Hermana República

HERMANA REPÚBLICA | Crónica de un cuarentón en cuarentena con hija de cuatro años y esposa

Hasta que el futuro llegó a México. Ese coronavirus salido de China, que produce la enfermedad Covid-19, sentó sus reales en nuestro país. Comenzó la epidemia.

Mérida, Yucatán, 6 de abril de 2020 (MaremotoM).- Las primeras noticias parecieron falsas, de esas que se usan para escandalizar o manipular personas. A principios de diciembre de 2019 los medios internacionales anunciaron la aparición de un nuevo virus en China. Ah, pues qué bien por los chinos, siempre tan innovadores, se dijeron muchos. Luego, llega la nota de que pusieron en cuarentena a toda la ciudad de Wuhan, con millones de habitantes, en la provincia de Hubei.

Y empezaron a extenderse medidas restrictivas en el mundo. El mentado virus viajaba a la velocidad de un estornudo. Impusieron controles sanitarios en aeropuertos, cierres de fronteras en Europa, Asia y Sudamérica, los gobiernos aplicaron confinamientos voluntarios y a la fuerza. Dieron la suspensión de facto a las garantías constitucionales en algunos países. Los noticiarios eran película de ciencia ficción. Hasta que el futuro llegó a México. Ese coronavirus salido de China, que produce la enfermedad Covid-19, sentó sus reales en nuestro país. Comenzó la epidemia. Presento, entonces, estas crónicas del mañana:

Sopa de Wuhan
Portada del libro: Sopa de Wuhan. Foto: Cortesía

Día 1.  Venga. Las autoridades en la Hermana República determinaron suspender clases: Desde pequeñines de jardín de niños hasta universitarios deben quedarse en casa. Súbitamente, Hija de tiernos cuatro años deja de asistir a su escuela. Tanto Esposa como quien esto escribe, todo un cuarentón responsable, afrontamos la situación con optimismo. Ambos trabajamos en el sector educativo, así que también nos mandaron a casa, para hacer home office e inventarnos clases en línea. Bueno, nada podría estar mejor, lo que siempre quisimos: chambear en casa, ¡yuju!

Día 2. Esposa, treintañera combativa y activa, despierta temprano y pone en Youtube vídeos con rutinas de yoga de una tal Elena Malova; asegura que después de este encierro quedará bien flaquisuculenta, le digo oquei. Hija sólo habla de organizar fiestas de cumpleaños con sus amigos imaginarios. Todavía hacemos incursiones al mundo exterior. Las actividades en cines, teatros, plazas comerciales y algunas oficinas y tiendas parecen continuar con normalidad. Salvo una horda de irracionales que acabó con el de papel de baño, todo lo demás va bien.

Día 3. Esposa e Hija salen al parque, para distraerse y librar las tensiones del encierro. A los pocos minutos regresan, abatidas. Los juegos están encintados, con prohibición de usarlos. La escena se repite y se repite en tres, cuatro, en todos los sitios de diversión infantil, me cuenta Esposa. Ajá, respondo. Los parques están yermos sin la risa de niños, son parajes desolados. Ni hablar: es por el bien común, me repito en silencio.

Hermana República
Las plazas y los parques cerrados. Foto: Cortesía

Día 5. La cosa empieza a ponerse ruda. Las autoridades electas en esta Hermana República lanzan un aviso en el que amagan con cárcel de tres años y multas de 86 mil pesos a quienes tengan síntomas o estén enfermos de Covid-19 y anden por las calles; a los dueños de bares, centros nocturnos, gimnasios y otros giros comerciales que no cierren, les van a aplicar sanciones gachas y lo que sigue. Hago enérgica protesta en mi Facebook, acuso que nos quieren meter a un Estado fascista, que violentan los derechos humanos y constitucionales. Se arma la discusión. Esposa es de la idea que están bien tales medidas, porque la gente no tiene ni tantita madre de responsabilidad, y mira que ahí se fueron a la playa como si estuvieran de vacaciones. Pues ahí te va una noticia: ¡No son vacaciones!, arenga ella. Irresponsables, bárbaros, brutos, insensibles, faltos de empatía, así los califica. Sólo alzo los hombros, vencido, y empiezo a preparar la cena.

Día 7. Esposa desiste del yoga. Duerme a pierna suelta y deja tarde la hamaca. Cierran los centros comerciales, cines, teatros, expendios de cerveza. La policía hace rondines, de sus torretas emerge un audio para disuadirnos de estar en la calle. Aconsejan que únicamente salgamos a lo esencial: Banco, supermercado, tienda de la esquina, farmacias u hospitales. Párale ahí. La ciudad está paralizada. El persistente calor de 42 grados impone que haga mi última compra: una piscina inflable; la instalaré en el cuarto de Hija para que se refresque.

Día 11. Hija cuestiona con severidad el porqué del confinamiento en el hogar. No lo entiende y sus amigos imaginarios están muy molestos. Asumo una decisión radical inspirado en la película La vida es bella, de Roberto Benigni, que la recomiendo, porque vemos cómo un padre protege a su hijo del terror en la Segunda Guerra Mundial. Prendo el Netflix para que Hija se chute un capítulo entero de “The walking dead”, y así enseñarle los peligros del mundo exterior; le explico que el coronavirus es como los zombis, no podemos dejarlo entrar. Hija reacciona y exige que construyamos un fuerte con los muebles del comedor y la sala. Ahí se atrinchera con sus peluches. Sus amigos imaginarios montan guardia por turnos.

https://www.youtube.com/watch?v=Tw33Xs4Q2r4

Día 13. Luego de largas discusiones, ruegos, chantajes y argumentos infructuosos, Hija permanece escondida en el fuerte y se niega a salir. Le cortamos suministros con la esperanza de que en unas horas el hambre haga su trabajo e Hija decida emerger de su búnker. Al fin lo abandona y de nuevo estamos felices con videos de “La Gallina Pintadita” y claro que hacemos todas las coreografías.

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Día 17. Emprendo una incursión de emergencia al supermercado. Transito calles habitadas por fantasmas. La presencia humana es apenas una huella, sombras difusas en las paredes, borrones en la memoria. Todo cerrado. Uno que otro coche pasa por las avenidas. Dios me somete a una dura prueba, me hace sufrir cuando llego por mi compra: Los anaqueles y refrigeradores de las cervezas, vinos y licores están casi vacíos, saqueados. Tomo las dos últimas garrafas de Tonayan y unos Kool-Aids de frambuesa, al menos tomaré aguas locas.

Día 19. Llegamos al final del período escolar. Alumnas y alumnos se han vuelto expertos en plataformas digitales y traemos un tren del mame de no manches en WhatsApp. Las reuniones por Zoom se ponen chidas, ya conocemos las habitaciones de todos y sabemos que una pantalla en negro significa que se durmieron y solo pasan lista. Hija se ha vuelto parte del grupo, no hay día de clase que no pase a saludarlos y hacer su aporte, por lo general una trompetilla. El Google Classroom es ahora nuestro espacio común. Les extrañaré.

Día 23. Convencí a Esposa de tener una noche romántica. Abrimos la última botella de vino. Hay queso y carnes frías; velas y musiquita. Llenamos la piscina inflable para usarla de jacuzzi. Buenas noches.

Día 29. Entra un Telegram. Amiga Doctora está preocupada, muy preocupada, en grado angustia. Raro en ella que es de sangre ligera y humor de funeraria. Sucede que los hospitales públicos están saturados de pacientes que llevan a consultar a toda la familia, por cuestiones que ni son graves ni están relacionadas con la enfermedad Covid-19. Y bueno, esa irracionalidad era de esperarse y lo peor está en los contagios que, asegura, se multiplicarán. Lo grave, me cuenta, es que carecen de insumos básicos como guantes, botas, cubrebocas o mascarillas para quirófanos. Sólo tienen gel 70 por ciento alcohol. Esas noticias, lo veo, se repiten por todo el país. La clase médica, que ahora es la primera línea en las trincheras, resiste y aguanta cómo puede ante un gobierno paquidérmico, retardado en cuestiones administrativas. Terminamos la conversación y quedo abatido. Si los ángeles existen, me digo, usan bata blanca y llevan cofias. Deja de romantizar las cosas, me señala Esposa. Hija duerme arropada de inocencia, seguro sueña con los angelitos.

Día 31. El confinamiento hace estragos. Sobrevivimos a nosotros mismos. El New York Post publica una nota: El virus incrementa el número de divorcios. ¡Ah, no, eso sí que no! La brincamos porque la brincamos. Organizo un festivalito de cine, para hacer leve el resto de la cuarentena. La programación para dos días es esta: El hoyo, producción española donde el protagonista se interna voluntariamente en un cárcel bastante surrealista; El cubo, cinta de culto en la que seis extraños están atrapados en una pequeña habitación y deben luchar por sus vidas; Coverfield Avenue, un simpático sujeto ayuda a unos jóvenes que escapan en medio de una extraña situación, los lleva a su búnker para que tengan una experiencia ruda y dura; y cerramos con una clásica, Contagio. Presento mi propuesta a Esposa. Mira la lista y me receta dos días de “Paw Patrol”, “Peppa Pig”, “Vera en el Reino Arcoíris” y “Dora la Exploradora”, para que aprenda a convivir con Hija, que está fascinada.

Día 37. Escasea la comida. Agotamos la reserva de Cheereos, Frutilupis, Zucaritas y Avena (ésa última de Esposa, que no es partidaria de los cereales divertidos). Quedan en despensa: una lata de atún, dos kilos de frijoles, una taza de arroz, mostaza, galletas saladitas, un paquete de spaghetti y unas sardinas. Hija lleva días pide y pide que pide chocolates o alguna clase de dulce. Ni hablar, las golosinas no son de primera necesidad. ¿Cómo se lo explico a Hija, si la última vez que me puse didáctico terminó encerrada bajo la mesa del comedor tres días? Esposa decide ir al supermercado. Regresa a los tres minutos. Un retén policíaco la detuvo y obligó volver al encierro. Que si vamos a comprar, que sea en la tienda de la esquina, porque ya nadie debe salir de su colonia, le dijeron.

Día 41. La ciudad está quieta. El tendido eléctrico, los cables de teléfono y otros son territorio exclusivo de los kaues. Hay silencio de abandono quebrado sólo por el canto de las aves. El tic tac se vuelve ya insoportable. Llega, al fin, el esperado anuncio. No hay propuesta del gobierno para la recuperación económica. Una vez más seremos los mexicanos, organizados como sociedad civil, quienes levantaremos al país. Una vez más. Eso era lo único que esperábamos.

Día 43. Regreso al salón de la Universidad. Quiero abrazarles, a todas, a todos, sin miedo.

Ya con esta me despido: Nunca dudemos, vamos a resistir. ¡Quédate en casa!

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