Hebe Bonafini

HEBE BONAFINI | Habrá que llorar

Lo que Hebe enseñaba a cada paso, lo que Hebe peleaba cada día, lo que queda después de su partida

Por Carlos Barragán

Ciudad de México, 21 de noviembre (MaremotoM).- Pienso en Hebe y pienso en un mediodía en el café de los patriotas (voy a usar mayúscula sólo para su nombre), en un almuerzo donde se pagaba medio caro un guiso medio barato. El recurso más sencillo para recaudar plata para la casa de las madres, comíamos, nos reíamos, Hebe siempre te hacía reír y siempre te ponía a pensar y casi siempre te retaba por algo y casi siempre inventaba una conexión para darte una receta de cocina.

Aquel mediodía en el café, la mesa larga, entra un vendedor de medias y sin reparar demasiado en qué tipo de reunión era esa se largó a vender sus productos. Terminó de hablar y Hebe nos dijo que ahora era el momento de comprarle todo a este hombre. Cuando el vendedor ya no tuvo nada para vender Hebe nos dijo que ahora el momento de darle las medias a ella, que después las iba a llevar a un barrio donde los chicos las iban a recibir.

Y -no sé a los demás- pero así me dio una clase práctica de cómo un hecho mínimo se puede transformar en un operativo militante y solidario. Nos contó que estaban trabajando en un barrio donde los chicos necesitaban de todo y que cambiar el mundo es hacerle la vida mejor a alguien. Pero hay que estar ahí con esas otras vidas y eso es lo que Hebe hacía.

¿Cuánta gente se muere cuando uno muere? Hebe se murió y, además de todo lo que con ella se nos va, a mí se me va la última de las chicas del dique, la última que compartió vida y barrio con mi mamá y sus hermanas. Hebe, quiso el azar o lo que sea, también fue un poco de mi familia. Que ella se muera, además de la tremenda pérdida política, es la muestra de todo lo que se me muere.

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Hebe Bonafini
Más de una vez le pregunté si nunca se cansaba de dar las peleas. Foto. Cortesía

Más de una vez le pregunté si nunca se cansaba de dar las peleas. Era una curiosidad que yo no podía evitar transmitirle y cuando terminaba de preguntarle me daba cuenta de que me estaba repitiendo. Ella cada vez me respondió que no, que luchar, que dar batallas, que confrontar le gustaba, que se sentía bien peleándose con los poderosos, con los hijos de puta como les decía sin que hiciera falta repasar la doctrina. Hebe sufría las injusticias como si fuera la primera vez que las veía, pero la lucha no la sufría. Seguramente porque sabía cuántas batallas les había ganado y les seguía ganando a los dueños de las cosas, a los enemigos de la humanidad.

Escribo estas líneas desprolijas porque me las pidieron compañeros queridos, yo estaba haciéndome el distraído porque no quería llorar más. Pero habrá que llorar y despedirse de Hebe, esa justiciera imbatible, la que nos cuidó, la que gritó por nosotros, la que durante años largos y oscuros mantuvo el fuego encendido.

El fuego, el de la lucha por la justicia y por la emancipación, que en algún momento creí que ya no existía y que Hebe hizo girar eternamente en esa plaza que bien podría llevar su nombre. Yo sé que se dice que “nos queda tu ejemplo” y “seguiremos tu lucha”, pero en realidad nos quedan sus conquistas, lo hecho, lo conseguido y el recuerdo de su enorme fortaleza. Nosotros apenas colaboramos con Hebe y seguimos sus pasos como los patitos con la mamá. Habremos de estar más solos ahora, con un motor y un corazón menos.

Fuente: La Patriada / Original aquí.

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