Maruja Torres

Entrevista a Maruja Torres: El periodismo está saliendo mejor de lo que parecía durante la crisis

Del piso de Barcelona paradigma del Eixample (una U grande) a uno pequeño y cuadrado, cálido, en Malasaña, Madrid. ¿Razones del traslado? La amistad, los amigos, el gozo perpetuo de vivir. Maruja Torres (Barcelona, 1943), Maruja, es todo un universo, latigazos de ingenio, de expresión (en todos los sentidos). En tiempos políticamente correctos, Maruja mantiene la lengua y la lucidez afiladas como un cuchillo, pero las heridas que provoca son curativas, sanadoras, refrescantes.

Ciudad de México, 4 de mayo (MaremotoM).- Reportera de una época, corresponsal de guerra en Líbano, en Haití o en Israel, entre otros muchos países, hablamos con ella de su niñez, del barrio Chino, de Terenci y de Manolo, de los años setenta, del mundo y de la vida. Y, mientras posa para las fotos, antes de sentarse en el sofá, vamos hablando de dos de sus pasiones: los libros y los viajes. Y así comienza.

En Orán, fui con una amiga al café donde escribía Camus. En Argelia no podían verlo porque él era un pied-noir, un colono europeo de madre nieta de emigrantes menorquines. Además, en El extranjero no se menciona el árabe por el nombre. ¡No entienden que es un reflejo de la realidad! ¡Es como, si ahora, ponemos negras con pelucas blancas durante el contexto del rey Jorge VI en Inglaterra! Sería falsear la historia de los negros y la nuestra —tanto como decir que no hemos sido verdugos. Una cosa son los monumentos y otra falsear la historia.

Un estudiante, en nombre de la justicia, le increpó por no apoyar la liberación de Argelia por la vía armada, y Camus le respondió con aquella frase de “Entre la justicia y mi madre, escojo a mi madre”.

¡Claro! Cómo haría cualquier persona humana. Todo lo demás es fanatismo y abstracción o revolución y liberación necesitada de muertes y, si es posible —seamos claros—, la muerte de los demás.

–Aquella disputa entre Camus y Sartre, dos pensadores de izquierdas, era mucho de tu generación.

–Es que no queríamos creer que en la Unión Soviética había gulags; aunque, si pensabas cinco minutos, lo constatabas. En ese momento, a mí me interesaba más Sartre porque era el ateo, el antisistema en las barricadas, pero no dejábamos de leer a Camus. Yo, con 19 años, ya había leído todo de Camus y me fascinó. Nosotros leíamos todo lo que provenía de Francia y estábamos con ambos. A los que no soportábamos eran los católicos.

–Pienso que tu vida y la de Camus tienen semejanzas.

–¡Ya querría yo!

–Un barrio pobre, el Raval, hija…

–Yo era casi del cuarto mundo avant la lettre. Era del gueto de los murcianos. ¿No sabías que había un gueto en Barcelona de los murcianos? Desde principios del novecientos. Mis padres llegaron cuando ya eran mayores, cada uno por cuenta propia, con sus familias. Por parte de madre, venían a Barcelona por la Exposición de 1929. Todos eran carpinteros de Cartagena, donde se había cerrado todo. Fue entonces cuando vivieron en la zona entre las murallas de la Rambla y Montjuïc. Allí se construyeron barracas y después el barrio Chino: comisarías de la Guardia Civil con caballos, lavabos públicos, lavanderías públicas, las fábricas ‘con sus gentes’, como diría Julio Iglesias.

–Hablando de tus orígenes, escribes: “Éramos el barrio. Hijos de una posguerra y de una geografía concretas, veníamos de fábricas en donde abrasó sus pulmones el proletariado surgido de aquella industrialización”. Y cierras así: “Veníamos de las aguas fecales, de la ropa perennemente húmeda porque ni el sol se atrevía a acercarse a nosotros. La tercera muralla, que dio origen a la Ronda y al Paralelo, nos emparedó, consumó la segregación; éramos propiedad ajena y esa nueva barrera resultó determinante para retenernos, para que nuestro hedor de Barrio sur no alcanzara las orondas pecheras del naciente Ensanche”. No veas.

–Tal cual. Yo todavía desconozco cuáles eran los propietarios de nuestras casas del barrio Chino, ¿sabes? Por lo que yo sé, era un marqués con una masía en Esplugues de Llobregat. Cuando después viví en el Eixample, ya me di cuenta. Son como putos dueños. Esta es la mierda, ¿lo entiendes? Pero, a mí, me suda el coño. Todos estos han vivido de rentas toda la vida y todos son, ya no digo de Puigdemont, sino de más allá…

– ¿De Quim Torra?

–Más aún, aún más. Te perdonan un poco que seas charnega (Persona que ha emigrado a Cataluña procedente de una región española de habla no catalana), pero no que no pienses como ellos. Mira, yo me he equivocado con los hombres; pero, al no firmar papeles, me iba. Uno pertenece a aquello a lo que pertenece, pero uno mismo debe saber que él es el responsable de sus actos y no de los actos de los demás. Yo comprendí que, si seguía en mi familia, no saldría adelante, como sí lo estaba haciendo el país.

Maruja Torres
Hablo de leer y viajar y saber que existen otros mundos. Foto: Cortesía

–¿Hablas de no conformarse?

–Sí, de no sentirse a gusto en la mierda, en la ignorancia. Hablo de leer y viajar y saber que existen otros mundos. Me parece que luchar por cambiar de vida ha sido lo mejor que he hecho. Hablo de que, si miras atrás, te das cuenta de que todo aquello es un peso muerto y que es necesario cortar, cortar los pesos muertos.

–En este sentido, dices que leer bien te salvó. ¿Por qué? Explícamelo.

–¡A mí me salva, sí, sí! Mira, leer bien es como… ¡como votar bien! [Maruja estalla a reír mientras se agarra las rodillas y se echa atrás en el sofá pies arriba.] A ver, si tú acumulas doscientos libros de Corín Tellado [escritora española de novelas rosa y románticas], tu vida no va a cambiar. Quizás te ayuda a hacerte pajas o incluso a equivocarte en el matrimonio. Pero, si buscas a otros autores, la cosa puede cambiar. Coño, si estoy hablando de las afinidades selectivas, ¡se-lec-ti-vas! Tienes que tener instinto. Te lo digo porque yo no tenía maestros, ¿qué coño tuve yo? Yo ya estaba bien encaminada, porque solo quería hablar de libros, leía todo lo que caía bajo mi nariz. ¿Cómo? Escogía por identificaciones, por instinto. Dostoievski, Dickens, Dos Passos, Steinbeck. Y cuando te decían que había una habitación cerrada de libros prohibidos, como lo estaban, entrabas. Pero, claro, permanecer en la mediocridad es mucho más fácil, querido.

–¿Tú crees que uno de los problemas de ahora es que no se lee?

–Es una mezcla de ignorancia y desmemoria. Hay una juventud más acostumbrada a tener que reflexionar; tampoco quiero generalizar, porque yo nací en una España donde los hombres se rascaban la bragueta en público, aunque luego cambió. Son procesos educacionales… Ahora bien, si nos olvidamos y bajamos la guardia, los de Vox impondrán de nuevo rascarse la bragueta.

–Y mover el palillo entre los dientecitos.

–Sí, y un dedo en el culo y otro en la nariz. Retroceder, nunca. En todos sitios, los sistemas educacionales han fallado mucho, al menos en este país. La educación es muy poco humanista y depende mucho del buen maestro, pero los buenos maestros están agotados porque tienen muchos alumnos. Yo creo en la educación pública… La privada, ya sabemos cómo va: extiende cada vez más sus tentáculos; de modo que los ricos serán los únicos cultos… Pero, ¿sabes qué? Ni eso. En este país triunfó el fascismo, y esto no se produjo en Italia ni en Francia ni en Alemania. Y, por supuesto, pasa factura. Mira a la Iglesia tan fuerte en Italia y, en cambio, los italianos no son como nosotros. Aquí, el nacionalcatolicismo ha hecho aún más daño.

–¿Cataluña se salva de esto?

–Yo creo que también sufre de un catolicismo carlista… Diría que tiene más salvación porque queda más cerca de la frontera; pero tampoco te fíes mucho de los católicos franceses. No podemos simplificarlo. Cataluña, en los años setenta, se salvaba. Pero debemos estar atentos porque, a la que te descuidas, te insuflan los aromas de Montserrat y ya estás jodido.

–Háblame de tus padres. ¿Tu madre era modista?

–Limpiaba, lo que fuera. Yo nací en 1943 y ella tenía 39 años. Mi padre era un hombre que, si dejamos de lado que le hostiaba… [Maruja se gira y desde el sofá alarga la mano y coge una foto pequeña en la que sale ella, de niña, en medio de sus padres.] Mira, qué elegante, cinco minutos antes de salir de casa. Esta foto es una impostura. Mi padre tenía casi 50 años y este era su segundo matrimonio. Su primera mujer, la madre de mis dos hermanastras, murió en el bombardeo de los italianos, donde murió también la madre de Juan Goytisolo. Él pilló una buena cogorza, durmió la mona y me dio de alta en la vida el 30 de marzo de 1943; pero yo nací el 17 de marzo y ahora tengo dos cumpleaños. Él era un camarero, un alcohólico y era violento. Mi madre no se separó porque en aquella época la justicia estaba a favor de los hombres y a una mujer se le podía acusar de adulterio en cualquier momento con dos falsos testigos y se le quitaba al hijo o la hija. A pesar de cómo está la justicia ahora, esto ha cambiado. Mis padres son hijos de su época, productos de ese tiempo.

–Escuchándote, recuerdo que mi abuela me hablaba de casas de beneficencia, donde acogían a niños y niñas abandonados.

–¿Sabes qué? En uno de los paseos moralistas de mi madre, ella me decía, mirando una de esas casas: “Qué suerte has tenido de que no te jodieran en el turno”. Esas eran las alegrías familiares. Mi madre, pobre mujer, la casaron porque se le había pasado el arroz y le presentaron un viudo de buen ver; pero el viudo de buen ver era un alcohólico de esos que no lo parecen.

–En la foto sale bien peinado, vestido, elegante.

–Sí, peinado y elegante… y la primera hostia, cuando cierras la puerta de casa. Fueron víctimas de la Guerra Civil.

–¿En qué crees que te ha marcado todo eso como escritora y periodista?

–En todo, los orígenes te marcan en todo; pero es necesario saber vivir porque es muy ridículo ser adulto y llorar por los orígenes. Y, además, cuando viajas un poco, se te quitan las tonterías de encima.

–En esa época de adolescencia, conociste a Terenci Moix y a Manolo Vázquez Montalbán. Vitales para ti. La amistad.

–Terenci fue una bendición del cielo. Él vivía en la parte noble, en la calle Joaquín Costa. Eran catalanes con antepasados aragoneses, el origen noble, el de la Cataluña ligada a Aragón, que significa que se proviene de la Corona, ¿verdad? [La Maruja ríe burlona.] Era una familia modesta. El padre era pintor, tenía la granja, y yo subía detrás de Terenci, saludaba a todo el mundo y después todos, como una manada de búfalos, nos íbamos al otro piso, a la calle Casanova, con todos los licores que sobraban de la Navidad: la menta, el anisito… pero, ¡por Dios! [Maruja chilla y se coge de nuevo las rodillas], ¡si eran una mariconada de bebidas!

–¿Cuántos años tenías?

–Yo, 14, y Terenci, 15. Amparito, una amiga que vivía en un callejón del Barrio Gótico —ambas de familia pobre y trabajadora, en aquella suciedad de la época, en ambos lados de la Rambla, aunque había más putas en mi lado—… Bien, lo que te decía, con Amparito nos conocimos en el Centro Excursionista de Cataluña. Yo estaba loca por conocer a gente. En el centro había varios que querían escribir libros: todos tristes, siniestros, muy jóvenes y muy mal vestidos, entablados con un café rancio y un vaso de agua. Total, que, un día, Amparito me dice que tengo que conocer a un compañero suyo que trabajaba en la editorial Bruguera, que se llama Ramon Moix y que no me haga ilusiones, porque es de la otra acera, como se decía antes y que le gusta mucho el cine. Y así fue. Maravilloso.

–En la portada de tu libro Esperadme en el cielo, salís los tres abrazados a las butacas de un cine, mirando la pantalla, tú en medio de Manolo y Terenci. En aquella infancia de posguerra, ¿el refugio y el sueño era el cine?

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–No solo era nuestro refugio, sino que era mejor que el de hoy, cuando todavía el cine vivía de los talentos europeos emigrados, cuando los estudios tenían productores fuertes y los agentes de los actores todavía no controlaban todo; no como ahora, que pagan un huevo a un tipo para hacer una megapelícula para un megapúblico y exigiendo que deben venderse muchas camisetas y palomitas.

–Todo son películas de superhéroes.

–Eso mismo. Solo te digo lo que debe ser crecer ahora con Marvel.

–Hay una foto tuya con Regàs, Terenci y Luis Antonio de Villena con el piano que…

–¡Terenci era la alegría personificada! Y cantaba [Maruja coge aire, llena el pecho y con voz grave empieza a cantar] “Si te acercas a un muchacho yendo hacia el trigal…”. Era la canción de Ava Gardner en Mogambo, versión española.

–Sobre tu generación de los setenta, la de los escritores catalanes que escribís en castellano, como Juan Marsé y otros, hubo una…

Mira, me aburre a muerte este tema. En los años setenta ya me preguntaron por qué no escribía en catalán, y la última pregunta que me hicieron en Cataluña fue la misma. Me aburre. ¡Cada uno es hijo de su lengua y de su historia! Ya está bien, coño, yo no elijo mi lengua: es la lengua la que me elige a mí. Me importa un coño, hostia. [Maruja resopla y mueve los brazos arriba, como si espantara demonios.]

–Ya sé que te enfada, lo sé, es la parte más pesada de la entrevista. ¿Es literatura catalana la que se escribe en español?

–Claro. Como si fuera un italiano que nació en Barcelona hijo de un camello y una lactante, qué sé yo. Lo que puedo decirte es que soy un mamífero bípedo y punto. Ya no tengo más definición. ¡Estoy hasta el mismísimo coño de que intenten que interiorice las identidades, hasta el coño! Mira, cuanto más nos dividamos, más débiles seremos, ¿lo entiendes? Y la lucha de clases a tomar por el culo. Pero… [de repente, Maruja empieza a reír pícara y divertida], si tú sabes, querido, que en pocos años y no falta mucho, cuando tú salgas a follar, llevarás un chip dentro y decidirás en ese momento qué eres y con quién te lo pasas bien… ¡Si vamos todos de cabeza hacia Blade Runner!

–Sí, sí, lo sé, lo sé.

–Si yo seré una replicante, a mí qué coño me importa en qué idioma escribo. Si recibo mensajes en mi teléfono que me dicen “aprende a dictar en vez de escribir”. Se me ponen los pelos de punta con solo pensarlo.

–Para cerrar este tema: en la primera entrevista en CRÍTIC, decías que no eras independentista, pero que no te molestaba. Ahora, después de todo lo que hemos vivido, ¿cómo lo ves?

–A mí me pareció que prometían algo que no podían cumplir, y es lo que me parece más grave. Y la división es una tontería. Yo siempre he sostenido -desde mi libro Mujer en guerra– que, cuando llegó Pujol a la Generalitat, todo se provincianizó. Fue un trabajo lento que ha dado su fruto y ahora estamos en un punto que ya no me interesa nada. Yo he conocido una Rambla que ahora da pena. ¿Qué culpa tenéis vosotros de no haber vivido los setenta?

–Sí, fue una época cultural fantástica, de creación, de ambiente liberal… Tú has dicho que a la “charnega” muchos se la querían llevar a la cama.

–A las charnegas, se las querían follar todos, pero no casarse con ellas, claro, ¡no me jodas! ¡Afortunadamente! Un compañero que trabajaba en la revista Por Favor decía que, para casarse, mejor una Roseret o una Montserrat o una clueca catalana con garantías. Las charnegas íbamos a nuestro aire… Pero, fuera coñas, algunas catalanas, hay que decirlo, también eran muy liberales. Fue una época magnífica; aunque no me parece que esta sea mala.

–Has dicho que es una de las mejores épocas para contar al mundo. ¿Seguro?

–Es interesante; otra cosa es vivirla, por supuesto.

–¿Y crees que el periodismo tiene suficiente fuerza para contarla?

–No, pero tendrá que reinventarse. El periodismo está saliendo mejor de lo que parecía durante la crisis. ¿Y por qué? Porque ahora os habéis acostumbrado a sufrir, querido. Es el signo de los tiempos. Lo que le ocurre al periodismo le está pasando a todo el mundo: a los taxistas, a los tenderos, a los mecánicos…

–¿Y qué ocurre?

–La uberización y la glovización de la vida.

–¿De las relaciones, también?

–Aquí, no sé, no sabría qué decirte. Yo, las amistades, las tengo, como dicen, a la vieja usanza, buenas de cojones, de verdad, de estilo analógico. A ver, la tecnología es fantástica; otra cosa es cómo la utilizamos.

–¿Y qué te daba el periodismo antes, sin tanta tecnología?

–Lo que me gustaba es que había movimiento: el periodismo era la vida exterior. Para mí no hay más placer que investigar e investigar sobre el terreno era la aventura intelectual y física: conocer a gente, historias, saber y desmentirte a ti misma y constatar que lo leído no te sirve. Era fantástico: la vida llena.

–¿Y la literatura?

–Suplió mi tiempo. Me iba haciendo mayor y tenía problemas de rodilla y, claro, si estaba en un país y venía alguien a picarme y tenía que huir corriendo, lo tenía jodido. En Haití, una vez que venían los hijos de puta con las porras, yo le dije a Joaquim Ibarz, un compañero amigo de La Vanguardia: «Niño, que no puedo correr». Y él cogió la libreta y me la puso sobre la cabeza como si quisiera detener el porrazo y le gritó al trozo de asno del militar: “Journalist, journalist”. Y el otro se quedó tan desconcertado al ver la libreta, que se puso a darle porrazos a un negro que pasaba por allí.

–Dices que el relato de la Transición le pesó mucho a vuestra generación. ¿Por qué?

–De la Transición, opinas poco cuando la vives. Murió mucha gente. Había ese grupo de falangistas, como los de ahora; la derecha era brutal y ETA —todo hay que decirlo— mató a gusto cuando murió Franco. Estábamos en una fragilidad permanente, intentando proteger lo poco que estábamos consiguiendo; por tanto, ni beatos ni hostias, se hizo lo que se pudo en un país donde Franco ganó en 1939 y, encima, murió en la cama. Además, las potencias no ayudaron; más bien al contrario: ayudaron a los demás. No había caído el muro, y eso fue fundamental, porque los fachas y la derecha española -que es la propietaria de la finca- no sabían en ese momento que la URSS era un tigre de papel.

–¿Y después?

–Que los españoles votaron a la UCD. Y, ¿qué quieres que te diga? En eso estamos y nunca saldremos de ahí. Ahora miras atrás y ves que Suárez, pues bien; pero, en su momento, nos parecía un zoquete. Queríamos pasar a la izquierda dominante y todo se fue al garete, como en la vida misma. Hay que leer a Scott Fitzgerald para darse cuenta de que el fracaso es la constante en la vida.

–Deberíamos aprender a fracasar mejor, ¿verdad?

–Exacto, diciendo “Mira, llevo mejor esto de fracasar” y ya está. [Ríe.] A mí, los ochenta se me hicieron muy pesados. Yo quería viajar, ir donde hubiese juerga, como en Líbano, en la Nicaragua de los sandinistas o en el Chile de Pinochet. Tres veces me he marchado de El País: la primera, cuando estaba harta de cultura porque no podía viajar y me fui a Cambio 16. Dos años después, me recuperaron y me dieron todo lo que pedía. Y, con el tiempo, entré en la espiral del primer ERE, cuando se cargaron a los grandes, yo me solidaricé con ellos y puse a parir a Cebrián en las universidades, tachándolo de un Saturno que devora a los hijos o de tiburón rollo Wall Street. Cuando se me terminó el contrato de colaboradora, ya después de la jubilación, me dijeron que ya buscarían otra cosa para mí; pero, como no soy imbécil, me fui. Y la tercera, cuando Soledad Gallego me puso como columnista mientras duraba la cuarentena.

–Pero, antes de que acabase, a ella la echaron.

–La versión oficial es que Soledad Gallego había firmado para dos años y no la renovaron. Ahora bien, el nuevo director que pusieron es quien me echó a mí.

–Javier Moreno, El Niño de los ERTES, como lo llamas burlona en tu cuenta de Twitter.

–Aquí en Madrid le llaman El Carnicerito de Chueca. [Ríe.] Pero, bueno, lo que te decía, los ochenta se me hicieron pesados y, cuando después llegaron los Juegos Olímpicos de Barcelona, me dije: “Aquí habrá un batacazo económico que ya verás”. Y, de hecho, lo hubo.

–Y ahora, ¿por qué has venido a Madrid?

–Porque tengo más amigos aquí. Mira [Maruja consulta el móvil], agenda, agenda: el sábado pasado comí con unos amigos de Barcelona. Semana que viene: comida con Víctor Manuel, Ana Belén, Trueba y mi vecino Edu.

–¿Cómo ves ahora a El País con Pepa Bueno?

–Está mejorando. La sección de Opinión está reforzada y se publican bastantes reportajes, que se habían perdido mucho. Y tienen gente buena enfocada en América Latina. Otra historia es hasta cuándo podrán resistir, porque arrastran una deuda brutal. Han ido tirando, pero… Lo que tiene El País es la cabecera y la influencia y si no son burros los propietarios de ahora; es lo que deben potenciar, porque no nos sobra ningún diario. Yo estoy suscrita a diarios de izquierdas y de derechas. El centro no existe.

–¿Hay algún columnista de derechas que te guste?

–Es que creo que ellos no se reconocen a sí mismos como de derechas y yo no pienso denunciarlos. Hay mujeres que me gustan, pero sobre todo me gustan los reporteros y reporteras.

–En El Español de Pedro Jota dicen de ti: “Demasiado sincera para destacar en el poder, extremadamente cercana a sus compañeros, poco dada a los jerarcas”. Es un cumplido.

–¿Quién lo escribe? Yo siempre me he llevado bien con mis compañeros y tengo amigos en todos los sitios.

–La amistad ha sido una constante en tu generación. Lo echo de menos un poco en el periodismo actual, demasiado de trinchera.

–Porque ahora obligan a la gente a acuchillarse: es el sistema capitalista; que te metas con los inmigrantes y los pobres. Es el individualismo, el thatcherismo, pasado ahora de Esperanza Aguirre en Díaz Ayuso. Pero aceptado por los jóvenes. Es ese banco de la calle donde hay dos repartidores de la misma firma de comida para llevar, con la mochila a las espaldas y con el teléfono a ver quién coge el lugar más cercano para ir, en lugar de unirse y exigir. Esa es la imagen.

–Y tú, cuando te mueves y sales a la calle, ¿qué ves? ¿Con qué te quedas?

–Yo tengo un gran abanico de corresponsales, que son los taxistas y me cuentan cosas. El último recuerdo que tengo es el de un taxista que antes había sido camionero, de la zona de Cabañeros, quien me explicó que el embalse de allí está tan bajo que incluso se ven los cimientos del puente románico, que nunca se habían visto y que las ovejas se quedan atrapadas en el barro. Estamos fatal. Pero, mira, cuando me reúno con los amigos, reímos y disfrutamos de la vida, nos contamos anécdotas, historias y ponemos a parir a quien le toque.

–Es muy importante el gozo, sí, la risa, la amistad. La mesa en torno al vino.

–Todo eso es maravilloso, las sobremesas largas.

–El paraíso.

–Es el ágora, el contacto con los demás. Yo lo intuía antes, pero no lo sabía todavía con la piel. Lo que siento ahora en la barriga es el paso del tiempo, lo siento en la piel. No hablo de matar el tiempo, sino de sentirlo cómo corre por dentro del estómago. Es lo único que tenemos. Y, cuando nos morimos, se va, ya no está.

Fuente: La Marea / Original aquí.

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