Vaquero del mediodía, de Diego Enrique Osorno, ahora por Netflix

El desaparecido poeta Samuel Noyola es el protagonista de Vaqueros de mediodía, el nuevo documental del cronista, acaso su película más personal y sentida. Ahora por Netflix.

Ciudad de México, 13 de noviembre (MaremotoM).- Samuel Noyola nació en Monterrey, Nuevo León, el 8 de febrero de 1965. Ha sido poeta. Hoy cumpliría 56 años. Está desaparecido.

La obra de Noyola (condensada en tres libros, es una obra corta) ha influido notablemente en el periodista Diego Enrique Osorno, un viejo conocido que ha despuntado su vicio investigador en muchos y notables documentales.

Lo ha hecho un poco por azar y otro poco por prevención. “Cuando vi lo que habían hecho con el primer documental que llevaba una investigación mía me enojé bastante, hasta que vino un director y me dijo: ¿Por qué no diriges tú?”, cuenta Diego, haciendo un poco recordar a Takeshi Kitano, que la primera vez que fue a un rodaje comenzó a ver las miradas soberbias de los camarógrafos. No sabía nada de cine. Pero sí sabía de artes marciales y como tal comenzó a hacer movimientos en tal sentido.

“Debes hacerte respetar cuando llegas a un sitio” y así fue haciéndose director de cine, hoy uno de los más respetados en Japón.

No sabemos si Osorno ha mostrado su capacidad de lucha, pero lo cierto es que este es el documental más sentido, más personal, luego de haber hecho conocer El alcalde, 1994 y El poder de la silla, entre otros.

El documental Vaquero de mediodía, un ensayo para descubrir y marcar la desaparición de Samuel Noyola, se estrena el 20 de marzo y es testimonio de una cultura totalmente enriquecida en sí misma. Este documental sigue las huellas de Roberto Bolaño, sobre todo de su novela Los detectives salvajes, donde el narrador busca a una poeta llamada Cesárea Tinajero. Podría decirse que el documental sigue a la novela y se expresa más allá de la obra de Bolaño, con escritores, climas y atmósferas totalmente enraizados en nuestra historia.
Allí están Guillermo Fadanelli, Carlos Martínez Rentería, la sombra de Octavio Paz (Samuel Noyola era su discípulo), en un contexto donde la muerte del Premio Nobel de México da lugar al deterioro de Loyola, al surgimiento de una nueva cultura y a la descripción de un tiempo alegórico y real, que a todos nos marca. Y como siempre Juan Villoro, que explica todo.

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–¿Por qué la historia de ir a los documentales?

–En mi caso fue circunstancial. Mi movimiento hacia el mundo de los documentales, se dio porque empecé a publicar crónicas de largo aliento entre 2006 y 2009 y comenzaron a llegar cineastas que me pedían usar alguna crónica mía para hacer un documental. Yo di dos historias y me acuerdo que las que hicieron las dos, ninguna me gustó, me parecieron incluso insultantes. Uno de esos cineastas me dijo: ¡Dirige tú! Luego llegó un documentalista que se llama Emiliano Altuna, para pedirme una crónica sobre Mauricio Fernández, el alcalde de San Pedro Garza García. Le dije que si no participaba, no la podía dar, porque no confiaba. En el proceso me fui enamorando del ritmo, de la penetración que uno tiene, haciendo documentales. Me parecía más profunda que la crónica, que el libro mismo. Para mí un documental representa un trabajo de mucha meditación, de mucha claridad personal. Ahí empecé a darme cuenta de que algunas historias podía llevarlas por el mundo documental. Me considero un cronista y eventualmente, lo hago a través del cine documental.

–El cine es un oficio y uno lo tiene que ir aprendiendo mientras lo hace…

–Bueno, seguramente sí. Es mi caso así. Como muy instintivamente he ido aprendiendo. Soy más lector que cinéfilo. A la hora de trabajar, termino por establecer procesos nuevos, que como el cine es un arte nuevo, creo que he sido menos desastroso que lo pudiera parecer el hecho de que un mero periodista, con cero formación cinematográfica, se ponga a dirigir. Son procesos interesantes. Todos mis equipos de trabajo están formados por periodistas y cineastas. Los periodistas tenemos como un alma, una pasión, un frenesí, que dialoga muy bien con la estructura del cineasta, con la formación más sólida. Es un procedimiento de trabajo. Cuando trabajé con Everardo González en La libertad del Diablo, aprendí muchísimo.

–Empiezas el documental con un pájaro, en realidad es la mirada del que cuenta

–Soy alguien muy influido por la obra de Roberto Bolaño, quien nos marcó una serie de preguntas, de problemas muy interesantes. El tema de la literatura, con la realidad, con el arte, con el poder. Justo cuando leía Los detectives salvajes, en el 2004, iba reflexionando y algo me recuerda de mí. Era Samuel Noyola, a quien había conocido cinco años antes, me había impresionado con su presencia, con su poesía, para el entorno era un vago, un denostado; su obra me conmovía de una manera profunda y me había convencido de dejar de ser poeta, porque en su poesía estaba todo. Se me quedó Samuel siempre. En 2009, cuando estaba empezando a hacer El Alcalde, tenía una camarita y me daba cuenta en reuniones que todo el mundo conocía a Samuel y todo el mundo tenía una anécdota para contar de él. Todos contaban cosas de Samuel, pero Samuel no estaba. Lo importante para mí es la obra, son tres libros, tiene una fuerza. Marijó Paz dice que Octavio lo consideraba un poeta excepcional. Lo otro era contar la historia de un idealista y que la lleva hasta las últimas consecuencias.

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Diego Enrique Osorno
¿Dónde está el poeta Samuel Noyola? Foto: Cortesía

–¿Es también la historia de un amoral?

–Mi primera impresión era muy anecdótica. Mi propia historia también, se había ido sin pagar la cuenta, esas cosas. Empecé a investigar más, fui a Nicaragua, ahí me di cuenta de que era un niño de 16 años que estuvo en el centro del mundo. Samuel estaba ahí. Vio al poeta ruso Yevgueni Yevtushenko, declamando sus poemas. Samuel es un hijo de la Revolución Sandinista, luego llega a Monterrey y le dice a un amigo que él no va a trabajar, porque trabajar para la burocracia lo vuelve estúpido y para trabajar para los empresarios de aquí, son los más miserables del planeta. A mí me van a mantener las mujeres. Tiene una claridad y lo que me impactó que fue consecuente hasta desaparecer. Eso me causa una admiración y me da miedo. Como me hubiera gustado ser eso, pero uno tiene hijos, tiene que cuidar a sus padres. Él era alguien libre.

–Todo en la cultura mexicana es desaparición. Miraba a Fadanelli, ¿por qué no hacer un documental sobre él? ¿Un documental sobre Martínez Rentería?

–Nuestro mundo cultural es muy rico. El poeta y discípulo de Samuel, Pancho Serrano, que trabaja de mesero, que escribe tankas japoneses y que lo ha publicado Hiperión, tenemos una gran riqueza en nuestro mundo cultural. El documental de Fadanelli alguien tiene que hacerlo, es filósofo, tiene una elocuencia increíble.

Diego Enrique Osorno
Somos un tipo de universos sin estereotipos, sin los clichés con los que se suelen mostrar. Foto: MaremotoM

–Falta mostrar ese enriquecimiento…

–Esa es una de mis obsesiones. Tenemos que contar nuestra historia. Somos un tipo de universos sin estereotipos, sin los clichés con los que se suelen mostrar. Es mi pelea constante. Me gusta mucho una frase de Juan Villoro, que es quien más nos ha explicado, esta vida entre el carnaval y el apocalipsis. Es una manera de entender a México. Hay que buscar esas contradicciones. Mostrarlo sin inhibiciones. Hice un documental con el corazón, que los personajes aportaban a la historia, sin meter a nadie especial.

–Monterrey es una ciudad tremenda, lo cuentas en el documental

Es un espejismo terrible para los que viven ahí. Me causa mucha risa escuchar ese mundo aspiracional que dice: México tendría que ser como Monterrey. El antiintelectualismo que hay ahí, la deshumanización que se ha generado, el mercantilismo que se ha extendido, Monterrey es el Caballo de Troya de una cultura materialista, protestante, y es una cultura que ya permeó en todo el país. Samuel tuvo la claridad de verlo desde muy chavito.

Diego Enrique Osorno
Vaquero del mediodía estrena el 20 de marzo. Foto: Cortesía

–Decían en Monterrey que su aspiración era ser como Dubai…

–Ahora hay un delirio porque España está abriendo la posibilidad de que tengan ascendencia judía sefardita. En Monterrey hay un boom haciendo los trámites para hacerse españoles y además empezaron a organizarse para buscar cerca de Madrid, un pueblito e implementar su nuevo feudo. A veces ser de Monterrey es vergonzoso para mí.

–¿Qué dirías de Juan Villoro?

–Antes de este documental yo tenía un chiste, malo por cierto, que decía: En este documental no sale Juan Villoro. Me ha tocado ver documentales sobre el mar y de repente sale Juan y dices, ya entendí todo. Un documental de fotografía y sale Juan y lo explica. En Vaquero de mediodía, era fundamental. Juan aparece como un testigo directo de una anécdota que es muy importante para mí. El documental sobre él sería del 68 para acá, la historia no oficial de México, contada por Juan Villoro.

–¿Cómo era la Ciudad de México cuando desaparece Samuel Noyola?

–Era la última bohemia. Había un mundo muy interesante. Fadanelli, Martínez Rentería, Rogelio Cuellar, lo que cuentan en las entrevistas. El propio Juan. Había alrededor de la figura de Octavio Paz, que se volvió una especie de dictador, como un cacique, tenía todo un sector frente al que querías revelarte. Martínez Rentería es la antítesis de Paz. Fadanelli también. En los 90 viene un ímpetu en el mundo literario por encontrar una nueva ruta donde seguir explorando temas, donde matar al padre. Lo más importante es que es alguien de fuera, como Roberto Bolaño, quien explica la pauta.

–¿Quién fue Samuel, fue discípulo real de Octavio Paz?

–Hicimos una proyección en Morelia, en la función de estreno y luego hicimos una en el pueblo, donde la fue a ver gente del barrio, estaba muy nervioso e inquieto, sobre todo pensando que era una película de élite cultural. Al final, lo que vieron en el documental es la historia del hijo abandonado buscando un padre. Creo que sí, la figura más cercana fue Octavio Paz. En uno de sus libros, dedicados a Paz, Samuel dice: A la constelación Octavio Paz. Era su único centro. El arco de la decadencia radical de Samuel Noyola comienza el año de la muerte de Octavio Paz. Por un lado la tristeza y por el otro lado la venganza, de todos los contemporáneos de él que habían sido apabullados por Samuel. Bajo el amparo de Paz, fue generando a su alrededor envidias. De Cristopher Domínguez Michael, Samuel decía que era un “aristogato”, que no tenía talento y que se había vinculado a Octavio Paz por su familia, porque tenía dinero. Samuel había llegado del barrio más marginal de Monterrey hasta Octavio Paz, por su talento.

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