Dirk Lotgerink

Fragmento de una novela en proceso: Me llamo Panza

Me llamo Panza, escribe Dirk Lotgerink (Países Bajos, 1985). Periodista freelance para revistas de fútbol y periódicos locales. Intérprete y traductor. Es conocido en redes sociales como “El Güero del Vocho” por haber recorrido México más de 30 mil kilómetros a bordo de un Volkswagen.

Ciudad de México, 4 de febrero (MaremotoM).- Mi nombre es Panza, aunque al principio pensaba que me llamaba Pinche. Nací en Silao, Guanajuato. Lo último que recuerdo de ese pueblo es una deliciosa torta, pero después de comerla me pusieron en una caja y la cerraron. Debajo de un nopal en el Cerro del Cubilete, logré salir y ya no vi más a mi dueño. No entendí este juego, pero salí de la caja gigantesca y me di cuenta que el señor ya no estaba. “Pinche perra”, fueron sus palabras de despedida.

Busqué agua desesperadamente y también algo de comida, pero los cerros estaban en temporada de sequía y al parecer los visitantes de ese personaje de piedra, con sus brazos abiertos, arriba de la montaña, también lo estaban. Nadie me apoyó ni me tiró un hueso en las fondas de comida. Recorrí todos los puestos y sus basureros, pero sin resultado alguno. Cuando salí del pueblo, supe que me habían traicionado y que no volvería a ver a mi dueño jamás.

Dirk Lotgerink
Dirk Lotgerink. Foto: Cortesía

Empecé a caminar, pero hasta el sol se me había escapado. Encontré un establo de caballos cerca de un pueblo llamado Mineral de la Luz. Bien amables, los animales me ofrecieron agua de su bebedero e incluso dijeron que podía dormir con ellos para no pasar frío. Comida también me ofrecieron, pero después de probar un poco de paja empecé a toser y luego a reírme. ¿Cómo pueden comer pasto por placer? Yo solo lo hacía cuando había tragado como puerco y sentía que iba a vomitar.

Por la mañana, uno de los caballos cuyo nombre no recuerdo, me dijo que sería mejor que me fuera. Podía quedarme, por supuesto, añadía noblemente, pero todos los caballos irían a trabajar con los charros y no volverían en una semana. Tenemos una boda en Chihuahua, dijo. Y como si yo entendiera que ahí las bodas duran siete días, le contesté: órale, y les desee buena suerte. Me fui cuando vi a los charros bajar de una camioneta. Llevaban sus trajes brillosos y traían sombreros de gran tamaño. Parecían alegres porque traían botellas de mezcal y cantaban sobre los pueblos perdidos del norte, los ojos de una mujer y los caminos que justamente cruzaba yo.

Inspirada en su canto alegre, seguí mi propio camino. Hice una parada en Mineral de la Luz, donde observé a un hombre en traje gris que cantaba corridos. No sólo cantaba, sino también le enseñaba a tocar la guitarra a unas niñas. Me gustó un rolón sobre un caballo blanco, y pensé que la canción fue dedicada al animal que me salvó la vida dándome a beber de su agua. Me voy a la ciudad para ganarme unos pesos y comprar comida, dijo a sus concentradas aprendices. Supe que debía tomar una decisión en ese instante: irme con el señor o quedarme con las infantas. Aunque ellas me acariciaban y yo me sentía bastante a gusto en su salón de fiestas, en dicho momento, y con mi pancita vacía, me convenía más apostar por el hombre del traje gris.

El hombre se enganchó su guitarra al hombro. Sus zapatos estaban rotos, igual que su sombrero de vaquero. ¿Cómo podría ganarse unas tortas si ni ropa adecuada traía? Seguramente a las personas de esa ciudad les gustaba mucho la canción del caballo, pensé con esperanza. Pasó un coche gigante donde fácilmente caben unas 100 personas y paró en la esquina de la plaza. Un hombre bajó del vehículo que aún no había parado por completo y gritó: pásele, pásele, ahorita le cobramos. Mi guía del momento subió y yo hice lo mismo detrás de él. Pinche perro, dijo, pero la frase esta vez sonó linda y vi una sonrisa que iluminó el rostro del músico.

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El camión pasaba por los cerros con alta velocidad. Me pareció peligroso por el abismo y las curvas, pero también disfruté del recorrido. Cuando dejamos los cerros atrás, entramos a una calle donde la gente pintaba sus casas de colores. Llegamos a una grande que no tenía pintura, pero se veía bonita, y la persona con billetes entre sus dedos gritó: ¡Alhóndiga de granaditas, fin del trayecto! Mi nuevo amigo bajó y juntos caminamos hacía una hermosa plaza. Una iglesia roja y unas escaleras verdes enfrente. No me imagino que esas gradas algún día se llenen por el canto de mi cuate, pero ¿quién sabe? En México todo es posible. Ahí tocó unas cuantas horas mientras algunas personas lanzaban modestas monedas a su sombrero roto. Disfruté del sol, del agua que me daban los seres humanos, pero sobre todo de la torta del mercado. El músico no había mentido: la milanesa del zoco era deliciosa y me comí casi la mitad.

Lo siento, compañera, dijo de pronto y me asusté. Te vas porque yo quiero que te vayas, añadió, mientras me acariciaba. Cuando escuché de lejos el grito del hombre camionero, supe de inmediato que se había terminado mi estancia con él. Se dio la media vuelta y me dejó sola en la parada del camión. Todavía le ladré, pero como yo apenas tenía dos meses y medio, soné más como un llanto de lobo. Pinche perrito, dijo una persona que pasó caminando y casi me llegó su patada a los costados. Decidí caminar por los callejones de la ciudad y subir hasta no recuerdo dónde. Pasé por calles con nombres que solo las personas pueden imaginar: Callejón del Beso’, Salto del Mono, Callejón del Beso, etc. Cuando leí que uno se llamaba Callejón de los Perros Muertos, puse patas en polvorosa.

De repente, llegué a una carretera que da por todo el centro de Guanajuato. Podría dar una vuelta por toda la ciudad disfrutando la vista preciosa, pero me paré en una tienda de abarrotes. La entrada olía a croquetas y el dueño salió tirándome algunas que estaban un poco rancias, pero algo era algo. ¿Realmente me veía tan vaga? Comí todo lo que me ofreció, y contenta, me quedé dormida al lado de la bolsa de donde salió semejante tesoro. Un día más había terminado.

[Fragmento de una novela en proceso].

Panza: Dirk Lotgerink (Países Bajos, 1985). Periodista freelance para revistas de fútbol y periódicos locales. Intérprete y traductor. Es conocido en redes sociales como “El Güero del Vocho” por haber recorrido México más de 30 mil kilómetros a bordo de un Volkswagen. Actualmente es profesor de Ciencias Aplicadas en la Universidad de Utrecht.

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