Horacio Castellanos Moya

HAY FESTIVAL: Roque Dalton es un fantasma que no le han hecho justicia: Horacio Castellanos Moya

HAY FESTIVAL: Roque Dalton es un fantasma que no le han hecho justicia: Horacio Castellanos Moya

“La enfermera tiene una actitud paternalista. No somos ajenos a las mentalidades de nuestras sociedades. Yo vivo con eso. De joven me tocó saber de la muerte, de la inestabilidad, no tengo certezas sobre el futuro. En eso Erasmo se parece a mí. El Primer Mundo planea, el Tercer Mundo improvisa”, agrega.

Ciudad de Querétaro, 2 de septiembre (MaremotoM).- El hondureño, el salvadoreño, el exiliado Horacio Castellanos Moya dice que es como Erasmo, su personaje en la novela El hombre amansado (Literatura Random House): No tengo certezas.

Como ese personaje de Moronga (su anterior y elogiada novela), el escritor sabe que estos años de vida obedecen un poco a la adolescencia: nadie nos dará nada, tendremos que salir a buscar un hogar, un cobijo, en sitios tan extraños como Estocolmo.

En El hombre amansado, Erasmo Aragón sufre un abrupto cambio de vida al quedarse sin trabajo tras ser falsamente acusado de abuso sexual. La tensión que este incidente genera lo lleva a enterrar sus recuerdos. Sometido por los ansiolíticos, deja atrás la persona desinhibida que fue y se transforma en un ser torturado por la paranoia y en permanente estado de alerta. Durante el redescubrimiento de sí mismo conocerá a Joselin, enfermera que trabaja en la clínica psiquiátrica que sigue su tratamiento y a quien se aferrará como a un clavo ardiendo. Para cortar cualquier conexión con su pasado, Erasmo inicia junto a ella, en Suecia, una nueva vida que se verá sepultada por un alud de insatisfacción y dependencia.

Es una novela breve, pero retrata no sólo el estilo del autor, sino también sus obsesiones (aquí Roque Dalton vuelve a aparecer, tan desaparecido, tan poco visto por los círculos literarios) y sus miedos, por ejemplo, ese pavor ancestral a la enfermedad.

“El personaje principal de la novela se ve perdido en el planeta de alguna manera, está envejeciendo, se da cuenta de que ya no encaja bien, no logra cazar lo que viene y lo único que tiene por delante es una gran incertidumbre y un sentido de derrota también”, dice Horacio Castellanos Moya, de visita en el Hay Festival Querétaro, que se desarrolla en esta ciudad hasta el 4 de septiembre.

Horacio Castellanos Moya
Editó Literatura Random House. Foto: Cortesía

“Hay un profundo sentido autodestructivo, en el caso de Erasmo también es una cosa personal, cuando llega a él vuela todo por los aires”, agrega.

Cuando uno va envejeciendo aguanta menos a las personas, se rebela como si fuera adolescente.

“Quiero hablar de dos sentidos que identifican al personaje. Lo que sucede es prácticamente una forma consciente de la autodestrucción y eso se convierte en un acto de rebelión. Por otro lado, hay un sistema que lo vuelve un hombre manso y por eso la novela se llama El hombre amansado. Es una forma bastante esquizofrénica, esa contradicción es la que tiene Erasmo en una situación extrema”, explica.

La situación en Estocolmo le es totalmente ajena. No es lo mismo salir al exilio cuando se es joven, que cuando se es viejo. “Cuando se es joven se tiene más flexibilidad, mucha capacidad para amoldarse. A medida que uno va envejeciendo, se va endureciendo y cristalizando en ciertas actitudes. Erasmo es un personaje que ha viajado, pero el desafío que le plantea su pareja excede sus alcances. Es un hombre con todas sus capacidades exprimidas, por la situación que acaba de pasar en la universidad”, expresa el autor de Moronga y El asco, entre otros aclamados libros.

Horacio Castellanos Moya
La situación en Estocolmo le es totalmente ajena. Foto: Cortesía

Erasmo tiene una relación dificultosa con las mujeres, están las feas, están las lindas, acosa a las mujeres lindas. “Tiene una mentalidad muy vieja, pertenece a un mundo que no es ese mundo en el que él está. Es muy simbólico, porque al mismo tiempo que tiene estas actitudes, se deprime, quizás porque tiene miedo, lo que le genera una gran ansiedad”, afirma.

La cultura de la cancelación nos hace culpables antes de demostrar su inocencia y Erasmo se convierte en “un viejo de esta sociedad”.

“La enfermera tiene una actitud paternalista. No somos ajenos a las mentalidades de nuestras sociedades. Yo vivo con eso. De joven me tocó saber de la muerte, de la inestabilidad, no tengo certezas sobre el futuro. En eso Erasmo se parece a mí. El Primer Mundo planea, el Tercer Mundo improvisa”, agrega.

“La enfermedad es un detonador en la novela. Cómo se enfrenta él ante las dolencias, inmaduro y ansioso”, admite.

Frente a las novelas y cuentos que hoy hablan del sur en México, donde él es visto como el gran patriarca, Horacio Castellanos Moya se ve “sorprendido y agradecido”.

“Cuando un escritor viene de una sociedad pequeña en la que escasean los lectores, que tiene un mercado de libros casi inexistente, esas cosas son un gran estímulo. Con respecto a Roque Dalton, te diré que siempre aparecerá como un fantasma de la literatura salvadoreña y latinoamericana a quien no le han hecho justicia. No se ha hecho justicia sobre su asesinato y no se ha difundido su enorme poesía. Siempre aparece en mi obra”, concluye.

Fragmento de El hombre amansado, de Horacio Castellanos Moya, con autorización de Literatura Random House

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LA PRIMAVERA ASOMA

Está sentado en la terraza del café, de cara a la explanada. A su derecha, la entrada del metro; a su izquierda, el supermercado ICA y el Hank’s Heaven, el bar de la zona. Corre la última semana de abril, pero hoy es el primer día primaveral, luego de meses de frío, nieve, lluvia; de cielos grises y deprimentes. Erasmo disfruta del sol tibio que le golpea el rostro, observa a la gente que pasa deprisa, que va o viene del metro, o de las paradas de buses ubicadas más allá de la explanada. Percibe la emoción que el cambio de temperatura ha producido en los transeúntes; algunas chicas visten falda corta con botas, pese a que el aire aún hiela en la sombra.

El capuchino se le ha enfriado, pero esperará antes de beber los últimos sorbos. No está solo en la terraza: en la mesa a su derecha, un par de mujeres con acento chileno chismorrean; a la izquierda, hacia la puerta del café, como si estuviesen en una intensa conspiración, tres árabes hablan por lo bajo, dos de ellos con larga barba al estilo talibán y el tercero bien afeitado, con un semblante que le hace recordar a un conocido de su juventud, a quien llamaban «Don Beto». No es la primera vez que mira a esos árabes en el café; no le gustan, aunque ni siquiera sepa si son árabes; podrían proceder de Irán, de Afganistán, de Turquía, o de cualquiera de esos países del centro de Asia que antes eran soviéticos. No le gusta el tufo a paranoia que segregan; de lejos un perro huele a otro perro.

¿Qué habrá sido de «Don Beto»? ¿Cuál era su nombre? No lo recordará. Procedía de una familia de origen palestino o libanés. Y fue propietario de una pequeña librería, unos años antes de que comenzara la guerra. Así lo conoció, como cliente de la librería, que estaba ubicada en un minúsculo local sobre la calle Arce, muy cerca de la Basílica, en San Salvador. ¿Cómo se llamaba la librería? Tanto tiempo —al menos treinta y tres años—, y tan lejos, y con su mala memoria. Pero la librería de «Don Beto» no la volaron por los aires, con una carga de dinamita, los militares, como hicieron con varias otras. Eso sí lo recuerda. «Don Beto» olfateó el peligro y cerró.

Siempre le ha gustado sentarse en las terrazas de los cafés y las cervecerías de las ciudades en que ha vivido, observar a la gente que pasa, a la que está a su alrededor. Disfruta el divagar caprichoso de su mente, fisgonear al prójimo, imaginar sus oficios, ocupaciones. Desde su época de joven periodista presume de su olfato para detectar policías encubiertos, soplones, malandrines. Ha convertido una fantasía sobre sí mismo en virtud.

Bebe un sorbo del café frío. Una de las chilenas, la del rostro con rasgos masculinos, ríe a carcajadas. La mira por el rabillo del ojo. No ha puesto atención a lo que dicen; sólo ha reconocido el acento. La otra, la que seguramente contó el chisme, permanece seria. Las dos son viejas, curtidas. La mayor parte del tiempo hablan en español, pero a veces lo hacen en sueco. Ambas visten finas chaquetas de cuero: la de la risa escandalosa, de color amarillo; la otra, color lila.

Pasa tanta gente por la explanada, en especial cada vez que un tren arriba a la estación y expele a la manada variopinta. No reconoce a nadie. Mira de reojo a las mujeres guapas que pasan, pero no con la vehemencia y descaro de años atrás, sino con temor de que puedan descubrir su mirada. Algo se le quebró adentro, o más bien se lo quebraron.

Horacio Castellanos Moya
No se ha hecho justicia sobre su asesinato y no se ha difundido su enorme poesía. Foto: Cortesía

A los que sí reconoce es a los cuatro borrachos siempre de juerga, apretados en una de las bancas de la explanada. Pululan con frecuencia por la zona. Tres hombres y una mujer. Vetustos, desarrapados, de piel blanca y cuarteada; hablan a los gritos, a veces agresivamente, y se pasan de mano en mano la bolsa de papel con la lata de cerveza o la botella de licor de la que beben. «Teporochos», les diría en México.

Pero ya no regresa a los recuerdos de su larga temporada mexicana, ni siquiera sabe cuántos de esos recuerdos aún permanecen en su memoria. A los de El Salvador es más fácil volver cuando se reúne con Koki en el Hank’s Heaven. Y los últimos —los de Merlow City, Washington y Chicago—, permanecen amenazantes pero arrinconados por la Piruxetina, la pastilla milagrosa que lo mantiene en esa especie de estado de gracia en el que transcurre sus días.

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Quién iba a decirle que terminaría empastillado contra la depresión, la ansiedad y el pánico. A lo largo de su vida había despreciado a psicólogos y psiquiatras. Para conseguir un ansiolítico nunca necesitó visitar a esos carceleros de la men­te con sus parafernalias, sino que le bastaba la receta de un médico general. Hasta que el mundo se hundió bajo sus pies y acabó internado en la clínica psiquiátrica de Merlow City.

Bebe el sorbo postrero del café. Una nube, pequeña y traviesa, surgida quién sabe de dónde, ensombrece por un momento la terraza. Debe ir al ICA a comprar champi­ñones, un pimiento rojo, ajos y un cartón de leche para Jo­sefin.

Los dos tipos con barba a lo talibán se han puesto de pie, se despiden de «Don Beto» y pasan frente él, mirándolo de reojo. No entran al metro, sino que siguen de largo, hacia la otra ala del área comercial.

¿Creerán que es informante, que los vigila?

«Don Beto» ha encendido un cigarrillo, echa un vistazo a su alrededor, escudriñando a quiénes están en las mesas y a los que permanecen de pie en la explanada o frente a la salida del metro. Luego alza el periódico que tenía sobre la mesa. Es el operador del grupo, no le cabe duda.

Las cajeras del ICA son muy jóvenes y guapas. Le gusta en especial una chica morena, de ascendencia somalí. Cuando paga, a veces ella le pregunta algo. Él se disculpa en inglés por no hablar sueco. Ella repite la pregunta en inglés, amable. Él aprovecha para sacarle un poco de plática.

Una vez, mientras cenaban, le comentó a Josefin sobre la cajera. Ésta sabía a quién se refería, coincidió en que era muy guapa. Horas más tarde, cuando hacían el amor, Josefin sugirió que invitaran a la somalí a tener un trío. Fantasearon con ello un par de semanas.

Pero ahora la somalí no está en las cajas registradoras.

Sale del supermercado. En la terraza del café, las dos chilenas aún chismean. Un tipo con traje gris y corbata roja ha tomado la mesa que él dejó. Ni sombras de «Don Beto».

Sigue de largo. Unos metros después de la entrada a la estación, en la esquina de la florería, se mete por el callejón lateral que desemboca en el estacionamiento. Lo bordea por la acera de locales comerciales. Lo primero que hará al llegar al apartamento será poner el filete de salmón en una palangana de agua para que se descongele; no debe olvidarlo. Josefin se ríe de su aversión al microondas. Frente al centro deportivo de la zona, un grupo de adolescentes con sus equipos de jockey ocupan la acera, a la espera de quienes llegan en auto a recogerlos. Cruza entre ellos; briosos, luego del partido o del entrenamiento, exudan testosterona. Alcanza la callejuela que conduce a su edificio.

Siempre almuerza a solas. Si Josefin tiene turno vespertino, como ahora, come en el hospital; si es el nocturno, ella llega muy temprano en la mañana y duerme hasta media tarde, cuando se prepara un brunch tardío. Pero casi siempre cenan juntos. Y en eso piensa ahora, sentado a la mesa, frente a su plato de salmón y champiñones: en lo que cocinará para la cena. Asume esa tarea como su misión diaria, preparar algo que le guste a Josefin, como si fuese la mejor forma de pagarle todo lo que le debe, porque ¿qué sería de él si ella no hubiese aparecido?, ¿en qué se hubiese transformado su vida si esa enfermera sueca que hacía el servicio de una especialización en la clínica de Merlow City no se hubiese apiadado de él, y luego, quizá, enamorado?

Mastica con la vista perdida tras el cristal de la puerta que conduce al balcón. Desde ese séptimo piso tiene una panorámica privilegiada. En lontananza, el verde de los bosques que se difumina en profundidad hacia el sur de la ciudad; más cerca, un salpicado de edificios de apartamentos; enfrente, como a doscientos metros, la torre más alta de la zona, en cuya azotea resplandece el rótulo «Högdalen» —nombre del barrio— en letras rojas con borde amarillo, y un poco más abajo, adosada a la pared del último piso de la torre, la silueta de un gallo, también roja y amarilla. Si se asomara al balcón, a sus pies, divisaría el estacionamiento, el área comercial, y la parte trasera de la estación del metro y de la biblioteca pública.

Antes de su crisis, en el apartamento de Merlow City, cada vez que comía a solas, la voz en su mente se enfrascaba en un pleito con alguien que lo hubiese agraviado, quien fuese —su madre, su jefa, alguno de sus colegas o de sus examantes—, no podía controlar los reclamos a un interlocutor que se encontraba ausente y ante quien, llegado el caso, no diría palabra alguna de lo que lo enervaba. Ahora, pese a las pastillas, la voz en su mente continúa su monserga, pero no reclama, sino que pide perdón, contrita, a aquellos a quienes ha hecho daño, los mismos frente a los que antes se sentía agraviado, y lo hace con un sentimiento de culpa, a veces con los ojos llorosos, como en este momento en que se ha quedado con la mirada perdida tras los cristales, sin tocar el último pedazo de salmón, en un estado de autoconmiseración del que sólo saldrá cuando su mente sea ocupada por la preocupación por lo que preparará para cenar con Josefin.

Se le antoja cocinar unos espaguetis a la boloñesa, que tanto le gustan a ella. Pero le llevaría mucho tiempo; debería dejar la carne cocinándose en la salsa de tomate por lo menos una hora. Ha quedado de encontrarse con Koki en el Hank’s Heaven a las 5.00, y Josefin llegará hambrienta antes de las 7.00. Ya se le ocurrirá algo sabroso y de hechura rápida.

Termina de comer el salmón y lleva los trastos al fregadero.

La doctora le explicó que esos estados de ánimos, de culpa y autoconmiseración, son arrestos de la depresión que la Piruxetina no logra atajar. Le dijo que la pastilla era como un excelente arquero al que de vez en cuando se le colaba un disparo en la portería. Ella casi siempre busca una comparación futbolística para explicar los problemas; practicó ese deporte por largo tiempo. A él se le ocurrió que la pastilla era como un arquero al que una y otra vez se le cuelan los goles por el mismo flanco, pero tuvo la ocurrencia luego de salir de la consulta. Ha perdido reflejos, chispa, las ganas de provocar con la ocurrencia.

Luego de lavar los trastos, se echa en el sofá a navegar en la computadora. Navegar es un decir. Repasa al vuelo los titulares de los periódicos de siempre: The New York TimesEl PaísPágina 12The GuardianLa Jornada… Resabios de su época de periodista, un hábito del que no termina de deshacerse. Pero ahora sólo les echa un ojo sin la pasión con la que antes los leía. Le parecen tan vendidos, tan evidentes. Este día todas las primeras planas repiten las amenazas de Obama a Wikileaks por revelar las torturas que padecen los prisioneros musulmanes a manos de los militares yanquis en Guantánamo. Siente como si la pantalla expeliera un hedor.

Y ya no abre las secciones culturales. Padece repugnancia ante la saturación de noticias sobre escándalos de famosos, linchamientos, víctimas y más víctimas de acoso vestidas a la última moda y en demanda de dinero. Abomina de la política de la corrección, la considera una hija del puritanismo disfrazada de progresista, culpable de su caída; pero se guarda de decirlo, ni siquiera a Josefin.

A los sitios porno, que antes tanto frecuentaba, ahora ni de broma se acerca, temeroso de que le tiendan una celada, que abra un video supuestamente para adultos y de pronto aparezca una menor y quede a merced de los sabuesos de la red.

Revisa su cuenta de correo, la única que mantiene de las que tuvo años atrás y que ahora permanecen en el abandono. Constata que no le han escrito de la agencia de traducción ni nadie más. Está lejos de todo. Le llega publicidad, cuentas e información del banco y de la compañía telefónica. Allá muy de vez en cuando recibe un corto email de un viejo amigo preguntando sobre su vida; él responde también con brevedad. Quien ha persistido en fastidiar con alguna frecuencia es su hermano Alfredito: pregunta dónde está, a qué se dedica; dice que su madre está muy angustiada por desconocer su paradero, y bastante enferma. Se les desapareció. No tienen su número telefónico en Suecia ni siquiera saben que reside en este país. Desde Merlow City, cuando su colapso, le hizo saber a su madre que había perdido el empleo en la universidad y que ya no podría enviarle los 200 dólares mensuales. Si Alfredito lo busca es a pedido de ella, que no tiene computadora ni teléfono inteligente. No quiso saber más de ellos; que se las arreglen como puedan. Ésa es una de las virtudes de la Piruxetina: la culpa se le hizo leve.

Pone la computadora sobre la mesa de la sala.

Decide lo que preparará para la cena: unas pechugas de pollo a la naranja y unas calabacitas con granos de maíz en salsa de queso crema y tomate.

Dormirá una siesta y luego bajará a hacer la compra.

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