Dolores Reyes

Ganar las aulas, el conmovedor discurso con el que Dolores Reyes cerró el Foro del Libro del Chaco

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La autora de la novela Cometierra, que algunos padres rechazan como contenido de lectura para sus hijos, ofrece claves para generar una experiencia vital en un país con “heladeras, garrafas y panzas vacías”.

Ciudad de México, 17 de septiembre (MaremotoM).- Nadie sabe dónde y cómo nace un lector. Si hiciéramos el ejercicio de preguntar a las casi 1.500 almas aquí presentes, encontraríamos respuestas de lo más variadas, pero es casi seguro que aparezca, en ese origen íntimo, el recuerdo de alguna maestra, de algún profesor de literatura o de alguna bibliotecaria que dejó una huella profunda en cada uno de todos nosotros, imborrable, como todo nacimiento.

Llamamos libros al sedimento oscuro de una explosión que cegó, en la mañana del mundo, los ojos y la mente y encaminó la mano rápida, pura, a almacenar recuerdos falsos para memorias verdaderas. (J. J. Saer)

Dos días antes de volar para Chaco alguien me paró en una fiesta y me dijo que estaban leyendo Cometierra en los tres cursos de sexto año de un Colegio Católico enorme, antiguo y muy conocido en la zona en la que vivo y que los chicos estaban muy contentos. Esa persona, un profe de Lengua de esos que buscan a toda costa contagiar su pasión por los libros, me contó que al principio hubo algunas resistencias porque la mayoría del alumnado viene de familias tradicionales y un grupo de padres se presentó a quejarse en la dirección del Instituto, pero con las fundamentaciones aceitadas y el paso de los primeros días, las aguas se fueron aquietando para padres, madres y directivos y los cursos pudieron disfrutar de la lectura junto a sus docentes.

Hasta este momento el relato era similar al que me vienen haciendo muchísimos docentes del nivel secundario. Pero hubo en esta historia un elemento novedoso. Unos días después, una de las mujeres que había estado en la escuela quejándose porque la novela – le habían contado- tenía alguna que otra escena sexual inapropiada para los alumnos, volvió para decir que un viernes había sacado el libro de la mochila de su hijo, lo había leído en ese fin de semana para que el pibe la tuviera para su clase del lunes, y se había conmovido profundamente.

La voz del matrimonio era distinta a la voz de la mujer sola y ella, dijo, había vuelto porque se había emocionado sintiendo que, por primera vez, podía hablar de algo acallado, que la había acompañado durante toda su vida: la violencia de género.

Algo parecido sucede a veces con nuestros alumnos adolescentes, han dejado de ser niños y la familia tarda un poco en darse por enterada. En todo caso, tampoco en ellos la voz familiar coincide con su propia voz.

Como docentes tenemos la posibilidad de conformar aulas que sean el lugar privilegiado para encontrar esa voces propias, en un espacio que se construye en libertad.

Durante los últimos meses, después de que un puñado de madres y padres de la provincia de Neuquén hubieran intentado evitar que se trabajara con Cometierra en los últimos años de una escuela privada, infinidad de veces periodistas y colegas me han preguntado qué hay que hacer cuando llegan padres enojados por el material de lectura a las escuelas. Me demandaron pensar posibles protocolos, como si se tratara de una evacuación por un terremoto o un incendio.

La pregunta se repite como un mantra:

¿Qué hacemos si vienen los padres a quejarse?

Antes de enojarnos, que creo que sería la peor respuesta posible, me gustaría considerar algunas cuestiones.

Muchas veces estos sucesos se dan en los últimos años del nivel secundario. Entonces no estamos hablando de padres de niños sino de jóvenes de 16, 17 y 18 años que, incluso, ya son sujetos políticos que pueden votar.

¿Por qué a los mismos pibes se les permite ver series, videos online o películas con contenido sexual a sabiendas de sus familias, pero no que puedan disfrutar de ficciones que atraviesen esas mismas experiencias y trabajar con ellas en las aulas?

Dolores Reyes
Distribuye Océano. Foto: Cortesía

Hay un contenido moralista que se le adjudica a la Literatura que hace que a veces, para algunas personas, no importen los textos en sí, sino que la ficción termine siendo una suerte de medio para.

Por eso mismo nadie protesta cuando se les da a leer a los pibes un cuento para que se porten bien, uno para que no discriminen al de al lado, otro para que no hablen con extraños o cuiden a sus abuelitos.

Ese supuesto contenido moralista es el enemigo número uno de la literatura. Da como resultado textos insulsos y bobos, insoportables en su exceso de corrección. Aburridos, tediosos, en los que los alumnos no tardan más que unos minutos en advertir ese contenido baja línea.

Casi siempre estos relatos ni siquiera se molestan en esconder sus costuras y están de antemano condenados a fracasar, porque los pibes resultan ser los lectores más sinceros que pueden llegar a existir. Si un relato no los atrapa, lo van a dejar y no tienen el más mínimo problema en decirte lo que no les gustó en la cara.

Si no hay placer, no hay pibes leyendo.

 

Siempre cuento que la primera vez que pisé un secundario hubo un chico de unos quince años, sentado al costado del resto, con los brazos cruzados adelante del cuerpo y una cara de enojo profundo que le duró toda la charla. Mirándolo yo me preocupaba y arriesgaba hipótesis: que no le había gustado la novela, que no la había leído porque prefirió hacer otra cosa o que directamente lo estaban obligando a participar en ese encuentro. Cuando fue el momento de hacer preguntas, él reclamó su turno de hablar y ahí me preguntó con bronca: “¿Por qué mataste al perro?” Esa pregunta de por qué el perro muere atropellado por el tren en Cometierra no falta nunca en los encuentros con lectores adolescentes que vengo teniendo tanto en escuelas como en bibliotecas populares. Y, sin embargo, nunca me la hacen los adultos, como si fueran los más jóvenes los que se sensibilizan y logran empatizar con un animal, ahí donde los grandes ya no están leyendo nada.

En esos relatos que implican los cinco sentidos es en donde se ganan lectores y deben ser trabajados también de manera emocionante: basta de leer para buscar adjetivos y verbos, para identificar imágenes sonoras o sacar supuestas enseñanzas.

Si no hay emoción, placer, aventura… ¿Por qué nuestros pibes querrían leer?

Nos encantan las ficciones en donde los personajes son valientes, aventureros capaces de animarse a todo. En estos momentos, para intentar formar lectores en las aulas argentinas, también es necesario que seamos valientes, sacudirse los miedos y estar dispuestos a aventurarnos a todo.

Transitemos una y mil veces la Literatura del riesgo, aunque eso cause incomodidad y nos exponga. A la larga sabemos muy bien que estos intentos de censura y silenciamiento caen, y lo que se sostiene con el tiempo, es la experiencia profunda de haberse dejado atravesar por un buen libro.

Desde esos lugares de opinión que transitan los que en su vida pisaron una escuela, nos llueven quejas de que en las aulas argentinas falla la comprensión lectora, pero queremos que lo que leen nuestros alumnos sea el resultado de censuras y de lenguas masticadas con las mandíbulas del clasismo y de los prejuicios.

Nunca me gustó decirle a los chicos que lean porque es mejor que ver un video en Tiktok o un posteo de Instangram o el último capítulo de su serie favorita. Esos verticalismos anacrónicos siempre van a conllevar un juicio de valor: mi época fue mejor que la tuya. Además del rechazo que les genera este desprecio, no olvidemos que la época de su adolescencia la hemos forjado nosotros como adultos.

Leamos juntos porque esto está buenísimo, porque se van a divertir y porque leer nos puede generar algo tan adrenalítico y apasionante como escuchar nuestra banda preferida.

Si los imaginarios de la ficción de los textos que leemos en las aulas están podados, habremos perdido lectores desde antes de comenzar a formarlos.

La literatura puede ser cualquier cosa menos una práctica cobarde.

La comunidad educativa es también una comunidad de lectores

Que no se entienda mal: Nadie viene a mendigar que dejen a los profesores enseñar y seleccionar sin condicionamientos externos los libros que vamos a leer, sino que venimos a recordarle a la sociedad el rol específico de la escuela, el de enseñar también aquellos saberes que de otra manera no serían abordados por los estudiantes. El docente de Prácticas del Lenguaje, la maestra, la bibliotecaria que selecciona un libro para llevar al aula, es un especialista que se formó para llevar a cabo ese trabajo.

No se achiquen ni se dejen ningunear. Ustedes habitan y construyen las aulas en las que estos opinólogos expertos y lejanos, no sobrevivirían ni una semana.

Escucharon bien, dije maestra, sí, como Alfonsina Storni, como Hebe Uhart o como Libertad Demitrópulos. No se achiquen ni se dejen ningunear. Ustedes habitan y construyen las aulas en las que estos opinólogos expertos y lejanos, no sobrevivirían ni una semana.

En el aula o para el aula, investigamos, seleccionamos, leemos juntos, opinamos, armamos diferentes lecturas. Pensamos la literatura como pocas veces, en este mundo vertiginoso y hostil, se suele hacer, porque le ponemos tiempo, cuerpo y pasión.

En nuestro país nos enorgullecemos muchísimo por la gran cantidad de librerías, por la variedad enorme de editoriales independientes y de textos que se publican cada año, por la concurrencia masiva de público ante cada una de las propuestas culturales que tienen a la literatura y al libro como centro: Ferias del libro nacionales, internacionales, Ferias del libro independientes, provinciales, nuestro querido Foro de Fomento del Libro y la Lectura dan cuenta de este fenómeno tan argentino, que defendemos con uñas y dientes. Ahora yo les pregunto: ¿no tendrá que ver con todo eso que se siembra y se cultiva rodeado de tanto amor en nuestras aulas?

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Quizás alguna vez sea posible confrontar la lectura que hace alguno de estos padres “censuradores” a la hora de pedir la baja de un libro con la que hacen no solo los directivos, inspectores y autoridades del Plan Nacional de Lectura, sino con la de los alumnos, sus propios hijos. Creo que muchos de ellos se sorprenderían al escuchar las respuestas.

¿Sabrán esos padres las lecturas de las que son capaces? ¿Saben nuestros amigos, vecinos, familiares cuántas veces nos hemos sentido profundamente orgullosos por la respuesta de un alumno? Incluso más allá del aula o de la escuela, cuando los vimos afrontar tal o cual situación y soltar su voz, cómo hemos suspirado pensando: ¡Ay! ese es mi alumno!

Los adolescentes reciben el mensaje constante de que todo lo que hacen está mal y que no tienen ningún valor más allá de la explotación de sus cuerpos: Su música es tan mala que ni siquiera es música, sus formas de habla deforman la lengua y la degradan a tal punto, que contar una historia desde su perspectiva no es válido, que las letras que componen para el trap, el reguetón o cualquier género urbano, no tienen poesía.

¿En serio piensan que con esa lengua no se puede reflexionar ni construir belleza? ¿En serio consideran que un pibe que habla como lo que es, un adolescente de una barriada popular, no puede llegar a escribir sus propias historias o filmar sus propias películas?

¿Por qué el estudio escolar de Lengua y Literatura debería despreciar o censurar historias que narran sucesos que los pibes viven a diario en cualquier barrio de nuestro país?

Si lo cuestionado es la lengua, sería muy interesante poder articular estrategias con esa misma lengua. Mucho más allá de ganar una posición para una coyuntura puntual: ante el autoritarismo del NO, trabajemos con nuestros alumnos, la ARGUMENTACIÓN del SI.

Somos capaces de llevarlo a cabo porque en realidad venimos haciéndolo desde hace años: Ellos lo demandan primero que nadie: “Profe, ¿por qué vamos a leer esto?”.

¿No les suena familiar?

Sabemos que hay aprendizajes y experiencias que acompañarán a los alumnos el resto de su vida y que vivimos tiempos difíciles: los pibes están muy solos. Ya casi no existen abuelos que cuenten historias antes de ir a dormir o abuelitas que canten canciones. Los trabalenguas, adivinanzas y juegos de palabras son casi una especie en extinción, tan improbable en la vida de nuestros alumnos como el dinosaurio vivo de Susana.

Todo con el agravante de un país en el que de nuevo encontramos heladeras, garrafas y panzas vacías.

Le voy a robar una palabra a un docente conurbano, profesor, poeta y editor al que adoro y suelo leer, Javier Roldán: los sátrapas quieren ser escuchados, los sátrapas necesitan ser queridos, nuestra satrapía está muy sola, muchas veces no tienen ni siquiera quien les hable durante la mayor parte de la semana. Se les da un celular, una tablet y arreglate.

Lo cuento porque estuve ahí; lo saben porque también están ahí. Y porque de un aula nunca terminamos de irnos del todo.

Un fogón sin fuego

Basta que una maestra arme una ronda de sillas para que se produzca la magia de una práctica tan antigua como lo es el ser humano: Compartir una buena historia hace que los alumnos se acerquen a ese pequeño fuego comunitario.

Muchas veces, años después de recibir a esos niñitos de primero o cuarto grado, suelen pararme en alguna plaza que atravieso a toda velocidad o en la cola del supermercado. Es algún muchachito que ahora me saca más de una cabeza, alguna mujer joven que ya es enfermera, radióloga, ama de casa, maestra jardinera, madre.

Seño, ¿te acordás de mí?

Seño, vos me enseñaste a leer.

Seño, vos nos leías cuentos.

Quieren contarte lo que hacen ahora, que tuvieron un hijo, que terminaron la secundaria, que están trabajando y muchas veces, quieren decirte LO QUE EXTRAÑAN esos momentos en el aula en los que se les permitía ser niños.

Todos fuimos esos pibes en los que alguien avivó en nuestros corazón la llama de la lectura. Una práctica que abrazamos y militamos porque nos cambió la vida.

Todos fuimos esos pibes en los que alguien avivó en nuestros corazón la llama de la lectura. Una práctica que abrazamos y militamos porque nos cambió la vida. Podemos dar la vuelta completa a la experiencia y transmitir, nosotros también, ese bendito fuego, el de la experiencias más vívidas y transformadoras que nos ha tocado experimentar.

Felicidad Clandestina

Hay un cuento de Clarice Lispector que se llama así: “Felicidad clandestina”. Las protagonistas transitan el borde difuso entre el fin de la infancia y el comienzo de la adolescencia y se disputan un libro. Son personajes crueles porque Clarice no idealizaba a las infancias. Ella no solo sabía cómo a las niñas les apasiona leer, sino que ubica en la infancia el origen de esa felicidad fetichista del poseer un libro que todos nosotros conocemos muy bien: no solo leer un libro sino tenerlo.

Siempre, vaya a donde vaya, firmo fotocopias de Cometierra. Los alumnos y las alumnas las pintan, les dibujan nuevas tapas, le ponen cara y cuerpo a los personajes que viven en esas hojas, pero eso no quita que todos deberían tener el derecho a la felicidad clandestina de tener sus primeros libros. De empezar a formar en su tránsito por nuestras aulas, el germen de su propia biblioteca personal.

Muchos chicos me escriben mostrándome Cometierra y algún otro libro más, así como me envían videos, representaciones en pequeños escenarios de escuelas de provincias, fragmentos de la novela actuados por pibas y filmados entre ellas con el celular, trabajos plásticos explotados de creatividad, cuadros digitales, podcasts…

Ellos no tienen límites, no dejemos que se los impongan.

Ustedes sabrán que Cometierra está dedicado a dos víctimas muy jóvenes de las violencias machistas, enterradas ambas en el cementerio de Pablo Podestá, donde comienza la historia. Hace algunos meses me llegaron decenas de mensajes y me etiquetaron en un mismo posteo infinidad de veces.

Era un estado de Facebook de la madre de Araceli Ramos, una chica hermosa, de pelo largo y oscuro, con ojos negros de esos que parecen hablar. Araceli una vez vio por una red social que solicitaban una chica como ella para un puesto laboral, el que iba a ser el primer trabajo de su vida, el que la iba a ayudar a mantener a sus hermanitos menores porque su madre, como la gran mayoría de las mujeres de nuestro país, no recibía cuota alimentaria. Cuando Araceli se presentó a esa entrevista laboral en Caseros, el barrio en donde nací y vivo hasta el día de hoy, lo que encontró fue a el ex suboficial de Prefectura Vinander, que ya tenía en su contra ocho procesos judiciales y sospechas de vinculación a una red de trata y que ya había asesinado a la dueña legítima de esa propiedad. Por supuesto seguía libre; por supuesto, la cita era una falsa entrevista de trabajo. No voy a dar detalles que nos hagan transitar esas violencias ni siquiera con el pensamiento. No nos lo merecemos. No se lo merece ella tampoco.

La familia de Araceli, su mamá y sus hermanos no soportaron seguir viviendo en el distrito en donde asesinaron a Ara y se mudaron a Capital.

Nueve años después, la hermana menor de Araceli, creció, y en una escuela secundaria de Flores que no pisé nunca, una profesora de Lengua a la que tampoco conozco empezó a leer la novela con sus alumnos. La chica abrió el libro y se enteró así, sin anestesia, que había una novela dedicada a su hermana muerta y la empezó a leer.

El posteo de Facebook de la madre de ambas decía: “Yo no conozco a la autora” y después pedía, “si ustedes la conocen o la ven, díganle por favor que gracias por mantener viva la memoria de mi Ara”. Me costó mucho responder, tuve que tomarme un tiempo para poder procesar la situación y escribir algo y más allá de lo pequeñas que son las palabras a la hora de consolar a una madre a la que le asesinaron a una hija hermosa, pude mandarle fotos de la misma dedicatoria traducida a una docena de lenguas en donde siempre se lee: A la memoria de Araceli Ramos y Melina Romero.

Ahí donde pensamos que ya hemos visto todo, escuela y literatura nos siguen sorprendiendo.

Nunca sabemos el recorrido que tiene un libro ni sus personajes, como tampoco sabemos de antemano la trayectoria vital de nuestros alumnos, su futuro, pero es en esos jóvenes en donde se da la supervivencia de un libro, esos alumnos que pueden cambiarlo todo y que son hoy, el alma y la razón de ser de nuestras aulas.

Los necesitamos, nos necesitan, para que la literatura siga siendo el único espacio en donde indagarlo todo, el cruce perfecto entre potencia y posibilidad.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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