Fito Páez vive y brilla en “La ciudad liberada”

La gira europea de Fito Paez “Solo Piano”, fue todo un éxito, agotando localidades y emocionando a sus fanáticos en presentaciones íntimas y especiales, celebrando además la buena crítica que ha recibido su disco La ciudad liberada. “Plegaria” es el nuevo single de su exitoso álbum de estudio y en esta crítica Mariano del Mazo cuenta cómo ha escuchado su hermoso disco.

Ciudad de México, 17 de marzo (MaremotoM).- La ciudad siempre fue una obsesión para Fito Páez: un territorio inhóspito en el que puede caber un detalle paisajístico heredero del tango, el apunte social o una viñeta psicodélica a la manera de “Penny Lane”. Es una hendidura donde caben “La ciudad de los pibes sin calma”, “Carabelas nada”, “Instantáneas”, y tantas. Ahora, a 30 años de Ciudad de pobre corazones, imagina La ciudad liberada y la transita como un jinete del apocalipsis. El drama del asesinato de su abuela y su tía da lugar ahora a una mirada política abismal, oscura, nada ajena a las intervenciones mediáticas que Páez escupe periódicamente como un francotirador pasional. Sin embargo, La ciudad liberada no es sólo eso: una luminosidad íntima se tensa frente al desmoronamiento social. El que escribe parece un hombre feliz y enamorado que colisiona contra un entorno nefasto.

Pese a estar dominado conceptualmente por el peso específico de canciones que van en esa dirección de cataclismos –destacan las soberbias “Navidad negra” e “Islamabad” y por contraste “La ciudad liberada”–, el disco invita a un abanico temático y rítmico que lo vuelve un álbum de rock antiguo, del siglo XX. Páez trae 18 canciones nuevas distribuidas en 70 minutos de música y en ese gesto anacrónico anida una épica. Hay gente que detesta su personalidad, el modo de cantar o lo que sea: lo que nadie puede negar es un coraje artístico encomiable. Ese coraje está constituido por dosis parejas de riesgo y de tics. Es su manera de entender la cultura pop & rock; una visión amplia, totalizadora, que no le teme al error. Así conviven “La casa desaparecida” y “Dar es dar”, “Tumbas de la gloria”, sus películas y novelas, la versión de “Va pensiero” y, ahora, el exquisito piano de despedida de “5778” y el inconcebible comienzo de “Aleluya al sol”. Puntas inequívocas del mismo lazo.

La ciudad liberada, de Fito Páez. Foto: Especial

Páez tira toda la carne al asador y no le importa que algún corte salga arrebatado. Definitivamente La ciudad liberada es un gran disco, que exige una escucha atenta. Está fuera de tiempo: no fluye en esta era política binaria, de batallas cloacales por redes sociales. Se trata de un disco de texto, algo incontinente, que se oye como síntesis estética de una trayectoria deslizada en la montaña rusa de la inspiración. Los momentos altos son Everest de la canción argentina y los bajos, derrapes ostensibles. Funciona como el Honestidad brutal, de Andrés Calamaro: una hemorragia de palabras y música que hubiese merecido el bisturí de la edición. O no: Páez es –no viene mal recordarlo– un artista y los artistas se permiten la desmesura. Es un rasgo constitutivo de su condición. Entre la actual multiplicación de estímulos y la consecuente pereza auditiva, un álbum de 18 canciones nuevas es una capa roja que torea.

Páez no esconde su marco de referencias y reverencias. Lo exhibe: “Tu vida mi vida” es una canción hermosa que cabalga sobre la base de “No soy un extraño” de Charly García; “Wo wo wo”, un mantra harrisoniano que reúne en un sueño a Lennon, Fabi Cantilo y Pity Alvarez. Y así. Blandir la lupa desde quién sabe qué sitio de pureza y hurgar influencias resulta inconducente. El pop ya es parte del aire: casi todo es diálogo, cita, retroalimentación. Páez es producto de un noble hibridaje, arde en la lava que lo formó y en su propio aporte a esa tradición rockera. Esa que a principios de los ‘80 supo conjugar la santísima trinidad de Nebbia, Spinetta & García con un perfume folklórico del Paraná.

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La ciudad liberada no queda tan lejos de Ey! (1988). Pero lo que antes sorprendía por su frescura y audacia, ahora convoca a un juicio más contaminado, tal vez más cínico. Pasó la vida en el medio: si algo ha cambiado, eso es nosotros. Ese péndulo es el que Páez maneja también cínicamente: el que iba del ¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón al ¿Quién dijo que todo está perdido? Yo. Vengo a ofrecer mi corazón”. Es el doble juego de la intelectualidad cuasi literaria y la llaneza pop. “Islamabad”, por ejemplo, suena como una catedral de sentido que estalla hacia el final por sobre las ruinas de la misma canción: un crescendo montado sobre una letra prosaica que abarca la guerra en Medio Oriente, los muertos de Argelia, los desaparecidos, con ritmos arábigos. “La ciudad liberada” –la canción–, dedicada a María Moreno, comienza con los acordes de huayno folk de “Sólo le pido a Dios”, a través de Gieco se vuelve dylaniana y pinta una guerra contra “los nazis y los fachos de mierda” para llegar a la posibilidad de una ciudad idílica.

La ciudad liberada es un gran disco, que exige una escucha atenta. Está fuera de tiempo: no fluye en esta era política binaria, de batallas cloacales por redes sociales. Se trata de un disco de texto, algo incontinente, que se oye como síntesis estética de una trayectoria deslizada en la montaña rusa de la inspiración. Los momentos altos son Everest de la canción argentina y los bajos, derrapes ostensibles.

El clima de comic refulge en la spinetteana “La mujer torso y el hombre de la cola de ameba”, sensible balada pianística sobre un amor entre mutantes que le hubiera gustado a Gerardo Gandini. Casi el reverso de “Navidad negra”, rock a lo “Ciudad de pobres corazones” con una letra recargada que de tan negra se vuelve roja: “Navidad negra cruzando el cielo/ comen las sobras los perros negros/ se abren las aguas en las ciudades/ Navidad negra sin bellas artes/ Navidad negra en el matadero/ sangre de chanchos y vino viejo”. Pese a un tono vintage, “La ciudad liberada” transcurre en tiempo real, en 2017, en un vértigo de sensaciones amargas. Del fresco político y decadente, Páez pasa en el próximo tema al pop incandescente de “Chica mágica”. Otra vez, el yin y el yan, el hippie y el punk, el circo beat. Fito.

El arte –un trabajo notable de Alejandro Ros y Nora Lezano– sugiere una humorada que, en otras décadas, hubiera sido una provocación. El montaje queer del rostro de Páez en un cuerpo de mujer o, adentro, las fotos con look afro o ataviado de policía hablan de la liviandad que el rosarino también siempre llevó como bandera. Se leen sobre las fotos, algo perdidos, mensajes sugerentes: “2001 en Super 8” o “Sexo Moda Política”. Esto no es, claramente, ciudad liberada o muerte. Es una operación que reinventa a Fito Páez para seguir siendo Fito Páez. Nunca se fue, pero el disco se oye como un regreso o una confirmación. Inasible, simple y complejo, Páez va de la densidad al mohín, se mira en los mejores espejos (Charly, Veloso, Almodóvar, Beatles, Perlongher, Dylan, Costello), se cita y corrige (“cambiar por cambiar nomás no resultó”), embauca (“me gustan los artistas que jamás serán artistas/ yo nací y moriré amateur”) y arroja un extraordinario baldazo de canciones de amor y desasosiego. Es extraño: al igual que el fantástico “Hombre de la Cola de Ameba”, Páez activa una memoria que retrasmite sueños de libertad.

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