Jeremías Gamboa

HAY FESTIVAL | En el Perú hay un desaliento grande, del que sólo se puede salir escribiendo: Jeremías Gamboa

“El discurso literario que está basado en la ironía es lo único que puede acercar a una visión más compleja y agridulce de las cosas”, dice el escritor peruano en una charla mantenida en Querétaro, sede del Hay Festival.

Ciudad de México, 9 de septiembre (MaremotoM).- En Animales luminosos (Literatura Random House), de Jeremías Gamboa, hay una narrativa cercana y palpable. No quiere decir que su primer libro, ese que lo convirtiera en alguien conocido con el beneplácito de Mario Vargas Llosa, Contarlo todo, no tuviera como tienen todos los libros latinoamericanos algo para identificarse y sufrir y gozar al mismo tiempo, pero en esta, su segunda novela (que tardó más de siete años en escribirla) hay una mirada pasiva y una cierta necesidad de borrar las señas de identidad.

Es una novela rockera, pienso, mientras me encuentro al escritor en el Hay Festival, con la cara cansada, al otro día muy temprano se iba a Dallas, pero también lo suficientemente atento como para grabar la entrevista en dos dispositivos (por si alguno fallaba).

Animales luminosos es una novela íntima inspirada en experiencias personales del propio autor, quién estudió una maestría en un campus de Colorado, en los Estados Unidos y al mismo tiempo la experiencia de la amistad en la juventud, donde el amor se expresa en varias direcciones, con una maestría propia e irrepetible.

­–Después de Contarlo todo, vuelves con una historia de universitarios que me hace acordar mucho a Alberto Fuguet y a Jeffrey Eugenides

–Esta novela me tiene más tranquilo que el lanzamiento de Contarlo todo, aquello fue muy aparatoso, ahora estamos yendo de país en país, con un perfil más bajo y más cómodo. Lo aconsejable en materia de industria editorial era publicar dos o tres años después, pero esto marca los procesos de cada uno y eso no se puede forzar.

–Hablas de los locos sueltos y pienso que los locos antes eran locos lindos, hoy son peligrosos

–Hay un loco romántico, un loco poeta, a una persona que le falta un tornillo en el buen sentido, que se pregunta las cosas, no cree en el principio cartesiano de la realidad, pero ahora están ese tipo de locos que están disociados por una serie de circunstancias interiores y con discursos que pueden convencer de hacer atentados, como ese atentado a la vicepresidenta de Argentina que me mencionas o como el atentado a Salman Ruhsdie, en Chautauqua Institution, en el Estado de Nueva York. El libro plantea esa situación y que se agregue a la locura como un medidor de urbe. Era bien interesante ponerlo en el campus universitario, en Estados Unidos son como burbujas, apartadas de las ciudades, en donde se generan discursos, opiniones, ideas, sobre los personajes y sobre el mundo. Esa primera conversación que abre la novela me parece que es una conversación que se hace a esa edad, cuando tienes todavía una cantidad de páginas en blanco por vivir. En ese sentido sí me identifico con lo que dices de Alberto Fuguet, esta novela es muy dialógica y me alegra mucho que él haya tenido una lectura favorable del libro.

Jeremías Gamboa
Esta novela me tiene más tranquilo que el lanzamiento de Contarlo todo. Foto: Cortesía

–La autonomía está siendo quebrada, no hay un lugar donde uno se sienta autónomo

–Eso es muy complejo, en realidad, en Perú ocurre una polarización que está llevando a los extremos, el artista tiene una conciencia creativa donde a veces escribe sobre locos poetas y locos disociados, pero sucede mucho. El discurso literario que está basado en la ironía es lo único que puede acercar a una visión más compleja y agridulce de las cosas. La literatura no puede ser una verdad absoluta, que es lo que genera este tipo de atentados o de ataques. Eso pasa en todas partes del mundo, en América Latina, a partir de una polarización grande ni las librerías son espacios libres.

–Cuando los escritores hablan del Perú, jamás se ponen en una posición de izquierda, pareciera ser que es un Perú de la derecha…

–¿Te parece? Creo que hay varios escritores que han organizado esto desde una nueva representación. Está Gabriela Wiener, que es izquierdista, que es feminista, que ha publicado un libro Huaco Retrato, que es maravilloso. Lo que decías hace un momento de la conversación de la novela, que empieza con tres estadounidenses que conversan sobre el estatuto de la ciudad, le dan voz a un hombre marrón, a un cholo. Luego aparece un personaje femenino que también termina haciendo la discusión. Ahora que me planteas esto, pienso en la investigación literaria, los hombres criollos, blancos, discutían sobre el Perú, si se jodió o si no, pienso en Mario Vargas Llosa y en Julio Ramón Ribeyro. Esas voces fueron muy importantes, había como esa visión de hombres trascendentes. Me parece que mi generación (nació en 1975) y las que van a venir después instalaron nuevos actores sociales y demográficos. No sé si adscribir esas visiones a la derecha o a la izquierda, no creo que la literatura deba decir cómo se tiene que cambiar el país, pero sí debe problematizarlo, mostrarlo, analizarlo. Hablo de Gabriela Wiener, hablo también de Josep Zárate, es un escritor que habla sobre lo selvático, lo que estoy empezando a hacer yo, que entra una visión que antes se consideraba subalterna y ahora está en el centro. Una mujer de los márgenes que resitúa la discusión sobre el Perú.

–Hace 10 años uno veía al Perú Gastronómico, a un Perú donde había nacido Juan Diego Florez, uno veía a un Perú renacido, que hoy ha vuelto a esa zona oscura

­–Sí, así es. Me gustaría pensar que es un momento, pero probablemente se trate de ciclos históricos, un ciclo de bajada, que he vivido de chico, con Sendero Luminoso, con democracia débil, con dictadura militar. Volvimos a la dictadura de Fujimori en los ’90 y luego se recupera la democracia que es estable durante 15 años. Todos esos presidentes terminaron en la cárcel. Hay una crisis muy grande de la representación. En las elecciones aparece eso que niega la gastronomía, que tenía un elemento muy interesante, era democrática. Había como una alta cocina peruana, muy prestigiosa y una comida doméstica sabrosa. Había una sensación de que se podría generar un lugar para pensarnos como un nosotros, como una comunidad. Eso se han caído. Las campañas y los políticos han desinhibido un discurso racista en contra del presidente Castillo, un presidente pésimo, además…

–Lo que pasa es que el poder sigue estando en nuestro continente en las corporaciones

–Me parece que lo ideal es que haya una buena izquierda, para que la derecha también sea razonable, pero lo que ocurrió es que hay presidentes con discursos de la izquierda, pero que han gobernado a la derecha. Falta el acceso a la salud y a la educación. Los discursos en la elección fueron de los dos extremos. Lo del presidente Castillo va a desprestigiar a la izquierda, creo.

Jeremías Gamboa
En Perú falta el acceso a la salud y a la educación. Foto: Cortesía Facebook

–¿Dónde está la cultura del Perú hoy? Lo hemos visto en la reciente Feria Internacional de Guadalajara

–Hubo una lista antes y el gobierno de Castillo no reconoció a siete escritores peruanos, entre ellos Gabriela Wiener. El primero que renunció fue el escritor Rafael Dumett, el autor de El espía del inca. Fue una representación del Perú bastante incompleta. Es una feria del libro, que tiene un interés comercial altísimo, Santiago Roncagliolo, Alonso Cueto, renunciaron y fue muy polémico.

–Tú, que has vuelto al Perú ¿Qué piensas del país?

–Yo lo veo con bastante desaliento, hubo un momento de predictibilidad que te permitía trabajar, los que tienen mucho trabajo son los periodistas, porque aparece un escándalo tras otro de corrupción y del Congreso. Eso es muy desalentador para los que hacemos ficción, que tiene un tiempo de cocción diferente al de la realidad, se mete mucho en el trabajo. Hay un desaliento grande, del que sólo se puede salir escribiendo. Más allá de los gobiernos, tenemos una cultura racial, social, difícilmente superable. Hay un racismo centenario que viene desde la Colonia. Lo que sí podemos hacer es elaborarlo, preguntarlo, metaforizarlo o discutirlo. Nuestra herida es política. El movimiento Sendero Luminoso fue hiperradical y ahora tenemos una fuerza de derecha brutales, van a presentaciones de libros y molestan. En el Perú el problema es que hay muchas naciones dentro de una nación.

Jeremías Gamboa
En el Hay Festival conversó con Irma Gallo. Foto: Cortesía

–Este Animales luminosos está escrito para la juventud peruana e incorpora cierto elemento de esperanza

–Yo me niego a escribir una novela para desamparar al lector. Hay novelas así, pero me interesa dejar sobre el final un claroscuro. Que no sea una ñoñez, pero es la metáfora la que alumbra eso. Me gusta trabajar para mí hacia ese sendero luminoso, a veces es clara y dulce, pero a veces es Sendero… ¿verdad? Me gustó mucho una reseña que hizo Emiliano Monge que describe a la novela como una bola de fuego. Me encantó.

–Yo creo mucho en las nuevas generaciones

–En el Perú no ha habido tanta producción y tan variada como la que ha hecho las nuevas generaciones. Los nacidos en los 70 y esta generación ha encontrado que tiene un correlato en los autores nacidos en otros países. La que viene es 2 punto cero.

–¿Qué pasa con los escritores peruanos y Mario Vargas Llosa, es como Borges en Argentina?

–Sería muy mezquino negarle a la obra de Vargas Llosa el tamaño, la variación, la progresión de géneros que ha tenido. El enorme predicamento que tuvo. Un libro como Pez en el agua fue muy influyente. Sin duda ha sido muy importante y lo que ha ocurrido también es una revalorización de la figura de Ribeyro, que es homenajeado en Animales luminosos. Vargas Llosa no dice el Perú, porque ningún autor puede hacerlo. Ribeyro tiene ese lado gris, flaco, tan peruano también.

Jeremías Gamboa
Editó Literatura Random House. Foto: Cortesía

Fragmento de Animales luminosos, de Jeremías Gamboa, con autorización de Literatura Random House

Salvo por el claroscuro, se diría que la escena es demasiado simple. Una calle desierta de nombre anodino en un sitio así, en una noche cerrada, no tendría ningún interés si no fuera por las luces del único local iluminado: el contraste que se forma entre las tiendas y oficinas de ventanas apagadas como los ojos de un miope echado a perder y ese restaurante solitario que resplandece discretamente y revela un ambiente semivacío porque está a punto de cerrar. Más allá de sus cristales se distinguen apenas dos mesas ocupadas: una con una pareja algo cansada de conversar y otra en la que una mujer le habla a un hombre que quizás la escuche, pero que mira con insistencia hacia el exterior, como buscando algo que se le hubiera perdido. El resto del espacio interior lo compone un grupo de mesas vacías resaltadas por velas bajas que configuran una pequeña constelación que parece haberse refugiado del frío exterior de la noche. Las pequeñas luces se suceden unas a otras hasta extraviarse en el fondo, donde son emboscadas por las sombras.

Quien habita la escena con sentimientos encontrados es Todd, el chico que trabaja como anfitrión de ese restaurante que lleva el nombre de un animal de esta zona de la llanura norteamericana donde él no nació ni se crio, y a la que aún no se acostumbra del todo. Todd es de Minneapolis y ahora tiene veintiocho años. Le complica sobre todo esa mezcla de campo y sofisticación que rodea a la universidad por la que vino a vivir aquí hace tres años. Consiguió este puesto a tiempo parcial hace casi dos y le gustó porque queda cerca a su casa, en esa zona límite entre las viviendas iluminadas de manera cansina y el resplandor de los edificios del Centro. Le gustó también porque la paga es buena, el ambiente es amable y su puesto, que logró debido a la armonía de sus facciones, la belleza pálida de sus ojos celestes y ese aire de elegancia que despide todo el tiempo sin necesidad de hacer ningún esfuerzo, es bastante mejor que atender en una cadena de comida rápida o emplearse en una fábrica. Tres veces por semana, Todd cumple su medio turno de la mejor manera que puede. Estos horarios le dan tiempo para los estudios, para salir de vez en cuando a la noche y para seguir rumiando los planes que se ha trazado para el futuro. Es verdad que hay vértigo en ellos, pero la presión es como la de cualquier trabajo y él se ha vuelto experto en el suyo.

Hoy, por ejemplo, Todd llegó temprano como siempre y antes de que el cielo hubiera terminado de oscurecerse se puso el pantalón, los zapatos negros, la camisa y el saco impecablemente blanco que constituyen su uniforme. Luego ayudó a comprobar que sus compañeros hubieran terminado de vestir las mesas del restaurante con manteles y servilletas de tela en forma de antorchas, acomodó las velas cerradas en urnas delicadas, colocó un par de tarjetas de reserva, abrió la puerta del restaurante y sacó el atril de luz con la carta que puso a un lado de la calle. Finalmente, con la mejor disposición, se detuvo en la puerta a esperar a los clientes. A todos les dio la bienvenida con su mejor sonrisa mientras recogía sus abrigos y bufandas y guantes, chequeó el libro de registros colocado sobre el atril interior con la lista de las reservas, trató de recordar el nombre de muchos de ellos y de pronunciarlos de un modo tal que les hiciera sentirse bien, y los condujo a sus mesas, donde los vio desarmar las servilletas de tela para llevárselas a las piernas y hojear la carta sin detenerse a mirar la lista de precios. Como siempre, Todd les sugirió un aperitivo y supervisó la manera en que revisaban los platos, atento para recomendar el vino que mejor maridaría con las carnes de res o de cordero o de ganso o de avestruz o de salmón. Comprobó la efectividad de sus sugerencias en la fluidez con que recibió las órdenes, pero también en la naturalidad con la que las parejas, ya cómodas, hablaban de los asuntos de la casa, del ejercicio de sus profesiones, del futuro de sus hijos o de la situación económica y política en su país. Todd vigiló a los comensales como un halcón a la espera de cualquier señal que requiriera su intervención. Los vigiló sin dejar de sonreír con el miedo agazapado de que alguno tuviera una queja sobre un plato o sobre alguna copa que hubiera quedado vacía. Cuando notaba un movimiento en una de las mesas, se acercaba para asesorarla, y su atención crecía si llegaba el momento de los postres, el café descafeinado o los tragos de sobremesa. Sabía que en todos sus movimientos era preciso emplear una elegante intensidad, la voz nítida y ligeramente elevada, el movimiento grácil de sus manos delicadas y hermosas. Todo era así hasta el momento inevitable en que un cliente —por lo general, un hombre de edad, listo para volver a casa— hacía ese ademán universal de firmar en el aire que lo obligaba a avisarle a uno de sus compañeros que preparara la cuenta de esa mesa. El cliente pagaría con tarjeta de crédito y dejaría una propina obligatoria mientras él se acercaba a la puerta dispuesto a entregarles a todos sus abrigos y también sus guantes y gorros antes de sonreírles por última vez y desearles que regresaran pronto. Lo demás era la rutina. Una y otra vez las mesas, una y otra vez la mirada de halcón, una y otra vez las manos juntas a la altura de su pecho y la leve genuflexión hasta que el local quedara vacío, o casi. Las noches menos felices, dos o tres parejas a las que les gustaba hablar mucho después de la cena solían quedarse pidiendo cocteles hasta tarde y, en un punto de la oscuridad, habría que traerles la cuenta porque el local tenía que cerrar debido a su licencia. Esta no parece ser una de esas noches. Todd ha encontrado un momento para dirigirse a la barra donde están los chicos que han venido por él, de modo que va hacia allí. Descubre que delante de los tres hay un grupo de copas mojadas y decide que las secará mientras hable con ellos.

—¿Y entonces? —se escucha decir, y de pronto se da cuenta de que su tono es más alto que el que sus compañeros han estado empleando y de que además ha sonado un poco artificial porque su turno de trabajo aún no ha acabado—. ¿Resolvieron su discusión?

Se trataba de definir si el sitio aquel en que vivían todos era no era una ciudad. Así de antojadizo. Él había dejado la discusión a medias porque tenía que trabajar en las mesas. Ese era el tema que había recordado al primer respiro y que ahora retomaba.

—Es decir, ¿llegaron a una conclusión? —agrega, y toma la primera copa para secarla.

Los tres chicos del otro lado de la barra, de espaldas al grupo de mesas vacías, se le quedan mirando un segundo. Lo único que parece unirlos es la juventud. En todo lo demás se les ve distintos, aun cuando en conjunto los hermane su radical diferencia con los clientes habituales del restaurante.

—No nos lo hagas recordar —le dice uno de ellos, sentado en uno de los extremos de la barra, un tipo de piel tan uniforme y tostada que hace pensar en el verano. Ese tono contrasta bellamente con sus ojos color de miel. Se llama Nico y es de Tucson, aunque sus padres nacieron en Colombia. Tiene veintiséis, viste una chamarra de cuero marrón que resalta sus ojos y un jean. A diferencia de los otros dos, que tienen copas semivacías de vino al frente, él está tomando ron de un vaso pequeño.

Todd le sonríe:

—Pues para mí es una ciudad excelente —dice.

Nico está por asentir, pero lo interrumpe el chico sentado en medio de ellos, el único de los otros tres que tiene la piel blanca, como Todd, aunque no es rubio como él. Tiene el pelo negro y algo alborotado y los ojos de un color verde muy intenso, tan intenso que a veces parecen azules, e incluso más azules que los pálidos ojos azules de Todd. Le dicen Nate y es de Seattle. Tiene veinticuatro años.

—Vamos, Todd —dice—. Sabes muy bien que no es ni siquiera una ciudad. Un college town jamás lo es y esto es eso, un simple college town.

Nico hace un gesto desesperado de mirar al techo y se ríe. Compone el ademán teatral y divertido de quien está acostumbrado a las opiniones radicales y a veces realmente extrañas de su compañero. Nate tiene ideas muy extremas acerca de todo, empezando por su crítica a las industrias alimentarias del país o al hecho de que en este restaurante se sirva carne de animales.

—En Sudamérica le dicen ciudades universitarias, ¿verdad, Nico? —dice Todd. Cada cierto tiempo le gusta decir frases así, en idioma español, y cotejarlas con quien sepa el idioma—: ¿Lo pronuncié bien?

—Las llaman así, es verdad —responde Nico, pasando por alto la pregunta de su amigo sobre la pronunciación y volteándose para decirle algo a Nate—: Si las llegaras a ver, tú que también quieres viajar a Sudamérica, te vas a decepcionar. Son solo un grupo de edificios sin gracia cercados por una larga reja gris. A veces no tienen ni pasto. Como condominios de última. Nada ni remotamente parecido a los campus que tenemos aquí.

—¿Y les llaman así, ciu-da-des? —dice Nate, pronunciando la última palabra en un esforzado español.

Nico se encoge de hombros.

—Latinoamérica —dice, en tono irónico.

—Pero tampoco por eso vamos a considerar que este lugar en el que vivimos es una ciudad —contraataca Nate—. Un campus universitario inmenso y sin rejas rodeado por algunos condominios y barrios alrededor en el que solo viven estudiantes no puede ser una.

—Sabes que vive mucha gente que no es de la universidad —dice Todd, haciendo un gesto de señalar a las mesas vacías con la cabeza.

—No pienso discutirlo más con Nate —dice Nico, que cruza los brazos de forma acentuada y hace que los demás se rían en la barra—. No pienso discutir de nada con Nate. Este sitio tiene todo lo que define a una ciudad más allá de que haya un campus universitario en ella o no.

Nate está por añadir algo, pero de pronto se interrumpe. Todd ha estado limpiando unas copas y las ha ido colocando sobre las cabezas de sus compañeros cuando le ha parecido ver movimiento en una de las mesas y los ha dejado de súbito para hablar con uno de los últimos clientes de la noche, que ahora le pide la cuenta. Después regresa a la barra. Es camino a ella que Todd cobra conciencia y deposita sus ojos en el tercer chico que los acompaña, un muchacho que no había visto antes en el campus y cuyo nombre no ha retenido. Él y Nico lo acaban de conocer hace un par de horas porque Nate llegó con él. Solo por eso. Es la figura que más desentona con el ambiente. Es cierto que es tan alto como ellos, solo que su piel, que es de un color ligeramente más claro que la de Nico, no hace pensar en playas, sino en el hábitat de un bicho asustado que ha venido desde muy lejos: sus rasgos son irregulares; sus ojos, pequeños y algo ensombrecidos; el corte, poco juvenil; y también extraña la ropa que lleva puesta, que lo hace parecer de otro tiempo. Su chompa, por ejemplo, parece tejida a mano con una técnica difícil de describir. Y, además, es posible que haya pasado la barrera de los treinta.

—¿Qué piensas tú? —le dice Todd de un modo amable—. ¿Estás de acuerdo con lo que estos hablan?

Entonces el tipo parpadea. Al principio parece que le costara entender que se dirigen a él, pero así ha sido, de modo que hace esfuerzos por salir de un letargo que podría ser ensimismamiento o simple distracción, pero que en él parece marcar el lento despertar de una larga hibernación.

—Sí, ¿qué piensas tú? —agrega Nico—. No has hablado mucho desde que llegaste.

Él vuelve a parpadear. La imagen de los tres hombres que hablan en un idioma diferente al suyo de pronto adquiere otra dimensión, gana cierta sustancia, se transforma en un hecho y ese hecho ocurre aquí. Está sucediendo, de eso no hay dudas, y en esa consciencia hay una especie de umbral. Él existe y está en un sitio en el cual, desde que entró, le ha parecido estar a ratos dentro de una pintura y a ratos en la imagen de un sueño. Durante el tiempo que ha pasado en la barra, los otros hablaron y él ha intentado seguir la conversación lo mejor que ha podido, aunque sabe que no la ha captado del todo, o al menos no como le hubiera gustado captarla o como capta el idioma de ellos en los canales de noticias y en ciertas charlas académicas. Igual, está seguro de haber entendido que Nate y Nico vienen a la barra de este restaurante donde trabaja Todd cada tres o cuatro semanas, que lo hacen cuando Todd se los indica, y que lo volvieron hábito en el primer trimestre académico de este año que ya se acerca a su fin. Sabe también que Todd es roommate de Nate y que Nico es el mejor amigo de Todd. Nico visitaba mucho a Todd y así conoció a Nate, que habla un poco de español y adora la literatura latinoamericana tanto como la rusa, pese a que jamás ha estado en un país donde se hable español, ni siquiera en México. En la casa de la calle Canyon que Nate y Todd alquilan, Nate y Nico se hicieron amigos porque ambos comparten la afición al béisbol, que a veces miran tomando cervezas que nunca pasan de esas muy ligeras que los estudiantes suelen beber en los campus de este país. Era increíble que los cuatro estuvieran juntos en una barra vacía de ese restaurante tan elegante al que jamás se le habría ocurrido entrar por cuenta propia. En algo parecido ha estado pensando en todo este tiempo antes de que Todd le hiciera la pregunta. Él es el nuevo en este país y también nuevo en este Estado y a la vez es nuevo en este sitio y apenas los conoce a ellos. Si está empezando a vivir esto aquí, es solo por Nate.

—Depende de qué entendemos por ciudad —dice finalmente, y le parece muy extraño escuchar su voz.

Los demás lo miran con cierta expectativa mientras él trata de ordenar las palabras que conoce para decirlas en el idioma que no maneja.

—Es decir, creo que esta es una, pero no sé, nunca me había imaginado una ciudad tan llena de ardillas o alces.

Los ojos de los demás siguen depositados en él.

—Es decir. Es, seguramente. Pero ocurren cosas aquí que yo tomaría por historias del campo. Una noche, por ejemplo, me pasó algo increíble: caminaba cerca de donde vivo cuando me encontré con un animal inmenso…

—Bueno —lo interrumpe Nico—. Washington D. C. tiene alces también y es una ciudad.

—Que tenga alces no la hace ciudad, Nico —salta Nate—. Que los aplasten los carros en las calles, quizás. Yo podría llevar cuatro alces de aquí a Seattle y no sobrevivirían una hora.

—Pero acá aplastan a veces a los venados y a los mapaches —dice Todd, intentando hacerse el divertido.

Todos se miran y Todd hace un gesto risueño antes de mover la copa a un lado para ver si está impecable. Luego mira hacia la única mesa ocupada en el restaurante en la que un hombre parece buscar su billetera en el saco que cuelga de su silla.

—Vamos, solo basta pensar en dónde estamos ahora —dice, cambiando el tono, vertiendo la botella de vino blanco en las copas de Nate y del chico al que trajo—. No hay lugares así de sofisticados en todos lados. No encuentras un restaurante como este en cualquier lugar de Colorado. Salvo en Denver.

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—¡Denver! —salta Nate—. ¡Denver es una ciudad! ¡Esta no! ¿Cómo va a existir un lugar que se pretende ciudad cuando su periódico local coloca como noticia de tapa que un grupo de mapaches atacó a un conjunto de autoridades de la universidad a la salida de un congreso celebrado de noche?

—Eran mapaches rabiosos —intenta bromear Todd.

—Podemos decir que es una ciudad tranquila —tercia Nico—, una ciudad pequeña y tranquila en la que no pasan grandes cosas.

—Pero ojo —añade Todd—, tan tranquila no es: parece tranquila. Pasan cosas tremendas y torcidas. Está el tipo ese que esclavizó a una niña durante cuatro años seguidos en una habitación cerrada para ultrajarla, ¿no? Eso es de película de terror. El otro día apareció en la tapa del Denver Post. Se veía el helicóptero que lo traía aquí con la vista de las montañas detrás.

—Bueno, y está el escritor demente que se va más allá de las montañas y persigue a su propio hijo, de apenas cinco años, para matarlo —dice Nico—. ¿Se acuerdan? Ese que cuida del hotel: ese también era de aquí.

—¿Jack Torrance de El resplandor? —dice Nate—. ¡Eso no cuenta!

—Es una película —dice Todd.

—Y no está basada en hechos reales —agrega Nate.

—Pero si el tipo es un tremendo orate y lo hacen vivir aquí no es en vano, ¿no? —dice Nico—. Si el director lo saca de aquí es que es verosímil que haya gente muy enferma viviendo entre nosotros, tanto como en las grandes ciudades.

—También hicieron aquí una serie sobre un marciano llamado Mork, ¿te acuerdas? —contesta Nate, riéndose—. El marciano hacía compras en la calle Pearl. Salían él y una chica llamada Mindy, y ella llevaba un polo de la universidad.

—Esa casa está cerca —le dice Todd a él, haciéndole un guiño.

—Pero ¿qué se puede deducir de algo así? —se ríe Nate—. ¿Que todos somos marcianos?

—¿Ya ves, Todd? —dice Nico, quejándose—. Tarde o temprano, Nate lleva la conversación al absurdo. Hoy sí estás imposible, Nate.

Todd les sonríe con el rostro con el que ha conseguido el trabajo que tiene y con el que, piensa ahora él mientras guarda silencio, podría conseguir el puesto que le viniera en gana; luego los deja porque los clientes de la última mesa se han parado y van hacia la puerta. Los tres se quedan en silencio por unos segundos en los que aprovechan para apurar un trago. Él se da cuenta de que los imita, como si sus movimientos todavía no tuvieran autonomía. Está pensando en eso cuando al rato vuelve Todd.

—A lo mejor colocaron a ese escritor loco solo por el asunto del manicomio —dice el anfitrión, mientras dispone sobre la barra un par de postres. Seguramente se arruinarían si nadie los consume esta noche, lo mismo que el vino abierto—. Tenemos el manicomio más grande de esta parte del oeste. Gente que prefirió explotar dentro de su mente antes que recordar algo horrible de su pasado. Ese privilegio solo es de ciudad.

—También tenemos el mayor índice de locos sueltos de todo el Estado —dice Nate—. Pero el hecho de que haya locos o asesinos no convierte a este lugar en una ciudad.

—¿Cómo que no? —salta Nico, teatralmente. Le está siguiendo la cuerda a la broma de Nate solo para continuar con la charla y porque Nate realmente le cae bien.

—En A sangre fría dos tipos matan a una familia entera en Holcomb, Kansas, y no por eso Holcomb se ganó el título de ciudad —dice Nate.

Nico vuelve a mirar el techo y abre los brazos en un gesto dramático de ruego y después de eso baja la mano en un gesto de rendición y le pide a Todd una cerveza. Todd se la alcanza y les pregunta a él y a Nate si quieren otra. Sus copas ya están vacías. Ambos le dicen que sí y Todd se las deja abiertas sobre la barra antes de irse a las mesas. Les han dado un par de sorbos cuando Nate pregunta qué piensan hacer esta noche en la ciudad y los otros dos se ríen. Él no dice nada porque no tiene nada qué decir. Nico le habla a Nate de una chica cuyo nombre se le escapa y Nate le devuelve la pregunta con el nombre de otra; parece un duelo tenso que se resuelve cuando Nico levanta los hombros en un gesto que contiene algo de resignación con un poco de indiferencia. Cuando Todd vuelve le preguntan qué piensa hacer esta noche y Todd dice que esperará a que la cuenta del trabajo cierre y entonces todos podrían irse a algunas fiestas con chicas. Lo dice así, en español, y lo mira a él; luego sonríe de un modo encantador y hace un gesto que contiene un poco de esperanza y algo de tristeza. Nate lo mira a él, que ha seguido la conversación en silencio, y le hace un ademán que indica que también está incluido en el plan.

—¿Vienes con nosotros? —le dice Todd, formalizando la invitación.

—Claro —contesta él, y al decirlo siente que algo dentro de sí se ha iluminado o se ha intensificado, aunque no sabría determinar qué ha sido exactamente; se parece a la alegría que uno siente cuando una chica te acepta salir a bailar.

Todd los deja un momento para cerrar el local mientras Nico y Nate barajan opciones de lo que podrían hacer esta noche. Los nombres de los lugares de los que hablan no los ha escuchado jamás, ni las claves que dicen, ni la jerga que usan, y se siente como un niño aceptado en un equipo de gente grande que tiene propósitos que lo exceden. El silencio no lo molesta porque entiende que ellos saben que de los cuatro él es quien menos conoce la noche norteamericana, así que, por un momento, mientras los escucha sin prestarles atención, vuelve a pensar en el milagro secreto de estar incluido en un plan de chicos de este país. Hace unas semanas algo así le hubiera parecido imposible. ¿Cómo lo hubiera previsto? Normalmente, Nate y él se encontraban en un café dentro del campus, donde se reunían por espacio de dos horas para ejecutar el programa que se trazaron desde que se conocieron: hablar una hora en inglés, en la que Nate aprovechaba para presentarle palabras y expresiones que le serían útiles en la vida que pretendía llevar en este país; y otra en español, en la que él a veces practicaba algunas de las clases que le tocaría dar en esa universidad algún año próximo, cuando se le acabara la beca especial que lo obligaba solo a estudiar. Al principio tocaban temas impersonales y a juicio de ambos útiles para obtener vocabulario y aceitar la gramática —el clima, sus rutinas diarias, las clases—, pero no tardaron mucho en descubrir que algunos asuntos los apasionaban por igual y, entonces, el objetivo empezó a diluirse hasta un punto en que ambos se entregaron a una sofisticada mezcla de lenguaje corporal y spanglish para hablar casi exclusivamente de literatura. Nate contaba de su viaje a Rusia como parte de un intercambio solventado por la universidad y su amor por Bulgákov y El maestro y Margarita, pero pronto, por alguna razón u otra, recalaba en los autores del boom —sobre todo los de corte fantástico o sobrenatural traducidos a su idioma: Cortázar, Borges, García Márquez—. Él le preguntaba por la literatura norteamericana que adoraba y que, en parte, solía decirle, lo había animado a venir a este país. Las dos horas pasaron a ser más de dos horas y un día Nate le propuso empezar a encontrarse en el Centro, en la calle Pearl, que era un lugar más animado.

Uno de esos días había sido hoy. Esta tarde de viernes la conversación fue más intensa que otras veces, al punto de que se extendió por casi tres horas y, al final de ellas, Nate le preguntó si no quería seguir conversando y quizás ir a ver libros usados a unos locales que quedaban cerca. Él dijo que sí, ¿por qué no?, y entonces los dos continuaron su charla en una tienda de libros de segunda mano llamada Red Letter, donde había cientos de títulos clásicos de narrativa norteamericana, y también de poesía, y entre ellos eligió un par que compró por recomendación de Nate. Fue a la salida de la tienda, frente a unas casas algo ya grises que había en ese tramo alejado de la calle Pearl en la que ya no había paseo peatonal, que Nate le dijo si no quería tomarse otro café, o a lo mejor una cerveza. Él contestó que la cerveza le provocaba. El aire enfriaba y el viento empezaba a soplar en la calle principal cuando entraron a un sitio con decoración hindú llamado Mountain Sun y se sentaron en una de sus mesas bajas a pedir cerveza casera. Él tomó lo que pidió Nate y brindó con él. Siguieron conversando sobre los libros que habían comprado, cuando Nate le dijo que su roommate trabajaba ese día en un restaurante de la calle Walnut, y que esa noche se habían dado las condiciones para pasar un rato a estar con él; si él quería, podrían comer algo en casa de Nate e ir luego al sitio de su amigo a tomar algo sin pagar. ¿Le interesaba? Él le dijo que sí, aunque como no esperaba una propuesta de ese calibre quizás no fue tan enfático en su afirmación. Ya estaban parados en medio de la calle Pearl tras las cervezas en el Mountain Sun cuando Nate le planteó nuevamente su idea y esta vez él le dijo que sí, le dijo que, sin lugar a dudas, eso o cualquier otra cosa que Nate propusiera; la verdad es que él no tenía nada que hacer esa noche ni ninguna otra noche, pues su única actividad durante los fines de semana era precisamente esa, juntarse y conversar con Nate.

Nate le dijo que su casa estaba muy cerca, así que ambos tomaron una transversal a Pearl y caminaron por ella mientras el cielo se oscurecía. Dieron con la calle Canyon, que era donde estaba la casa que Nate compartía con Todd y con Sofía, una jugadora de softball de la universidad. La casa era como muchas que él había visto durante los pocos meses que llevaba allí: un departamento en un edificio corto de madera de un color sombrío y a través de cuyas escaleras exteriores se llegaba a una especie de loft que ocupaba parte de lo que serían el tercer y cuarto pisos. Nate abrió la puerta y ambos entraron a un ambiente común de techos altísimos que más bien parecía la sala de estar algo derrengada de una película ya vista. Había una tele de grandes dimensiones, unos muebles y cojines de diversas procedencias, una cocina mediana que compartían todos los que vivían allí y, a un extremo, dos habitaciones que, le contó Nate, ocupaban Todd y Sofía. A un lado de la puerta de la cocina se levantaba una escalera de madera que trepaba pegada a la pared lateral y desembocaba en una especie de balcón interior con vista a la sala; en él, dos puertas anunciaban sendos cuartos sin duda más pequeños. Nate le propuso verlos y subieron. Uno, el primero, hacía las veces de almacén y allí se agrupaban los objetos más diversos de los habitantes anteriores y recientes. En el otro dormía Nate. Era un sitio reducido, iluminado por una lámpara de pie que apuntaba a un colchón sobre una tarima modesta y, al lado de ellos, regados en el piso, libros de poesía y narrativa, y también guías y revistas especializadas de ajedrez, y más allá una pequeña ventana que daba a una vista de jardines y plantas silvestres, y más al fondo un horizonte de casas similares a esta que desembocaban en el centro y detrás de las cuales se veían las montañas. Nate se lo enseñó rápidamente durante el tiempo que le tomó encontrar un par de cuentos que había escrito y que quería compartir con él. Mientras él leía algunos pasajes sobre un profesor de ajedrez que miraba con atención a una chica de ojos traslúcidos, Nate empezó a leer sus correos en la laptop. Lo escuchó teclear con intensidad y luego lo vio cerrarla de forma abrupta. Él intentó decirle algo sobre lo que había leído, pero Nate no estaba muy atento a sus opiniones. Parecía algo ido. Cuando salieron, Sofía había dejado su habitación y estaba ocupada terminando de prepararse para ir a un entrenamiento. Era rubia, gruesa y de baja estatura, tenía las mejillas coloradas y un aire rudo, pero su voz era suave y se puso a hablar con Nate apenas bajaron. Él pudo percibir, por un momento, la experiencia de estar por primera vez en un hogar en el que solo se hablaba inglés y donde tres chicos norteamericanos compartían su vida en la universidad. Era como estar en un set de televisión. Sofía se quejaba del horario impuesto por su entrenador, la locura de agendar una práctica en la noche del viernes, pero preparaba igual sus implementos mientras se consolaba en voz alta diciendo que al menos en esta casa Todd también trabajaba en esos horarios. Nate, en tanto, prendía la televisión del área común y se iba a la cocina a improvisar una sopa de berros y tomates que, al cabo de unos minutos, le sirvió a él en una mesa reciclada frente a la tele. Ambos la tomaron mientras Nate intentaba explicarle las reglas del béisbol aprovechando un partido de los Cardinals que se transmitía en vivo. A él le costaba entender todo lo que le decía Nate porque a la poca familiaridad de las palabras que se referían a los asuntos de ese deporte, y en ese idioma, se sumaba que no sabía absolutamente nada de béisbol, de modo que solo asentía sonriendo, fingiendo que había entendido casi todo.

Cuando ya se había hecho noche cerrada y un ligero viento de noviembre agitaba suavemente los árboles que se veían desde las ventanas, Nate le sugirió que dejara en la casa su morral con sus libros y él le dijo que sí sin pensarlo mucho, imaginando que luego volverían, y fue así como los dos salieron a la calle Canyon en dirección a Walnut y caminaron por ella hasta llegar a una especie de parque público que en verdad era un gran estacionamiento abierto donde parqueaban autos y camionetas. Cuando divisó el restaurante en el que trabajaba Todd, con sus luces interiores y el detalle del atril iluminado a un lado de la puerta, sintió una ligera aprensión, y cuando entrevió el ambiente que había del otro lado de las ventanas temió que alguien les prohibiera la entrada, pero felizmente eso no ocurrió. Todd no era cocinero, como había pensado inicialmente, ni tan siquiera uno de los mozos que atendían las primeras mesas ocupadas, sino el chico rubio y de ojos pálidos y azules vestido en impecable saco y camisa blancos que recibía a la gente una vez que trasponía la entrada y, luego, les indicaba a los comensales sus mesas. Cuando los vio llegar les abrió la puerta de manera diligente y le regaló una sonrisa a Nate, que lo presentó como un amigo, y una ligera venia a él. Nate y él caminaron entre los manteles blancos de las mesas y se sentaron a la barra para conversar entre ambos hasta que Todd tuvo un primer momento libre y, al acercarse, puso ante ellos de manera prolija dos copas impecables y sirvió un vino blanco ya abierto; dijo que era uno de los buenos de California. Él trataba de dejar atrás la imagen intimidante de tanta gente mayor, bien vestida y blanca que ocupaba las mesas y que no había visto nunca junta en un ambiente cerrado, y menos desde tan cerca. Felizmente estaban de espaldas a ellos, pensó. Al cabo de un rato llegó Nico, quien con toda naturalidad colocó los dos codos sobre la barra y pidió un ron. Nico y Nate intercambiaron las primeras palabras sobre las clases y el clima y también acerca de Todd, y en cierto momento salpicaron algunas frases en español como para acercarlo a él a una conversación a la cual no pudo integrarse.

Cuando Todd volvió a la barra un instante, llenó las copas de sus amigos y procedió a hacer las presentaciones formales. Él se enteró de que Todd estudiaba política internacional y Nico, negocios. Ya sabía que Nate estudiaba lingüística y les dijo que él estudiaba literatura hispanoamericana. Supo también que Nico y Nate se iban a ir del campus a más tardar en un año, aunque Nate señaló que tal vez se quedaría un tiempo para extender un par de cursos que le interesaban; los otros se rieron y mencionaron algo que tenía que ver con su habitación y quizás una chica, pero a Nate no pareció hacerle mucha gracia la broma. Todd se quedaría trabajando en ese lugar para ahorrar todo lo que pudiera e irse luego lejos. Eso dijo. A él, en cambio, le quedaban por delante dos años más si es que lograba extender la beca que había recibido; si lo aceptaban en un doctorado tendría que permanecer en esa universidad posiblemente cinco o seis años más antes de buscar trabajo como profesor en literatura. Los otros hicieron gestos de compadecerlo, pero al hacerlo sonreían, así que él no se los tomó en serio. Fue en medio de esas introducciones que Todd le preguntó a él qué le parecía este lugar, si creía que era una buena ciudad o no, y estaba por decirle que sí cuando Nate objetó el hecho de que Todd la llamase una ciudad, y entonces se enfrascaron en la primera parte de esa polémica que poco a poco terminó diluyéndose. Solo cuando las mesas se habían vaciado, Todd regresó a la barra con un aspecto más relajado a preguntar si habían resuelto o no el debate. Luego sirvió los postres.

Ahora Nico, Nate y él toman sus chaquetas y abrigos, salen del local y cruzan la calle sin sentir frío, acaso por acción del vino, el ron o la cerveza, y esperan en el inicio de ese amplio estacionamiento de arbustos y carros la llegada de Todd, que seguramente se está despidiendo de sus compañeros de trabajo que aún tienen que hacer cuentas y lavar platos. Mientras esperan y Nico mira las placas de los autos con las manos en los bolsillos de su chamarra acolchada en tanto Nate se detiene a observar el cielo, él se queda mirando el claroscuro del restaurante vacío del que saldrá Todd y luego encuentra que, más allá de los edificios, se percibe una extraña agitación. Nate se acerca a él y le explica que la próxima semana se celebrará el Día de Acción de Gracias y muchos alumnos de la universidad se irán de viaje este fin de semana o en el inicio de la próxima para pasar las fiestas con sus familias, de modo que están ansiosos por lanzarse a la noche después de una semana de clases ya que luego no podrán juerguearse durante dos semanas. Por eso andan así, revueltos. Él no tenía idea de que los feriados que se anunciaron tuvieran que ver con esa celebración. Ni siquiera sabe muy bien en qué consiste. En verdad, si lo piensa, no tiene idea de casi nada de lo que pasa en su universidad. Un compañero del departamento le dijo una vez, en una corta conversación entre clases, que era bueno empezar a leer periódicos locales para adaptarse a la comunidad, practicar el inglés e irse familiarizando con el lugar donde vivía. Él se hizo el firme propósito de cumplirlo, pero, a diferencia del hecho sorprendente de que podía recoger gratis una serie de diarios en cualquier paradero del condado, las noticias lo aburrieron y no se acostumbraba a ellas. Ahora se dice a sí mismo, con un poco de reproche, que no está haciendo lo suficiente para sentirse más cómodo en ese sitio, para pertenecer un poco más a ese lugar.

—Hay varias ofertas de noche —escucha decir a Todd, que se ha unido a ellos en el estacionamiento y con cuya presencia empiezan a caminar todos juntos, entre las sombras—. Eso es parte de una ciudad.

—Si estás en Dakota del Norte, seguro habrá varias granjas abiertas para bailar —dice Nate.

—Pero hablamos de ofertas de diferentes características —dice Nico—. En un pueblo cualquiera no encuentras en una misma noche una discoteca con música de los ochenta, un concierto de jazz, una fiesta de salsa, otra de samba y varios bares por todos lados, ¿o sí?

—Si puedes salir una noche sin quedar con alguien y sabes, a ciencia cierta, que no te encontrarás con nadie conocido, eso es una gran ciudad —dice Todd.

Los demás parecen asentir mientras se aproximan al Centro. Él piensa entonces que esa noche se sentirá de todos modos en una gran ciudad porque evidentemente no encontrará a nadie conocido, ya que no conoce a nadie. Salvo Nate y estos dos nuevos chicos, no ha hecho un solo amigo en el tiempo que lleva en este país.

Dejan atrás el estacionamiento y luego tuercen por la avenida Broadway rumbo a Pearl. Aún no ha nevado sobre el Estado, algo que él espera con ansias porque nunca en su vida ha visto nevar, pero ya lo sorprende la fuerza del viento que por momentos aparece en la planicie y lo desordena todo; ciertas noches golpea con violencia la ventana interior de su cuarto y ahora es ese ramalazo de aire helado y seco en contacto con su piel y disociado del calor de su cuerpo bajo la ropa de invierno a la que sí se ha habituado. No ocurre lo mismo con la agitación de las luces que se concentran en la calle central y la arquitectura de esas construcciones de ladrillos rojos caravista que no son lo suficientemente altas para llamarlas edificios, pero tampoco completamente bajas para denominarlas casas. Los cuatro entran en la calle Pearl. Aquí todos los inmuebles tienen tres pisos, o cuatro a lo sumo, y en todos hay oficinas, agencias bancarias o restaurantes, lo que sea que no remita a un hogar. Este es el Centro, su punto neurálgico. A veces, cuando ha caminado por aquí de día, le ha parecido entrever debajo del trazado de estas casas y estas esquinas el pueblo rudo y hasta salvaje que alguna vez debió haber sido este sitio. Le pasa de otro modo ahora que recorre la calle de noche bajo las luces poderosas del paseo peatonal. Esta calle fue seguramente la primera y sobre ella pasaron cosas que él no podría ni imaginar; en sus flancos los inmuebles parecen versiones superpuestas y modernas de las construcciones del recio lejano Oeste, aunque entre ellas ya no es posible ver la tierra rancia de otros tiempos o las débiles lámparas alimentadas de aceite de ballenas, sino una serie de árboles algo deshilachados por la estación y estratégicamente plantados en la vía peatonal, bancas acogedoras en las que casi nadie se sienta por el clima, hermosas librerías y cafés todavía iluminados. Todd, Nate y Nico caminan a su lado y observan lo mismo que él: piquetes bulliciosos de estudiantes que entran y salen de los bares, algunos chicos en skates, artistas callejeros que juegan con fuego o con aros o cartas de baraja gigantes ante la atención de algunos transeúntes.

Él saca un cigarrillo de su chaqueta e inmediatamente Todd le pide uno. Primero le ve darle una calada intensa, como si hubiera querido fumar hacía ya un tiempo, y luego de agradecerle lo mira emparejarse con Nico, que va adelante. Él se acomoda al lado de Nate. Nate intenta hablar español y le dice en una mezcla de idiomas que esos dos de adelante son un par de rompecorazones y que verlos en acción va a resultar divertido. A él le parece que lo que Nate dice es cierto, sin duda, pero a la vez irónico. Cuando camina con Nate resulta común ver cómo a las chicas les cuesta no mirarlo: sus grandes ojos de un color azul esmeralda y el pelo negro cayendo con libertad sobre su piel generan un impacto inmediato. Una vez le pasó que una compañera española de su clase, una de las más guapas de su departamento y que nunca se había acercado a él, lo hizo para preguntarle si el chico con el que se reunía a conversar en ese café de la avenida Broadway, a un lado del campus, era el mismo que trabajaba en el mostrador de la biblioteca; cuando él asintió ella lanzó un grito teatral de arrepentimiento por no haber sido ella quien aceptó el intercambio de charlas en inglés por español que, al inicio del trimestre, había propuesto vía email ese chico norteamericano sin rostro llamado Nate. A él también le llamó la atención la belleza de su interlocutor la primera vez que lo vio, y hasta se sintió ligeramente nervioso. Ahora el nervioso parece Nate y él no puede explicarse bien por qué. Había algo realmente impresionante en salir una noche de fiesta con ellos. Era extraño caminar junto a los otros tres, formar parte eventual de ese grupo en esa noche, y mientras experimenta esa sensación de irrealidad y satisfacción se percata también de que posiblemente él no dé la talla, pero luego de un momento no le importa: no tiene nada que jugarse ni nada que verificar de sí mismo esa noche, se dice; ni siquiera entenderá lo que las chicas con las que se encuentre le dirán en ese inglés veloz que la juventud y el alcohol activan en los estudiantes universitarios. Será un testigo. Eso se dice. Atesorará todo lo que pueda ver para recordarlo después. Construirá los recuerdos de su futuro, su memoria privada en el norte. Nate le dice algo

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