Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince: “Creo que mi destino es estar en silencio, tratando de entender y de escribir”

Anteayer salió una reseña en Colombia, de una feminista colombofrancesa, llamada Florence Thomas y ella decía que en mis páginas aparecía muchas veces la palabra quizás. Y que quizás era la palabra que mejor me definía. No hay una palabra que exprese mejor la ambigüedad que quizás. Creo que sí, manifiesta la ambigüedad mía, la inseguridad, la incertidumbre, la dificultad.

Ciudad de México, 7 de marzo (MaremotoM).- Héctor Abad Faciolince tiene la virtud de la empatía. No es que tenga un gran carácter y sea siempre simpático (sí, lo es), lo que quiero decir es que su literatura representa muchas de las cosas que sentimos. Le digo eso ahora que nos encontramos para una entrevista por sus diarios y se ríe cómplice, para decir que “hay unos cuantos escritores” poco empáticos.

La novela de Héctor sobre su padre asesinado, El olvido que seremos (Alfaguara) ha tenido tanto éxito como por ejemplo una canción de la banda argentina Divididos. El tema se llamaba “¿Qué ves?” y cada vez que salían Mollo y Arnedo a tocar, odiaban que le pidieran esa canción.

Claro, no odia Abad el libro que publicó en el 2006, que es cuando se termina su diario y que comienza en 1985 (cuando él apenas tenía 27 años), pero hay algo que suena a trillado cuando sólo se lo juzga por una historia, por un drama, por una tragedia.

Pero lo cierto es que El olvido que seremos define al autor, que al principio pensaba que era incapaz de escribir. Un testimonio descarnado sobre cómo nace una vocación y cómo se aprende a enfrentar la dura y emocionante aventura de vivir marca ese libro y estos diarios donde lo secreto se hace público y lo más notable es su ambigüedad. Alfaguara publica Lo que fue presente (Diarios 1985-2006): “Parece que no soy capaz de ser, si es que pretendo ser algo. No soy nada: un escritor que no escribe nada, salvo un diario. Un amante que no es capaz de amar. Un padre que no ejerce. Un marido lejano.”

–¿Estos diarios te ayudaron a describir tu ambigüedad?

–Me gusta mucho esa palabra. Sí, creo que sí. Anteayer salió una reseña en Colombia, de una feminista colombofrancesa, llamada Florence Thomas y ella decía que en mis páginas aparecía muchas veces la palabra quizás. Y que quizás era la palabra que mejor me definía. No hay una palabra que exprese mejor la ambigüedad que quizás. Creo que sí, manifiesta la ambigüedad mía, la inseguridad, la incertidumbre, la dificultad.

–En ese sentido, ¿la literatura sirve para expresar la vulnerabilidad?

–Usaste la palabra vulnerabilidad, me gusta mucho. Hay una educación en América Latina donde los hombres, el macho, tiene que ser un macho. Tiene que aceptar estoicamente los dolores, no manifestar que sufre, no manifestar que es inseguro, que fracasa, que es un manojo de contradicciones y de ambigüedades. Me parece que ese papel es nefasto para los machos. No fui educado así, fui educado por muchas mujeres y por un padre muy ambiguo también. Me enseñaron que la expresión de la vulnerabilidad, que soy vulnerable, que no soy para nada un bloque de hierro o de hielo, es lo que es, porque los seres humanos somos así. No me molesta para nada manifestar mi invulnerabilidad. Soy vulnerable, siempre lo fui, lo sigo siendo y todos los humanos lo somos.

Héctor Abad Faciolince
Soy vulnerable, siempre lo fui, lo sigo siendo y todos los humanos lo somos. Foto: MaremotoM

–Hay también un fracaso de la civilización, ese hombre que asó a la parrilla a la novia y salen los amigos a decir que hace mucho tiempo que él decía que la iba a matar…

–Hay indicios en las canciones, Les Luthiers se burla de una manera muy educada, cuando se exalta a la madre en el tango. “Si no me pasás más guita me voy a vivir con mamá”, dice la letra. Tal vez explica esa obsesión argentina por lo psicoanalítico. Pero si uno se fija en los corridos viejos mexicanos, hay un salvajismo no civilizado en el que se cometen feminicidios una y otra vez. El macho se siente despreciado o traicionado. Yo viví en México en 1978, con qué asombro y con qué gusto uno se aprendía canciones como la de Rosita Alvirez, que Hipólito la mata porque ella no quiso a salir a bailar con él. Ella desprecia a Hipólito lo desprecia. Como la casa donde vivía Rosita era rosa, con su sangre le dan otra pasada a las paredes. Es algo tremendo. Hay corridos en que el hombre va a devolvérsela al suegro a su esposa porque ella lo traicionó y como el suegro no la quiere, él la mata. Estaba pensando en los feminicidios en México en esos corridos, es terrible eso de México.

–No sólo en México, como bien dijiste en Argentina, donde matan a una mujer cada 26 horas, está el tango, como esa milonga “Amablemente”, que cuando él llega a la casa, le pide que le haga mates y luego le da 34 puñaladas…

–En Colombia también. Hay una espantosa: “Si no me querés te corto la cara / con una cuchilla esas de afeitar y en el casamiento te saco los ojos, el ombligo y mato a tu mamá”…no creo que haya canciones así en Alemania, debe de haber canciones sobre los judíos, pero no sobre matar a las mujeres.

–Tú eres el hijo de un asesinado, mientras venía para acá pensaba en mi infancia y jamás tendré que decir algo semejante…

Es el acontecimiento que partió en dos mi vida. Es algo que no quisiera que me definiera pero que de alguna manera me define, pero sobre todo en estos tiempos de virus y de peste, es como para mí la figura que se parece a este médico de Wuhan, Li Wenliang, el que descubrió el coronavirus, denunció esta neumonía atípica, rara, luego lo censuran, lo regañan y luego cae contagiado y muere por ese mismo virus que las autoridades niegan. Pienso también en La peste, de Albert Camus o el Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. O Decamerón, en Los novios, de Alessandro Manzoni. Mi padre escribió un artículo muy importante para la historia de la salud pública de Colombia, en 1961. El artículo se llamaba “Epidemiología de la violencia”. Trataba de analizar a la violencia como una epidemia. De alguna manera él, desde principios de los años 60, cuando yo acababa de nacer, se dedicó a combatir esta peste latinoamericana. No es una violencia internacional sino una violencia interna, violencia en la familia, el feminicidio tiene mucho de violencia cercana. Mi padre trató de entender esa violencia y soy un hijo de alguien que muere víctima de esa epidemia que él trata de combatir. Tiene que haber esos médicos que combatan nuestra peste de la violencia.

–Hablas de la literatura como la gran vía para retratar estos males, pero también hablas de ella como de un gran encierro

–Es difícil saber, porque uno para poder escribir necesita calma. Necesita aislamiento, distancia, silencio, no puede estar en el furor de la pelea, si uno se dedica al furor de la pelea uno se vuelve activista y eso no tiene menos valor que la literatura, lo que sí impide que seas un novelista. Cuando me he involucrado en polémicas muy agitadas en la vida pública, ha sido nefasto para mí. Claro, la tentación de involucrarse en ciertos aspectos está siempre presente. Es cuando aparece la ambigüedad. ¿Qué es más importante? ¿Estar en la calle o estar de alguna manera activa con las mujeres que van a salir el domingo y no van a salir el lunes o estar analizando para escribir historias? No tengo una respuesta clara y definitiva. Mi papá optó por un activismo social. No creo tener el carácter de él y él me enseñó a ser libre, a que yo hiciera lo que considerara que podría ser más útil. Creo que mi destino es estar en silencio, tratando de entender y de escribir.

–¿Qué te dio la edición?

–En algún momento de los diarios digo que quiero dedicarme a cosas con libros. Si no logro ser escritor, quiero traducir, quiero vender libros, corregirlos, algo con los libros. Lo he tratado de hacer todo, hasta dirigí una biblioteca de una universidad durante algunos años. Ahora con mi esposa tengo una pequeña editorial. En ella nos hemos concentrado en descubrir a jóvenes nuevos talentos de la narrativa colombiana. Me da mucha alegría la edición, porque los escritores tenemos mucha necesidad de apoyo al principio. Yo recibí el apoyo que me dejó de herencia mi padre, a dos amigos a los que les debo la publicación de mi primer libro y que yo siguiera publicando mis libros. Era un libro de cuentos malísimo, no merecía ser publicado, pero que si no me lo publicaban no hubiera tenido el ánimo de seguir. Esa compasión, esa solidaridad, ese amor, esa dulzura, los hizo apoyarme en un producto tan imperfecto. Ellos mintieron diciéndome que era buenísimo, mintieron convincentemente. Lo agradezco mucho.

–También tuviste hijos, Marguerite Duras dice que de los hijos no se duda, así como tampoco se duda del libro

–Ahí la perspectiva cambia al otro lado. Mis hijos y me vuelvo totalmente impúdico son mi cosa definitiva. Yo sé que hay padres muy abandonadores, que fecundan y se van, pero aprendí de mi padre a ser un padre muy madre. Creo que hay que estudiar mucho la paternidad en América Latina. En Colombia hay un montón de mujeres con hijos solas. En otras culturas, como por ejemplo, en Japón, el sueldo del marido va directamente a la cuenta de la madre. Es ella la que maneja el dinero y ella le da para algunas cervecitas. Aquí, el hombre puede salir, emborracharse y jódanse.

–¿Cuándo los hijos dejan de ser una obligación y pasan a ser una responsabilidad, ese ser padre como madre?

Uno tiene que descubrir la dicha del contacto. Las mujeres tienen la gran ventaja de llevar el niño adentro, de parirlo, de pegarlo a la teta, de cambiarlo, de limpiarlo, si nosotros no compartimos esos oficios, podemos dar el tetero, de llevar el niño a nuestro pecho, si no nos convertimos en padres más madres las cosas no funcionan. Mis hijos crecieron sin mí, no quiero decir que soy el padre más perfecto. El hecho de que se hayan ido para Italia, fue después del asesinato de mi padre la experiencia más devastadora de mi vida. Mi mujer, en castigo, y la entiendo, se los haya llevado para Italia, cuando yo no tenía plata para irme detrás, me hizo entender que a mis hijos no los iba a perder. Los voy a llamar todos los días. Mi sueldo se iba en hablarles a ellos. Aunque ellos no hablaran, pues los niños hablan muy poquito. Y no los perdí. Ellos viven en Medellín. La madre vive en Italia. Mis hijos son parte de mí y hay una relación muy física que aprendí de mi padre.

–Me haces acordar a Marcello Mastroianni, que en los contratos pedía el teléfono libre, para poder hablar horas y horas con sus hijas…

–Uno de los momentos más emocionantes de mi vida es una vez que yo iba en un bus en París y vi por la calle pasar a Marcello Mastroianni. Si fuera mujer me hubiera enamorado profundamente de Marcello Mastroianni.

–Colombia me cuesta mucho, es un país bastante ensimismado…vi un documental del fotógrafo Jesús Abad Colorado, todo lo que pasó en Colombia, ¿qué pasa ahora con tu país?

–Colombia es muy raro. Un ex presidente colombiano muy ambiguo, muy astuto, muy inteligente, decía que Colombia era el Tíbet de América Latina. Es pleno trópico, con tres cordilleras, a causa del calor todos vivimos encaramados en las montañas, tenemos los Andes pero no son como los Andes argentinos, secos, en los Andes colombianos hay selva húmeda tropical, llueve, llueve y llueve. Todas las carreteras son muy malas y estamos totalmente aislados del resto del mundo. Es un país ensimismado, no hay viento nunca…pasan cosas horribles. Tenemos unos gobernantes de una insensibilidad y de una torpeza. Anteayer la ministra del interior dijo que en Colombia matan a más personas por robarles el celular que por defender los derechos humanos. Es una frase muy tonta y torpe. Es cierto que es estadísticamente, así como en México pueden matar por un sombrero, en Colombia pueden matar por un celular. No puedes comparar las cifras de los pocos que se dedican a defender los derechos humanos y los matan, con los que tienen teléfono celular y los matan. Tenemos que analizarla como si fuera una frase seria y no una frase inhumana. Colombia a uno le produce mucha rabia y mucha indignación, permanentemente. Pero si me dedico a vivir en la ira voy a perder toda la paz que necesito para leer y escribir. Tal vez las montañas produzcan algo tibetano para conseguir una vida más monacal.

Héctor Abad Faciolince
Mi padre trató de entender esa violencia y soy un hijo de alguien que muere víctima de esa epidemia que él trata de combatir. Foto: MaremotoM

–Pienso en las FARC, esta cosa de secuestrar a una persona y tenerla años…

–Es una gente que ha padecido y ha sufrido una violencia tan inmensa dentro de sus familias que han perdido toda la capacidad de compasión. Cuando atacan y se vuelven malos cometen actos que es imposible defender. Llegan a unos abismos que ni siquiera se dan cuenta de la maldad. Ahora están declarando que Ingrid Betancourt se merecía el secuestro. Yo estoy a favor de la paz, de condonar ciertas condenas, pero muchos están locos.

–Hablas de compasión y me parece que siempre has buscado la empatía…

–Creo que siento como un deber mío como escritor de entenderme a mí mismo. No soy un santo, no soy una persona de una pieza, soy un ser ambiguo, con buenas y malas inclinaciones, con buenos y malos actos. Cuando entiendo eso de mí mismo puedo mirar a los seres humanos con más claridad y más compasión. Lo que tú has hecho, yo lo he pensado o lo he hecho. Esa educación es la que nos da la ficción y la literatura. Una educación en la empatía.

–Pero hay escritores que no son empáticos

–Debe haberlos (risas)

­­–¿Qué sientes con respecto a los diarios que publicaste?

–Cuando los publiqué, en diciembre, yo tenía mucho miedo. Yo estaba mal. Tenía como terror. Yo he tenido la suerte sobre todo con El olvido que seremos y con La oculta, de ser muy querido por mis lectores. Pero también sentía yo que los lectores tenían una imagen muy mentirosa de mí mismo, alguien idealizado. Yo no soy tan bueno como mi padre, yo soy otro, soy el de los Diarios. Puse en juego ese cariño que me tenían los lectores. A medida que vienen personas como tú y no me escupen, ya me tranquilizo bastante. Mis hijos dijeron que publicara los diarios que ellos no lo iban a leer. Mi esposa sigue siendo duro. Ella y yo estamos hace 10 años, los leyó cuando ya los pasó en limpio y yo era un hombre que fue infiel en los dos matrimonios anteriores. Ella dice, ¿cómo confiaré en ti? No lo sé. Yo ahora estoy muy seguro de no tener que cambiar de pareja nunca.

­–¿Qué pasa ahora?

­–Cuando me mandaron un video de la imprenta con los Diarios, ese día empecé mi nueva novela. No tiene nada que ver conmigo, el protagonista no soy yo, está en tercera persona y cuenta la historia de unos periodistas en Medellín que tuvieron una experiencia tremenda: la de que su diario, El Espectador, por orden la mafia, no podía circular. Las oficinas tenían que ser clandestinas y los periodistas trabajar en silencio, como topos y no firmar nada. Quiero contar esa historia.

Héctor Abad Faciolince
Héctor Abad Faciolince y Lo que fue presente, los Diarios de 1985 a 2006. Foto: Cortesía

Fragmento de Lo que fue presente, de Héctor Abad Faciolince, con autorización de Alfaguara.

Prólogo

He tenido el extraño vicio de duplicar los sucesos de mi vida escribiendo sobre ellos. Supongo que fue por darle a ese vicio un orden y una forma que a finales de 1985 empecé a llevar un diario. En principio este diario fue el resultado de constatar que, aunque quería ser escritor, escribía muy poca ficción y mucho sobre mis obsesiones. Quería dejar escrito, al menos, que era incapaz de escribir. Había, además, una circunstancia nueva que me producía al mismo tiempo alegría y ansiedad: mi mujer estaba embarazada y esperábamos la que sería nuestra primera hija. La vida y las lecturas, así como la comparación entre mi vida real y la vida que yo quería vivir, fueron el acicate para empezar mi propio diario.

Según García Márquez «todo el mundo tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta». Estos cuadernos míos contienen poco o nada de mi vida pública, porque ni la tenía; se nutren casi siempre de mi vida privada, y no omiten partes de mi vida secreta. Son así porque, al menos al principio, nunca tuve el temor de que alguien los leyera, y porque no fueron escritos para ser publicados. Eran un memorándum para mí mismo. Si mucho, yo pensaba que alguien podría interesarse en ellos después de mi muerte y por lo mismo tampoco pensé nunca en destruirlos. Ahora estos papeles póstumos los publico en vida.

Cuando los releí, pensando ya en una posible edición, me di cuenta de que los había escrito para no enloquecer, para dejar puesta en palabras mi locura e intentar tener, en la vida, un comportamiento más normal, más cuerdo, menos insensato. En ese sentido veo que mis diarios, testimonio de un hombre inmaduro y enamoradizo, se nutren de la parte más oscura de mi mente y de mi existencia. No se exponen aquí las partes luminosas o edificantes de mi vida —si las hubiera— sino las sombrías. Rara vez en ellos relato lo amable, lo alegre, lo feliz: se alimentan, casi siempre, de mi insatisfacción, de mis penas y de mi vergüenza. En este sentido los cuadernos eran una especie de purgatorio de las cosas que me angustiaban. También, como los diarios de Stendhal, un repaso de mis amores furtivos, o, como en las Confesiones de san Agustín, de mis pecados y sentimientos de culpa. Uso estas expresiones conscientemente, pues aunque no tengo religión ni creo en penas o premios después de la muerte, non possiamo non dirci cristiani, no podemos dejar de ser cristianos, como sostuvo Croce, y un católico a pesar suyo no se ufana de sus virtudes, sino que reconoce sus faltas.

¿Por qué publico algo que desnuda tanta intimidad propia y ajena? ¿Por qué expongo partes de mi vida de las que no estoy nada orgulloso y que más bien me parecen feas, tristes e incluso sórdidas? No lo sé bien, pero creo que fue una especie de sustituto que me inventé tras el fracaso de una novela. Una noche conversando ya de sobremesa con Gabriel Iriarte, mi editor en Colombia, después de haberle dicho que había resuelto no publicar el libro que acababa de terminar (Tal vez el centro), con el que no estaba satisfecho, le dije que lo único que me quedaba entre manos eran cuadernos, muchos cuadernos de diarios amontonados en un baúl. A él le cambió la cara; hasta la expresión de las manos se animó. Dijo: «Eso ya es otra cosa», y parecía contento. Se le ocurrió que aquello, si yo era capaz de vencer mis escrúpulos, podría publicarse. Que tenía de bueno y de novedoso, además, el hecho de que en Colombia ningún escritor había publicado, que él recordara, sus diarios. (Más tarde Mario Jursich me recordaría los de Vargas Vila y los de Jorge Gaitán Durán). Hundido como estaba yo en la desesperación del escritor que no escribe, o peor, al que no le gusta lo que escribe, esas palabras de Gabriel fueron como oír una luz que podía salvarme de la mudez y del silencio. Si publicaba lo impublicable, lo que, si mucho, yo pensaba que mis hijos podrían espulgar y expurgar tras mi muerte, iba a tener todavía en vida algo que contar.

Voy a cumplir sesenta años. A esta edad uno siente ya que la vida personal importa menos que antes. Como dice un amigo del colegio, «nos queda un cuarto de tanque», si mucho, por vivir. Mirar hacia atrás lo vivido, desde el ocaso, le resta gravedad a casi todas las cosas importantes. Uno es lo que es y lo que fue; uno ya es muy poco lo que será. «Soy un fue y un será y un es cansado», dice Quevedo. La clave está en el cansancio de hoy, no en el pasado irremediable ni en el breve futuro. En el mismo Quevedo, abriendo uno de sus libros al azar, encontré el verso barroco que escogí como título: Lo que fue presente. Eso es un diario, al cabo de los años, algo que fue presente. Algo que estuvo vivo y caliente, algo que no parecía efímero, y hoy se mira casi como si fuera de otra persona, de un personaje patético que simplemente se llamaba como me sigo llamando ahora.

La mayor dificultad que tuve al decidir publicar estos primeros veinte años de diarios no fue el temor de exponer mi intimidad. Lo indebido, lo malo, era exponer la intimidad de otras personas. Por eso, en algunos casos, he cambiado uno que otro nombre y algunas circunstancias que muy poco trastocan el hilo y la esencia de estos cuadernos. Un diario, y más un diario de miserias que se escribe de noche, puede ser bastante injusto. Les pido perdón a todos aquellos que aquí no son tratados bien; tengan en cuenta que el diario tampoco es justo conmigo; no he sido siempre tan repelente como aparezco a veces aquí.

Hay también personas a las que quise y quiero mucho que ni siquiera están mencionadas en estos cuadernos. No sé el motivo, pero no puedo enmendar esta ausencia porque sentiría que hago trampa, que miento, y un diario íntimo intenta siempre, como mínimo, no ser mentira. Las personas omitidas seguro formaban parte de mi vida luminosa, de mi vida vivida y feliz, no de la oscura vida que se escribe aquí.

Decía Lichtenberg que el verdadero nombre de un prólogo debería ser «pararrayos». Un ruego de benevolencia para que no nos destrocen los truenos de la ira de algunos lectores. Como lavarse las manos. Así que mejor no me las lavo. Aquí están estos diarios, tal como fueron escritos, defectuosos, copiados fielmente de decenas de cuadernos, con ciertas repeticiones recortadas, con algunos añadidos que explican el contexto, con extensas lagunas de meses y acontecimientos omitidos, con todos los errores e ingenuidades de la edad en la que fueron escritos, con el afán de todo aquello que se hace en caliente. No los escribí para otros sino para mí mismo en la vejez, y ahora que estoy llegando a la vejez me puse a transcribirlos. Solo los lectores sabrán si valía o no la pena publicarlos. Yo, francamente, no sé qué pensar, y como siempre que no sé qué pensar, mejor no pienso nada y me callo.

Una última cosa. Hace pocas semanas, en el oráculo de Delfos, cumplí con el rito de preguntarle a una pitonisa si debía o no publicar estos diarios. El intérprete entre el oráculo y yo fue un amigo escritor que me transmitió el siguiente mensaje, como siempre ambiguo: «Váyanse, váyanse, váyanse, dijo el pájaro: el género humano no puede soportar tanta realidad». Tal vez esa respuesta haya sido un no, pero yo quiero creer que fue un sí.

Creta, julio de 2018

1985

30 de diciembre, Florencia

Un cuaderno adornado con la flor de lis de Florencia, viaje de fin de año, libros de Del Giudice, Kawabata y —al fin— Sterne. La decisión de hacer un diario, tal vez para darme cuenta de la infame medida de mis pensamientos, de mis horas en blanco, mis tontas ambiciones.

Sufro desvelos de madrugada. Irene espera el primer hijo: ideas yuxtapuestas y tal vez casuales. La mente azotada por pensamientos vertiginosos y dispersos. Voy a tener un hijo, vamos a tener un hijo. Siempre, hasta ahora, he sido hijo; ahora voy a ser padre y la vida se invierte.

Anoche vimos una película de François Truffaut: L’Amour en fuite, con cierto aire parecido a la de El hombre que amaba a las mujeres. Aquí es también autobiográfico en lo que escribe el personaje escritor. Una amiga le dice: «Deberías inventar, darle más espacio a la fantasía». Él está de acuerdo con ella y entonces le cuenta el principio de su último libro. Una historia fantástica. Que luego se ve que es la suya, sin final aún porque la está viviendo en ese momento. Y todo dentro de una película inventada. Eso es lo fantástico: que lo real parezca inventado. Uno, de todas formas, vive metido en su propia fantasía, en la interpretación ilusoria de su vida y de la vida de los demás.

Mi mujer sale del baño y se sienta en el sofá, al lado. Hemos comprado juntos el cuaderno y sabe para qué es. Me pregunta: «Ah, ¿ya empezaste?». Está mirando las fotos de su infancia que guarda su abuela, la nonna Tecla. Yo hago un diario actual; ella empieza un recuento. Siempre hemos sido así: ella vive en el pasado, yo en el presente. Y eso que será el futuro está en su cuerpo. Se le empieza a notar. Por las noches me duermo poniendo mi mano ahí, en mi hijo. Y las tetas le han crecido. No quiere hacer el amor en estos días aunque la ginecóloga ya puso en verde el semáforo que estaba en amarillo. Los que miran al pasado son nostálgicos; los que miran al futuro son optimistas; ¿qué seremos los que solo vivimos en el presente, sin memoria y sin planes, atónitos en el día de hoy?

De pronto me siento un poco como el de la película de anoche, que traiciona a la mujer con su mejor amiga. Pero mi mujer no tiene amigas, en Italia no, por lo menos, y yo no podría traicionarla con su mejor amiga. Vimos también una obra de teatro: Vidas privadas o algo así. El primer acto era idéntico al de cualquier comedia brillante; los otros dos eran mejores. A lo que iba: un personaje femenino era muy femenino. Y yo, que al parecer ahora tiendo a las identificaciones, veía ahí a mi mujer. Oigo que ella me dice, sobre lo que escribo, lo mismo de la película: «Deberías inventar, darle más espacio a la fantasía». No me lo ha dicho hoy, me lo ha dicho otras veces.

Le respondo en silencio, en este diario: mi fantasía es la vida. La vida pura y dura. Mi fantasía es que vivo dos vidas: esta que estoy viviendo, la caliente, y otra que me voy imaginando, que no es pasado ni futuro, sino un presente distinto. La vida que escribo. Vivo en dos planos: el presente, la realidad, todo esto, y un presente que podría ser distinto. No esta vida que vivo, sino otra que imagino.

Pero un verdadero diario, por lo poco que yo sé de diarios, no es lo que estoy escribiendo. Me censuro, censuro mis fantasías, no sé si por temor a mí, por temor a ellas mismas, o por temor al lector que no debería existir pero que a veces veo. En el diario, lector y escritor deben tener los mismos ojos, la misma mano. Si mucho, un poco más ciegos los ojos, más vieja y temblorosa, manchada, envejecida, la mano. Pero una mujer, un hijo que se anuncia, son ojos ajenos y cercanos. Les temo a los ojos de mi mujer y de mi hijo. Una noche de insomnio, unas vacaciones en el mar, y los ojos ajenos en tiempo de aburrimiento abrirán el cuaderno ajeno, el cuaderno prohibido del padre o el marido, pasearán por aquí y por allá la mirada. Y descubrirán que el compañero, que el padre, mientras vivía el momento de la mayor intimidad, del enlace más feliz y armonioso, por las noches, por la mañana, ahora, pensaba en una tal Jakelin Visconti, o Jaqueline, ¿cómo se escribe?

Compañera en la clase de Retórica Antigua, apenas dos palabras intercambiadas. Una uña pintada de negro —el meñique— y otra tortuosa —el pulgar— por los mordisqueos nerviosos. Pensaba en ella, pienso, como fantasía sexual. Maiale, me digo, cerdo. Y solo porque se me ha acercado dos veces a hablarme sin motivo, lo cual me da absurdas esperanzas. Tal vez no sea por eso; más bien puede ser simplemente por su apellido, esos apellidos que uno solo puede oír en Italia; mejor dicho: por amor no a ella, sino al cine. Por esnob. Por detrás, sobre la nuca, le cae una colita o trencita delgada y rubia, teñida, por debajo del pelo corto peinado a lo punk. Y me gusta esa nuca, maldita sea, me gusta esa nuca, a mí que solo debería gustarme la nuca de mi mujer.

Bueno, estoy mejorando, le temo menos a los hipotéticos ojos del otro. Soy capaz de escribir aquí mi vida verdadera, es decir, mis fantasías. ¿Será eso un diario íntimo? No hace mucho leí que los hombres jóvenes tienen fantasías sexuales unas setenta veces al día. ¿O eran setenta veces siete? Yo no tengo tantas, por suerte, pues esto no tiene nada de bueno; tiene mucho de tortura. Es posible que por eso la educación católica diga que hay pecados de pensamiento y nos prescribe no tenerlos. De pensamiento, palabra, obra y omisión. Los míos son de pensamiento, de fantasía. De palabra solo cuando escribo; de obra, casi nunca. Y en cuanto a la omisión, lo que omito es cometerlos. Para librarse de una tentación hay que caer en ella, citaba Borges en alguna parte. Un pensamiento gnóstico. Como no caigo en ellas, nunca me libro de las tentaciones.

Hace ocho días que no me afeito, desde cuando salimos de Turín. Parezco un chimpancé. He aumentado de peso. Ante el espejo, cuando me baño, veo una barriguita con llantas de pequeñoburgués alimentado con comida frita. Y el odiosamado penecillo circunciso. Menos pelo, una caspa reciente y obstinada. Y esta permanente preocupación por mi aspecto. Pareces una hermana tuya, pareces Vicky, me dice una voz interna. Mi mujer vuelve a subir las escaleras, ahora que iba a escribir otras miserias, otras fantasías aún más íntimas. Mejor me pongo a leer las ajenas: Tristram Shandy. Es una novela sobre la novela y, en ese sentido, me puede enseñar a escribir las novelas que no escribo.

31 de diciembre

Creo que sería más fácil, para nosotros, educar una hija que un varón. En la familia de mi mujer y en la mía, con mi poco honrosa excepción, ha habido solo mujeres. Y yo no me acuerdo bien de cómo fui educado. Lo único que sé es que nunca me pegaban. Y lo único que sé sobre mi hijo es que no voy a pegarle nunca. Es impresionante lo poco que recuerdo de mi vida pasada, de mi infancia, de mi vida en general. Recuerdo mejor lo que les decían a mis hermanas: no solo debían ser, sino también parecer. A mí me enseñaron a leer en voz alta. Me dijeron que cogiera el libro con la mano izquierda y apoyara la derecha en las páginas para que no se cerraran, y luego a leer con voz fuerte y clara, despacio, para que los oyentes pudieran entender bien.

De mi educación ha resultado un tipo manso —¿o amansado?—. A veces un poquito (esta expresión la repito mucho y no me gusta: «un poquito») hipócrita. Debo llegar a decir, más seco y preciso y sin piedad: a veces muy hipócrita. Y manso, sí. Hoy, casi toda la mañana la he pasado llevando del brazo a la abuela de mi mujer. Con la otra mano el paraguas, o, más tarde, las bolsas de las compras. Todo a un paso lentísimo. En mi mente un aburrimiento sin nombre; en mi rostro una sonrisa fija. Tal vez en mi educación hubo tendencia a obligarme a aceptar estas costumbres «femeninas» (tradicionalmente hablando) que consisten en aceptar sumisamente lo más soso y aburrido. Por eso mismo será que acepto con sumisión cocinar, lavar los platos, tender la cama, lavar el baño. Pero no sé si esto es educación. En mi casa no lo hice jamás, para eso estaban «las muchachas». Lo masculino, en mi casa, era leer. Las cuestiones prácticas o mecánicas o deportivas (que no eran viriles, sino de machos, que es otra cosa) siempre han podido con mi papá. Esas cosas lo superan, no las hace. Al contrario, sin su ejemplo, he aprendido un poco de todo esto. Pero entonces es como si quisiera abarcar en mí mismo todos los papeles: el de padre, madre, hermana, hijo, muchacha del servicio y figura masculina externa.

Tal vez siempre he querido ser todo. Médico como mi papá, negociante como mi mamá. Intelectual como él, práctico como ella. Socialista como él, capitalista como ella. Político episódico como él y empresario como ella. Iluminado y rápido pero ingenuo como él (y a veces la rapidez, el facilismo, reduce la profundidad, da lo bueno y lo malo de la ligereza), y con capacidad de cálculo como ella. Inconstante como él y persistente como ella. Ateo como él y espiritual como ella. Pero soy menos trabajador que ambos. He tenido una vida económica más fácil: no fui huérfana, como ella, ni tuve un padre autoritario, como él; incluso ahora que voy a ser padre, me siguen manteniendo. En fin. Tal vez soy un padre que no ha dejado de ser hijo; soy un padre niño. Un niño de veintisiete años. Un adolescente en la edad madura.

Otro tic estilístico que tengo es el «tal vez». Y debe ser un tic mental, cultural: el tic de la duda, de no querer ser demasiado perentorio, comprometido, definido. El tic del que nunca sabe bien.

Un recuerdo viejo: mi papá que me da una biografía de Goethe para que la lea. Dice algo así como que no está seguro de que me convenga, pues Goethe tiene mucho de creerse un superhombre; o el biógrafo así lo pone. Pero yo nunca la leí, aunque todavía la conservo. Quién sabe por qué mi débil memoria, que tanto olvida, no ha olvidado este detalle.

Mi mujer llega y se me sienta al frente como un árbitro tácito. ¿Por qué? Siempre. ¿O por qué lo siento así? No puedo escribir con árbitro; es como masturbarme en público. Para escribir necesito estar solo. «Escribir es hablar sin que a uno lo interrumpan», leí en alguna parte. Y basta una mirada para interrumpir el pensamiento y empezar a pensar en la mirada.

1986

1° de enero

El año empieza con insomnio invertido, a las cuatro de la mañana. A veces pienso que es la tensión de la prepaternidad; otras veces pienso que es el vino, el exceso de comida. Me despierto con un sobresalto, como asustado, de regreso de un sueño profundo pero breve: fueron dos o tres horas. Y empiezo a cavilar: debería dejar de beber vino, me gusta demasiado y existe el alcoholismo, la cirrosis. Ahora tengo ya acidez casi todas las noches (los genes de mi papá y mi mamá juntos) y de ahí a la úlcera el paso no es muy largo. Luego los kilos de más; pienso: no más azúcar, menos harinas, no más vino. Propósitos de siempre. Propósitos para un futuro que no existe y que siempre se estrellan con un presente que se repite. Tengo tendencia a no ser capaz de despojarme de ciertos vicios-hábitos. Por eso es grave que beba: si me da por ahí ya no paro.

Y esta permanente agitación/excitación sexual: hago recuentos de mis pocas, poquísimas, aventuras antes de empezar a vivir con mi mujer: nada como las tetas duras de Rita, en Staten Island; como la resistencia yegüina de M, con sus piernas fuertes, grandes, de deportista; el fracaso con Cloé, que terminó siendo tan triste en todo sentido; la boca de Verónica y su lengua maravillosa; la locura de S que entonces no me excitaba pero que ahora en el recuerdo es una feliz mancha. Todo esto fue antes de casarme (que en nuestro caso quiere decir irse a vivir en la misma casa) con mi mujer. Dejé de ser virgen muy tarde; después de los veinte años; en un carro, qué felicidad, con M. Luego vino Irene, Irene que no es un recuerdo, que no puede ser un recuerdo. Mi mujer. La persona que amo. Pero nunca ha sido un objeto sexual demasiado cargado, siempre en sordina, con su ritmo lento y su ternura. Menos mal que ahora no recuerdo con ganas las experiencias homosexuales, la locura adolescente que buscaba penes por todas partes para tratar de constatar el tamaño, la forma, la validez del mío. O algo así. Eso se ha desvanecido como se desvanece la juventud, esa época en la que todo resulta atractivo sexualmente, hasta una burra, un caballo, unos escarabajos copulando.

En la mente la posible perspectiva de la compañera de Retórica Antigua. Tonterías sin fundamento; no me ha dicho ni siquiera su nombre, lo averigüé mirando en la hoja de asistencia que firmamos los estudiantes. Con su apellido de director de cine, de familia noble. Pero hay regimientos de Viscontis en Italia.

Sterne me entusiasma. Le va mostrando a uno la ossatura, el esqueleto de lo que va creando, es carne y huesos al mismo tiempo, y en general los libros (como los cuerpos vivos) no dejan ver los huesos, que se suponen feos, pero son la armazón del edificio. El tiempo, los incisos, las alternativas del lector, todo lo comenta. Escribe la novela y también la manera como la escribe. Piensa en el crítico y sus posibles objeciones, en las posibilidades tipográficas. En vez de esqueleto interno, invisible, la novela de Sterne tiene exoesqueleto, como las langostas. Y la carne del libro, en realidad muy poca, va por dentro. Ya está ahí toda la novela experimental del futuro.

Ahora quiero comprarme una máquina de escribir. Ya la vi, es hermosa y modernísima y a pesar de que la venden en Italia tiene la eñe y el acento español. No soy capaz de escribir sin eñes y sin tildes. No hace ruido como la que tengo, un vejestorio «made in DDR»; repite una página entera con memoria automática. Tengo el entusiasmo del niño que ha visto el exacto juguete que quiere en la vitrina y tiene la esperanza de que Papá Noel se lo compre.

No debo ilusionarme. Este diario no va a seguir a este ritmo. Ojalá. Aunque escriba solo bobadas es una buena terapia, y le pongo un freno al flujo desordenado de los pensamientos. Un freno y una silla y dos espuelas: o sea instrumentos para cabalgarlo, para que no pierda sus energías en un galope desbocado y sin rumbo. Cuando uno piensa y no escribe todo se va en humo, en aire. Cuando uno piensa y escribe, algo del humo se convierte en aguada, en tinta. El pensamiento es un caballo salvaje, loco, cerrero; la escritura es una forma de domarlo.

Mañana volvemos a Turín. A mi reto con la universidad: tengo que acabar una carrera, tener un cartón. A los pocos amigos: Manuel, Paolo, Paola, Anna. En el año este que cambiará todo: un hijo. Después, espero, vendrán los libros. Hoy me siento con fuerzas para escribir libros. Claro que con este italiano que se me mete y se me mezcla. Cada rato aquí estoy por escribir algo en italiano, solo el tiempo de la pluma logra detenerme, devolverme al español.

Me estoy dejando crecer la poca barba que tengo. Rala, con pelos rojos, rubios y negros, como los gatos chandosos, o bastardi, como dicen por aquí, de razas mezcladas, o mejor, sin raza; mi barba de mestizo; me la acabo de ver en el espejo, camino de la terraza donde estoy sentado y escribo. No es tupida y tengo muchos pelos rojos, muy rojos, en el bigote. Serán los primeros en volverse canas, me dijo alguien alguna vez. ¿Quién? Siempre olvido las fuentes.

¿En cuál película fue? Allen, tal vez: la gente no va sola al baño, lleva siempre libros o revistas u hojas de periódico para no estar sola consigo misma. Ahora recuerdo: Miller, Henry. ¿Qué habría dicho del diario? Tal vez lo defendería, recordando a Anaïs. No me ha gustado lo poco que he leído de los diarios de Anaïs Nin. El diario me acompaña hasta en el baño. Para no pensar.

Esto tiene la ventaja de que puedo dedicarme al yo, a la introspección, a la divagación, al recuerdo, a lo demasiado personal, y a lo mejor así libero lo que hay en mí de fabulador. Salgo de mí aquí para que en mis libros quede lo que no soy yo. Si luego descubro que no hay nada adentro, entonces debería desistir de mi proyecto de ser escritor. Sería algo liberador. «Querido Esteban Carlos (empezaría mi carta): Al fin estoy tranquilo. He decidido que no voy a ser escritor». Sería liberador, sí. Porque esta obsesión, este reto, rito, esta apuesta, deseo, odio, ambición, impulso, esta vaina de escribir, de ser escritor, me mantiene agitado —porque no lo soy— y ansioso —porque no veo la hora de serlo—. E inconforme, malgeniado, caviloso, pensativo. Pero no es malo esto último, hay que mantener el cerebro en ejercicio para que no se atrofie. Como se me están atrofiando, en cambio, brazos, pecho, piernas y barriga debido a que mis únicas actividades son leer, lavar los platos y escribir.

Un inicio:

En esta partida, lector, eres tú el que tiene las blancas. Solo cuando abras el libro podrá empezar el juego. Está bien, pero parece robado de Italo Calvino. Y una escritura «experimental» no demuestra tampoco que uno tenga creatividad o fantasía. Demuestra que ha leído a Sterne y a Calvino.

6 de enero

Tal vez el diario es un lujo de vacaciones, un proyecto (inútil) de Año Nuevo. No tengo tiempo para contar lo que me pasa —poco— ni lo que me pasa por la mente —todavía menos—.

Compré la máquina de escribir que quería, mi juguete navideño, mi aguinaldo, y escribí cartas, traduje la mitad de un ensayo para Sábado, el suplemento de Unomásuno, y un nuevo inicio de cuento. Nada más. Iván Restrepo le entrega a Fernando Benítez mis traducciones en México. Dice que les gustan, pero no me las pagan. Ahora tengo preocupaciones económicas (mañana hay que pagar el alquiler) y pienso en el hijo que vendrá. Pero me desangré escribiendo cartas y no quiero repetirme. A veces en las cartas se va toda la fuerza y queda uno rendido.

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Tengo mala memoria y una imaginación poco despierta. Con estas cualidades ¿cómo quiero escribir libros? Nunca seré capaz de ser escritor; me falta fantasía. Nada más parecido a la mudez que la falta de memoria y de imaginación. Soy una fuente seca de palabras pues no tengo de dónde sacar historias. Un manantial sin agua.

7 de enero

Escribir por escribir. Porque la pluma resbala bien en el papel, porque la tinta es líquida y se esparce y de inmediato se seca.

Oggi abbiamo visto il bambino (ecografía): si muoveva ed aveva quasi quattro cm. di femore1. El fémur de mi hijo, de mi hija. La emoción infinita de un fémur de cuatro centímetros. Mi mujer no quiere que le digan si es niño o niña; quiere poder soñar todos los meses con esa fantasía, con esa incertidumbre. Yo no soy así, pero me encanta que ella me obligue a ser así. Ella no quiere aplanarse en la certeza, como yo, sino vivir ocupada en una hermosa duda. Ella es nostálgica, quiere vivir el embarazo como siempre en la historia se lo había vivido: como un regalo, como una sorpresa y una incógnita que viene envuelta en el bonito papel de la placenta. Yo pienso que saber más, de todos modos, no es saber mucho. Saber el sexo de mi hijo o de mi hija no le quitará nada al misterio de lo que va a ser: la cara, el carácter, la mirada, las manos.

Tengo que decidir qué hacer. No, primero debo decidir si hacer. No qué escribir, sino si escribir. La primera pregunta es difícil, la segunda insoluble, o al contrario.

10 de enero

Empiezo un relato, sigo adelante un poco, y luego lo aborto. Durante un rato un dios se apodera de mí; ese dios que se llama entusiasmo. Luego el dios me abandona, tengo un sangrado y pierdo el niño. En literatura soy como esas mujeres que quedan embarazadas pero siempre abortan. Mi única maternidad sería la escritura; quedo preñada, pero no doy a luz. Creo que el jefe de la tribu me mataría, en una sociedad primitiva, como a una mujer yerma.

11 de enero

¿Cuál historia contar? Estoy vacío. Nunca me ha gustado contar nada; al llegar de un viaje no lo cuento; y no soy capaz de reflexiones serias, de observaciones profundas, ordenadas. No vale la pena que yo escriba. Este es el diario de una persona que escribe que ha resuelto no escribir nada. Que ha decidido renunciar a la escritura. ¿La historia de mi tía con una maleta llena de huesos? Es como la bolsa sonora de un personaje de García Márquez. Mi historia ya está escrita por alguien que lo puede hacer mejor que nadie. Silencio, debo quedarme en silencio, no escribir nada. Lo malo es que si no escribo seré solo un costal de huesos.

17 de enero

El primer primate encontrado hasta el momento vivió hace setenta millones de años en el Monte Purgatorio. Sería capaz de ponerle un buen título a esta noticia en un periódico: «Padre nuestro que estás en el Purgatorio». A lo mejor en el futuro yo sirva para poner títulos.

Le daba pena escribir cosas originales, y cuando una se le venía a la cabeza la escribía entre comillas, como si fuera una cita ajena.

En realidad cada vez que se me ocurre una idea que me parece original, mi mente, escrupulosa, se pregunta: ¿dónde lo habré leído? No sé si soy de los que creen que ya todo ha sido dicho, o más bien de los que creen que hay muchas cosas que todavía no se han dicho y están a punto de decirse por primera vez. Ánimo, di en este mismo instante algo que no haya sido dicho nunca. Pubirna pati logrosandi ecmítera. No, eso es hacer trampa. Tienes que decirlo con palabras que existan, lo que no existe es esa combinación de letras. Bueno: imaginar es como la broca de un taladro que va horadando la madera de un árbol que no ha sido sembrado todavía.

4 de febrero

Me afecta un cierto moralismo de izquierda, lo que un amigo llama marxismo fósil, veterosocialismo o no sé qué. La sensación de culpabilidad por gastar en estudio lo que bastaría para que una familia colombiana comiera bien. En un orden de prioridades rígido, que siga una cierta ética abstracta y casi absoluta, el tipo de vida que llevo sería aberrante, moralmente repugnante. Pero según ese punto de vista, García Márquez, en lugar de escribir Cien años de soledad, habría debido ponerse a alfabetizar a los millones de compatriotas suyos que no saben leer ni escribir.

5 de febrero

Y de nuevo esta angustia de febrero, esta angustia de querer amar a todas las mujeres. A esa, con los ojos más grandes que he visto in vita mia y la trenza más negra y más perfecta. Tanto, que pensé en Homero y sus ojos de ternera; tanto, que pensé en las cuerdas con que se amarran los barcos a los muelles.

El amor, el amor ahora lo hago solo conmigo mismo, en sueños. Mi mujer se ha convertido en el hijo de su panza, sus pezones ennegrecidos, sus senos de venas azuladas, su barriga tensa, cóncava, llena de vida ajena. Como que no logro aceptar su radical transformación física.

Veo de lejos a la mujer con la colita punk rubia, la sonrisa pareja, el apellido noble. Juego tenis con una amiga flaca, de piernas más secas que las mías. Sonrío, sonrío y nada más.

En el sueño de anoche no hacía el amor con mi mujer. Era otro el que hacía el amor con Irene y yo los miraba. Primero yo iba a hacer el amor con ella pero al empezar «ella» era otra mujer y yo hacía el amor con esa otra. Cuando se convirtió en Irene entonces el hombre ya no era yo sino otro. Y luego, precisamente con ese otro, empecé a hacer el amor yo.

¿Era el amor? No, era otra vez mi eterna confusión de pene con tetas, de leche y semen. Anoche las palabras de Nicoletta, mi alumna privada de español (abogada, amante de un señor Gallón, colombiano) me habían caído como un puñetazo en la cabeza: Ma voi avete deciso di fare un monogamico per sempre? 2.

14 de febrero

Una constante poética de lo imaginario personal: describir a la madre joven, recobrarla.

Ahora me doy cuenta de que desde hace algunos años he perdido la confianza en las palabras, en la literatura, y por eso puedo escribir solo críticas, o parodias, o plagios, o sátiras. Pastiches. Por eso prefiero traducir. He perdido la candidez necesaria del que cree en el crear. Voy a empezar algo y me muero de vergüenza. A la fuerza he escrito una poesía:

Cuando terminas de dibujar sobre la página

sin darte cuenta bien

el perfil que quisieras merecerte

temes que tu nariz se les parezca

a una nariz que no te pertenece

o demasiado grande o demasiado recta

y arrugas el papel

para que nadie vea

que por primera vez no te has equivocado.

17 de febrero

Nos movemos en el espacio (regresamos, por ejemplo) como si fuera posible, con el cambio de lugar, cambiar de tiempo. La ilusión de volver al sitio que conociste cuando tenías veinte años, ilusión realizable, es muchas veces la ilusión imposible de volver a los veinte años. La comparación entre pasado y presente se opone a ese regreso; lo hace imposible. La estabilidad en el espacio, el sedentarismo, da una ilusión de permanencia en el tiempo, hoy y mañana encuentro el árbol, la esquina, el edificio. Los cambios no se perciben, son un proceso imperceptible. Como tu cara en el espejo. Sin el espejo, trata de recordar tu cara; es difícil, pero más o menos lo consigues. Tal vez se parece a una de tus últimas fotografías. Pero trata de pensar en tu cara a los quince años. Es difícil admitir que ya casi habrá pasado el mismo tiempo, otros quince años. O mucho más tiempo, el doble del tiempo, cuando releas esto.

¿Qué me gustaría ser? Librero, editor. Difundir la escritura, lo que no soy capaz de hacer. Si no voy a ser escritor, me dedicaré a publicar a otros escritores, a ayudarles a ser lo que yo no fui capaz de ser. O a recomendar y vender buenos libros en una librería.

18 de febrero

Idea para un libro:

365 capítulos breves de la vida de un personaje repugnante. Pero inmenso. Animal. Loco. Su casa, por ejemplo, punto por punto, puede ser un capítulo. Un sueño. Un diálogo en un parque. La confesión de cuaresma. La visita a la madre. El baño. La prostituta. El taxista. El taxímetro. Una borrachera en el bar. El viaje en bus. Una película. Un noticiero de TV. La masturbación. Etc. Su confidente es una leprosa (doce visitas). La gata. El dinero: ¿robo? ¿banco? Un recuerdo de infancia. Trabajo fallido. Carta a un periódico (reaccionaria). Visita de un testigo de Jehová. Ida al mercado.

Hay que señalar algunos santos. Seguir el calendario. Santificar las fiestas. ¿Un asesinato?

«Rompecalendas». Hongos alucinógenos. Lo único que no he hecho: matar. Sí, el personaje mata a una pareja que hace el amor en un carro, apartados. Como esa vez que casi nos matan, a M y a mí, cerca del estadio; estábamos haciendo el amor en el carro y la policía nos insultó, nos cogió a bolillazos; tenían ganas de violar a M y de matarme a mí porque yo sí me la estaba comiendo. Se les veía en la cara. Tuve que darles plata, sobornarlos. Temblamos y lloramos de miedo; después, felices de estar vivos, nos moríamos de risa. Como el monstruo de Florencia que se dedica a matar parejas que hacen el amor. ¿Qué locura religiosa o humana habrá en su cabeza? Idea de bautismo + muerte – robo de bebé en un hospital. Lo bautiza y lo mata. El supremo herodismo. Dice que lo bautiza y lo mata para que vaya al cielo, para salvarlo de todo pecado en la tierra.

Un día llegan los del censo a su casa, para dar todos los datos anagraficos del personaje en un solo capítulo: nombre completo, edad, lugar de nacimiento, profesión, dirección, nombre del padre, de la madre, ingresos. También un día de elecciones. ¿Vota por el Sagrado Corazón? Se une a una manifestación del TFP. Pertenece a una congregación mariana, a una logia de caballeros de la santísima Virgen. De la santísima verga. Un personaje que sea el perfecto hijo de puta católico.

En la carnicería, en el anfiteatro: con su madre, reconoce a un primo loco. Antes lo había ido a visitar al manicomio (recordar mi visita a Sibaté). Paseo por la orilla del río; el matadero, los gallinazos, el agua a veces verde, a veces azul. Tortura en la dentistería (con la ayuda de García Márquez). En la farmacia compra condones y una revista pornográfica: se masturba con condón. Intento de suicidio después de una confesión: el bus frena a tiempo. Algo de humor. ¿Cómo? Comida. Encuentro con una vecina: acto de generosidad. Se mira al espejo: descripción fisionómica. Darle un crédito a Carpe diem (Seize the Day) de Bellow, pues algo me dice que me empuja un poco.

Se despierta sobresaltado: alguien está tocando, como para tumbarla, la puerta de su casa.

Es necesario que tenga carro: un destartalado R4 amarillo mostaza. El carro tiene nombre: lo llama Benitín.

¿Qué debe hacer un cura cuando le confiesan un asesinato? Averiguar con mi tío sacerdote. Un día se confiesa.

Podría escoger un año, por ejemplo el 62. Seguir una colección de periódicos como nexo a la Historia con H mayúscula. Pocas, pero precisas alusiones. El primer día no coincide con el 1° de enero. ¿Solsticio de primavera? ¿Carnaval? Miércoles de ceniza. Encontrar el mejor día. Seguir El Colombiano o L’Osservatore Romano.

28 de febrero

Uno escoge un camino y hace muy pocas cosas prácticas: ve películas, conversa con los amigos, se toma vasos de grapa, lee y lee novelas, artículos, periódicos, ensayos. Habla con su mujer (menos de lo debido), escribe cartas, sufre de insomnio, duerme, habla, vuelve a leer. Y es un trabajo de quince horas al día. Pero no sabe nunca qué ha conseguido. Aun alguien —aquí— que trabaja en una fábrica ese tiempo —ahora— en Mirafiori, en la Fiat, ve resultados palpables: un motor, una llave, un tubo de hojalata, una lata de pintura. Uno no. Pero sigue. Con la certeza de que vale la pena. De que todo esto se hace gratis por el hecho de vivirlo.

10 de marzo

Leo un artículo médico sobre el hígado y me empieza a doler.

No duermo. Tengo miedo. Envejezco. Leo doce horas al día; no me muevo. Odio tener que morirme un día y odio tener que pensarlo desde ahora. Tener un hijo envejece. Estoy como desesperado por hacer mil cosas (antes de que sea demasiado tarde) y no soy capaz. Sigo con el síndrome de los inicios. Empiezo mil cosas sin terminar ninguna: buen resumen de mi vida. Tal vez por eso pocas novelas me han gustado tanto como Si una noche de invierno un viajero, de Calvino. Es como si estuviera empezando todo el tiempo. Tomo café. Sigo tratando de devorarme en tres días la historia de Inglaterra. ¿Para qué? No entiendo la guerra de las Dos Rosas. ¿Para qué quiero entenderla?

Los libros me rodean, me miran con ojos acusadores. Me señalan, se burlan de mí diciéndome: no me has leído, no me has leído, estás perdido. Nunca sabrás mi historia. Tomo café, fumo.

Este diario no progresa. Me demoro horas escribiendo cartas. Mis amigos las botan. Creo que por lo menos una generación de estudiantes colombianos de clase media y clase media alta hemos estudiado en el exterior financiados por los narco-dólares. Al menos este contragolpe favorable han tenido las hijueputadas de la mafia. ¿Dónde hubiéramos podido comprar los dólares baratos si no en las lúgubres y asustadoras oficinas de los mágicos en Envigado? En las sórdidas casas de cambio de los exportadores de cocaína. Hemos blanqueado su dinero estudiando en Estados Unidos y en Europa. Lavamos dólares para ser menos ignorantes; este es un delito que debería ser premiado. Recuerdo haber comprado dólares en oficinas terribles donde uno iba pasando una puerta, otra puerta, otra puerta, hasta llegar donde un tipo gordo, asqueroso, de pulseras y collares de oro, que contaba grandes fajos de billetes verdes. El sanctasanctórum de algún mafioso. Gracias a eso pude estudiar en Europa, con los dólares de la cocaína. ¿Soy un cómplice de la mafia?

11 de marzo

¿Y si algún día saber leer, en sentido lato, equivaliera a lo que hoy quiere decir saber latín? El libro, la escritura, qué tipo de comunicación puede ofrecer que no pueda darnos la TV, el cine, los computadores. Eso es lo que hay que pensar, definir y aprovechar. ¿Qué tienen las letras, la lectura profunda y lenta de un libro, que los demás medios no poseen?

Tal vez tendemos a hacer de nuevo de la literatura una lectura con esfuerzo, una actividad que nos exige concentración, participación. El cine (cierto cine) y la televisión exigen menos esfuerzo de parte del espectador. La recepción es más pasiva —al menos mientras no se dediquen esfuerzos a una lectura más atenta de estos medios—. En cambio el modo de leer, incluso las novelas que fueron escritas para ser leídas sin esfuerzo, se está transformando. La cooperación del lector debe llegar a tal punto que pueda ser capaz de reproducir el proceso de creación de la novela.

Hasta cuándo el manierismo, el García Márquez diluido, aguado.

O los que tratan de seguir ordeñando la vaca seca del surrealismo, la vaca ordeñada del realismo mágico, la vaca de ubres secas del indigenismo, la vaca montañera y sin leche del costumbrismo. Minas agotadas, socavones sin oro.

La religión dominical. Buena definición para el catolicismo. De lunes a sábado capitalismo, comunismo, sensualismo, armamentismo, mafia, cualquier otra cosa. La religión del viernes, islam; la religión del sábado, judaísmo. La religión del lunes, capitalismo.

23 de abril

La nueva, imperiosa necesidad de la filosofía y de la literatura. La literatura es solamente filosofía aplicada (esto ya lo he leído). Cierta sabiduría, cierta concepción de la vida aplicada a un contexto supuestamente real: el de la vida de unos personajes modelados por una mente que se somete a una lógica, una lógica que, en un momento dado, funciona sola, provoca elecciones obligatorias. Un personaje no puede hacer lo que le dé la gana: tiene que hacer lo que la trama le exige.

La filosofía, como la teología, es literatura pura, abstracta, imaginación neta. Dios es la más pura imaginación del hombre: lo más grande y lo más perfecto que no existe o existe solo en la fantasía nuestra, que es una manera privilegiada y muy real de existir. ¿Qué pienso de la muerte de un hombre, por enfermedad, por asesinato…? En literatura aplico esa meditación pura y recorro la muerte de Iván Ilich, la de un personaje de Malraux o Camus. La Historia pretende ser una serie de fotografías de la realidad, si mucho una serie de películas de la realidad (a veces sin personajes, se enfocan solo trabajos o monedas o fábricas o clases sociales), pero nunca es la realidad. La realidad es este momento en que estoy escribiendo, lo demás es elaboración mental, memoria, proyecto, suposición.

Con una computadora sería facilísimo hacer que todos los capítulos de un libro fueran solo anagramas del primero. Hablar con un programador para que me ayude a hacer un proyecto así: cada capítulo tendrá exactamente el mismo número de vocales y consonantes, puntos y comas, que el anterior. El mismo número de palabras; el mismo número de adjetivos y sustantivos. Un proyecto divino, en el sentido literal de la palabra. Cábala.

La crítica literaria, con todos sus excesos exegéticos e interpretativos, es hija de los intérpretes de la Biblia. La crítica literaria se empeña en ver mucho más allá del dato sensible, produce interpretaciones simbólicas, probables, arbitrarias, casuales, numéricas, cabalísticas. Nuestra capacidad de ver analogías en cosas disímiles es inextinguible. Nuestra forma mental lingüística, cargada de metáforas, nos ayuda en esta empresa. El texto literario se convierte en un jeroglífico, en una revelación cargada —en sí misma e independientemente del escriba— de connotaciones. El texto literario como una nube quieta observada por distintos ojos: unos ven un caballo, otros un dragón, otros una batalla de corderos contra perros. De ahí el éxito de la literatura hermética: a toda frase, por oscura que sea, nuestra mente le encuentra, le puede encontrar un sentido.

También, como en la Vulgata, hay traducciones literarias que se consideran canónicas e inmejorables.

22 de mayo

Nace mi hija en Turín mientras la nube de Chernóbil se cierne sobre Europa.

Ella no está hecha a imagen y semejanza de nadie. Llora pasito, como si fuera tímida. Respira pocos centímetros cúbicos de aire, come dos gotas, y eso le basta. Es una piedra preciosa perfectamente labrada, una miniatura. Al volver del hospital, a las cuatro de la mañana, vi, de repente, a mi izquierda, alta y furiosa, una luna metálica que me llamaba. El día había sido una sucesión de tempestades. Pero cuando nació, salió la luna, la serena luna.

Me asusta su fragilidad. Cabe en mi antebrazo, no es capaz de sostener la cabeza. Parece un boxeador en miniatura, después de un round perdido, con la nariz pegada a la cara, como si fuera plastilina. Las manos tienden al morado y a veces se estremecen. Llora con un gemido tan tenue como los ausentes quejidos de su madre. Las amo. Voy a volverme un papá atolondrado y no me importa nada. Mi vida propia, personal, ha perdido importancia y ha ganado alegría. El tiempo que pasaré mirándola debe contarse en años. Demasiado feliz para sentir el cansancio, demasiado descansado para no preocuparme. En medio de las nubes radiactivas vale la pena que nazcas. El rito se repite para que la alegría se perpetúe. Hija, hija, hija. Montaña, piedras, mar, árboles, luna.

12 de junio

No he escrito en estos días. He vivido solo en la felicidad y en el miedo de tener una hija. En el éxtasis de mirarla.

Ahora siento esa opresión que me obliga a escribir. Es una especie de tristeza excitada, una oscura nostalgia de algo que nadie ha escrito nunca; no la algarabía rabiosa o risueña de los artículos de periódico —cuando el caletre los construye— sino este como principio de borrachera, de delirio místico, que no es inspiración sino concentración. Pero es un momento diferente, con una carga de angustia, de aislamiento, de soledad, que justifican que se le hayan dado diferentes nombres. En estos instantes sé muchas veces que mi deber es hacer otra cosa: estudiar, limpiar, mimar a mi niña, pero no puedo. Aun escribir esta reflexión es una incongruencia, un robo, debo volver a mí mismo.

En la civilización del trabajo remunerado, leer sin objetivos y escribir sin fin es el peor escándalo. Yo mismo me escandalizo, me sorprendo de mí mismo y a veces me desprecio, siento vigorosas protestas ante el tribunal de mi conciencia y los jueces que tengo dentro son incapaces de emitir una sentencia.

El Homo faber vence al Homo sapiens.

Con este problema de la especialización estoy acabando por saber solamente de literatura. Pero lo grave es que puedo acabar sabiendo, como otros, solo de literatura europea, española, española del siglo XVII, de Quevedo, de los sonetos de Quevedo. Especialista en Cuba y en Cabrera Infante. ¡No!

Estoy descubriendo a Goethe con delicia. Cada vez me preocupa menos mantenerme al día con las modas del último escritor descubierto por los periódicos americanos, o por el último escritor americano descubierto por los periódicos europeos: flores que se marchitan en siete abriles.

14 de junio

Yo, que todavía no he leído Guerra y paz, ni Rojo y negro, ni La cartuja de Parma, ni Los hermanos Karamazov, ni La montaña mágica, ni Fausto, tener que pasar horas y horas deshojando El Crotalón; yo sin leer completo el Ulises y paso días de bostezos detrás del falso Ulises del Viaje de Turquía. Todo porque a un especialista en literatura española le parece encontrar ahí rasgos erasmistas. Si al menos la obligación fuera leer a Erasmo, su Elogio de la locura, me sentiría perdiendo menos tiempo. Pero algo sacaré de esta lectura con tirabuzón. I hope. Pues si no fuera por obligación jamás leería estos libros. Y eso es bueno. Porque lo que son los otros, de todas formas los leeré algún día.

En el telegiornale, a mitad de la emisión, me llega la noticia: oggi a Ginevra è morto il poeta argentino Jorge Luis Borges. Pudo haberlo previsto muchas veces el irónico escritor, que tantos hombres ha sido. Ginebra, para él, debe haber sido una buena ciudad para morirse. Allí había pasado años importantes en su juventud; era una de sus muchas patrias, si patria es el sitio donde nos sentimos en casa.

Tal vez por su edad su muerte me conmueve menos que la de Calvino. Y porque después de Ficciones, de Elogio de la sombra, de El hacedor… era difícil que pudiera seguir dándonos siempre nuevos descubrimientos. Pero era lúcido, contradictorio, brillante y cada entrevista suya nos hacía pensar, reír. Un genio, uno de los pocos genios literarios latinoamericanos del siglo XX. Producía ideas e ideas sin cesar, muchas de ellas geniales; producía paradojas e ironías como los naranjos producen azahares y naranjas.

¿Qué habrá pensado al contemplar la verdadera sombra que se acercaba? Su muerte puede casi parecer un capítulo de un libro. Un escritor tan literario, tan libresco, tiene solamente una vida textual. Aun su vida física era una búsqueda literaria. Paradojas, palabras, dudas, historias, enigmas, laberintos, espejos. Un misterio laico, terreno, aunque fantástico. Las posibilidades sin frontera de la razón, las hipótesis posibles e imposibles trasplantadas al cuento y al poema. La fantasía como la herramienta perfecta para entender los secretos de la realidad.

Dentro de quinientos años, cuando celebren el quinto centenario de su muerte, ¿qué dirán los estudiosos? No lo de su enciclopedia fantástica. Tal vez analizarán por qué nos gustaba tanto a los hombres de la época y encontrarán (buscarán) en sus cuentos los ecos de una ideología que lo llevaba a ser un anticipador, un profeta, un revelador de nuestros puntos fijos interiores.

A lo mejor les parecerá muy fácil encontrar por qué nos resultaba tan grande, pues para ellos será igual. Yo, a pocas horas de su muerte, sin embargo, no sabría explicarlo bien. Recuerdo «La lotería en Babilonia», «La biblioteca de Babel», «Tlön…», «El otro tigre», «Baltasar Gracián», «Quevedo», «Cervantes», «Alfonso Reyes», «Fundación mítica de Buenos Aires», «Poema de los dones», «Heráclito» (Ulises, espejos, laberintos), «El jardín de senderos que se bifurcan», «Funes el memorioso», «Ajedrez», y mucho más, listas de títulos en mi cabeza frágil. Poemas que puedo repetir en parte o completos en la cabeza y cuentos que puedo reconstruir en la memoria. Morir, decía, la muerte, es solo una constatación estadística. A lo mejor, pensaba, nosotros inauguramos la primera generación de inmortales. El problema permanece, se posterga, su paradoja perdura, sobrevive a su muerte. Pronto seré mis libros, pensaba; ya es sus libros.

15 de junio

Hay dos Borges: el hombre y el escritor, El otro, el mismo, Borges y yo. La famosa figura de la literatura y el hijo de la señora Acevedo, el recién casado marido de María Kodama. Tal vez el menos autobiográfico de los escritores. O tan autobiográfico que cuando escribe lo más abstracto y fantástico en realidad está hablando de un hombre que delira y agoniza de septicemia en un hospital: él mismo.

«Los escritores fracasados siempre imaginan conspiraciones contra ellos. Creen que los escritores más afortunados forman una mafia. Sienten que cuando esos escritores publican, los excluyen», leo en unas declaraciones de Borges. Yo, que soy un escritor fracasado, debo siempre tener presente esto, para no ser nunca un escritor envidioso y resentido.

16 de junio

No hace mucho escribí una carta que me gustó tanto que quise hacerle una copia. Además de vanidoso, no me permití ser ladrón. Ya no es tuya, me dijo el ángel de la guarda. Satanás cayó —y calló—, vencido. Cuánta vanagloria hay en aquellos que guardan copias (o peor: originales) de sus cartas. Las cartas están hechas para que viajen y se pierdan en el aire, como las palabras que decimos.

Las páginas se mueven —llenarse, irse manchando, es un movimiento— lentamente. Esto es un no-diario, no es el acta cotidiana, el recuento, el examen de conciencia. Es una herencia para mis hijos; un ahorro para la vejez. Un testimonio más o menos sincero. Los historiadores de Turín no encontrarían aquí una sola línea de valor. Si pensara en ellos escribiría sobre los autobuses llenos de vaho en el invierno, el ruido metálico de los tranvías anaranjados que recorren las largas avenidas rectas, arborizadas, con una dulce sombra en el verano, sobre los encuentros en la estación de Porta Nuova, las putas, los travestis, las revistas de viejas en pelota que venden en los kioscos. La gente que compra, trabaja y compra. Los obreros cansados de la Fiat, a quienes los piamonteses llaman terroni y los desprecian, los acusan de ser los culpables de todos los males que padecen. Los pequeñoburgueses que trabajan para comprar, y como no pueden comprar todo lo que quieren, se dedican a quejarse de lo cara que es la vida. Viven más o menos bien, cuando se acuerdan. Viven mal porque aunque ya lo tienen todo, quieren comprar algo más que les ofrecen así no lo necesiten. Las plazas, los cafés elegantes que no puedo frecuentar, los paseos, esquivando la lluvia, bajo los soportales. El pulular de hombres y mujeres jóvenes en la universidad, sin casi ningún extranjero. Yo, un extranjero que se camufla entre ellos y no es percibido como tal casi nunca.

Hoy siento que me hieden los sobacos. La comida me parece sucia. El baño me huele a orina rancia, la casa me parece polvorienta, asmática, Irene está vestida como una campesina pobre, Daniela vomita, llora y no se duerme, los libros me miran con desprecio, el cigarrillo me regala humo y dolor de garganta, los platos están sin lavar, la calle es un ronroneo continuo de automóviles, la mesa está llena de vasos y los ceniceros llenos de colillas. Llevo varios días sin afeitarme, la barriga me crece y los músculos se aflojan, tengo poco dinero en el banco, la lechera me mira mal porque salgo a las diez con el pelo mojado («se ve que no trabaja», pienso que piensa). Todo me mueve a no hacer nada, a esperar a mañana. No soy lo que parezco; no parezco lo que soy. Amorfo sembrador de incertidumbre.

26 de julio

Es fantástica, casi increíble, la perfecta simetría especular (y por lo tanto contradictoria) entre el trozo de Proust: «Hemos tocado a todas las puertas que dan a la nada, y contra la única por la que se puede entrar y a la que habríamos buscado en vano durante cien años, nos chocamos sin darnos cuenta, y se nos abre…»; y el de Kafka de Ante la ley: «Esa puerta era la suya y ahora, antes que entre, se cerrará para siempre». Certifico esta simetría, no logro descifrar bien lo que pueda significar.

4 de octubre

Primero, con el psicoanálisis, obtuve una distancia psicológica. Que por un lado me sirvió, al darme lucidez y autocrítica, sentido del límite, pero por el otro me puso riendas, barreras: antes de que las ideas pasaran a ser palabras, yo había hecho todo un ejercicio de rastreo de mis mecanismos psíquicos. Y así no se puede escribir, con temor a estarse engañando, con la sensación de que las palabras no son palabras sino síntomas, lenguaje cifrado, mensajes del inconsciente. Así, con una liberación y una conciencia, me he puesto riendas.

Después, con el formalismo ruso, la estilística, la retórica, la poética y la semiología, he adquirido otro tipo de lucidez que es también liberación y sujetamiento. Liberación del supuesto automatismo, de sus falsas espontaneidades, sus patrañas de autenticidad. Por otro lado, el temor a no ser capaz de elaborar en mi cabeza, previamente, una estructura.

En todo caso yo no puedo olvidar, ni volver atrás. Ahora tengo que escribir con estos dos factores que han entrado a formar parte de mí mismo, el psicoanálisis y el formalismo ruso. ¿No puedo olvidar? Por favor: de lo único que estoy seguro es de que no solo soy capaz de olvidar sino que todo lo olvido espontáneamente. Si hay algo prodigioso en mí es mi capacidad de olvido.

Últimamente la novela empieza a configurarse mejor. Me preocupa el anticlericalismo barato, la excesiva autobiografía lamentosa. Los ojos de la familia que me leerán me pesan como si los sintiera pegados a la espalda, como si me respiraran detrás de la nuca, con mirada de inquisidores, de censores.

No me decido a hacer algo homogéneo, entero, con pies y cabeza, o bien a hacer trozos, pedazos desperdigados de mi recuerdo o de mi invención. El segundo método se parece más a mí, a mi manera de trabajar, por retazos. Pero mi autocrítico lo critica. Y mi autocrítico tiene siempre mucho más poder de convicción que mi autocomplaciente, otra presencia que está también ahí.

29 de octubre

La gente como yo rehúye el matrimonio, la unión estable, porque esta lo liga a una situación que permanece: a una casa, una ciudad, ciertas costumbres. Mi relación con Irene implicaba lo contrario: la huida de mi horrible ciudad, la liberación de ese pueblo medieval donde te consideran un demonio por afirmar que el papa también tiene que mear, o por sentir pesar de que el papa polaco no pueda hacer el amor.

20 de noviembre

Estoy con Irene más bien que nunca. Hacemos el amor como dos novios recientes. Daniela nos ha unido más, nos hace amarnos más. Y con mayor tranquilidad. De ella solo puedo decir cosas buenas. De ambas.

Irene: si te dicen que eres callada y fría, diles que no te entienden, que tu silencio está lleno de calor. Si te dicen tonta, diles que tu inteligencia es tan superior que parece diferente y no la entienden. Pero tú no eres capaz de decir estas cosas, por tu silencio y tu manera de ser inteligente y modesta al mismo tiempo. Irene, sonríe y asiente si te dicen que eres modesta y prudente.

1 Hoy vimos al bebé (ecografía): se movía y tenía casi cuatro centímetros de fémur.

2 «¿Y es que ustedes decidieron tener un matrimonio monogámico para toda la vida?».

1987

10 de enero

Quiero leer y leer y leer. Toda la vida, todo el tiempo, y lo que me dé la gana (¡todo!) solamente lo que me dé la gana. Retirarme, jubilarme, tener una casa sin polvo y ordenada a lo mejor en el campo. Y que las visitas vengan solo de vez en cuando, que no molesten tanto las visitas. Para poder leer y leer y no hacer otra cosa que leer.

Los amigos son tan importantes que puedo cerrar el libro, dejar de mirar a Irene, a Daniela, y sentarme con ellos a hablar y a beber. Pero después me pesa si el tiempo resulta perdido, si es solo una de esas noches de preparación. Porque eso es lo malo con los amigos: hay que perder tres noches con ellos para llegar a la noche inolvidable, toda llena de descubrimientos y revelaciones; gente en sintonía, feliz estando de acuerdo y en desacuerdo. Carcajadas. Pero las tres noches perdidas me hacen rabiar, y son indispensables, sin embargo, porque hasta la amistad es un entrenamiento. Ah, la gente que se deja de ver años y luego comentan (como para el diccionario de lugares comunes de Flaubert): «Es como si nos hubiéramos visto ayer». O es mentira o no eran amigos. Creen que las historias atrasadas, los cuentos de las novias, los amores, los hijos, la carrera triunfal o decadente, las infidelidades, creen que ese periodismo superficial es la amistad. En parte sí, es cierto, pero las tres, o diez, noches de preparación, la otra no.

Próximo plan de lecturas: Pessoa, Montaigne, Henry James. Acabar de leer las Confesiones de Rousseau. Al leer a estos, ¿a cuáles ya leídos estaré olvidando? Mi memoria funciona por escaques y a veces pienso que ya todos están llenos, que cuando uno entra, como en ajedrez, se está comiendo a otro, no puede haber dos piezas por cuadrado. Si al menos no olvidara Le città invisibili de Calvino. Y las voy a olvidar, irremediablemente, y un día será como si no las hubiera leído nunca.

No menciono, de gusto, lo único que ahora me ocupa la cabeza: la tesis. Vivo hirviendo. Y eso que nieva. Ya en la tesis escribo mi tesis; no voy a describirla también aquí.

17 de enero

Un tema viejo: la gente que no lee, o que lee revistas en el baño y en la sala de espera del dentista, piensa que leer no es un trabajo. Lo mismo piensan los que leen en vacaciones frente al mar, o los domingos (el periódico entero), o un día por la noche, cuando no hay nada bueno por televisión. Pero los únicos que pueden decir que leer no es un trabajo son los que leen más de ocho horas al día. Algunos de ellos lo dicen, y tienen razón; si uno cree que trabajando está prohibido divertirse. Pero si el trabajo se concibe como lo que en el fondo es, producción, entonces no dudo que leer sea un trabajo. Como echar azadón. Seguro al ejecutivo que echa azadón los domingos en el jardín que se ha inventado (y hace bien) para evadir el tedio, tampoco echar azadón le parezca un trabajo.

Todo esto para decir que después de un día entero de leer y de tomar apuntes, al percibir que me duele la espalda al agacharme y que me traquean las rodillas si hago una flexión, me doy cuenta no solo de que estoy cansado, sino también de que mi trabajo tiene sus riesgos, sus típicas enfermedades profesionales.

Me gustaría tener el cuerpo que tuve hace diez años. Pero me contento: dentro de diez años me encantará ser como ahora. Creo que ya lo dijo una actriz: «¿No te gustan tus fotos de hoy? Espera diez años».

Leo. Me detengo. Asocio, recuerdo, pienso. Recorro el camino hacia atrás: del pensamiento, al recuerdo, a la asociación, a lo que leí. Deshago la lectura proyectiva y vuelvo al texto. Pero parte del goce es el estímulo, el tacazo a la mesa de billar (llena de bolas, pool) que vive en mi cabeza. La lectura como bola de billar pool, que genera una serie de maravillosas asociaciones. De vez en cuando alguna se va por un agujero negro.

18 de febrero

Acabé la tesis y no creo haberle dedicado ni una palabra a ella en estos diarios. Es una tesis formalista sobre Tres tristes tigres y el formalismo me aburre. Tal vez estoy solo cansado.

Ayer vi una película que me hizo llorar tres veces: Tasio, de un director español cuyo nombre no recuerdo. Como no voy a recordar la película dentro de unos meses. Ya hoy casi ni me acuerdo de por qué lloré.

Estoy tomando brandy, no le escribo a nadie ni me escribo a mí mismo, pierdo el tiempo cerrando cajas, empacando ropa, pagando cuentas. Pierde el tiempo usted, Héctor viejo, mientras lee su diario: usted es mi lector ideal, y lo trato de usted porque no lo conozco. ¿Qué va a ser, qué es usted? Ministro de educación —querría, quería su papá—. Periodista part-time, profesorucho fracasado, suicida inminente, desgraciado, feliz, escritor sin éxito pero convencido, escritor exitoso pero sin convicción. Ay, viejo Héctor, hoy, en Italia, eras feliz, con Irene, Daniela y tu pluma marrón. (Era negra, pero pongo marrón por el ritmo).

A lo mejor hay otro lector agazapado, uno que hurga, husmea y encuentra esta caligrafía a la que hay que acostumbrarse. ¿Qué buscas? ¿Tu nombre? ¿Lo que pienso de ti? O más bien confesiones de debilidad, por ejemplo, que me masturbo semanalmente —como Tratado Lógico Filosófico— aunque tengo mujer, o que soy un homosexual reprimido (¡claro!, como los homosexuales, que son heterosexuales reprimidos), o que en el fondo creo en Dios. Te equivocas. Pero es raro que piense en ti, en vos, en usted, en vez de pensar en mí, en lugar de escribirme sobre mí mismo, en vez de tatuarme o ser como Whitman o Wittgenstein o de todas maneras un escritor cuyo apellido empiece por W. Ahora paro, cuando al fin me caliento, paro. Podría tomarme el último trago de la botella, para no parar, y para tener la disculpa, luego, de explicar mi superficialidad por las nieblas de la borrachera. Además, si in vinos veritas, entonces lo mejor de un diario son las páginas ebrias, a diferencia de una novela que requiere lucidez, atención, cálculo. ¿Y un poema? Un poema requiere otro tipo de ebriedad que no la da el alcohol ni la concentración. Lo bueno es que al escribir el diario me permito beber; si estoy escribiendo la tesis, un cuento, un proyecto de novela, me prohíbo toda bebida alcohólica. No creo en escritores borrachos. Un diarista borracho no tiene ninguna importancia porque en todo caso este es un tipo de escritura ebria.

Decaigo. Es mejor no escribir borracho. No estoy borracho. Me he tomado tres brandis para dormir bien y para olvidar que mañana no tengo dinero ni para el periódico. Oh, Héctor viejo, perspicaz: brandy sí y periódico no. Pues sí, y vino, porque o los compré hace mucho o me los dio Manuel, mi querido amigo asturiano, a quien tantas alegrías alcohólicas y no alcohólicas le debo. Ir a la tierra del Barolo y comprar damajuanas de este vino, y embotellarlo después juntos, poniendo un corcho tras otro, eso es la dicha. Embotellamos una de litro y medio y le pusimos una etiqueta: «Para celebrar los quince años de Danielita, en el 2001». Dentro de quince años ¿cómo te acordarás de Manuel? ¿Cómo hoy me acuerdo de Corcuera, el compañero del colegio? Corcuera, Javier. Cuando llegó al colegio fue como una bocanada de cosmopolitismo: me prestó El libro de arena y sus padres conocían personalmente a Borges; lo habían invitado a Chile porque Pinochet le había dado una medalla. Es decir que los Corcuera tuvieron un papel central en la vida de Borges: por culpa de ellos no le dieron el premio Nobel. Tenían libros firmados por él, con su firma de ciego. Y Javier defendía a los militares argentinos. Me dedicó su foto de bachillerato: «Estos ojos te mirarán con furia cada vez que hables mal de los militares argentinos». Yo le alegaba y le alegaba que eran unos monstruos, unos torturadores, y él los defendía porque su padre los defendía. Como defendía a Pinochet. Luego lo premiaron con el consulado general en París. Cuando fui a París en mi primer viaje de mochilero creí, ingenuo, que me iban a hospedar en el apartamento del señor cónsul; que me iban a dar sánduches de huevo como en su casa de la Loma de Alejandría en Medellín. Y no, el cónsul me dijo: «Javier tiene mucho …