Gutenberg está herido de muerte

Tijuana, 21 de abril (MaremotoM).-Johannes Gensfleisch zur Laden zum Gutenberg (Juan para los amigos) murió en 1468, pero es hasta este Siglo XXI cuando empezamos a ejecutar su réquiem. Nos guste o no, llevamos más de cinco siglos y medio amamantando de sus “tipos móviles” y su prensa para uvas que sirvió como primera plancha de impresión. Tanto la Biblia que imprimió en 1455 en Maguncia, como los ejemplares de los periódicos que hoy se imprimieron a lo largo y ancho de esta aldea global del Tercer Milenio, son hijos de Gutenberg. Aún en nuestro mundo atiborrado de pantallitas de todos los tamaños, nuestras casas y oficinas siguen llenas de papeles con tinta. Si aún lo dudas, te pido que mires a tu alrededor. Sí, ya sé que de una impresora láser a una plancha para aplastar uvas existe alguna que otra diferencia, pero al final el resultado es un pedazo de papel con tinta, el mismo pedazo de papel de Cervantes o de Joyce, de Shakespeare o de Borges. El papel que un voceador alzaba en su mano una tarde de octubre de 1805 en las calles de Londres mientras gritaba la noticia de la muerte del Almirante Nelson en Trafalgar, es tan hijo de Gutenberg como el papel de un diario que la mañana del 5 de noviembre de 2008 anunció el triunfo de Barack Obama y la muerte de Juan Camilo Mouriño. La imprenta fue necesaria para elaborar ese edicto real clavado en los árboles que rodeaban las aldeas españolas donde se notificaba la expulsión de los moriscos a principios del Siglo XVII, como necesaria fue para imprimir el recibo de luz que llegó a nuestra casa esta mañana.

Gutenberg ha sido omnipotente y omnipresente en nuestras vidas, pero el principio del fin de su reinado ha comenzado ya. Tal vez pasarán muchos años todavía antes de que desaparezca por completo de nuestro día a día, pero el rey ya está herido de muerte. La daga cibernética le ha provocado una herida de la que sangra pausada pero constantemente. Algunas manifestaciones de Gutenberg, como es el caso de los libros, se mantendrán por más tiempo, pues tienen una vocación de superviviente. Otras, como es el caso de los medios impresos, han optado por practicar la eutanasia al sentir la enfermedad terminal.

Lo que a continuación viene en los capítulos siguientes pretendió, al menos a priori, ser un ensayo aunque en realidad tiene mucho de testimonio y adolece de toda esa inevitable carga de subjetividad inherente a los relatos vivenciales. Escribo desde la teoría, abrevando aquí y allá de diversos y contrastantes arroyos bibliográficos, pero escribo, sobre todo, desde el color del cristal de la vivencia personal. Escribo como practicante de un oficio en acelerado proceso de descomposición y extinción. Un oficio que ha decidido auto inmolarse. Escribo, como escribiría el carbonero de un barco de vapor, el conductor de un tranvía de mulas, el farolero o el telegrafista. Los oficios nacen y mueren. Eso es inquebrantable ley de la vida y de la historia. Los oficios, por cierto, también se suicidan. El mío ya estaba condenado, pero ahora está acelerando su muerte.

La Revolución Industrial es impensable sin la máquina de vapor y en el Siglo XIX el carbonero era un oficio imprescindible. Hoy simplemente dejamos de necesitarlo. Las guerras mundiales y la Revolución Mexicana no hubieran sido las mismas sin telégrafo y hoy el mundo ha empezado a prescindir de la Clave Morse y los telegrafistas. En los años 90 muchas personas se emplearon como operadores en las centrales que enviaban los mensajes a los radios “beepers”. Hoy, muy poco tiempo después, han tenido que dedicarse a otra cosa. La lista de oficios muertos es inacabable y estéril sería a estas alturas escribir un epitafio para cada uno. El periodismo impreso tradicional pronto se inscribirá en esa lista. ¿Cuándo? Complicado es hacer un pronóstico exacto. En algunas ciudades de los Estados Unidos es ya un oficio muerto o en plena agonía. En otros lugares goza de aparente buena salud, pero está irremediablemente desahuciado y al verse en el espejo, optó por empezar a matarse cada día en afán de acelerar su muerte.

Soy y he sido periodista. Mi patrimonio y el sustento de mi familia los he construido como reportero de diarios impresos. Aunque empecé a practicar formalmente el oficio a mediados de los años 90, mi formación es en el viejo estilo. Llegué a él cuando el cáncer ya estaba diagnosticado, si bien la metamorfosis aún no generaba sintomatología. El proceso de transformación ha sido aceleradísimo y lo hemos vivido con intensidad. En menos de 15 años, el paciente diagnosticado con cáncer es ya irreconocible. Creo que a todos los reporteros de diarios impresos del mundo nos ha pasado, en mayor o menor medida, algo similar. Apenas podemos reconocernos a nosotros mismos. Volteamos a ver al tipo que éramos hace diez años y nos descubrimos terriblemente obsoletos, caducos, con cara de suicidas.

Insisto: en este ensayo la principal fuente de información es la vivencia personal, el camino de vida de un reportero de diarios impresos en la última década del Siglo XX y en la primera del Siglo XXI. Hay teoría y hay estadística, sí, pero sobre todo hay testimonio de cómo se ha vivido esta metamorfosis y este lento suicidio en unas cuantas salas de redacción y en las calles de una ciudad. Este camino ha sido andado principalmente en Baja California y es por ello que la inmensa mayoría de los ejemplos y referencias vivenciales abrevan de esta región. Los testimonios directos parten de este microcosmos fronterizo, pero la dinámica de los diarios impresos frente a la avalancha de internet no ha sido muy distinta en otras zonas del país. En Estados Unidos la extinción de los medios impresos es mucho más acelerada, cierto, pero aunque parecen tener más prisa, la metamorfosis no ha sido muy distinta a la vivida en grandes urbes latinoamericanas. El drama de salmones que los colegas de San Diego empezaron a vivir con mayor intensidad a principios de siglo, es el mismo que estamos viviendo los reporteros tijuanenses ahora. Después de todo, el revuelto río en el que nadamos a contracorriente es el mismo. El mismo en el que están nadando quienes laboran en la industria editorial. El libro sobrevivirá más años que el periódico, pero también ha sido herido.

Para efectos de ponerle al asunto una dosis de dramatismo, diría que como practicante de este oficio, escribo desde una celda de condenado a muerte, contemplando el mundo desde el carruaje que nos conduce al cadalso, pero una visión así me parece el colmo de lo rimbombante, máxime cuando he tratado de explicar que antes de morir por la espada del verdugo, hemos decidido empezar a tomar un veneno. Intentar adornarlo con guirnaldas de cursilería serviría tan solo para hacer más patético el final, el final de un suicida que no supo hacer frente a la adversidad. Claro, el tema da para vestirlo con traje de tragedia griega y representar el papel de mártires de una época de materialismo voraz e insensible, pero si algo queda claro es que el peor pecado es la autocompasión. El que no se transforme y se adapte a las nuevas reglas del juego quedará en el camino, así de sencillo. Irremediablemente, todo proceso evolutivo acarrea extinciones y hay que entenderlo así. Los reporteros de medios impresos tradicionales somos faroleros de una ciudad a donde ha llegado la luz mercurial. Nosotros vamos por ahí encendiendo todavía lámparas de aceite, pero resulta que los focos de la ciudad ya no requieren de nosotros para ser encendidos. Podríamos decir que acaso algunos viejos barrios aún se alumbran con faroles y nosotros nos aferramos a seguir haciendo por ahí nuestros rondines nocturnos. Tal vez nos queden algunos años, pero llegará irremediablemente el día en que toda la ciudad esté alumbrada por luz mercurial. Los viejos faroleros tendremos que adaptarnos a ser operadores de la nueva tecnología u optar por cambiar de oficio. En cualquier caso, con o sin nosotros, la ciudad no dejará de estar iluminada.

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La mayor y más rimbombante estupidez sería pronunciar “los periodistas han muerto” y ponernos a llorar por la extinción de una raza de poetas quijotescos inmolados en el altar de la sociedad de consumo. Nada de eso. Los periodistas, como la hierba mala, no mueren nunca. Jamás en la historia de la humanidad había habido tantos profesionales de la comunicación como los hay ahora. La sociedad de consumo es una bestia insaciable de información que necesita ser alimentada cada minuto. Está sobre informada y pese a ello siente que nunca es suficiente. Lo que has informado hace cinco minutos es ya demasiado viejo y trillado. La gran devoradora de información requiere más, siempre más y ahí deben estar, al píe del cañón, los encargados de traerle y procesarle las noticias. Lo que se está muriendo es una forma tradicional de ejercer el periodismo y su muerte se está acelerando por la codicia y falta de visión de quienes la administran como un negocio. Imaginemos que los reporteros tradicionales éramos una especie animal arborícola y de pronto, el bosque donde habitamos es deforestado. Los pocos árboles que quedaban en pie, los acabamos de derrumbar nosotros. Ahora tenemos que habituarnos a sobrevivir en la tierra conviviendo con un entorno urbano o de plano extinguirnos y ceder el paso a la especie que se apoderará del ecosistema, en donde por cierto -vaya paradoja- ya no será necesario sacrificar árboles para obtener papel.

Lo más complicado del asunto, es que en esta metamorfosis no hay reglas claras. Aunque futurólogos y profetas le sobran a este tema, lo cierto es que el camino por el que avanza la evolución del periodismo y el de la edición de libros carece de señalamientos o cartografías. Los periodistas tenemos que tomar la nueva ruta sobre la marcha, sin un mapa en las manos. En apariencia, queda claro que la edición en línea es el camino a seguir para los diarios impresos, pero la gallina cibernética aún no pone los huevos de oro prometidos por los gurús. Los que han puesto fecha a la extinción de los diarios impresos parecen ir perdiendo en las quinielas. Ted Turner, fundador de la cadena CNN, afirmó en 1991 que la fecha de extinción total de las ediciones impresas de los diarios sería en 2001. Como se puede ver, este gurú andaba algo errado. La película de animación Epic 2014, el museo de la historia de los medios de comunicación, realizada por Matt Thomson y Robin Sloan, señala al 2014 como el año del triunfo definitivo de la red sobre los medios tradicionales. A principios de siglo, el diario New York Times fijó el 2018 como el año en que saldría a la calle su última edición impresa. Philip Meyer, editor de The Vanishing Newspaper, concede un periodo de gracia aún mayor, si bien es inflexible al señalar que será en 2040, concretamente en abril, cuando se escriba el epitafio de los medios impresos. En fin, pronosticar no empobrece.

Los periodistas tradicionales nos hemos subido a la red sin carta de navegación a la mano. Estamos aprendiendo sobre la marcha, echando a perder y descalabrándonos. Podríamos ver el cristal desde la óptica motivacional de un libro de superación personal y afirmar que tenemos una oportunidad histórica de crecimiento, que el mundo es de los que saben anticiparse a los cambios y que en esta metamorfosis ganaremos todos. El problema es que en este río tan revuelto, sólo algunos pescadores han podido salir ganando. La mayoría considera la simple supervivencia como un triunfo y otros, irremediablemente, se han extinguido.

Claro, siempre quedará en pie la idea de que esto es un debate de formas, un dilema de empaques y recipientes y que el fondo del asunto, el verdadero néctar del oficio periodístico, quedará intacto. La verdad es que la revolución de internet va mucho más allá de una forma de empacar o presentar las noticias. En la superficie, la metamorfosis es del papel a la pantalla pero en ello va implícita toda una transformación en el rol y el quehacer del periodista profesional, compitiendo con millones de bloggers y navegantes de redes sociales. No podemos negar lo evidente: los diarios impresos están heridos de muerte y viven horas extra. Va a llegar un día, más temprano que tarde, en que no circulen más periódicos de papel por las ciudades del planeta. Eso, hay que hacernos a la idea, es ya irremediable. Pero también es verdad que una buena crónica periodística, será una buena crónica en papel, piedra o plasma. Un reportaje revelador y bien trabajado, impactará lectores y transformará su entorno sin importar la forma en que nos sea entregado. Empeñarse en tratar de frenar o negar la avalancha tecnológica como trataron de hacer los fisiócratas con la Revolución Industrial, es más absurdo que intentar arar en el mar. Si las palabras impresas han de morir, démosle de una vez los santos oleos. Lo que de los periodistas depende, es que no se muera el buen periodismo.

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