El colgajo

Escribir es la mejor manera de salir de unos mismo: El colgajo, de Philippe Lançon

Escribir acerca de mi entorno me ha permitido reconocer otros horizontes más amplios. Y Lançon bien lo dice: “escribir es la mejor manera de salir de unos mismo, aunque uno no hable de otra cosa”.

Ciudad de México, 1 de junio (MaremotoM).-Termina mayo, un mes difícil como el anterior. Se va, alv. Entre las cosas agradables que deja están al menos dos libros, para no perder la bendita manía de contar y de leer. Mi amiga Mónica me recomendó sobre manera El Colgajo, de Philippe Lançon y curiosamente fue un libro que me despabiló cierta aversión e incapacidad por los libros profusos que iba alimentando en lo que va de la ‘coronavida’. Antes de eso solo podía leer relatos cortos y no tenía ganas de tomar ningún libro que no tuviera al menos un capítulo breve o en su defecto unas cuantas páginas. Cómo concentrarse con el aluvión de saturación informativa, con la preocupación de resolver problemas de las clases a distancia, con la tristeza a cuestas de lo que va ser este año, por lo pronto. Así que contrario a todo pronóstico, El Colgajo, de Philippe Lançon me atrapó desde sus primeras páginas y me llevo a la tierra del discreto encanto burgués tipo Catherine Deneuve o de la elegante Juliette Binoche.

No hay peor ataque de censura más eficaz que aquel elimina al otro, lo borra de un plumazo, coarta el diálogo o se lo lleva todo de golpe sin siquiera haberle leído y escuchado. La cerrazón como antesala del infierno. Y eso lo supo Phillipe Lançon la mañana del 7 de enero del 2015 cuando algunos hombres encapuchados irrumpieron en el semanario Charlie Hebdo al grito Allahu Akbar mientras disparaban balas y ultimaban a los periodistas que se encontraban en las oficinas del periódico. En El Colgajo, de Phillipe Lançon la literatura y la crónica resultan ser las armas de quien fue testigo, víctima y detective de su propia fatalidad. Una sura del Corán, la plegaria religiosa pacífica de países árabes que anuncia un nuevo día se convirtió en un siniestro grito de muerte, en un reclamo que Lançon nunca más podrá escuchar sin recordar cómo su vida cambió, cómo al grito de Allahu Akbar su mandíbula quedo desfigurada al punto de un colgajo sangrante.

Niños-bomba, hombres y mujeres que se inmolan frente alguna embajada o en algún sitio de concurrencia pública, se inscribieron en la historia de las últimas décadas de siglo XX; pero algunos intelectuales dicen que el siglo XXI nació con la brutal imagen en tiempo real de esas torres poderosas del imperio estrelladas por aviones, mientras en bucle la televisión las transmitía al hartazgo. Los ataques al semanario Charlie Hebdo se inscriben en ese marco de acontecimientos, sin embargo ¿qué es ese diario? Del lado de América Latina nos enteramos de su existencia acaso más por el escándalo que por su contenido. Lo cartones de Charlie Hebdo dieron vuelta al mundo, pero los recuerdo vagamente para ser honestos, lo que sí resultó más notorio fue una caricatura satírica al profeta Mahoma, que cayó como una bomba en la prensa internacional; los articulistas se dividieron: algunos celebraron la libertad de prensa otros condenaron la frontera del respeto a las religiones, esas creaciones humanas que por los siglos de los siglos han puesto en jaque a los hombres mismos y les han otorgado un sentido de vida trascendente.

Charlie Hebdo era un pequeño periódico que “tenía una gran historia, y su humor, por fortuna, había hecho daño a un número incalculable de imbéciles, beatos, burgueses y notables, a gente que se tomaba en serio su lado ridículo”, reflexiona Lançon en los días que le siguieron a su sobrevivencia y a la percepción contradictoria de sentir y reconstruir los momentos posteriores a las balas que le destrozaron la mandíbula y que provocó la muerte de al menos 10 personas.

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¿Qué sentimientos, vuelcos inesperados y absurdos se viven después de sobrevivir a un atentado? ¿Cómo se narra algo así? El colgajo de Lançon no solo es una ejercicio brutal de reconstrucción de los hechos, es un mapa afectivo y soberbiamente literario que busca un sentido y significado ontológico al presente del autor. “Siento muy poca felicidad de seguir vivo y, a diferencia de algunos de mis amigos de Charlie que no resultaron heridos, ningún sentimiento de culpa por haber sobrevivido” aclara y añade: “no siento rabia por los hermanos K [los asesinos] sé que son producto de este mundo, pero me resulta simple y llanamente imposible encontrar una explicación”.

Lançon recurre a la literatura para curarse, metaboliza la reconstrucción de su cuerpo y de los hechos a través de ella para darle un sentido a su existencia resquebrajada; escribe para saber en que se convirtió después del atentado, para adentrarse en las profundidades de quién era antes. De algo está seguro Lançon, es un sobreviviente que habita entre dos mundos, un “muervivo”, uno que el atentando le arrebató y otro que no es el que solía ser. El Colgajo busca respuestas también en la filosofía, pero principalmente al amparo de Kafka, Shakespeare, y de manera central en Proust y la literatura francesa. Lançon nos deja saber de qué está hecho un intelectual francés, esa figura emergida en la Francia del siglo XVIII, y que está presente en todas las detalladas y cuidadas páginas de este libro.

El colgajo
El colgajo, el diario de un sobreviviente. Foto: Cortesía

Lançon reconstruye de una forma magistral los detalles más ínfimos de todo lo que vivió desde el ataque en el semanario. El autor ve en Charlie Hebdo las cualidades de la libertad de prensa, ese valor constitutivo de la intelectualidad francesa; la libertad para reír y para hacer reír de absolutamente todo, de cualquier cosa; un semanario en el que lo mismo se podían decir cosas vagas, triviales, espontáneas, incluso idiotas. Es así que no duda en calificar al diario como “de mal gusto, infantil, anarquista, indignado, intratable antiautoritario o recalcitrante.” En un país como el nuestro cuya libertad de expresión se ha pagado con la sangre y vida de miles de ciudadanos así como de cientos de periodistas asesinados, y con la censura del Estado a cuestas, leer El Colgajo implica sumergirse en el país que defiende la libertad de prensa como parte esencial del contrato social francés.

Lançon subraya la locura del mundo, mientras narra la suya, nos sumerge en los laberintos de su interioridad, de su vida reporteril, como cronista cultural y desnuda sus relaciones con sus parejas y amigos. Evita retratarse como alguien que supera la desgracia para convertirla en un show evangélico; es inestable, egoísta y a la vez sigue con una disciplina atlética su tratamiento en un sistema público de salud, que goza de una reputación de alta calidad.
El Colgajo es una crónica literaria confesional, no solo por las introspecciones y vuelcos a la vida de Lançon, sino a la escritura misma desde la más radical de las subjetividades. Comparto con Lançon algo que para algunos puede ser visto como una artera limitación: “no tengo nada que decir ni que pensar de todo cuanto no puedo vivir ni describir en primera persona”. Mis respectivas tesis demuestran epistemología tan íntima, que me genera una vibrante simpatía: ser incapaz de abordar lo que se ve o se lee sin tener que relacionarlo con la experiencia propia.

Escribir acerca de mi entorno me ha permitido reconocer otros horizontes más amplios. Y Lançon bien lo dice: “escribir es la mejor manera de salir de unos mismo, aunque uno no hable de otra cosa”.

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