Escribir

Escribo porque una ventana abierta se pone frente a mí

En una época en la que cualquier persona puede escribir y publicar sin necesidad de editores, Gris Tormenta —desde la visión de su editor, Jacobo Zanella—se pregunta qué impulsos guían a los escritores y cuál es la relevancia de la literatura, desde un punto de vista íntimo pero también social y trascendente. Este es mi texto.

Ciudad de México, 28 de junio (MaremotoM).- A veces veo a gente ir y venir desde lugares extraños y me pregunto: ¿estarán contentos con su vida? Un hombre que atiende una tlapalería ¿sentirá un «soy de aquí» cuando pesa un cuarto de clavos para tu cuarto? La mujer que sirve tu desayuno ¿cómo habrá de poner los huevos en la sartén para que ambos le salgan redondos, como soles despiertos luego de la derrota? Esa niña que hace un dibujo para su padre, ese varón que compra una sortija para su novia, esa madre que compra un helado de fresa para ella, su hija, y solo para ella porque no le alcanza para dos.

Veo venir los recuerdos uno tras otro. Me siento en un promontorio, donde nada parece recorrer un viento de le- vante, donde los trapos quedan en el cuerpo, donde nada vuela. Sin embargo, veo una ventana frente a mí, un lugar que se pone en la dirección de mis ojos y mi cerebro: debo contarlo.

Soy así, de las que hablan en el papel, las que dicen cosas por escrito, y durante mucho tiempo me he negado a ello. Algo así como no creer en mis propias palabras, como desdecirme de ese impulso que me obliga a transcribir un sueño, ese donde venías de tan lejos y me exhortabas a salir corriendo por la avenida, como decir «¡Oh, mi Dios!», lo que él me relataba (ese hombre que alguna vez fue tu padre ya no existe) era tremendamente cierto.

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Veo a un hermano tirado en una zanja. Lo recuerdo cuando era un niño divertido y le hacía bromas a mi madre porque estaba muy gorda. “¡Yo soy flaco!”, decía. Ahora no puede ni pensar en eso que fue cuando yo también era una niña y me reía mucho con él.

Veo a un hombre decir que quiere a una mujer.
Pero no la quiere. Solo es una más entre todas.
Veo a ella que es mi madre, que se llamaba Blanca Rosa, que ya no está, como si estuviera aquí, plantando estos limones que desbordan en el patio. La veo cebarme mate con jengibre o diciéndome esas cosas tan pacificadoras: «¡No te preocupes, hija!».

Veo a alguien que se va muy lejos. Podríamos decir a San Luis Potosí. Al rancho. A ver a sus padres moribundos.

Perdiste el documento.
Alguien te robó el documento.
Tienes el pelo más largo.
Ya no eres una mujer perdida en los adioses.
Te ves como una chica adolescente, sentada en algún lugar que no importa, donde no hay viento de levante ni la ropa sale del cuerpo: una ventana se pone frente a ti y debes contarlo.

¿Puedes contarlo?

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