Lionel Messi

Es tu canción la que quiero oír en mi voz

Tras el paso del Checho Batista, Alejandro Sabella asume para las Eliminatorias de Brasil. El entrenador se reúne con Julio Grondona, acuerda rápidamente su contrato y le pide un número de teléfono. Llama a Javier Mascherano, le solicita una reunión, se ven cara a cara y le hace un pedido que presiente incómodo: “Sé que eres el capitán, pero me gustaría darle la cinta a Messi”. El volante central acepta sin dudarlo. La cinta viaja hacia el 10. Que no la va a soltar más.

Ciudad de México, 10 de julio (MaremotoM).- Es hoy. Es tu canción la que quiero oír en mi voz

I

Hunde su mejilla con todas las yemas de su mano derecha. Se toca la nariz. Escupe. El defensor rival Jérôme Boateng explota a su lado. Una estampida de suplentes de Alemania lo rodea. A un paso, el Kun Agüero aprieta los dientes y derrumba sus brazos sobre sus rodillas. El Maracaná suena a un tsunami de la letra O. Su tristeza podría caber en cómo ahorca su pera. No. Todavía no. En los siete minutos que quedan, mientras el mundo oscile entre arrancarse los genitales y jurar milagros, tirará un buscapié, se la guardará entre los tobillos hasta hallar espacio, ingresará al área corriendo para intentar un sombrerito de cabeza a Manuel Neuer, pispeará el reloj del estadio, se inclinará hacia su oficina creativa en la centroderecha, recibirá un pase, encarará, sentirá el dolor de un patadón desesperado de Bastian Schweinsteiger y pateará desde treinta metros por arriba. Recién ahí, asumirá que el maldito Mario Götze lo dejó sin el título de la final del Mundial 2014. Desde ese instante, desde ese gol, desde siempre, hasta siempre, en este día y en cada día, demostrará que su mejor magia no es su gambeta sino la ley de que en la vida nunca se abandona. Lionel Messi, a los 113 del suplementario, en Río de Janeiro, mientras todos lloran, usa su mano izquierda, la otra, para pedir la pelota, caminar diez pasos, llevarla hasta el círculo central y demostrar que un amor como el que siente no debe morir jamás.

Lionel Messi
El crack de la Copa América. Foto: Cortesía / Getty Images

II

La custodia la espalda al árbitro turco Cüneyt Çakır. San Petersburgo está en llamas. Argentina va 1 a 1 contra Nigeria. Se queda afuera en primera ronda. Algo que pasó tres veces en la historia: Suecia 58, Chile 62 y Corea-Japón 2002. Llueve un centro sobre el área argentina. Marcos Rojo extiende el brazo de más. Todas las mañanas, el defensor hace pesas. Su bíceps es gigante. La pelota encastra entre su hombro y su músculo. El árbitro marcha hacia el VAR. Messi acelera, quiere hablarle, hace de capitán, qué sé yo, convencerlo de algo. Unos días antes, habló por teléfono con su amigo Neymar y el brasileño le sugirió: “Vos tirate que las van a tener que revisar”. La historia es al revés. El juez se apura. Se clava delante de la pantallita. El 10, cinco metros atrás, no logra ni ladrarle. Ve la imagen. Se le para el corazón. Piensa: “Es penal. Lo va a cobrar”. Gira. Es el final. Pero el tipo que ya había estado a cargo de Argentina-Holanda en 2014, la semifinal del 9 de julio, hace la señal del cuadrado y dice que no pasó nada. Unos minutos más tarde, Nicolás Otamendi le gritará a Gabriel Mercado y a Rojo que ellos deben sostener al resto del equipo. Que no pasen al ataque porque quedaron con línea de tres atrás. El fútbol es fútbol porque Argentina vence con un pase del lateral derecho que define el izquierdo pegándole con la diestra. Messi asciende cual trineo sobre la espalda del goleador. No siempre esto fue de mala suerte.

III

El árbitro Wilmar Roldán pita el entretiempo. Es 2015 y el estadio Nacional de Chile ruge por ganar su primera Copa América. Esa temporada, a diferencia de la del Mundial 2014, había celebrado la final de la Champions League, la Copa del Rey y la Liga. En sociedad con Neymar y con Luis Suárez. Messi mira a la platea. Está preocupado. Hubo disturbios. Uno de sus hermanos y su papá comenzaron a insultarse con los chilenos. Pasó hace quince minutos. Cómo habrá hecho para verlo. El partido está 0 a 0 y morirá de esa manera. Jorge Sampaoli y Sebastián Beccacece, al frente de La Roja, admitieron más de una vez que recién sintieron que podían triunfar en el momento en que Ángel Di María salió con los músculos arrancados tras querer -y lograr- gambetear a más de media cancha. De ahí en más, el teorema consiste en un cuadrado carcelero contra el 10. Ningún plan es perfecto como para capturar a un genio. Acelera, asiste a Ezequiel Lavezzi, centra para Higuaín, que no llega a meterla. A los penales. El 10 es el único en la tanda que convierte. Alexis Sánchez la pica, ensancha los brazos, se encienden bengalas rojas. El dolor.

IV

Diego tiene un rosario en la mano. Observa desde el banco de suplentes. Hace algunos días, para disputar el tercer partido de la fase de grupos contra Grecia, lo nombró capitán. El más joven de la historia de la Selección Argentina. Se trabó con la arenga. Culminó con un “vamos la concha de su madre” que los compañeros aplaudieron. Ahora está en el estadio de Ciudad del Cabo. Faltan segundos para el final de una goleada durísima. El equipo se despide en los cuartos de final con un 0-4 frente a Alemania. No está ido. No se va del juego. Tira una pared con Gonzalo Higuaín. Patea. Manuel Neuer contiene. El árbitro pita el final. A seguir buscando.

Tras el paso del Checho Batista, Alejandro Sabella asume para las Eliminatorias de Brasil. El entrenador se reúne con Julio Grondona, acuerda rápidamente su contrato y le pide un número de teléfono. Llama a Javier Mascherano, le solicita una reunión, se ven cara a cara y le hace un pedido que presiente incómodo: “Sé que eres el capitán, pero me gustaría darle la cinta a Messi”. El volante central acepta sin dudarlo. La cinta viaja hacia el 10. Que no la va a soltar más.

V

Con dos pesos, se podían comprar treinta mandarinas. En la calle Estado de Israel de Rosario casi no pasaban autos. En la esquina, había un descampado donde se disputaban partidos a todo o nada. Ya no está más. Una noche, de hace unos diez años, violaron a una chica. Los pibes y las pibas del barrio lo transformaron en un centro cultural. La historia se la contaron al 10. Que se dispuso a ayudar. Hay un graffiti gigante: “Violencia no es sólo golpear”. Los Messi eran de clase media tirando para abajo. La vida, en los comienzos de la década de los noventa, se disfrutaba en los picados sobre el barro. El Leo, como ahí le dicen, no soportaba perder. Era capaz de afanar todo tipo de goles. Del otro lado del potrero, detrás de un paredón, solía haber militares custodiando la zona. Cuentan sus más entrañables amigos que la picardía que más encandilaba al crack era chanflear los cítricos con el empeine de su zurda y jugar a que le cayeran en la cabeza a los milicos. De los que más de una vez debió escapar.

Te puede interesar:  Cristina Pacheco, en su regreso a Canal Once, conversará con la soprano Olivia Gorra

VI

Hannes Halldórsson se dedicaba a filmar cortos comerciales. Se fue a probar a un equipo de la tercera división y lo rechazaron. En 2011, mientras craneaba el clip de una canción que representaría a su país en el Festival de Eurovisión, se consolidó en el KR Reykjavik. La rompió. Lo convocaron a la Selección de Islandia. Tocó el cielo por primera vez en la Eurocopa 2016. Llegaron hasta cuartos de final. En la Eliminatoria a Rusia, se clasificaron al Mundial. Hasta ahí le alcanzaba.

El 10 argentino puso un pase quirúrgico para Maxi Meza. Penal. Doce pasos separaban al mejor jugador del mundo y al cineasta. Se lo atajó. El debut concluyó 1-1. Messi es un hombre, pero podría ser otras cosas: el paladín de una generación que no vio a Maradona, un cartel de una publicidad en Kirguistán, miles de tatuajes o la infelicidad de un adulto que reniega de su vida y le echa la culpa. Se termina el partido en Moscú y la cámara lo enfoca. Su rostro está desordenado. Aprieta sus ojos sobre la camiseta. Está llorando desconsoladamente. Un hombre de 30 años, con tres hijos, con casi 700 goles en el profesionalismo, aunque esto no sea el final de nada y Argentina siga en carrera, no puede con la invasiva pena que le genera haber fallado.

Lionel Messi
La camiseta argentina, nunca mejor puesta. Foto: Cortesía

VII

El estadio de Leipzig todavía no fue comprado por Red Bull. Es 2006, los octavos de final van a llegar al minuto 90 y el México de Ricardo La Volpe parece una orquesta. Juampi Sorin saca un lateral. Pablo Aimar se la devuelve de cabeza. El capitán de la Selección toca para adentro. Riquelme ni siquiera controla. Da un habilitación hermosa al enganche riverplatense con el que ya se lucieron en el Mundial Sub 20 de 1997 en Qatar. El Payaso toca para adentro. Messi, con cubanas en la nuca, la empuja. Es gol. El juez de línea lo anula. Se equivoca. No hay offside. Uno de los miembros actuales del cuerpo técnico de Argentina reflexiona ahora: “Si hubiera existido el VAR, Leo ya hubiera sido ídolo desde ese momento”. Aunque la frustración de no ingresar contra Alemania le duró muchísimo tiempo, a los 19 años, ya le había subrayado al planeta que en las difíciles nunca iba a borrarse.

VIII

Arturo Vidal se enfrenta a Chiquito Romero y erra. En Nueva Jersey, Argentina arranca con las de ganar la Copa América Centenario de 2016. El 10 inauguró el partido volando tanto que a los 28 del primer tiempo hizo que expulsaran a Marcelo Díaz. Rojo tiró una patada de más y el juez compensó. Un suplementario agotador. La definición va de nuevo desde los doce pasos. Chile inicia.

Messi siempre abre las series para su equipo. Tiene que ser esta vez. Se le va por arriba del travesaño. Estira su pilcha con las manos. Desesperado. La cosa está igualada, pero él no puede con su humanidad. Empieza a llorar, aunque la cosa no haya terminado. Acierta el Kun. Erra Lucas Biglia. Chile gana. El 10 llora desconsolado sobre el césped. Entra al vestuario y se sienta, casi desnudo, sobre el suelo. Nada lo consuela. Sale. El reloj marca la 1.27 de la madrugada. Se clava delante de la prensa y da su plegaria más horrible: “Quise hacer un análisis ahora. No se da. Evidentemente tiene que ser así. Hoy nos pasó otra vez. Otra vez en los penales. Ya son cuatro finales las que me toca perder. Tres seguidas. La verdad es que es una lástima. Tiene que ser así. No se da. Lo intentamos. Lo buscamos. Y ya está. Lo primero que se me viene y lo pensaba en el vestuario es que ya está. Se terminó para mí la Selección. No es para mí. Lo busqué. Era lo que más deseaba. No se me dio. Pero creo que ya está”.

IX

La última es en Quito. “La altura, igual, a mí no me hace nada”, aclara. Hace años se sabe que si se lo propusiera no laburaría en el Barcelona sino en Marvel. A la Selección sólo le sirve la victoria para sacar ticket a Rusia. Ni respira el partido y ya está perdiendo. Messi combina sus poderes con Di María y lo empata. Lo pone 2-1. Llovizna en la altura y el cielo se emociona ante tanta belleza. Van 17.30 del segundo tiempo. Encara contra dos defensores. Desde el centro a la izquierda. Empieza a caerse. Cuando su brazo izquierdo está por rozar el césped, le pega. La pelota viaja por encima del arquero Máximo Banguera. Argentina va al Mundial. Termina el dramatismo, Lionel Scaloni, asistente técnico por ese entonces, le pregunta cómo se le ocurrió meter ese golazo. “No quise picársela, pero me caí, se me movió el botín y salió así”. El genio cuenta su truco. Como si algo de la magia tuviera explicación. Tan grande, tan inmenso que un avión lo está esperando para irse a Barcelona, junta a todos y, tras hacer tres goles, reza grupalmente: “Muchas gracias a todos por el esfuerzo que hicieron”.

X

Está en el estadio Galgenwaard de la ciudad de Utrecht, de Países Bajos. Es 2005. Tiene la camiseta número 18 y un corte medio stone. En inglés, una presentadora lo nombra y camina riéndose para recibir el premio al goleador del torneo. Le da la mano al todavía Príncipe Guillermo de Holanda, casado hace tres años con Máxima Zorreguieta, a Joseph Blatter y a Julio Grondona. Se va. Vuelve porque no sabe que tiene que sacarse una foto. No regresa al festejo con sus compañeros. Debe quedarse ahí porque también le van a dar el Balón de Oro al mejor del torneo. Corean su nombre. Agüero lo abraza y Oscar Ustari le pica la nariz.

“Los récords personales son secundarios, vinimos a buscar otra cosa”, declaró, en Brasilia, después de la semifinal con Colombia, cuando le consultaron por el gol que le falta para alcanzar a Pelé como máximo goleador en campeonatos sudamericanos. En la imagen anterior, tiene apenas 18 años, pero parece pensar lo mismo y le da su trofeo dorado a Rodrigo Archubi. Por tercera vez, sube a la tarima, con su equipo, para que le entreguen la medalla de oro. Canta: “Dale campeón”. Qué maldito gualicho nos habrán tirado para que pudiera repetir la costumbre en 2008, en los Juegos Olímpicos, cuando obtuvo la medalla de oro  y nunca más.

Hasta -ojalá- hoy.

Comments are closed.