Daniel Salinas Basave

Furtividad bajo palabra, el nuevo libro de Daniel Salinas Basave

Lleva trazos, retratos, perfiles y furtivas croniquitas en torno a creadores bajacalifornianos o norteños.

Tijuana, Baja California, 7 de enero (MaremotoM).-El 2020 irrumpió con un nuevo cachorro. Furtividad bajo palabra, el libro número catorce de la estirpe, ya ha llegado a casa (y a la librería El Día, por si alguien lo quiere pepenar). Me preguntarán ustedes ¿y qué lleva en las entrañas el recién zarpado barquito? Lleva trazos, retratos, perfiles y furtivas croniquitas en torno a creadores bajacalifornianos o norteños.

Aquí encontrarás el romance de dos artistas visuales; el cuarto de juegos de un científico explorador del mundo nano; la historia de un librero legendario y los secretos de un moderno chamán. Para abrir boca te recibe en la primera página la historia de Rocío Hoffman y Manuel Lizárraga, para después mirar a través del microscopio de Roberto Vázquez y viajar con don Alfonso López Camacho a la Barcelona anarquista del 36. Escucharás latir el nuevo corazón de Miguel Ruiz y seguiremos la huella de Nonaka en Tijuana y Ciudad Juárez (los cimientos y las primeras costuras del Samurái están aquí).

Hay una sección dedicada a puros libros de compinches en donde leeremos sobre Graciela Rascón, Gerardo “Yadivio” Ortega, Joel Flores, Máster Nayar Luna, Vicente Alfonso, Luis Felipe Lomelí, Víctor Bancalari, Federico Guzmán, Liliana Blum, Jaime Muñoz Vargas, Toño Ramos Revillas, Lorena Durán, entre otros.

También toparás con crónicas sobre la visita de Roberto Alifano a Tijuana y la genial representación de Diario de un loco, de Mario Iván Martínez. Por supuesto, hay una sección de consejería para los secuaces que se inician en las artes narrativas con un par de anti-decálogos de escritura y cerramos el libro con obituarios dedicados a colegas que nos dejaron el pasado lustro como Pilar de Pina, la Señorita Supermán Swain, el Físico Cuéntico Nacho Padilla y el Detective Acuario Sergio González Rodríguez.

Por supuesto, faltan muchísimos. Este libro es producto de un premio estatal en el género de periodismo cultural que gané en 2018 y se ajusta a los lineamientos de temporalidad y número de páginas que marcaba la convocatoria (no podía pasarme de 150 cuartillas). Vaya, son textos publicados entre 2016 y 2018 en medios como Laberinto de Milenio, Confabulario de El Universal, InfoBaja, Palabra, Espiral, San Diego Red y otros tantos.

Si me diera a la tarea de compilar todas las crónicas y reseñas que he publicado en dos décadas, me salen unos siete libros de estos (no exagero). Por lo pronto, ya les avisaré cuando presentemos en sociedad a este nuevo cachorro y lo bauticemos en una pira de puro whisky malevo. Arrieros somos…

Daniel Salinas Basave
Furtividad bajo palabra, el nuevo libro de Daniel Salinas Basave. Foto: Facebook

Aquí una muestra del libro:

El arte de patear calle. Gajes del oficio en cinco estampas Monterrey, 25 de mayo de 1998.

El charco de sangre donde yace el hombre de las botas vaqueras se expande lentamente por el estacionamiento del restaurante. El sol del mediodía cae rudo y sin misericordia sobre el pavimento regio y el rojo fluido no deja de manar del cuerpo. Hace apenas unos minutos, estando en la sala de prensa del Ayuntamiento, escuchamos las detonaciones y aunque ninguno de los reporteros ahí congregados tenemos experiencia en armas automáticas, sabemos al instante que aquello no son cohetes. Bajamos corriendo las escaleras de Palacio Municipal, cruzamos la avenida Zuazua y al llegar a la entrada del Rey del Cabrito encontramos al hombre con los brazos extendidos, yaciente en el charco rojo. Con mi vieja cámara Minolta de medio uso tomo por vez primera en mi vida la foto de un ejecutado. Se llama Armando Márquez Hernández, comerciante tamaulipeco. Tengo 24 años recién cumplidos y aunque he visto a no pocas víctimas de accidentes, esta es la primera vez que estoy frente a un cuerpo perforado por los proyectiles de una ametralladora. Será el primero de muchos que veré en las próximas dos décadas, pero en ese momento ni siquiera intuyo el infierno que irrumpirá. En 1998 soy reportero en el periódico El Norte y una ejecución en Monterrey aún merece primera plana y varios días de seguimiento. La narcoviolencia es asunto de otros lares, de la frontera noroccidental donde el periodismo es oficio de kamikazes.

Las noticias que nos llegan de esos rumbos son escalofriantes. Casi un año antes, el 15 de julio de 1997, un periodista de 29 años llamado Benjamín Flores, fue acribillado con cuerno de chivo a las puertas de la redacción de La Prensa, el diario que dirigía en San Luis Río Colorado. Poco después, el

27 de noviembre, fuimos sacudidos por la noticia del atentado contra Jesús Blancornelas, director del semanario Zeta en Tijuana. Allá el periodismo es un ritual de tinta y sangre, de papel y plomo, muy diferente a mi regia rutina. En ese momento ignoro que un año después voy a mudarme de ciudad y de periódico y que en mayo de 1999 estaré reporteando en las calles tijuanenses donde me aguardan algunas emociones fuertes.

Tijuana 23 de junio de 2004

Es casi media noche y el cuerpo de Francisco Ortiz Franco, subdirector del semanario Zeta, acaba de llegar a Funerales del Río. Cuatro balazos disparó un sicario en el pecho y cabeza de Franco cuando abordaba su automóvil en compañía de sus dos hijos pequeños. El crimen ocurre a dos cuadras de la Procuraduría de Justicia. La radio frecuencia policial arde. El asesinato ocurre en plena campaña a la alcaldía de Tijuana y aunque la lógica apunta al Cártel Arellano Félix, Zeta no duda en señalar también al candidato priista, Jorge Hank Rhon, como uno de los sospechosos. Apoyado por la Sociedad Interamericana de Prensa, Ortiz Franco pugnaba por la reapertura del caso de Héctor Félix Miranda, codirector del semanario, asesinado el 20 de abril de 1988 por el jefe de escoltas de Hank Rhon, Antonio Vera Palestina. Desde entonces, Gato Félix le habla cada viernes al presunto autor intelectual de su asesinato desde una página negra: Jorge Hank Rhon ¿por qué me asesinó tu guardaespaldas Antonio Vera Palestina? La idea de un periodista muerto que le habla desde ultratumba a su victimario inspirará mi primera novela, Vientos de Santana Ana.

En aquel 2004 mi vida ha cambiado. Sumo un lustro viviendo en Tijuana como reportero del periódico Frontera a donde fui invitado a trabajar desde su fundación. La vida ha sido un tren bala en esos cinco años, infinitamente más intensa de lo que era en Monterrey. Para entonces he caminado por la Zona Cero de Nueva York en septiembre de 2001, recorrido el desierto de

Arizona y cubierto decenas de hechos violentos en las calles tijuanenses, aunque nunca hasta esa noche de junio había estado en el funeral de un periodista asesinado.

Un reportero enviado desde Monterrey por Milenio hace su arribo al funeral. Bebemos un café negrísimo y charlamos. Se llama Diego Osorno. En algún momento salgo del funeral y corro al Cecut donde mi maestro tampiqueño Rafael Ramírez Heredia está terminando de presentar su novela La Mara. Alcanzo a darle un abrazo. Nunca más volveré a verlo.

Tijuana, 18 de abril de 2007

Las detonaciones de armas largas se escuchan entre el retumbar de la hélice del helicóptero que sobrevuela el techo del Hospital General de Tijuana. Más de 500 soldados y policías tienen sitiado el nosocomio donde un comando de sicarios del Cártel Arellano Félix se ha atrincherado luego de intentar rescatar a dos compañeros heridos en una balacera. El hospital donde Luis Donaldo Colosio fue declarado muerto trece años atrás se ha transformado en un campo de batalla. El estado de sitio se prolonga por más de seis horas. A unos metros de ahí tomo notas para Frontera y hago un enlace en vivo para Radio 13. En mis años de reporteo en Tijuana he visto no poca sangre, pero nunca hasta ese abril había estado en medio de un fuego cruzado de semejante magnitud. Esa primavera cumplo diez años como reportero y los tiempos más violentos de la historia de Tijuana están comenzando.

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Recordaremos el 2008 como el año en que el chaleco antibalas se transforma en una herramienta de trabajo necesaria para reportear en las calles de la ciudad. La escalada violenta llega a tal nivel, que la subdirección editorial del periódico solicita la compra de tres chalecos para los reporteros policiacos.

A la batalla del nosocomio seguiría el combate de la llamada Casa de la Cúpula, el 17 de enero de 2008. Pecho tierra, ocultos bajo los carros, fotógrafos y camarógrafos captan la tempestad de plomo. Un comando de encapuchados dispara desde el techo de una casona a los cientos de policías que los rodean. Arriesgando sus vidas, mis colegas Omar Martínez y Tizoc Santibáñez alcanzan a fotografiar el momento en que los niños de un kínder son evacuados por los soldados. A la balacera de la cúpula seguirán los violentos motines de la Penitenciaría.

Condenada por la cartografía, Tijuana ha sido y será siempre una plaza codiciada por el crimen organizado. Casi cualquier forma de negocio ilícito encuentra en esta ciudad las condiciones ideales para florecer, sin embargo la ola criminal vivida a partir de 2007 convierte las calles en trincheras. Una guerra interna en el cártel entre la sanguinaria célula de Teodoro García Simental y la de Fernando Sánchez Arellano “El Ingeniero” desencadena la era más gore en la historia tijuanense. En orden de prioridades para un reportero, el chaleco antibalas es más importante que la cámara o la grabadora.

Los Mochis, 15 de noviembre de 2013

Cae la tarde sobre la Plazuela 27 de Septiembre en Los Mochis a cuya feria del libro he sido invitado. Hace tres años he dejado de reportear para apostar por un proyecto de escritura de largo aliento y hoy he venido al Valle del Fuerte a presentar un libro.

Aguardo la llegada del periodista que me acompañará a presentar mi libro, quien viene viajando por carretera desde Culiacán. Es un colega cuyo trabajo conozco y admiro y a quien hasta esa tarde nunca he tenido la oportunidad de saludar en persona. Mi presentador hace su arribo. Lleva una camisa de cuadros verdes y blancos, luce una barba de candado entrecana y lentes. Su sonrisa es franca, desinhibida, brutalmente honesta.

-“Qué onda bato, está chingón tu libro”, me saluda el recién llegado quien se llama Javier Valdez Cárdenas y es fundador del semanario Ríodoce. Hay veladas destinadas a no olvidarse y la de Mochis es una de ellas. Gran conversador, con un don natural para contar historias, bohemio y dicharachero como él solo, Javier nos hechiza a todos. Nos acompañan los escritores Yuri Herrera y Antonio Ramos Revillas. La charla y las cervezas son un río que no deja de fluir.

Exactamente un año después vuelvo a coincidir con Javier, ahora en Baja California Sur. Él acude a presentar su nuevo libro, Con una granada en la boca. El Instituto Sudcaliforniano de Cultura nos organiza una charla sobre periodismo y violencia en el quiosco del Jardín Velasco en el centro de La Paz. Es un acto espontáneo, sin protocolo, con auténtica vocación de ágora en donde decenas de paceños levantan la mano para expresarse. Son tiempos hostiles para el periodismo y los colegas reporteros mueren por decenas. La noticia del asesinato de un periodista entra a formar parte del redundante teatro del horror nacional. En los tiempos en que mataron a Manuel Buendía o al Gato Félix la noticia de la muerte de un colega indignaba al país. Hoy ya ni siquiera molesta o sorprende y está condenada a ser nota de interiores.

Al escucharlo conversar no puedo menos que admirar la fortaleza de Javier y su vocación de reportero partisano, su aferrado compromiso con el oficio, pero sobre todo su sencillez tan norteña, su trato tan franco. Ha caído la noche en La Paz y la charla ha sido como la brisa del Mar de Cortés.

Tijuana, 15 de mayo de 2017-

La noticia me toma por asalto al medio día por un post Carlos René Padilla y tiene el efecto de una cuchillada. Han acribillado a Javier Valdez en una calle de Culiacán. Cuando veo la foto del sombrero ensangrentado simplemente me derrumbo por dentro. No sé si la tristeza es más fuerte que la rabia o la impotencia o las ganas de pegarle a la pared y gritar que esta tierra y este oficio se están desangrando, que en este infierno estamos ardiendo todos, que hoy estamos a merced de los cobardes que acribillaron a Javier por la espalda. La primavera no puede ser más triste. Hace apenas 42 días, al regresar de Ciudad Juárez, recibí la noticia de la repentina muerte de Sergio González Rodríguez. Hoy siento una suerte de orfandad en el oficio.

Javier puso nombre y rostro a quienes en la guerra son estadística. Contó la historia de los que están condenados a ser nota roja de cuatro párrafos y reflejó en la mejor narrativa el alma de la carne de cañón. Sergio buceó en las profundidades ontológicas y culturales de este baño de sangre y buscó desnudar su mórbida psique y su pulsión ritual. Sin ellos el oficio es huérfano.

La muerte otra vez está de parranda en Baja California. Al momento de escribir estos párrafos se han cometido tan solo en Tijuana más de 530 homicidios en lo que va de 2017 y en 2016 se cometieron más de mil. Ya no hay combates ni fuegos cruzados en céntricas avenidas, pero las cabezas y los cuerpos desmembrados no dejan de aparecer en baldíos mientras la autoridad mira para otro lado.

En 2017 han asesinado a los colegas periodistas Cecilio Pineda, Ricardo Monlui, Miroslava Breach, Maximino Rodríguez, Filiberto Álvarez y Javier Valdez y en lo que va del Siglo XXI han matado a más de un centenar.

Reparo entonces en que en este mayo se cumplen 20 años de mis primeros pasos como reportero en Monterrey y pienso en los mil y un colegas con los que he compartido un trecho del camino y en los que se han quedado a un lado de la vereda, acuchillados por las malquerencias del oficio. Las balas matan, pero también la pobreza, la salud devastada y la sensación de estar arando en el mar. Imagino a los miles de jóvenes que este año debutan como reporteros y pienso en ese canijo y adictivo afán que con todo en contra se renueva. Ese aferre tan nuestro por salir a patear las calles y contar una historia.

One Comment

  1. En la categoria de Periodismo Cultural, y con el trabajo Furtividad bajo palabra, el ganador fue el regiomontano, avecindado en Tijuana Daniel Salinas Basave. Con Campo de Arroz tranquilo, Juan Alberto Molina Hirata se lleva el premio en la categoria de dramaturgia. En Cuento los ganadores fueron : Angel Arturo Murga Amezquita, por el libro Por Zeus al contrario y Julio Cesar Perez Cruz fue el ganador en Cuento para ninos con el trabajo: Cazamarcianos.