F.G.Haghenbeck

Haghenbeck: La sonrisa, la elegancia y la batalla

Él sabía desde –los médicos lo habían hecho consciente– hace unos años, lo que ninguno de nosotros debería olvidar: que tenía fecha de vencimiento. El poeta Almafuerte escribió que cinco minutos antes de la muerte, todos los incurables tienen cura. Borges, en uno de sus cuentos de dobles, que ningún hombre sabe quién es antes de entrar a la batalla.

Ciudad de México, 12 de marzo (MaremotoM).- La semana pasada, cuando apenas me había recompuesto de la noticia de la muerte accidental del escritor argentino Carlos Busqued –uno de los mejores de nuestra generación, si hay tal cosa como uno mejor y si existe algo como generación– y a un mes de la de Hugo Montero –periodista, escritor y editor pero, sobre todo, compañero y una de las cabezas de ese faro políto-cultural que es la revista Sudestada– me enteré de la partida de Paco Haggenbeck.

Era, de las tres muertes, la más anunciada. Pero no por anunciada menos dolorosa..

Él sabía desde –los médicos lo habían hecho consciente– hace unos años, lo que ninguno de nosotros debería olvidar: que tenía fecha de vencimiento. El poeta Almafuerte escribió que cinco minutos antes de la muerte, todos los incurables tienen cura. Borges, en uno de sus cuentos de dobles, que ningún hombre sabe quién es antes de entrar a la batalla.

Cuando Paco –a quien recuerdo sonriente de una sonrisa socarrona y apenas insinuada que sucedía más en sus ojos que en la boca– se enfrentó a sus cinco minutos, cuando entró en batalla, supo quién era y supo lo que era: un escritor.

Escribió, Paco, los últimos años, de manera frenética. Pero no por eso descuidada. Porque no estaba escribiendo sólo historias. Y lo sabía. Hizo, entonces, de la arquitectura de las tramas pero también de la ingeniería de sus personajes y la artesanía de la prosa de sus libros una declaración de amor y respeto por la palabra escrita.

Así, pienso ahora, en estos momentos en que su muerte –y la de Hugo y la de Carlos– me recuerdan lo que nunca deberíamos olvidar, así deberíamos escribir siempre. Como si cada párrafo, cada personaje, cada historia pudiera ser la última.  Y sonriendo.

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Cuando nos conocimos me tomó un rato, corto, vencer el prejuicio que me imponía su elegancia para vestir. Es fácil imaginarse que yo desconfío de la gente elegante. Imagino que el debe haber tenido que vencer algunos prejuicios conmigo –no estoy seguro, debería preguntarle algún día a Bef, su hermano y el mío– pero lo que si sé es que pasado ese momento se creó entre nosotros una corriente de complice camaradería.

En nombre de esa camaradería me gustaría recordarlo, despedirlo, con tres escenas:

En la primera, en 2017, estábamos sobre el escenario de la Feria del libro de Texcoco, junto a Inés, Imanol, el otro Paco –el jefe Taibo– improvisando, construyendo el argumento para una novela negra en tiempo real, en la que había un policía con problemas de dinero, unos feriantes a los que la habían robado varios metros de mecate, dos ladronzuelos de poca monta, un banquero corrupto. Cuando le tocó el turno Haghenbeck sonrió –con esa sonrisa insinuada que sucedía más en los ojos el turno y con su voz, sus modos y su ropa elegante– e ingresó en la historia a una pareja de sicarios que colgaban veintisiete cadáveres de un puente. Más tarde nos prometimos escribirla, terminarla entre los cinco. Ya no podrá ser.

La segunda es en Acapulco, una mañana en la que la resaca no me permitía casi nada y Paco me introdujo en el aliviador universo de la michelada. Otra vez su sonrisa socarrona. Él que ya habitaba los dolores recurrentes que su enfermedad proponía, sonriendo al ver como la michelada me daba alivio.

Por último, en el Museo Casa León Trotsky, en la tarde lluviosa en la que me acompañó en la presentación de mi novela Todos nosotros. Mientras esperábamos que llegara alguien que no iba a llegar, Paco me mostró en una papel las posibilidades múltiples de los mundos alternos y las temporalidades rotas. En alguna de esas lineas de ramificación paralelas, pienso ahora, debe estar sonriendo, socarrón y elegante. Y escribiendo.

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