John Biden

Este país tiene que alivianarse una barbaridad y tener un presidente aburrido: Joe Biden

Dice el periodista Jon Lee Anderson, a propósito de Biden: “Con tal de sacar a Trump de la Casa Blanca, yo votaría a un canguro. Esto es una emergencia. Trump debería estar en un calabozo y no estar ahí.”

Ciudad de México, 22 de enero (MaremotoM).- Entre los muchos que se ríen por nuestra emoción con Joe Biden está mi hermana Melina Maristain, que dice: “Con qué cholulaje celebran a Biden, mi D10S😢. Es el nuevo presidente de EEUU, chiques”.

La periodista Irma Gallo se defiende de algunos ataques que la acusan de ser estadounidense: “A mí me vale que me digan que si “me creo gringa”. Fíjense que no, para nada. Pero sí me parece muy importante que una mujer que además tiene ascendencia afro-asiática, sea la vicepresidenta de un país tan complejo, con tantos claroscuros. Y sí, I love NYC. ¿Y qué?”.

Han pasado tres días desde que Joe Biden se convirtió en el nuevo presidente de los Estados Unidos y todavía me es difícil determinar qué es lo que me gusta de él. Probablemente no sea alguien que como Barack Obama ni como Michelle Obama. Eran seres luminosos, Hollywood estaba a favor de ellos, pero en el medio hubo guerras, deportaciones a los mexicanos, una forma de ser Estados Unidos como siempre.

Biden, en cierto modo con sus políticas, será más o menos igual. Acaba de reconocer al “presidente” Juan Guaidó, ese agente de la CIA que parece un político y que mandó a quemar a todos los camiones con ayuda humanitaria para acusarlo a Nicolás Maduro. Pero también es cierto que Biden, en sus tres días de gobierno, hizo 17 medidas a favor de que el mundo poco a poco vuelva a tener su lugar.

Por lo pronto, Estados Unidos vuelve al Acuerdo de París contra el cambio climático.

El uso obligatorio de cubrebocas, la restricción de llegada de extranjeros por covid pese a la orden de Trump de rescindirlas, el reencuentro con la OMS y el regreso del científico

Anthony Fauci, quien dirige la delegación de Estados Unidos en la OMS a partir de este jueves. La eliminación de la prohibición de entrada a EE.UU. desde países musulmanes, el envío de un proyecto de ley al Congreso que establece un camino hacia la ciudadanía para más de 11 millones de inmigrantes indocumentados y la protección del programa DACA,  que protege de la amenaza de la deportación a los inmigrantes que llegaron como indocumentados cuando eran niños. Pone fin a la construcción del muro fronterizo, una moratoria para el pago de las deudas estudiantiles hasta final de septiembre, alivio para inquilinos y propietarios y una moratoria sobre los desalojos y las ejecuciones

Una orden ejecutiva firmada este miércoles prohíbe la discriminación laboral en el gobierno federal basada en la orientación sexual y asegura protección para la comunidad LGBTQ.

En la campaña, Biden se comprometió con la comunidad LGBT a dirigir recursos para ayudar a prevenir la violencia contra las personas transgénero, poner fin a la prohibición en el Ejército y restaurar la orientación para los estudiantes transgénero en las escuelas. De hecho, ha elegido a Rachel Levine como subsecretaria del Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS en inglés) de Estados Unidos. Levine era secretaria de Salud del estado de Pensilvania y profesora de pediatría y psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad Penn State.

Donald Trump
Hizo un muro en Escocia y dejó por muchos años sin agua a los pobladores Foto: Cortesía

POR QUÉ BIDEN DEVUELVE LA NORMALIDAD A ESTE MUNDO TAN LOCO

Decimos que este mundo se cae por el precipicio. Cuando la gente decía que nosotros le dábamos exposición mediática a la toma del Capitolio, en lugar de cubrir noticias propias, no se daba cuenta de que ese acto por la fuerza, con armas, con complicidad policial, no sólo estaba desconociendo al sistema democrático de los Estados Unidos, sino que era la primera punta de una gran guerra donde el neoliberalismo y los derechistas blancos nos iban a exterminar a todos.

Dice el periodista Jon Lee Anderson, a propósito de Biden: “Con tal de sacar a Trump de la Casa Blanca, yo votaría a un canguro. Esto es una emergencia. Trump debería estar en un calabozo y no estar ahí.”

Y creo que ahí está todo nuestro sentimiento. Hay dos cosas que me hacen odiar a Donald Trump y en este punto no quiero negarlo: Yo lo odio. Por todo lo que representa y por su contradicción con esa utopía del hombre en crecimiento, con empatía por los humanos, con el arte en florecimiento, viviendo en plena armonía con los animales y la flora existentes.

Uno lo revela el documental sobre Escocia, que cuenta que en Aberdeenshire han izado la bandera mexicana a modo de resistencia. El verde, el blanco y el rojo ondea juntos a la cruz de San Andrés, ante el campo de golf de Donald Trump.

Michael Forbes, considerado como el auténtico “héroe local” por negarse a vender su maltrecha casa, cuando Trump prometió acabar como fuera con aquella “pocilga” que afeaba las vistas a los golfistas y, como castigo, dejó durante años sin agua al agricultor y pescador de salmones.

El otro hecho es la cantidad de gente sin trabajo que ha dejado en Irán, por prohibirle a los estadounidenses y a los iraníes ejercer turismo entre los dos países.

Eso sí, hay una tercera cosa por la que odio a Donald Trump y es que a pesar de que este mundo sea tan imperfecto, uno lucha todos los días por hacer algo por él. El silencio que ensombrece a quienes él cree sus adversarios nos deja inmóviles, como cualquier dictadura. El mundo para él es para unos pocos: sus amigos millonarios, los supremacistas blancos y cualquier gobierno que con él se identifique. Unos pocos puñados, frente a la gran diversidad del planeta.

John Biden
Como si la Tierra poco a poco estuviera tratando de adecuarse a su molde, sin desbordarse. Foto: Cortesía JohnBiden.com

Por eso me alegró ver la asunción de Joe Biden. Como si la Tierra poco a poco estuviera tratando de adecuarse a su molde, sin desbordarse, sin llevarnos por su alud al precipicio, cuando ya no queda ninguna esperanza. Lo mismo pasará cuando salga de Brasil Jair Bolsonaro, ese loco peligroso puesto por las iglesias evangélicas y que obviamente no tiene ninguna capacidad para mandar. A veces el planeta es una escena escrita por Jerzy Kosinski, cuando Desde el jardín, aparece Chauncey Gardiner (claro, con la cara de Peter Sellers) diciéndonos: “El viento llega del Oeste, ahora es tiempo de sembrar”.

John Biden
Un libro para conocer más a John Biden. Foto: Cortesía

Fragmento del libro Joe Biden. Su vida, su carrera y los temas relevantes, de Evan Osnos, con autorización de Planeta.

Los suburbios exuberantes y sofisticados de Wilmington, envueltos por los bosques del Valle de Brandywine, son populares por albergar a los herederos de la fortuna química

de la familia Du Pont, cuyas propiedades y jardines están escondidos en lo que se conoce como el Chateau Country de Delaware. En lo que para esos estándares sería un terreno modesto, Joe Biden y su esposa, Jill, viven en una propiedad inclinada de poco más de hectárea y media que da a un lago.

El día que visité la residencia de Biden, faltaban 99 días para la elección. Para evitar contagios, sus asesores me llevaron a la antigua cochera, a unos cien metros de donde vive la familia. «Bienvenido a la casa de mi mamá», gritó Biden desde el fondo de la escalera, un instante antes de que su melena blanca se hiciera visible al subir al segundo piso del que ahora era un chalé. Traía puesta una camisa de vestir azul, con las mangas enrolladas hasta los codos, una pluma atorada entre los botones y una mascarilla N95 blanca sobre el rostro.

En apenas tres semanas, Biden se convertiría en el candidato demócrata a la presidencia. El encabezado de la primera página del Washington Post de esa mañana leía «La reputación de Estados Unidos frente al mundo está en su punto más bajo». La cifra de víctimas por la pandemia del coronavirus se acercaba a los 150000, tres veces más que el número de vidas estadounidenses perdidas en Vietnam; la economía se había desplomado

con más velocidad que en cualquier otro momento de la historia del país; en Portland, Oregón, agentes federales con uniformes sin distintivos les lanzaban gas lacrimógeno a manifestantes a los que Donald Trump llamó «anarquistas y agitadores enfermos y retorcidos». Ese día, Trump había advertido desde su cuenta de Twitter que los manifestantes «destruirían ciudades y cosas peores si Joe el Dormilón, la marioneta de la izquierda, llegaba a ganar. Los mercados colapsarían y las ciudades arderían».

El hombre que se interponía entre los estadounidenses y cuatro años más de Trump parecía contento de recibir visitas. En aquel extraño verano de 2020, el hogar de los Biden se sentía tan solemne y recluido como una abadía. El chalé, decorado con temas celtas (persianas verdes y cojines con cardos bordados) fungía también como centro de control para el Servicio Secreto; hombres enormes con armas enfundadas entraban y salían todo el tiempo. Biden se acomodó en un sillón del otro lado de la habitación y extendió las manos como señal de saludo con distanciamiento social. «Los doctores me tienen muy checadito», me explicó.

Esa misma tarde, los Biden debían asistir a Capitol Hill para rendirle tributo al recién fallecido John Lewis, de Georgia, un ícono de la lucha por los derechos civiles que sufrió una fractura de cráneo a mano de los policías estatales en Selma, Alabama, antes de formar parte de la Cámara de Representantes y ganarse el apodo de la «conciencia del Congreso». Sería una excursión inusual. Desde que comenzó el confinamiento por la pandemia de covid-19 en marzo, Biden circulaba casi de forma exclusiva entre su porche trasero, donde realizaba eventos de recaudación de fondos por Zoom, el gimnasio de la planta alta y la sala de juegos del sótano, donde realizaba entrevistas para la televisión frente a un librero y una bandera doblada.

La estructura de su campaña estaba distribuida entre los hogares de unos dos mil trescientos empleados. Antes de que pudiera hacerle una pregunta, me explicó los

orígenes de aquel chalé. Cuando su padre, Joe Sr., enfermó en 2002, Biden remodeló el sótano de la casa principal para que sus padres se instalaran ahí. «Solo resistió unos seis meses. Dios lo tenga en su gloria», dijo. «Y pensé que mi mamá se quedaría». Al parecer, ella tenía otras ideas. (La difunta madre de Biden, Jean Finnegan, ocupa un papel central en el recuento de la historia familiar de este. Biden recuerda que, en sus años escolares, una monja se burló de él por tartamudear, y su madre, una católica devota, la confrontó: «Si usted vuelve a hablarle así a mi hijo, regresaré a arrancarle ese bonete de la cabeza»).

Biden me contó que, después de que Jean enviudara, le ofreció un trato: «Me dijo: “Joey, si me construyes una casa, me mudo ahí”. Yo le contesté: “Adorada, no tengo dinero para

construirte una casa”. Me respondió que lo sabía, pero que había hablado con mis hermanos y mi hermana: “Vende mi casa y constrúyeme un apartamento”». Durante años, Biden, quien dependía de su salario gubernamental, estuvo entre los miembros menos acaudalados del Senado estadounidense. (En los dos años posteriores a que dejara la vicepresidencia, los Biden percibieron más de 15 millones de dólares por discursos pagados, impartición de clases y contratos editoriales). Biden reacondicionó la vieja cochera y su madre se mudó ahí. «Entraba y la veía en esa silla allá abajo, frente a la chimenea, viendo la televisión», me contó. «Siempre había una cuidadora sentada en el taburete escuchando sus confesiones».

En sus propias palabras, Joe Biden lleva cinco décadas siendo un «hombre público», ocupando un cargo público, dando entrevistas, compartiendo anécdotas. La última vez que lo había entrevistado —mayormente sobre asuntos de política exterior— había sido en 2014, cuando él estaba en la Casa Blanca y Donald Trump era el anfitrión de la temporada 14 de The Apprentice. Biden tiene 77 años y se ve más delgado que hace

seis, aunque no es demasiado notorio. Ha dejado ir su juventud a regañadientes. Su sonrisa ha adquirido una jovialidad tan resplandeciente que hasta inspiró un tuit popular durante la campaña de 2012: «Los dientes de Biden son tan blancos que votarán por Romney». Su cuero cabelludo se ha repoblado, su frente parece encalmada y Biden proyecta el brillo de un abuelo que está volviendo a casa del gimnasio, lo cual suele ser el

caso. Y su verborrea es tan dispersa como siempre. James Comey, exdirector del FBI, escribió alguna vez que una conversación típica con Biden se originaba en la «Dirección A» antes de «enfilar hacia la Dirección Z». (En diciembre de 2019, la campaña de Biden hizo público un reporte de su expediente médico, en donde se le declaraba un hombre «saludable y vigoroso» para su edad).

De alguna forma, las implicaciones de la edad se ceñían sobre la contienda presidencial. En su momento, al asumir la presidencia, Trump fue considerado el presidente de edad más avanzada en la historia. (En el verano de 2020, tenía 74 años). Para evadir los cuestionamientos sobre la agudeza mental del presidente, Trump y sus aliados dibujaron a Biden como un hombre senil, tema que saturó las televisoras de derecha y Twitter. Biden no pareció enterarse, pues no se fijaba en las redes sociales. (En comparación con Trump, la campaña de Biden hizo un uso muy somero de esas plataformas. Mientras que Trump tenía más de 114 millones de seguidores entre Twitter y Facebook, Biden tiene menos de diez millones).

Si ocurría algo sustancial, su equipo incluía un tuit en el agregado de noticias que Biden revisaba en su celular cada mañana.

Según me dijo, «no leo los comentarios. Paso mi tiempo intentando enfocarme en los problemas que la gente está viviendo».

Para finales de agosto, diez semanas antes de las elecciones, Biden aventajaba a Trump por un promedio de cuando menos ocho puntos porcentuales. Sin embargo, ningún ser humano sobre la faz de la Tierra habría esperado un final de campaña ordinario. Algunas encuestas indicaban que la diferencia se iba reduciendo, y que un cambio inesperado en la economía, el Congreso o la Suprema Corte podría afectarla. «Estoy conforme con cómo estamos, pero sé que las cosas se van a poner muy, muy feas», me dijo Biden. Mientras Trump alegaba sobre la legitimidad del voto por correo, el director del servicio postal recortaba con descaro los servicios, lo que podría entorpecer el conteo de las boletas. Ruth Bader Ginsburg, la jueza de mayor edad de la Suprema Corte de Justicia, había empezado un tratamiento de quimioterapia recientemente, lo que incrementaba las probabilidades de una lucha encarnizada para elegir a su sucesor. Operativos republicanos ayudaban a Kanye West —la estrella de hip hop afín a Trump— a figurar en la boleta en varios estados, cosa que los críticos sospechaban que le restaría votos de la población afroamericana a Biden. Mientras tanto, las agencias de inteligencia de Estados Unidos advertían que, al igual que en 2016, los rusos estaban conspirando para dañar al oponente de Trump, pero esta vez con grabaciones telefónicas editadas que promovían el rumor de que Biden había abusado de su poder en la vicepresidencia para ayudar a su hijo Hunter a enriquecerse en Ucrania.

Para alguien que estaba a la cabeza en las encuestas, la actitud de Biden no era del todo positiva. «Me preocupa que jodan el resultado», me confesó. «¿Cuándo diablos habías visto que un presidente declarara: “No estoy seguro de si voy a aceptar el resultado”?».

Los sucesos de 2020 desmantelaron algunos de los relatos más básicos que los estadounidenses nos contamos. El país más rico y poderoso del mundo metió la pata hasta en las reacciones más rudimentarias frente a la pandemia —como conseguir cubrebocas y realizar pruebas diagnósticas—, y algunas agencias estatales demostraron ser tan anticuadas y estar tan desprovistas de recursos que aún utilizaban faxes para transmitir información. La Casa Blanca presentaba políticas que parecían una sátira de Kafka; aunque a la gente se le recomendaba no comer fuera de casa, el gobierno proponía un incentivo fiscal corporativo para las comidas de negocios.

A diferencia de la Segunda Guerra Mundial, cuando los estadounidenses de clase media escatimaban en insumos básicos —carne, azúcar, café—, en la era del covid-19 mucha gente se negó a quedarse en casa y a usar cubrebocas. Algunas personas se aventuraron a vacacionar en primavera, mientras dependientes de tiendas, cuidadores en asilos y repartidores de todo tipo, volvían al trabajo bajo órdenes que los señalaban como trabajadores «esenciales». En Washington, hasta los preceptos más básicos de la cohesión política se venían abajo.

Cuando Larry Hogan —el gobernador republicano de Maryland enfrentado con Trump— mandó pedir pruebas provenientes de Corea del Sur, sintió la necesidad de desplegar a la

policía estatal y a tropas de la Guardia Nacional para proteger el cargamento, por miedo a que el gobierno federal intentara confiscarlo. Trump se ufanaba de haber retenido ayuda

y equipo de protección personal para estados con liderazgo demócrata. «No llames al gobernador de Washington», recordaba haberle dicho a su vicepresidente, Mike Pence. «No llames a la mujer de Michigan». En abril, Jared Kushner, el yerno del presidente y uno de los líderes del equipo de respuesta al coronavirus, declaró en Fox News que los esfuerzos del gobierno habían sido «un éxito sin precedentes». En los cuatro meses siguientes, perdieron la vida cuando menos 110000 personas más.

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Además, en plena pandemia, el asesinato de George Floyd, quien murió asfixiado bajo la rodilla de un oficial de policía, dio paso a un nuevo giro histórico en el despertar de la historia de Estados Unidos: un enfrentamiento con la enraizada jerarquía del poder, a la que Isabel Wilkerson, en su libro Caste, describió como «el acomodador silencioso en un teatro oscuro, que alumbra los pasillos con su linterna y nos lleva a nuestros asientos asignados».

Cornell William Brooks, profesor de Harvard, activista y otrora cabeza de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés), equiparó el asesinato de George Floyd con el de Emmett Till en 1955, el cual inspiró el movimiento por los derechos civiles que tuvo lugar en Montgomery, Alabama. La escala de las protestas reflejaba una ira que trascendía el horrible suceso que las incitó. «El ingrediente más ardiente en ese caldero es la esperanza frustrada. Muchos recordamos aquello de “esperanza y cambio”, pero lo que obtuvimos después fue ira y miedo. La gente está harta», comentó Brooks.

Biden creía que el liderazgo fallido de Trump, en particular durante la pandemia, se había vuelto evidente hasta a ojos de sus defensores republicanos más férreos. «Todo el mundo

lo sabe, hasta la gente que lo apoya: todo esto se trata de sus intereses. Todo se trata de él», me dijo. «Ha tenido un impacto muy fuerte en la capacidad que tiene la gente de vivir su vida». Aun así, admitió que quizá no sería suficiente para hacer cambiar de opinión a los votantes. Al describir a los simpatizantes de Trump, Biden no los pintó como personas engañadas, culpables o deplorables. «De verdad creen que su realidad material mejorará si él es presidente», sostuvo. «Trump ha mantenido popularidad, creo, hasta cierto punto —como 40%—, al decir cosas como: “Los demócratas son socialistas. Vienen a arrebatarles todo lo que tienen”».

Los republicanos llevaban tiempo acusando a los demócratas de intentar instaurar el socialismo en Estados Unidos de forma encubierta. Sin embargo, arrojar esa acusación contra Biden, cuya carrera se ha distinguido por un cauteloso centrismo, era una tarea un tanto complicada. Biden decidió participar en las elecciones primarias de su partido con una misión y visión muy específicas: terminar con la presidencia de Trump.

La mayoría de los estadounidenses, sostenía él, no quería una revolución. En uno de sus primeros eventos de recaudación de fondos en Nueva York, prometió no «satanizar» a los ricos y dijo que «nada cambiaría de forma sustancial». (En internet, la gente comenzó a circular carteles de campaña falsos, similares a los de la campaña de Obama que traían la palabra «esperanza», pero con el eslogan «Nada cambiará de forma sustancial»). No obstante, para cuando Biden aseguró la candidatura en marzo, ya había comenzado a describir su proyecto como una apuesta por lograr un cambio sistémico de la magnitud del New Deal de Franklin D. Roosevelt. Según uno de los principales colaboradores de Bernie Sanders, durante una llamada telefónica sobre una potencial declaración de apoyo a su candidatura, Biden le dijo a Sanders: «Quiero ser el presidente más progresista desde FDR».

Esa evolución confundió a críticos de todos los rincones del espectro político. A Biden se le acusaba al mismo tiempo de ser una marioneta socialista y un siervo del neoliberalismo. Para sus detractores de izquierda —en su mayoría demócratas más jóvenes, con un nivel educativo alto, fuertemente ideologizados y con una gran presencia y actividad en línea—, Biden era una criatura del ancien régime y un porrista del Estado de seguridad nacional, cuyo apetito de cambio era tan tímido que, aun cuando ganó el Supermartes, los precios de las acciones en el sector salud aumentaron. Los liberales se sentían desalentados

porque el campo más fértil para una contienda presidencial diversa en la historia del país había dado como fruto a un hombre blanco en su octava década de vida. Fue como si un mesero hubiera vuelto de la cocina con la noticia de que los especiales

se habían terminado y lo único que quedaba era avena. (Por supuesto, estaba también la opción de más veneno para ratas).

Maurice Mitchell, director nacional del Partido de las Familias Obreras, me compartió la siguiente reflexión: «La gente decía: “Ay, este tipo es un aficionado”. No es una persona ideologizada, y es claro que la ideología es importante para nosotros. Durante las elecciones primarias, su candidatura fue retrógrada; todo se trataba de volver al camino en el que estuvimos durante los años de Obama». Mitchell, quien también era uno de los líderes del Movimiento por las Vidas de los Negros, agregó que el cambio de tono de Biden llamó la atención de los progresistas: «Ha comenzado a entender que este podría ser un momento rooseveltiano. No está del todo ahí —nadie piensa que Joe Biden sea un ícono del progresismo—, pero podría ser producto tanto del pensamiento más cínico como del más optimista».

Conforme la elección se acercaba, durante una entrevista le pregunté a Barack Obama cómo interpretaba el vuelco a la izquierda de Biden. «Si observas los objetivos de Joe Biden y los de Bernie Sanders, encontrarás que, a diez mil metros de altura, no son tan diferentes», arguyó. «Ambos quieren asegurarse de que toda la población tenga acceso a la salud. Quieren asegurarse de que todos puedan conseguir un trabajo que pague un salario digno. Quieren asegurarse de que todos los niños reciban una buena educación». La cuestión, en realidad, era táctica según Obama: «Muchas veces, el asunto es: “¿Cómo

llegamos ahí? ¿Qué coaliciones necesitamos?”. Creo que este momento ha logrado cambiar algunos de esos cálculos, pero no necesariamente porque Joe haya cambiado, sino porque las circunstancias han cambiado».

Las tensiones dentro del Partido Demócrata reflejaban el enfrentamiento entre el meliorismo liberal —la perspectiva política de cambio incremental a «largo plazo» de Obama y Biden— y el movimiento apremiante al que Sanders llamaba «revolución». Las dos facciones encumbraban virtudes opuestas: una hacía énfasis en el realismo, la creación de coaliciones y la política pragmática, mientras que la otra abanderaba la

insoslayable evidencia de que las «reformas» de siempre no habían logrado hacer frente a las desigualdades sistémicas, las crueldades del sistema de salud y del sistema penitenciario de Estados Unidos ni a la catástrofe ambiental.

La división era tanto generacional como ideológica. Toda una generación estadounidense creció entre fiascos —la invasión de Irak, la respuesta al huracán Katrina, la crisis financiera de 2008—, y en parte culpa de ello a la gerontocracia. La media de edad de la población estadounidense es de 38 años; en el Senado, la media es de 65. En el año 2020, el Congreso era uno de los más añosos en la historia del país. El líder mayoritario del Senado, Mitch McConnell, tenía 78 años; Nancy Pelosi, vocera del Congreso, tenía 80. La diferencia de edades era la base de una diferencia profunda en la forma de entender el mundo. En palabras de Patrick Fisher, profesor de Seton Hall y especialista en las dinámicas políticas de la edad: «En términos demográficos, políticos, económicos, sociales y tecnológicos, las generaciones son más distintas entre sí ahora que en cualquier otro momento que podamos recordar».

Hoy en día, los millennials son la generación más numerosa en Estados Unidos, además de ser la más diversa en la historia del país. Entraron al mercado laboral durante la peor recesión desde la década de 1930; además, en la actualidad, las personas menores de 25 años enfrentan tasas de desempleo que duplican las de otros grupos etarios. Para 2012, una cantidad récord de adultos de entre 18 y 31 años vivía con sus padres.

Durante la década de 2010, mientras el trumpismo germinaba en la derecha, un movimiento rival crecía en la izquierda, encabezado por gente joven. A sus ojos, los estadounidenses mayores estaban utilizando el sistema político para desviar

recursos destinados a las generaciones siguientes. En 2014, el gobierno federal gastó cerca de seis dólares per cápita en programas para adultos por cada dólar que gastó en programas para niños, según Paul Taylor, autor de The Next America, un estudio sobre el futuro demográfico.

Muchos jóvenes estadounidenses tenían sus esperanzas puestas en Obama, quien en 2008 obtuvo la asombrosa cifra de 66% del voto millennial. Al terminar sus dos cuatrienios, esta generación había concluido que, si él no era capaz de impulsar a los partidos políticos a ponerse manos a la obra, nadie lo sería. Entre 2013 y 2017, la media de edad de los Socialistas Democráticos de América cayó de 68 a 33 años. Muchos otros expresaron el deseo de un socialismo que se aproximara más al New Deal. En 2019, Greta Thunberg, la adolescente sueca que inspiró una huelga internacional por el cambio climático, anunció en las Naciones Unidas: «El cambio se acerca, lo quieran o no».

Cuando le pregunté a Obama por las tensiones internas del partido, las describió como cualidades de «la idea demócrata tradicional». En sus propias palabras: «Es un partido de base amplia. Y eso significa que toleras, escuchas y aceptas a personas que son distintas a ti e intentas darles cabida. Así que trabajas no solo con demócratas liberales, sino también con demócratas conservadores, y tienes que estar dispuesto a hacer concesiones». Fue un sutil puyazo para los demócratas que ven la transigencia o la concesión como un fracaso. En comentarios realizados el año anterior, Obama lamentaba el surgimiento de un «pelotón de fusilamiento» dentro del partido: «Esta idea de pureza, de nunca hacer concesiones, de seguir siempre la ideología woke, todo eso tienen que superarlo de inmediato».

Antes de ser candidato, Biden expresó su frustración hacia la tibia participación de la juventud estadounidense en las elecciones. En 2019 se quejó de que, cuando Trump contendió con Hillary Clinton por la presidencia, «se quedaron en casa, no se involucraron». Sin embargo, cuando conversamos durante su campaña, hizo un gran esfuerzo por sonar más conciliador: «A esta generación realmente la han fastidiado»,

señaló. «Esta ha sido la generación más abierta, la menos prejuiciosa, la más brillante, la mejor educada en la historia de Estados Unidos. ¿Y qué pasa? Les toca el 11S, una guerra, la Gran Recesión, y ahora les toca esto. Esta generación merece ayuda durante esta crisis». Se mostró también comprensivo ante ciertos aspectos de su predicamento: «Todavía sigo pagando el crédito estudiantil de Beau Biden», dijo en referencia a su primer hijo, quien murió en 2015. «Él nunca dejó de hacer sus pagos, pero, cuando se graduó de la Facultad de Derecho, debía 124000 dólares».

En la primavera de 2020, Biden comenzó a describirse como un «candidato de transición» y explicó que «no les hemos dado a los jóvenes un asiento dentro del partido ni la oportunidad de manejar los reflectores o de estar bajo los reflectores del resto del país. Hay un increíble grupo de personas talentosas, novedosas y más jóvenes». Ben Rhodes, asesor de Obama en la Casa Blanca, me lo explicó en estos términos: «En realidad es una idea muy poderosa. Biden dice: “Soy un hombre blanco de 77 años que fue senador durante tres décadas, y entiendo tanto esas limitaciones como la naturaleza de este país”. Pero en realidad, sin importar qué haga, no puede comprender las  frustraciones de las personas de a pie. No es una crítica; es solo la realidad». Un funcionario de la administración de Obama observó que en aquella admisión de Biden había un mensaje

más sutil: «Este país tiene que alivianarse una barbaridad y tener un presidente aburrido».

Según Varshini Prakash, quien a sus 27 años es una de las cofundadoras del Sunrise Movement, organización encabezada por jóvenes que promueve acciones para combatir el cambio climático, Biden reconoció la urgencia de mostrar más que un mero interés retórico en la izquierda joven: «Tenemos un candidato presidencial que, en esencia, ha fincado su carrera entera en soluciones incrementales. Y ahora está en este momento de la historia en el que la gente está harta en gran medida del statu quo que él representa —un sistema económico que ha primado durante 40 años, en cuya defensa e instauración él tuvo injerencia—, pero también del pésimo sistema de salud, del clima, de la violencia con armas de fuego, de los asuntos migratorios. Todas estas cosas llegaron a su punto más álgido. Creo que el covid-19 fue la gota que derramó el vaso, y Biden no tuvo más alternativa que reconocer que, si no tiene una forma de maridar su incrementalismo con el nivel de cambio transformativo que la gente está exigiendo, se meterá en serios problemas».

Para asistir al sepelio de Lewis, Biden abordó una camioneta blindada. Se había cambiado su atuendo doméstico de campaña para ponerse ropa digna de un funeral: una camisa

blanca inmaculada, traje y corbata oscuros y una mascarilla negra. En la Rotonda del Capitolio, a Jill y Joe los recibió Nancy Pelosi, a quien no habían visto desde que comenzaron los confinamientos. Conversaron en un pequeño círculo cerrado; luego, los Biden se acercaron al féretro de Lewis, el cual se encontraba cubierto con una bandera, en el mismo lugar donde Lincoln estuvo postrado hacía siglo y medio. Al igual que otros, Biden había retado a los republicanos a honrar a Lewis reinstaurando la Ley de los Derechos del Votante, para «proteger el derecho sagrado al voto por el que estuvo dispuesto a morir», en palabras de Biden. La ley había servido como contrapeso frente a la discriminación racial en las urnas entre 1965 y 2013, pero luego la Suprema Corte dictaminó que las condiciones hacían que ya no fuera necesaria. Desde entonces,

republicanos de varios estados han redoblado esfuerzos para imponer requisitos sospechosos que excluyen a ciertos sectores de votantes; además, McConnell ha bloqueado proyectos en el Senado para reestablecer esa ley.

Biden habló por teléfono con Lewis por última vez pocos días antes de su muerte. Cuando recibió la noticia de su fallecimiento, escribió en un comunicado para la prensa: «A los

padres que intentan responder las preguntas de sus hijos sobre cómo entender el mundo en el que vivimos les digo esto: háblenles sobre John Lewis».

Durante los días siguientes, el féretro de Lewis volvió sobre los pasos de la lucha por la liberación de la población negra, empezando por su pueblo natal, Troy, Alabama, cruzando el puente Edmund Pettus en Selma, y haciendo una parada en

la recién bautizada Plaza Black Lives Matter, cerca de la Casa Blanca. En el Capitolio, Biden apoyó una mano encima del ataúd y se persignó.

Trump, por su parte, no asistió al homenaje. Lewis declaró alguna vez que Trump no era un «presidente legítimo», a lo que Trump respondió, con una insinuación racista poco sutil, que el distrito de Lewis estaba «infestado de criminales». Ante la presión de tener que declarar algo, Trump tuiteó, mientras volvía de jugar golf, que la noticia le entristecía y agregó: «Melania y yo les enviamos nuestras plegarias a él y a su familia».

Durante la contienda presidencial, las turbulencias de 2020 le han dado a Trump incontables oportunidades para mostrar su racismo e ineptitud, mientras que a Biden —quien tiene fama de ser medio boca floja durante las campañas— le han ahorrado los riesgos de tener la agenda saturada. Su equipo negó las insinuaciones de que le estuvieran permitiendo a Trump acaparar los reflectores a propósito, aunque en mayo Biden declaró con absoluta franqueza que «mientras más hable él, mejor me irá a mí».

El recato nunca ha sido el estado natural de Biden. Incluso en Washington, la Meca de los fanfarrones y papagayos, Biden siempre ha destacado. Cuando Obama recién llegó al

Senado en 2005, al escucharlo pontificar durante una reunión del Comité de Relaciones Exteriores, le pasó una nota a uno de sus asistentes: «Mátenme. Ya». Un exmiembro del equipo de trabajo de Biden comentó alguna vez que aprendió a flexionar ligeramente las rodillas durante los discursos de su jefe para evitar desmayarse. Biden está consciente de su reputación y a veces hace bromas al respecto. Cuando su micrófono se descompuso durante una entrevista en televisión, solo dijo: «Me lo hacen todo el tiempo en la Casa Blanca».

El evidente apetito de vinculación humana de Biden sin duda alguna fue un factor determinante para su victoria en las primarias. Pete Buttigieg, exalcalde de South Bend, Indiana, y uno de sus oponentes, observó a Biden tras bambalinas antes de un debate. «Algunos candidatos hablaban entre sí; algunos parecían hablar consigo mismos», me comentó después. En cambio, Biden socializaba con los tramoyeros o intentaba animar a los candidatos menos experimentados. «Creo que a él lo hace igualmente feliz conversar, escuchar e interactuar con cualquiera que ande por ahí».

Con las elecciones a la vuelta de la esquina, Biden enfrentaba un predicamento: sus éxitos políticos nunca habían sido resultado de galopantes discursos ni del uso ingenioso de las

redes sociales; eran consecuencia de vincularse con la gente, y la pandemia había hecho que la gente estuviera casi fuera de su alcance. La pregunta era si podría conectar con suficientes votantes para vencer a Trump, pues muchos demócratas habrían preferido a otro candidato para su partido.

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