Guillermo Fadanelli

Fandelli se une a ese conjunto de obras que pretenden no ser nada y terminan siéndolo todo

“Yo soy un jodido Cadillac”: Guillermo Fadanelli

Ciudad de México, 21 de mayo (MaremotoM).- La narrativa de Guillermo Fadanelli es una obra que se cuestiona a sí misma para crearse, contemplarse, para dar cuenta de una cotidianidad absurda —en apariencia, porque Guillermo tiene un estilo alucinante que ha marcado a generaciones— dentro de las novelas o los ensayos, los cuales desvelan lo poético en la cotidianidad más pedestre y amorfa que nos imaginemos. Guillermo nació en la Ciudad de México y se precia de haber abrevado de sus viajes a Estados Unidos, de haberse peleado con un niño al que apodaban el Caperuza a los 9 años, de haber estudiado en una escuela militar, de beber toneladas de cerveza, de haber trabajado en una pastelería en España, porque son material para el trabajo literario del que da cuenta hasta ahora. Educar a los topos, Lodo, Malacara, La otra cara de Rock Hudson, Elogio a la vagancia, son tan sólo algunas de las novelas y ensayos que le han valido diversos reconocimientos, el más reciente es el Premio Mazatlán de Literatura 2019. Actualmente escribe en El Universal y adquirió un notable prestigio en el mundo literario a partir de la creación de la revista Moho, cuando apenas era un incipiente estudiante de Ingeniería, pero un escritor autodidacta en ciernes.

En Fandelli (Cal y Arena, 2019), su más reciente novela, Guillermo Fadanelli crea a un personaje con características muy similares a las de él: nace en la Colonia Portales, vive en el Centro Histórico, estudia Ingeniería, le gusta la lectura y funda una revista que se llama Moho. El comienzo de la novela es en un tono existencialista, recordándonos a Albert Camus o Jean Paul Sartre, porque se propone contar “algo” que proviene de la nada y se ha tornado en la historia de Willy Fandelli, pero que podría ser la de cualquiera, porque, si bien venimos de un lugar inhóspito e ininteligible, también es cierto que a ese mismo lugar retornamos: ¿el nirvana, el celo? Para Fadanelli es la nada. Nacemos y nos convertimos en algo: albañiles, doctores, poetas, prostitutas, doctores, millonarias, locutoras, oftalmólogos, maestros; porque estamos de paso en la vida, la cual habremos de dejar tarde o temprano para volver a la nada. Entonces, Willy, un pedazo de ladrillo —como también se le alude al personaje—, nace en un hospital en la “calzada de Tlalpan” en los brazos de la enfermera Melina Cuevas. La historia corre a cargo de él y se complementa con la voz de un narrador ambivalente en tres capítulos: 1, el nacimiento; 2, su desarrollo en las letras y su concepción del arte y 3, la descripción de un viaje épico a Acapulco, donde reflexiona sobre la memoria para, entonces sí, regresar a esa nada.

Guillermo Fadanelli
La novela fue publicada por Cal y Arena. Foto. Roberto Feregrino

Hay momentos en Fandelli en los que Willy se pregunta por su existencia y su imperante necesidad por la palabra, la escritura; no obstante, el narrador —su contraparte— lo increpará en ocasiones diciéndole: “¿El arte? Vamos, no alardees, no mames con esa manoseada letanía” o, en palabras de Huberto Batis, el director del suplemento cultural de Unomásuno, “Fandelli, mírate, tú eres un escritor desconocido […], eres una caca y yo te estoy haciendo famoso publicado tus atrocidades”. El ladrillo debe navegar con todo en contra. Se convierte en una piedra que estudia para graduarse de ingeniero, sin dejar de hacer literatura en un ambiente de barrio, en bares, baños de vapor, sitios para bailar que son esenciales en la prosa de Fadanelli, pues emanan de su vida.

En el segundo capítulo aparece la lucha de Willy entre números y letras en cafés del Centro Histórico. Sabe que para hacer algo trascendental debe juntarse con el medio intelectual y artístico. En algún momento le pregunta el narrador: “¿Qué idea tienes de los intelectuales y artistas, pinche bruto, si ellos son lo poco valioso que se ha puesto en dos patas para caminar sobre el mundo?”, como si esa voz supiera que la participación del artista en un mundo hueco es vital, por ello, si se hace, “Habrá que acostumbrarse a la eternidad”, no física, sino artística, donde están Rubens, Brahms, Mozart, Rembrandt, Shakespeare, que se disgregaron físicamente de este plano, pero están entre nosotros en lo que nos legaron: su arte.

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Fandelli descubre que los números son más fáciles que las letras, porque ellos no te vuelven loco, mientras que las letras sí, ¿qué nos está queriendo decir entre líneas?, ¿a qué encantamiento nos lleva Guillermo con su flauta de Hamelín? A la suya, a una realidad que ha elegido: la escritura, que no es la de Artaud o la de Lowry, sencillamente es él con un grito de libertad: “¡Soy Fandelli y puedo vivir de lo que he vivido! ¡Puedo ser testigo de lo que he sido y de lo que no he sido!” El arte atestigua lo que se es y lo que se quiere ser, la hoja en blanco es el sitio que posibilita la creación de un mundo para ser contemplado por los demás.

El tercer capítulo cuestiona el sentido de la memoria, el recuerdo. El escritor construye a partir de imaginaciones, pero Willy vuelve a ser vilipendiado por el narrador que lo excluye, le hace saber que eso no dejará ganancia alguna y dice que el padre de Fandelli era un “hombre que labraba una vida de verdad, no una quimera, no una prótesis de palabras edificadas sobre sueños, recuerdos e historias inútiles como tú lo haces”. Hay una crítica fuerte al quehacer artístico que monetariamente es muy precario, contra lo que no lo es y deja algún ingreso para poder vivir.

Guillermo Fadanelli
Los recuerdos se le caen a pedazos a Willy, como ocurre en la realidad para cualquiera de nosotros cuando intentamos reconstruir alguno. Foto. Roberto Feregrino

Los recuerdos se le caen a pedazos a Willy, como ocurre en la realidad para cualquiera de nosotros cuando intentamos reconstruir alguno, pegarlos, armar el rompecabezas del pasado con las piezas exactas de lo que fue, pero la realidad es que somos fragmentarios, o en palabras de Luis Tovar, “Al final no guardamos en la memoria nada más que unos pocos recuerdos desleídos que vamos modificando con cada remiendo”. El recuerdo o la memoria, (o la memoria y el recuerdo), se convierten en el eje de Fandelli. En el último capítulo se acentúa porque recuerda a su padre, a su tío que murió de alcoholismo y el viaje a Acapulco que recuerda de una manera muy distinta a la que fue en realidad. ¿A quién le interesa tu historia?, se cuestiona en algún momento nuestro héroe. ¿Qué pretenden El libro vacío, de Josefina Vicens o Más pequeños que el Guggenheim, de Alejandro Ricaño? Ambas son obras que se niegan, pero que se erigen delante del espectador o el lector más perspicaz, partiendo de no-ser para terminan siendo. Como lo que plantea Guillermo en cada entrega cuando alude a lo (aparentemente) inútil, pero que al reparar en su construcción se aprecia su utilidad.

Fandelli cierra con un final redondo, porque en la no importancia de ser —de la nada de la cual ha salido—, nos ha quedado algo entre las manos que leemos y recordaremos fragmentariamente. Guillermo Fadanelli nos regala a Willy Fandelli, un ladrillo que viene de la nada, con la única diferencia de que al regresar a ese sitio cuando deje de ocupar la materialidad de la Tierra que le fue conferida, habrá dejado cientos de páginas como testimonio de que —les guste o no— su paso transitorio valió la pena porque logró despertar a algún lector adormilado. Fandelli se une a ese conjunto de obras que pretenden no ser nada y termina siéndolo todo.

One Comment

  1. José Luis Bernal.

    Excelente reseña. Me dejó unas ganas locas de leer más a fondo todo lo que escriba el maestro Feregrino