolores eran tan bellas que se le olvidó el espanto y el frío. Una mujer desconocida se acercó para ofrecerle una cobija y un café caliente, y para regañarlo por su osadía: “¿Cómo se le ocurrió quedarse aquí?” Y eso mismo se preguntó otra vez, muchos años después, ese día funesto del 5 de octubre de 2016 mientras intentaban lincharlo: “¿Cómo se me ocurrió quedarme aquí, cómo se me ocurrió?”

1 Asef Bayat, “Un-Civil Society: The Politics of the ‘Informal People’”, Third World Quarterly, vol. 18, no. 1, 1997, pp. 53-72.

2 Priscilla Connolly, “Mexico City: Our Common Future?”, Environment and Urbanization, vol. 11, no. 1, abril de 1999, p. 56.

La búsqueda

Escribo este libro desde el privilegio. En la infancia me trataron como a un príncipe y crecí en un barrio señorial venido a menos que tenía, a la vuelta de mi casa, una librería; una calle más allá había un cine de arte y un parque a vuelo de pájaro. Mi madre me llevaba por las tardes a perderme entre los libros: me compró El Quijote en historietas, El Rey Mono y Fantomas contra los vampiros multinacionales, de Julio Cortázar. Veíamos cualquier película que estuviera en cartelera. Una vez salimos aterrados de Hiroshima, mon amour de Alain Resnais. La librería y el cine no existen más. Se convirtieron en negocios sin personalidad. Los barrió la gentrificación del barrio: cuando digo barrio me refiero a un cuadrante entre las colonias Roma, Hipódromo y Condesa, en el corazón de la Ciudad de México.

El edificio en el que crecí no se ha caído de milagro. Estaba chueco y desvencijado desde los sismos de septiembre de 1985, que devastaron una parte de la Ciudad de México y provocaron miles de muertos y decenas de miles de damnificados.

Mis abuelos fueron migrantes que llegaron del campo. Mi abuela, Socorro, nació campesina, pero muy chica la trasplantaron a la urbe. Por suerte los abuelos cayeron a la colonia Roma, donde trabajaban de conserjes en las privadas de clase media y vivieron 50 años ahí.

En la década de 1960, cuando mi madre terminó la primaria, mi abuelo dijo: “Que se salga de la escuela y se ponga a trabajar porque me sale muy cara”. Pero hubo un golpe de suerte. Un vecino de aquellas privadas, un diplomático extranjero, el señor Roberto, dijo: “Yo le pago su escuela a Carmen”. Lo hizo con ella y mis cuatro tías, por eso estudiaron más allá de la primaria. Ese acto de generosidad le cambió la vida a mi madre y por lo tanto a mí también. Eran los años boyantes de la economía mexicana y las clases medias y medias bajas vivían su esplendor.

En los ochenta, mi mamá pagaba una bicoca por el alquiler de un departamento amplio y ruinoso en la calle Celaya número 5, colonia Hipódromo, en la Condesa, gracias a la ley de rentas congeladas. Nuestro edificio se caía a pedazos, me daba pena invitar a mis amigos, pero estaba en un barrio sembrado de jacarandas. Me criaron en esa burbuja de libros y salsas de chiles secos que cocinaba Socorro. Fui el consentido de mi tía Luisa y mi abuela, mis otras dos mamás durante mis primeros años. Ahora soy consciente de otro privilegio: era blanquito, de bucles dorados, un tono de piel que abre puertas en un país racista como México.

Convivíamos todos los días con la pobreza: las jaulas de tendido de la azotea se habían convertido en cuartos donde vivía la familia de doña Petra, don Rafa, Carmen Ladearriba y sus hijos: José, Lalo y Carmelita.

“No cuelgues tu ropa en la azotea porque te la roban”, me dijo mi madre.

Y sí, José y Lalo usaban mis calcetas blancas. Vivían entre los lavaderos y los tanques de gas. Las paredes de sus cuartos eran de cartón y bolsas de plástico. Una vez subí a la azotea a cerrar la llave de paso del agua —teníamos una fuga en el excusado— y doña Petra me miró con fastidio: tuvimos que desmontar una de las paredes de su cuarto para llegar a la llave. Esa familia, la familia Osorno, también había llegado del campo, pero había tenido menos suerte que nosotros. Un académico del Máshreq, Ahmed Soliman, dice que los pobres tienen cuatro alternativas para la vivienda. Con gran acceso a empleo, podrán rentar un departamento céntrico, pero nunca tendrán acceso a la propiedad. Ése era mi caso. La segunda opción: un cuarto de azotea o un espacio muy pequeño en una ubicación central: ahí estaban los Osorno. Otros, menos afortunados, habrán de invadir terrenos públicos. Y otros más tendrán que comprar a los campesinos tierras de cultivo, que quedarán muy lejos del centro y carecerán de servicios, pero al menos, después de años de negociación, se convertirán en los propietarios de la tierra. En este último escenario están los habitantes de Golondrinas.

Escribo estas páginas desde la experiencia del privilegio de haber crecido en el primero de esos escenarios: en una familia que no tenía casa propia, pero sí aspiraba a vivir como la clase media y pensaba con las taras y telarañas de la clase media: la corrección política, la criminalización de los pobres y el asco por la miseria. La que piensa que si algo se pierde en la casa es porque se lo robó la sirvienta y si choca el pesero se debe a que lo manejaba un exconvicto. Los pobres viven en los barrios marginales de la periferia urbana. Son morenos, huelen a la cal de las tortillas y votan por el PRI.

Este orientalismo a la mexicana, es decir, esta visión sobre el habitante del barrio marginal cargada de prejuicios y fobias, es esencial para oprimirlos cada día: que las mujeres limpien nuestros baños, cuiden a nuestros bebitos y ancianos, nos hagan de comer. Y que los hombres construyan nuestras casas, manejen los autobuses en que nos movemos y siembren los jitomates de la mesa. Pinches indios jodidos que no fueron a la escuela, así que cuidadito y pidan un aumento porque los echamos a patadas, al fin que siempre habrá con quien sustituirlos.

Luego de la universidad —gratuita y pública, pero a la que acceden sobre todo las clases medias—, el muchachito que esto escribe se convierte en reportero de un periódico y lo mandan a contar las historias de las alturas: la presidencia, las Cámaras de Diputados y Senadores, los pasillos en donde se decide la vida de los demás. El país es una maqueta para sus dueños, que se lo reparten a bordo de helicópteros o aviones privados. El reporterito encorbatado aprende a defender la libertad de expresión, esa doctrina burguesa que significa tolerar todas las voces menos las voces de los pobres. Porque los pobres no hablan: se expresan a cuchilladas o balazos. Cuando se matan, entonces sí, les damos lugar en el diario: la nota roja nos sirve para levantar una muralla. Saber que el crimen siempre ocurre allá. Y si sucede en nuestras calles es porque ellos nos lo han traído. Allá se matan en sus chabolas, favelas, villorrios o como se llamen sus calles polvorientas. Acá ejercemos el derecho a la crítica.

* * *

Era el verano de 2013. El fotógrafo León Muñoz me enseñó su trabajo reciente en el valle de Juárez, Chihuahua. Eran imágenes desoladoras: en medio del desierto aparecían decenas de casitas de un solo piso, 40 metros cuadrados (algunas más pequeñas) y todas abandonadas. La gente se había comprado esos gallineros en medio de la nada, confiada en que habría siempre trabajo en la industria maquiladora. Pero la crisis económica mundial del 2008 y la violencia derivada de la guerra contra el narco hicieron que la gente se fuera, quizá para siempre. Las imágenes de León Muñoz retrataban una urbanización que había muerto antes de nacer: delante de las casas había coches volteados panza arriba. La única señal de vida eran los zopilotes que se posaban sobre los fierros y miraban a la cámara desde su perfil negro.

Desde hacía años yo necesitaba conocer la periferia de mi ciudad. Mi privilegio, como todo privilegio, funcionaba como una venda en los ojos: sólo podía ver los barrios cómodos en los que había crecido: la Roma, la Escandón, el Centro Histórico. Yo intuía que la realidad ocurría detrás de esa frontera, pero me sentía incapaz de saber por dónde empezar. Cuando León Muñoz me enseñó sus fotografías supe que había encontrado un cómplice. Un compañero de viaje.

León propuso explorar Chimalhuacán. Yo insistí en Ecatepec. Un par de días después nos subimos a su coche y empezamos la ruta que él había propuesto.

La escena tenía algo de turismo ridículo: éramos un par de clasemedieros buscando pobres en Chimalhuacán. Encontrábamos un barrio marginal que nos interesaba, nos estacionábamos y León Muñoz se bajaba de prisa y disparaba su cámara. Ya lo tenía medido: en cinco minutos tomaba algunas decenas de fotografías, se regresaba rápido a su coche viejo y aceleraba para escapar.

Yo observaba su método y pensaba que no iba a funcionar. Pero no le decía nada, nunca antes habíamos salidos juntos a reportear y quería verlo en acción. En la primera colonia a la que llegamos no tuvimos problema. Yo esperé en el asiento del copiloto y León volvió con sus imágenes. A la segunda entramos a un barrio interesantísimo en Chimalhuacán. Un barrio semiabandonado de casitas pequeñas. Una de cada tres casitas daba señales de vida: el piso barrido, alguna planta asomándose al sol por la ventana. El resto eran casas vacías donde caminaba alguna rata o el viento se acurrucaba. Era el clásico ejemplo de una unidad habitacional hecha al vapor, con viviendas de 36 metros cuadrados, que la gente había comprado y pocos años después había abandonado porque hasta las gallinas tenían más espacio vital en sus corrales. Y quedaban lejos del mercado, la escuela o la tortillería más cercana. Este modelo de vivienda lo impulsó el gobierno mexicano en los primeros 12 años del siglo XXI: era un gran negocio de las llamadas “vivienderas”, empresas de construcción que compraban tierras de cultivo, las fraccionaban y vendían a los trabajadores, que las pagaban con los créditos de vivienda de sus ahorros. Estas vivienderas habían aprendido el modelo de Golondrinas: comprar terrenos ejidales y fraccionarlos para vivienda, y lo habían privatizado. Era un modelo abusivo que produjo miles de viviendas abandonadas: en 2012, con el cambio de administración, el gobierno de Enrique Peña Nieto lo suspendió.

León se solazaba tomando fotos de este barrio medio fantasma. Yo me bajé a buscar a alguna persona con quien hablar.

“A ver, hijos de la chingada, ¡qué están haciendo aquí!”

Detrás del grito había un hombre moreno y fornido con un trinche en la mano: un Poseidón mexicano que, con su rastrillo, cuidaba la seguridad del barrio semifantasma. Aceptó nuestras extrañas explicaciones —que León Muñoz trabajaba en un proyecto de fotografía urbana— y nos dejó ir. De ahí nos enfilamos a Tizayuca y lo mismo: una unidad de casitas pequeñas, el sol del verano, León disparando rápidamente, yo hablando con una familia que me encontré por ahí.

Nos subimos al coche, arrancó, iniciamos la fuga, y en un momento cinco automóviles nos tenían rodeados. De uno de ellos se bajó una señora bravísima que casi se me lanza a los madrazos. Otras cinco señoras nos rodearon y estaban a punto de darnos unas cachetadas. Tenían razón de estar temerosas. Nos dijeron que había un grupo de malandros que secuestraba a los niños y nos habían confundido con ellos.

“Ahora lo vamos a hacer con mi método: primero hablamos y después disparamos la cámara”, le dije a León.

Insistí con Ecatepec. Un par de años antes, en 2011, yo había escrito el perfil de Onésimo Cepeda, el obispo fundador de la diócesis de Ecatepec. Ese santo varón organizaba fiestas a donde llegaban los políticos y los empresarios más poderosos del país, aterrizaban sus helicópteros en las canchas del seminario y comían y bebían como sibaritas. La historia de Onésimo se puso mejor cuando lo acusaron de querer apropiarse de una colección de pinturas (en el catálogo había un Goya y un Modigliani) y de falsificar un pagaré de 130 millones de dólares. En síntesis: me despertaba una enorme curiosidad conocer el reino de ese obispo millonario, borracho y —acaso— defraudador profesional.

León Muñoz sugirió la colonia Luis Donaldo Colosio y sonó brillante: una colonia bautizada con el nombre del candidato del PRI al que un asesino solitario —según la versión oficial que nadie se cree— mató en 1994. León Muñoz manejó hasta allá, llegamos a una esquina a un lado de un canal de desagüe, donde había una tienda, “La Pasadita”, y hablamos con su dueña, una mujer redonda como una manzana cubierta de caramelo, Imelda Reyna. Mientras miraba hacia el canal de aguas negras a cielo abierto, Imelda nos dijo que teníamos que buscar al presidente de la colonia, el maestro José Encarnación, que vivía a tres cuadras de ahí y que atendía a la gente en un local que estaba junto a su casa. Pero antes de dejarnos ir a verlo nos contó su historia, que empezaba con la frase más dolorosa que una madre puede pronunciar: “Mataron a mi hijo”.

* * *

Llegué a Golondrinas y le tenía pavor a los pobres. Temía ser robado, golpeado, violado, secuestrado, macheteado, mutilado, decapitado y arrojado en algún terreno baldío. Ocurrió lo contrario: nunca en la vida tuve el ánimo más alto que al regresar de Golondrinas. Sus habitantes me dieron, sin proponérselo, las mejores lecciones de moral. Sobre todo las mujeres. Este libro es, en buena medida, una historia de las fundadoras del barrio, un mural pintado con sus recuerdos y también un asalto a su memoria. Golondrinas es una historia de construcción necia de una casa, un barrio y una extensión de la ciudad. Nunca me propuse escribir una historia de violencia, pero la violencia se coló como la humedad por las paredes del texto.

En ese minúsculo barrio encontré las llaves para abrir algunos de los cofres secretos del país y, acaso, del Tercer Mundo: los cofres del odio a las mujeres que termina en los feminicidios, del trabajo precario, de la etapa hegemónica del PRI a través del clientelismo. Andando Golondrinas encontré una llave maestra: la historia de Jesús Fragoso, el dirigente de los campesinos de Guadalupe Victoria; en su gesta para evitar el despojo de sus tierras yacía la clave para entender la ruina del campo mexicano y la importancia política de la transferencia de la tierra.

Muchas veces me di cuenta de que esos minutos, esas dos o tres horas que conversaba con alguna mujer habían sido su único descanso en meses, quizá en años. Ellas habían migrado de barrio en barrio marginal hasta recalar en aquella zona de Ecatepec, colonizando tierras agrícolas en beneficio de los vampiros de la especulación inmobiliaria. Ellas han construido en Golondrinas una segunda oportunidad para una estirpe condenada a 100 años de olvido y soledad.

Al final, aquel niño mimado recibió una lección de verdad y escribió estas páginas para plantear una pregunta: ¿los habitantes de Golondrinas son la fuerza que construye y empuja el país o son el cascajo social que ha sido barrido más allá de las orillas?

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