Fernando Vallejo

Fernando Vallejo vuelve a la carga desde su odiada y amada Medellín

Su última novela, Memorias de un hijueputa (Alfaguara) trae los recuerdos de quien dice que las patrias solo traen guerra, que las religiones han impedido el surgimiento de la moral y que por eso siguen existiendo los mataderos.

Ciudad de México, 15 de junio (MaremotoM).- Dice Fernando Vallejo (24 de octubre de 1942 en Medellín, Colombia) que escribir es muy fácil. “Podría hacerlo indefinidamente”, admite este artista nato para el que el horizonte de la creación siempre ha planteado desafíos inconmensurables: dirigir cine, ser un gran concertista de piano, hacer una novela que lean muchos de sus congéneres y que le den cierta notoriedad entre sus pares.

Todo lo ha logrado este colombiano de voz atiplada, de suave decir aun cuando sus ideas firmes sobre temas comunes resulten polémicas y difíciles de escuchar.

Por estar en contra de muchas cosas y no callarlo, el galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2011 (honor que ha recaído ya en autores de la talla de Juan José Arreola, Nicanor Parra, y Antonio Lobo Antunes, entre otros) no le cae bien a tantas personas, sobre todo a aquellas que como él han nacido en tierra colombiana, digámoslo así: sus compatriotas.

Fernando Vallejo
Escribir es muy fácil. “Podría hacerlo indefinidamente”. Foto: Cortesía Alfaguara/Barry Domínguez

De Medellín es, por ejemplo, el cantautor Juanes, alguien que baja la mirada cuando le preguntan si ha leído a Fernando Vallejo. “No me interesa para nada, siempre está en contra de todo”, dice el músico, un contemporizador nato, de esos que creen todavía en los mensajes optimistas que traen algunas canciones, sobre todo aquellas que él compone.

Poco le importaría al célebre autor de La virgen de los sicarios conocer a ciencia cierta la opinión que tiene de él el compositor de “La camisa negra”; al fin y al cabo, para Vallejo “Esa es una gentuza asquerosa. Eso no es música, nada de eso me llega al corazón. Juanes es una vergüenza de Antioquia”, como le ha dicho al periodista colombiano Sebastián Trujillo.

De música, Fernando puede hablar un rato largo. A su colega, el mexicano Juan Villoro, le confesó: “Lo que yo hubiera querido ser en la vida es músico, compositor. Pero como no tenía música en el alma, no me quedó más remedio que dedicarme a esas dos artes menores del cine y la literatura. Gluck y Mozart son lo máximo. Después sigue El Quijote.”

Modesto como es, será difícil que el autor de El desbarrancadero, la obra por la que obtuvo en 2003 el importantísimo premio Rómulo Gallegos, acepte que es un buen ejecutante del piano, pero al menos le gusta todavía dar fuertes opiniones musicales, entre ellas admitir que en estos días “me gusta más José Alfredo Jiménez que Mozart y la voz de Chavela Vargas que la de cualquier cantante de ópera, con excepción de María Calas”.

“Las voces de las cantantes de ópera carecen de personalidad. La Calas tenía un poquito de esa personalidad que le sobra a Chavela”, agrega.

Con 76 elegantes años, dice Fernando Vallejo que está en el final de su vida. Lleva cuatro trasplantes de córnea y según él mismo lo ha confesado está perdiendo un poco la memoria. Fueron sus ojos, obligados a usar lentes de contacto en forma permanente, los que le exigieron volver a sacar el pasaporte colombiano, un status al que había renunciado en 2007, cuando la justicia de su país de origen le entabló un juicio por una columna que había escrito en la revista Soho en contra de la religión.

Fernando Vallejo
Todo lo que huela a humano apesta, dice Fernando Vallejo en su reciente libro. Foto: Cortesía

Ahora vive otra vez en Medellín, lugar al que se mudó luego de que falleciera el escenógrafo David Antón (1924-2017), su compañero de vida.

Le regalaron un iPod con 40 días de música, que él redujo a uno lleno de boleros, rancheras, tangos, “esa música latinoamericana del pasado y que es la que me llega al alma en estos días, una música de fantasmas que ya no le interesa a nadie”.

“La oigo muy de vez en cuando y siempre es una experiencia muy intensa que me remite a mi niñez, a mi juventud. Esa música me ayuda a no desintegrarme, a sostener todavía el espejismo del yo, del que soy aún el que fui. Esa virtud tiene la música”.

Fernando Vallejo también escucha a Debussy, a Mahler, a Ravel y escribe sin parar.

“Cuando me saqué de encima la educación religiosa que había recibido, me di cuenta de que los animales son mis hermanos y supe que, aun cuando había pensado que podía ser feliz, esa ilusión se esfumó para siempre”, dijo el escritor, famoso por su posición crítica frente a la Iglesia Católica, a la que considera “una estructura criminal”.

Fernando Vallejo
“El sufrimiento de los animales es el mío”, dice quien es adscripto al vegetarianismo. Foto: Cortesía Alfaguara/Barry Domínguez

“El sufrimiento de los animales es el mío”, dice quien es adscripto al vegetarianismo. “Durante buena parte de mi vida me comí a los animales: a las vacas, a los cerdos, a los pollos, a los peces… Y esa infamia mía no tiene perdón del cielo, me siento un criminal. Sólo en estos últimos años me he podido quitar de los ojos la venda moral que me puso el cristianismo y he logrado ver a esos animales como mi prójimo. Que es lo que no alcanzó a ver el loquito de Galilea”, dijo en una ocasión.

Si a Jesús le cabe el mote de “Loquito de Galilea”, qué no dirá Fernando Vallejo de Mahoma. “Esa bestia reproductora y lujuriosa”, como declaró en una entrevista realizada por Juan Villoro vía correo electrónico y en la que no quedó nadie sin “disfrutar” lo que los críticos han llamado “el arte de la injuria” que tan bien practica el autor de Los ríos del tiempo y El don de la vida.

“Máteme a todos los de las FARC, a los paramilitares, los curas, los narcos y los políticos y el mal sigue: quedan los colombianos”, dijo entonces, para aclarar inmediatamente que si Thomas Bernhard insultaba a Austria porque la odiaba, él blasfema contra Colombia, “Porque la quiero. Y porque la quiero, quiero que se acabe: para que no sufra más.”.

En su juventud estudió cine en Roma y llegó a dirigir dos películas sobre la violencia en Colombia: Crónica Roja (1977) y En la tormenta (1980). Un tercer filme La derrota (1984), coescrito con Kado Kostzer, significó su último trabajo como director.

Su prosa exaltada, fresca y sin ataduras, explora la homosexualidad, la adolescencia, la marginalidad, las drogas y de la violencia, este último un tema del que Vallejo se siente alejado. “Escribí La virgen de los sicarios en 1994 y ya no quiero hablar de la violencia. Ahora me interesan las palabras”, dice el también autor de Logoi: una gramática del lenguaje literario. Amante y estudioso del idioma (cuando le preguntan cuál es su profesión responde: gramático), levantó la voz para protestar por las recientes reformas sugeridas por los catedráticas a la lengua española.

Fernando Vallejo
En su juventud estudió cine en Roma y llegó a dirigir dos películas sobre la violencia en Colombia. Foto: Cortesía Alfaguara/Barry Domínguez

Al escritor le chirría que se prohíba acentuar palabras como “truhán”, que ahora se considerarán monosílabas. “Truhán es bisílaba. Si tuviera sólo una sílaba no llevaría la h intermedia y la podríamos decir con un solo golpe de voz”, explicó. El controvertido novelista tampoco acepta que la “b baja” pase en toda Hispanoamérica a llamarse “uve”, como se la denomina en España. Con todo, Vallejo sí concuerda con dejar de llamar “i griega” a la “y”, que pasaría a decirse “ye”.

“Me cambian mis respuestas, sacan una frase mía de contexto y la ponen de título y quedo como Dios Padre tronando desde el Sinaí, e indefectiblemente, cuando veo mis entrevistas publicadas se me cae la cara de vergüenza. Les tengo más miedo a los entrevistadores que llegan a mi casa con papel y lápiz que a los sicarios de Medellín”, ha dicho, aunque ahora sería buenísimo poder entrevistarlo por su reciente libro Memorias de un hijueputa (Alfaguara), de la que por cortesía de la editorial publicamos el primer capítulo.

Su última novela trae los recuerdos de quien dice que las patrias solo traen guerra, que las religiones han impedido el surgimiento de la moral y que por eso siguen existiendo los mataderos y por eso nos comemos a los animales.

Colombianos: atropelladores, paridores, carnívoros, cristianos, ¿hasta cuándo van a abusar de mi paciencia? ¿Piensan que van a seguir impunes como hasta ahora, de fiesta en fiesta sentados en sus culos viendo darle patadas a un balón?

Empecé como presidente, seguí como dictador y hoy ando de tirano superándome en mis hazañas. Idos son los tiempos en que fusilaba. No bien asome mañana el astro rey su cabeza loca por entre el cendal de nubes del amanecer de la sabana empiezo la decapitadera. Testas cabelludas son las que van a rodar en las plazas de Colombia, van a ver. El pavimento, el empedrado, el embaldosado, lo que sea, de esas malditas ágoras en que hierve el populacho cuando por a o por be o por ce se congrega a aclamar gentuza, se teñirá de rojo, y de la bandera tricolor, vuelta monocromática por mi voluntad soberana, desaparecerán el amarillo y el azul para dejar tan solo, ampliado a todo su ámbito, el refulgente color de la sangre. Convertidos mis fusiladeros en degolladeros aquí no va a quedar defensor de los derechos humanos ni títere de la Corte Penal Internacional de La Haya con cabeza. Adiós a la alcahueta Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa porque otra revolución, aun más decapitadora, los reemplazará por deberes. Así que ya saben, connacionales, adiós a las fiestas civiles y religiosas, a los puentes y superpuentes, a los partidos de fútbol y copas mundo y cuanta alcahuetería haya parido la mente putrefacta de los curas y los políticos que los han gobernado durante su miserable Historia. Muy mal acostumbraditos me los tenían, ¿eh? Los voy a enderezar, a levantar del culo hasta mi altura moral. ¡Y ojo con la gratitud para conmigo! Que no se traduzca en el abyecto “Dios se lo pague” de este país mendicante (¿y cuándo han visto a ese Puto Viejo Insolvente pagar un peso?). Ni en estatuas que cagan las palomas. Los agradecimientos a mí me sobran, hago el bien porque me lo dictan las pelotas. Las que me cuelgan, grandes como las de mi amigo Gabito, como huevos prehistóricos.

Palomitas, ejército alado del Espíritu Santo, el Paráclito: volad al parque de Bolívar que por la estatua a caballo de este granuja venezolano lo conoceréis. Cabalga en bronce sobre un pedestal de mármol y el caballo le queda chiquito porque así lo quiso el escultor por rastrero, para engrandecer al jinete, que casi toca el suelo con las patas. Obrad a gusto sobre él, bañadlo de porquería. Lo llaman «el Libertador», ¿pero de qué nos libertó? ¿De los curas y los burócratas? Ahí siguen, mamando, pero camino a mi tumbacabezas, de mecanismo digital y bajo control del GPS, muy superior a la guillotina de monsieur Guillotin, una máquina burda, improvisada, hecha al vapor antes del siglo del vapor. En medio de un hervidero sanguinolento de cabezas cercenadas nació la maldita revolución de los derechos; en medio de otro nace ahora la bendita revolución de los deberes.

Para salir de una vez por todas de este venezolano bellaco y no volverme a ocupar de él, dicen que cabalgó en pos de la Gloria por media América, y que de tanto cabalgar le salieron callos en las nalgas. ¿Pero cómo supieron? ¿Le bajaron los calzones? Ah con estos paisanos míos tan perezosos, no constatan lo que dicen y van soltando la lengua. Si afirman que a ese homúnculo le salieron callos donde dicen, digan quién lo dijo. Hagiógrafo riguroso de tres santos con los que llené veinte años del vacío de mi vida, a mí el «dicen» no me sirve. En cuanto diga de su biografiado el biógrafo tiene que citar sus fuentes. Así he procedido yo con los míos, y así procederán los míos conmigo. ¡Pobres! Nada descubrirán, buscarán en vano; el fantasma que tienen enfrente pero que no ven les ha borrado todas las huellas y embrollado todas las pistas. ¿Que Cristo resucitó al tercer día? ¿Y quién vio? ¿Las santas mujeres? No son creíbles. De santas nada tenían estas putas con las que andaba el Hijo de Dios, muy dado a sus Magdalenas. Cristo no resucitó, ningún muerto resucita. Lo enterraron de carrera y se lo comieron los gusanos. Ontológicamente hablando (que es como me gusta a mí, sobre todo cuando me dirijo a tan cultísimos lectores), la Muerte borra la resurrección. «Resurrección» sobra en el diccionario. Si el hippie Cristo se paró y ascendió al cielo, no estaba muerto. ¿Y en qué ascendió? Ah, eso sí ya a mí no me plantea problema: en cohete. Bolívar en cambio perseguía a su novia la Gloria en mula, en un humilde jamelgo que soltaba cada dos por tres ventosidades por el tubo de la cola. ¡Qué grotesco! Ha debido perseguirla en un brioso y taponado corcel.

Fernando Vallejo
Vuelve a la carga contra Colombia. Foto: Cortesía

Punto y aparte, Peñaranda, y no me dejes hacer párrafos largos que desorientan al lector. Pártelos por la mitad como con machete. Como con una de esas herramienticas desbrozadoras de rastrojos y cabezas que se estilaban en nuestro país antes de mi invento y con las que decapitamos a trescientos mil, o por ai, en la era de la Violencia con mayúscula, como la solían escribir nuestros cronistas dando cuenta del horror. ¡Pero la pronunciaban con minúscula! Nadie pronuncia con mayúscula. ¡No jodan más entonces con la ortografía! Ministro de Educación, Gabriel, o como te llames: me suprimes del pénsum escolar la ortografía, que los pobres niños de hoy viven ya de por sí muy angustiados viendo a ver con quién copulan.

¡Y somos un país cristiano consagrado al Corazón de Jesús! ¿Cómo quieren entonces que estemos? Basta ya de ese cabecilla de hipócritas, que en el diccionario de sinonimia española que estoy escribiendo para la RAE puse «cristiano» entre los sinónimos de «malo». El Corazón de Jesús es un perturbado mental que se sacó el corazón del pecho y se lo señala con el dedo todo lacrimoso como poniéndonos la queja: «Miren lo que me hicieron los judíos». ¡Qué te iban a hacer, marica! Si estos usureros exhibicionistas que se recortan la punta de la manguera para que digan que tienen mucho de donde cortar de veras te hubieran crucificado, estaríamos en deuda eterna con ellos. Pero no. No hay prueba alguna de la muerte tuya. Vos ni siquiera exististe, ¡cardiópata!

Los quejumbrosos judíos, que piden compasión pero que no la tienen, de zarpazo en zarpazo les han quitado a los árabes de Palestina su territorio. Que dizque es de ellos. Que dizque del pueblo elegido. Que dizque desde que salieron de Egipto. Que dizque desde hace seis mil años cuando dizque cruzaron el mar Rojo, que dizque se abrió de par en par para que pasaran y se siguieran dizque por el desierto del Sinaí que dizque se gastaron cuarenta años en cruzar, tras de los cuales dizque por fin llegaron a la Tierra Prometida, dizque un jardín de leche y miel. ¡Cuál jardín de leche y miel semejante yermo! ¿De qué manga se sacaron semejantes conejos tan orejones? De la Historia no, de la arqueología tampoco. ¡Cuáles seis mil años! ¿Por qué mejor no le ponen diez mil? Ay, tan prehistóricos ellos… ¡Y cuál Egipto! Allá no estuvieron. ¡Y cuál cruce de ese mar y ese desierto! No los cruzaron. ¡Qué se iba a abrir el mar y se iban a gastar cuarenta años para cruzar lo que uno se cruza en camello en dos días, o en jeep en unas horas! ¿Y quién vio que Moisés separó con su varita mágica las aguas del mar Rojo para que pasaran? ¿Cecil B. DeMille? ¡Cuál varita mágica! Moisés no existió. ¡Y qué es ese cuento del pueblo elegido! ¿Quién lo eligió? ¿Yahvé, el Dios carnívoro que el único animal que no comía era el cerdo por miedo a la triquinosis? ¿Y entonces por qué los ha hecho sufrir tanto si los quería? ¿Por qué los dejó gasear de Hi-tler en Auschwitz, Treblinka, Sobibor, etcétera? ¡Ah con estos circuncidados! Tan buenos para la usura pero tan crédulos. Están pues como las beatas de la catedral de Manizales que madrugaban a rezarle al Señor hasta que una mañana, cansado de tanta adulación, el Viejo se sacudió la tierra como se sacude un perro las pulgas para quitárselas de encima. ¡Y las sepultó bajo el techo y las dos torres! Si les está yendo mal en la vida, colombianos, no le pidan a Dios que les va a ir peor. Dios no los quiere por desechables. Por eso andan tan zarrapastrosos. Al que le pide, Dios sí le da, ¡pero palo, por haragán y mendigo! Trabajen, ahorren, no beban, no pichen, no coman y verán.

¿Y en calidad de qué hablo? En calidad de quien encarna el Estado y ejerce él solo los tres poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Yo, yo, yo. Yo soy el que ordena, yo soy el que manda, yo soy el que habla. ¡Nada de ejecutar leyes! ¡A ejecutar delincuentes! Si Colombia delinque, que pague. Si delinque uno, paga uno; si delinquen dos, pagan dos; si delinquen todos, pagan todos, que es lo que iremos viendo, si sí o si no. No se necesitan los tres poderes de Montesquieu, espíritu enmarihuanado y confuso que los equiparó a la democracia. Lo suyo no es democracia sino triplicación de funciones, despilfarro. Con un solo poder basta. Con el mío, el de la triple corona, el del que aquí dice yo y lo ejerce desde esta alta tribuna que domina la catedral y el capitolio, antros de ladrones, ensotanados o no, que voy a reducir a cenizas no bien termine este párrafo.

¡Cuánto engaño el de los adoradores circuncisos de Yahvé! ¿Y de los árabes qué nos dice? ¿Se salvan o no se salvan? No se salvan. Muy rezanderos y circuncidados también ellos, excretan una o dos veces diarias pero rezan seis. ¡Carajo! El bípedo humano no se puede pasar la vida prosternado en tierra con el culo al aire rezándole a una entelequia que no existe, como no sea en el corazón podrido de sus clérigos. Alá es Yahvé, Yahvé es Dios, y Dios tuvo un Hijo, el Crucificado. ¡Ay, el Crucificado! Cristianos rastreros, adoradores de dos palos. Hoy por lo menos con las novelerías de los paturrientos tiempos que corren los han venido cambiando por tres: los de la portería de una cancha de fútbol.

—No son tres, Excelencia, son seis, porque en cada cancha hay dos porterías, cada una con su portero.

—Ah… Entonces vamos a hacer la cuenta en patas. Cada portero tiene dos patas y son dos porteros. Multiplicando las dos patas de los dos porteros por las dos porterías nos da ocho patas. Dos por dos cuatro y cuatro por dos ocho.

—Se equivoca, Excelencia, no son ocho sino cuarenta y cuatro patas porque son dos equipos, con once jugadores cada equipo, y cada jugador con sus dos patas. Once por dos y por dos, ¿cuánto da? Cuarenta y cuatro. Cuarenta y cuatro patas.

¡Las que sean! En todo caso, congratulaciones, excristianos, porque por más uñilargos que sean los de la FIFA, sustraen menos que los de la curia vaticana. Y el daño que le pueda hacer un balón inflado al ser humano se esfuma cuando se desinfla haciendo «pfffffrrr», como el tubo trasero de las mulas de Bolívar. En cambio el daño que le ha hecho el cristianismo al mundo durante dos milenios impidiéndole aparecer a la moral no tiene nombre. ¡Malditos los judíos y sus madres! ¿Por qué no remataron de un lanzazo al endemoniado Cristo cuando lo tenían inmovilizado en la cruz? La segunda oportunidad la veo calva.

Nunca he querido a esa gente. Trabajan y trabajan, acumulan y acumulan, ¿y total para qué? ¿Para qué si ni siquiera tienen cielo? Aprendan, judíos, de los musulmanes, que tienen montado allá arriba un paraíso donde Alá le da al que llega ochenta vírgenes para que se sacie en ellas como a bien le plazca. Ochenta esclavas sexuales que uno puede abrir, cerrar, doblar, desdoblar, oler, lamer, chupar y patasarribiar a su gusto, ¿qué más podría pedirle a su Dios un cristiano? Pásense al mahometismo, judíos y cristianos, que Alá da más.

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¡Qué carajos! Mujeres es lo que hay de sobra en este mun-do y tengo un mensaje urgente para Colombia que me escucha, sintonizada en todos los canales y emisoras de la tele y de la radio de la red patriótica que yo controlo y que me está transmitiendo en este instante mismo en vivo, pero grabándome por si algún día les falto y me les muero: «Colombia, mala patria, hija de España, hija de puta, te voy a enderezar, ¡torcida!» En cuanto a la China, la India, el Japón, Birmania, Tailandia, etcétera, ya iremos viendo. A cada capillita le llega su fiestecita.

«Tengo hambre, tengo hambre, tengo hambre», claman los desechables de Colombia mirándome a mí en vez de entornar sus ojos hacia el cielo, el dispensador de maná para los hambreados. ¿Y qué culpa tengo yo de que tengan hambre? Si tienen hambre, coman; y si no tienen qué comer, aliméntense de smog, que es el actual maná de Yahvé, muy nutritivo y sustancioso por sus características celestiales. ¿No ven cómo reverdecen las plantas? ¿O han visto alguna vez a una planta quejándose por el smog? Al que se le ocurra darle una vez por despistado a uno de estos pordioseros váyase preparando para tener que darle cada vez que se lo encuentre, sin poder quitárselo jamás de encima, cargando de por vida esa cruz. Y ni se cambie de acera pues él también tiene patas y se cambia. Y si ya cargan ustedes con una cruz, o con cinco, o con diez, o con veinte, prepárense para cargar la veintiuna. He ahí el precio que tiene que pagar el buen colombiano por vivir en el jardín de las delicias.

No se dejen arrastrar por la caridad cristiana que es alcahuetería. ¿Cuándo han visto pedir limosna al papa, colombianos? ¿O cuándo la dio Jesús? Me refiero al Jesús que se conoce con el alias de Cristo, no a Jesús Moncada, el trepador de montañas. Jamás dio limosna, Jesús, era avaro. O mejor dicho no tenía con qué porque no trabajaba, era un zángano. De muchacho haría algún ataúd o un par de camas en calidad de ayudante de su padre san José, que le enseñó carpintería. Después nada, no volvió a trabajar, se dedicó a vivir del cuento y de los peces que sacaban sus secuaces del agua. ¡Dizque los iba a hacer pescadores de almas! A un alma no la pesca ni el Putas, como dicen en Colombia. ¿No ven que es inmaterial? No vuelvan a dar, colombianos, que sumada a la carga demográfica el mundo padece hoy de la fatiga de los donantes.

Y no bien le dan ustedes a un desechable, ¿qué les dice? Les dice: «Que mi Dios lo bendiga» o «Que mi Dios se lo pague». ¡Con el «mi» posesivo, como si Dios fuera propiedad de ellos! ¿Y cómo va a bendecir Dios, siendo como es inmaterial y por lo tanto manco? ¿Acaso es papa? ¡Blasfemos! Por eso los frailes dominicos de la Santa Inquisición torturaban y quemaban en su nombre. ¡Qué se iba a ensuciar Dios tocando humanos! Y he ahí la razón de su insolvencia, la que le impide pagar. Como a mí. El dinero también a mí me asquea. Ni Él ni yo tocamos plata.

En todo caso Colombia ha sido más bien bondadosa con sus desechables: los metió en su nueva Constitución, que a nuestros constituyentes les salió maravillosa: ¡con doscientas veinte erratas! Por eso hoy disfrutamos de una constitución errática.

¿Y cómo despiden las mamás, en el país de las delicias, a sus hijitas cuando salen en la mañana para el colegio con su mochilita o fiambrera? «Que la Virgen me la acompañe, m’hija», les dicen. A una de estas niñas mochileras acompañada por la Virgen la violaron, ¿y de qué le sirvió a la nena la mamá de Dios? ¿Cómo puede confiar una madre colombiana, sabiendo dónde vive, en la que le puso los cuernos con el Espíritu Santo a san José, su legítimo esposo? «¿Y a mí qué me toca?» les preguntó la adúltera a los violadores, y uno de ellos, un rufián de cuchillo, mal encarado y con olor a pecueca, sin saber con quién estaba hablando le contestó: «Ve esta vieja marica…». Señoras madres: no les vuelvan a encargar a sus hijitas a la Virgen, que esta atolondrada mujer no sirve para un carajo. Mejor consíganles un guardaespaldas. O dos, para que cada uno vigile al otro. O tres, para que cada uno vigile a los otros dos. O mejor no tengan hijos, que aquí abajo ya no cabemos. Muéranse y se van p’al cielo a cantar en el coro de los angelitos.

Paso a Mahoma, el impostor, quien a diferencia de Cristo, que no existió, este sí, y fue esclavista, pederasta, contratador de esbirros y asaltante de caravanas. Cuando se tuvo que ir a estafar a Medina y los judíos de esta ciudad no lo reconocieron como profeta, cambió la quibla, o dirección hacia la que rezan los musulmanes, de Jerusalén a La Meca. Días hay en el año en que la temperatura de La Meca llega a los 50 grados a la sombra, sin que Alá les suavice el horno a sus adoradores con una brisita tan siquiera. Ni más ni menos como se comporta el Señor con los habitantes de Caucasia, Antioquia, que arden a la orilla del río Cauca, de donde les viene el gentilicio de «caucásicos». La suerte del hombre a Dios no le importa. Por eso en este valle de lágrimas todo es un continuo llorar.

Pero Mahoma da para un libro. Por lo pronto, pues me queda mucha tinta en el tintero para él, solo quiero recordarles a mis lectores de los cincuenta y dos países musulmanes que días después de que su profeta cambiara la quibla se lo encontraron sus secuaces excretando en un oasis con la cara vuelta hacia La Meca y el culo hacia Jerusalén. ¡Qué vengativos son los árabes! Por cualquier mísero reino de petróleo se matan entre sí padres e hijos, hermanos y hermanos. ¿Y para qué querrán petróleo en el paraíso, si allá les van a dar de a ochenta vírgenes por cabeza? A mí que Alá me dé también mis ochenta vírgenes aunque sean judías. O a falta de vírgenes hembras, sus hermanitos, aunque no estén vírgenes. En plato usado, si está limpio, también comemos los cristianos. Se lo tuve que explicar con detalle en una entrevista para la televisión a Margarita Vidal, una preguntona colombiana malintencionada que queriéndose pasar de lista me preguntó por mis gustos sexuales. No le contesté por mis gustos sino por mis aberraciones. Cuando acabé el detallado recuento dijo «Aaaaaaaah», con una a larga cargada de angustia, abriendo la boca como en El grito de Munch. Se había dado cuenta la pobre de lo que se perdió en la vida y yo no. Margarita, agua corrida, agua ida. Curate del vicio de preguntar.

El cristianismo adora a un loco que no existió, repartido en veinte engendros de la leyenda. Veinte Cristos, posteriores todos al año 100 y ninguno de antes, de los cuales el Nuevo Testamento refundió tres en uno, que es al que le rezan ustedes. En unas cuantas páginas de La puta de Babilonia, obra magistral si las hay, el mayúsculo embrollo de la existencia de Cristo ha quedado plenamente aclarado, y desenmascarada la más grande estafa a la humanidad. El autor ya murió, me quedé sin conocerlo. No la dejen de leer, la recomiendo. «Es más, Manuel, ministro, o Juan, o como te llames: a partir de hoy La puta de Babilonia se convierte en texto obligatorio del bachillerato colombiano. Y de paso me suprimes del pénsum las “humanidades”, que todo lo que huela a humano apesta”.

Tras la batalla del puente Milvio una de la veintena de sectas cristianas, la que se llamó a sí misma “católica” que en griego significa “universal”, se convirtió en concubina del emperador Constantino, el vencedor, y para afianzarse en el poder, y no tener competencia en la cama, exterminó a todas las religiones del Imperio Romano y a las demás sectas cristianas, de cuyos veinte Cristos dejó tres, que mezcló en uno, lo colgó de una cruz y echó a rodar por el mundo la calumnia de que lo habían crucificado los judíos. Y ese triple engendro unificado es el que ustedes han venido adorando hasta hoy, colombianos. No más. Suficiente. Se acabó. Voy a descruzar todas las cruces y a dejarlas en palos sueltos para hacer mangos de escoba.

Al paso que refundía los tres Cristos en uno, la concubina, la gran puta, la que mi autor llama “la puta de Babilonia”, juntaba el Antiguo Testamento con el Nuevo en un solo mamotreto que llamó la “Biblia”, del griego “libro”, como si este adefesio inmoral y estúpido fuera el libro por excelencia del Homo sapiens y la palabra de Dios. Baturrillo de textos mal escritos y sin autor conocido, todos apócrifos, la Biblia está escrita con una sintaxis primitiva que no conoce la subordinación y une las frases con la conjunción copulativa, ¡que ojalá tuviera que ver, por Dios, esta boba con la cópula o enchufamiento sexual! No, no se ilusionen, que libraco más aburrido no conozco. Leí esa mierda tarde en la vida, después de haber andado mucho. De niño leía Doc Savage el hombre de bronce, que publicaba la Editorial Molino de Buenos Aires. Y me entregaba a soñar. Me veía desde mi base de operaciones en el piso 86 del Empire State dominando el mundo, dato importante para mis biógrafos, pues si bien no llegué a dominarlo, por lo menos sí a Colombia. ¡Metí en cintura a esta yegua arrecha!

¿Saben en qué está escrito el Nuevo Testamento? ¡Qué van a saber! En griego. ¿Y el Antiguo? ¡Tampoco! En hebreo. El griego es una lengua indoeuropea y el hebreo semítica. Y yo os pregunto, eminencias: ¿podéis mezclar el agua y el aceite? ¿Y es que Dios puede hablar en lengua humana? No porque Él es simultáneo, sin pasado ni futuro, y todo lenguaje es sucesivo. Si Dios hablara, su eternidad tendría un antes y un después y se lo arrastraría el río del Tiempo. Que es el que me lleva a mí de culos rumbo al negro abismo. Tengo noventa y cinco años, ¿qué más quieren? Acabo mi misión aquí abajo en la tierra y me reúno allá arriba en el cielo con el Padre Eterno.

Nos llevó mi padre terrenal, herrero de profesión, humilde pero honrado (o sea pendejo), a conocer el Ferrocarril de Antioquia, orgullo de la raza antioqueña que me vio nacer, pero que ya desmantelamos porque cuanto aquí construimos lo tumbamos. Subimos al monstruo humeante en medio de un gran estrépito. Por sobre los silbatos de la locomotora y los chirridos de las ruedas sacachispas, que echaron a rodar, nos gritó entonces desgañitándose el humilde herrero: «Vayan ir viendo a ver qué ven por ese lado, que yo voy ir viendo a ver qué veo por este otro». ¡Qué íbamos a ver! Rastrojos en las cercanías, montañas en las lejanías, y una que otra vaca. ¿Y qué querían que viéramos? ¿Cisnes en un laguito? ¡Nooo, si Colombia es fea! La queríamos, sí, pero no por bella sino por lo buena que era con nosotros. Nunca nos mató. ¡Qué va a ser Colombia mala! Lo que pasa es que hay que entender: fiesta sin muerto no es fiesta y aquí vivimos muy bueno.

Después de que Lutero tradujo el engendro bicéfalo del hebreo y el griego al alemán han venido proliferando las traducciones a los restantes idiomas. Con decirles que hasta a las lenguas de la Amazonia y Australia lo han traducido. ¡A las de unos aborígenes de la Edad de Piedra con taparrabo, o sin tapa, vernáculos! ¿La palabra de Dios traducida? No se puede, porque las traducciones son aproximaciones a lo traducido y Dios es absoluto, no es más o menos. Curas, pastores, popes, rabinos, ayatolas, se acabo el engaño al rebaño. Los voy a fusilar, a degollar, a quemar. O lo uno, o lo otro, o lo otro, o las tres medecinas juntas. ¡Clerigalla!

No bien tomé las riendas de la mula patria, ¿y qué hago? Que me fajo los pantalones y anulo la prescripción del delito. ¡Carajo! Se me pegó la preguntadera y la respondedera y la presentitis de este país que se caga en todo, hasta en el idioma. ¡Qué le vamos a hacer! Por alto que uno suba no está exento de contagio. Y para refrendar mis palabras con hechos, que empiezo a fusilar: a Gaviria, a Pastranita, a Uribe, a Santos, a Timochenko, a Santrich y demás cabecillas de las mafias políticas y de la narcoguerrilla de las Farc. Desde hacía años no pegaba un ojo por la prescripción del delito. Tenía un sueño atrasado de más de una década. ¡Qué descanso acabar con semejante aberración jurídica! Y no solo jurídica, ¡moral! No hay sociedad posible sin el castigo al delito. ¿No ven que el hombre nace malo y la sociedad lo empeora? Se le debe castigar desde la más tierna infancia. Desde antes, incluso: desde la preinfancia. Primer castigo en la preinfancia: arrancar al bebé de las tetas de su madre cuando esté mamando plácido para que chille, y volverlo a enchufar. Segundo castigo: volverlo a arrancar y volverlo a enchufar. Tercer castigo: como los anteriores. Y así. Entonces él va razonando, aprendiendo, infiriendo, coligiendo, captando. Y lo que más importa: entendiendo que lo que le espera en la vida no es precisamente leche y miel.

Ya saben pues, paisanos, que delito cometido aquí se paga sin importar el status del delincuente ni el tiempo transcurrido. Los de arriba, los de abajo, los del gobierno, los de la calle, los del ejército, los de sotana, todos pagan. Y no me pregunten cómo, que yo les digo: con la vida del que delinquió. Y si por defunción o fuga no aparecieren los Gavirias, los Pastranas, los Uribes, los Santos, los delincuentes, pagan con sus vidas sus hijos y sus madres. Lo único que ha prescrito pues en Colombia conmigo es la impunidad. No existe más. Les estoy hablando a ustedes, los que les vendieron baldosas para ciegos a los alcaldes, unas baldosas con resaltos para que los ciegos las fueran tanteando con su bastón y pudieran ver. En veinte años que llevan con este peculado bellaco no he visto un solo ciego, pero ni uno, tanteando las baldosas, porque si bien por la mitad de la acera va la línea de las baldosas con resaltos y a lado y lado las normales, ¿apenas se acaba la acera qué? ¿Cómo cruza la calle, o la avenida, un ciego, si yo, que veo, a duras penas logro pasar, sacándoles el cuerpo a los cafres del volante? Van veinte veces que casi me matan. No llegarán a la veintiuna porque antes los muertos van a ser ustedes. Y empecé a fumigar desde arriba con mis helicópteros artillados y desde abajo con los kalashnikovs de mi ejército. Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… Iban cayendo los motociclistas con las hembras culonas que llevaban adosadas a sus espaldas. De ahí resultó la que la Historia de Colombia conoce como “la matanza de los diez mil”. Pero eso lo cuento luego, porque para evitar la confusión del lector un libro de memorias debe avanzar cronológicamente, parte por parte. Ahora estoy en mi infancia. Sigue mi juventud. Después mi vida adulta. Después mi ascenso al poder en mi edad provecta. Después Dios dirá. Con mayúscula “Dios”, ¿eh? Nunca lo pondré con minúscula. Toma nota, Peñaranda, que eres bruto. ¡No sé cómo te tengo de amanuense!

Alcaldes y baldoseros, sobornadores y sobornados, ¿cómo piensan reparar el mal que nos han hecho? ¿Cómo evaluamos el daño en plata y en estorbo? ¿Cómo nos van a indemnizar? No veo forma. Váyanse despidiendo entonces de sus vidas y sus bienes, que ya saben: desde la imprescripción del delito que impuse no bien llegué al poder, si se fugan de Colombia y no logro alcanzarlos con un dron, pagan sus hijos, sus mujeres y sus madres. Me importa un comino matar una madre. ¡Madres es lo que sobra en este mundo!

Mediando el siglo XX y estudiando yo en primaria con los salesianos le consagramos el país al Corazón de Jesús.

Como parte de las celebraciones de la coronación de este trastornado cardiópata salimos los colegios de Medellín con nuestras bandas de guerra, marchando al son de cornetas y tambores en solemne procesión. Pero no vayan a pensar que aquí todo en el país eran delicias. En el vasto campo de Colombia el infierno ardía. Había estallado en él la guerra no declarada entre conservadores y liberales y se estaban bajando los unos a los otros las cabezas a machete. Cabezas cercenadas, embarazadas desventradas, maridos emasculados, aldeas quemadas… Y no me pregunten por qué, que ya la Historia lo ha contado hasta el cansancio. Infórmense.

O mejor no, yo les informo, que para eso estoy: yo soy la memoria y la conciencia de Colombia. Su mala conciencia y mi buena memoria. Se mataban por una razón cromática: porque los conservadores eran azules y los liberales rojos. Se degollaban, se macheteaban, se odiaban cromáticamente hablando. Fui con mi tío Ovidio al río Cauca a ver. ¿Y qué vimos en el río?

Noruegos, suecos, daneses, escandinavos, ustedes viven en países aburridos donde no hay nada que hacer ni que ver y por eso se alcoholizan. ¡Pobres! En esos fiordos helados, con un frío bajo cero que encoge las membranas, no es que digamos que nacieron para el sexo. Vénganse para acá, que acá es muy bueno, se van a convertir en unas fieritas sexuales.

Vimos pues, arrastrados por la corriente, un desfile de liberales decapitados que iban pasando ante nosotros silenciosos (claro, porque al perder la cabeza habían perdido de paso la lengua), acariciados por el manso chapoteo de las aguas. Shhhhhhhh… Solo se oía el rumor calmado del río, que, por excepción, bajaba callado, con un ánimo luctuoso. Porque el Cauca usualmente, en su estado normal de río de tierra caliente, se sale de madre y arrasa. Sabíamos que eran liberales por el olor. Los conservadores olían a azul y los liberales a rojo. Los gallinazos, nuestros buitres, avecitas negras de vuelo largo que no sabían de cromatismos, no hacían distingos, comían parejo, tenían hambre. Y les iban sacando las tripas a los cadáveres como un niño la cuerda a un muñequito de cuerda. 2¿A dónde van esos señores sin cabeza?” le preguntaba yo a Ovidio, que todo lo sabía. Y él: “Rumbo al mar”. Y esa era toda su respuesta. Me dejaba más o menos en veremos. Que por lo demás es como siempre he vivido, entre que sí y que no. “¿Y qué les están haciendo los pájaros negros, Ovidio, a esos señores?” “Limpiándolos de porquería”. “Ah…”

¡Qué niño tan lindo era yo! De los pederastas me salvaba porque tenía gafitas y me veían feíto. ¿Feíto yo? ¡Qué va! Feíto no, bonito, salí a mi papá. Feo mi abuelo, Leonidas Rendón Gómez, de nariz grande y ganchuda, engarrotados los dedos de las manos y los pies, poco pelo en la cabeza pero mucho en la nariz y en las orejas. Una abejita de Santa Anita, nuestra finca, que se le metió en el rastrojo de la nariz, ya no pudo salir viva. Se la sacó él con un dedo muerta. ¡Como para exhibirlo en una feria de pueblo en México junto a la mujer araña! Se habría hecho millonario. Terco e irascible además, el apelativo Rendón coronaba el adefesio. ¡Qué apellido más feo! Y sin embargo no concibo a mi abuelo sino con el nombre y los apellidos que dije. Cuando lo extraño y lo quiero ver cierro los ojos y pronuncio en voz alta “Leonidas Rendón Gómez” y milagro hecho: se corporiza en su vera efigie, y como un niño de escuela cuando pasan lista responde: “Presente”. ¡Cómo te quiero, abuelito, la falta que me haces! Qué pena no poder decir aquí que eras bonito, pero desafortunadamente las memorias exigen veracidad, no son como las novelas. Es condición sine qua non del género. Además, por la verdad murió Cristo. El bonito era yo.

Lo quería, claro, ¡pero las palizas que nos dio! Desenfundaba iracundo el zurriago, ¡y a calentar nalgas! Y yo siempre…

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