Fabio Morábito

Fabio Morábito: “Para escribir hay que cavar un surco y tener fe”

Fabio Morábito acaba de ganar el Premio Xavier Villaurrutia por su gran novela El lector a domicilio (Sexto Piso).

Ciudad de México, 2 de junio (MaremotoM).- Me dice Fabio Morábito (1955) que no hablaremos del Fonca y de todo ese ruido que se escucha y que seguramente va a dejar herida a un montón de gente. La verdad es que no iba para eso. Iba para hacerle una entrevista a él, como le hacía hace ya casi unos 20 años, que teníamos más tiempo de este vértigo que a todos nos tiene corriendo.

Acaba de ganar el Premio Xavier Villaurrutia por su gran novela El lector a domicilio (Sexto Piso) y nada me hace tan feliz que este poeta me diga que su gran poeta preferido de México es precisamente Villaurrutia. A veces, en mis cosas que afirmo en la madrugada digo que Xavier debería ser el poeta nacional y no Octavio Paz. Pero supongo que lo digo por esa cosa futbolística que tengo y que felizmente comparte Fabio, que es rossonero, del Milan, de Maldini y no de Berlusconi.

Esas cosas que dicen los que no son aficionados al futbol, ¿cómo vas a ser del Milan si de ese cuadro es Berlusconi? Es como si no fuéramos de River porque de River es Menem. Como si no fuéramos de Boca porque de Boca es Mauricio Macri (bueno, nunca hay que ser de Boca…broma).

Fabio Morábito
De sentir rossonero, hablamos con Fabio Morábito. Foto. MaremotoM

Lo cierto es que reunirme con este cálido escritor mexicano, que nunca está en el centro, que da clases y escribe, que se mantiene en silencio y hace grandes aportes literarios y da sobre todo grandes libros para nuestra emoción, se da en la UNAM, en el Instituto de Filología, en el patio, donde había unas sillas turquesa, el sol caía a pleno y la literatura se doblegaba como un pañuelo que nos calmaba de los peligros.

–¿Te acuerdas cuando hablamos de tu novela, todavía no la había leído? Luego la leí y me fascinó. Finalmente, ganaste el Xavier Villaurrutia

–Me siento muy contento, es un muy buen premio. Bueno, un premio es un regalo, un reconocimiento, en país como este, donde se lee tan poco y los escritores siempre nos preguntamos para quién estoy escribiendo. Si me leen realmente, si no son los de siempre. Tener un premio puede ser un poco que hay un germen de público, que es lo que necesitamos para escribir. No para amigos, ni conocidos, sino escribir para un tiempo y un espacio indefinidos. Te da la sensación de que eres escuchado.

–Me resulta trascendente que esta sea tu segunda novela y que haya sido tan elogiada

–Yo escribí mis dos novelas por pura casualidad. Las dos únicas que tengo. Eran cuentos que se fueron alargando, trataba de que no se fueran del corral, se fueron haciendo novelas. No es la primera vez que eso ocurre a los escritores. Hay que ponerse otro uniforme y ponerse en términos novelísticos.

Fabio Morábito
Hay que ponerse otro uniforme y ponerse en términos novelísticos. Foto: ©FIL/Bernardo De Niz

–Me decía Manuel Vilas que nadie lee poesía, porque si leyeran poesía sabrían que Ordesa, su gran novela, estaba como predicha

–Como género yo pienso que la poesía en realidad está más cerca del cuento. En algunos aspectos más que de la propia novela. La forma de construir un poema es la forma de construir un cuento. Es decir, tantear un poco en la oscuridad, sin saber muy bien lo que viene, escuchar profundamente lo que está escrito para que de eso se deduzca casi fatalmente lo que sigue. Eso en la poesía es clarísimo, nadie puede prever el siguiente verso, pero en el cuento también existe. La novela creo que los novelistas tienen que tener un sentido arquitectónico al iniciar, lanzarse a una empresa que va a demandar muchas páginas y mucho esfuerzo, en ese sentido, la novela es menos exploradora que el cuento y la poesía. Ahora, la poesía está en todo. En las reseñas que han hecho del Lector a domicilio, se le da mucha importancia a la poesía. Claro, la novela habla de una poeta, hay un poema en ella que es importante, me sorprendió que se le diera tanta importancia.

–Todos fuimos a ver si existía o no la poeta

–La conocí una vez a Isabel Frayre. Tomamos una cerveza, la admiraba porque me gustaba su poesía, sabía de mí, pero no me había leído. La dedicatoria que me puso a un libro de ella que me regaló en esa cita, la puse íntegramente en la novela. Entró en la novela de casualidad, yo estaba escribiendo y de pronto veo el libro abierto de ella, de pronto lo leo y decido copiarlo. Que entre un poema a la novela. Que este lector lea un poema. Ahí empezó a cambiar la novela.

–¿La novela tiene un plan y el cuento y la poesía no?

–Un cuento puede que lo tenga, me imagino que hay cuentistas hasta que no saben el principio y el final de la historia, no empiezan a escribir. El cuento es tan exigente, que cada cosa debe llevar a la otra, hay que ir muy al ras de lo que está pasando para no equivocarse, para no dar saltos innecesarios, para no omitir cosas importantes y eso se puede parecer un poco a no tener un plan más que ese. Yo no puedo prever el final del poema, pero puedo prever el final de una novela.

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Hay que oír bien para que una de esas cosas que no estaba prevista tenga también su libertad y su vida.. ( © FIL/Pedro Andres.)

–¿Tienes escritura automática?

–No creo en eso. Al contrario, de más bien de una capacidad de escucha muy fuerte. Hay que oír bien para que una de esas cosas que no estaba prevista tenga también su libertad y su vida. Es un acto de perpetua traición. Siempre estamos yendo hacia un lado que no teníamos previsto. Si no fuera así, escribir sería un acto totalmente aburrido. Sería simplemente un acto de transcripción.

–¿Lees los poemas en voz alta después de haberlos escrito?

–Sí. La prosa también. Me cuesta mucho trabajo, es muy fatigoso, pero me doy cuenta no sólo en cuestiones de sonidos, palabras que no quedan bien, sino leer en voz alta es otro tipo de atención y descubres cosas que no descubres de otra manera.

–¿Quién la leyó primera?

–Mi hijo, que es músico, pero es buen lector. Tiene un ojo crítico muy agudo. Mi mujer. Es muy bueno contar con alguien que te dice de sopetón, quita esto, es una porquería. Eso es lo que uno necesita, escribe para un lector que diría eso. No escribe para el crítico. Esos lectores espontáneos son tan buenos lectores, miel sobre hojuelas. Sí tengo interlocutores, escritores a quienes les paso mis textos, pero en este caso no lo hice. Se la mostré luego a Ana García Bergua y eso fue todo.

–¿Cómo te manejas con los elogios?

–Cambio de tema. Es mucho mas difícil soportar un elogio que una crítica. En el elogio qué dices, muchas gracias y luego empiezo a hablar de futbol. Una crítica en cambio puedes contestar si lo consideras, pisas un terreno. Me agradan como a cualquiera, pero tienen que durar medio minuto. No sólo recibo elogios, también he recibido críticas. He recibido mis golpes y lo agradezco porque esas críticas me han servido.

–Los escritores dicen que quieren ser poetas

–Es una frase que no me creo. La primera vez se la oí a Carlos Fuentes. Los novelistas venden muy bien, al contrario del pobre poeta que no vende nada y es un gran malentendido con respecto a la poesía. Se habla siempre muy bien de ella, es muy prestigiosa, los funcionarios culturales nunca olvidan la poesía, pero en el fondo es despreciada, nadie la lee, a nadie le importa, nunca ha habido un verdadero esfuerzo para quitarle a la gente miedo a leer poesía. Es como decía Octavio Paz, una secta secreta. La poesía nos devuelve a cierto estado de anonimato dentro de la literatura. Cuando la literatura no tenía autores, sino obras que pasaban de boca en boca, nos recuerdan que la palabra leída es una palabra compartida. No hay una sustancial diferencia entre las que la escriben y quien la lee. La poesía es una gran maestra de humildad.

–¿Por qué decidiste ser escritor?

–Es una pregunta difícil. Escribí un libro para contestar esa pregunta. El idioma materno (Sexto Piso) y nunca encontré el hecho crucial, la tarde definitiva, el amigo decisivo, mil cosas que se me ocurren que pudieron ocurrir y que determinaron…pero luego, en cualquier vocación, es muy misterioso. No pude contestar esa pregunta y me dio gusto.

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Nunca tuve una vocación más fuerte que la escritura. Foto: Sabado es 01 de Diciembre del 2018. ( © FIL/Pedro Andres.)

–Hablas de una vocación, ¿te permitió vivir de eso?

–He tenido la suerte de ser académico, investigador. Eso es un trabajo privilegiado porque aunque no es muy bien pagado, te da tiempo. Haces cosas que te interesan, que tienen que ver con la creación. Nunca tuve una vocación más fuerte que la escritura. Durante muchos años dejé de leer y de escribir cuando era joven, porque probablemente hacía cosas mucho más interesantes, pero siempre desde niño fui apegado a los libros. Nací en una casa donde no había libros, mi madre era la única lectora, muy ávida, omnívora, pero leía cualquier cosa porque le prestaban libros. No nací en un lugar intelectual, pero sí me apegué a los libros y noté esa diferencia. Mis amigos de la calle no leían, les platicaba, pero no se interesaban. Leer libros era algo especial.

–¿Nunca quisiste escribir un libro de viajes?

–Escribí uno que está en Tusquets. Se llama También Berlín se olvida. Yo estuve un año en Berlín, gozando de una beca, para mí y mi familia, una beca muy buena. Como tres o cuatro años después salió un libro sobre esa experiencia. Tienen la aspiración vana de poder dar un retrato de esa ciudad. Hablar de una ciudad desconocida es una de las cosas más difíciles que hay. Es tan inabarcable, tan banal, tan de lugar común…

–¿Tus memorias?

–Ay, no. Espero nunca caer en escribir mis memorias. Nací en una generación donde muchos de mis amigos poetas y narradores llevaban un diario, en el que casi todas las noches asentaban sus experiencias. Eso de conocerme a través de la escritura, no va conmigo. No me quiero conocer, no tengo particular interés, nunca he ido con un psicoanalista, lo que no quiere decir que me considere una persona sanísimas, pero no me interesa. Lo que me interesa es escribir historias, poemas, que siempre tienen que ver conmigo. En el libro El idioma materno hay muchas cosas autobiográficas, pero luego las desvirtúo, empiezo a inventar, no me interesa asentar tal recuerdo o tal experiencia como si fuera trascendente, me empieza a ganar la imaginación. Cuando lees un diario impúdico todavía me puede interesar. Eso debe de ser muy padre leerlo, al desnudarse muestra cosas que tú no has tenido el valor de admitir en tu propia intimidad.

–¿Piensas en los demás cuando escribes?

–Lo he tenido, pero he optado por la literatura. En mi último libro de cuentos, el que le da el título al libro: Madres y perros (Sexto Piso), mi madre estaba muy enferma y mi hermano y yo nos turnábamos para ir al hospital. Había un perro que necesitaba que le diéramos que comer. Poco a poco el perro empieza a opacar la importancia de la madre. Alguien me dijo, oye, si tu madre lee esto se va a sentir que vale menos que la vida del perro. Dije, bueno, es una ficción. Yo lo escribí con tanta pasión, porque además entendía que el cuento debía irse por ahí. Lo publiqué, le regalé el libro a mi madre y a ella le encantó el libro. Me fue muy bien.

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–Naciste en Alejandría, ¿verdad?

–Sí, un poco por casualidad. Nunca aprendí árabe y a los tres años me llevaron a Italia. Tengo recuerdos muy vagos de Alejandría, pero fue algo importante porque me dio un toque de extranjería que nunca se me ha quitado. Me sentía por supuesto italiano, pero nacido en el extranjero. Luego, si encima de eso emigras a otro país, la extranjería se vuelve apoteósica. Yo no decidí vivir en México. Llegué a los 15 años, fui traído por mis padres, me adapté, ahora agradezco que mi padre haya tenido la decisión de vivir en México. Cuando regreso a Italia lo siento tan provincianos a mis parientes.

–Pero cuando un latinoamericano va a Europa, se siente protegido

–Sí, claro. Por supuesto. Cuando vas a Europa, respiras un poco.

Fabio Morábito
Cuando regreso a Italia lo siento tan provincianos a mis parientes. Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, Sabado es 01 de Diciembre del 2018. ( © FIL/Pedro Andres.)

–¿Qué escritores te han marcado?

–Muchos escritores italianos. Montale, por supuesto, en poesía, pero más que él Umberto Saba, Giuseppe Ungaretti…Me asustó un poco cuando me dijeron que tenía que traducir toda la poesía de Eugenio Montale, es un poeta muy difícil, endemoniadamente musical… en Argentina lo tradujo bastante dignamente Horacio Armani. Son como traducciones un poco sordas, la mía lo es en comparación con el original. Montale era un cantante de ópera frustrado, nunca se atrevió a subirse al escenario, pero tenía un oído agudísimo. Eso se ve en su poesía, su manejo del sonido, de la sonoridad, es realmente muy complicado, muy finísimo, como pocos poetas italianos, tal vez Torcuato Tasso. Son poetas de una musicalidad endiablada. Entre los narradores están Italo Calvino, Primo Levi, Italo Svevo, Alberto Moravia, me han influido muchísimo. Creo que son los que más me han influido.

–Nombras a unos escritores que fueron extraordinarios

–Fue una generación extraordinaria.

–¿Qué escritores mexicanos te gustan?

–Me gusta mucho Xavier Villaurrutia, es mi poeta favorito. Me gusta también Octavio Paz, me gusta Sabines, entre los narradores, Jorge Ibaergüengoitia y Juan Rulfo.

–¿Qué estás haciendo ahora?

–He terminado un libro de poesía que interrumpí cuando hice la novela y a esperar que salga editado. Lo mandé a la editorial ERA, que ya ha publicado dos libros míos anteriores.

Ana García Bergua, la escritora que primero leyó la novela El lector a domicilio, me recomendó que leyera el discurso que Fabio Morábito dio al recibir el Premio Xavier Villaurrutia. Aquí está para ustedes también.

Palabras para el premio Villaurrutia

Me gusta pensar que no escribimos solos, sino en el seno de una familia que nos cobija, formada por otros que escriben y con quienes compartimos algo, algún rasgo del espíritu o de estilo. Me gusta pensar que quienes escribimos nos establecemos en campamentos temporales, levantamos nuestra tienda junto a otras tiendas que nos dan confianza y en cualquier momento, como sucede en los campamentos, podemos irnos sin que nadie nos lo impida. Al revés de los asentamientos estables, los campamentos no constriñen. Sin embargo, mientras vives en uno, debes someterte a sus reglas.

Si no me cuesta trabajo escribir todos los días a una hora temprana en la que la mayoría de mis semejantes siguen dormidos, es porque escribo en un campamento. Son los de las otras tiendas quienes me despiertan en medio de la noche y me dicen que me levante para trabajar. Durante las tres o cuatro horas que me demoro en escribir, esos otros están pendientes de lo que escribo. Si una frase me deja insatisfecho, ellos también lo están. Los irrita una simple coma mal puesta, un adjetivo banal o una digresión innecesaria. Cada campamento, además, tiene sus peculiaridades. En el mío existe una fobia peculiar a los adverbios. Se habrán fijado ustedes que en lo que llevo escrito hasta esta línea no hay un solo adverbio. Soy parte de un campamento que yo elegí y tengo que someterme a sus reglas. Si me expulsaran, me quedaría solo. Ya sé lo que dirán algunos: así hay que escribir, solos, la verdadera escritura no se comparte, la inspiración genuina sólo nace del aislamiento. Yo creía lo mismo cuando empecé a escribir. Quería escribir con todo mi ser, quería ser dueño de lo que escribía. De sólo recordarlo me sonrojo. Los de mi campamento, después de los adverbios, lo que más aborrecen es la idea de que se es dueño de lo que se escribe. Quiero aclarar qué significa esto. Durante mucho tiempo tuve o creí tener una idea precisa de qué clase de escritor quería ser y escribía acorde con esa idea. Ahora comprendo que tenía miedo de expresar lo que soy. Si te has hecho una idea precisa de qué clase de escritor quieres ser es que tienes miedo de dejar salir las diferentes personas que conviven en ti, una convivencia que no es armoniosa, por cierto. Preferimos ser uno a ser muchos, porque nos han inculcado la idea de que la individualidad se forja a base de esfuerzo y de integridad, no de indefinición y de mezcla. Sin embargo, las personas que conviven en ti acabarán por manifestarse no porque te desnudaste, sino porque elegiste el disfraz adecuado. Al hablar de disfraz estamos hablando de estilo y al hablar de estilo estamos hablando de apremio. Para mí, si no se escribe sin cierto apremio interior, se redacta, no se escribe. El apremio surge de la conciencia de que disponemos de poco tiempo. Como hay poco tiempo, hay que escribir con constricción y la constricción es el comienzo del estilo, que es esa peculiar forma de expresión que reconoce la extrema dificultad de expresarse. Permítanme llevar esa idea al extremo y afirmar que escritor es aquel que no sabe escribir y suple esta incapacidad con su estilo, que es su forma de someter la escritura, debido a su incapacidad de usarla. Ya relaté en otra parte el caso de aquel escritor norteamericano a quien su mujer le pidió que redactara un justificante para el hijo que había faltado dos días a la escuela. Ante el papel blanco, en lugar de redactar lo que se le pedía, el hombre se dio a la tarea de escribirlo, con el resultado de que diez minutos después seguía enfrascado en el mismo párrafo, corrigiendo comas, buscando los adjetivos más idóneos y suprimiendo repeticiones, hasta que su mujer, irritada, le arrancó la hoja y borroneó en medio minuto (ella sí sabía usar la escritura) el justificante. El escritor dijo después que había querido escribir el justificante perfecto. Lamento que su mujer le haya arrancado la hoja de la mano. Comprendo que el camión escolar estaba ya aguardando afuera y no había tiempo de pergeñar el mejor justificante norteamericano del siglo, pero me imagino la frustración del escritor cuando su mujer tachó sin más su párrafo y redactó de pie tres renglones expeditos. Es lo que nos pasa a los que, en lugar de redactar, escribimos. La vida nos arranca nuestros párrafos. El estilo, que persigue la perfección, está votado al fracaso, porque el camión no espera, la vida sigue su marcha y el escritor, que aspira a escribir el gran justificante, aquel que nos disculpe a todos, ve cómo sus párrafos son silenciados por unos pulcros y eficientes renglones.

Cuando empecé a escribir cuentos, pretendía que se justificaran de la primera a la última palabra. No tenía que haber en ellos el menor atisbo de inconsistencia. Si iba a ocurrir algo extraño (y en todos los cuentos ocurre algo extraño, si no nadie escribiría cuentos), tenía que ocurrir de manera tan gradual, tan paulatina, que el lector no debía advertir ninguna anomalía hasta el momento en que se despeñaba en la trampa que yo le había tendido. El problema es que a fuerza de escaloncitos el lector se me dormía antes de llegar ahí. Tenía, pues, la presunción de poder escribir solo, fuera de cualquier campamento, sin darme cuenta de que otros antes que yo habían abonado el terreno que permitía escribir historias con algún grado de incongruencia. Por eso, cuando llegué de casualidad al campamento de Los Que No Dan Explicaciones, me sentí salvado. Allí, en esas tiendas, se escribía aceptando lo inverosímil de la vida. Imagínense a Kafka esgrimiendo unas razones para explicarnos al principio de La Metamorfosis por qué Gregorio Samsa amaneció convertido en una cucaracha. Habría sido una historia divertida, pero Kafka no da ninguna explicación y eso la convierte en una historia de tremenda complejidad. Entendámonos: una explicación siempre existe, de lo contrario no nos tomaríamos en serio la transformación de Gregorio Samsa o leeríamos el libro de Kafka como una fábula de animales, al estilo de Esopo, donde una cucaracha tiene el don de hablar. La explicación existe, pero está postergada continuamente (acabo de escribir un adverbio, así que corrijo: está postergada página tras página). La explicación existe, decía, y a fuerza de postergarse se disuelve como un fardo inútil. Eso aprendí en el campamento de Los Que No Dan Explicaciones: dejar que la historia se haga cargo de sus anomalías; permitir que el flujo de acontecimientos transcurra siguiendo su surco y tener fe en que los hilos sueltos encontrarán en algún momento la forma de anudarse. Acabo de escribir dos palabras que para mí resumen el espíritu de mi campamento: surco y tener fe. Hay que cavar un surco y tener fe en que su cauce se ensanchará hasta hospedar una historia redonda.

Vengo aquí, esta noche, a recibir un premio que me llena de contento y de orgullo. He de decir, sin embargo, que los de mi campamento no están ni muy contentos ni muy orgullosos. Puesto que conciben al escritor como un mero vehículo a través del cual se manifiesta una forma necesaria, diríase preexistente, no aprueban ningún halago a su personalidad. No aprueban ninguna personalidad, de hecho. Les dije, para ablandarlos, que Sófocles recibió en su momento, por su tragedia Edipo Rey, un premio en Atenas, y ese premio era el segundo lugar en el certamen de ese día; no alcanzó el primer lugar, a pesar de que Edipo rey sea tal vez la mayor tragedia del teatro griego. En otras palabras, con su obra no se habría ganado el Villaurrutia. Así y todo, fue a recoger su premio. Mi argumento los dejó callados y tuvieron que ceder. Me dejaron a venir, pues, pero con la condición de que en mi discurso no usara un solo adverbio.

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