Marcel Proust

Formas de leer a Marcel Proust: Walter Romero

Leer los 7 tomos de En busca del tiempo perdido tiene algo de hazaña y la promesa de acceder a un tesoro literario. Walter Romero enseña la obra del autor francés hace años y acaba de publicar un libro que reúne sus clases en el Malba. En esta charla, da consejos para encarar una experiencia única.

Ciudad de México, 19 de noviembre (MaremotoM).- El nuevo libro de Romero es una prueba de su gran talento para la divulgación y una evidencia de su capacidad para compartir generosamente su erudición y su conocimiento sobre Proust.

El nuevo libro de Romero es una prueba de su gran talento para la divulgación y una evidencia de su capacidad para compartir generosamente su erudición y su conocimiento sobre Proust.

Se cumplen cien años de la muerte de Marcel Proust, autor de una de las más grandes obras de la literatura, acaso más conversada, citada y temida que efectivamente leída. En busca del tiempo perdido es un pilar de la novela moderna y sigue provocando fervor entre aquellos que consiguen adentrarse en el mundo propuesto por el escritor francés. Leer los siete tomos de esa obra tiene tanto de hazaña como de promesa: la de encontrarse con un tesoro literario sin igual. A veces, para llegar al tesoro, se necesita un guía.

Walter Romero nació en Buenos Aires, en 1967. Es poeta, traductor, docente, crítico literario y gran intérprete de tango. Hace 25 años que forma parte de la cátedra de Literatura Francesa de la UBA, es profesor del Colegio Nacional de Buenos Aires y director del Instituto de Investigaciones en Humanidades, Dr. Gerardo H. Pagés. Dicta Literatura del siglo XX en el Profesorado Universitario de Letras de la UNSAM, es jefe del Departamento de Lengua del Colegio Northlands. Fue becario en diversos países y es conocido por sus artículos y prólogos a propósito de la obra de grandes autores, desde Racine y Sade a Rancière y Copi.

Es autor de Panorama de la literatura francesa contemporánea y La poética teatral de Alain Badiou. Colabora regularmente con el suplemento “Soy” del diario Página 12. Como poeta, ha publicado Estriado y El niño en el espejo. Es el actual presidente de la Asociación Argentina de Profesores de Literatura Francesa y Francófona. Recientemente el Malba, en su colección Cuadernos, publicó su libro Formas de leer a Proust. Una introducción a En busca del tiempo perdido, que reúne lo que fueron las clases que dictó durante tres años sobre la obra del gran autor francés, nacido en 1871 y fallecido en 1922.

El libro es una prueba del gran talento de Romero para la divulgación y una evidencia de su capacidad para compartir generosamente su erudición y su conocimiento sobre Proust. En un estilo llano y amable, Romero busca llevar a los lectores las claves para leer una de las grandes obras literarias de la humanidad, que muchas veces desalienta por su extensión y complejidad.

Se los aseguro: leer o escuchar a Romero puede ser ese estímulo que necesitaban para animarse a escalar este Everest de la literatura.

Lo que sigue es una charla que tuvimos días atrás, en la que los lectores encontrarán pistas, consejos y tips de lectura entregados sin arrogancia por alguien que sabe y que no le teme a los prejuicios.

— ¿Por qué es tan importante Proust? ¿Qué le dio a la literatura que la literatura no hubiera tenido antes?

— Qué buena pregunta. En principio, esta idea que no tengamos una obra en un tomo sino en siete tomos y que tampoco es una saga ni es un ciclo: es una continuación novelesca y novelística, digamos, de una historia que no se había pensado antes así en términos sobre todo de volumen, ¿no? Lo volumétrico fue en su momento, en el momento de Proust, un problema. Y ahora también, nadie que leyó Proust puede haber leído un solo tomo. Se presupone, o está la intención o él hubiera querido que se cumpliera todo el ciclo. Y eso ya es como una imposición de lectura muy aguerrida, que es única en el mundo de la literatura: esta idea de tener que leerte siete tomos como para participar de un universo en sí mismo. Eso me parece interesante. Y además, a comienzos del siglo XX todo lo que significó la modernidad de Proust, en su momento no tan reconocida pero que luego sí se va imponiendo y que tiene que ver con un tipo particularísimo de frase que no era esperado en ese momento en la literatura, o formas de la estructura de la novela que son rarísimas. El comienzo de Por el camino de Swann todavía hoy nos incita a preguntarnos por dónde va la cosa, es muy incierto ese comienzo. Los críticos dicen que, de alguna manera, En busca del tiempo perdido es una novela que nunca termina de empezar. Todos estos vaivenes, todos estos tembladerales, imagináte en 1913, si aún hoy todavía suscitan eso. Y yo creo que, a la vez, la idea de un universo en sí, la idea de un universo cerrado ficcional es como un libro de arena que no termina nunca. Podemos tener otros casos en la literatura en los que ocurre esto pero es muy difícil de encontrar con esta densidad o con este desafío para el lector, me parece.

— Estamos hablando de las dimensiones de esta obra cumbre que, por un lado, juegan en contra porque muchos abandonan el camino del Everest -con total frustración, me incluyo- pero, por otro, se sabe que quienes consiguen terminarlo sienten realmente que ingresaron a un mundo, ¿no?

— Sí, absolutamente. Bueno, te digo que yo también confieso que al principio en mis primeros 20 años dejé, abandoné el primer tomo, después abandoné el segundo. Pero si se termina, te entrega un mundo inagotable, un mundo que no termina. Aparte, toda la estructura, que es muy balzaciana, de personajes que se van repitiendo o que aparecen, desaparecen y reaparecen. Personajes que van cambiando. La operación que hace el tiempo sobre nosotros, en definitiva, que es donde nosotros, los lectores, nos vemos en los personajes. Las operaciones del tiempo en su sentido benéfico y también en su sentido más cruel. Y además lo que yo digo es que para mí lo más importante en Proust es la operación de lectura que él hizo con nosotros de no obligarnos. Pero para acompañar a esos personajes hay que leer esos siete tomos, lo que implica un tiempo importante de lectura. Es cómo vos te sentís al comienzo y cómo sos otro acaso en el séptimo tomo, con las revelaciones que ahí se van a dar respecto de muchos personajes que son casi como epifánicos. La historia cobra una dimensión inesperada. Esto que vos dijiste del Everest tiene algo de alcanzar esa cima porque hay revelaciones muy grandes en El tiempo recobrado, el último tomo.

Formas de leer a Proust
Si se termina, te entrega un mundo inagotable, un mundo que no termina. Foto: Cortesía

— Siguiendo con esto, hay historias de grandes voluntades y grandes fracasos en esta lectura de los siete tomos. ¿Vos darías algún consejo? ¿Pensás que hay una edad adecuada para empezar a leerlo? ¿Qué le dirías a quién te dice “Yo quiero leer En busca del tiempo perdido pero siento que no me alcanza el tiempo ni mi propia competencia lectora”?

— Yo creo que quien lo consiga puede tener una de las grandes experiencias de lectura. A nosotros, que somos lectores y que nos gusta la lectura de una Divina Comedia como la lectura de El Quijote, son experiencias de lectura muy grandes que creo que la paciencia y el esfuerzo valen la pena. Ahora, cómo entrar. Bueno, sobre todo mucha paciencia y mucho interés y a veces, no sé, se puede entrar por otros lugares. Por ejemplo, el primer tomo contiene esa nouvelle que se llama Un amor de Swann.

— Te iba a preguntar por eso.

— Es una nouvelle pequeña que es una forma de entrar a un universo. Otros a veces rompen la noción de los siete tomos y leen el díptico de los tomos 5 y 6, La prisionera y La fugitiva (también traducido como Albertine desaparecida), que es todo el proceso del amor del narrador con Albertine, que es a su vez una gran teoría sobre los celos. Aquel que quiera leer los temas sexuales o las grandes revelaciones sobre la sexualidad humana, puede leer el tomo 4, Sodoma y Gomorra. Estoy haciendo algo medio sacrílego, que es romper un poco la estructura de los siete tomos, pero lo importante es leer y yo creo que, si se enganchan por ahí, posiblemente puedan después hilar todo el juego después. Es un juego de reminiscencias, de ecos, que está muy pensado por Proust y que no hay que perderse pero, en términos de las dificultades que esto conlleva, recomendaría hacer esto, por qué no.

— Te ponés cortazariano. Juegas con En busca del tiempo perdido como Cortázar con Rayuela, invitando a hacer lecturas diferentes.

— (Risas) Exacto, sí, totalmente cortazariano. Me gustó eso. Sí, sí, como una suerte de mandala nuevo, de Rayuela nueva.

— ¿Cuándo te convertiste en un gran lector de Proust y fan?

— Bueno, en principio sabes que todo empieza un poco con una frustración y es que la titular de la cátedra, Malvina Salerno, nunca me dejaba dar Proust justamente por esto, porque yo le decía: quiero enseñar Proust y me preguntaba: ¿cuánto leíste, dos o tres tomos? Ella consideraba que si no se había leído todo, no se podía enseñar a Proust y la verdad que tenía razón. Y a mí me quedó como una tara importante, que me llevó a dedicarme locamente a Proust, a leerlo sistemáticamente, a volver a empezar varias veces. Hice el ciclo por lo menos tres veces. Y, después, di muchos cursos privados, también di ese curso del MALBA que ahora dio como fruto el libro, que es prácticamente la desgrabación de esas clases.

— Un libro que está realmente muy bien y que es muy recomendable para acompañar cualquier intento de lectura de Proust.

— Sí, creo que ha quedado lindo y ahí los lectores tienen un capítulo por cada tomo, como para introducirse en cada uno de ellos a la manera de una guía.

— ¿Es posible que En busca del tiempo perdido pueda leerse como literatura de clase y que, en razón de eso, haya lectores que de algún modo desprecian ese tipo de literatura?

— Sí, por supuesto. Y Proust ha sido tildado de muy esteticista o muy ligado a una cosa muy clasista, que de hecho lo era, pertenecía a la alta burguesía. El padre era un médico eminente. Había herencias de familia. Y, además, en un principio para publicar el libro tuvo dificultades justamente por lo que él representaba. Era justamente este tipo de personaje que se va codeando con las grandes damas salonières de París y que intentaba ingresar al mundo de la aristocracia, y de hecho lo logró. Venía de un medio pudiente. Así que esa es una de las posibilidades de esta lectura que puede chocarle a alguien. Pero, a la vez, como contraparte de tanta cosa estética, te diría que por otro lado a Proust algunos críticos lo consideran un gran escritor cómico. O sea, la forma en que él describe socialmente a estas clases y cómo él se va introduciendo en los salones para desnudar la hipocresía de las clases sociales a las cuales él pertenecía o pretendía acceder es maravillosa. El tercer tomo, El mundo de Guermantes, es un tomo espléndido sobre eso. Todo el mundo de la aristocracia y de los salones, de Madame Verdurin, de los que ascienden, de los nuevos ricos, de la nobleza de abolengo, están todos retratados de una manera que, como te digo, es deslumbrante y cómica. Hay una vis cómica en Proust.

— Hace unos meses hablamos luego de que yo tuviera la fortuna de ver una muestra en París que tenía que ver con el origen judío de Proust, por el lado de su madre. Vos de algún modo vinculabas el tema del humor de Proust justamente a ese origen.

— Sí, hay algo como del chiste judío, como del witz (broma) judío, que está en Proust y hay una cosa como medio insidiosa, así como muy judía. También algunos hablan de una cosa como muy maricona, también, muy gay. En La Recherche está el mundo de lo judío y de lo gay. Me acuerdo de la frase de Woody Allen que decía que el teatro no se puede hacer sin judíos y sin gays. Bueno, de alguna manera, en Proust sin el judaísmo y sin el mundo gay es muy difícil de armar ese combo.

— Me parece muy interesante eso. Recién hablábamos de la extensión, de este Everest, pero hay algo que se destaca siempre y tiene que ver con la estructura de En busca del tiempo perdido y la famosa imagen de la catedral gótica.

— Sí, hay una idea de construcción muy catedralicia. Proust era fanático de las catedrales góticas. De hecho con uno de sus amantes imposibles, el famoso Alfred Agostinelli -que fue su chofer y que luego, se supone, es el criptograma y en forma velada es la figuración del personaje ficcional de Albertine-, con él, digo, paseaba por las grandes catedrales góticas del interior de Francia. Y, aparte, Proust fue un gran estudioso de John Ruskin, que había hecho estudios sobre las catedrales góticas. Así que toda la impronta de la construcción de una obra literaria en forma de catedral o de ábside con sus naves mayores, menores, es uno de los imaginarios proustianos más queridos y toda la crítica sostiene que eso es así. Así como Dante pensó los cien cantos de la Divina comedia, estos siete tomos, número cabalístico si los hay, tienen que ver con esta estructura. Y en esa estructura también hay una cosa muy medieval, la idea de que cuando vos entrás en la catedral prácticamente te sentís nada, es decir, el humano es muy pequeño ante esa construcción monumental. Y yo creo que en Proust pasa eso; cuando entrás en ese universo y te das cuenta de que es riquísimo y luego, cuando descubrís la vida de Proust, te das cuenta de todo lo que hizo para construir esa catedral. que fue encerrarse en su casa ocho años para consumar una obra. Eso es un caso único en el mundo de la literatura, la idea de alguien que se encierra para consumar esa obra, casi sin salir, ¿no?

— Hago un paréntesis porque hablabas de Ruskin y recuerdo que fue la madre de Proust quien tradujo a Ruskin al francés y enseguida asocio eso a Borges y su madre, unidos por la traducción…

— Exactamente, lo que decís, sí. Se dice que el inglés de Proust no era muy bueno pero el inglés de la madre…

— De Borges también se dice que su madre era mejor traductora que él (risas).

— Exacto. Y, de hecho, las traducciones de John Ruskin que firmó Proust posiblemente hayan pasado primero por el cuidado de la madre. Sí, es el mismo caso.

— Bueno, viste que dicen que también algunas de las traducciones de Borges, por ejemplo de Faulkner, también podrían haber pasado por Leonor Acevedo.

— Sí, que Las palmeras salvajes es de Leonor y no de Georgie. O La metamorfosis de Kafka, también. La metamorfosis, del alemán, porque la madre también era muy versada.

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— Piglia decía que Las palmeras salvajes era la mejor novela de Faulkner en castellano, no en inglés.

— (Risas) Es genial eso, sí.

— Estamos hablando de la estructura, de la extensión. Hay algo también que une estos tomos y es la figura de un narrador, pero que hay un cambio de narrador en ese texto que mencionabas al comienzo y que es por donde uno podría entrar de manera individual a la obra. Ahí hay un narrador en tercera persona.

— Sí, el primer tomo está dividido, en el medio está incrustada esta nouvelle que tiene un narrador en tercera y que, aparte, la historia transcurre 50 años antes. Es la historia de amor entre Charles Swann y Odette de Crécy, que va a fundar prácticamente el modelo de amor que luego va a seguir la novela con el narrador ya en primera persona. Todo el ciclo está narrado en primera salvo esa nouvelle incrustada que se llama Un amor de Swann y que algunos dicen que se puede leer suelta, y de hecho se ha publicado en Francia y acá en español, también, como una historia que se puede leer sola. Es el único momento donde ese narrador va en tercera. Pero después es la gran historia de À la recherche posiblemente como autobiografía velada de Proust, una forma de pensarlo desde el punto de vista de género. Autobiografía velada que otros llaman camuflada o más o menos camuflada, pero hay muchas reminiscencias, muchas cosas de la propia vida de Proust que se encuentran ahí.

— Hay algo de la filosofía de En busca del tiempo perdido que es lo que siempre se destaca y que está vinculado con la memoria, por un lado, y también con la reconstrucción de lo real, que, de algún modo, va de la mano de los recuerdos.

— Sí, absolutamente. Sí. Hay dos filosofías que están un poco enlazadas que son la filosofía del recuerdo de Proust y la filosofía del tiempo. Y yo siempre digo que hay que evitar todo tipo de relación con Freud y con esos años de las primeras décadas del siglo. A mí me gusta la idea de que Proust descubrió algo; los grandes escritores descubren procedimientos y descubren algo. Y creo que esta teoría de la filosofía del tiempo, del recuerdo, la descubrió un poco Proust para todos nosotros a partir de lo ficcional. Y es esta idea de que, por ejemplo, esta tarde en la que estamos hablando acá, para Proust de alguna manera la realidad no existe o no sería tal como la percibimos si no que, más bien, estamos a merced de algo que ulteriormente nos va a llegar a modo de impresión, a modo de arrebato. Es lo que él llama la memoria involuntaria, que es cómo en algún momento va a resurgir este encuentro, esta charla que hemos tenido, cualquier cosa que nos pasa. Con lo cual, Proust sostiene que no habría presente sino que estamos a merced del advenimiento del pasado en momentos imprevisibles, como una emergencia que te asalta, como le pasa al narrador que toma un pedazo de bollo, de pastel, de magdalena embebida en té y, a partir de eso, va a tener todos unos recuerdos únicos, ¿no? Pero no es solamente eso. La magdalena ha quedado como una cosa más galvanizada: es como el blasón de Proust. Pero no es lo único; hay toda una teoría del recuerdo y del tiempo, de lo que el tiempo hace con nosotros, que es mucho más vasto, mucho más complejo de lo que en principio parece con la magdalena. Pero ahí ya hay algo increíble que él encontró, la idea de que estamos a merced de impresiones, de lo no racional, de cosas que no podemos manejar. Que la memoria voluntaria nos engaña. Que hay sentidos que nos engañan más que otros. Hay sentidos más delicados como el tacto, como el gusto. Hay toda una teoría ahí. Una teoría que, por supuesto, no está escrita en ningún lado, se lee a través de la ficción, a través de sucesos que le van pasando al narrador y reconoce esto.

— Hay vínculos fuertes entre la literatura de Proust y las artes en general. Te diría que vayamos una por una, empecemos por la relación de En busca del tiempo perdido y la pintura.

— Bueno, es tremendo. Hay libros enteros sobre el museo imaginario. Se calcula que él cita -veladamente o no- más de 400 o 500 obras de arte. Sobre todo porque era un asiduo visitante al Louvre y a otras galerías. O sea, todo el mundo iconográfico de las catedrales por supuesto de Venecia, de los grandes monumentos, además de cuadros de todo tipo, con preferencia por los italianos, Tintoretto, Mantegna, Tiziano. Es impresionante la cantidad. Y, además, adentro de la novela -por si fuera poco- él hace una teoría de las artes, porque están presentes las tres artes a través de los personajes de Elstir, Vinteuil y Bergot, ya que cada uno va a representar una de las artes: la pintura, la música y la escritura, y también aparece el arte dramático a través de Sarah Bernhardt. No es Sarah Bernhardt pero aparece como la Berma, que es una actriz que parece basarse mucho en Sarah Bernhardt, la famosa actriz. Y esto es lo que ha llevado a pensar que La recherche es sobre todo un compendio estético. La música, ni hablar: él inventa la famosa sonata de Vinteuil. Todo el mundo quiere saber en qué música se basó para inventar esa sonata que es importante porque funda el amor entre Swann y Odette. Es como el himno nacional del amor ya que ese amor está fundado en esa melodía. Como todos tenemos en nuestras relaciones amorosas una música que nos acompaña, bueno, Proust inventó la sonata de Vinteuil.

— La banda sonora de ese amor.

— La banda sonora de ese amor, exacto. El soundtrack de ese amor y la sonata de Vinteuil es eso. Y todo el mundo ha querido ver si es el movimiento 1 o 2 de César Franck o una sinfoneta de Saint-Saëns. Pero bueno, ahí están buscando los críticos en qué se basó. Están las tres artes representadas ahí y, sin spoilear nada, digamos que finalmente lo que se revela es una vocación de escritor, que es uno de los deseos permanentes en los tomos y que va a tener su culminación en el séptimo. Así que la escritura está dentro de todo esto.

— ¿Por qué crees que hay tanta pasión y pulsión por la búsqueda de referentes reales para los personajes en Proust, tal vez más que en otras obras? ¿Tiene que ver con la circulación del chisme -hablo de la teoría de Edgardo Cozarinsky- que se da en los salones y que eso luego se traslada a los lectores y analistas?

— Bueno, sí, es buenísimo eso y es tal cual. Yo creo que esto surge a partir de la década del 60, Viste que Roland Barthes dice que se creó con Proust una cosa muy rara y única también en la literatura y es que podés leer los siete tomos pero si leés las biografías de Proust, hay un eco entre la vida y la obra que es increíble. No ocurrió otro caso así en la literatura. Pero ahí empieza lo que han generado los críticos y también los lectores que es buscar en cada uno de los personajes cuál es la verdad velada que está ahí, cuál es el personaje velado que está ahí adentro.

Formas de leer a Proust
Formas de leer a Proust, de Walter Romero. Foto: Cortesía

— Es maravilloso.

— Sí. Ahí se habla de criptograma, porque la verdad que él ha creado, qué sé yo, el barón de Charlus es Robert De Montesquiou, Albertine es Alfred Agostinelli. O sea, están los personajes de la familia, que toma directamente de su propia vida. Esto ha desatado, sobre todo en la década del 60, cuando aparecen las biografías de Proust y la gente se da cuenta que mucho de lo que se cuenta en esas vidas y gente que él conoció estarían ficcionalizados en la novela, ahí se desató algo que no ha parado hasta ahora. De hecho hay un sitio, https://proust-personnages.fr/, en el cual podés ver dónde están las figuraciones de cada uno de los personajes, que son más de 300, y quién posiblemente fuera ese personaje o en quién fue inspirado. Esto es una locura total; solo la literatura crea estas cosas tan raras, ¿no?, eso de descubrir quién está atrás. Cocteau recomendaba no entrar en eso pero también, siendo contemporáneo de Proust, estaba azorado de que había gente que le agradecía a Proust que los hubiera transformado en ficción y otras personas lo detestaban, justamente, porque los había transformado en ficción.

— Te pregunto qué biografía recomendarías. Recuerdo la de Pietro Citati y, si no me equivoco, hay una chiquita de Edmund Wilson, ¿no?

— Hay una chiquita de Edmund Wilson que es buenísima. Es pequeña y es muy linda. Y aparte es muy interesante respecto de la cuestión de género y la cuestión del mundo gay. Después está La paloma apuñalada, de Citati, que es muy buena también, que tuvo traducción en Norma al español. La que yo recomiendo es la clásica, que es la de George Painter, son dos tomos, y aún pasado el tiempo sigue siendo realmente extraordinaria. Y es la que creó justamente lo que se llama el marcelismo, que es todo el interés desajustado por quién es Marcel Proust. La verdad es que antes de los 60 no existía ese interés por la figura del autor. Ahora, con la rentrée en Francia, en el marco del aniversario, han salido entre 20 y 25 libros sobre Proust. Es impresionante. Vos sabés bien que la rentrée literaria francesa saca libros a morir. Bueno, sobre Proust salieron unos 25 y de todo tipo: de correspondencias, de relaciones de él, de estudios críticos, de todo.

— Aunque por momentos parecen estar en riesgo, en las últimas décadas y en muchos países del mundo se conquistaron derechos que tienen que ver con la intimidad de las personas y con las elecciones sexuales. ¿Eso puede haber logrado también que se lea a Proust con otra cabeza, con otra libertad?

— Sí. Sí, absolutamente. Pensaba en el caso de Emmanuel Carrère y su novela Yoga, con la que él tuvo el problema con su ex mujer (que le prohibió judicialmente escribir sobre ella) y a quien transformó en un personaje ficcional. La mujer le hizo juicio, se divorció, le pidió por favor no ser parte más de su ficción. Yo creo que estamos en un momento donde muchas de las cosas que pensó Proust, este esfumado entre el narrador ficcional y el autor real, hoy que vemos todas las literaturas del yo, realmente en Proust eso está como explotado y hoy es un momento muy importante para ver eso. No creo que haya habido tantos avances Proust respecto de la intimidad en la creación de personajes, no con tanto descaro como ahora. Y además porque él era muy, digamos, muy reticente a algunas cosas. No te olvides que André Gide en uno de sus diarios dice que Proust le recomendó: “Usted escriba lo que quiera pero nunca ponga la palabra yo”. Como que también siempre se quiere enmascarar Proust. Y, de hecho, estamos leyendo una novela de amores heterosexuales donde el narrador es heterosexual pero…

— Todas esas chicas no son chicas.

— Todas esas chicas no son chicas, exactamente. Hay teorías de que las muchachas en flor que él ve en la playa de Balbec eran jovencitos que él miraba y hay cartas que dan cuenta de eso. El gran personaje de Albertine, que es el personaje más presente en toda la novela, posiblemente sea Agostinelli, entonces estamos leyendo a alguien que no salió del closet. No sé si te contesté totalmente la pregunta pero…

— Sí, completamente. También es cierto que, tal vez, leer en clave cuando esas relaciones eran clandestinas seguramente provocaba otro placer. Trataba de pensar alrededor de esto porque en tu libro hablás mucho de los cambios de época en relación a cómo se lo leía y también por la dificultad que tuvo para publicar. Es como que Proust es una cantidad de capas infernales. Que tienen que ver con la obra, con lo que está adentro, con lo que le costó publicarla, con lo que cuenta, con los vínculos con su vida. Es infinito.

— Es infinito. Es un libro de arena interminable. Y de hecho ha generado grandes especialistas. Yo tuve la suerte de recibir en la cátedra a Antoine Compagnon, que da clases en el Collège de France y es uno de los grandes proustianos, así como una mole de conocimiento tremenda. Pero sí, son capas sedimentadas en hojaldre que no terminás nunca y a las que podés entrar de múltiples formas.

— Hay algo en la novela que tiene que ver con las teorías del enamoramiento. Y pensaba cuánto de ese Proust está después en los Fragmentos del discurso amoroso de Barthes.

— Bueno, la lectura de Barthes de Proust es interesante, todo lo que él crea. Y esto que descubre Barthes de cuándo le cuaja la cosa para crear la gran novela. Hay una expresión muy coloquial que usa Barthes, el momento que le cuajó la mayonesa, que es cuando dijo: bueno, yo tengo que dedicarme a entregar y a publicar este gran libro, que es esa idea troncal de los siete tomos.

—Por estos días se puede ver en el cine y seguramente después se podrá ver en alguna plataforma el documental de María Álvarez, El tiempo perdido, sobre ese grupo que estuvo tantos años leyendo a Proust. Y te preguntaría si te parece interesante la idea de conformar grupos para leer En busca del tiempo perdido, como para ayudarse entre todos a llegar a esa cima del Everest.

— Bueno, a mí me encantó. María Álvarez es mi amiga, la adoro, realmente. La película es tremenda. Es maravilloso que ocurra en Buenos Aires, en un bar en Lavalle y Libertad, que encima no existe más, a mí me pareció increíble. Y aparte cómo ellos van leyendo en loop, ¿no?, que es una idea interesante que tenía un poco Proust, la idea de volver a empezar. Él pensaba en una idea de la adoración perpetua, un rito que se hace en Viernes Santo en algunos lugares en Francia y en España, donde se adora permanentemente. Uno de los títulos posibles de À la recherche era L’adoration perpétuelle, así que la idea de estos lectores en loop a mí me parece muy interesante. Yo creo que el grupo funciona, me parece una buena idea; en el MALBA di tres años de clases y empezaron 40 y terminaron como 90, la gente se fue sumando. Acaso diciendo que a lo mejor estaba bueno eso de superar ese escollo de tanto tomo y agradezco que así fuera. Lo que me interesó de la película es cómo María rescata también lectores ingenuos, la lectura inocente. La lectura sin la crítica que, aún ahí, da esos pavores. No se necesita ninguna mediación para entrar en el arte de Proust, en esos momentos de belleza que solo Proust te da.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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