“Es muy duro vivir en Argentina en estos momentos”: Hernán Ronsino, autor de “Cameron”

En 2017 el gobierno macrista intentó renovar esa ley, la gente salió a la calle y ahora acaban de decir que se rechaza. Pero fueron días en los que el criminal y sádico Miguel Etchecolatz (89) obtuvo la prisión domiciliaria en Mar del Plata y a Ronsino se le ocurrió hacer Cameron. Una novela corta, que escribió rápido y un poco para demostrar que el es escritor y como tal también le interesa la realidad cuando se pega en las ventanas como una sopapa invencible.

Ciudad de México, 27 de marzo (MaremotoM).- Hernán Ronsino (Buenos Aires, 1975) se ríe cuando le digo que todos los argentinos escritores parecen Jorge Luis Borges, que es una manera de decir lo cerrada que está esa literatura, como si fuera un poco la música del Brasil. Sobre todo no conocen a los muy buenos escritores que se están dando en Latinoamérica y en cierto modo mi crítica es compasiva, equivale a preguntar cómo es hoy ser escritor allá.

“Es difícil, allí no existe el FONCA. Por un lado está bueno, pero casi siempre tenemos que trabajar de otras cosas para escribir en los tiempos libres”, dice el autor, oriundo de Chivilcoy, ahora residente en Villa Crespo, un barrio de la capital “donde se ve la gran crisis económica” argentina.

Precisamente, la clase media “vólatil”, que hoy vota a Cristina Kirchner y mañana a Mauricio Macri, lo ha despertado un poco de ese ensueño que tenía un poco con el pasado y la vida en las provincias. Digamos que Cameron (Almadía) es como un grito, una pulsión, “devenida –eso sí- en objeto estético”, aclara.

Sobre todo, fue el 2 por 1, esa horrible argucia legal que existió entre 1994 y 2001 con el objetivo de reducir la población carcelaria, compuesta en gran parte por personas con prisión preventiva y sin condena firme. La ley -formalmente la 24.390- indicaba que pasados los primeros dos años de prisión preventiva sin condena, se debían computar dobles los días de detención.

En 2017 el gobierno macrista intentó renovar esa ley, la gente salió a la calle y ahora acaban de decir que se rechaza. Pero fueron días en los que el criminal y sádico Miguel Etchecolatz (89) obtuvo la prisión domiciliaria en Mar del Plata y a Ronsino se le ocurrió hacer Cameron. Una novela corta, que escribió rápido y un poco para demostrar que el es escritor y como tal también le interesa la realidad cuando se pega en las ventanas como una sopapa invencible.

No es una novela como todas las que conocemos de Hernán, pero se parece un poco a Glaxo (Almadía), esa historia pequeña que queda abierta, un poco para que el lector la complete. “Estuve un poco vago”, le dice al lector en broma, pero lo cierto es que Cameron reabre y al mismo tiempo expande las heridas argentinas que están en el aire, viniendo del pasado y el presente, un poco también para actualizar lo que Ronsino viene diciendo desde hace tiempo. “Nunca más, es cierto, pero ¿nunca más qué?”, se pregunta.

Un libro sobre Cameron, un libro abierto, con muchos enigmas a ser llenados por el lector. Foto: Almadía

“Sin justicia hay venganza”, dice uno de los personajes de Cameron y probablemente, esta novela que es la más cercana a la realidad nacional, aunque puede leerse perfectamente (como gran objeto estético que es) en todo Latinoamérica, se acerque mucho más al pensamiento del autor.

–Le decía a Lina Meruane el otro día que sus libros eran minúsculos y que luego se agigantaban. Tu libro es como un gran cuento de hadas, abres cada página y se abre un mundo, un espacio…

–Unas hadas particulares serían estos. Sí, hay mucho condensado acá. Como también está condesada Glaxo (Almadía), opuesta a Lumbre (Almadía), que es una novela larga. Acá hay muchas referencias, muchos símbolos, no está tan precisado eso. Uno no conoce el territorio, las fechas juegan con una indefinición, me gustaba también un poco para salir de Chivilcoy, que era el pueblo donde venía trabajando todas las novelas. En cada fragmento hay como una pastilla que condensa.

–Dice uno de los personajes que el descubrimiento de una idea lo obliga a contar. Al lector le pasa un poco eso

–Eso lo dice el locutor de radio que mete a la poesía mientras anuncia la publicidad. Es un personaje particular, el que pertenece a una familia que es la que padece la violencia de Cameron. Me interesaba que la voz de él pudiera reconstruir algo de ese dolor que porta. Es lo opuesto a Cameron. Silverio pone en metáfora a través de la poesía, expresa algo. Él dice “sin justicia hay venganza”. Cameron es la ausencia de metáfora, es la violencia pura.

–¿Sin justicia hay venganza?

–Esta novela está atravesada por el tema de la justicia, por esa tensión. Cameron está en una especie de prisión domiciliaria, que saca ventaja de eso. Una de las cosas que dispararon la novela fue la prisión domiciliaria de Miguel Etchecolatz, en Mar del Plata, para mí era algo intolerable. Uno de los referentes más monstruosos de la dictadura y la represión, en prisión domiciliaria. La dictadura no está explicita en la novela.

–No, es cierto. Ahora, por otro lado, sí está hecha con lo que ha dejado la dictadura

–Las huellas que dejaron. “La huella es la memoria de una ausencia”, digo en la novela. En ese sentido, los efectos de esa violencia en el presente. Lo que vi en la última marcha fue la cantidad de gente distinta a la marcha de hace 10 años. Hay chicos jóvenes, está el movimiento feminista, creo que hay una resignificación de esa movilización. Me parece que hay una memoria viva, frente a una memoria quieta y fija. Decir nunca más, pero no reactualizarlo, puede transformarse en una sigla que no dice nada. ¿Nunca más qué?, sería.

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–Están las abuelas y las madres, que parecen que no van a morir nunca, con 300 nietos todavía desaparecidos

–Claro. Me parece que ese trabajo de resignificación es clave. Hay una idea de Bauman, Modernidad y holocausto, en el que él piensa sobre la idea del genocidio moderno y dice que lo que falla son los frenos morales de la modernidad.

–Cameron siempre busca la pierna, ¿quiénes son los que le dejan la pierna en la casa de Orsini? ¿Son sus ayudantes, sus simpatizantes?

–Eso está medio así, lo que quieren es escracharlo, de jóvenes que quieren escracharlo, son hijos de padres que sufrieron la violencia. Esa pierna lo va a ubicar a él mientras llega la policía a buscarlo, es una zona medio delirante de la novela.

–El tema del cáncer me hizo acordar a El libro de las mentiras (Alfaguara), de Gastón García Marinozzi, sólo que aquí es un cáncer de lengua…

–Es como Castelli, el cáncer de lengua, que aparece en la novela La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera. El orador de la revolución muere con cáncer de lengua. La enfermedad es como una cárcel para Cameron. Esa mujer representa la tensión de los de arriba y los de abajo, pero la sensación de que esa mujer lo cuida, es como su única forma de contención.

–Pero cuando él viola a Mita, aclaramos un poco esa relación, ¿no?

–Es una relación de violencia, de sometimiento y de subordinación. Esa tensión es contraria a los que se da entre los padres de Silverio.

–¿Cameron nunca se da cuenta de por qué lo persiguen?

–Sí, claro. Sabe. Sabe que lo está buscando, porque además la pulsera está en la pierna y por eso lo van a perseguir. El espacio para la memoria en Buenos Aires me llamó la atención porque está vacío. Hay otros espacios, como en Chile, por ejemplo, donde hay un montón de objetos, pero el de la ESMA está vacío, como si con tu cuerpo tú fueras a recrear lo que pasó. El lector, desconcertado, como no tiene toda la información, tiene que hacer algo con eso. Un poco esa era la idea en el fondo. El diseño de la portada de Almadía capta muy bien el vacío y atrás aparece lo explícito.

–¿Las pastillas van y vienen?

–Te habrás dado cuenta de que esta novela fue como salirse de donde estaba cómodo. Algunos lectores se desconcertaron. Quería que como efecto fantástico las pastillas mostraran el inconsciente de Cameron. Uno no sabe si está el delirio o si pasó realmente.

–Bueno, pero Sosa se suicida con una pastilla

–Hay otra pastilla, pero son diferentes. La de Cameron es distinta a la pastilla del militante.

–O sea que le dejaste todo al lector

–Un poco (risas). Fui vago.

–¿Quién es Orsini?

–Orsini es la clase media argentina. Ese comportamiento volátil, que se recuesta con alguien, “no sabíamos nada” y cuando le toca su bolsillo o su estima, ahí reacciona. Se hace como el boludo o no quiere ver. En general, la que termina definiendo las elecciones, dando los bamboleos de uno a otro, es la clase media. Ese movimiento es histórico, con los sectores populares no quiere saber nada, con el neoliberalismo tampoco, Orsini tiene un poco esas contradicciones.

–Esta novela, Cameron, es de todas las tuyas la que más hincapié hace en la realidad, en lo que pasa en este momento en Argentina

–Sí, creo que sí. Es una de las novelas que más mira el presente. Tal vez el modo en que la escribí y la velocidad con la que salió tiene un poco que ver con eso. La Corte recién ahora dijo que el 2 por 1 no puede aplicarse, lo de Miguel Etchecolatz, con Lopérfido cuestionando los desaparecidos…

–Ayer lo vi a Martín Kohan aclarándole por qué decimos 30 mil desaparecidos

–¿Lo viste? Es maravillosa esa explicación. La última de Lopérfido es que quiere sacar el mural de Evita, del edificio en la 9 de Julio, porque dice que es “fascista”. Ojo, la sociedad civil igual reacciona fuertemente contra eso. Son intentos que no avanzaron.

­–Me parece que leer Cameron está bien leerlo fuera de Argentina. Estar ahí, mirar a Lopérfido en la televisión todos los días, creo que vomitaría cinco o seis veces por día

–(risas) Es muy duro vivir en Argentina en estos momentos. El efecto de las políticas se ve en las calles. En mi barrio, Villa Crespo, ves gente durmiendo en la calle como hace mucho no se veía. Duerme en los cajeros automáticos, algunos bancos cierran los cajeros a la noche, para que no entre la gente a dormir. Me ha pasado en estos días ir al supermercado y encontrarme con personas que devuelven la mercadería porque no pueden pagarla. No es sólo este debate simbólico de qué hacemos con el pasado, sino se ve en la precarización de la sociedad y en la dificultad para proyectar, lo que pasa en estos momentos en Argentina.

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