Mario Heredia

Esta carga de tener al monstruo encima fue un poco lo que me motivó a escribir esta novela: Mario Heredia

Este libro, Hijo de tigre (Grijalbo), ganador del Premio de Novela Histórica, elegido entre 67 novelas participantes, pone al personaje en su justa dimensión y nos enseña a llenar los baches y los agujeros de nuestra historia.

Ciudad de México, 8 de marzo (MaremotoM).- París, 1867. Juan Nepomuceno Almonte, hijo de José María Morelos y Pavón, llega a Francia para solicitar la ayuda de Napoleón III con el fin de sostener el imperio de Maximiliano, sin embargo, no tiene éxito.

Unos meses después de la ejecución del emperador, un grupo clandestino de mexicanos y franceses que busca instaurar el Tercer Imperio Mexicano, lo contacta para que apoye sus ambiciones.

El enlace entre ellos es un joven y afamado escritor, a quien Almonte narra los grandes acontecimientos de su pasado: el significado de ser hijo del Siervo de la Nación, su participación en algunas batallas por la Independencia cuando era apenas un niño, su posterior estancia en Nueva Orleans, los hitos de su carrera militar y política; así como su relación con Santa Anna, Juárez, Maximiliano, Carlota…

Hace tiempo que los nuevos escritores e historiadores comienzan a narrar esos personajes que habían permanecido oscuros, neblinosos en ese fluir donde nos hicimos nacionales o revolucionarios, liberales o conservadores, pero que dimos también una historia a esa cosa que solemos llamar patria.

Mario Heredia ha elegido a Juan Nepomuceno Almonte, nada más ni nada menos que el hijo de José María Morelos y Pavón y que precisamente por ser hijo de un prócer, no pudo cumplir con las expectativas ante él impuestas.

Este libro, Hijo de tigre (Grijalbo), ganador del Premio de Novela Histórica, elegido entre 67 novelas participantes, pone al personaje en su justa dimensión y nos enseña a llenar los baches y los agujeros de nuestra historia.

ENTREVISTA EN VIDEO A MARIO HEREDIA

“Creo que se puso un poco de moda, desde el Bicentenario, este escribir historia desde el presente. Mi novela no es así, pero creo que es una moda y siempre ha existido la tradición de la novela histórica. Por ejemplo, Fernando del Paso, que es mi maestro”, declara Mario Heredia en entrevista.

“Mis novelas son más íntimas, más cercanas a mí. Pensé que escribiendo una novela sobre un personaje lejano podía estar más lejos, pero me di cuenta de que no. El darle vida a un personaje es desde este momento. Quise hacer una novela más ágil, jugar con varias estructuras, como una manera de darle color al personaje, que era un poco tieso, del siglo XIX”, agrega.

Mario Heredia
El hijo de Morelos se le hizo al autor muy interesante, porque se habían olvidado de él. Foto: Cortesía

El hijo de Morelos se le hizo al autor muy interesante, porque se habían olvidado de él. “Esta idea de la historia entre el bueno y el traidor ya hay que dejarla atrás. ¿Cómo va a reaccionar el hijo de un prócer? Esta carga de tener al monstruo encima fue un poco lo que me motivó a escribir esta novela”, afirma Heredia.

“Este personaje quizás fue mediocre porque no logró hacer lo que él quería. Decía José Emilio Pacheco que Almonte fue el primer junior que fue a estudiar a los Estados Unidos. Yo creo que este hijo del héroe, que su padre reconoce y a los 12 años lo nombra General Brigadier. Esas dos facetas del personaje, el hijo bastardo del héroe y que fuera reconocida por él, van creando a este personaje tan especial”, agrega.

La idea de la lectura como salvación está puesta también en la novela y da cierta esperanza al personaje.

El Premio llegó en medio de la pandemia y el jurado estuvo integrado por Mónica Lavín y Eduardo Antonio Parra. “Yo siempre había publicado en editoriales independientes, pero ser ahora editado por Grijalbo, fue bonito y un poco abrumador”, afirma.

“Me gusta mucho la historia y siempre mis novelas tienen algo de historia. Este personaje me fascinó, sobre todo para ir descubriéndolo. No sé si fue traidor o no”, expresa.

Fragmento de Hijo de Tigre, de Mario Heredia, con autorización de Grijalbo

 

I

1869, París, fin del invierno. Hay una ventana, tras la ventana el boulevard. Hay un general que mira a través del vidrio esmerilado, tiene mucho frío, la chimenea apenas lo calienta. El cielo es de un gris pesado y los árboles oscuras garras. El general voltea hacia el hogar con sus llamas azules que sobresalen detrás de la reja de hierro. Luego camina hacia el centro de la estancia, erguido, marcial. Es un sonido exacto, seco, que dura hasta cruzar la duela y de pronto desaparece. La alfombra se come el sonido de sus pasos, lo anula. Sesenta y cinco años. Casi tres en esa ciudad. Una semana antes, en el salón de Madame de Duras, un banquero judío le había echado en cara lo de siempre: Qué salvajes, cómo se atrevieron a matar a un Habsburgo. Pero no había querido discutir como en otras ocasiones, decir quién había sido el verdadero culpable sin importarle que aún estuviera en el trono, que lo dejaran de invitar a los salones y los bailes de la capital del mundo.

Hay, sobre el escritorio, un altero de sobres y un paquete. Los libros que cada mes recibe. Todo tiene un porqué en el mundo, y más los libros, eso lo aprendió hace mucho tiempo. Su objetivo a veces es tan directo como lo es un manual de artillería, un tratado de historia o una biblia, como la de su padre, el gran estratega; ya lo dijo Napoleón, pero no tercero, sino el gran Bonaparte: Dadme tres Morelos y conquistaré el mundo. Rasga el papel. Seis tomos medianos, idénticos. Uno es diferente, un poco más pequeño. Lo levanta. Del interior cae un sobre, pero no le hace caso. Una novela. El porqué de las novelas no es tan claro como el de otros libros y puede complicar la vida, como lo hace Víctor Hugo, como lo hace Balzac. ¿Y Las reglas morales del padre Finisterre?, ¿El libro sagrado de los sentidos de Tzao Kinouki?

Las orillas del tiempo, Carlos Soto Cabrales, no lo conoce. La portada es una constelación, un remolino, una idea. A un lado están los cinco tomos de la Historia de México de Lucas Alamán que tanto ha esperado, pero no existen ahora. Nunca ha visto una portada así. Hilos de plata, un divino cofre. Voltea a ver el otro, el de terciopelo rojo que descansa sobre la mesa de caoba, con su candado brillante de plata que cada semana se limpia junto con las vajillas, los candelabros, las escupideras y los cubiertos. Mantiene el libro en su mano derecha, lo acaricia. ¿Un ángel? ¿El manto de una Virgen tachonado de plata? ¿Por qué tanta pregunta? Las preguntas llegan cuando no hay nada que hacer, y sobre todo las trascendentales. Una mirada tras él. Voltea, la mucama está en la puerta sosteniendo una charola.

—La señora me manda a traerle té —la sombra de la mujer crece tras ella como un enorme fantasma. Hay que santiguarse.

Juan Nepomuceno Almonte, antiguo mariscal del Imperio de México, exembajador de la República mexicana en Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, Argentina, Colombia, capitán niño del ejército de los Emulantes, hijo del Siervo de la Patria. El sonido de la taza sobre la bandeja, de la cucharita muestra el nerviosismo de aquella mujer. Siempre el miedo, el mundo se rige por el miedo. Sin el miedo todo se paralizaría. Los grandes gobernantes, los generales, los empresarios, los artistas no tienen miedo. Por eso son tan peligrosos. Y él cada vez tiene más miedo. El libro en su mano respira y amedrenta. ¿Por qué? Ha leído en algún lado o se lo ha dicho algún maestro, de esos locos que se dedican a dar clases de Historia, que todo se escribe en el mismo instante en que se lee. La lectura es un hábito, los jesuitas en Nueva Orleans, una inercia, una vergonzosa necesidad de sobrevivir. Sobrevivir, ¿cuánto tiempo? Père Lachaise, Lolita, la generala Almonte, como le dicen, su insoportable compañera, ha pagado a sus espaldas una propiedad para, en su momento, estar más cerca del cielo.

Mario Heredia
Editada por Grijalbo. Foto: Cortesía

Página cien, número cabalístico. ¿Por qué no comenzar a leer en la página nueve?, porque no hay tiempo, porque la vida se va acortando cada vez más, porque la vida en París es más corta que en ningún lugar del mundo. Muy corta, general, le había dicho su alteza Eugenia de Montijo aquella noche. Oh, mujer hermosa, olor a maderas, todo concentrado en esas esmeraldas que rodeaban el cuello blanco, perfecto. La inteligencia y el poder se convertían en ese brillo verde. Eugenia y las Tullerías. Se había tenido que detener en un pilar de malaquita. Preferible haberse exiliado en Nueva Orleans, entre negros y cobardes. Pero entonces tenía once años, y aunque estaba solo, con la zozobra de lo que pudiera pasar en su país, tenía once años. El exilio a esa edad era algo muy diferente, muy diferente. Había esperanzas. Al principio no podía dormir, esperando a diario la carta, las noticias sobre la toma de una plaza, la pérdida de la otra. Había llorado por el fusilamiento de Matamoros, de Galeana, por el fusilamiento de su padre. Poco a poco fue moldeando su propia vida en ese puerto lejano, viviendo ese día a día que lo alejaba cada vez más del pasado, hasta borrar su país. Había que matar el hambre, aprender a trabajar, a beber, aprender ese idioma que se volvería su tercera lengua. Primero el francés, luego el español y al final el inglés.

Y volvieron las lluvias, de repente…

El frío aumenta, pero el té y la lectura, y ese canapé de lana gruesa y la manta de oso, y la lluvia en ese campo mexicano, lo calientan. Adiós al gris del mundo, al gris del futuro. Ya no debe haber ideales. Eso lo anula la vejez. Ya no esperar como antes un ideal de nación, un ideal de mujer, ni al fantasma del padre que ya no se atreve a acercarse, o del amigo que no recuerda. Solo alguien. Ahora está cerca, lo puede encontrar en la puerta de su casa, en la esquina del boulevard, en el bistro. O solo imaginarlo ahí, a unos cuantos metros de donde se encuentra él, ensimismado en sus papeles, en un libro, soñando.

Levanta la taza y la acerca a sus labios. Es una taza de filos dorados, con motivos chinos verdes, rojos y negros. Es tan delgada como una hoja de papel. Dinastía Ming. El té, al acercarlo le acaricia la nariz, pero al dar el primer trago lo abofetea.

Dolores abre la puerta con sigilo, el leve rechinido la detiene, pero el golpeteo de la lluvia sobre el cristal de la ventana amortigua el ruido. Se decide, todo está muy oscuro. Baja la escalera deteniéndose del barandal que cruje a cada paso. Llega a la estancia, conoce cada baldosa, no hace falta luz para cruzarla y llegar. Se pone el chal sobre la cabeza y sale, el viento le moja el rostro. Da un paso. Siente la fuerza del agua y la piel se le eriza. Efrén aparece de pronto, iluminado solo de la mitad del rostro; una pequeña vela que cuida entre sus manos acaricia su piel y su ojo derecho, su pupila dilatada con ese claro azul, la mitad de su boca que frunce en una mueca.

—¿A dónde vas? —un trueno estremece la casa y borra la voz como un hachazo.

Ella mira asombrada esa bien conocida mitad de hombre y se le viene encima una línea interminable de imágenes. La lluvia sigue cayendo sobre su rostro.

—Solo voy… —otra vez un trueno y, por un instante, se detiene la noche…

El techo es del siglo XVII, la Avenida Montaigne no ha sido toca­da por Haussmann. Nadie sabe si la modernidad será capaz de renovar ese barrio. Un azul desvaído y algunos ángeles regordetes, nubes casi perdidas, un carro tirado por seis caballos, dos a punto de borrarse por completo, el dios Apolo ha perdido media cabeza y un brazo. Los objetos también olvidan. El techo necesita reparaciones, también las paredes y los pisos. Es tacaño el general Almonte. Él se defiende diciendo, en tono sarcástico, que solo es un conservador. ¿Y esa oscuridad? Y por un momento quiere asomar la cabeza a la plaza de l’Étoile, quizá la podría ver, a ella, a Dolores, al personaje que acaba de descubrir en una sola página. La vida está llena de cosas tan extrañas. Pero no se levanta, ni sale de su casa, sigue leyendo porque sabe que aunque fuera por las farolas, lo molestaría la luz. Y prefiere la oscuridad. En las ciudades la noche se está extinguiendo, dentro de poco tiempo la luz se mantendrá día y noche. ¿Por qué? Siempre hay algo despierto, alguien despierto que acecha, es ese temor de las ciudades por quedarse dormidas y sucumbir a cualquier cosa. Esto mismo sucede en Londres, la luz y la velocidad, nuevas formas de afrontar la vida y dejar un poco atrás el pasado. Se busca solo el instante, dejar escondido el pasado para que no haga daño. La luz, la velocidad y el ruido. Los grandes bálsamos de la vida.

Camina hacia ella. El momento se ilumina de verde. Un instante. Todo. Hasta las vetas de la madera. Todo. Hasta la taza despostillada. Todo. Hasta la tela de araña, el retrato, el agua turbia dentro de la jarra de cristal. La vela está apagada, la oscuridad se come al ojo. Es un hecho que ella ha salido de la finca, porque se escucha el grito de Efrén.

—¡Doloreees!

Eso es todo. Los rayos continúan, iluminando por momentos la lejanía y haciendo a la noche cada vez más noche. Nada se ve.

Poco a poco se van formando unas siluetas, y aparecen los ojos de Efrén, muy abiertos, y su torso brillante, casi líquido, que sale a la penumbra lluviosa y camina como un ciego, gritando. Sus brazos se alzan, su cara mira hacia las nubes.

—¡Dolores!

Ánima que deambula por ese mundo que no es el suyo, porque el deseo y la soledad los sacó y los puso en otro, por eso camina de esa forma, con las piernas muy abiertas, inseguras, perdiendo el rumbo. Tropieza varias veces, sus manos hacia delante, queriendo atraparla, hasta que por fin cae, se hunde, como siempre sucede, como se quería dejar asentado. La lluvia cesa y todo por fin descansa.

El libro a un lado, sobre la mesa. De nuevo los pasos sobre la duela, la ventana, la oscuridad exterior. La oscuridad se ha comi­do a la luz y se ha ido formando un cielo quebradizo, una loza de hielo muy delgada, sin fondo, demasiado vertical, una noche que nunca llegaba a ser la noche, pero que puede servir para iniciar un ataque. Abajo, la calle con sus hermosos edificios y sus árboles parece un camino de hormigas, una procesión de inocentes que esperan llegar a cualquier lado.

 

—No hay cosa más triste —dice, rascándose el brazo—, ¿y si lloviera aquí también y la noche fuera más oscura?

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En el fondo del salón, el perro levanta las orejas y menea la cabeza hacia el lado derecho, como si estuviera realmente interesado en lo que dice el general.

Afuera no hay sonido alguno, todo está mudo, la calle vuelve a tener la paz y su anterior nombre: Calle de las Viudas, mujeres de negro con enormes vestidos, mantillas, abanicos; mujeres que no tocan el piso, ni miran hacia los lados, mujeres viudas. El silencio es igual al que antecede a las catástrofes, al que antecede a la batalla. Ese silencio de ceremonia, de respeto. Sitio de Cuautla, 1812. Todos los Emulantes, los niños soldados en perfecta formación, algunos descalzos, otros tan pequeños que se podría pensar que acababan de aprender a caminar. Pero firmes, serios, levantando el rostro y cargando con orgullo el cuchillo, el palo, la resortera. Entre ellos él, todos mudos, escuchando las palabras del gran general. Juan tenía entonces nueve años pero ya había demostrado su valentía, además de su sagacidad y don de mando. El hombre del paliacate habló: Juan Nepomuceno Almonte, que dé un paso adelante. Y él, gallardo, lo hizo. A partir de hoy lo nombro capitán del batallón de Emulantes, con todos los derechos y obligaciones que guarda un soldado de ese rango. Y le entregó la espada que apenas lograba sostener. El sitio iba a durar setenta y dos días, pero aún no lo sabían. En la madrugada, el ejército virreinal, comandado por el general Félix María Calleja, atacó Cuautla, donde él y su padre, con su ejército, se habían instalado. Los gachupines creían que en poco tiempo tomarían la plaza, pero no lo habían logrado. Son más de siete mil, había escuchado Juan, quien daba órdenes a su ejército de pequeños soldados. Recordó que aquella noche había sentido mucho frío, siempre el frío. Ellos eran tres mil, eran mestizos, mulatos, eran campesinos, peones y niños. En esa primera batalla Juan permaneció con su batallón en la retaguardia, en la plaza de San Diego. Adelante estaba Hermenegildo Galeana con su ejército. Poco a poco el murmullo había ido creciendo, hasta convertirse en gran escándalo: las balas zumbaban y los cañones no dejaban de rugir, los gritos de los hombres y el estertor de los caballos, los gritos de las mujeres, el ruido que hacían los cascos de los caballos sobre las piedras y un ejército de termitas que marchaban bajo el suelo. Cuando las tropas realistas atacaron, los insurgentes tuvieron que replegarse y alguien empezó a correr la voz de que habían sido derrotados. Hubo desconcierto entre los niños y Juan, con una voz quebradiza, se había dedicado a calmarlos; que no rompieran filas, que esperaran las órdenes de los superiores, pero no era fácil. En medio del desorden, Narciso Mendoza, uno de sus subalternos, con doce años cumplidos, le gritó: «Mire, capitán». Era un cañón cargado con la boca dirigida hacia la calle por donde venían los realistas. Juan había visto también la tea encendida. «Préndelo», le había gritado, sin pensarlo más. Narciso la tomó y encendió la mecha. «Agáchense», gritó Juan y todos se agacharon. El estruendo de la explosión y la metralla que había caído sobre los realistas los hizo retroceder. A lo lejos no se miraba más que humo y bolas de fuego que rebotaban sobre las paredes, algunos gritos. Todo era confusión y caos. Los realistas estaban desorientados y Galeana pudo reorganizar a sus tropas, resistir mientras llegaba la ayuda de Morelos, Matamoros y Leonardo Bravo. La batalla continuó, yéndose la victoria al bando de los insurgentes. Juan veía volar muchos de los cascos de los soldados realistas que se empezaban a pasar al bando de los insurgentes. Y ganaron, y lo que habían sido gritos desesperados se volvieron vítores. Su padre le había otorgado a Narciso el grado de alférez, a él solo le había dado un fuerte golpe en la espalda y le había sonreído. Entonces comenzó el asedio.

El escritorio de madera pulida como espejo, el cajón que apenas hace un breve sonido, la carpeta de piel que coloca sobre la mesa. Al abrirla el olor lo hace cerrar los ojos. Busca el sobre, con mucho cuidado despliega el papel y lo lee en voz alta, poniéndose la mano sobre el pecho.

Nosotros hemos jurado sacrificar nuestras vidas y haciendas en defensa de nuestra religión santa y de nuestra Patria. Ya no hay España, porque el francés se ha apoderado de ella. Ya no hay Fernando VII, porque él se quiso ir a su casa de Borbón en Francia y entonces no estamos obligados a reconocerlo por Rey; o lo llevaron a la fuerza, y entonces ya no existe. Y aunque estuviera, a un reino conquistado le es lícito reconquistarse y a un reino obediente le es lícito no reconocer a su Rey, cuando es gravoso en sus leyes que resultan insoportables, como las que de día en día nos iban recargando en este reino los malditos gachupines. Os diré por último que nuestras armas están pujantes y la América se ha de poner libre, queráis o no queráis vosotros.

José María Morelos

II

 

El general me contó que en 1820 volvió a Carácuaro. El templo aún existía, pero estaba en ruinas, me dijo mientras le daba un sorbo a su brandy. Pesado y sencillo, con su pequeño campanario y su cúpula vencida parecía un sobreviviente de una batalla. Antes de entrar me dijo que había mirado hacia arriba: el gallo de hojalata que giraba y giraba cuando era niño y había buen viento ya no estaba. Dentro del edificio, al levantar la vista, solo vio aquel círculo azul coronado de ramas, como el ojo de un Dios todopoderoso y seco, lejano, hostil. También me contó que las palomas anidaban en todos los rincones y su alboroto daba mayor fuerza al silencio. En la parte superior del altar vacío un gato lo miraba fijamente, como aquel, me dijo señalando a otro gato que, por coincidencia, descansaba sobre la barra del bar. Me senté en un pedazo de la cúpula y lloré, me dijo. También me dijo que luego había salido y había caminado hacia la casa, que hacía un calor del demonio y que los perros que salían de las puertas de madera, ladrando, le recordaban a su infancia. Abrió la puerta con esa llave grande y simple que le había entregado su tutor junto con el dinero, meses antes de salir de Nueva Orleans. Aunque, en realidad, dijo, era más pequeña de lo que la recordaba. La casa estaba vacía casi por completo, solo en su vieja recámara, en un rincón, estaban todos los tesoros. Los vidrios estaban manchados, pero habían resistido. Solo uno, el del lado derecho, estaba estrellado de una esquina. Era como el trozo de un recuerdo. Había un ropero sencillo, abajo seguían sus dos cajones con agarraderas de cuero. Un cajón guardaba una carpeta tejida, quizá por mi madre, me contó; el otro contenía algunos sobres con correspondencia de su padre que quiso leer en ese momento, pero eran tantos que mejor los guardó con cuidado en su carpeta de piel que siempre cargaba. Al abrir las puertas de ese ropero habían aparecido el traje y el sombrero, junto con la sotana hecha girones, solamente. Había un pequeño escapulario que colgaba inmóvil frente a la ropa, solo, me dijo, demasiado solo.

Ni siquiera quiso quedarse a dormir, la cama le dio asco. Dejó el pueblo sabiendo que no iba a volver nunca, recogió las pocas cosas que pensó tenían algún valor y salió. Me dijo que no quiso voltear cuando se alejaba entre nubes de polvo, que recordó a aquella mujer bíblica que al voltear se había convertido en estatua de sal, pero que no fue tanto por eso que no volteó, sino porque le dolía, en ese momento, me dijo después de darle otro trago al brandy, el corazón. Me contó también que en esa caja había unas tijeras de plata que, según su padre, habían pertenecido a su abuelo, también unos guantes de cuero muy suave, una balanza para pesar sacos de harina, una pequeña imagen de un santo; pero de eso, me dijo, nada estaba, y era como si estuviera en un lugar donde nunca había estado, como un girón de recuerdos de otra gente, solo un girón. Entonces el general se había quedado viendo cada objeto del bar donde ya habíamos bebido varias copas, miraba todo con gran detenimiento y una especie de sorpresa en su rostro, como queriendo apropiárselo. Y comprendí un poco lo que le sucedía. Es el lugar donde hubiera querido descansar, me dijo. ¿Pero a quién pedírselo? ¿Quién se podría encargar de llevarme ahí y enterrarme en ese pequeño cementerio que mi padre inauguró con la tumba de su primera mujer? Luego se había quedado callado, mirando el fondo de la copa. Después reaccionó y pidió que se la llenaran.

La vuelvo a ver como aquella tarde, con sus trenzas gruesas y sus enaguas que bailaban con el viento. Llevaba una blusa muy blanca y su sonrisa llenaba la tarde. Me sentaba junto a ella, en el primer escalón de tres que había para entrar al atrio de la iglesia. Ahí, junto a ella, me envolvía su olor agrio, a humo y nixtamal, a sudor limpio, de agua cristalina, me dijo. Son pocos los recuerdos de esa época, no hay movimiento, es como si fueran estampas que se persiguen. Mientras salíamos a la noche fría y oscura, de un Londres asfixiado entre la niebla y el humo del carbón, mientras esperábamos a que el coche nos recogiera, el general me tomó del brazo y me dijo: Es una gran responsabilidad ser hijo de un héroe.

Durante esas veladas que duraron muchos meses y que podían prolongarse hasta altas horas de la noche, el general ha­blaba de libros, de exposiciones y, sobre todo, de la situación del país. Fue ahí donde me contó su idea de ofrecer el trono de México a un emperador europeo, sería la única forma de devolver la paz al país y detener el expansionismo norteamericano. A mis preguntas sobre qué hubiera pensado su padre de que el país volviera a ser gobernado por un país extranjero, sonrió. Mi padre luchaba porque le devolvieran el poder a Fernando VII, dijo, y claro, dar un poco más de poder a los criollos y a los mestizos, pero nunca pensó en crear un país independiente. Las consecuencias son visibles, siguió diciendo, mire cómo está ahora. Mucho tiempo después me enteré que el general había participado en el convenio de Londres, que había vuelto a México junto a las tres potencias extranjeras y se había querido proclamar presidente. Pero eso fue después. En esas caminatas nuestras pláticas versaban más sobre arte y naturaleza. El general leía mucho y estaba al tanto de todas las novedades literarias en inglés y francés. Los cielos de Turner son mejores vistos por el alma del pintor que por sus ojos, exclamó una tarde al salir de la exposición. Luego se quedó mirando el cielo que, a esa hora, como coincidencia, tenía reflejos violetas y tenues azules, y una nube oscura que estaba flechada por dos hilos de luz. Olvide mi comentario, dijo. ¿O será mi alma la que está observando? Con él visité muchas veces el Museo Británico. Podía pasar horas mirando una sola pieza egipcia, o las pequeñas tablillas de escritura cuneiforme. En una ocasión, mientras descansábamos en una banca, me dijo: No cabe duda que el hombre ha sido el constructor más destructivo de la historia del mundo. Y luego recapituló: O el destructor más constructivo, solo Dios lo sabe. Siempre hablaba de Dios, creía mucho en Dios, no sé si por ser hijo de un cura excomulgado.

El general decía que, además de los restos de su padre, que estaban resguardados en una caja de terciopelo rojo y con candado de plata, y que a pocos dejaba ver, tenía una caja de madera forrada de cuero que afirmaba había pertenecido al cura Hidalgo. En ella había dos pequeños frascos de vidrio esmerilado. Eran para dar los santos óleos, me dijo el general, y este es un Nuevo Testamento muy antiguo que también le perteneció. Era un ejemplar que no tenía fecha, pero que pensaba uno que se desbarataría entre las manos. Nunca había visto una biblia tan antigua, tan primitiva. El general recordó que fue de los legados que le dio su padre, y que él se llevó a Nueva Orleans. Si no me la hubiera llevado, se habría perdido. Cuando me invitaba a su casa, su mujer, Dolores Quezada, una mujer muy ruda y mal encarada quien no se imaginaba que en un futuro cercano sería dama de compañía de una Emperatriz belga, nos atendía con brusca solicitud, siempre callada. Pero cuando algo se le preguntaba, contestaba con una voz muy hermosa, cantarina. Hablaba un inglés perfecto, lo mismo que el francés, a diferencia del general, que nunca pudo quitarse ese acento de indígena americano. El general y yo caminamos muchas veces juntos y gran parte de la ciudad de Londinium, como la nombraba él. Le gustaba mucho que lo acompañara a ver las ruinas de las murallas, de las torres, y ahí imaginar cómo sería aquella ciudad que en el siglo II llegó a tener sesenta mil habitantes. Le gustaba que camináramos junto a los restos de la muralla e imaginar la magnificencia de aquella ciudad fortificada. Imagine usted, me decía, al procurador Julius Classcianus, tratando de salvar la ciudad de los embates de Boadicea. Y luego guardaba silencio y su mirada se perdía en aquellas piedras, y quizá volaba hacia su país, donde él mismo había librado grandes batallas. Este lugar me lo enseñó mi maestro, el señor Michelena, me decía con gran orgullo. Cuando llegué a Londres fue él quien me llevó a presentar credenciales con sus majestades en el palacio de Buckingham, quien me presentó con todo el cuerpo diplomático avecindado en Londres. Y luego, con una sonrisa pícara, me decía: También fue él quien me hizo un adepto de la ópera y del teatro, y de esos salones que usted ya conoce. Así charlamos infinidad de veces, hasta que una tarde recibí una carta sellada con el escudo de México, donde me avisaba, de forma muy escueta, que se marchaba de Londres, que regresaba a México por una misión especial, pero no me dijo más, y yo no pregunté, sabía que no debía preguntar. Eso lo sabemos muy bien los diplomáticos.

Mario Heredia (Orizaba, Veracruz, 1961) es poeta, narrador y artista plástico. Ha publicado varios libros de cuento y poesía, además de las novelas: Memoria de mis huesos, Estas celdas que soy, Las sagradas noches, Río Blanco, A la diestra del padre (Premio Internacional de Novela Sergio Galindo), La otra cara del tiempo (Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano), Las machincuepas de Silvestre y su pierna biónica, La santa imagen de Lucía Méndez y El compañero imaginario de Marek Kotsky. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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