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Help, cuando los trabajadores de la salud son héroes

Sarah parece haber encontrado su vocación trabajando en el hogar de ancianos de Liverpool, donde tiene una comunicación especial con Tony (Stephen Graham), que padece Alzheimer prematuro y que está destinado a vivir allí, aunque muchas veces se escapa.

Ciudad de México, 11 de enero (MaremotoM).- Help no es una película buena. Pero es conmovedora. La enfermera Jodie Comer (una actriz en ascenso, que ha hecho de  Marguerite de Carrouges en El último duelo, de Riddley Scott) libra una batalla para que lo no tiene armas, para la que no está preparada y para la que va a perder. Dirige Marc Munden.

Sarah, una joven que es siempre despedida del trabajo, que vive en un lugar pobre de Liverpool, con un padre que la agrede, aunque ella por momentos parece comprender la tremenda frustración de su progenitor (cuando le dice por ejemplo que en la tienda de alimentos han hecho galletas de navidad y que están felices por eso: -Te van a gustar las galletitas, Bob, dice lastimeramente), llega a un asilo donde obviamente discute con el que elige personal, quien finalmente la toma.

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Un duelo de actores impresionante. Foto: Cortesía

Sarah parece haber encontrado su vocación trabajando en el hogar de ancianos de Liverpool, donde tiene una comunicación especial con Tony (Stephen Graham), que padece Alzheimer prematuro y que está destinado a vivir allí, aunque muchas veces se escapa.

Hasta que llega el coronavirus al asilo y todos comienzan a ver, sobre todo Sarah, que los internados en los asilos no son prioridad para el Servicio de Salud de Inglaterra. Al principio nadie entiende la enfermedad, sólo que hay que lavarse las manos, ¿usar barbijos?, ¿no tener contactos con los otros? Los visitantes familiares de los residentes no alcanzan a entrar al asilo y es tremenda una noche en la que Sarah se queda sola y uno de los ancianos muestra un grado avanzado de coronavirus por el que va a morir.

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En un plano secuencia con una actriz maravillosa convierte a este filme en uno de terror donde la voz de los teléfonos diciendo que esperen en la línea, que cuando puedan van a atender, quedará para la historia del cine.

Con su relación particular con Tony, al que va viendo víctima de las drogas que le dan para que no se escape, lo despierta para ayudar al anciano a darse vuelta, para poder respirar mejor. Lo intuye, no lo sabe. Recuerda que vio en la televisión que los enfermos de coronavirus tienen que estar boca abajo para que el oxígeno corra mejor. De hecho, el asilo es provisto por un 10 % de los servicios del Sistema Nacional de Salud. Más tarde sabremos que “no son prioridad” los ancianos enfermos. En la ruleta rusa de la vida y la muerte los viejos con virus son desechables.

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Los trabajadores de la salud son héroes. Foto: Cortesía

Stephen Graham, con un Alzheimer precoz, revela una calidad actoral que seguramente por ser un actor tan conocido obviamente que conocíamos, pero puesto a relacionarse con Sarah, una mujer “del otro lado”, hace gala de una humanidad conmovedora. Pocas veces podemos ver a la persona que sufre una enfermedad, sólo la vemos en sus discapacidades, diciendo que ya ha muerto en vida y Tony es un regalo de dignidad estremecedora.

Luego la película es otra y no lo vamos a contar aquí para no hacer spoiler. Termina con algo cuestionable y a la vez inverosímil, pero no tapa las consecuencias terribles del coronavirus, eso que algo en el futuro nos va a hacer llorar a todos por nuestros muertos. Una herida tan grande en la humanidad como el Holocausto.

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