Ariel Scher

Esa aventura de la vida

Hubo domingos tristes en los que extrañé un montón a mi mamá y a mi papá, que entonces vinieron desde rincones que no conozco, me abrazaron de formas que jamás olvido y esos domingos se volvieron hermosos.

Ciudad de México, 29 de julio (MaremotoM).- Hubo viernes en los que me di cuenta de que las manos suavecitas de mi nieta mayor sostenían las manos sudadas de una dama joven que era mi abuela mientras paría a mi papá.

Hubo martes en los que palpité calmo porque mi nieto menor y Roberto Perfumo jugaban juntos la final del mundo y así no podíamos perder.

Hubo miércoles en los que mis pies de posadolescente hirvieron conmociones porque se sumaban a miles de pies que andaban en contra de la peor dictadura y, pies entre esos pies, marchaban los de mis hijos, que se me colgaban de los hombros, ya crecidos, mejores que los sueños y emocionados.

Hubo sábados en los que mis amigos salieron de la panza de mi madre como certificado de nuestra hermandad y hubo sábados en los que advertí que mi hermana y yo somos uno.

Hubo lunes en los que mis tataranietos les dijeron a mis tatarabuelos que respiraran orgullo por las existencias de mi sobrino, de mis sobrinas y de mi colección de sobrinos nietos y de sobrinas nietas.

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Foto: Cortesía

Hubo madrugadas en las que besé con mil besos a mi amor de amores y el Diego, Marx, unas vecinas de Plutón, la Negra Sosa y una pareja eterna porque hacía tres siglos que se había acabado la muerte nos aplaudieron y nos rogaron que hubiera mil besos más.

Hubo veranos en los que pateé olas desde el Atlántico hasta el Pacífico mientras alrededor nadaban y reían mis compañeros de colegio desde sus bancos, mis compañeros de periodismo que escribían sin parar y mis compañeros de fútbol que cabeceaban la espuma de las olas que yo pateaba.

Hubo domingos tristes en los que extrañé un montón a mi mamá y a mi papá, que entonces vinieron desde rincones que no conozco, me abrazaron de formas que jamás olvido y esos domingos se volvieron hermosos.

Hubo despertares y hubo insomnios en los que tuve 5 años y también 98, 20 y también 60, los jardines del pasado y las arenas del porvenir.

Hubo jueves en los que entendí que todo eso era posible y real porque hay una aventura hecha de hallazgos y de pérdidas en la que vale abrir la boca para que fluyan fuegos, y vale partirse el corazón para construir casas con el viento y vale oír una canción y llorar de alegría.

Esa aventura es la vida. 

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