Hacerle hoyos al concreto: Un libro de Jaime He, Melancolía de los pupitres

Jaime He presenta Melancolía de los pupitres, su propuesta de cuentos, en el Fondo Editorial Tierra Adentro.

Ciudad de México, 4 de mayo (MaremotoM).- El volumen de cuentos de Jaime He no es un libro triste ni una evocación de otros tiempos. Melancolía de los pupitres (FETA, 2018) encarna una alegoría del miedo en varias de sus acepciones, orígenes o secuelas. Acaso lo asalta a uno la conciencia de estar siendo cómplice de algo aciago, experimentando lo ominoso. Podría decir que al leerlo pensé en El arenero, de Hoffman y en la Ternura caníbal, de Serna. Un pudor primitivo se despertó de pronto. Reconocí que la literatura provoca a los sentidos. Tengo la impresión de estar ante una manera de describir emociones de quien logra la armonía entre el tono grave y la historia llena de ironías.

Melancolía de los pupitres mueve las reacciones del lector a partir de escenarios vistos con el temperamento del cautivo que sueña la vendetta. Se escapa, casi siempre, a las expectativas de su lector, lo logra gracias a la esgrima verbal. Guarda las formas de las narraciones seductoras cuyo progreso alimenta la curiosidad y el interés. El trabajo o el oficio se distinguen en sus estructuras. Son textos planeados por el revés para que el efecto sostenido se quede en el lector, quien se reconocerá ante dilemas.

Veo a un narrador cruel, dueño de la justicia que cree merecen sus personajes. Me ha hecho pensar en cómo calibra Jaime He la voz en cada relato y juega con el extremo opuesto. Realiza unos de los actos más complicados, que es el de situarse constantemente, siempre regido por el capricho no sólo de lo que se quiere contar sino de poner a prueba la moral del lector asistente a ficciones donde los protagonistas son una metáfora del arribismo y el narrador los ve y nos muestra las transformaciones y los conflictos.

Precisión, decía Élmer Mendoza cuando hablaba de lo que busca un escritor. Y ahí es donde se pone a prueba como narrador Jaime He. Parece medir las cosas a partir de las aspiraciones de sus personajes y de cuánto debe costarles fracasar. Bajo la tentación y el riesgo de la exageración al calificar las empresas y acciones de personajes como un ingeniero o un gerente de cine, de no soltar el arquetipo cuando de un diputado o una mujer que se presta al juego de ser su pareja para las revistas se trata, o de dar un final poco sorpresivo, incluso a la hora de no esconder del todo el pensamiento del autor frente a personajes que aborrece, presenta su propuesta de cuentos en el Fondo Editorial Tierra Adentro como parte de su colección.

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Los seis relatos son un ejercicio en donde lo que parece importarle al autor es colocar una voz firme y pertinente, de un espíritu que guía todo como alumbrando lo justo para dar el siguiente paso. No importa de dónde venga la voz sino que el lector no se libre de ella ni se dé cuenta de su origen o de su manera de moverse. Dirige sin condescendencia y más bien con la promesa de un final, que es como suele iniciar el fogonazo debajo de la cama que se enciende en cada historia.

Es una voz de instructivo: seca pero necesaria. Conforme se le sigue, la figura prometida en la primera línea, por el envés, tras la aventura de imaginar y descubrir, develar y sorprenderse, el lector tiene una imagen anunciada en inicios veloces, como de entreacto; en invitaciones que nunca revelan qué se ha de hallar en el último párrafo. El lector es llevado por un ruidillo nocturno, hondo, en medio de un silencio cómplice.

Veo a Jaime He en Melancolía de los pupitres con la sensación de estar ante el nadador que se echa a la piscina, se sumerge, empuja, respira y repite el ejercicio con fuerza y ritmo hasta llegar al final. Puede ser que eso sea lo que me haya llamado la atención de la apuesta. Abre el camino con estrategia pero con rabia también, en una batalla permanente por la precisión a la hora de contar. Esa tensión es el espíritu del equilibrio, una tensa morosidad que reconozco como el miedo que empuja al nadador en cada braceo, uno tras otro, hasta el final, como si se tratara de un martillo hidráulico amarillo haciéndole hoyos al concreto hasta dejarlo hecho escombro.

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