Javier Marías

Es raro, siempre lo vi joven a Javier Marías

A mis 30 años lo descubrí con Mañana en la batalla piensa en mí. Era un libro gordo y blanco, con un título maravilloso. En esos tiempos compraba un libro por el título, claro. Y la lectura de esa novela marcó lo que viene siendo una característica en mi acercamiento a los libros: como si una cadena que desde España atravesara toda Europa y me hiciera finalmente caer en la literatura inglesa, que luego estudié con mucha pasión (aunque tuve que dejar la Universidad sin recibirme) y establecer que sin saber un ápice de ese idioma, sus escritores me conmovían hasta la médula.

Ciudad de México, 12 de septiembre (MaremotoM).- “Lo que más cuesta es matar, es un lugar común que sobre todo suscriben los que nunca lo han hecho. Lo dicen porque no se imaginan a sí mismos con una pistola o un cuchillo o con una cuerda para estrangular o un machete, la mayor parte de los crímenes llevan su tiempo y requieren un esfuerzo físico, si son cuerpo a cuerpo e implican peligro (nos pueden arrebatar el arma en un forcejeo y ser nosotros quienes acabemos fiambre). Pero la gente se acostumbró hace mucho a ver rifles con mira telescópica en las películas, a los que sólo hay que apretar el gatillo para acertar y haber terminado, una tarea limpia y aséptica y con escaso riesgo y hoy ya ve cómo alguien opera un dron a miles de kilómetros del objetivo e interrumpe una vida o varias sintiéndolo como ficción, como un acto imaginario, como un videojuego (el resultado se contempla en pantalla) o, para los más arcaicos, como el golpeo de la gruesa bola de acero en un flipper, contra la que combatimos. Aquí sí que no hay riesgo posible ni sangre que nos salpique la vista”. Este párrafo de Tomás Nevinson (Alfaguara) siempre la leo, porque refleja la muerte aséptica e infalible de nuestra sociedad. El texto corresponde a su autor Javier Marías (1951-2022), que ayer ha muerto y que ayer me ha dejado un poco más sola en esa columna vertebral que conforman los escritores, músicos, artistas que me han formado.

Parezco un Terminator, como un rompecabezas que cada pieza corresponde a una obra, a un autor, que ha sido y sigue siendo imprescindible para mí. Es raro, siempre lo vi joven a Javier Marías y jamás he podido entrevistarlo.

Me imaginaba que cuando lo tuviera enfrente no iba a poder hacerle una pregunta, aunque todos dicen que era un hombre muy afable, una persona fina y elegante, que seguramente no le haría pasar un mal momento a su entrevistadora.

Javier Marías
Foto: Cortesía

Pero no. Nunca. Quizás por eso que dice Marisol Schulz: “Nunca pude convencerlo de que regresara a México. Ya había estado en una ocasión cuando presentamos uno de sus libros (creo que Corazón tan blanco). Se negaba a tomar un vuelo en el que por 12 horas le prohibieran fumar. Con un gran don de gentes, puedo afirmar que era un verdadero caballero español. Y varios de sus libros están en mi lista de imprescindibles”.

A mis 30 años lo descubrí con Mañana en la batalla piensa en mí. Era un libro gordo y blanco, con un título maravilloso. En esos tiempos compraba un libro por el título, claro. Y la lectura de esa novela marcó lo que viene siendo una característica en mi acercamiento a los libros: como si una cadena que desde España atravesara toda Europa y me hiciera finalmente caer en la literatura inglesa, que luego estudié con mucha pasión (aunque tuve que dejar la Universidad sin recibirme) y establecer que sin saber un ápice de ese idioma, sus escritores me conmovían hasta la médula.

Javier Marías, dicen, que es el escritor más inglés de España. Aunque yo también creo que muchas veces escribía pensando en Latinoamérica como una gran ficción. Algo que se dibujaba en su horizonte como una maraña de la que salían disfrazados desde Elena Poniatowska hasta Fernando del Paso. Era un viejo español antifranquista (sufrió mucho durante la dictadura), al mismo tiempo alguien internacional para el que el universo le parecía poco.

“Fue en el año cuando Fernando del Paso obtuvo el Premio Cervantes. Después de hacer la cobertura de la entrega como periodista de Canal 22 en Alcalá de Henares, regresamos a Madrid para continuar con la Noche de libros. Yo insistí que debíamos cubrirla porque participaba mi admirado Javier Marías. Llegamos en punto. Comenzó una conversación entre él y un periodista español. En un momento se refirieron al Premio Cervantes recién entregado, Marías dijo algo así: Vaya, pues no sé quién es Fernando de Paso ni conozco su obra. La verdad solo he visto por la televisión a un tío en silla de ruedas al que no se le entiende cuando habla. Uno no acaba de entender por qué habiendo tantos cervantistas españoles notables, le dan el premio a un mexicano. Ha sucedido en otros años y algunos hasta se presentan vestidos con ropa étnica y flores en la cabeza” (se refería a la Poniatowska que lo había recibido antes). Justo esa parte de la presentación no fue grabada por nuestra cámara, así que con espíritu periodístico comencé a ver cómo podría hablar de eso con Marías una vez que terminara su participación. Corrí al frente del teatro, enorme y atiborrado de gente. Vi en una esquina a Arturo Pérez Reverte. Me presenté y le pedí ayuda, que venía desde México. Me pidió que lo esperara un momento. En cuanto terminó la charla, se acercó a Marías. Volvió y me dijo que sí, pero que antes va a firmar algunos libros. “Lo espero, sin problema”, le dije. La fila para firmas era interminable. Aproveché para comprar Berta isla y que me lo firmara. Hora y media después terminó. Me acerqué a recordarle de la entrevista para un canal de Tv mexicano. Muy amable pasó a colocarse frente a la cámara. Hablamos de la influencia de Shakespeare y Cervantes en su obra y al final le pregunté su opinión acerca del ganador del Premio Cervantes y lo que había dicho hacía un rato en la presentación. Y así, como si nada, dice: “Hombre, pues me parece fantástico que se lo hayan dado a un escritor tan reconocido y que de paso se difunda la literatura mexicana en España. Mis felicitaciones.” ¡Claro! ¿Qué esperaba yo, que despotricara frente a una cámara de televisión mexicana? En fin, me quedé un poco frustrada y sin “la nota” y hasta se me olvidó pedirle que me firmara el libro, pero el gusto de haber podido conocer y platicar 15 minutos con quien me acercó a tantos libros y autores a través de Vidas escritas me queda hoy como un recuerdo muy entrañable”, es la anécdota de la periodista y escritora –directora de la CASUL- Guadalupe Alonso.

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“Salí del piso artificial a las 5 pm. Era domingo. El viento y la luz revitalizaban la tarde. Caminé hasta el transporte público y me olvidé de que, en mi farsa de comodidad burguesa, los domingos trabaja más gente de la que descansa. Aún resonaban los gritos de todos los gringos que pelean por su dinero en mis oídos. Son tan pobres como nosotros. Después, aplastado en el autobús, leí en mi celular, que Javier Marías murió. Me entristecí tanto. Se acabó. Una etapa de mi vida y del mundo que tuve murió. Los recuerdos de Bolaño recomendando su lectura en Entre paréntesis surgieron y sí. Ya es otro tiempo. Y otra vida. Sólo queda continuar con alegría, amor, literatura y orgullo. A pesar de que todo se va a perder en el olvido”, dice en su post de Facebook el escritor Kristian David Otxoa.

Javier Marías
Foto: Cortesía

A mí, ahora que se ha muerto, se me parece a Jorge Luis Borges. No sólo por no haber recibido el Premio Nobel, sino también porque el autor de El Aleph guardaba para sí y para quienes quisieran escucharlo una visión muy crítica de su argentinidad. De hecho, murió en Ginebra y poco a poco lo hemos hecho nuestro, a pesar de haber nacido en Buenos Aires. Es como Witold Gombrowicz, un escritor tan argentino que parece polaco o como Juan Rodolfo Wilcock, que de tan argentino se fue a Roma y comenzó a hacer poesías en italiano.

Javier Marías era tan español que también la pensaba como una ficción. Eso sí, era del Real Madrid y amaba desde hace 20 años a una mujer muy guapa, Carme López Mercader, que vivía en Barcelona y con la que había fundado la editorial Reino de Redonda.

Traductor, escritor y editor español y miembro de la Real Academia Española desde 2008. Hijo del filósofo Julián Marías y de la escritora Dolores Franco Manera, pasó parte de su infancia en Estados Unidos debido a las represalias del franquismo que recayeron sobre su padre.

“Y dígame, ¿no resulta un poco raro que siga viviendo con su padre a los cuarenta años?

Ehhhhhh, supongo que lo puede parecer, lo puede parecer… Pero claro, no es exactamente así. Digamos que, ehhhhhh, yo he vivido en varios sitios diferentes, tres años en Barcelona, y luego en Inglaterra, y unos meses en Boston, y después, durante varios años, he vivido a caballo entre Italia y España. De tal manera que nunca me he sentido muy estable en Madrid. Y supongo que todo esto tiene que ver en parte con cierta voluntad de provisionalidad. Y bueno, mi padre vive aquí desde hace muchos años, la casa es bastante grande como para no interferirnos mutuamente… En el fondo, más que vivir en la casa de mi padre es como compartir la casa con otro varón que resulta ser mi padre, y es un poco como si fuéramos dos viudos o dos solteros, como prefieras. Además, creo que es un privilegio tener cerca a una persona de edad, sobre todo si es una persona con la que uno se lleva más o menos bien y con la que se puede hablar, una persona civilizada, como sin duda mi padre lo es. Y es que la gente de cierta edad es la que mejor conserva la memoria, y a mí algo que me angustia de los tiempos actuales es que nadie se acuerda de nada. En parte eso viene, creo, porque el país acordó no pasar factura tras la muerte de Franco, y eso fue muy útil y estuvo muy bien, sin duda alguna, pero con el tiempo ha creado, me parece, una burbuja excesiva de desmemoria que arrastra hasta lo más reciente”. Fragmento de una entrevista llevada a cabo por Rosa Montero.

Javier Marías
Foto: Cortesía

Fue autor de más de una decena de novelas, entre ellas Los dominios del lobo, El hombre sentimental (Premio Ennio Flaiano), Todas las almas (Premio Ciudad de Barcelona), Corazón tan blanco (Premio de la Crítica, IMPAC Dublin Literary Award, Prix l’Oeil et la Lettre), Mañana en la batalla piensa en mí (Premio Rómulo Gallegos, Prix Femina Étranger, Premio Mondello, Premio Fastenrath), Negra espalda del tiempo, los tres volúmenes de Tu rostro mañana (Fiebre y lanza, Baile y sueño y  Veneno y sombra y adiós), Los enamoramientos (Premio Tomasi di Lampedusa, Mejor Libro del Año en Babelia, Premio Qué Leer), Así empieza lo malo (Mejor Libro del Año en Babelia), Berta Isla (Premio de la Crítica, Premio Dulce Chacón, Mejor Libro del Año en Babelia, en Corriere della Sera y en Público de Portugal) y Tomás Nevinson (Premio Gregor von Rezzori – Ciudad de Florencia); de las semblanzas Vidas escritas; de los relatos reunidos en Mala índole y la antología Cuentos únicos;  homenajes a Cervantes, Faulkner y Nabokov, y veinte colecciones de artículos y ensayos.

En 1997 recibió el Premio Nelly Sachs; en 1998 el Premio Comunidad de Madrid; en 2000 los Premios Grinzane Cavour y Alberto Moravia; en 2008 los Premios Alessio y José Donoso; en 2010 The America Award; en 2011 el Premio Nonino y el Premio de Literatura Europea de Austria; en 2012 el Premio Terenci Moix; en 2013 el Premio Formentor; en 2015 el Premio Bottari Lattes Grinzane; y en 2017 el Premio Liber, todos ellos por el conjunto de su obra. En 2016 fue nombrado Literary Lion por la Biblioteca Pública de Nueva York. Entre sus traducciones destaca Tristram Shandy (Premio Nacional de Traducción 1979). Fue profesor en la Universidad de Oxford y en la Complutense de Madrid. Sus obras se han publicado en cuarenta y seis lenguas y en cincuenta y nueve países, con casi nueve millones de ejemplares vendidos. Era miembro de la Real Academia Española y en 2021 fue elegido miembro internacional de la Royal Society of Literature (RSL), la organización benéfica del Reino Unido para la promoción de la literatura.

También ha escrito muchas columnas, en el periódico El País (acaba de salir ¿Será buena persona el cocinero? (Alfaguara, 2022), con textos publicados entre febrero de 2019 y enero de 2021). A veces era difícil llevarse de acuerdo con alguien que esbozaba sus ideas con un grito y con una pasión hoy difíciles de encontrar. Ya sabemos: este mundo es políticamente correcto, casi un mundo muerto.

Lo que siempre alabé de ese columnista casi adolescente era precisamente su juventud, la persistencia a sus ideas y la crítica incluso a un feminismo en lo que tiene que ser criticado. Ese estar como un verdadero cruzado desde un lugar donde los dimes y diretes rebotaban como un globo sin gas.

Dice el crítico y escritor Alejandro Toledo que los escritores deberían vivir 110 años. Javier Marías murió a los 70, casi un adolescente.

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